Problema en pollensa agatha Christie Traducción: Stella de Cal






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PROBLEMA EN POLLENSA


Agatha Christie

Traducción: Stella de Cal


INDICE


Problema en Pollensa ......................................................... 3
Misterio en las regatas ....................................................... 17
El misterio del cofre de Bagdad .......................................... 31
¿Cómo crece tu jardín? ...................................................... 44

Iris amarillo ........................................................................ 59



Miss Marple cuenta una historia .......................................... 72
El sueño .............................................................................. 80
En un espejo ...................................................................... 101

Problema en el mar ........................................................... 107

PROBLEMA EN POLLENSA

El vapor de la línea Barcelona-Palma de Mallorca dejó a Parker Pyne en esta última capital en las primeras horas de la mañana. Inmediatamente Parker Pyne sufrió una desilusión. Los hoteles estaban llenos. Lo único que pudieron ofrecerle fue un cuchitril sin ventilación, con vistas a un patio interior, en un hotel en el centro de la ciudad..., y míster Parker Pyne no estaba dispuesto a conformarse con eso. El dueño del hotel permaneció indiferente ante su desilusión.

—¿Qué quiere usted? —observó, encogiéndose de hombros filosóficamente.

Palma se había puesto de moda. El cambio era favorable. Todos, ingleses, americanos, iban a Mallorca en invierno. Todo estaba abarrotado. Dudaba mucho de que el caballero inglés pudiera encontrar sitio en ninguna parte..., a no ser, quizás, en Formentor, donde los precios eran tan elevados que incluso los extranjeros vacilaban ante ellos.

Parker Pyne tomó un poco de café y un panecillo y salió a ver la catedral, pero no se encontraba de humor para apreciar bellezas arquitectónicas.

Luego celebró una conferencia con un servicial taxista, en mal francés mezclado con español, y discutieron los méritos y posibilidades de Sóller, Alcudia, Pollensa y Formentor, donde había buenos hoteles, pero muy caros.

Parker Pyne quiso saber el precio.

Cobraban, dijo el taxista, unos precios que sería absurdo y ridículo pagar... ¿No sabía todo el mundo que los ingleses iban a Mallorca porque los precios eran muy razonables?

Parker Pyne dijo que así era, en efecto; pero, de todos modos, ¿cuánto cobraban en Formentor?

—¡Un precio increíble!

—Muy bien; pero ¿qué precio exactamente?

El taxista se decidió por fin a contestar en cifras.

Como acababa de llegar de Jerusalén y Egipto y estaba acostumbrado a los precios de sus hoteles, la cifra no impresionó demasiado a Parker Pyne.

Se pusieron de acuerdo. Las maletas de Parker Pyne fueron cargadas en el taxi un poco descuidadamente y partieron a dar la vuelta a la isla, probando suerte en los hoteles más económicos que encontraron en ruta, pero con el objetivo final de Formentor.

Pero nunca llegaron a aquel centro de la plutocracia, porque después de pasar por las estrechas calles de Pollensa, siguiendo la sinuosa línea de la costa, llegaron al hotel Pin d'Or, un hotelito situado a la orilla del mar, con una vista que, en la neblina de aquella hermosa mañana, tenía la exquisita vaguedad de una lámina japonesa. Parker Pyne comprendió en seguida que aquél, y sólo aquél, era el sitio que buscaba. Hizo parar el taxi y cruzó la pintada verja con la esperanza de encontrar acomodo.

Los propietarios del hotel, un matrimonio de mediana edad, no sabían inglés ni francés. Sin embargo, el asunto fue resuelto a satisfacción. A Parker Pyne le fue adjudicado un cuarto con vistas al mar, las maletas fueron bajadas del taxi, y el taxista, después de felicitar a su cliente por haberse librado de las monstruosas exigencias de «esos hoteles modernos», recibió su dinero y se marchó, despidiéndose con un alegre saludo en español.

Parker Pyne echó una ojeada a su reloj, viendo que, a pesar de todo, sólo eran las diez menos cuarto; salió a una pequeña terraza, bañada por la deslumbrante luz de la mañana, y pidió, por segunda vez aquel día, café y panecillos.

