La Historia de los Vencidos






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En Versalles no se fijó la suma total de las reparaciones que Alemania debía pagar, sino que se encomendó esa misión a una conferencia ulterior. Mientras economistas y expertos calculaban sabiamente lo que Alemania podría pagar en los siguientes cuarenta o cincuenta años, la sórdida cuestión de las reparaciones se convirtió en un arma electoral, en una subasta política. En Inglaterra Bonar Law prometió a sus electores que, si tenían el supremo acierto de votar por él, se harían pagar a Alemania no menos de cuatrocientos mil millones de marcos oro. Inmediatamente Lloyd George anunció que si el electorado tenía el buen gusto de votar por él, Alemania debería pagar cuatrocientos ochenta mil millones de marcos. Esto obligó a Bonar Law a subir hasta el medio billón. En Francia, Loucheur pujó hasta los ochocientos mil millones. Naturalmente, esa subasta sólo podía terminar con la victoria del bien conocido genio financiero judío: "Le boche payera tout», dijo Simon Klotz, ministro de Finanzas con Poincaré".
Las promesas de Wilson, las convenciones de Compiégne, y el articulado de la Sociedad de Naciones fueron arrojados a la basura. El hecho de no avenirse a fijar la cantidad que se exigiría a Alemania es la mayor prueba de las verdaderas intenciones de los vencedores. Así se reservaban el «derecho» de aplicar más sanciones a los vencidos en el caso de que éstos no cumplieran, o no pudieran cumplir, lo «pactado». Y «lo pactado» era cualquier cifra demencial que pudiera ocurrírsele a un «defensor del derecho» en plena campaña electoral. Francia fue quien, más que nadie, impidió se fijara una cifra concreta. Sus intenciones las revelaría con arrolladora franqueza Poincaré:
«Lamentaría sinceramente que Alemania pagara. Prefiero la ocupación y la conquista a embolsar el dinero de las reparaciones» (7).
Por fin, el 27 de abril de 1921, la comisión de reparaciones fijó, mayestáticamente, la cifra que Alemania debía pagar: 137.600.000.000 de marcos oro. La negativa alemana a aceptar tal astronómica cifra fue contestada con un ultimátum de Londres, el 5 de mayo de 1921, según el cual, si el Reich no reconocía esa deuda, la flota anglofrancesa reanudaría el bloqueo de Alemania, y la permanencia de los ejércitos de ocupación en suelo alemán se prolongaría sine die.
Peter Kleist escribe, a propósito de las sedicentes reparaciones de guerra:
«La suma de 132.000000.000 de marcos oro, más los 5.600 millones para pagar las deudas de guerra belgas, representaba, en total, el cuádruplo de las reservas de oro mundiales. Se correspondía, aproximadamente, con la totalidad de los bienes alemanes del año 1914. Era treinta y cuatro veces mayor que las contribuciones francesas del año 1871» (8) y eso que el Canciller de Hierro nunca pretendió que hacía la guerra "por el derecho" o "por la democracia", sino que se limitó a responder a la declaración de ruptura de hostilidades por Napoleón III. Bismarck, el difamado canciller, se limitó a recuperar la Alsacia y la Lorena y a imponer a su inerme enemigo la razonable contribución de guerra de 4.000 millones de marcos oro, que Francia pudo, con relativa facilidad, pagar en tres años,
Las incautaciones de las flotas mercante y de guerra de Alemania no se dedujeron - como hubiera sido lo lógico - de la cifra de 132.000 millones. Tampoco se tuvieron en cuenta, en el cómputo total, el valor de las patentes robadas a Alemania, ni los 11.000 millones de marcos correspondientes al valor de los bienes alemanes en el extranjero, confiscados por los vencedores ni los centenares de industrias desmanteladas por los franceses, ni el pillaje, sistemáticamente organizado, de obras de arte. Todo esto fue englobado bajo el aleatorio subtítulo de «reparaciones especiales» y pasado a beneficio de inventario.
