Problema en pollensa agatha Christie Traducción: Stella de Cal






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IRIS AMARILLO




Hércules Poirot extendió los pies hacia el radiador eléctrico empotrado en la pared. La correcta disposición de sus barras al rojo vivo complacía a su mente ordenada.

«Los fuegos de carbón —murmuró para sí— eran irregulares y desordenados. No había en ellos la menor simetría.»

Sonó el timbre del teléfono. Poirot se levantó, echando al hacerlo una ojeada al reloj. Eran casi las once y media. Se preguntó quién podría llamarle a aquellas horas. Podía ser una equivocación, desde luego.

«Y también —murmuró para sí, sonriendo de modo extraño— podría tratarse de un millonario, propietario de un periódico, que ha sido encontrado muerto en la biblioteca de su casa de campo, agarrando con la mano izquierda una orquídea morada y con una página de un libro de cocina prendida en el pecho.»

Sonriendo ante la agradable idea, descolgó el auricular.

Por el hilo llegó una voz de mujer, áspera y contenida, que hablaba con urgencia desesperada.

—¿Es usted monsieur Poirot? ¿Es usted monsieur Hércules Poirot?

—Hércules Poirot al habla.

—Monsieur Poirot, ¿puede usted venir en seguida, en seguida? Estoy en peligro, en un gran peligro..., lo sé...

Poirot dijo vivamente:

—¿Quién es usted? ¿Desde dónde habla?

La voz se oyó aún más débil, pero con mayor urgencia.

—En seguida..., es cuestión de vida o muerte... El Jardín des Cygnes..., en seguida..., la mesa de los iris amarillos.

Luego una pausa, una especie de sonido entrecortado, y la línea se cortó. Hércules Poirot colgó. Estaba desconcertado.

—Aquí hay algo muy extraño —murmuró entre dientes.

En el umbral del Jardín des Cygnes, el obeso Luigi se le acercó apresuradamente.

Buona sera, monsieur Poirot. ¿Quiere usted una mesa? ¿Sí?

—No, no, amigo Luigi. Estoy buscando a unos amigos. Echaré un vistazo. Puede que no hayan llegado todavía. Ah, espere, aquella mesa del rincón, la de los iris amarillos... Entre paréntesis, una pregunta, si no es indiscreción. En todas las demás mesas hay tulipanes, tulipanes rosas; ¿por qué tiene usted iris amarillos en aquella mesa?

—¡Una orden, monsieur!¡Una orden especial! Sin duda alguna, serán las flores favoritas de alguna de las señoras. Aquella mesa es la de míster Barton Russell, un norteamericano inmensamente rico.

—-¡Aja! Hay que tener en cuenta los caprichos de las damas, ¿no es así, Luigi?

Monsieur lo ha dicho —dijo Luigi.

—Veo en aquella mesa un conocido mío. Tengo que ir a saludarle.

Poirot bordeó con cuidado la pista, en la que giraban las parejas. La mesa en cuestión estaba dispuesta para seis, pero en aquel momento la ocupaba una sola persona, un joven pensativo, y al parecer deprimido, que estaba bebiendo champaña.

Poirot nunca hubiera pensado en encontrar allí a esa persona. Parecía imposible asociar la idea de peligro y melodrama con ninguna reunión en la que Tony Chapell se hallara presente.

Poirot se detuvo discretamente junto a la mesa.

—¡Vaya! ¿No es mi amigo Anthony Chapell?

—Pero ¡qué sorpresa más estupenda! ¡Poirot, el sabueso! —exclamó el joven—. ¡Anthony no, querido Poirot; Tony para los amigos! Le acercó una silla.

—Venga, siéntese conmigo. Disertemos sobre el crimen. Vayamos aún más lejos, y bebamos en honor del crimen —llenó de champaña una copa vacía—. Pero ¿qué hace usted en este nido de cante, baile y esparcimiento, mi querido Poirot? No tenemos cadáveres aquí; decididamente, no podemos ofrecerle ni un solo cadáver.