En la terraza había cuatro mesas: la suya, una de la que estaban retirando las cosas del desayuno y dos ocupadas. En la mesa más próxima a la suya se sentaba una familia, compuesta de padre, madre y dos hijas ya mayores, alemanes. Más allá, en el rincón de la terraza, se sentaban una madre y un hijo, ingleses, sin duda alguna. La mujer tendría unos cincuenta y cinco años. Tenía el cabello gris, de una bonita tonalidad; llevaba un traje de chaqueta de tweed, más práctico que elegante, y poseía ese aire de confianza en sí misma que distingue a la mujer inglesa acostumbrada a viajar mucho por el extranjero.

El joven sentado frente a ella podría tener unos veinticinco años y era también un ejemplar típico de su clase y edad. No era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo. Era evidente que se llevaba muy bien con su madre (bromeaban alegremente uno con el otro), y estaba pendiente de ella.

En una ocasión, la mirada de ella se cruzó con la de Parker Pyne. La desvió, con la indiferencia propia de una persona bien educada, pero él comprendió que había sido visto y clasificado.

Le habían reconocido como inglés y estaba seguro de que, a su debido tiempo, se dirigirían a él con alguna observación agradable y vacía.

Parker Pyne no tenía nada que objetar. Sus compatriotas en el extranjero solían resultarle bastante pesados, pero estaba dispuesto a dar los buenos días amablemente. En un hotel pequeño resultaba embarazoso no hacerlo. Estaba seguro de que aquélla era una mujer con excelente «cortesía de hotel», como decía él.

El chico inglés se levantó de su asiento, hizo un comentario divertido y entró en el hotel. La mujer cogió sus cartas y su bolso y se acomodó en una silla, frente al mar, desdoblando un ejemplar del Continental Daily Mail. Tenía la espalda vuelta hacia Parker Pyne.

Tomando el último sorbo de su café, Parker Pyne miró en su dirección e inmediatamente se puso rígido. Estaba alarmado..., temía ver turbada la paz de sus vacaciones. Aquella espalda era terriblemente expresiva. En su vida había clasificado muchas espaldas como aquélla. La rigidez, lo forzado de su equilibrio..., sin ver su cara, estaba seguro de que los ojos de aquella mujer estaban llenos de lágrimas, de que sólo gracias a un gran esfuerzo podía dominarse.

Moviéndose con cautela, como animal acorralado, Parker Pyne se retiró al hotel. No hacía ni media hora había sido invitado a poner su nombre en el libro de registro de huéspedes. Allí estaba ahora su firma: «C. Parker Pyne, Londres.»

Unas líneas más arriba, Parker Pyne leyó: «Mrs. R. Chester, Mr. Basil Chester, Holm Park, Devon.»

Cogiendo una pluma, Parker Pyne escribió rápidamente sobre su firma. Ahora decía (con dificultad) Christopher Pyne.

Si mistress R. Chester se sentía desgraciada en la bahía de Pollensa, no le iba a ser fácil consultar a Parker Pyne.

Muchas veces se había maravillado Parker Pyne de haber tropezado en el extranjero con tantísimos compatriotas que conocían su nombre y habían leído sus anuncios. En Inglaterra, muchos miles de personas leían diariamente The Times y podían decir, sin faltar a la verdad, que nunca habían oído tal nombre en su vida. En el extranjero, reflexionó, leían los periódicos más a fondo. No se les escapaba nada, ni siquiera los anuncios.

En varias ocasiones sus vacaciones habían sido interrumpidas. Había tenido que habérselas con problemas diversos, desde el asesinato al intento de chantaje. Estaba decidido a tener paz en Mallorca. Su instinto le advertía que una madre acongojada podía turbar considerablemente esa paz.

Parker Pyne se instaló en el Pin d'Or y se sintió muy a gusto. No lejos de allí había un hotel más grande, el Mariposa, donde se alojaban muchos ingleses. Había también por toda aquella parte una numerosa colonia de artistas. Se podía ir andando por la orilla del mar hasta el pueblecito de pescadores, donde había un bar en el que se reunía la gente y algunas tiendas. Todo muy tranquilo y agradable. Las chicas se paseaban en pantalones, el busto cubierto con pañuelos de vivos colores. En el Mac's Bar, jóvenes con boina y de cabellos bastante largos peroraban sobre temas tales como valores plásticos o arte abstracto.

Al día siguiente de la llegada de Parker Pyne, mistress Chester le dirigió algunas frases convencionales sobre la belleza de la vista y la probabilidad de que el tiempo continuara bueno. Luego charló un rato sobre labores de punto con la señora alemana y cambió unas palabras corteses sobre la gravedad de la situación política con dos señores daneses que se levantaban al alba y andaban once horas diarias.

