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Rousseau

La influencia de Rousseau sobre mayo de 1810 tuvo amplia acogida. Boleslao Lewin recoge en “La influencia de Rousseau en los hombres de mayo”27 la profusión de las ideas del pensador de Ginebra en Moreno y más allá de él. Vale la pena mencionar algunos pasajes significativos como los que siguen: “No es posible aquilatar la evolución democrática de Latinoamérica…sin los principios de Rousseau…”; la influencia en pensadores posteriores como Bernardo de Monteagudo: “en más de una ocasión señaló defectos e imprecisiones en las teorías roussonianas…pero dejando siempre constancia de su admiración por el pensador ginebrino”. Y asimismo la influencia en hombres significativos de diversa filiación intelectual: Pueyrredón, Alvear, Padilla, Rivadavia, Alberdi, Castañeda, Gorriti, Sarmiento, etc. Es así que no es descabellado buscar en Moreno retazos del contractualista ginebrino. Pero lo que interesa destacar, es la apropiación que hace en conjunción con su formación eclesiástica y orientada por la necesidad de legitimar un sistema político-institucional independiente de la Metrópoli. Aclarada la importancia de este pensador, pasemos a sus ideas contractuales.

No es la pretensión de este trabajo la realización de un estudio historiográfico de las fuentes intelectuales que confluyeron en la formación de Mariano Moreno. Sí lo es, en cambio, poder fundamentar la idea de que Moreno acudió a ciertos pensadores para legitimar un nuevo gobierno. Así lo expresa Silvana Carozzi: “…es indudable que en el proceso independentista rioplatense no hubo algo como la nación o la nacionalidad como unidad cultural previa, sino que la nación fue resultado de una ardua y dilatada tarea política y simbólica en general; también lo es que Moreno está dando los primeros pasos para construirla…necesita por ello negar la idea de que, caído el poder central, los hombres pudiesen volver al estado (individualista) de naturaleza.”28 ¿Qué podemos extraer de la teoría rousseauniana del contrato social, al menos sintéticamente, acerca la relación mandato-obediencia?

Jean Jaques Rousseau (1712-1788) nace en Ginebra. Fue anti-ilustrado y es el impulsor del contractualismo no liberal. Acentuó, a diferencia de los liberales Locke y Hobbes, la igualdad por sobre la libertad individual. Al partir de determinada concepción de hombre (libre e igual) Rousseau será de la idea de que no todo estado civil es legítimo: aquel que no protege la libertad de sus individuos vuelve al contrato espurio. La República que es legítima se concibe así como aquella en que se da una unión de todos con todos y en la que ningún particular adquiere el poder de las voluntades. Por el contrario, cada cual se obedece a sí mismo. Para ello es vital la formación de una persona moral o “yo común” que es el cuerpo político que se funda por contrato. Y este cuerpo propende al Bien Común. No debe entenderse a este como el bien de todos los individuos, pues el Bien Común excede a los particulares. El Bien Común da cuenta, pues, de una identificación con mi comunidad; de otro modo no podría querer el bien común. Es menester pues cierta solidaridad, identificarme con los otros. Y esa Voluntad General que expresa el Bien Común se traduce en leyes que son mi propia voz: he aquí la unión de lo público con lo privado. Por otra parte, resulta fundamental el concepto de pueblo, pues es el cuerpo político que da lugar al contrato social. El pueblo es el sujeto político por excelencia. Para que un pueblo se conforme es preciso un primer pacto, de sociedad. Así, se entiende la diferencia entre el mero sometimiento de la multitud por el amo y dirigir o regir una sociedad. Como el ser humano no lleva inscripto en su naturaleza cómo comportarse, requiere de la fuerza de la ley que lo obligue en cierta forma a comportarse rectamente. Para Rousseau, entonces, el pueblo hace un trato por el que el soberano se compromete a cumplir la Voluntad General, entidad supra individual que da cuenta de que no hay individuos por encima de la comunidad, no se puede actuar en contra de la comunidad. La libertad individual comporta una relación inextricable con la comunidad; ciudadano es, en este sentido, el que acata la ley del estado. Al acatar la Voluntad General el ciudadano no hace más que acatar su propia voluntad. Hay pues aquí una solución de continuidad entre el ciudadano y su polis. El gobernante, a su vez, no representa al pueblo, sino que es su comisionado: para ejecutar lo que el pueblo manda. Aquí se deja ver el concepto de soberanía popular: el pueblo, en tanto Voluntad General colectiva, es previo al contrato. Y es por eso que puede rescindir ese contrato. Destaquemos que el interés de Rousseau se apoya más en el ser social que en el individuo. Así también, debe recordarse la influencia del pensador holandés, Baruch Spinoza y su deísmo. Es que, a diferencia de los enciclopedistas, Rousseau no fue ateo (esto a su vez lo acercará a los ideólogos de mayo de 1810). Concibe a un Dios que es la naturaleza (no un Dios sobrenatural). Lo que interesa no es lo que cada uno cree, sino la religión cívica.

