Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Seis

Tal y como Trace se temía, el crimen atrajo más atención que un circo romano. A las doce de la mañana la calle principal estaba llena de furgonetas de televisión. Gruesos cables atravesaban el cemento. Las parabólicas de los camiones podrían retransmitir la rueda de prensa en directo a todo el país.

Había varios reporteros en los escalones del Ayuntamiento, cada uno hablando a un micrófono, con una cámara de su cadena delante. Trace vio a una mujer castaña a la que reconoció como la presentadora del informativo matinal de Fénix, arreglándose el pelo con unas tenacillas portátiles de gas.

Como era de esperar, las aceras estaban llenas de gente. Alguien había instalado un puesto de perritos calientes. Cerca, otro oportunista estaba haciéndose rico a base de vender helados y café. La cola daba la vuelta a la manzana.

—Al parecer el asesinato es bueno para el negocio —comentó Trace cuando entró en su despacho con diez minutos de retraso.

Jessica esperaba, tan impecable como siempre. Trace se preguntó si se habría recubierto de una película adherente que repeliera la suciedad.

—Recuerdo que hace unos veinte años, cuando declararon a Reno la capital de los asesinatos del país, el turismo se disparó dijo.

Trace se sirvió una taza de café.

—Tal vez habría que proponer una nueva campaña a la cámara de comercio.

—Visite Whiskey River. El pueblo más del oeste de todo el oeste. Donde los tiroteos no son fingidos —propuso Jessica mientras se ponía otra taza de café.

Cuando se sentó en la silla y cruzó las piernas, el sonido de la seda llamó la atención de Trace. Se preguntó si alguna vez dejaría de mirar las piernas de las mujeres. Esperaba que no fuera así.

—¿Te he dicho alguna vez que tienes unas piernas impresionantes, Jess?

—Muchas veces —dijo colocándose la falda—. Claro que en circunstancias muy distintas. Eran los tiempos en los que podíamos vivir despreocupados, sin pensar en los periodistas.

—También me gustó siempre tu trasero.

—Gracias. A mí también me gusta el tuyo —sonrió por encima del borde de la taza—. Pero aunque me gustaría pasarme todo el día hablando contigo de nuestras respectivas anatomías, supongo que será mejor que me cuentes lo que sabes por ahora.

Trace le dijo todo lo que había averiguado.

—No es gran cosa —murmuró Jessica, mirando sus notas.

—La verdad es que no.

—Pero averiguarás más.

—Claro que sí.

Jessica suspiró.

—Vamos a tener que proporcionar a esa jauría algo en lo que hincar el diente.

—¿Qué te parece la grabación de la llamada del senador?

Jessica lo consideró.

—No está mal. Desde luego, resulta lo suficientemente dramática para mantenerlos ocupados mientras haces lo que tengas intención de hacer.

—La verdad es que tengo intención de detectar.

—¿Detectar? —repitió levantando una ceja.

—Eso es lo que hacen los detectives, ¿no?

—Pero ya no eres detective —le recordó.

Trace se encogió de hombros.

—Eso es lo que me digo continuamente —se puso en pie—. ¿Estás preparada?

Jessica se levantó y se alisó las inexistentes arrugas de la falda.

—Tanto como siempre.

Habían colocado sillas plegables en la sala de conferencias. El podio estaba iluminado con focos. Aunque Trace y Jessica entraron juntos, ella se quedó a un lado, invitándolo a empezar.

—Buenos días, señoras y señores —dijo a los micrófonos—. Me llamo Trace Callahan. Como sheriff del condado de Mogollon, soy el encargado de la investigación del asesinato por disparo de la señora Laura Swann Fletcher.

Un murmullo de interés recorrió la sala. El público se echó hacia delante. Varios rostros reflejaban un fuerte nerviosismo. A fin de cuentas, el hecho de que hubiera un asesinato en Whiskey River ya constituía una noticia. El hecho de que la víctima resultara ser la hija del cacique del pueblo, uno de los hombres más influyentes de la zona, y la esposa de un senador de los Estados Unidos que, según los rumores, aspiraba a la Casa Blanca, aumentaba considerablemente el nivel de interés.