A Parker Pyne le pareció Basil Chester un muchacho muy agradable. Llamaba a Parker Pyne «míster Pyne» y escuchaba muy cortésmente todo lo que decía. Varias veces, los tres ingleses tomaron café juntos después de cenar. A partir del tercer día, Basil se marchaba después de unos diez minutos, dejando a Parker Pyne a solas con mistress Chester.

Hablaban de flores y de su cultivo, de la lamentable situación de la libra esterlina, de lo cara que estaba Francia y de lo difícil que era conseguir una buena taza de té.

Todas las noches, al marcharse su hijo, Parker Pyne observaba que los labios de mistress Chester temblaban, pero inmediatamente se recobraba y disertaba en tono amable sobre los temas mencionados.

Poco a poco empezó a hablar de Basil, de sus éxitos en el colegio, de cómo todo el mundo le quería, de lo orgulloso que hubiera estado de él su padre si viviera y de las gracias que tenía que dar al cielo porque Basil no había sido nunca de esos jóvenes «turbulentos».

—Naturalmente, yo insisto siempre para que vaya con la gente joven, pero él parece que prefiere realmente estar conmigo.

Dijo esto con una especie de satisfacción modesta.

Pero Parker Pyne no respondió con una frase diplomática, lo que solía hacer sin el menor esfuerzo, sino que dijo:

—¡Ah, bueno! Parece que esto está lleno de gente joven..., no en el hotel, pero todo por ahí.

Al decir esto observó que mistress Chester se ponía rígida. Dijo que, desde luego, había muchos artistas. Puede que ella estuviera chapada a la antigua... El arte auténtico, desde luego, era otra cosa, pero muchos jóvenes se escudaban en el arte para gandulear y no hacer nada..., y las chicas bebían demasiado.

Al día siguiente, Basil dijo a Parker Pyne:

—Me alegro muchísimo de que apareciera usted por aquí, señor, en particular por mi madre. Le gusta hablar con usted por las noches.

—¿Qué solían hacer ustedes cuando llegaron aquí?

—Solíamos jugar al piquet.

—Ya.

—Claro que uno acaba cansándose del piquet. La verdad es que tengo aquí unos amigos, una panda estupenda, muy animada. No creo que a mi madre le parezcan muy recomendables... —se rió, como si la idea le pareciera divertida—. Mi madre está muy chapada a la antigua... ¡Hasta se escandaliza cuando ve una chica en pantalones!

—Comprendo —dijo Parker Pyne.

—Lo que yo le digo es que uno tiene que evolucionar con los tiempos... Allá por donde vivimos nosotros, las chicas son aburridísimas...

—Ya —dijo Parker Pyne.

Todo aquello le interesaba mucho. Era espectador de un drama en miniatura, pero no le hacían intervenir en él.

Y entonces vino lo malo, desde el punto de vista de Parker Pyne. Una señora muy alborotadora, conocida suya, se instaló en el Mariposa. Se encontraron en el salón de té, en presencia de mistress Chester.

La recién llegada gritó:

—Vaya, ¿pues no estoy viendo a Parker Pyne, al mismísimo Parker Pyne? ¡Y Adela Chester! ¿Se conocen ustedes? ¿Ah, sí? ¿Están ustedes en el mismo hotel? Adela, es único, un verdadero mago, la maravilla del siglo. Todos los problemas resueltos en cinco minutos. Pero ¿lo sabías? ¡Tienes que haber oído hablar de él! ¿No has leído los anuncios? «¿Tiene usted algún problema? Consulte a míster Parker Pyne.» Para él no hay nada imposible. Maridos y mujeres que se tiran de los pelos y él los reconcilia... Si has perdido el interés por la vida, te proporcionará las aventuras más emocionantes. Como te digo, es un mago.

Continuó por un gran rato, interrumpida de cuando en cuando por las modestas protestas de Parker Pyne. A éste no le gustó la mirada que le dirigió mistress Chester. Y aún le gustó menos verla volver, a lo largo de la playa, en confabulación con la cantora de sus glorias.

El clímax llegó antes de lo que esperaba. Aquella noche, después de tomar el café, mistress Chester dijo de pronto:

—¿Quiere usted venir al saloncito, míster Pyne? Quiero hablar con usted de un asunto.

