Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Cuatro

El despacho del forense estaba en el sótano del edificio del Ayuntamiento. Dado que no se fiaba demasiado del viejo ascensor, Trace decidió bajar andando.

Mientras Mariah lo acompañaba por el primer tramo de escaleras y a lo largo del pasillo débilmente iluminado, no podía evitar pensar que aquello no era verdad, que se trataba de un guión.

La bella esposa de un carismático senador muere asesinada en un rancho aislado durante una tormenta. Con ayuda de la hermana de la mujer asesinada, una conocida guionista de televisión, se resuelve el caso, arrestan al marido y gana la justicia.

Pero en aquella trama la mujer seguía muerta. Borró el escenario mental y empezó de nuevo.

La bella esposa de un carismático senador es herida de bala durante una tormenta. Mientras está en coma, el sheriff y la elegante guionista televisiva, apartada de la familia durante años, demuestran la culpabilidad del marido.

Encuentran el arma del crimen. El sheriff esposa al senador y lo lleva a la cárcel en el coche patrulla, donde se derrumba y confiesa.

Su mujer despierta en el hospital, sin secuelas, y pide una infusión y un abogado que le tramite el divorcio.

Las hermanas se abrazan. Suena la música.

—¿Qué habría hecho sin ti? —pregunta la hermana mayor, emocionada.

La menor se encoge de hombros. Además de elegante y famosa, también es modesta.

—No te preocupes —responde—. Para eso están las hermanas.

Así, en sesenta minutos, restando el tiempo destinado a los anuncios y al avance informativo, la justicia está servida, la familia ha vuelto a unirse y la historia tiene un final feliz.

Un precioso escenario, pensó Mariah con un suspiro. Era una lástima que las cosas no funcionaran así en la vida real.

Desgraciadamente, había una cosa que era exactamente igual que en la televisión. El depósito de cadáveres.

Trace encendió el interruptor que estaba junto a la puerta. Los tubos de fluorescentes cobraron vida, arrojando una luz brillante y blanca sobre la estancia. Por el ventilador del techo de la habitación sin ventanas entraba aire frío.

—Supongo que el médico estará desayunando.

—Me sorprende que pueda comer.

Trace respondió encogiéndose de hombros. Uno de los ritos de iniciación para los nuevos policías consistía en llevárselos a comer después de que presenciaran su primera autopsia.

En el centro del suelo de linóleo había una mesa metálica. Junto a ella había una báscula como las que utilizaban en los supermercados para pesar las manzanas y las naranjas. Aunque había una cámara fija que permitía grabar la autopsia, la habitación carecía de un micrófono que permitiera al forense grabar sus observaciones. En su lugar había unos portafolios metálicos colgados de la pared verde.

Entre los portafolios y el antiguo teléfono negro de pared había un tablero de corcho cubierto de notas oficiales, algunas de las cuales, observó Mariah con desinterés, tenían varios años de antigüedad. Contra la pared opuesta, en vez de los pulcros compartimientos metálicos que ella describía en sus guiones, había una cámara frigorífica.

Trace la miró con inseguridad.

—¿Está segura de que puede pasar por esto?

—Completamente.

Al ver que se abrazaba a sí misma, Trace sospechó que no era del frío de la cámara frigorífica de lo que Mariah Swann quería protegerse, sino del hielo que se había apoderado de su corazón.

Mariah respiró profundamente.

—Vamos a acabar con esto.

Había presenciado la muerte en varias ocasiones. Incluso había presenciado una autopsia, para poder describirla de forma fidedigna. Tuvo que salir de la sala para vomitar cuando el forense abrió el cráneo del cadáver con un instrumento que parecía una palanqueta, pero le ocurrió lo mismo al detective al que habían asignado el caso.

No obstante, en aquella ocasión tenía una conexión personal con el cuerpo que yacía, envuelto en una sábana, sobre la camilla con ruedas. No era una víctima anónima; se trataba de su propia hermana.

Trace apartó el trapo que cubría la cara de Laura Fletcher. Observó el millar de emociones que recorrieron el rostro de Mariah. Al principio, impresión; después, asombro y comprensión; y un instante después, un profundo dolor, cargado de amor.