—La señora Fletcher fue herida de muerte en su rancho esta madrugada. El senador también resultó herido, pero fue trasladado al hospital Louis R. Pyle Memorial, donde ha sido intervenido con éxito, y se espera que se recupere completamente. La fiscal del condado —se volvió hacia Jessica—, la señorita Ingersoll, quiere que les asegure que todos los recursos del condado de Mogollon se han puesto a mi disposición hasta que se capture al asesino o a los asesinos. ¿Alguna pregunta?

—¿Cómo murió exactamente Laura Fletcher? —preguntó una periodista rubia de la ciudad.

—Según la autopsia, la señora Fletcher recibió dos impactos de bala, procedentes de un revólver de calibre treinta y ocho, uno en la sien izquierda y el otro en el pecho. La bala que se introdujo en su cabeza fue la que la mató.

—¿Es verdad —preguntó otro periodista— que los terroristas del Oriente Medio han intentado asesinar al senador?

Un murmullo recorrió la sala. En una zona rural como aquella, los terroristas eran tan poco frecuentes como los extraterrestres.

—Que nosotros sepamos, no.

—Se rumorea que fue un grupo ecologista radical, a causa de la política afín al desarrollo urbanístico del senador —dijo otro periodista.

En Whiskey River, el desarrollo urbanístico era un tema candente. A los nostálgicos y a los ecologistas les gustaba el pueblo tal y como estaba. La gente más adinerada de la localidad estaba deseando que se modernizara.

—Esa afirmación tampoco tiene fundamento.

—¿Qué hay de los rumores que achacan el asesinato a las feministas enfadadas por su campaña antiabortista? —preguntó otra reportera.

—Tenemos intención de investigar todos los rumores, pero por el momento no hay nada que indique que fue así.

—¿Qué piensa hacer para capturar al asesino de Laura Fletcher? —preguntó Rudy Chávez.

El rostro de Trace se endureció.

—Todo.

—¿Hay algún sospechoso?

La actitud desafiante de Chávez demostraba que seguía furioso por haberse visto obligado a abandonar la escena del crimen.

—Por el momento no.

—¿Cuándo podremos hablar con el senador?

—Cuando lo decidan sus médicos y él. No es mía la decisión.

—Si tanto el senador como su mujer recibieron disparos, ¿quién llamó a la policía? —preguntó alguien cuyo rostro resultaba vagamente conocido a Trace.

—El senador llamó personalmente, después de ser herido. Después de que termine esta rueda de prensa facilitaremos la grabación de la llamada. Ahora que he dicho todo lo que tenía que decir, cedo la palabra a la señorita Ingersoll.

Cuando pasaba junto a Jessica, Trace murmuró:

—Diviértete, personaje público.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Mariah diez minutos después, cuando abrió a Trace la puerta de su suite.

—Porque no encontraba aparcamiento. Todo está lleno de coches alquilados.

Mariah se cruzó de brazos.

—Yo creía que el sheriff puede aparcar donde quiera.

Trace se encogió de hombros y se esforzó por no dejarse embriagar por su aroma.

—No me gusta dar mal ejemplo. Por cierto, ¿es que tu madre no te enseñó nunca a preguntar quién es antes de abrir la puerta?

—Sabía que eras tú —se echó a un lado para que entrara—. ¿Te apetece una cerveza? Parece que la necesitas.

Trace pensó en decirle que nunca bebía cuando estaba de servicio. Entonces recordó la cerveza recién abierta que se había dejado en la encimera. Sólo hacía nueve horas, pero parecía que hubiera transcurrido una eternidad.

—Sí, por favor.

—Siéntate.