Parker Pyne no pudo hacer otra cosa sino inclinarse y obedecer.

El autodominio de mistress Chester se había ido debilitando, y al cerrar la puerta del saloncito se desplomó y se deshizo en lágrimas.

—Mi hijo, míster Parker Pyne. Tiene usted que salvarlo. Tenemos que salvarlo. ¡Este asunto me está destrozando!

—Querida señora, como simple extraño...

—Nina Wycherley dice que usted lo puede todo. Dijo que debo poner en usted toda mi confianza. Me aconsejó que se lo contara todo..., y dice que usted lo arreglará.

Interiormente, Parker maldijo a la entremetida mistress Wycherley. Resignándose, dijo:

—Bueno, vamos a discutir el caso a fondo. ¿Una chica, supongo?

—¿Le ha hablado a usted de ella?

—Indirectamente nada más.

De mistress Chester salió un chorro de palabras. La chica era horrible. Bebía, decía malas palabras, apenas llevaba ropa encima... Su hermana vivía por allí cerca, estaba casada con un artista, un holandés. Todos ellos eran completamente indeseables. Muchos vivían juntos sin estar casados. Basil había cambiado completamente. Siempre había sido tan tranquilo, se había interesado siempre tanto en las cosas serias... Incluso había pensado en dedicarse a la arqueología...

—Bueno, bueno —dijo Parker Pyne—. La Naturaleza tiene que tornarse su revancha.

—¿Qué quiere usted decir?

—No es saludable para un muchacho interesarse en cosas serias. Debería estar haciendo el idiota con una chica detrás de otra.

—Por favor, hable usted en serio, míster Pyne.

—Estoy hablando completamente en serio. ¿Es esa señorita, por casualidad, la que tomó el té ayer con ustedes?

Se había fijado en ella (pantalones de franela gris, un pañuelo escarlata atado un poco flojo alrededor del busto, la boca muy pintada) y en el hecho de que había pedido un combinado en lugar de té.

—¿La vio usted ? ¡Horrible! No es de la clase de chicas que siempre le han gustado a Basil.

—No le ha dado usted muchas oportunidades de que le gustara ninguna chica, ¿verdad?

—¿Yo?

—Ha estado siempre demasiado pegado a usted. ¡Mala cosa! Sin embargo, es probable que esto se le pase..., si usted no precipita las cosas.

—No ha comprendido usted. Quiere casarse con esta chica. Betty Gregg se llama; se han hecho novios formales.

—¿Ha llegado la cosa tan lejos?

—Sí. Míster Parker Pyne, tiene usted que hacer algo. ¡Tiene usted que librar a mi chico de este desastroso matrimonio! Destrozaría su vida.

—Nadie destroza la vida de nadie, salvo uno mismo.

—Este matrimonio destrozará la de Basil —dijo mistress Chester categóricamente.

—No me preocupa Basil.

—¿No será la chica la que le preocupa?

—No, me preocupa usted. Ha estado usted malgastando su vida.

Mistress Chester le miró un poco sorprendida.

—De los veinte a los cuarenta vive uno encadenado por relaciones emocionales. Así debe ser. Eso es la vida. Pero más tarde se llega a una nueva etapa. Puede uno pensar, observar la vida, descubrir algo sobre nuestros semejantes y la verdad sobre nosotros mismos. La vida se hace más real, adquiere mayor importancia. La ve uno como un todo. No sólo como una escena, la escena que uno, como actor, está interpretando. Ningún hombre, ni ninguna mujer, es realmente el mismo hasta pasados los cuarenta y cinco. Entonces la individualidad tiene su oportunidad.

Mistress Chester dijo:

—Me he dedicado siempre a él. Lo ha sido todo para mí; todo.

—Pues no debía haberlo sido. Ahora está usted sufriendo las consecuencias. Quiéralo usted todo lo que le parezca, pero no olvide que es usted Adela Chester, una persona, no únicamente la madre de Basil.

—Sería horrible para mí ver a Basil con la vida destrozada —dijo la madre de Basil.

Parker Pyne contempló los delicados rasgos de su cara, la boca anhelante. Era una mujer encantadora. No le gustaría verla sufrir.

—Veré lo que puedo hacer —dijo.

Basil Chester tenía muchas ganas de hablar, deseoso de presentar su punto de vista.

—Esto es un infierno. Mi madre es imposible..., está llena de prejuicios y tiene una mente muy estrecha. Si no estuviera tan obstinada, vería lo que vale Betty.