Cuando alargó la mano para apartar unos mechones de pelo de la mejilla de su hermana, Trace estuvo a punto de detenerla para evitar que pudiera alterar las pruebas, pero después decidió que no podía negárselo.

—¿Fue aquí donde recibió el disparo? —preguntó observando la herida de su sien izquierda.

Aunque estaba casi tan pálida como su hermana y sus manos temblorosas delataban sus emociones, su voz era firme.

—Ahí y en el pecho.

—Quiero verlo.

—No estoy seguro…

Alzó el rostro, desafiante.

—He dicho que quiero ver lo que le hicieron a mi hermana, sheriff.

Sus miradas se encontraron. Trace cedió.

Con la esperanza de que Mariah no volviera a desmayarse, apartó la sábana.

Mariah se encogió al ver el cuerpo desnudo de Laura, y de forma inconsciente se llevó la mano al pecho, como si hubiera sentido el impacto de la bala.

Trace observó su mirada pensativa, que recorría el cuerpo, de una herida a la otra. Admiraba la fortaleza de aquella mujer.

—Fue a bocajarro —murmuró, señalando el inconfundible tatuaje de pólvora incrustado alrededor de la herida de la sien.

—Sí. Es interesante que lo haya reconocido.

Mariah se dio cuenta de que estaba intrigado.

—Si J.D. no ha tenido tiempo de comentárselo, soy guionista de televisión. Estoy especializada en series de intriga.

Le mencionó los nombres de las obras que más éxito habían tenido.

—He visto un par —reconoció Trace—. Me pareció bastante realista.

—Gracias. Me enorgullezco de investigar a fondo —la angustia de sus ojos había sido sustituida por una profunda cólera, mucho más fría que el aire de la cámara—. Sabe lo que esto demuestra, ¿no?

Trace se cruzó de brazos.

—¿Por qué no me lo dice?

—Demuestra que Alan mató a Laura.

—Creo que me he perdido la argumentación.

—No hace falta ser forense para darse cuenta de que su asesino se acercó a ella antes de disparar.

—En efecto —convino Trace.

—Me dijo mientras veníamos que la encontraron en el dormitorio. En la cama. Desnuda.

—Sí. ¿Y bien?

Aquello seguía pareciéndole raro. No entendía por qué una mujer que tenía tal surtido de camisones se había metido en la cama sin nada.

—Así que ¿a quién más habría dejado Laura acercarse tanto en esas circunstancias?

—No lo sé. No conocía a su hermana.

—Normalmente, las mujeres sólo se presentan desnudas delante de dos hombres. Su marido y su ginecólogo.

—¿Y los amantes?

—Maridos, amantes, es lo mismo.

—A veces no.

Mariah lo miró con aire reprobatorio.

—¿Se puede saber qué insinúa?

—Que el marido de una mujer y su amante no tienen por qué ser la misma persona.

—¿Está acusando a mi hermana de tener una aventura?

Trace pensó en las cartas y se encogió de hombros.

—En este momento no estoy preparado para acusarla de nada.

—No tenía ninguna aventura.

—Como quiera. ¿Ha terminado?

Pensando en lo que el sheriff acababa de insinuar, Mariah volvió a mirar el cuerpo de Laura, con tanta intensidad que Trace pensó que estaba memorizando los rasgos de su hermana. Así era.

—Sí.

Se mordió el labio mientras Trace volvía a taparla con la sábana.

Consciente de que corría el riesgo de dejarse llevar por las emociones, Mariah se aferró a lo único a lo que podía enfrentarse en aquel momento. Asegurarse de que el asesino de Laura no salía impune.

—Fue Alan —insistió.

—Tal vez —Trace se encogió de hombros—. Tal vez no.

Frustrada, Mariah probó otra táctica.

—¿Apareció el arma en la casa?

—Lo siento, pero no puedo divulgar los detalles de la investigación.

—¿Ni siquiera con la pariente más cercana de la víctima?

—No se ofenda, pero técnicamente el senador es su pariente más cercano.

La respuesta de Mariah fue una maldición.

