La Historia de los Vencidos






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El Dr. Oscar Levy, judío americano, en una carta que fue reproducida en el prefacio del libro The World Significance of the Russian Revolution, de G. Pitt-Rivers, reconoció (1920):
«Al frente del comunismo y del capitalismo hay elementos judíos, que buscan la ruina espiritual y material de este mundo... para satisfacción del intenso idealismo judío.»

Un documento judío, citado por el Sunday Times, de Londres del 4 de abril de 1920, se jactaba, entusiásticamente, de que el comunismo no era más que una conspiración israelita para conseguir el imperio mundial de Sión. El despacho en cuestión decía exactamente: «La Prensa polaca reproduce un documento hallado en la cartera del comandante bolchevique Sunder, jefe de un batallón. Sunder fue muerto en acción. Ese documento, escrito en yiddisch, proyecta la luz sobre la organización clandestina judía en Rusia. He aquí su contenido:
"Secreto. Al presidente de la sección de la Alianza israelita universal. La hora de nuestro completo triunfo se acerca. Estamos en la alborada de la conquista del mundo. Nuestros viejos sueños se están cumpliendo. A pesar de que, hace relativamente poco tiempo no teníamos ningún poder, ahora podemos alcanzar la victoria. Ya hemos obtenido el poder en Rusia. Nuestros primeros planes han sido coronados por el éxito, pero no debemos olvidar que los rusos, aunque estén ahora bajo nuestro dominio, nunca dejarán de ser nuestros mortales enemigos... Firmado. El Comité Central de la sección de Petrogrado de la alianza israelita universal.»

Dos historiadores judíos que gozan de gran prestigio entre sus correligionarios corroboraron la evidencia del fondo judaico del movimiento bolchevique. William Zuckerman escribió:
«Nosotros estuvimos en vanguardia del movimiento revolucionario ruso antes del derrumbamiento del zarismo, y nuestros servicios desde los primeros días de la heroica lucha proletaria son reconocidos por todos los historiadores» (35).
En cuanto a Rappoport -uno de los más acreditados historiadores de la Revolución de 1917- estableció que:
«... los judíos de Rusia fueron globalmente responsables de la Revolución y de la victoria final del proletariado» (36).
Norman Bentwich, historiador judío de nacionalidad británica escribió (marzo de 1933):
«Es evidente que los cambios producidos por la Revolución soviética han sido especialmente favorables a los judíos... Cuando llegamos a Leningrado, los intérpretes y los guías de la organización turística del Estado eran, generalmente, judíos o judías. La misión del pueblo judío es ser el intérprete de la Rusia soviética ante el mundo, y del mundo ante la Rusia soviética, ya que él forma el núcleo esencial de la nueva sociedad proletaria...» (37).

En la revista Le Nouveau Mercure (París, marzo de 1927) el periodista hebreo René Gross, decía:
«Las dos internacionales de la finanza y del bolchevismo trabajan con ardor. Ambas representan los dos frentes de la internacional judía... Se trata de una conspiración contra todas las naciones gentiles».

Bernard Lazare, historiador judío y sionista prominente, reconoce, por su parte, que
«... en cuanto a la gestación del socialismo (comunismo) los judíos contribuyeron más que nadie. Marx y Lassalle en Alemania, Aaron Liberman y Adler en Austria, Dobrojonan Gherea en Rumania, Gompers, Kahn y De Lion en los Estados Unidos de América, fueron o son todavía los directores o los iniciadores. Los judíos rusos merecen lugar a parte en esta breve exposición. Los jóvenes estudiantes, evadidos de los ghettos, participaron activamente en la agitación nihilista: muchos de ellos -incluyendo a bravas judías- sacrificaron heroicamente sus vidas a la causa emancipadora, y al lado de esos médicos y esos abogados israelitas hay que colocar a la masa considerable de los refugiados artesanos que fundaron en Londres y en Nueva York, importantes organizaciones obreristas, centros de propaganda socialista, comunista e incluso anarquista (38).

El publicista judío Hermalin dijo, en un discurso pronunciado en Nueva York, en 1917, que
«... la Revolución rusa fue realizada por judíos. Nosotros formamos las sociedades secretas.. Nosotros inspiramos el reinado del terror... Nosotros por medio de nuestra convincente propaganda y de nuestras represiones masivas.. (39).
Uno de los fundadores del Partido laborista de Inglaterra, el profesor judío Harold Y. Laski, reconoció que
«... en 1897 se fundó el Bund, la unión de los trabajadores judíos en Polonia y Lituania... que se dedicó a las actividades revolucionarias en gran escala, y su energía les convirtió en el núcleo del Partido comunista en todas las Rusias» (40).