Poirot bebía el champaña a pequeños sorbos.

—Parece usted muy alegre, mon cher.

—¿Alegre? Estoy hundido en la desgracia, sumido en la melancolía. Dígame, ¿reconoce esa canción que están tocando?

Poirot aventuró con cautela:

—¿Algo relacionado con que su chica le ha dejado?

—No está mal —dijo el joven — . Pero se ha equivocado por esta vez. «No hay nada como el amor para hacerle a uno desgraciado.» Así se llama.

—¡Ah!

—Mi canción preferida —dijo Tony Chapell en tono lastimero—. Y mi restaurante preferido, y mi orquesta preferida... Y mi chica preferida está aquí bailando con otro.

—¿Y de ahí proviene la melancolía? —preguntó Hércules Poirot.

—Exacto. Pauline y yo hemos tenido lo que el vulgo llama «unas palabras». Es decir, de cada cien palabras, ella ha dicho noventa y cinco y yo cinco. Las cinco mías eran: «Pero, ¡querida, yo te explicaré!» Luego empezaba ella con sus noventa y cinco y no adelantamos nada. Creo —añadió Tony tristemente— que me voy a envenenar.

—¿Pauline? —preguntó Poirot.

—Pauline Weatherby, la cuñada de Barton Russell. Es joven, encantadora y repugnantemente rica. Esta noche nos ha invitado a cenar Barton Russell. ¿Le conoce usted? Un gran hombre de negocios, un norteamericano muy pulido, muy activo y con mucha personalidad. Su mujer era hermana de Pauline.

—¿Y quiénes más están invitados?

—Los conocerá usted dentro de un momento, cuando pare la música. Está Lola Valdez..., ya sabe, la bailarina sudamericana del nuevo espectáculo del Metropole, y Stephen Carter. ¿Conoce a Carter? Pertenece al grupo diplomático. Muy misterioso. Le llaman Stephen el Silencioso. Uno de esos hombres que dicen: «No estoy autorizado a declarar, etcétera.» Vaya, aquí vienen.

Poirot se puso en pie. Le presentaron a Barton Russell, a Stephen Carter, a Lola Valdez, una mujer morena y melosa, y a Pauline Weatherby, muy joven, muy rubia y con ojos muy azules.

Barton Russell dijo:

—Vaya; pero ¿es usted el gran Hércules Poirot? Me siento verdaderamente satisfecho de conocerle, señor. ¿ No se quiere sentar con nosotros ? Es decir, a menos que...

Tony Chapell interrumpió:

— Creo que tiene una cita con un cadáver, ¿o se trata del financiero fugitivo o del gran rubí del raja de Borrioboolagah?

—Pero, amigo mío, ¿cree usted que siempre estoy de servicio? ¿No puedo tratar de divertirme por una vez en mi vida?

—Quizá tenga usted una cita con Carter. Últimas noticias de las Naciones Unidas. La situación internacional es muy crítica. ¡Hay que encontrar los planos robados, o mañana será declarada la guerra!

Pauline Weatherby dijo cortante:

—¿Es necesario que hagas el idiota de ese modo, Tony?

—Lo siento, Pauline.

Tony Chapell, cabizbajo, se hundió de nuevo en el silencio.

—Qué severa es usted, mademoiselle.

—Me revienta la gente que se pasa la vida haciendo el tonto.

—Tengo que tener cuidado, ya lo veo. Debo conversar únicamente sobre asuntos serios.

—¡Oh, no, monsieur Poirot! No me refería a usted.

Volvió hacia él su rostro sonriente y preguntó:

—¿Es usted en realidad una especie de Sherlock Holmes que hace deducciones maravillosas?

—¡Ah, las deducciones! No es tan fácil hacerlas en la vida real. Pero lo intentaré. Vamos a ver, deduzco... que los iris amarillos son sus flores favoritas.