Se obligó a Alemania a aceptar el control de la navegación fluvial en sus grandes ríos, Oder, Elba, Wesser y Rin, lo que estaba en contradicción con los principios de la recién fundada Sociedad de Naciones, que preveían la plena soberanía de cada nación dentro de su propio territorio.
Mírese por el ángulo que se quiera, el llamado "Tratado de Versalles" es indefendible, moral y jurídicamente hablando. El hecho de haberse impuesto mediante el chantaje del bloqueo por hambre, de haberse redactado quebrantando todas y cada una de las solemnes promesas anteriores y violando los principios de la Sociedad de Naciones, creada por los propios vencedores lo tacha de invalidez.

LA PREPARACIÓN DE LA FUTURA GUERRA

El presidente del Consejo de Ministros de Italia, Francesco Nitti escribió, en 1922, un libro titulado: El Tratado de Versalles como instrumento para continuar la guerra, con un apéndice, «El grave error de las reparaciones», en el cual, el autor, que no puede, en modo alguno, ser sospechoso de germanofilia, demuestra que, en un plazo más o menos largo, Versalles será la causa de una nueva guerra de la cual no saldrán, en Europa al menos, más que vencidos.
Con la «jurisprudencia» de Versalles, además, la guerra dejaba de ser el recurso de la extrema necesidad a que se acogían los gobernantes de cada país para defender sus derechos - o lo que creían tales - y sus necesidades vitales. Versalles representa el nacimiento del maniqueísmo político, con la consagración del bien absoluto (la democracia) y del mal abyecto la autocracia. Los vencedores se irrogan todos los derechos y los vencidos son los réprobos destinados al castigo de sus jueces. En el futuro ya no habrán más guerras, sino cruzadas del Bien contra el Mal. Toda la gigantesca maquinaria de la propaganda había estado trabajando desde 1914 y aún antes hasta noviembre de 1918, por los Aliados, los «buenos». Desde entonces arranca la leyenda de las fábricas de aprovechamiento de cadáveres, de las violaciones de monjas, de los bombardeos deliberados de catedrales, de los niños con los ojos pinchados a bayonetazos. Desde entonces, también, se crea la contraverdad histórica del militarismo alemán y se presentan todas las guerras en que tomaron parte Prusia y los otros estados alemanes como «expediciones de rapiña».
«La Verité est ce que líon fait croire», decía Voltaire. Con arreglo a esta técnica se fabrica la tesis irreversible de la «Alemania guerrera» y, paralelamente, de la «Francia democrática», continuamente invadida, sin razón alguna, por un vecino bárbaro y belicoso que cree en la superioridad de la fuerza sobre el derecho, al revés que la «Patria del Mundo», la dulce Francia...
Peter Kleist reproduce, a este respecto, lo que dice el historiador y economista francés Charles Gide: «Conozco ciertas incursiones más allá del Rin, que provocaron cierto ruido en el mundo: me refiero a las de Luis XIV y Napoleón I. Por lo que se refiere a las invasiones alemanas ocurridas en el transcurso del siglo pasado, o sea, las de 1814, 1815 y 1870, hay que reconocer que las tres estaban plenamente justificadas, ya que las dos primeras constituían la respuesta a las cinco invasiones napoleónicas, y la tercera a una de las declaraciones de guerra más estúpidas que ha habido (9).