EL TERRORISMO PRERREVOLUCIONARIO

Si el terrorismo oficial - sucesivamente la Tcheka, la G.P.U. y la N.K.W.D. - ha sido, desde 1917, dirigido por hebreos, el predominio de individuos de esa raza en el terrorismo prerrevolucionario en Rusia es anonadante, como reconoce el propio Lazare en la obra antes citada.

En 1880, tres judíos -Deutsch, Axelrod y Vera Zasulich- y un ruso, Plekhanov, fundaron el "Partido socialdemocrático ruso", embrión del futuro Partido comunista (41). Lenin se afiliaría más tarde a esa organización. Uno de los miembros de la misma, Grigori Davidovich Goldemberg, que había asesinado al príncipe Kropotkine, planeó el atentado contra el Zar Alejandro II, que fue efectivamente asesinado el 1º de marzo de 1881, por un comando de terroristas dirigidos por la hebrea Fignez Jesse Helfmann y Nikolai Sablin. Alejandro III, que sucedió en el trono a su asesinado progenitor, adoptó duras medidas de represión contra los revolucionarios. Un judío Mloditsky, atentó contra la vida del Primer Ministro, Loris-Melikov, en 1901. Hirsh disparó contra el gobernador de Vilna en 1902. Grigori Gershuni asesinó al ministro del Interior, Spyagin, a Bognanovich, gobernador de Ufa y dirigió el complot contra el príncipe Obolensky, gobernador de Kharkov. Su correligionario Karpovich asesinó al ministro de Educación, Bogolepov. En 1904, Sazonov asesinó al sucesor de Spyagin, Von Plehve (42).

"El Bund" de Odessa organizó la revuelta de 1904, Durante varios días la Commune fue instalada en la ciudad. La represión de los cosacos contra los judíos fue particularmente sangrienta. Pero al año siguiente el jefe de la policía de Odessa fue asesinado por el judío Stillman. El gran duque Sergio, gobernador general de Moscú fue apuñalado por Kayalev el 4 de febrero de 1905.
Nicolás II, de tendencias moderadas dictó disposiciones para suavizar el trato que se daba a los hebreos. Fue entonces cuando, además del «Bund», surgieron partidos mixtos sionista-marxistas, tales como Poale-Sión y los socialistas-sionistas. La agitación social llegó a su punto álgido con la emancipación de los judíos. El Primer Ministro Stolypine fue asesinado en Kiev por el judío Bogrov en 1911. Estallaron motines y huelgas en todo el país.

Coincidiendo con esta agitación interior, una fuerte campaña antirrusa se organizaba desde el exterior, y especialmente desde Norteamérica. Henry Ford nos dice (43) que «el 15 de febrero de 1911, estando Taft en el poder, los judíos Jacob Schiff, Jacob Furth, Louis Marshall, Adolph Krauss y Henry Goldfogle le pidieron que, como represalia contra Rusia, cuyas medidas "antisemitas" exasperaban a la judería americana, fuera denunciado el Tratado de Comercio rusoamericano, que llevaba ochenta años en vigor, y a plena satisfacción de las dos partes». El presidente Taft se negó al principio a aceptar una tal petición, pero bien pronto empezó una bombástica campaña de Prensa criticando todas las decisiones presidenciales; el Partido republicano temiendo el estado de opinión artificialmente creado por la Gran Prensa, que podía significar la derrota en las siguientes elecciones, presionó a Mr. Taft en el sentido de que aceptara las exigencias de los prohombres judíos. En diciembre de aquel mismo año, el tratado era denunciado, significando otro rudo golpe, económico y moral, para un régimen que ya empezaba a derrumbarse.

Jacob Schiff y Samuel Gompers obtuvieron también de Taft que el Gobierno de los Estados Unidos rehusara la extradición de los revolucionarios Pouren y Rudovitz, pedida por el Gobierno ruso, amparándose en un convenio de extradición mutua existente entre ambos países desde cincuenta años. Nuevamente encontramos al infatigable Schiff y a su "protegé", el rabino Magnes, en la dirección y cofinanciación del periódico Novy Mir (Nuevo Mundo), editado por Trotsky cuando vivía en Nueva York. La Fundación Garland contribuía también a la financiación de esa hoja revolucionaria que era enviada a Rusia con la cuidadosa y benévola ignorancia de las autoridades americanas.