—Se ha equivocado, monsieur Poirot. Mis flores favoritas son los lirios del valle y las rosas.

Poirot suspiró.

—Fracasé. Lo intentaré otra vez. Esta noche, no hace mucho tiempo, telefoneó usted a alguien.

Pauline aplaudió, riéndose.

—Cierto.

—No fue mucho después de haber llegado aquí, ¿verdad, mademoiselle?

—Cierto también. Telefoneé nada más llegar al restaurante.

—¡Ah, eso ya no está tan bien! ¿Telefoneó usted antes de venir a la mesa?

—Sí.

—Muy mal, decididamente.

—No, no; ha sido muy hábil por su parte. ¿Cómo supo usted que había telefoneado?

—Eso, mademoiselle, es el gran secreto del detective. Y el nombre de la persona a quien telefoneó, ¿empieza con P... o quizá con H?

Pauline se rió.

—Completamente falso. Telefoneé a mi doncella para que echara al correo unas cartas particularmente importantes que me había olvidado de echar yo. Se llama Louise.

—Estoy abochornado, completamente abochornado.

La música empezó a sonar de nuevo.

—¿Vamos, Pauline? —preguntó Tony.

—No quiero volver a bailar tan pronto, Tony.

—¿No es una lástima? —dijo Tony amargamente, sin dirigirse a nadie en particular.

Poirot murmuró a la joven sudamericana sentada a su otro lado:

—Señora, no me atrevo a pedirle que baile conmigo. Soy una antigualla.

Lola Valdez dijo, con notorio acento extranjero:

—¡No diga usted tonterías! Es usted joven todavía. No tiene usted canas.

Poirot hizo una mueca de escepticismo.

—Pauline, como cuñado tuyo y tu tutor —dijo Barton Russell lentamente-, te voy a obligar a salir a la pista. Están tocando un vals, y el vals es lo único que sé bailar.

—Claro, Barton; vamos en seguida.

—Así me gusta, Pauline; eres una chica estupenda.

Se marcharon juntos. Tony echó hacia atrás su silla y miró a Stephen Carter.

—¡Cómo te gusta hablar, amiguito! —observó—. Eres un buen elemento para animar una fiesta con tu alegre charloteo, ¿eh?

—La verdad, Chapell, no sé qué quieres decir.

—Ah, ¿conque no lo sabes? —Tony se puso a remedarlo.

—Bueno, amigo...

—Bebe, hombre, bebe, ya que no hablas.

—No; gracias.

—Entonces beberé yo.

Stephen Carter se encogió de hombros.

—Perdonen, voy a hablar con un conocido que veo allí. Uno que estaba conmigo en Eton1.

Stephen Carter se levantó, dirigiéndose a una mesa un poco más lejos. Tony dijo, sombrío:

—Debían ahogar al nacer a todos los exetonianos.

Hércules Poirot seguía galanteando a la belleza morena que tenía a su lado.

—¿Puedo preguntar —murmuró— cuáles son las flores preferidas de mademoiselle?

Lola, traviesa, preguntó con su inconfundible acento extranjero:

—Vaya, ¿para qué quiere saberlo?

Mademoiselle, cuando envío flores a una dama tengo mucho interés en que le gusten.

—Es usted encantador, monsieur Poirot. Se lo diré: me encantan los claveles grandes, color rojo oscuro, o las rosas del mismo color.

—¡Soberbio, sí, soberbio! ¿De modo que no le gustan los iris amarillos?

—¿Flores amarillas?... No; no están de acuerdo con mi temperamento.

—Muy inteligente... Dígame, mademoiselle, ¿telefoneó usted a algún amigo esta noche después de llegar aquí?

—¿Yo? ¿Que si telefoneé a un amigo? No. ¡Qué pregunta más curiosa!

—¡Ah, es que yo soy un hombre muy curioso!