—¿Y Betty?

Basil suspiró.

—¡Betty está de lo más difícil! Si transigiera un poco..., quiero decir, sino se pintara tanto, podría cambiar todo. Parece como si quisiera hacer lo posible por..., bueno, por resultar moderna cuando está mi madre delante.

Parker Pyne sonrió.

—Betty y mi madre son las dos personas que más quiero en el mundo; parecería lógico que las dos fueran uña y carne.

—Tiene usted mucho que aprender, joven —dijo Parker Pyne.

—Me gustaría que fuera usted conmigo a ver a Betty y hablara con ella de todo esto.

Parker Pyne aceptó de buen grado la invitación.

Betty, su hermana y su cuñado vivían en un hotelito destartalado, un poco retirado del mar. Su vida era de una sencillez vigorizante. Sus muebles consistían en tres sillas, una mesa y las camas. Había una alacena en la pared, que contenía los platos y tazas indispensables. Hans era un joven excitable, de cabello rubio todo revuelto y erizado. Hablaba un inglés muy raro a una velocidad increíble, paseándose de un lado al otro de la habitación. Stella, su mujer, era rubia y de baja estatura. Betty Gregg era pelirroja y tenía pecas y unos ojos traviesos. Parker Pyne observó que estaba mucho menos maquillada que el día anterior en el Pin d'Or.

Le ofreció un combinado y dijo, chispeándole los ojos:

—¿Está usted dentro del cotarro?

Parker Pyne asintió.

—¿Y en qué bando está usted, señor mío? ¿En el de los jóvenes amantes o en el de la dama intransigente?

—¿Me permite que le haga una pregunta?

—Desde luego.

—¿Ha llevado usted este asunto con tacto?

—En absoluto —dijo miss Gregg con franqueza—. Pero es que esa bruja me pone negra —echó una ojeada a su alrededor, para asegurarse de que Basil no podía oírla—. Me saca de quicio por completo. Ha tenido a Basil atado a sus faldas durante todos estos años... Ese sistema hace que luego los hombres parezcan tontos. Basil no es tonto en realidad. Además, es tan sumamente respetable...

—Eso no es una cosa tan mala. Lo que pasa es que resulta «anticuado» por el momento.

A Betty Gregg le chispearon los ojos.

—¿Quiere usted decir que es como subir al desván en la época victoriana unas sillas Chippendale? Luego las vuelve uno a bajar y dice: ¿Verdad que son maravillosas?

—Algo así.

Betty Gregg consideró la cuestión.

—Puede que tenga usted razón. Voy a ser sincera. Fue Basil el que me puso negra... ¡Estaba tan preocupado con la impresión que pudiera causarle a su madre! Eso me hizo exagerar las cosas. Creo que incluso ahora sería capaz de alejarme... si su madre se lo propusiera.

—Puede que lo hiciera —dijo Parker Pyne— si su madre supiera cómo llevar el asunto.

—¿Va usted a decirle cómo llevarlo? Porque ella por sí sola no sabría. Lo único que hará será seguir censurando, y eso no servirá de nada. Pero si usted le aconseja...

Se mordió los labios y alzó hacia él sus ojos azules y francos.

—He oído hablar de usted, míster Parker Pyne. Se dice que conoce usted la naturaleza humana. ¿Cree usted que Basil y yo podríamos llevarnos bien..., o no?

—Me gustaría que contestara usted a tres preguntas.

—¿Un test de compatibilidad? Muy bien, adelante.

—¿Duerme usted con la ventana abierta o cerrada?

—Abierta. Me gusta que entre mucho aire.

— ¿Tienen Basil y usted los mismos gustos sobre comida?

—Sí.

—¿Le gusta acostarse tarde o temprano?

—Le diré en confianza que temprano. A las diez y media me pongo a bostezar y por la mañana me siento llena de vida...; claro que nunca lo admitiría.

—Creo que podrían llevarse ustedes muy bien —dijo Parker Pyne.

—Un test un poco superficial.

—Nada de eso. He conocido por lo menos siete matrimonios que fracasaron por completo porque al marido le gustaba estar levantado hasta las doce y la mujer se quedaba dormida a las nueve y media, y viceversa.

—Es una lástima que no pueda ser feliz todo el mundo —dijo Betty—. Basil y yo juntos y su madre dándonos su bendición...

Parker Pyne soltó una tosecita.