Le indicó el sofá, tapizado con un material que recordaba las mantas de los navajos, y sacó dos cervezas de la pequeña nevera. La televisión estaba encendida, sin sonido.

—También tengo almendras y galletas saladas, si tienes hambre. O puedo pedir al servicio de habitaciones que nos suban la comida.

—Me basta con la cerveza —respondió Trace, mirando la serie de la televisión.

—Como quieras.

Le entregó la botella y se sentó en el sofá de enfrente, colocando los pies descalzos en la mesa. Se había puesto una camiseta de rayas blancas y rojas y unos pantalones cortos blancos. Llevaba las uñas de los pies pintadas del mismo tono de los corales de los arrecifes sumergidos que había contemplado con Ellen, cuando buceaban en Hawai, en su luna de miel.

—Gracias por venir —le dijo Mariah.

—Tenía la impresión de que si no te visitaba te pondrías a perseguirme.

—Tenías razón. Lo habría hecho.

El hombre de la pantalla empezó a desnudar a la mujer. Trace bebió un trago de cerveza. Estaba muy fría.

—Era justo lo que necesitaba.

—Me alegro mucho.

Mariah se dio cuenta de que Trace se había duchado y se había cambiado de ropa desde que se vieron por última vez. Ahora estaba más presentable.

De cerca parecía más alto que antes. Era impresionante. La anchura de sus hombros casi parecía excesiva para la cazadora.

Se había enterado de que Trace había pasado la mayor parte del año anterior en el hospital, y le sorprendía que su constitución fuera tan musculosa. Tenía el vientre plano como una tabla. Cuando se sorprendió preguntándose si su cuerpo estaría tan duro como parecía, apartó la vista rápidamente y lo miró a los ojos.

Trace la observaba con intensidad.

—¿Has conseguido localizar a tu madre?

Mariah frunció el ceño.

—Sí. Llegará a Fénix a última hora de la tarde.

—¿Vas a ir a buscarla al aeropuerto?

—Me he ofrecido, pero ella ha insistido en alquilar un coche.

Trace volvió a mirar la pantalla de televisión. La muchacha llevaba una prenda de seda roja. Había averiguado que se llamaba body. El hombre se había quitado la camisa, y estaba desabrochándose los pantalones. Tomó otro largo trago de cerveza mientras la pareja caía sobre la cama.

—Has llevado muy bien la rueda de prensa —comentó Mariah.

—Tengo mucha práctica.

—Eso me han dicho —miró la pantalla—. Me pregunto si Jimmy sigue comiéndose esos bocadillos de salchichas antes de las escenas de amor.

—¿Quién es Jimmy?

—Jimmy Masters —señaló con un gesto al actor cuyos labios bajaban por el cuello de la actriz—. Abandonó por mí a su mujer embarazada hace muchos años, cuando llegué a Hollywood.

—Supongo que las cosas como ésa te ganaron el título de zorra de Whiskey River —dijo Trace con naturalidad.

Mariah lo miró frunciendo el ceño.

—¿No hay nada que te pueda escandalizar?

Trace se encogió de hombros.

—Pocas cosas.

—¿Ni siquiera el asesinato?

—El asesinato no me escandaliza. Me decepciona.

—¿Por eso dejaste la policía?

—No —volvió a beber un trago—. Por cierto, J.D. me ha puesto al día sobre ti. Dice que eras una villana muy convincente.

—¿Cómo se me pasó por la cabeza ocultar algo a un policía? —dijo con una mirada divertida que le recordó la de su madre.

Tenía unos ojos enormes, que parecían líquidos, como si pudiera hundirse en ellos y ahogarse si no tenía cuidado.

Pero Trace siempre se había considerado un hombre cuidadoso.

—Deberías haber sabido que era inútil —convino.

Volvió a mirar la pantalla. La pareja estaba ahora bajo las sábanas, y el body estaba tirado en el suelo.

—¿Sabes una cosa? Eres mucho más guapa que ella.

Mariah lo miró sorprendida. Aunque no tanto como él mismo por lo que había dicho.