—Estoy segura de que lo es —giró hacia él sus ojos oscuros — . Y muy peligroso.

—No, no; peligroso, no. Digamos mejor un hombre que puede ser útil... en el peligro. ¿Entiende?

—No, no —dijo sin dejar de reír—. Es usted peligroso.

Hércules Poirot suspiró.

—Ya veo que no comprende usted. Todo esto es muy extraño.

Tony salió de su abstracción, y dijo de pronto:

—Lola, ¿qué te parece un poco de balanceo? Vamos.

—Sí, vamos. Ya que a monsieur Poirot le falta valor.

Tony pasó un brazo alrededor de Lola y, alejándose, dijo a Poirot por encima del hombro:

—Puede usted meditar en un crimen que todavía no ha sido cometido.

Poirot dijo:

—Muy profundo lo que acaba de decir. Sí, muy profundo...

Permaneció pensativo un minuto o dos; luego hizo una seña con la mano. Luigi se acercó presuroso, su ancho rostro italiano todo sonrisas.

Mon vieux —dijo Poirot—. Necesito cierta información.

—Siempre a su disposición, monsieur.

—Deseo saber cuántas personas, de las que ocupan esta mesa, utilizaron el teléfono esta noche.

—Se lo voy a decir, monsieur. La señorita, la de blanco, telefoneó en seguida que llegó. Luego fue a dejar su abrigo, y mientras tanto la otra señora salió del guardarropa y fue a la cabina del teléfono.

—¿De modo que la señora telefoneó? ¿Antes de entrar en el restaurante?

—Sí, monsieur.

—¿Alguien más telefoneó?

—No, monsieur.

—Todo esto, Luigi, me da muchísimo que pensar.

—¿De verdad, monsieur?

—Sí. Creo, Luigi, que esta noche precisamente tengo que estar muy alerta. Algo va a ocurrir, Luigi, y no sé bien lo que es.

—Si puedo hacer algo, monsieur...

Poirot hizo una seña y Luigi se marchó discretamente. Stephen Carter regresaba a la mesa.

—Seguimos abandonados, míster Carter —dijo Poirot.

—¡Ah..., sí, bien! —dijo el otro.

—¿Conoce usted mucho a míster Barton Russell?

—Sí; lo conozco mucho.

—Su cuñada, la pequeña miss Weatherby, es encantadora.

—Sí; muy bonita.

—¿También la conoce bien?

—Muy bien.

—Bien, bien —dijo Poirot.

Carter se le quedó mirando.

La orquesta dejó de tocar y los demás volvieron a la mesa.

Barton Russell pidió al camarero:

—Otra botella de champaña, pronto.

Luego alzó su copa.

—Escuchen todos. Voy a pedirles que brinden conmigo. A decir verdad, tenía un motivo para reunirles a ustedes esta noche. Como saben, pedí mesa para seis. Sólo éramos cinco. Quedaba un sitio vacío. Entonces, por una coincidencia muy extraña, monsieur Hércules Poirot acertó a pasar por aquí y le pedí que se sentara con nosotros. No saben ustedes todavía lo afortunada que ha sido esta coincidencia. Este asiento vacío representa esta noche a una señora, la señora en cuya memoria se celebra esta reunión. Esta reunión, señoras y caballeros, se celebra en memoria de mi querida esposa, Iris, muerta tal día como hoy, hace exactamente cuatro años.

Alrededor de la mesa hubo un movimiento de sorpresa. Barton Russell, con el rostro impasible, alzó su copa.

—Les ruego que beban en memoria de ella. ¡Por Iris!

—¿Iris? —dijo Poirot vivamente.

Miró a las flores. Barton Russell sorprendió su mirada y asintió con un movimiento de cabeza.

Se oyeron varios murmullos.

—¡Por Iris! ¡Por Iris!

Todos parecían sorprendidos y molestos.

Barton Russell continuó hablando con su entonación americana, lenta y monótona, en la que cada palabra adquiría gran importancia.

