La Historia de los Vencidos






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Nos excusamos por esta digresión que estimamos necesaria para explicar la verdadera razón del poderío inmenso del judaísmo (32) y su absoluto o casi absoluto predominio en los países de regímenes parlamentarios Y, en el caso concreto que ahora nos ocupa, para aclarar la razón por la cual, en Versalles, y más tarde, en Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones, el super capitalismo, la alta finanza apátrida, con absoluto predominio judío, y sirviendo los fines del judaísmo político, pudo imponer sus objetivos a través de puestos clave ocupados por sus hombres. Wilson, nominalmente presidente de los Estados Unidos (33) no era, en realidad, más que el hombre del Federal Reserve Board. Clemenceau era el hombre de los Rothschild (34) con Mandel siempre a su lado. Sonnino era el agente del trust israelita «Olivetti». El japonés Meakino representaba a la Banca Gunzbourg, de Tokio. Lloyd George, por su parte, era el mandatario fiel de la city. Los pueblos soberanos y sus cacareados derechos no contaron para nada en Versalles. Las «fuerzas secretas e inidentificables» que habían dictado su «paz», prepararán, fatalmente, la siguiente conflagración mundial. La guerra de 1914 18 no fue más que el primer acto del suicidio europeo, que se consumaría en 1945.

DOS OBJETIVOS CUMPLIDOS

Del caos en que quedó sumido el mundo civilizado después de Versalles, dos hechos esenciales - los dos objetivos verdaderos de la guerra terminada - emergieron sobre el resto de las injusticias allí cometidas.
El primero fue la consolidación definitiva de la Unión Soviética como estado "soberano" y punto de apoyo del comunismo internacional. De allí tratamos en el siguiente capitulo.
El otro objetivo fue la llamada "Declaración Balfour" concediendo a los judíos un «Hogar Nacional en Palestina, en detrimento de los árabes que vivían en aquel país desde diecinueve siglos. Sorprendente coincidencia fue que ambos acontecimientos capitales - Revolución soviética y promesa del "Hogar Nacional judío"- se produjeran casi simultáneamente.
Para la exposición de los hechos, convendrá dar un salto atrás y situarnos a principios del año 1916. Las tropas francesas, derrotadas, se amotinan; Petain reprimirá duramente la indisciplina e impedirá la desbandada general; Italia ha visto sus ejércitos seriamente diezmados por las tropas austrohúngaras; el coloso ruso se tambalea ante los serios golpes que le propinan los alemanes, turcos y austríacos y, más aún, a consecuencia del derrotismo interior que terminará por alumbrar la sangrienta Revolución de octubre de 1917. Los satélites balcánicos de Londres y París, Serbia, Montenegro y Rumania, se baten en retirada. Inglaterra tropezaba con terribles dificultades; la campaña submarina alemana ponía en peligro el avituallamiento de las islas; en Egipto, el Ejército británico se batía en retirada ante las embestidas turcas, y la pérdida del Canal de Suez parecía inminente.
Fue entonces cuando Alemania ofreció a Inglaterra la paz sobre la base del «status quo ante». Las fronteras europeas de 1914 serían restauradas. Inglaterra no podía hacer otra cosa que aceptar la oferta alemana. A principios de otoño de 1916, las reservas alimenticias de Inglaterra alcanzaban a tres semanas, y la campaña submarina germánica estaba en todo su apogeo. Las reservas de municiones eran todavía menores. El Ejército francés se amotinaba de nuevo e Italia (35), cuyas fuerzas armadas habían sido nuevamente batidas a las puertas de Venecia, negociaba una paz separada. Las tropas zaristas se retiraban tan apresuradamente en Ucrania que la mayor dificultad de la Wehrmacht era mantener el contacto.
Inglaterra estaba en una situación desesperada. Aceptar una «paz tablas» dejaba a salvo el imperio, pero evidentemente representaba un serio golpe moral para Inglaterra, a la par que dejaba a Alemania con las manos libres en el Este de Europa. No obstante, la alternativa era o aceptar la excelente oferta de Berlín y Viena, o perecer de inanición.