Los Rothschild de Londres no quisieron ser menos que Schiff. El hebreo Rappoport narra un episodio más de la contribución de la alta finanza en la lucha contra el zar; «Alexander Herzen se vio forzado a abandonar Rusia, trasladándose a Londres, donde empezó a publicar el panfleto revolucionario "The Bell". Pero antes de marchar, convirtió su propiedades en obligaciones del Estado. El Gobierno imperial identificó los números de las obligaciones de Herzen y, cuando fueron presentadas para su pago, después de llegar Herzen a Londres, el zar, en la esperanza de aniquilar a su enemigo, dio órdenes al Banco de Estado de San Petersburgo de no pagar. El Banco obedeció, pero el zar se encontró con un enemigo que no esperaba: el primogénito de los Rothschild, quien le hizo saber que, como las obligaciones de Herzen eran tan válidas como las de cualquier otro ruso, estaba obligado a decidir sobre la insolvencia del Gobierno imperial. Si las obligaciones no eran pagadas en el acto, él (Rothschild) declararía la bancarrota al zar, sobre todo la de su moneda en las Bolsas europeas. Nicolás II, anonadado, se metió su orgullo en el bolsillo y pagó.» (44). Los mismos judíos dieron aparatosa publicidad a este hecho, que representó un fortísimo golpe moral para el zarismo.

EL EMBAJADOR MORRIS

Ira Nelson Morris, embajador de los Estados Unidos en Estocolmo, fue una de las personas que más contribuyeron a ayudar a los bolcheviques en sus actividades prerrevolucionarias. Durante su gestión en Suecia, armas americanas llegaron a Rusia y Finlandia a través de Suecia. Morris era judío: antiguo conservero en carnes de Chicago, había formado el Gabinete electoral de Woodrow Wilson, junto a Bernard Mannes Baruch, el rabino Stephen Wise y el "coronel" Edward Mandell House. Morris había contribuido, junto a Schiff y el rabino Magnes a la fundación de la demasiado conocida «Sociedad de amigos de la libertad rusa», que aportaba fondos - americanos - para las «víctimas» del zarismo (45).

LA CONSOLIDACIÓN DEL RÉGIMEN SOVIÉTICO

Si bien desde 1917 hasta hoy ha habido un predominio judío en prácticamente todos los departamentos estatales soviéticos, hay dos -las finanzas y la policía- donde no ha habido predominio, sino poder absoluto. Más adelante tratamos de las finanzas soviéticas; en cuanto al terrorismo oficial en Rusia, desde la Cheka hasta la N.K.W.D., pasando por la O.G.P.U., siempre ha estado, empezando por Zinoviev en 1917 y continuando por Andropov en 1971, presidido por judíos.

Se han escrito centenares de libros sobre las insuperables salvajadas cometidas no sólo durante la Revolución sino después, de manera que consideramos ocioso volver a ello. El propio Gobierno soviético reconoció en 1935 que la cifra oficial de muertos causados por la Revolución era de unos 28 millones. (Marie Kerhuel: Le colosse aux pieds díargile, página 156). Más tarde -1940- Molotoff daba una cifra más modesta: 12 millones, si bien no tenía en cuenta naturalmente a los muertos en los campos de trabajo de Siberia y de la Vorkuta, en el Círculo Polar. (Se trataba, al parecer, de «decesos por causas naturales»), ni a las comunidades que habían sido objeto de la «ingeniería social», tales como los alemanes del Volga y los fineses de Carelia Meridional, que desaparecieron sin dejar rastro.

Un comunicado de la Agencia Reuter (Rostov 31 de julio de 1919) reproducido por diversos periódicos occidentales (entre otros Vieille France, nº 137), relató las atrocidades de la Cheresvichaika, «Comisión de la Cheka judeobolchevique» de Kharkov: «A la llegada de las tropas zaristas de Denikine, se desenterraron los cadáveres de centenares de víctimas de los chekistas, en presencia de numerosos corresponsales de Prensa extranjera. Los cadáveres estaban mutilados. Las matanzas eran presididas por los propios comisarios. Era corriente que los verdugos practicaran una incisión en derredor del antebrazo, revolviendo luego la piel como si se tratara de un guante. La visita de Braunstein-Trotsky a Kharkov originó un incremento del sadismo. La primera pregunta que hacían los chekistas a los rusos que iban a torturar era: ¿Has insultado a Trotsky por ser judío?»