—Creo —dijo— que eso podría arreglarse.

Ella le miró, recelosa.

—¿No me estará usted engañando? —preguntó.

El rostro de Parker Pyne permaneció inescrutable.

A mistress Chester la animó con unas cuantas vaguedades. Un noviazgo no quería decir boda precisamente. Él se marchaba una semana a Sóller. Le aconsejó que adoptara una actitud diplomática, que fingiera aceptar los hechos.

En Sóller pasó una semana muy agradable.

A su regreso se encontró con que había ocurrido algo completamente inesperado.

Al entrar en el Pin d'Or, lo primero que vio fue a mistress Chester y a Betty Gregg tomando el té juntas. Basil no estaba. Mistress Chester tenía aspecto demacrado. Betty también tenía mala cara. Apenas iba maquillada y parecía como si hubiera llorado.

Le saludaron amablemente, pero ninguna de las dos mencionó a Basil.

De pronto, Parker Pyne vio a Betty retener la respiración, como si algo le hubiera hecho daño. Parker Pyne volvió la cabeza.

Basil Chester estaba subiendo los peldaños que llevaban al mar. Con él iba una chica tan sumamente hermosa y exótica que le dejaba a uno sin habla. Era morena y tenía una figura maravillosa. Nadie podía dejar de notarlo, porque llevaba un traje de baño azul muy reducido. Iba muy maquillada, con polvos color ocre y labios de un tono entre naranja y escarlata, pero los afeites no hacían sino acentuar su notable belleza. En cuanto a Basil, parecía incapaz de apartar de ella la vista.

—Vienes muy tarde, Basil —dijo su madre—. Tenías que llevar a Betty a Mac's.

—Fue culpa mía —dijo la hermosa desconocida, arrastrando las palabras—. Se nos pasó el tiempo sin darnos cuenta —se volvió hacia Basil—. Encanto, tráeme algo de beber que sea fuertecito.

Se quitó los zapatos y estiró los pies, cuyas uñas llevaba pintadas de verde esmeralda, haciendo juego con las uñas de las manos.

No hizo el menor caso de las dos mujeres, pero se inclinó un poco hacia Parker Pyne.

—¡Qué isla más horrible! —dijo—. Me moría de aburrimiento antes de conocer a Basil. Es un ángel.

—Míster Parker Pyne, la señorita Ramona —dijo mistress Chester.

La chica respondió a la presentación con una sonrisa lánguida.

—Creo que en seguida le llamaré Parker —murmuró—. Yo me llamo Dolores.

Basil volvió con las bebidas. La señorita Ramona repartió su conversación (conversación de pocas palabras: casi todo se reducía a miradas) entre Basil y Parker Pyne. De las dos mujeres no hizo el menor caso. Betty trató una o dos veces de mezclarse en la conversación, pero la otra chica se limitó a mirarla y a bostezar.

De pronto, Dolores se levantó.

— Creo que me voy. Estoy en el otro hotel. ¿Me acompaña alguien a casa?

Basil se puso en pie de un salto.

—Voy yo contigo.

Mistress Chester dijo:

—Basil, hijo...

—Vuelvo pronto, mamá.

—Miren al niño de su mamá —dijo la señorita Ramona, sin dirigirse a nadie en particular—. Siempre pegadito a sus faldas.

Basil enrojeció y se quedó confuso. La señorita Ramona hizo una seña con la cabeza en dirección a mistress Chester, sonrió a Parker Pyne de un modo deslumbrante y se marchó con Basil.

Tras su marcha se produjo un silencio embarazoso. Parker Pyne no quería ser el primero en hablar. Betty Gregg se retorcía los dedos y miraba hacia el mar. Mistress Chester parecía confusa e indignada ante aquel proceder.

Betty dijo, con voz algo insegura:

—Bueno, ¿qué le parece nuestra última adquisición en la bahía de Pollensa?

Parker Pyne dijo con cautela:

—Un poquito..., ¡ejem!.., exótica.

—¿Exótica?

Betty soltó una sonrisita amarga.

Mistress Chester dijo:

—Es espantosa, espantosa. Basil debe de estar loco.

Betty dijo, cortante:

—Está bien cuerdo.

—¡Qué uñas! —dijo mistress Chester, estremeciéndose de repugnancia.

Betty se levantó bruscamente.

—Creo, mistress Chester, que es mejor que me vaya a casa y no me quede a cenar.