Londres había enviado tres misiones diplomáticas a los Estados Unidos desde el comienzo de la guerra, para tratar de persuadir a Washington de entrar en la misma como aliado de Inglaterra. Francia e Italia habían enviado igualmente sendas misiones con igual finalidad e idéntico resultado negativo. Los Estados Unidos estaban haciendo un magnifico negocio con la guerra, vendiendo a ambos bandos beligerantes y haciéndose pagar al contado. Las simpatías de la «Opinión Pública» - es decir, de unos cuantos fabricantes de noticias y comentarios, propietarios de periódicos, emisoras de radio y compañías cinematográficasó, estaban decididamente del lado de Alemania y de sus aliados. La alta finanza de Wall Street, que desde los tiempos del presidente William Howard Taft gobernaba por persona interpuesta en la Casa Blanca, era contraria a la Entente, por ser la Rusia zarista miembro esencial de la misma. Por otra parte, las tropas y autoridades alemanas de ocupación en Polonia y Rusia Occidental trataban a las comunidades judías de tales territorios con «gran comprensión, humanidad y cortesía», como se reconoció oficialmente en el Congreso Sionista de 1916 (36).
En general, el sionismo era partidario de los imperios centrales. La razón es obvia: Palestina formaba parte del imperio otomano, y los sionistas confiaban en que el káiser, que, a parte de ser su aliado, mantenía excelentes relaciones personales con el sultán de Constantinopla, persuadiría a éste de la conveniencia de ceder a los israelitas Tierra Santa para instalar en ella el soñado Hogar Nacional judío. Los prohombres del sionismo, al enterarse de la oferta de paz de Alemania a Inglaterra, y en vista de que el sultán no parecía muy dispuesto a abandonar una parte de su patrimonio en favor de unas gentes que no tenían sobre el mismo ningún derecho, propusieron al Gabinete de guerra británico la incondicional ayuda judía. El acuerdo entre el Gobierno de Lloyd George (37) y la «Zionist World Organization» preveía que, a cambio de la promesa del Hogar Nacional en Palestina que Inglaterra se comprometía a entregarles, los prohombres del judaísmo americano harían entrar a los Estados Unidos en la contienda, al lado de los países de la Entente.
Inglaterra prefirió continuar la lucha en tales condiciones, pues estaba segura de que, con la ayuda norteamericana y la traición del judaísmo contra Alemania en el continente (38) lograría mantener su posición de primera potencia mundial, como resultado de la victoria.
En efecto, Londres temía por encima de todo que Alemania, que contaba a tal efecto con la autorización del sultán, construyera el ferrocarril Berlín Bagdad (en realidad la vía férrea abarcaba desde Hamburgo hasta Basorah, en el golfo Pérsico), lo que pondría en peligro la vieja línea imperial británica: Gibraltar, Malta, Port Said, Suez, Socotra, Adén, Ceylán, Hong Kong. Si Alemania o cualquier otro país europeo deseaba comerciar con países orientales o simplemente entrar con sus buques en el Mediterráneo o salir de él, debía contar con la voluntad inglesa, que con el control del Canal de Suez y la entonces inexpugnable fortaleza de Gibraltar podía cerrar el Mare Nostrum a su arbitrio. El comercio del continente europeo con el Lejano Oriente estaba, pues, a la merced de la Gran Bretaña, cuya flota de guerra, además, era la dueña indiscutible de los mares. La ruta más corta entre Hamburgo y Bombay, si Inglaterra lo quería así, era por el cabo de Buena Esperanza, que, igualmente, estaba bajo la dependencia política de Londres. El camino más corto entre Alemania y la India requería, pues, tres semanas, y el más largo, contorneando Africa ocho semanas. En cambio, el proyectado ferrocarril permitiría hacer el mismo viaje en ocho días. Alemania podría, en caso de conflicto bélico con Inglaterra, llevar un ejército de invasión a las fronteras de la India en menos de una quincena. Inglaterra ofreció sumas astronómicas al sultán para que retirara la concesión del tan traído y llevado ferrocarril a Alemania pero el sultán rehusó.
