Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Veinticinco

Después de encerrar a Fredericka y a Loftin, Trace se pasó por el despacho de Jessica. Los dos fueron juntos al hotel. Las maletas abiertas que encontraron indicaban que el senador estaba a punto de abandonar la ciudad.

—Probablemente no lo creas —dijo Alan Fletcher cuando se enfrentó a Trace—, pero la verdad es que me alegro de que todo haya acabado. Ya sé que esto significa sin duda el fin de mi carrera política, pero desde la muerte de Heather el sentimiento de culpa se ha vuelto demasiado opresivo.

Trace no pudo evitar preguntarle:

—¿Y la de tu mujer no?

—Claro que me siento fatal por eso —dijo Alan con mansedumbre—. Pero tienes que entender que nunca hubo verdadero amor entre Laura y yo. Siempre fue simplemente un matrimonio de conveniencia.

—Y cuando tu mujer se convirtió en un obstáculo te deshiciste de ella.

Jessica le dirigió una mirada de advertencia, pero guardó silencio.

—Yo no tuve nada que ver con eso —insistió—. Y tampoco tuve que ver con la muerte de Heather. Tienes que entender… —se volvió hacia Jessica, como si buscara su apoyo—. Estaba enamorado de Heather.

Su voz se quebró en un sollozo.

—Si es así, ¿por qué no confesaste después de su muerte?

—Eso no me la habría devuelto. Pero habría arruinado mi carrera.

—¿Es eso todo lo que te importa? ¿Tu carrera?

—Tengo planes para este país —insistió—. Planes que permitirán a los Estados Unidos recuperar su supremacía mundial. Eso es mucho más importante que lo que pase aquí en Whiskey River.

—¿Por qué no intentas explicárselo al juez? —preguntó Trace, disgustado con la egocéntrica visión del mundo de aquel hombre.

Después de leerle sus derechos, lo metió en la cárcel con los demás, y a continuación se dirigió al rancho de Mariah.

Maggie le abrió la puerta. Después de darle las gracias por haber resuelto el asesinato de su hija, cuando se acercó para darle un beso de gratitud su aliento no olía a ginebra.

—Mariah está arriba, en su dormitorio —señaló las escaleras con la cabeza—. Ahora que sé que está en buenas manos, os dejaré solos.

Trace encontró a Mariah acurrucada en la cama, preocupada y agotada. Cuando oyó que entraba volvió la cabeza.

—Hola.

Trace se quedó de pie, con las manos en los bolsillos. Se sentía como un colegial que se hubiera quedado sin palabras.

—Hola —respondió con una voz desprovista de la fuerza habitual.

Trace cruzó la habitación y se sentó a su lado. El colchón chirrió.

—¿Qué tal estás?

—Tan bien como mi aspecto —dijo haciendo una mueca.

Trace la contempló detenidamente, recorriendo con los ojos sus exquisitos rasgos. Estaba demasiado pálida. Tenía unas profundas marcas debajo de los ojos, que habían perdido su chispa. En la mejilla tenía un arañazo, provocado por las uñas de Freddi.

—Estás muy guapa.

—Mentiroso.

—Es verdad —pasó los dedos por la marca de su mejilla, que tenía la forma de una mano—. Debería haber matado a Loftin por esto.

Hablaba con el terrorífico tono calmado que Mariah conocía tan bien.

—Ya ha muerto demasiada gente. Además, ya se me irá.

Pero los recuerdos no desaparecerían. Trace sabía que los encuentros con la muerte no se olvidaban nunca.

—Maggie me ha pedido que te diga que Kevin y ella vuelven al hotel, pero si los necesitas…

—¿Podrás quedarte? —preguntó Mariah con los ojos enrojecidos.

Trace siguió acariciándola, bajando por el cuello.

—Mientras me necesites.

La rodeó con los brazos, tal y como habría deseado hacer en la casa de Fredericka.

—¿Has detenido a Alan?

Trace le relató la conversación que había mantenido con el senador.

—Así que todo ha terminado —murmuró.

—Todo menos los gritos.

Pensó en las otras cosas que le había contado Clint. Freddi lo había presionado para que intentara convencer a Mariah para que le vendiera las tierras, ofreciéndole a cambio cancelar el préstamo que le habían concedido. También le dijo que Matthew Swann había vuelto de Santa Fe antes de tiempo, para enfrentarse a él, y tuvieron una pelea que explicaba las manchas de sangre de su camisa.

Clint le contó también que Patti le había confesado no sólo que había pinchado sus ruedas y las de Clint, sino que también había hecho que el caballo de Mariah se encabritara, por accidente, cuando el brillo reflejado en sus prismáticos alcanzó al animal en los ojos. Aquello lo sorprendió, ya que Mariah no había comentado nada sobre la caída.

Decidió que aquellos detalles, ya que no tenían nada que ver con la muerte de su hermana, podían esperar.

—Tal y como están las cosas, supongo que los tres intentarán negociar la sentencia, en vez de arriesgarse a presentarse ante un jurado.

—No me gusta nada la idea de que gente tan influyente pueda negociar.

—Hemos hecho nuestro trabajo. Ahora depende de los tribunales.

—No me gustas nada cuando te pones razonable, Callahan —murmuró.

Trace le apartó el pelo de la mejilla.

La atrajo hacia sí y permanecieron un rato en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Ahora que todo había terminado, el dolor que Mariah había conseguido contener durante la investigación se apoderó de ella.

Después de haberse tragado las lágrimas durante tanto tiempo, hundió la cara en el pecho de Trace y se puso a llorar.