—Gracias.

—Es la verdad.

Mariah sintió un estremecimiento en su interior, pero consiguió contenerlo.

El silencio se apoderó de la habitación.

—¿Por qué has venido?

—Porque me has dejado millones de mensajes. Porque aún tengo más preguntas que hacerte. Porque me preguntaba qué te estarías guardando. Y porque he decidido ponerte al día en la investigación.

—Muchas gracias, pero ¿por qué quieres hacerlo, si no soy la pariente más cercana de Laura, técnicamente?

A pesar de la gravedad de la situación, la forma que tenía Mariah de adelantar la barbilla mientras le restregaba sus propias palabras por las narices le pareció divertida.

—¿Eres siempre así de rencorosa?

—Normalmente digo lo que pienso —dejó la botella en la mesa, sacó un cigarrillo del paquete y se lo encendió con un gesto que recordaba a Maggie McKenna en sus mejores tiempos—. Una mujer que trabaja en Hollywood no tiene más remedio.

—Sí, te debe resultar difícil que te tomen en serio cuando los productores a los que intentas vender tus guiones te han visto en la bañera en ropa interior.

Su sonrisa era deliberadamente insolente. Mariah tuvo que admitir que daba un aspecto interesante a su cara. Pero no estaba dispuesta a morder el cebo.

—No subestimes mi capacidad de persuasión antes de verme en ropa interior —se encogió de hombros con dulzura—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

Trace se echó hacia atrás y puso los pies encima de la mesa, junto a los de ella.

—Dispara.

—¿Siempre te haces el listo, sheriff?

—Hay gente que me considera muy ingenioso.

—Hay gente que no tiene sentido del gusto.

—Es posible —convino Trace con amabilidad.

—La gente con la que hablé en Dallas me dijo que eras demasiado cabezota.

—La verdad es que la palabra que utilizaban más a menudo para describirme era «inaguantable».

Mariah cruzó los tobillos. Tenía los muslos suaves y bronceados, pero Trace no quería que sus pensamientos siguieran avanzando en aquella dirección. Decidió que Mariah Swann estaría impresionante con un body.

—También me han dicho que te gustaba agitar las aguas.

—Sí, hundí varios barcos.

Mientras Trace recordaba una época en la que le encantaba crear conmociones sin preocuparse por las consecuencias, el intercomunicador que llevaba en el cinturón cobró vida.

—¿Sheriff? —la voz femenina con la que Mariah había hablado tantas veces lo llamó—. Adelante, sheriff.

—¿Qué ocurre, Jill?

No hubo respuesta inmediata. Se oyeron unos ruidos.

—Un momento —dijo la mujer con tono frustrado—. Estoy buscando el código adecuado.

—¿Por qué no me lo dices directamente?

—Cora Mae me ha dicho que debo utilizar los códigos para hablar por radio.

—Pero el sheriff soy yo.

—Bueno, eso es cierto —volvió a guardar silencio—. ¿Quieres decir que no hace falta que me aprenda los códigos?

Jill Winters no conseguiría jamás un trabajo como diseñadora de sistemas de combustible para lanzaderas espaciales, pero era entusiasta y estaba deseando aprender. No obstante, si había solicitado el puesto de telefonista en la oficina del sheriff era porque se iba a casar con J.D. en agosto.

—Yo te recomendaría que te lo tomaras con calma —propuso Trace.

—Oh —su alivio era evidente—. No sabes cuánto me alegro de oír eso. Lo he intentado, y J.D. se ha pasado toda la noche intentando enseñarme los códigos, pero hay tantos que…

—Jill —interrumpió Trace con paciencia—, ¿por qué no me dices para qué me has llamado?

—Oh. El senador quiere hablar contigo. En persona. Inmediatamente. Dice que es algo urgente, y confidencial.

Cuando Trace sintió el conocido cosquilleo en la nuca supo que estaba enganchado. Se recordó que podía correr, pero no esconderse. Se levantó del sofá.