La empresa emancipadora bien podía valerse de Rousseau, pues no denostaba tan vehementemente la fe católica como los demás enciclopedistas, fe arraigada en la América colonial. Y así lo expresa Boleslao Lewin: “la Argentina produjo al más caracterizado exegeta americano de las doctrinas de Rousseau…Mariano Moreno…Mas el hechizo de Rousseau se extendió a todos los rincones de Hispanoamérica…Para los ideólogos hispanoamericanos –según Antonello Gerbi-, “criados en los esquemas de Rousseau, la ruptura del vínculo político con España se traducía en una especie de rescisión del contrato social…”29. Si el hombre libre ha pactado por voluntad, ante la desdicha puede reclamar su primitivo estado. La revolución se podía amparar, así, en el letargo de 300 años de dominación por parte de un reino con el que no solamente no se había pactado en estas tierras, sino que ahora se hallaba acéfalo. Así llega a expresar Moreno con claridad la situación y su postura al respecto en la edición de La Gaceta de Buenos Aires de 1810 que cita Lewin: “Las Américas no se ven unidas a los monarcas españoles por el pacto social que únicamente puede sostener la legitimidad y decoro de una dominación. Los pueblos de España consérvense enhorabuena dependendientes del Rey preso, esperando su libertad…La América, en ningún caso, puede considerarse sujeta a aquella obligación; ella no ha concurrido a la celebración del pacto social de que derivan los monarcas españoles los únicos títulos de la legitimidad de su imperio. La fuerza y la violencia son la única base de la conquista que agregó estas regiones al trono español; conquista que, en trescientos años, no ha podido borrar de la memoria de los hombres las atrocidades y horrores con que fue ejecutada, y que no habiéndose ratificado jamás por el consentimiento libre y unánime de estos pueblos, no ha añadido en su abono título alguno al primitivo de la fuerza y violencia que la produjeron. Ahora, pues la fuerza no induce derecho, ni puede nacer de ella una legítima obligación que nos impida resistirla, apenas podamos hacerlo impunemente; pues, como dice Juan Jacobo Rousseau, una vez que recupera el pueblo su libertad, por el mismo derecho que hubo para despojarle de ella, o tiene razón para recobrarla o no lo había para quitársela30. Así las cosas, no había obligación alguna del pueblo de América para con un rey preso, cuyo poder se basa en un pacto inexistente, siendo que la conducción política y su legitimidad se fundan ya en la soberanía popular como fuente de poder.

