La Historia de los Vencidos






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«Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está a punto de perecer de hambre. Dentro de muy pocos días estará en pleno colapso... entonces será el momento de tratar con ella» (2).
Unos días después, Alemania debe entregar toda su flota mercante a Inglaterra. La flota de guerra seguiría unos días después. Francia, por su parte exige el desmantelamiento de centenares de fábricas, y destruye todo lo que no puede llevarse.
En vano el mariscal Haig, comandante supremo de las fuerzas británicas aconseja poner fin a los abusos y no herir sin necesidad la dignidad del pueblo alemán. Lloyd George, Churchill y su «clique» le recuerdan que sus deberes de militar terminaron con el «alto el fuego». Ahora la palabra es de los políticos, que incluso empiezan a pelearse entre ellos por el derecho a la mayor cantidad posible de despojos del vencido. Es imposible imaginar una más cínica violación de unos acuerdos rubricados solemnemente. La Cruzada del Derecho y la Democracia se ha transformado en un Patio de Monipodio. Los acuerdos de Compiégne ya no cuentan para nada. Clemenceau proclamará, sin ambages: «Los acuerdos pasan, pero las naciones quedan».
Pero hay que adoptar una apariencia de legalidad. Hay que convencer al hombre de la calle de que, siendo Alemania culpable de la guerra, justo es que sobre sus hombros caigan todas las cargas de la misma. Por eso en el «tratado» se incluye una cláusula que dice: «Las potencias aliadas declaran, y el Gobierno alemán solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la guerra incumbe a Alemania».
El conde BrockdorffRantzau, jefe de la Delegación alemana en Versalles, abandona su puesto, alegando que su concepto del honor le impide apoyar, con su firma, una tal enormidad.
Pero nuevamente Inglaterra y Francia amenazan con una reanudación del bloqueo y la ocupación «sine die» de territorios que, incumpliendo los acuerdos del Armisticio de Compiégne, han invadido, sobre todo en Renania y Baviera.
Von Haniel, sustituto de Brockdorff Rantzau, anuncia que «Alemania se doblegará a todas las exigencias de sus enemigos: algunas de las cláusulas del Tratado sólo han sido incluidas para humillar a Alemania y a su pueblo. Nos inclinamos ante la violencia de que somos objeto por que después de todo lo que hemos sufrido, no disponemos ya de ningún medio para contestar. Pero este abuso de la fuerza no puede empañar el honor de Alemania».
Ciertos juristas de ocasión se rasgarán, años más tarde, sus democráticas vestiduras cuando Hitler, solemnemente, declare nula la cláusula de la culpabilidad exclusiva de Alemania en la primera hecatombe mundial.

EL «DIKTAT»

El 28 de junio de 1919, forzada por el chantaje del hambre y la ocupación militar extranjera, Alemania ponía su firma al pie del Tratado de Versalles. Otros cuatro «diktats» eran impuestos a Turquía, Hungría, Austria y Bulgaria: los de Sévres, Trianon, Saint Germain y Neuilly.
Los vencedores no sólo incumplieron su palabra, empeñada en Compiegne, sino también el preámbulo y articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones, redactado el 28 de abril de 1919. A pesar de que los países de la Entente se habían comprometido a «no llevar a cabo una política de anexiones» y habían solemnemente declarado que «ningún territorio será separado de otro si no es con la expresa voluntad y aquiescencia de sus habitantes».
a) Francia se anexionó el Reichland (Alsacia Lorena) con 14.500 km.2 y 1.950.000 habitantes.

b) Bélgica se incorporó las comarcas de Eupen, Moresnet, Malmedy y St. Vith, con 1300 km.2 y 130.000 habitantes.

c) El territorio de Memel (2.150 km.2 y 141.000 habitantes) fue separado del Reich y administrado por Francia como territorio autónomo, hasta que en 1924 la Sociedad de las Naciones se lo atribuyó a Lituania.

d) Dinamarca se anexionó el Schleswig del Norte, con 4.200 km.2 y 75.000 habitantes.