—Pero, querida..., Basil lo va a sentir mucho.

—¿Sí? —preguntó Betty, soltando una risita—. De todos modos, me voy. Me duele la cabeza.

Les dirigió una sonrisa y se marchó. Mistress Chester se volvió hacia Parker Pyne.

—¡Ojalá no hubiéramos venido nunca a este lugar! ¡Nunca!

Parker Pyne movió tristemente la cabeza.

—No debía haberse usted marchado —dijo mistress Chester—. Si usted hubiera estado aquí, esto no hubiera ocurrido.

Parker Pyne no pudo menos de contestar:

—Señora mía, le aseguro a usted que tratándose de una chica guapa no tendría influencia alguna sobre su hijo. Parece, ¡ejem!..., de un temperamento un poco impresionable.

—Nunca lo había sido —dijo mistress Chester, compungida.

—Bueno —dijo Parker Pyne, tratando de animarla—, parece que esta nueva atracción ha dado al traste con su pasión por miss Gregg. Supongo que esto le producirá satisfacción.

—No sé lo que quiere decir —dijo mistress Chester—. Betty es una chiquilla encantadora y quiere mucho a Basil. Se está portando muy bien en estas circunstancias. Mi hijo debe de estar loco.

Parker Pyne recibió este sorprendente cambio de postura sin pestañear. Conocía por experiencia la inconstancia femenina.

—Loco, no —dijo suavemente—; sólo embrujado.

—¡Esa criatura es horrible!

—Pero guapísima.

Mistress Chester dio un respingo.

Basil subió los peldaños que conducían al mar.

—Hola, mamá. Aquí estoy. ¿Dónde está Betty?

—Betty se ha marchado a su casa. Le dolía la cabeza, y no me extraña.

—Quieres decir que estaba enfadada...

—Me parece, Basil, que estás portándote sumamente mal con Betty.

—Por Dios, mamá, no me sermonees. Si Betty se va a poner así cada vez que hable con otra chica, bonita vida me espera.

—Es tu prometida.

—¡Claro que lo es! Pero eso no quiere decir que cada uno no pueda tener sus amigos propios. En estos tiempos, la gente tiene que vivir su vida y tratar de acabar con los celos.

Se calló un momento.

—Mira, si Betty no va a cenar con nosotros..., voy a volver al Mariposa. Habían insistido en que me quedara a cenar...

—Pero, Basil...

El chico le dirigió una mirada exasperada y bajó corriendo los peldaños.

Mistress Chester dirigió a Parker Pyne una mirada llena de elocuencia.

—Ya ve usted —dijo.

Sí, ya veía.

La crisis sobrevino dos días más tarde. Betty y Basil habían planeado dar un largo paseo y llevarse la merienda. Betty llegó al Pin d'Or y se encontró con que Basil había olvidado el plan y había ido a pasar el día a Formentor con la panda de Dolores Ramona.

Como única demostración, Betty se limitó a apretar los labios. Sin embargo, poco después se levantó y se quedó de pie, delante de mistress Chester (estaban las dos solas en la terraza).

—Muy bien —dijo—. No importa. Pero de todos modos..., creo que lo mejor es que demos el asunto por terminado.

Se sacó del dedo el anillo que Basil le había dado, en espera de comprar el verdadero anillo de compromiso.

—¿Quiere usted devolverle esto, mistress Chester? Y dígale que está bien, que no se preocupe...

—¡Betty, querida, por favor! ¡Él te quiere, de verdad!

—Eso parece —dijo la chica con una risita—. No..., yo tengo mi orgullo. Dígale que no se preocupe y que... le deseo suerte.

Cuando Basil volvió, al atardecer, le esperaba una tormenta. Enrojeció un poco al ver el anillo.

—Conque eso es lo que quiere, ¿verdad? Bueno, puede que sea lo mejor.

—¡Basil!

—La verdad, mamá, no parece que nos hayamos llevado muy bien últimamente.

—¿Y de quién es la culpa?

—No creo que haya sido mía precisamente. Los celos son una cosa horrible y, además, no sé por qué has de disgustarte tanto. Tú misma me has pedido que no me casara con Betty...

—Eso fue antes de conocerla bien. Basil, querido..., ¿no pensarás casarte con esa otra?

Basil Chester dijo tranquilamente:

—Me casaría con ella sin dudarlo si me quisiera..., pero me temo que no me querrá.