Moreno tomaría a Rousseau para aplicarlo a sus ideas sobre la naciente república. La religión civil será así de primera importancia para nuestro Moreno, seguidor de Rousseau, “Será el ginebrino el que ayude a estos criollos de la élite intelectual porteña a justificar por qué hay que revolucionar los viejos moldes políticos, aplicando un modelo de doble pacto…”31. Será el vacío dejado por el monarca encarcelado lo que vendrá a llenar la nueva ley, contractualmente fundamentada. Es decir, llegar a la conjetura de que el pueblo en América, disuelta la dependencia con Fernando, preso, está en legítimo derecho de constituirse como nación independiente. A este fin serviría de base el contractualismo. El antiguo pacto con el monarca se disolvía ante el cautiverio real. Pero debe acudir a la existencia de un pueblo ya existente previo al pacto (a diferencia de Rousseau) para justificar, al menos en parte, un simbolismo propio de estas tierras en tanto no colonias. Dicho en una palabra: Moreno debe convocar a la formación de una República usando a la Nacionalidad como alimento legitimador; pero esta aún no existe. Es justamente lo que sutilmente sugiere Carozzi por especularidad teórica entre Moreno y Rousseau: Para el ginebrino el pacto es uno solo: las dos partes que pactan deben existir previamente al pacto mismo, esto es, los individuos y la comunidad. Así, aquellos ceden sus derechos a esta. Pero justamente la comunidad no puede existir sino tras ese pacto; uno de los dos elementos (la comunidad) falta al momento de pactar, y concluye Carozzi “¿No es esta la encerrona cuyo correlato empírico vemos aparecer en el discurso de Moreno?”32. Por eso Moreno acudirá también, sostiene Carozzi, a las ideas del pactismo antiguo; y tendrá resabios de providencialismo. Pero, además, se observa en Moreno una apropiación particular de la idea rousseauniana de la entrega total del individuo a su comunidad: quien actúa contra los intereses de la Patria merece ser castigado sin piedad. Y por supuesto, “…puesto que el pueblo es ahora el sujeto que asumió la soberanía, surge la disputa por quiénes integran el verdadero pueblo: la gente decente o toda la pobación”.33
Conclusión
Hay en Moreno entonces un recurso a Rousseau también en el sentido de trocar la palabra revolución ya no como desastre social sino como acontecimiento que es preferible impulsar ante la injusticia de la dependencia con la Metrópoli. La patria debe sumarse al progreso histórico. Justamente para Rousseau el hombre en tanto ciudadano no puede ser libre contra su comunidad. Si bien se entenderá al contrato social como suponiendo la constitución previa de la comunidad, esta no se entiende en carácter de fraternidad. El modelo de Rousseau, en que el ciudadano actúa libremente en tanto y en cuanto obedece a las leyes de su comunidad, tiene antecedentes ya en la tradición griega y puede observarse, por ejemplo, en La república de Platón: si para éste a la ciudad deben gobernarla los filósofos es porque los filósofos conocen el orden del universo, y quien conoce el orden del universo conocerá asimismo las leyes de la polis. Hay pues una unidad que va desde cada individuo a la sociedad y al universo entero. Sí para entender a Moreno rastreamos también los orígenes medievales de su teoría política, es porque reconocemos que “el valor de la unidad como raíz del orden social porque lo es del universo…cualquier rumbo histórico que amenace la unidad originaria, que es en el fondo unidad de la Humanidad como pueblo de Dios, es visto como un desvío del sentido bíblico, en fin, como una corrupción…En estas costas del Atlántico, Moreno expresa este argumentum unitatis de diversos modos.”34. Volviendo a los inicios de este trabajo, Berger y Luckman no hablan de unidad con el universo, pero sí se remiten a lo que llaman “universo simbólico”. Este viene siendo el asiento último de significado, la instancia última de apelación humana que dota de sentido a su vida al enlazarla con un significado último. Moreno no pierde oportunidad de referir justificaciones de carácter providencial, “la causa sagrada”. Y en este sentido hace uso de este mecanismo para legitimar las acciones más horrorosas. Una vez que el pueblo legitimó su soberanía, el rumbo que Moreno pretende para el país está bien definido. El igualitarismo de Rousseau se diluye en cierto sentido en Moreno tras justificar la emancipación. Dice Elías J. Palti, “si el discurso revolucionario supuso la secularización de motivos escatológicos, conllevó al mismo tiempo la resignificación drástica de los mismos para servir a propósitos y responder a situaciones ya completamente ajenas a los imaginarios en que los mismos fueron concebidos”35. Moreno no responde igualitariamente (rousseaunianamente) a la pregunta sobre cómo debemos convivir. Así, en el “Manifiesto de la Junta”, justificaría el fusilamiento de Cabeza de Tigre, donde moriría, entre otros, el héroe ante las invasiones inglesas, Santiago de Liniers: La Voluntad General no fue en este caso expresión de todas las voluntades. A su vez, la idea típicamente rousseauniana de democracia directa se diluye en la propuesta Moreniana de delegación de la voluntad general en los mejores representantes ilustrados de la sociedad porteña. No ponía así en juego lo mejor de la tradición hispana: el poder se debe ejercer para perfeccionar un orden político que es parte de un orden general de la realidad; el fin es a la vez justificación. Si el poder deja de ejercerse con vistas a él, deja de ser legítimo. Así comenzó a configurarse la idea de la nacionalidad argentina, desde el momento mismo del rompimiento de sus lazos con España. El Plan de Operaciones de Moreno puede leerse entonces como un testimonio de la división que aqueja aún al país, y los primeros motivos de la emancipación (los intereses comerciales del puerto) dan cuenta del rumbo que tomaría nuestra república.