e) Polonia, estado inexistente desde 1795, fue resucitada por Clemenceau, con la única finalidad de completar el cerco de Alemania con países hostiles a ella. Con el único objeto de fortalecer al «gendarme» polaco, se le regalaron territorios tan indiscutiblemente germánicos como Sudaneu (550 km.2 y 30.000 habitantes); Posen (26.000 km.2 y 1.900.000 habitantes); Alta Silesia, riquísima región minera (3.300 km.2 y un millón de habitantes); Soldau (500 km.2 y 35.000 habitantes); más una porción de la Prusia Occidental, con el control efectivo de la teóricamente «Ciudad Libre» de Dantzig (17.700 km.2 y 1.300.000 habitantes).

f) Checoslovaquia, otra invención de los versallescos aprendices de brujos, recibió el territorio de los Sudetes (unos 15.000 km.2) que contenía unos 3.200.000 alemanes.

g) El territorio del Saar fue colocado bajo administración francesa, con la condición de que, al cabo de «un cierto tiempo», se consultaría democráticamente a los habitantes sobre si deseaban formar parte de la República francesa o bien preferían reincorporarse al Reich. Francia explotaría esa rica región minera durante catorce años. En 1933, la inmensa mayoría de los votantes se decidieron por el retorno a la soberanía alemana, pese a las medidas policiacas arbitradas por París para tratar de quedarse con el Saar por el cómodo sistema de la prescripción histórica.

h) La Renania fue ocupada, unilateralmente, por tropas francesas, desde diciembre de 1918 hasta mediados de 1920 y, posteriormente, otra vez, en 1923, en dos incursiones de rapiña y saqueo que fueron calificadas por Sir John Simon, ministro británico de Asuntos Exteriores, de piratería. El «diktat» autorizaba a Francia a estacionar tropas en Renania durante tres años, para controlar la producción de acero y, a la vez, como garantía del pago de las reparaciones de guerra.

i) Basándose en el tan cacareado «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos», la antigua monarquía de Austria Hungría, piedra básica de centroeuropea, fue desmembrada, si bien en ningún caso se consultó a las poblaciones interesadas sobre la orientación que deseaban dar a su destino. Violando, por enésima vez, sus propios principios y promesas, incumpliendo el articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones, creado por ellos mismos, los estadistas democráticos se sacaron de su manga de prestidigitadores un nuevo naipe: Yugoslavia, que englobó los territorios de Montenegro, Croacia, Eslovenia, Bosnia, el Bánato - arrebatado a Hungría ó, Macedonia Occidental, Herzegovina, Serbia (3), la Estiria del Sur y porciones de Carintia y Carniola, con una población germánica de casi doscientos mil habitantes y una extensión de 2500 km.2

j) Para contentar al aliado italiano, se le concedieron los dos puertos austrohúngaros del Adriático, Fiume y Trieste, atropellando, una vez más, el derecho de la libre disposición de los pueblos.

k) El Tirol del Sur, con mayoría de población austroalemana, fue atribuido a Italia.

l) Tracia fue arrebatada a Bulgaria en beneficio de Grecia.

m) A pesar de su mayoría de población magiar, y en contra del deseo expreso de ésta (manifestado en la Dieta de Carlsberg, de 1º de diciembre de 1918), Transilvania fue adjudicada a Rumania. Sin consultar al «pueblo soberano» le fueron, también, atribuidas a Rumania la Besarabia y la Bukovina, así como los dos tercios del Bánato (el tercio restante fue para Yugoslavia).

n) El imperio otomano fue reducido a su núcleo de Anatolia, más Estambul y una pequeña área anexa, en el continente europeo.

o) Para contentar al aliado griego, se le adjudicó el territorio de Argyro Castro, en Albania, más como Italia consideraba que sus hazañas en la Cruzada del Derecho y la Democracia no habían sido suficientemente bien pagadas en el Adriático, los albaneses debieron cederles - huelga decir, que sin consulta popular - el territorio de Vallona.

p) A pesar de que Lituania, Letonia y Estonia eran países que habían sido paulatinamente ganados para Europa merced al concurso del genio germánico que en diversas ocasiones neutralizó la influencia eslava que amenazaba desbordarse en el Báltico, y sin tener en cuenta que el Tratado de Brest Litovsk la Dieta de Wilna reconocían a Lituania y Letonia como parte integrante del Reich, el Tratado de Versalles decidió, unilateralmente, la independencia de esas tres inviables repúblicas del Báltico.