En verdad, un escritor que se sintiera inclinado a representar a Francia en un plano desfavorable con respecto a Alemania, encontraría, en la historia de las invasiones francesas de Alemania un casi inagotable arsenal propagandístico. Entre 1300 y 1600 anotamos «solamente» siete invasiones francesas de territorio germánico. Entre 1635 y 1659, la Guerra de los Treinta Años, sostenida por la obstinación del cardenal Richelieu, devastó a Alemania; pueden señalarse, como mínimo, quince invasiones. En la guerra sostenida por Francia contra Holanda en 1672, los franceses violaron el suelo germánico en cuatro ocasiones más, como mínimo. Después, entre 1676 y 1686, Francia cometió, al menos, diez actos de agresión mayor contra Alemania. La guerra de la Liga de Augsburgo en 1688 no fue, en realidad, más que una «guerra preventiva» contra los estados alemanes, Con la consiguiente devastación del Palatinado y las destrucciones de las villas universitarias de Worms, Speyer y Heidelberg En 1702, 1703 Y 1740 se producen nuevas invasiones francesas de Alemania. Una vez más, durante la Guerra de Siete Años (1756 1763) la agresión francesa contra Alemania se repitió. Finalmente, Napoleón, «ese italiano ilustre» - como le llamaba Spengleró convirtió el territorio alemán en un campo de batalla durante veinte años consecutivos. En resumen, desde la Edad Media hasta nuestros días, Francia ha agredido a los estados alemanes como mínimo, en treinta o treinta y cinco ocasiones.
Con respecto al supuesto dogma de la peculiar belicosidad germánica, el americano profesor Sorokin (10) nos facilita la siguiente estadística que lo destruye por completo, en la que expone el promedio de tiempo que pasaron en guerra estos países:

Polonia........................................................58%
Inglaterra.....................................................56%
Francia.........................................................50%
Rusia............................................................46%
Países Bajos...............................................44%
Italia...............................................................36%
España.........................................................30%
Alemania (incluyendo Austria) ...............28%
De estos datos se deduce que los diversos estados alemanes (Prusia, Baviera, Sajonia, Wurtemberg, Hannover, Austria, Hesse, etc.) pasaron en estado de guerra, desde el siglo VIII hasta 1925, mucho menos tiempo que Francia, la mitad de tiempo que Inglaterra, y muchísimo menos que Polonia, la «mártir» más belicosa de Europa y del mundo entero.
Se ha considerado, por el excelente investigador norteamericano Quincy Wright (II) que hubo "unas 2.600 batallas importantes", participando estados europeos, en los 460 años comprendidos entre 1480 y 1940. . . Francia participó en el cuarenta y siete por ciento de esas batallas. Los diversos estados alemanes, en el veinticinco por ciento, y Rusia e Inglaterra en el veintidós por ciento. El mismo escritor muestra que, de las 287 guerras afectando a los estados europeos en el periodo antedicho, el porcentaje de participación de los principales estados fue:
Inglaterra.................................................................28%
Francia.....................................................................26%
España.....................................................................23%
Rusia........................................................................22%
Austria Hungría.....................................................19%
Turquía....................................................................15%
Polonia.....................................................................11%
Suecia........................................................................9%
Italia(Saboya Cerdeña..........................................9%
Holanda....................................................................8%
Alemania (Prusia y Estados germánicos).......8%
Dinamarca.................................................................7%
Estas cifras tienen más valor que la propaganda estruendosa y los lloriqueos de las vestales democráticas que, no contentas con dominar directamente medio mundo, y dictar su voluntad desde Wall Street y la City al otro medio, no dudaron en lanzar al mundo a una guerra de extensión y crueldad sin precedentes por la primordial razón ópretextos a parte - de que Alemania amenazaba el cómodo «status quo ante».
El historiador británico Russell Grenfell computó el número de conflictos bélicos en que se vieron envueltos los principales estados europeos en el periodo crucial comprendido entre la batalla de Waterloo y el magnicidio de Sarajevo: Inglaterra participó en diez guerras; Rusia, en siete; Francia, en cinco; Austria y Prusia, en tres (12).