Trace apagó la luz. Estaban volviendo por el lúgubre pasillo cuando Mariah preguntó de repente:

—¿Dónde está el servicio?

Su rostro había adquirido el mismo tono verdoso de las paredes.

—Por ahí. La primera puerta de la izquierda.

Mariah desapareció antes de que Trace terminara de darle las indicaciones.

Después de vomitar, Mariah se limpió la cara con agua fría, y a continuación se enjuagó la boca. Por último, sacó un caramelo de menta del bolso y lo masticó antes de volver con Trace, que la esperaba donde la había dejado.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, gracias —mintió Mariah.

Aunque en el sótano hacía mucho más calor que en la sala de autopsias, Mariah seguía helada hasta los huesos. Estaba tan fría como Laura.

Trace captó el estremecimiento que intentó ocultar.

—Mi despacho está arriba. ¿Le apetece tomar un café? ¿O un té? —añadió rápidamente al recordar su visita al lavabo.

Tal y como tenía los nervios, lo último que Mariah necesitaba era cafeína. Pero necesitaba tomar algo para entrar en calor.

—El té me parece agua sucia, pero me vendrá bien un café, gracias.

El despacho de Trace, en una esquina del tercer piso, era pequeño pero acogedor. Había dos sillones delante de la vieja mesa de pino.

En la pared había un cartel de reclutación de policías, en el que aparecía un impecable joven de uniforme caqui junto a un coche patrulla.

Otro cartel representaba a un perro vestido como Sherlock Holmes. A su lado había dibujos hechos por los niños de tercero de primaria, que agradecían al sheriff que les hubiera enseñado la cárcel.

En la pared opuesta había carteles del FBI, con los delincuentes más buscados. Todos ellos tenían un aspecto tan exagerado que jamás los habrían contratado para representarse a sí mismos en una serie de televisión.

—Una bonita colección de fotografías —comentó—. Mucho más original que las típicas instantáneas de las vacaciones con la mujer y los hijos.

—No tengo mujer ni hijos —examinó las fotografías—. Es increíble, pero a veces los delincuentes lo parecen realmente.

—Pero no siempre —le recordó Mariah.

—No.

Trace frunció el ceño al recordar al educado profesor de colegio que había estrangulado, para descuartizarlas metódicamente a continuación, a cinco prostitutas. Danny y él lo capturaron.

—No siempre —añadió, antes de señalar una silla—. Siéntese. Nadie ha preparado café esta mañana, así que tendré que ir a buscarlo a la máquina del pasillo. ¿Cómo lo quiere?

—Con leche y dos cucharadas de azúcar.

Trace abrió un cajón, sacó un puñado de monedas y salió del despacho.

Agotada, Mariah se dejó caer en la silla que Trace le había señalado. La ventana, con marco de madera, tenía unas preciosas vistas a la plaza del pueblo.

Observó a un joven que tiraba un disco volador a un perro. Envidiaba a los dos. Estaban jugando en la hierba verde, bajo el sol de la mañana, ajenos a los horrores del mundo que los rodeaba.

El día anterior a ella le ocurría lo mismo. Hasta aquella mañana, el asesinato le parecía sólo un intrigante reto. Afortunadamente había bastantes personas que compartían su fascinación por los crímenes violentos e imprevisibles, por lo que había ganado mucho dinero con sus guiones.

Aunque vivía de idear formas originales de matar a las personas, sus historias nacían siempre de su fértil imaginación. Creaba los personajes y hacía que se ganaran la simpatía del público, y después los asesinaba de formas que a veces ocasionaban avalanchas de cartas de indignados espectadores que abominaban de la violencia.

Las protestas nunca la molestaron. Cualquier publicidad que tuviera era positiva.

Y cuando terminaba de escribir un guión pasaba a la siguiente historia, al siguiente asesinato, sin volver a pensar en sus personajes muertos. A fin de cuentas, no eran reales.

Pero Laura sí que lo era.

Se encendió otro cigarrillo para olvidar el olor de la sala de autopsias.