Que la construcción proyectada de ese ferrocarril fue el verdadero motivo de que Inglaterra se reconciliara con Francia y provocara constantes fricciones con el joven Estado alemán está fuera de toda duda razonable. Igualmente cierto es que fue Inglaterra quien inició la maravillosamente bien construida red de alianzas «defensivas», clarisimamente dirigidas contra Alemania que, en una década, quedó en medio de un «anillo de la muerte» (39) constituido por la Rusia zarista, sus satélites balcánicos, Serbia, Bosnia, Montenegro y Rumania, más Francia, Bélgica, Dinamarca y, naturalmente detrás de la «Home Fleet», Inglaterra. Hasta el lejano Japón, naciente potencia de rango mundial, sería persuadido a entrar en la coalición de las «democracias», así como Portugal y buen número de repúblicas latinoamericanas, económicamente infeudadas a Londres. A última hora se produciría el «coup de théatre» italiano, que completaba el cerco germánico.
La entrada en guerra de los Estados Unidos junto a la Gran Bretaña, la ayuda financiera del sionismo a Francia e Italia, las revueltas «sociales» financiadas en gran parte con dinero judío - de ello hablamos en el siguiente capitulo - desencadenadas con extraordinaria oportunidad en Alemania y Austria, transformaron una victoria alemana que aparecía segura en 1916, en una situación de transitoria igualdad, pese al derrumbamiento de Rusia - la odiada Rusia zarista de los «progroms» ó, para desembocar en la sórdida estafa versallesca.
Los sionistas jugaron la carta alemana desde el comienzo de la guerra. Contaban con una derrota inglesa y con que la influencia personal del káiser sobre el sultán lograría de éste la cesión de Palestina para la implantación del «Hogar Nacional judío» (40). Pero la mala disposición del sultán hacia tal proyecto, el hecho de que Alemania ofrecía a Inglaterra una «paz tablas» sin cambios territoriales, y con retorno a las fronteras de 1914 y, paralelamente, la situación en que se encontraba Inglaterra, que la obligaría a aceptar cualquier condición a cambio de la ansiada participación norteamericana en la contienda, movieron a los prohombres del sionismo a proponer su ayuda a la Gran Bretaña.
Numerosos escritores norteamericanos (entre otros Elizabeth Dillings, Olivia OíGrady, William Guy Carr, Robert Edmondsson, etc.) han narrado detalladamente las medidas tomadas por el judaísmo para hacer entrar en la contienda a los Estados Unidos. Es curioso el cambio que, en unos meses, se hizo dar al presidente Wilson, un auténtico «détraqué» sujeto a deficiencias psicosexuales. Cuando, a principios de 1916, el sionismo todavía espera que el káiser obtendrá para los judíos el territorio de Palestina y Wilson hace tentativas para obtener la paz (una «pax germánica»), y Londres y París ni siquiera se dignan contestar a sus propuestas, Wilson exclamará que "ingleses y franceses hacen gala de una mala fe exasperante". (Véase Georges Bonnet: «Miracle de la France», París 1965, Ed. Fayard).
Es un hecho histórico que la gran Prensa norteamericana cambió bruscamente de orientación a partir del «London Agreement» entre el Gabinete de guerra británico y los sionistas. La propaganda aliadófila alcanzó grados de apología delirante, y las provocaciones antialemanas se multiplicaron.
En cuanto al incidente del Lusitania no fue más que un burdo pretexto. Los mismos americanos admitieron que el barco iba cargado con municiones con destino a Inglaterra, y armado con cañones de largo alcance. (Michael F. Connors: «The Development of Germanophobia».) Según el historiador americano O. Garrisson Willards, en The True Story of the Lusitania, el comandante del buque tomó una ruta opuesta a la que se le ordenó en Nueva York internándose en una zona que se sabía dominada por los submarinos alemanes. Además el Lusitania fue hundido en febrero de 1915, y los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania en abril de 1917, veintiséis meses más tarde. Es, pues, estúpida la versión oficial americana, según la cual Washington declaró la guerra en un rapto de indignación por el hundimiento del pacifico transatlántico. Inmediatamente después de la pérdida del Lusitania, el Gobierno americano reconoció oficialmente que Alemania estaba justificada en su acción contra el buque, de acuerdo con el Derecho Internacional, con las Convenciones de La Haya sobre la conducción de la guerra submarina, y más aún con la práctica corriente, incluso en la paz, según el derecho a la legítima defensa que asiste a todas las naciones. En 1915, Alemania, para hundir al Lusitaniaó cargado de municiones - usó el mismo derecho vital que los norteamericanos en 1962 para amenazar con hundir a los mercantes rusos, portadores de armamento atómico con destino a Cuba y eso que entre yankees y cubanos no existía estado de guerra declarada.