—Puede que les parezca extraño a todos ustedes que celebre el aniversario de una muerte de este modo, cenando en un restaurante elegante. Pero tengo una razón para hacerlo... Sí; tengo una razón. En atención a monsieur Poirot, me explicaré.

Se volvió hacia Poirot.

—Hace cuatro años, monsieur Poirot, celebramos una cena en Nueva York. Nos habíamos reunido mi mujer, yo, Stephen Carter, que era agregado de la Embajada inglesa en Washington; Anthony Chapell, que llevaba en casa, con nosotros, varias semanas, y la señora Valdez, que por entonces entusiasmaba a Nueva York con su baile. La pequeña Pauline —le dio unas palmaditas en el hombro— sólo tenía dieciséis años, pero se le permitió asistir a la cena como un favor especial. ¿Te acuerdas, Pauline?

—Me acuerdo, sí.

Su voz tembló un poco.

—Monsieur Poirot, aquella noche ocurrió una tragedia. Sonaron unos tambores y empezó el espectáculo. Se apagaron las luces..., todas menos un foco en el centro de la pista. Cuando se encendieron de nuevo las luces, vimos que mi esposa se había caído hacia adelante, sobre la mesa. Estaba muerta. Los posos de su copa de vino contenían cianuro potásico y en su bolso apareció el resto.

—¿Se había suicidado? —dijo Poirot.

—Ese fue el veredicto aceptado...Fue para mí un golpe terrible, monsieur Poirot. Había, quizá, un posible motivo para tal acción..., la Policía lo creyó así. Yo acepté su decisión.

De pronto, dio un puñetazo en la mesa.

—Pero no me quedé satisfecho... No; durante cuatro años he estado pensando, dándole vueltas al asunto, y no estoy satisfecho. No creo que Iris se haya suicidado. Creo, monsieur Poirot, que fue asesinada... por una de las personas que se sentaban en la mesa.

—Un momento, señor...

—Calle, Tony -dijo Russell-. No he terminado. Uno de ellos la mató... ahora estoy seguro. Alguien que, al amparo de la oscuridad, deslizó en su bolso el paquete de cianuro. Creo saber quién fue. Me propongo descubrir la verdad...

La voz de Lola se alzó, aguda:

—¡Está usted loco..., loco! ¿Quién iba a querer hacerle daño? No; desde luego, está usted loco. Y yo me voy...

Se calló de pronto. En la sala se oyó un redoblar de tambores. Barton Russell dijo:

—El espectáculo. Después continuaremos con esto. Quédense todos ustedes donde están. Tengo que ir a hablar con los músicos. Tengo con ellos un pequeño trato.

Se levantó, alejándose.

—Extraordinario —comentó Carter—. Está loco.

—Está loco, sí —dijo Lola.

La iluminación fue amortiguada.

—Estoy tentado de marcharme —dijo Tony.

—¡No! —dijo Pauline con voz aguda. Luego murmuró—: ¡Dios mío! ¡Dios mío!

—¿Qué ocurre, mademoiselle? —preguntó Poirot.

Ella respondió con voz que apenas era un susurro:

—¡Es horrible! ¡Es igual que aquella noche...!

—¡Ssss! ¡Ssss! —dijeron varias personas.

Poirot bajó la voz.

—Una palabrita al oído.

Susurró algo, dándole unas palmaditas en el hombro.

—Todo irá bien -le aseguró.

—¡Dios mío! ¡Escuchen! —exclamó Lola.

— ¿Qué ocurre, señora?

—Es la misma melodía, la misma canción que tocaron aquella noche en Nueva York. Barton debe de haberlo organizado. No me gusta esto.

-Valor..., valor...

Los siseos se repitieron.