Mistress Chester sintió que un escalofrío le corría por la espina dorsal. Fue en busca de Parker Pyne y lo encontró en un rincón tranquilo, leyendo plácidamente un libro.

—¡Tiene usted que hacer algo! ¡Tiene usted que hacer algo! ¡La vida de mi hijo va a ser destrozada de un momento a otro!

Parker Pyne se estaba cansando un poco de la vida de Basil Chester.

—Vaya a ver a esa horrible criatura. Si es necesario, cómprela.

—Puede que resulte muy caro.

—No me importa.

—Sería una lástima. Pero puede que haya otros medios.

Ella le interrogó con la mirada, pero Parker Pyne movió la cabeza en sentido negativo.

—No prometo nada, pero veré lo que puedo hacer. Conozco el tipo. Por cierto, ni una palabra a Basil...; sería fatal.

—Claro que no.

Parker Pyne volvió del Mariposa a medianoche. Mistress Chester le esperaba levantada.

—¿Qué hay? —preguntó, impaciente, reteniendo la respiración.

Los ojos de Parker Pyne chispearon.

—Miss Dolores Ramona saldrá de Pollensa mañana por la mañana, y de la isla mañana mismo por la noche.

—¡Oh, míster Parker Pyne! ¿Cómo lo consiguió?

—No costará ni un céntimo —dijo Parker Pyne, chispeándole de nuevo los ojos—. Pensé que a lo mejor podía influir en ella..., y no me equivoqué.

—Es usted maravilloso. Nina Wycherley tenía razón. Tiene usted que decirme cuánto..., sus honorarios..., pues... deseo... Parker Pyne levantó su mano cuidada.

—Ni un penique. Ha sido un placer. Espero que todo salga bien. Claro

que al principio el chico estará muy disgustado cuando se entere de que ha desaparecido sin dejar su dirección. Tenga usted cuidado con él durante una semana o dos.

—Si Betty le perdonara...

—Claro que le perdonará. Son una pareja simpática. Por cierto, yo también me marcho mañana; necesito estar en Londres.

—Le vamos a echar de menos, míster Pyne.

—Puede que sea mejor que me vaya, antes que su hijo se encapriche de una tercera chica.

Parker Pyne se inclinó sobre la barandilla del barco y miró las luces de Palma. A su lado estaba Dolores Ramona. Él estaba diciendo:

—Buen trabajo, Madeleine. Me alegro de haberle telegrafiado que viniera. Es extraño, siendo usted, realmente, una chica tan casera y tranquila.

Madeleine de Sara, alias Dolores Ramona, alias Maggie Sayers, dijo modosita:

—Me alegro de que esté contento, míster Parker Pyne. Ha sido un modo agradable de romper la monotonía. Bueno, me voy abajo a acostarme, antes que salga el barco. Me mareo un tanto...

Unos minutos más tarde, una mano se posó en el hombro de Parker Pyne. Al volverse éste se encontró con Basil Chester.

—He querido venir a despedirle, míster Parker Pyne, a transmitirle el afecto de Betty y a darle las gracias en su nombre y en el mío propio. Ha sido muy buena su estratagema. Ahora Betty y mamá son uña y carne. Ha sido una pena tener que engañarla a la pobrecita..., pero se estaba poniendo muy difícil. Bueno, ahora todo va bien. Sólo tengo que tener cuidado con seguir de mal humor unos días más. Nunca podremos agradecérselo bastante Betty y yo.

—Les deseo que sean muy felices —dijo Parker Pyne.

—Gracias.

Se produjo un silencio. Luego Basil dijo, con indiferencia un tanto exagerada:

—¿Está miss..., miss de Sara por ahí? Me gustaría darle las gracias también a ella.

Parker Pyne le dirigió una mirada penetrante.

—Lo siento —dijo—. Miss de Sara se ha acostado.

—Bueno, mala suerte... Puede que algún día la vea en Londres.

—A decir verdad, se marcha a América casi en seguida, a hacerme un trabajo.

—¡Ah! —dijo Basil con voz inexpresiva—. Bueno, me marcho...

Parker Pyne sonrió. De paso para su camarote dio unos golpecitos en la puerta del de Madeleine.

—¿Cómo se encuentra, querida? ¿Bien? Ha estado aquí nuestro joven amigo. Padece el ligero ataque de Madeleinitis de costumbre. Se le pasará en un par de días, pero es usted perturbadora.


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