El pueblo alemán no tuvo conocimiento de esa auténtica «puñalada en la espalda», propinada por quien se suponía un viejo y fiel aliado, hasta el año 1919, en plena Conferencia de Versalles, cuando 117 dirigentes sionistas, a cuyo frente se hallaba Bernard Mannes Baruch, el «procónsul de Judá en América» le reclamaron a los ingleses el pago de su «libra de carne».
No obstante, Inglaterra no podía entregar Palestina a los judíos sin engañar a los árabes. Sin escrúpulo alguno, Londres vendió a los musulmanes y cristianos de Tierra Santa al sionismo internacional. Esto constituye una de las más sórdidas estafas de la Historia Contemporánea.
En efecto, a finales de 1915, cuando los turcos habían ocupado Sollum, la expedición francobritánica a Gallipoli había terminado en un completo «fiasco», y el general Townshend se encontraba sitiado y en trance de rendirse en Kut el Amara, la defensa del Canal de Suez parecía imposible. Inglaterra necesitaba la ayuda de los árabes para continuar la guerra. Su única solución consistía en organizar la sublevación de los árabes, entonces sujetos del sultán de Constantinopla. Los árabes prometieron a Inglaterra luchar a su lado contra los turcos, a cambio de la promesa británica de ser libres de todo control extranjero una vez victoriosamente terminada la guerra. Es un hecho histórico que solamente gracias a la ayuda árabe pudo Inglaterra conservar el control del Canal de Suez. Sir Henry MacMahon, alto Comisario británico en Egipto, había prometido solemnemente. en el nombre del imperio británico al Emir de la Meca que, a cambio de la ayuda árabe a los Aliados la Gran Bretaña reconocería la independencia de un Estado árabe en territorios que incluían Palestina. Los limites de esos territorios, prometía oficialmente MacMahon, serían los siguientes:
· Mersina, en el Norte.
· Las fronteras de Persia, hasta el golfo de Bassorah, en el Este.
· El océano Indico, excepto Adén, en el Sur.
· El mar Rojo, y el mar Mediterráneo, en el Oeste.
Un simple vistazo al mapa muestra que Palestina formaba parte de ese territorio. Sir Henry MacMahon hizo su promesa formal, en el nombre del Gobierno británico, en un memorándum fechado el 25 de octubre de 1915. El Gobierno británico confirmó oficialmente las promesas de Mac Mahon y el acuerdo fue firmado. Pero mientras millones de árabes luchaban y doscientos mil perdían la vida en la guerra de Inglaterra creyendo se batían también por la libertad árabe, el ministro de Asuntos Exteriores inglés, Lord Arthur Balfour, vendía alegremente Palestina al sionismo a cambio de la promesa de los líderes de éste de provocar la entrada de los Estados Unidos en la guerra y de retirar todo su apoyo a Alemania. Como complemento de esa traición, Inglaterra y Francia, según los términos del acuerdo Sykes - Picot, se entendían para repartirse los territorios árabes - entonces bajo soberanía turca - al final de la guerra. Ramsey MacDonald, Primer Ministro de Su Majestad en 1923, resumió así esta triple maniobra:
«Nosotros provocamos una sublevación árabe en todo el imperio otomano, a cambio de la promesa de crear un Estado árabe independiente con las provincias árabes que formaban parte de aquél, incluyendo Palestina. Al mismo tiempo, animamos a los judíos del mundo entero a que nos ayudaran y contribuyeran a hacer entrar a los Estados Unidos en la contienda, a nuestro lado, prometiendo poner a disposición de los sionistas, y bajo su soberanía, las tierras de Palestina; y también al mismo tiempo, firmamos con Francia el Pacto Sykes Picot, repartiéndonos el territorio que habíamos ordenado a nuestro alto comisario MacMahon que prometiera a los árabes a cambio de su ayuda. Muy difícil será encontrar en toda la Historia Universal un caso de más cruda duplicidad, y no podremos escapar a la reprobación mundial que será su justa secuela» (41).
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