—Llámalo y dile que voy para allá.

—Diez cuatro —respondió Jill orgullosa.

Mariah se levantó a la vez, mientras apagaba el cigarrillo.

—Tardo un segundo en cambiarme.

—¿En cambiarte? —recorrió con la vista sus pantalones cortos y su camiseta.

—Voy contigo.

En dos ocasiones Trace había tenido que acompañar a algún actor de Hollywood que se preparaba para un papel. Ninguna de las dos experiencias le hizo desear repetirla.

—Esto es una investigación de un asesinato, no un documental televisivo —le dijo—. No te puedo permitir que te involucres demasiado.

—¿No puedes o no quieres?

—No quiero.

Utilizó el mismo tono autoritario con el que alguna vez había convencido a alguien para que tirase al suelo una pistola cargada.

Pero no tenía forma de saber que Mariah odiaba aquel tono. Era el mismo que utilizaba su padre cada vez que intentaba, con muy poco éxito, controlarla.

Decidió que para no perder tiempo discutiendo pasaría por alto la referencia que había hecho el sheriff a su trabajo y se concentraría en su negativo.

—Me doy perfecta cuenta de que esto es la investigación de un asesinato. Porque la víctima es mi hermana. Y en caso de que no te hayas dado cuenta, me he tomado la muerte de Laura como algo muy personal —puso la expresión obstinada que Trace empezaba a odiar y admirar—. Tanto es así que tengo toda la intención de inmiscuirme en tu investigación todo lo que pueda.

Cuando Trace se hundió las manos en el pelo, Mariah tuvo la impresión de que le encantaría rodear con ellas su cuello.

—Eso debe ser agotador.

—¿A qué te refieres?

—A esforzarse tanto por hacerse la dura.

—No necesito esforzarme. Es un don que tengo. ¿No se te ha ocurrido pensar que soy dura?

Por lo menos no lo había llamado cerdo machista. Trace decidió que aquello decía algo a su favor.

La miró fija y prolongadamente. Mariah tuvo que hacer acopio de todo su autodominio, pero no apartó la vista.

—No —concluyó Trace—. No eres tan dura.

Las emociones de Mariah, bastante alteradas por el asesinato de su hermana, empezaron a desencadenarse. Decidiendo que tenía que ser más precavida que nunca, se apartó y respiró profundamente.

—No puedes evitar que vaya al hospital a ver a mi cuñado —murmuró.

Dado que Mariah ya le había dicho lo que pensaba del senador, sabía perfectamente que su deseo de visitar a Fletcher no se debía precisamente a la necesidad de brindarle sus condolencias ni su apoyo.

—Te vuelves a equivocar, querida. Si es necesario puedo poner al senador bajo protección policial para evitar que tenga visitas. Ni siquiera la tuya.

—Me encantaría ver cómo intentas explicar tus motivos a los estimados miembros de la prensa que pidan entrevistas —lo miró con aire desafiante—. Vuelve a llamarme querida y te partiré las rótulas.

—Estoy seguro de que una guionista especializada en ficción policiaca como tú debe saber perfectamente que atacar a un agente de policía es un delito bastante grave.

—También lo es el acoso policial —respondió ella de inmediato—. Y nada más lejos de mi intención que decirte cómo tienes que hacer su trabajo —añadió mirando el reloj—, pero estamos perdiendo el tiempo.

—No te vas a dar por vencida, ¿verdad? —preguntó con frustración.

—No. Te aseguro que no.

Recibió su mirada hostil sin vacilar.

Cuando el silencio volvió a apoderarse de la habitación, Mariah se dio cuenta de que en realidad se podían oír muchos sonidos.

El tictac del antiguo reloj parecía tan fuerte como el del relato de Alan Poe. En el balcón se arrullaban dos palomas. También se oyó el timbre del ascensor, que llegaba al tercer piso.

Trace fue el primero en hablar.