Una muchacha salió al centro de la pista, una muchacha negra como el carbón. En su rostro oscuro resaltaban el blanco de sus ojos y los relucientes dientes. Se puso a cantar con voz profunda y áspera, una voz que resultaba extremadamente conmovedora:
Me olvidé de ti,

ya no pienso en ti,

en cómo andabas,

en cómo hablabas,

en lo que decías.

Me olvidé de ti,

ya no pienso en ti.

No sé de seguro

si tus ojos son claros u oscuros.

Me olvidé de ti,

ya no pienso en ti.

Todo ha terminado,

ya no pienso en ti.

En ti..., en ti..., en ti...
La melancolía de la canción, la profunda voz de la joven negra, produjo en los oyentes una intensa impresión. Los hipnotizó, los embrujó. Incluso los camareros sintieron el hechizo. Todos tenían la vista fija en ella, hipnotizados por la emoción que su voz llena producía.

Un camarero pasó sin hacer ruido junto a la mesa, llenando las copas y diciendo «¿champaña?» en voz baja, pero todos concentraban su atención en el deslumbrante foco de luz, en la mujer negra cuyos antepasados procedían de África, que cantaba con su voz profunda:
Me olvidé de ti,

ya no pienso en ti.

¡Ay, qué mentira!

Pensaré en ti, en ti,

en ti, toda la vida.
Sonaron frenéticos aplausos. Las luces se encendieron. Barton Russell volvió a la mesa y se deslizó en su asiento.

—Es imponente esa chica —exclamó Tony.

Pero un grito de Lola le interrumpió.

Miren... Miren...

Todos miraron y vieron a Pauline Weatherby caída hacia adelante sobre la mesa.

Lola exclamó:

—Está muerta... Igual que Iris, igual que Iris en Nueva York.

Poirot se puso en pie de un salto, haciendo señas a los demás de que se apartaran. Se inclinó sobre el cuerpo encogido, cogió una de las manos, fláccida, y buscó el pulso.

Su rostro, muy pálido, tenía una expresión severa. Los demás le observaban paralizados.

Lentamente, Poirot movió la cabeza.

—Sí; está muerta, la pauvre petite. ¡Y yo sentado aquí a su lado! ¡Ah, pero esta vez el asesino no se escapará!

Barton Russell, con el rostro demudado, murmuró:

—Igual que Iris... Había visto algo... Pauline había visto algo aquella noche... Pero no estaba segura, me dijo que no estaba segura... Tenemos que llamar a la Policía... ¡Dios mío, la pequeña Pauline!...

Poirot dijo:

—¿Dónde está su copa? —se la acercó a la nariz—. Sí; noto el olor del cianuro, un olor a almendras amargas...; el mismo método, el mismo veneno...

Cogió el bolso de Pauline.

—Vamos a mirar en su bolso.

Barton Russell gritó:

—¿No creerá que se ha suicidado también? Sería absurdo.

—Espere —ordenó Poirot—. No, aquí no hay nada. Las luces se encendieron demasiado repentinamente y el asesino no tuvo tiempo. Por consiguiente, tiene todavía el veneno encima.

—El asesino o la asesina —dijo Carter.

Estaba mirando a Lola Valdez. Ella saltó:

—¿Qué quiere decir? ¿Qué está usted diciendo? ¿Que yo la maté? ¡No es cierto, no es cierto! ¿Por qué iba yo a hacer semejante cosa?

—En Nueva York se encaprichó usted de Barton Russell. Lo he oído comentar. Las bellezas argentinas tienen fama de celosas.

—Eso es una sarta de mentiras. Y no soy argentina, sino peruana. Le escupiría, le... —y continuó en español.

—Les ruego guarden silencio —exclamó Poirot—. Soy yo el que tiene que hablar.

Barton Russell dijo en tono grandilocuente:

—Hay que registrar a todo el mundo.

Poirot dijo con calma:

Non, non; no es necesario.

—¿Qué quiere usted decir con eso de que no es necesario?