Pero bien sabido es que, en las guerras modernas, la primera víctima es la verdad. La estruendosa campaña propagandística aliadófila llegó a hacer creer a las masas mundiales que el Reich era el principal y único culpable del desencadenamiento de la guerra. Recordemos que, en junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero de la corona austrohúngara fue asesinado en Sarajevo, Bosnia. Los asesinos eran de nacionalidad serbia. Austria Hungría, sospechando la complicidad del Gobierno de Belgrado en el magnicidio, exigió una investigación oficial. Serbia se negó. Viena envió un ultimátum. Belgrado pidió ayuda a Rusia, campeona del paneslavismo. Alemania anunció que si un tercer país intervenía en la disputa entre Viena y Belgrado, se pondría al lado de aquélla. Serbia envió una nota diplomática harto despectiva en réplica al ultimátum austríaco. Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914. Rusia movilizó anunciando que atacaría a Austria Hungría si ésta osaba violar la frontera serbia. El embajador alemán en San Petersburgo hizo saber personalmente al zar que la movilización significaba la guerra con Alemania. Francia, aliada de Rusia, declaró la guerra a Alemania. La pesadilla de las alianzas y coaliciones, como dijera Bismarck había desatado la guerra. Aunque la causa auténtica no fue ésta, sino el conflicto de intereses rusogermánicos por un lado, el ansia de revancha del «chauvinismo» francés, humillado en 1870 por Bismarck, por el otro y, dominando todo el conflicto, moviendo los hilos, o creyendo moverlos, Inglaterra, que abandonó su tradicional política proalemana y antifrancesa a partir del momento en que el káiser Guillermo II obtuvo el acuerdo del Gobierno turco para la construcción del ferrocarril Berlin Bagdad, vía terrestre que cruzaba una zona «sagrada» para los intereses británicos.
Todo esto es política, y no tiene nada que ver con la moral, ni la ética ni, mucho menos, con la democracia. El gran mérito de la propaganda inglesa fue hacer creer al mundo que luchaba por el derecho, haciendo honor a su alianza - ¡otra alianza! - con Francia, e indignada por la agresión alemana contra Bélgica. En efecto, Alemania, con objeto de coger del revés a las defensas francesas, violó la neutralidad belga. La postura del indómito cruzado británico lanzándose al combate para defender a un pequeño país recibió universal aclamación a pesar de su intrínseca falsedad. Ya en 1887, durante una de las innumerables crisis francogermanas, y cuando las relaciones entre Londres y Berlín eran inmejorables, Lord Vivian, ministro inglés de Asuntos Exteriores, dio abiertamente su aprobación al Gobierno alemán para invadir Bélgica, y a Bruselas se le dijo claramente que el Gobierno británico no intervendría en su favor (13). Además, los planes militares de los Estados Mayores conjuntos inglés y francés consideraron siempre la posibilidad de una invasión anglofrancesa de Bélgica en caso de guerra común con Alemania. Es más, el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey, rehusó prometer la neutralidad británica en una eventual guerra entre Francia y Alemania, si ésta se comprometía a respetar las fronteras belgas. La pura verdad es que Inglaterra no fue a la guerra por Bélgica, ni mucho menos por Francia, sino para eliminar a un contrincante comercial y políticamente peligroso.
La Primera Guerra Mundial estalló a causa de un conflicto de intereses. No a causa de Serbia, ni de Bélgica, ni del famoso principio de las nacionalidades, del que ningún caso se haría en Versalles. Pero bueno será tener en cuenta que Rusia fue la primera potencia en movilizar (14); que la respuesta de Serbia a la demanda de investigaciones sobre el magnicidio de Sarajevo fue vaga y deliberadamente hiriente; que si Austria movilizó, también Serbia lo hizo, y posiblemente antes; que Francia movilizó antes que nadie. Raymond Poincaré reconoció:
"Ni Austria Hungría ni Alemania fueron las primeras en tener la intención de provocar una guerra general. No existe ningún documento que autorice a suponer que ellas habían planeado la guerra. Ésta estalló a causa de los intereses divergentes de unos y otros y también por culpa del tinglado de las alianzas".
Hubo un volumen propagandístico, escrito por el judío Henry Morgenthau, embajador de los Estados Unidos en Turquía, en el que se relataba una supuesta reunión secreta, ocurrida en Potsdam, el 5 de julio de 1914. En tal ocasión según Morgenthau - que recogía confidencias de segunda o tercera manoó, tres docenas de banqueros, industriales, militares y políticos alemanes se reunieron con el Káiser para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, la famosa Conferencia de 1914 nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas que se pretende tomaron parte en ella se encontraban en otros lugares en esa fecha.
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