—Probablemente sabrá a residuos tóxicos —le advirtió Trace cuando volvió al despacho—. Y la leche es de polvos. Pero está caliente.

Plantó una taza de cartón delante de Mariah y rodeó la mesa. A continuación sacó un cenicero de un cajón y se lo entregó.

—Gracias —tomó un sorbo del café y descubrió que Trace no había exagerado, pero se lo bebió de todas formas para calentar el hielo de sus venas—. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Adelante.

—¿Es usted religioso?

—No demasiado.

Hizo una mueca al probar su café solo. Pero, igual que ella, se lo bebió de todas formas. El sí que necesitaba la cafeína.

—¿Cree usted en Dios?

Trace clavó la vista en la distancia mientras consideraba la pregunta. Sus ojos eran del color del acero, y estaban firmemente engarzados en su rostro sin afeitar.

—No estoy seguro. Tal vez haya algo así como un poder superior. ¿Por qué?

—Yo no creía —aspiró una bocanada de humo, pensando que el infierno que le habían descrito en las clases de religión no era suficiente castigo para el hombre que había asesinado a Laura—. Pero cuando estaba en la cámara frigorífica me di cuenta de que no soy tan atea como pensaba —volvió a tomar un trago de café—. No es que crea que Laura está en algún lugar maravilloso, como dicen los creyentes, visitando a nuestros queridos parientes fallecidos y escuchando un coro celestial. Simplemente, lo que hay ahí abajo, en el sótano, su cuerpo… no es ella —sacudió la cabeza, exasperada—. Supongo que no tiene ningún sentido.

Trace dejó su taza en la mesa y entrelazó las manos detrás de la cabeza, recordando que en una ocasión había mantenido una conversación parecida con un sargento que afirmaba que cuando veía los cadáveres del depósito tenía la impresión de que no eran personas.

En aquel momento, Trace estaba en desacuerdo. Seguía estándolo.

—Cuando se miran las caras —dijo lentamente— están vacías.

—Exactamente. Todo lo que hacía que Laura fuera quien era, todo lo que la convertía en una persona tan especial, ha desaparecido. ¿Qué ha ocurrido con eso? Me resisto a creer que haya desaparecido.

—¿Cree que está en el cielo?

Quería creerlo.

—¿Por qué no?

Esperaba una sonrisa sarcástica, pero Trace sonrió con infinita calidez.

—Me parece bien.

Mariah no estaba de humor para dejarse cautivar por un policía rural de ascendencia irlandesa. Aunque sus labios bien delineados fueran de poeta.

—Callahan —murmuró—. ¿No era ése el apellido de Harry el Sucio?

Trace no respondió directamente a su pregunta.

—A veces pienso que debí hacerme pocero.

—¿Pocero? —repitió sorprendida.

—O dentista. No es fácil ser policía y apellidarse Callahan —dijo sonriendo.

Mariah se sintió intrigada por la calidez de sus ojos, pero desechó la sensación de inmediato.

—¿Cuándo va a interrogar a Alan?

—En cuanto salga del quirófano.

—Es una pena que no lo pueda hacer mientras está bajo los efectos del pentotal sódico.

—¿Insinúa que el senador es un embustero?

—Es político, ¿no? —lo miró con seriedad—. Por supuesto, se habrá dado cuenta de que esta noticia va a atraer a toda la prensa.

—Sí, ya se me había ocurrido.

—¿Es también consciente de que Alan Fletcher tiene muchos amigos muy poderosos? No sólo en Arizona; también en el resto del país.

—No habría llegado a donde está sin amigos influyentes.

La naturalidad del sheriff la irritaba.

—Sólo pensé que debía advertírselo.

—Considéreme advertido.

Sus ojos grises se oscurecieron, pero siguió hablando con suavidad. Sólo un oído bien afinado habría captado el acero de su voz.

Mariah apuró su taza y se puso en pie.

—Bueno, gracias por el café. Será mejor que me vaya. Tengo muchas cosas que hacer.

—Antes de que se marche, tengo que preguntarle unas cuantas cosas sobre su hermana.

—De acuerdo —dijo, volviendo a sentarse.

—¿Estaban muy allegadas?