—Yo, Hércules Poirot, lo sé todo. Veo con los ojos de la inteligencia. ¡Y voy a hablar! Señor Carter, ¿tiene la bondad de mostrarnos el paquete que tiene en el bolsillo superior de la chaqueta?

—No tengo nada en el bolsillo. ¿Qué diablos...?

—Tony, amigo mío, si hace usted el favor...

Carter gritó:

—¡Maldito...!

Tony obró tan rápidamente, que antes que Carter pudiera defenderse le había sacado el paquete del bolsillo.

—¡Ahí tiene, monsieur Poirot; tal como usted dijo!

—¡Todo esto es una maldita calumnia! —gritó Carter desesperado.

Poirot cogió el paquete y leyó la etiqueta.

—Cianuro potásico. El caso está liquidado.

Barton Russell habló con voz ronca:

—¡Carter! Siempre lo sospeché. Iris estaba enamorada de usted. Usted no quería que un escándalo perjudicara su preciosa carrera y la envenenó. Le ahorcarán por eso, ¡perro cochino!

—¡Silencio! —la voz de Poirot se elevó firme y autoritaria—. Todavía no ha terminado esto. Yo, Hércules Poirot, tengo algo que decir. Mi amigo Tony Chapell, aquí presente, me dijo cuando llegué a este lugar que había venido buscando un crimen. Eso, en parte, era cierto. Estaba pensando en un crimen..., pero había venido a evitarlo. Y lo he evitado. El asesino lo tenía todo muy bien planeado, pero Hércules Poirot le tomó la delantera. Tuvo que pensar muy deprisa y murmurar algo rápidamente al oído de mademoiselle cuando las luces se apagaron. Es muy lista e inteligente mademoiselle Pauline; interpretó muy bien su papel. Mademoiselle, ¿quiere tener la bondad de demostrarnos que no está muerta, al fin y al cabo?

Pauline se enderezó.

—La resurrección de Pauline —dijo con risa un poco insegura.

—¡Pauline, mi vida!

—¡Tony!

—¡Cielo!

Barton Russell balbució:

—No..., no comprendo.

—Yo le ayudaré a comprender, míster Barton Russell. Su plan ha fracasado.

—¿Mi plan?

—Sí; su plan. De todos los presentes, ¿quién era el único que tenía una coartada mientras las luces permanecieron apagadas? El hombre que se alejó de la mesa... usted, míster Barton Russell. Pero volvió usted a la mesa, al amparo de la oscuridad, y dio una vuelta alrededor de ella, con una botella de champaña, llenando las copas, echando el cianuro en la copa de Pauline y dejando caer el paquete con el resto del veneno en el bolsillo de Carter al inclinarse hacia él para retirar una copa. Sí, sí; es muy fácil interpretar el papel de camarero en la oscuridad, cuando todo el mundo fija su atención en otra parte. Ése fue el verdadero motivo de esta cena. El lugar más seguro para cometer un asesinato es en medio de una multitud.

—¿Qué...? ¿Por qué diablos iba yo a querer matar a Pauline?

—Puede que sea cuestión de dinero. Su esposa le nombró a usted tutor de su hermana. Mencionó usted el hecho esta noche. Pauline tiene veinte años. A los veintiuno, o en caso de contraer matrimonio, tendría usted que rendir cuentas de su administración. Creo que no le sería a usted posible hacerlo. Ha especulado usted con el dinero. Yo no sé, míster Barton Russell, si mató usted a su mujer del mismo modo o si su suicidio le dio la idea de este crimen; pero sí sé que es usted culpable de intento de asesinato. A mademoiselle Pauline le toca decidir si ha de ser procesado o no por ello.

—No —dijo Pauline—. Que se marche a donde yo no lo vea y que salga del país. No quiero escándalo.

Barton Russell se levantó, con el rostro agitado.

—Que el diablo le lleve, entremetido mequetrefe...

Se marchó, furioso, dando grandes zancadas. Pauline suspiró.