—Demonios.

Mariah pudo oír en aquella palabra frustración, cólera, y lo más importante: rendición renuente.

Había ganado aquella ronda, pero sabía que cometería un error si se jactaba de ello.

—No tardo ni dos minutos en ponerme una falda.

—Que sea uno.

Mariah corrió al dormitorio, cerrando la puerta a su paso. Trace oyó que abría un cajón. Unos segundos después se puso a imaginarla, bajándose los minúsculos pantalones cortos por sus largas piernas bronceadas.

Se reprendió por ello. Siempre se había enorgullecido de su sangre fría. La reputación de Trace Callahan, tanto a nivel personal como profesional, había sido siempre la de un hombre que reflexionaba a fondo y no hacía nada ilógico.

Pero ahora, contra toda lógica, a pesar de su considerable voluntad, se sentía atraído por una mujer que despertaba en él todo tipo de emociones.

—Ya estoy —dijo Mariah, saliendo del dormitorio.

Aunque aquello sólo aumentaba la tentación, Trace se alegró de ver que se había dejado la camiseta puesta. Había cambiado los pantalones por una falda que parecía de gasa. El sol que se colaba por el balcón reveló a contraluz sus largas y esbeltas piernas.

Trace volvió a sentir la inconfundible llamada del deseo.

De nuevo se esforzó por acallarla.

—Muy bien. Éste es el trato —se cruzó de brazos y le lanzó una mirada de advertencia—. Sólo vienes conmigo porque te puedo acercar, ya que vamos al mismo sitio. Y lo más importante, porque así puedo mantenerte vigilada e impedir que eches a perder mi caso.

—No estoy dispuesta a…

—Cállate.

Aunque Mariah habría preferido tirarse por un precipicio antes de reconocerlo, el tono bajo de Trace la intimidó.

El sheriff asintió satisfecho al ver que ella apretaba los labios.

—Probablemente deberías tener claro desde el principio que no me importa en absoluto que te dediques a escribir guiones policiales. Me da igual que tengas la casa llena de Emmys o de Oscars o de esas cosas que intercambiáis los de Hollywood para daros palmaditas en la espalda.

Mariah se enfureció ante la descripción, pero mantuvo la boca cerrada.

—Yo soy el encargado de resolver la muerte de tu hermana —prosiguió—, así que escúchame con atención, porque no voy a repetirlo. Si interfieres de alguna forma en mi investigación, si te atreves a interpretar mis motivos o a cuestionarte mi integridad, te meteré en una celda por obstrucción a la justicia tan deprisa que ni siquiera te darás cuenta de lo que te ha pasado. Y después tiraré personalmente la llave de la celda al río Whiskey.

Puso la mano contra la pared, cortándole la vía de escape, y se inclinó hacia ella, hasta que sus narices estuvieron a punto de rozarse. Su aliento le acariciaba los labios.

—¿Está claro? —insistió.

Aunque no le gustara. Mariah no pudo evitar impresionarse por el tamaño de Trace Callahan. Emanaba una fuerza implacable que resultaba atractiva y estremecedora. De todas formas, le negó el placer de saber que la había intimidado.

—Como el agua —pasó por debajo de su brazo para alcanzar el bolso de la mesa—. Vámonos.

Había salido por la puerta antes de que Trace pudiera reaccionar.

Maldijo y la siguió al ascensor.

Mientras la antigua estructura bajaba chirriando al vestíbulo se mantuvieron en silencio, mirando al frente, sin decir una palabra. El olor de Mariah, que le recordaba el de las flores en primavera, llenaba el ascensor.

Trace se daba cuenta de que su afirmación de que metería las narices en su investigación tanto como quisiera no era una simple amenaza. Le gustara o no, parecía que estaba condenado a cargar con Mariah Swann durante todo el rato.

Con un fatalismo que era en parte innato y en parte adquirido, decidió que probablemente había situaciones peores en las que podía verse metido.
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