—De pequeñas éramos uña y carne.

—¿Y después?

—No tanto como me habría gustado.

Nunca había podido olvidar la pelea que tuvieron cuando ella se marchó de Arizona. Laura sólo pretendía calmar el tenso ambiente entre padre e hija cuando Matthew Swann descubrió que tenía intención de ser actriz, como su madre.

Pero en aquella ocasión la consideró una traidora. Cohibida, enfadada y muy joven, atacó con su arma más fuerte. La palabra. Lanzó a su hermana acusaciones como balas, diciéndole que la había abandonado a ella igual que había abandonado a Clint Garvey en su noche de bodas.

Consciente de que su hermana no había llegado a superar los desastrosos acontecimientos de aquella noche, Mariah llegó hasta el punto de decir que nunca se casaría con nadie a causa de la insana relación que mantenía con su propio padre.

No llegó a pronunciar la palabra «incesto», pero la insinuación explícita impregnó la estancia.

Cuando Matthew le exigió que pidiera disculpas, ella se negó. Fue la última vez que vería a su hermana durante mucho tiempo.

Después, dos años atrás, en un viaje a California, Laura la sorprendió presentándose en un rodaje. Su primer encuentro fue tenso. Su precavida conversación le recordó la actitud que tendrían dos boxeadores que se midieran en el primer combate.

Poco a poco, las barreras emocionales empezaron a ceder, hasta el punto de que Mariah pensó que, aunque jamás recuperarían la estrecha relación que habían mantenido, tal vez si seguían intentándolo podrían crear algo igualmente satisfactorio.

Empezó a dar vueltas a la taza vacía, mientras pensaba en la ilusión que le hacía recuperar a su hermana como amiga.

—¿Habló de su matrimonio con usted?

—Sólo de pasada.

—¿Tenía la impresión de que era feliz?

—¿Cómo iba a serlo con ese marido?

—Eso me suena a conjetura.

—De acuerdo. Reconozco que tengo prejuicios. Pero eso no significa que ese hombre no sea una rata. Y aunque Laura no me dio detalles nunca, cada vez que la conversación giraba en torno a Alan me daba la impresión de que no era feliz en absoluto. Lo que no resulta tan sorprendente, teniendo en cuenta los rumores sobre su infidelidad.

—Los rumores no tienen por qué ser fundados.

—Es cierto. Pero créame, en el caso de Alan estaban más que justificados. De hecho, el muy gusano se me insinuó a mí una vez. Durante uno de sus viajes para recaudar fondos, en California. Tuvo la cara dura de invitarme a su habitación del hotel, supuestamente para hablar de mi relación con Laura, pero dado que en ese momento me estaba tocando la rodilla, no me dio la impresión de que su esposa fuera su principal preocupación.

El senador debía ser increíblemente descarado. O estúpido.

—No aceptó su oferta —dijo Trace, sin el mínimo tono de pregunta en su voz.

—Le dije que si volvía a tocarme sabría perfectamente cómo se siente un toro cuando un vaquero lo convierte en buey.

Trace se encogió.

—¿Contó lo ocurrido a su hermana?

—Por supuesto que no. Supuse que ya debía saber cómo era el hombre con el que se había casado, y no vi motivos para empeorar las cosas.

—¿Mencionó alguna vez a otro hombre?

Ya salía otra vez la acusación, no demasiado sutil. Mariah lo miró fijamente a sus ojos.

—Mi hermana no se dedicaría a ir acostándose con gente por ahí.

—¿Está segura?

—Completamente.

—¿Sabe si tenía algún amigo cuyo nombre empezara por C?

Mariah pensó inmediatamente en Clint Garvey, pero decidió que el breve y desastroso primer matrimonio de Laura no era asunto de aquel hombre.

—No.

Por la forma en que empezó a romper la taza en minúsculos fragmentos, Trace supo que mentía. Se habría apostado el coche patrulla, junto con el sueldo de un año.

—Su hermana y su marido estuvieron casados mucho tiempo, pero no tuvieron hijos.

Mariah levantó una ceja.

—Creo que eso es lo que se suele llamar una pregunta capciosa.