Bibliografía

* Berger, Peter L. y Luckman, Thomas. La construcción social de la realidad, Amorrortu editores, Ed. Buenos Aires, 1986. En castellano, trad. Silvia Zuleta
* Carozzi, Silvana. Las filosofías de la Revolución. Mariano moreno y los Jacobinos Rioplatenses En la Prensa de Mayo:1810-1815. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2011
* Halperín Donghi, Tulio. Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2010

* Lewin, boleslao. Rosseau en la independencia de Latinoamérica.Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1980

* Horowicz, Alejandro. “El país que estalló”. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820). Tomo I, El camino de Potosí. 1 Ed. Buenos Aires: Sudamericana, 2004

* Shumway, Nicolas. “La invención de la argentina”. Emecé editores, 2002. Buenos Aires, Argentina

*http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/ensayo/moreno_escritos

*http://www.iberconceptos.net/diccionario-politico-y-social-del-mundo-iberoamericano

1 Berger, Peter L. y Luckman, Thomas. La construcción social de la realidad, Amorrortu editores, Ed. Buenos Aires, 1986. En castellano, trad. Silvia Zuleta

2 Ibid. P. 71.

3 Berger y Luckman, Op. Cit. P. 73

4 Horowicz, Alejandro. “El país que estalló”. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820). Tomo I, El camino de Potosí. 1 Ed. Buenos Aires: Sudamericana, 2004

5 Berger y Luckman, Op. Cit., p. 77.

6 Ibíd., p. 80.

7 Berger y Luckman, Op. Cit., p. 85.

8 Horowicz, Alejandro. Op. Cit. P. 13. Cursivas mías.

9 Ibid. P. 21(resaltado mío).

10 Ibid. Pp. 49; 54.

11 Ibid. Pp. 156-157.

12 Shumway, Nicolas. “La invención de la Argentina”. Emecé editores, 2002. Buenos Aires, Argentina. P. 14.

13 Horowicz, Op. Cit. P. 145. (cursivas mías).

14 Shumway, Nicolas. Op. Cit. P. 20.

15 Horowicz, Op Cit. P. 169.

16 Horowicz, Op. Cit. P. 173. Cursivas mías.

17 Carozzi, Silvana. Las filosofías de la Revolución. Mariano moreno y los Jacobinos Rioplatenses En la Prensa de Mayo:1810-1815. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2011. P. 62

18 Ibid. P 132.

19 Ibid. P. 26

20 Carozzi, Silvana, Op. Cit. P. 106.

21 Carozzi, Silvana, Op. Cit. P.101; 105.

22 Carozzi, Silvana, Op. Cit. P. 112

23 Halperín Donghi, Tulio. Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2010. P. 26. Paréntesis mío.

24 Carozzi, Silvana. Op. Cit. P. 43.

25 Halperín Donghi, Tulio. Op. Cit. P. 45.

26 Carozzi, Silvana. Op Cit. P.77.

27 Lewin, boleslao. Rosseau en la independencia de Latinoamérica.Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1980. (Pps. 15; 57).

28 Carozzi, Silvana.Op Cit. P. 79.

29 Lewin, Boleslao. Rosseau en la independencia de Latinoamérica.Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1980. P.15

30 Lewin, Boleslao. Op. Cit. P. 45.

31 Carozzi, Silvana. Op. Cit. P. 77

32 Ibid. P.138

34 Carozzi, Silvana. Op. Cit. P. 113.

35 Halperín Donghi, Tulio. Op. Cit. P. 19.
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