En Kiev se batieron, al parecer, todos los récords de brutalidad y de infamia. «Todos los burgueses bolcheviques eran judíos. Los dos máximos responsables de la Cheka local eran Rakovsky, judío, de Bulgaria naturalizado rumano, y Latsis, judío de Letonia, presidente de la Comisión Extraordinaria para la supresión de la contrarrevolución. Éstos individuos utilizaban, sobre todo, a chinos y mongoles.» (Le Passé, les Temps Présents et la Question Juive, pág. 297).

Fue la Rusia soviética el primer país del mundo en considerar el "antisemitismo" un delito, sancionado con penas que podían llegar a la muerte. El trotskista Simon Blumenthal calificó a la Revolución rusa de «progrom al revés».

Resulta, pues, evidente que con objeto de guardar al menos las apariencias, los llamados gobiernos democráticos de Occidente debieron practicar una política de oposición formal contra la U.RS.S. Es cierto -ya lo hemos visto- que en 1918 y 1919 Inglaterra envió armamento a los voluntarios bálticos que luchaban contra los invasores rojos mandados por Trotsky y Gamarnik, e incluso envió un pequeño destacamento que operó en la zona de Arkangelsk, pero no es menos cierto que, entre tanto, el Ejército rojo estaba siendo, simultáneamente, armado desde Occidente. El reverendo Denis Fahey nos habla de la enorme responsabilidad de Inglaterra en la definitiva consolidación del régimen soviético en Rusia en su obra "The Rulers of Russia". Ayuda económica, militar y financiera, que anteriormente había sido negada al zar. El escritor alemán Ernst von Salomon, que fue miembro de la legión de voluntarios «Baltikum» que luchó contra los rojos en las marcas orientales de Alemania y en Lituania nos dice (46) que, cuando las tropas alemanas iban a entrar en Riga, en el invierno de 1919, la flota británica intervino en favor de los comunistas estonianos y rusos, impidiendo la liberación de la ciudad (47).

Mas no fueron sólo los ingleses, sino también los americanos, los franceses y el Gobierno alemán de Weimar, nacido de la derrota y tan impopular como incapaz, quienes contribuyeron a sostener a los bolcheviques impidiendo que el caos que éstos habían provocado les devorara a ellos mismos.

En 1923, Walter Rathenau, el hombre fuerte de la República alemana, firmaba el Tratado de Rapallo con los representantes de la Unión Soviética. Por el mismo, Alemania venía a reconocer de jure, al régimen bolchevique, e iniciaba con él una larga etapa de colaboración económica. Fueron signatarios de esa auténtica traición a Europa, representando a Alemania, además de Rathenau, sus correligionarios Mendelssohn y Von Ballin, y por parte soviética, Trotsky, Litvinoff, Rakovsky, Joffé, Sobelssohn Radek y Tchitcherine.

Entretanto, el «consejero privado» del presidente Wilson, el bien conocido «coronel» Mandell House conseguía que se reconociese el derecho de los comerciantes y financieros norteamericanos a tratar libremente con la U.R.S.S. El escritor y publicista inglés Wickham Steed, por su parte, cuenta que «en el mes de febrero regresaron de Moscú los señores MandeIl House, William C. Bullitt y Lincoln Steffens, que habían ido a Rusia a estudiar las posibilidades de una apertura de negociaciones con la U.R.S.S. Lloyd George y Poincaré estaban al corriente de esas negociaciones y las aprobaban... Poderosos intereses financieros internacionales actuaban en favor de un reconocimiento inmediato de los bolcheviques... El banquero Jacob Schiff presionaba constantemente al presidente Wilson para que reconociera el régimen soviético que padecía, entonces, una intensa crisis interior, tanto política como económica... En el Daily Mail yo protestaba enérgicamente, el 27 de marzo, contra toda intención de reconocer a los energúmenos cuya finalidad confesada es subvertir el orden de Occidente y someterlo a la más repugnante tiranía... El coronel House me rogó que fuera a verlo...; él (House) me increpó duramente por mi oposición periodística al reconocimiento del régimen soviético... Después me enteré de que Lloyd George y Wilson aceptarían, al día siguiente, las sugerencias de los señores Bullitt y House. Y así sucedió en efecto» (48).
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