—Supongo que sí —convino Trace.

—No veo qué relevancia puede tener en este caso, pero Laura quiso siempre tener una gran familia. Simplemente, las cosas no funcionaron.

Trace optó por no mencionar la prueba de embarazo que habían encontrado en la papelera del cuarto de baño.

—Otra pregunta.

Algo nuevo se había apoderado de su voz. Algo que alertó a Mariah de inmediato.

—De acuerdo.

—Lo que ha comentado antes sobre los amigos influyentes del senador… ¿se debía a que le preocupa la competencia que pueda tener yo para investigar ese caso? ¿O es que teme que resulte ser el típico policía corruptible de sus programas de televisión?

Mariah tuvo el detalle de sonrojarse, pero se mantuvo firme.

—No estoy segura.

No era la respuesta que Trace habría preferido oír, pero no pudo evitar respetar su sinceridad. Se levantó de su silla.

—Cuando lo decida, comuníquemelo.

—Lo haré —se puso en pie y tiró los trozos de la taza a la papelera metálica—. ¿Ha terminado de interrogarme?

—Por ahora. La llevaré al hotel. Cuando llegue J.D. con su todoterreno, le diré que se lo lleve.

—Muchas gracias.

Guardaron silencio durante el corto viaje. Repentinamente agotada, Mariah apoyó la cabeza contra la ventanilla.

Cuando Trace aparcó delante del hotel, Mariah se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta.

—Gracias por traerme.

—De nada. Ah, una cosa más.

Mariah se volvió para mirar y se encontró frente a un rostro que no tenía nada que envidiar en dureza al de Harry el Sucio. Sus ojos eran como piedra labrada, y su boca de poeta estaba apretada, formando una línea.

—¿Sí?

La voz de Mariah no era tan dura como le habría gustado.

—No tiene que preocuparse por la posibilidad de que me vaya a doblegar ante las presiones políticas. Porque si el senador resulta ser el que mató a su hermana, le clavaré los huevos personalmente a la puerta de la celda.

—Me alegra oír eso —dijo Mariah, negándose a dejarse impresionar por el lenguaje que Trace había elegido deliberadamente para perturbarla—. Y cuando lo haga, yo quiero ser la que maneje el martillo.

Se despidió con un movimiento de cabeza, giró sobre sus talones y se marchó.

Trace volvió al rancho de los Fletcher, donde los técnicos seguían recopilando pruebas metódicamente.

No se habrían ganado ningún premio a la pulcritud. El suelo estaba lleno de papeles y otros objetos, y todos los muebles estaban llenos de polvos para extraer huellas.

Subió al dormitorio, con cuidado de no tocar la barandilla de la escalera. La habitación, que antes estaba desordenada, parecía ahora un verdadero campo de batalla.

Se inclinó, recogió la toalla que había visto en el suelo la primera vez que entró en la habitación y se la llevó a la nariz. La felpa aún húmeda estaba impregnada de un exótico perfume oriental.

—Shalimar —dijo una voz femenina a sus espaldas.

Trace se volvió y vio a Jessica Ingersoll, la fiscal del condado de Mogollon, que estaba en la puerta. Tenía un aspecto muy profesional con su traje de lino blanco.

—En el cuarto de baño había botellas de aceite y colonia —le comunicó—. Y talco. Al parecer, era el perfume emblemático de la difunta.

Trace dejó la toalla en el suelo. Después, con mucho cuidado, abrió un tarro de color turquesa que estaba sobre la cómoda. El olor de la crema era el mismo que el de la toalla.

—¿Quiere decir que era el único que usaba?

—Muy bien, Callahan —dijo asintiendo.

Tenía el pelo, dorado como las hojas en otoño, recogido con un broche de oro, al final de su largo y esbelto cuello. Llevaba unos pendientes a juego.

Jessica Ingersoll había nacido en Filadelfia, y había estudiado Derecho en la universidad de Pensilvania. A sus treinta años era una mujer muy inteligente. También era una tigresa en la cama. Su aventura comenzó una semana después de que Trace llegara a la ciudad. Fue tan apasionada e intensa como breve, y cuando acabó siguieron siendo amigos.