—Monsieur Poirot, ha estado usted maravilloso...

—Usted, mademoiselle, usted sí que ha estado maravillosa. Tirar el champaña, hacerse tan bien la muerta...

—¡Huy! —se estremeció Pauline—. Me pone piel de gallina.

Poirot dijo suavemente.

—Fue usted quien me telefoneó, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué?

—No sé. Estaba preocupada y... asustada, sin saber exactamente por qué. Barton me dijo que iba a dar esta cena para conmemorar la muerte de Iris. Comprendí que tenía algún plan, pero no me dijo en qué consistía. Estaba tan... tan raro y tan nervioso, que me pareció que podía ocurrir algo horrible, sólo que nunca hubiera sospechado que quisiera... deshacerse de mí.

—Continúe, mademoiselle.

—Yo había oído hablar de usted. Pensé que si pudiera traerle aquí quizá evitara que ocurriera lo que temía. Me pareció que siendo... extranjero, si le llamaba por teléfono, fingiendo estar en peligro, y... le daba un aire de misterio...

—¿Creyó usted que el melodrama me atraería? Eso fue lo que me desconcertó. El mensaje en sí era decididamente lo que ustedes llaman «camelo», sonaba a falso. Pero el miedo de la voz..., ése sí era real. Entonces vine..., y usted negó categóricamente que me hubiera llamado.

—Tuve que hacerlo. Además, no quería que usted supiera que había sido yo.

—¡Ah, pero yo suponía que había sido usted! No al principio. Pero pronto caí en la cuenta de que las dos únicas personas que podían saber de antemano que en la mesa iba a haber iris amarillos eran usted y míster Barton Russell.

Pauline asintió con un gesto.

—Le oí cuando encargaba que los pusieran en la mesa —explicó—. Eso y que pidiera mesa para seis, cuando sabía que sólo seríamos cinco, me hizo sospechar.

Se calló de pronto, mordiéndose los labios.

—¿Qué sospechó usted, mademoiselle?

Ella dijo lentamente:

—Tenía miedo... de que algo le ocurriera... a Carter.

Stephen Carter se aclaró la garganta. Sin prisas, pero con decisión, se puso en pie.

—Ejem..., tengo que... darle las gracias, monsieur Poirot. He contraído una gran deuda con usted. Me perdonarán que les deje, los acontecimientos de esta noche han sido bastante... desagradables.

Viéndole alejarse, Pauline dijo con violencia:

—Le odio. Siempre creí que fue... por su culpa por lo que Iris se mató. O puede que..., que Barton la haya matado. ¡Ay, es horrible...!

Poirot dijo suavemente:

—Olvide, mademoiselle..., olvide... No piense en el pasado... Piense sólo en el presente...

Pauline murmuró:

—Sí; tiene usted razón.

Poirot se volvió hacia Lola Valdez.

—Señora, según va avanzando la noche, mi valor aumenta. Si quisiera bailar ahora conmigo...

—¡Claro que sí! Es usted..., es usted la vedette de la reunión. Insisto en bailar con usted.

—Es usted muy amable, señora.

Tony y Pauline quedaron solos. A través de la mesa se acercaron uno al otro.

—¡Pauline, mi vida!

-¡Ay, Tony, he estado tan odiosa todo el día, metiéndome contigo constantemente!... ¿Me perdonas?

—¡Corazón! Otra vez nuestra canción. Vamos a bailar.

Se alejaron bailando y canturreando en voz baja:
Nada como el amor puede ponerte melancólico.

Nada como el amor puede nacerte desgraciado.

Nada como el amor puede ponerte triste,

deprimido,

poseído,

sentimental,

temperamental.

Nada como el amor puede ponerte melancólico.

Nada como el amor puede volverte loco.

Nada como el amor para sentirte furioso,

ofensivo,

insolente

suicida,

homicida.

Nada como el amor.

Nada como el amor...
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