q) Eslovaquia, a pesar del deseo notorio de sus habitantes de obtener la independencia nacional, había sido incluida, por fuerza, en el "Estado checoslovaco", cuya población checa, que representaba algo más del tercio del total, dominaba a los dos tercios restantes - apoyándose en las cláusulas de Versallesó, compuestos de alemanes, eslovacos, ucranianos y húngaros.
Estas son, a grandes rasgos, las alteraciones territoriales promovidas por el Tratado de Versalles y sus anexos. La fisonomía de Europa fue desfigurada por una buena treintena de golpes de bisturí, que crearon otros puntos de fricción entre la mayor parte de los países del Viejo Continente. Por otra parte, la balcanización general - siete nuevos estados independientesó añadía una pincelada más al cuadro del desorden el desconcierto generales. Se crearon "ex nihilo" nuevas naciones, como Checoslovaquia y Yugoslavia. Se resucitaron otras, como Polonia, Lituania, Letonia y Estonia... pero se olvidaron viejas naciones auténticas, como Ucrania, Macedonia, Eslovaquia y Croacia. . . En algunos casos, y en un intento de cubrir las apariencias, los vencedores pretendieron justificar sus anexiones mediante la celebración de plebiscitos falaces. En la Alta Silesia, por ejemplo, se procedió a la expulsión de los alemanes de aquella región, y luego se consultó a los componentes de la minoría polaca y a las tropas de ocupación de Pilssudski si deseaban integrarse en el nuevo Estado polaco. En el Schleswig, los partidarios de continuar formando parte del Reich obtuvieron la victoria en las elecciones - controladas por tropas coloniales francesas - por 97.000 votos contra 69.000. Entonces, a propuesta de Clemenceau, la Comisión de Embajadores encargada de la interpretación de los resultados del escrutinio trazó, arbitrariamente, dos zonas: Norte y Sur, adjudicando la segunda a Alemania y la primera a Dinamarca.
La vieja política francesa, consistente en crear estados imaginarios e inviables alrededor de Alemania, tuvo su culminación en Versalles: aparte de desenterrar al viejo fantasma polaco y de inventarse dos mons
truos de la geopolítica Checoslovaquia Y Yugoslavia, a los que se cebaba con extensos territorios de población con mayoría germánica, Francia se instalaba en la orilla izquierda del Rin, con las miras puestas en el Saar y la Renania, y se entregaban más tierras alemanas a Dinamarca y Bélgica, transformándolas "volens nolens", en enemigas naturales de Alemania. Holanda debía, igualmente, formar parte del anillo antialemán, según los planes de Clemenceau. En efecto, el viejo "Tigre", tan generoso con las posesiones de los demás, quería entregar la comarca de Ems a los holandeses, pero éstos renunciaron a ese «regalo envenenado».
A pesar de que Inglaterra y Francia «no hacían una guerra de anexiones» - según frase del Premier Asquith - se repartieron el imperio colonial alemán y las posesiones otomanas en Africa y el Oriente Medio, sin preocuparse poco ni mucho de consultar democráticamente a los colonos blancos ni a las poblaciones indígenas interesadas. Diversos estadistas británicos, Asquith, Chamberlain, Bonar Law y Lloyd George entre otros habían públicamente prometido que Inglaterra no dirigía una guerra de conquistas. Lord Asquith había declarado, en la Cámara de los Comunes: «No deseamos aumentar la carga de nuestro imperio, ni en superficie territorial, ni en responsabilidades» (4).
El despojo de las colonias alemanas representaba una nueva violación de los acuerdos del Armisticio y, concretamente, del 2º punto de Wilson, en que se estatuía que «pueblos y provincias no deben pasar de una soberanía a otra como apuestas que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego, en la cual se ventila el equilibrio de los poderes interiores».
He aquí cómo Inglaterra «aumentó las cargas de su imperio en superficie territorial y en responsabilidades», faltando para ello a su palabra empeñada:
a) Africa del Sudoeste alemana, atribuida en calidad de mandato a la Unión Sudafricana, entonces miembro de la Commonwealth. Territorio de 822.876 km.2, Con riqueza ganadera y yacimientos de oro, diamantes, cobre y uranio.

b) Africa Oriental alemana (la actual Tanganyika), con 935.000 km.2 y una población indígena de 5.500.000 habitantes. Pasó bajo soberanía británica en calidad de mandato.

c) Togo Meridional y Camerún del Sur, con un total de 280.000 km.2 Territorios colocados bajo tutela británica por decisión de la Sociedad de Naciones.