Jessica miró a su alrededor.

—Menos mal que Fletcher puede permitirse el lujo de contratar a un ejército de criados cuando salga del hospital. Esto es una pocilga.

—Tampoco estaba muy recogido cuando llegaron los chicos del laboratorio.

—Eso me han dicho. Bueno, ¿qué crees que tenemos entre manos? ¿Una aventura en el baño que salió mal?

—Tal vez —se agachó y empezó a oler la ropa interior de Laura Fletcher—. Tal vez no.

—Vaya —dijo Jessica, mirándolo divertida—. Si hubiera sabido que eras tan fetichista no te habría dejado escapar.

—Déjame en paz. Estoy buscando el camisón que se puso la víctima para meterse en la cama.

—Me dijeron que estaba desnuda.

—Lo estaba cuando la encontramos. Pero tengo un presentimiento… ¡Lo encontré!

Le tendió un camisón, que olía igual que la toalla.

—Muy bonito —dijo Jessica, pasando los dedos por el delicado encaje—. Pero no es de mi talla. Por si lo has olvidado, cariño, debajo de mi traje de abogada seria se esconde un pecho por el que Miss Universo haría cualquier cosa.

—Y además es modesta. ¿Te importaría dejar de lanzarme guiños y oler ese camisón?

—Fetichista —repitió, llevándose la prenda a la nariz—. Huele a Shalimar. Sabía que tenías una cabeza inteligente encima de esos hombros anchos y masculinos.

Trace metió el camisón de seda en una bolsa para pruebas.

—Lo que no sé es por qué se lo quitaría.

—¡Vamos, Callahan! ¿Hace tanto tiempo que no te acuestas con una mujer? ¿Para qué crees que se lo quitaría?

Aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, hacía mucho tiempo que no se acostaba con una mujer. Demasiado tiempo, si la forma en que lo excitaba la visión de Mariah Swann constituía un indicador.

Recordando lo bien que se llevaba con Jessica en la cama, pensó que tal vez aquel caso tuviera alguna ventaja, a fin de cuentas. Aunque la relación que había mantenido con la atractiva fiscal estaba muy lejos del amor, no se podía decir que se hubiera tratado de simple sexo.

Decidió que lo que habían tenido era un deseo lleno de afecto.

—Yo diría que no estuvo sola toda la noche.

—Y yo diría que tienes razón —Jessica sacudió la cabeza, mirando el colchón manchado de sangre—. Por bien que esté el sexo, no vale la pena morir por él.

—Desde luego.

Trace se sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió algo en una etiqueta, que luego pegó a la bolsa en la que había guardado el camisón.

Jessica sonrió y le pasó la mano por la mejilla.

—Pero si existe un hombre con el que sea posible plantearse la elección, ése eres tú.

El contraste entre el aspecto frío y la actitud desinhibida de aquella mujer era una de las cosas que más habían atraído a Trace.

—Gracias. Creo.

—Cuando quieras. Lo digo en serio.

Por primera vez desde que Cora Mae lo había telefoneado para comunicarle el asesinato, Trace encontró algo por lo que reír, como pretendía Jessica. Se tranquilizó un poco y le contó lo que había averiguado hasta el momento.

—Creo que sé quién puede ser el que mandó las cartas —dijo Jessica—. Deberías ir a hablar con Clint Garvey.

Aquel nombre le recordó algo. Trace sabía que Garvey era el vecino más cercano de los Fletcher.

—Mi peluquera tuvo una relación con él —comentó la abogada—. La última vez que la vi blandía las tijeras como si quisiera matar a alguien, no sé si me entiendes.

—Me hago una idea. ¿Así que estaba enfadada con Garvey?

—Furiosa. Pero la verdad es que, ahora que lo pienso, parecía más enfadada aún con tu víctima. No paraba de murmurar que ya tenía un hombre y no tenía derecho a quedarse con el de otra.

—¿Me quieres dar su nombre?

—Preferiría no hacerlo. Es la única peluquera buena que he conseguido encontrar por esta zona, y si acaba en la penitenciaría del estado acusada de asesinato no sé qué haré con mi pelo. Pero en fin, te lo diré. Se llama Patti Greene, y es la dueña de la peluquería Shear Delight. Está en Pinewood Drive.

Trace apuntó el nombre en su libreta.

—Hay algo más —dijo Jessica—. Patti comentó algo así como que le diría a Matthew Swann lo que estaba haciendo su hija.

—¿No al marido?

—Si pensaba hacerlo, no lo dijo. Al parecer Swann los separó en una ocasión, y Patti tenía la esperanza de que volviera a hacerlo.

Trace pensó en el mensaje del contestador telefónico y entendió el motivo por el que el padre de Laura estaba tan furioso. También pensó en lo raro que resultaba que Cora Mae no hubiera conseguido localizarlo en Santa Fe.

—¿Sabes? —dijo Jessica, pensativa—. Esto va a traer muchos problemas. Será mejor que empecemos con el papeleo para obtener una orden de registro.

Trace ya había decidido exactamente lo mismo.

—¿Te preocupa que el senador pueda negar el permiso?

—En casos como éste el asesino suele ser un miembro de la familia —no dijo nada que Trace no supiera—. Si Fletcher está implicado y cree que estamos sobre la pista, puede pararnos los pies.

—No querría saltarme a la torera los derechos constitucionales de un asesino —convino Trace con sequedad.

Jessica rió.

—A veces hablas como un verdadero policía. Esa es la diferencia que hay entre tú y yo. Lo único que tú tienes que hacer para atrapar a los malos es ponerte unas mallas azules con una S roja muy grande en el pecho, salvar un par de trenes de descarrilar y detener unas cuantas balas en el aire. Yo, sin embargo, tengo que asegurarme de que lleguen a la cárcel siguiendo fielmente las directrices de nuestro sistema judicial, sin escapar por algún agujero legal.

Trace pensó en el cuerpo de Laura Swann, tendido en la cámara frigorífica del depósito de cadáveres, y rogó que no ocurriera tal cosa.

—Creo que me pasaré por casa de Garvey de camino a la ciudad —comentó Trace—. Tengo una rueda de prensa a las doce. El doctor Potter ya habrá terminado de hacer la autopsia, y sabremos algo más.

—¿Te das cuenta de que es probable que la mayoría de los medios de comunicación del país haya conseguido enviar a alguien de aquí a las doce?

—La esperanza es lo último que se pierde.

—Eres incorregible, Callahan —sacudió la cabeza y sonrió—. Probablemente por eso me gustas. Por eso y porque eres bastante bueno en la cama.

Había muchos motivos por los que ella le gustaba a Trace. Y el sexo también era uno de ellos.

—Supongo que querrás asistir.

—¿Conoces a algún político que no esté dispuesto a saltar desnudo por un aro en llamas con tal de tener publicidad? Claro que asistiré.

Trace pensó que tal vez Jessica se dedicara a la política, pero también era una persona en la que se podía confiar.

—Pásate por mi despacho sobre las once y media. Supongo que ya conoceré el resultado de la autopsia.

Jessica pasó por encima de la ropa interior y caminó hacia la cama.

—Ahí estaré.

—Bueno, tengo que asistir a una autopsia, y un montón de papeles que rellenar. Hasta luego.

—Hasta luego.

Jessica miraba la mancha de sangre con el ceño fruncido y no se molestó en mirarlo.

Trace estaba entrando en su coche patrulla cuando oyó que alguien lo llamaba. Subió la cabeza y se encontró a Jessica en la ventana del dormitorio.

—¿Qué quieres?

—Te ducharás, te afeitarás y te cambiarás de ropa antes de la rueda de prensa, ¿verdad?

—Desde luego —respondió, negándose a admitir que estaba tan ocupado que no se le había pasado por la cabeza.

—Muy bien. Porque tienes un aspecto horrible. Y no te ofendas, pero no hueles mucho mejor.

Trace hizo caso omiso a su acusación, pero mientras conducía se llevó el brazo a la nariz y lo olfateó.

Como de costumbre, Jessica tenía razón.
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