d) Nueva Guinea alemana, más los archipiélagos vecinos, Bismarck, Salomón, Nueva Hannover, Bougainville, Lincoln e Islas del Káiser, atribuidos, en calidad de mandato, a Australia, miembro del Reino Unido. Extensión total de éstos territorios: 240.000 km2

e) Archipiélago de la Samoa, anexionado por la Gran Bretaña, en calidad de mandato de Nueva Zelanda, 2.700 km.2

f) Egipto, arrebatado a la soberanía otomana y colocado bajo tutela británica: 995.000 km.2

g) Chipre, igualmente sustraído al imperio otomano; 9.300 km.2

h) Palestina, anexionada en calidad de mandato: 23.500 km.2

i) Mesopotamia (Irak), arrebatada, como Palestina, al imperio otomano, y declarada mandato del Reino Unido, 375.000 km.2
En conjunto, pues, el imperio británico, abanderado de la democracia y defensor patentado del Derecho Internacional, «aumentó las cargas y responsabilidades de su imperio «con 3.700.000 km2 de territorios, de los cuales 2.280.500 fueron arrebatados a Alemania y 1.419.500 a Turquía.
El imperio francés, por su parte, se avino a aumentar, también, las «cargas» de su imperio en 681.500 km.2, de los cuales 485.000 procedían del despojo del Camerún y el Togo, arrebatados a Alemania, y los otros 196.500 del Líbano y Siria, anteriormente partes integrantes del imperio Otomano
La liquidación del imperio colonial alemán se consumó con la entrega del archipiélago de las Carolinas así como la región de Shantung, en China continental al Japón, y del territorio de Ruanda Urundi, en el Africa Central, a Bélgica.
Mencionemos que ni una sola de esas anexiones se realizó previa consulta democrática de las poblaciones interesadas, a las que se trató «como apuestas que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego». Al igual que en el caso de las modificaciones territoriales europeas, la liquidación de los imperios coloniales alemán y otomano se llevó a cabo pisoteando los principios por los cuales los Aliados decían haber hecho la guerra y se habían comprometido a respetar.
El punto IV de Wilson, referente al desarme general, fue incorporado al Tratado de Versalles, pero en la práctica, sólo se aplicó a los vencidos. Al Reich se le autorizaba un Ejército de cien mil hombres, sin aviación, prácticamente sin flota de guerra, y sin armas pesadas. El Ejército alemán representaba, así, una décima parte del Ejército polaco. Por su parte, Francia se negó al desarme y los demás países democráticos, sin negarse oficialmente a ello, no sólo no desarmaron, sino que aún incrementaron su potencial bélico, y continuaron guerreando alegremente en los Balcanes, en Rusia, en Ucrania, en el Lejano Oriente, en Palestina y, en general, allí donde les convino.
Alemania, sola y desarmada en medio de un anillo de estados hostiles. Con el peligro bolchevique en el Este, y otro, de la misma naturaleza, y más peligroso, si cabe, dentro de casa. Con una Polonia xenófoba y envalentonada a un lado, y un Ejército de ocupación francés en el otro. No era esto lo convenido cuando el «alto el fuego»; no era esto la expresión de los «nobles ideales» por los cuales docenas de pueblos habían sido arrastrados a la guerra...
Esto no era una «paz sin vencedores ni vencidos» (5), como tampoco era una «paz sin contribuciones ni indemnizaciones» según se había convenido en Compiégne. Se obligó a Alemania a cargar con los gastos de reconstrucción de las regiones que había ocupado militarmente en Francia, Bélgica y Rumania. Esto, más o menos, podía defenderse. Lo que ya no podía defenderse tanto es que se incluyeran, en las reparaciones, los daños causados por los propios franceses en Alsacia Lorena. Y lo que ya no tenía ninguna justificación, moral o jurídica, era que se hicieran pagar al Reich los daños de guerra sufridos por las poblaciones civiles de las regiones no ocupadas. Esto era un abuso. Pero, no contentos con el abuso repetido, los democráticos campeones de la libertad y de la propiedad privada forzaron a Alemania a pagar los gastos de las tropas de ocupación en su propio territorio. El alemán tenía que trabajar para poder pagar el sueldo del senegalés que se hospedaba en su casa (6).
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