Sus sollozos eran fuertes y desesperados. Lo abrazó fuertemente, mientras le empapaba la camisa de lágrimas. Y siguió llorando. Y llorando. Y llorando.

Trace sabía que no podía hacer nada. Sólo podía abrazarla. Y amarla.

—Lo siento —dijo Mariah entre lágrimas.

Se echó hacia atrás para mirarlo. Tenía los ojos enrojecidos, igual que la nariz. Aun con el rostro distorsionado por el dolor, era la mujer más bella que Trace había conocido en su vida.

—No lo sientas —apretó los labios contra su barbilla—. No es necesario que seas fuerte. Esta vez no —le pasó la mano por la espalda, para tranquilizarla—. Desahógate. Lo necesitas.

Su tono tierno fue lo que la perdió. Los ojos de Mariah volvieron a llenarse de lágrimas antes de que pudiera evitarlo. Abrazó fuertemente a Trace y siguió llorando.

Cuando las sombras fueron apoderándose del dormitorio, Trace seguía abrazándola, meciéndola y murmurándole palabras de consuelo. Hasta que al final se agotaron las lágrimas.

—Lo siento —volvió a decir—. Nunca lloro. Bueno, casi nunca.

Cohibida, se enjugó la humedad de las mejillas con el dorso de las manos, como una niña.

—Tu hermana ha muerto —dijo tendiéndole una caja de pañuelos de papel—. Yo diría que tienes derecho a unas cuantas lágrimas.

Mariah observó su camisa empapada.

—¿Unas cuantas?

—Las que sean —respondió tirando los pañuelos empapados a la papelera.

—Me pregunto cuánto tiempo se tarda —murmuró tanto para sí como para él— en acostumbrarse a la pérdida de un ser querido.

—Hoy has dado un paso importante. No te voy a mentir. Algunos días son mucho peores que otros, pero acabarás por superarlo.

—Supongo que no tengo elección.

—Siempre hay elección.

Recordó que poco después de salir del hospital había estado a punto de quitarse la vida. Pero consiguió no hacerlo, y al final el suicidio dejó de parecerle una opción muy atractiva.

—A la larga —continuó— algunas elecciones son mejores que otras.

Cuando lo miró, Mariah comprendió que él, mejor que nadie, entendía lo que sentía.

—¿Me pasas otro pañuelo?

Le dio dos. Mariah se sonó la nariz y los tiró a la papelera. Chocaron contra el borde y por fin entraron.

—Dos puntos.

—Al principio del bachillerato jugaba al baloncesto.

—¿Qué pasó al final?

—Descubrí el teatro.

Frunció el ceño al recordar la fatídica noche de su actuación, cuando su padre se presentó en el teatro de forma inesperada. Aquella noche tuvieron la discusión después de la cual perdió el contacto con Laura.

Trace vio las sombras en sus ojos y sospechó que conocía el motivo.

—Te amo —susurró.

Rió para sus adentros. Después de sufrir durante días preguntándose cómo se lo diría, después de imaginar una escena con rosas, champán y la bañera de cobre llena de espuma, lo había soltado casi sin darse cuenta, como un colegial inexperto.

La sonrisa que Mariah le dedicó fue igualmente ingenua.

—Ya lo sé. Yo también te amo.

Trace no entendía que algo que lo había obligado a pasar varias noche en vela resultara tan fácil.

—¿Así, por las buenas?

Mariah asintió. Siempre había pensado que el amor sería terrorífico. Sin embargo, se sentía mejor que nunca.

—Así, por las buenas.

—En ese caso…

Capturó sus labios entre los suyos mientras la empujaba contra las almohadas.

Mariah rodeó su cuello con los brazos y se dejó llevar por el momento. Por Trace.

Mariah se estiró mucho tiempo después. Se había quedado dormida, y tardó un momento en recordar dónde estaba. Y por qué.

Entonces lo recordó todo. Laura, Heather, Freddi, Loftin, Alan. Y Trace.

Abrió los ojos y lo encontró despierto. Sus miradas se encontraron en un abrazo tan lleno de amor como el que habían compartido antes.

Sonrió y se acurrucó contra él, besándolo en el pecho.

—Se me ha olvidado preguntarte si ya habéis soltado a Clint.

—Cuando salí del despacho Jill estaba rellenando los papeles. A estas alturas ya debe ser un hombre libre.

—Supongo que eso es algo.

—Desde luego. Quería venir a darte las gracias, pero le pedí que esperase a mañana por la mañana.

—Me querías para ti solo.

—Culpable.

La besó en el pelo. En la oreja. En la mandíbula.

—Hay otra cosa que no te he contado —comentó Mariah.

—¿De qué se trata? —preguntó Trace con gesto ausente, concentrado en su pelo.

—Mi padre ha venido antes.

—¿Mientras Maggie estaba aquí? No he visto los restos de la batalla.

—La verdad es que han estado muy civilizados. Mi padre me ha dicho que admiraba la forma en que había descubierto a los asesinos. Maggie se lo había contado.

—Ya lo sé. Llamó al despacho para cerciorarse de que era verdad.

Mariah asintió.

—Dijo que había hablado contigo. También dijo que me habías puesto por las nubes.

—Es cierto.

—No sé qué le habrás dicho, pero te lo agradezco —echó hacia atrás la cabeza para mirarlo—. No es que me diera la bienvenida al seno familiar con los brazos abiertos, pero es un buen principio.

—Desde luego —la besó—. Por cierto, hablando de principios, vas a casarte conmigo, ¿no?

—Depende —fingió que se lo pensaba—. ¿A cuánto dinero tengo que renunciar para que me aceptes?

—La verdad es que, después de pensármelo mucho, he llegado a la conclusión de que casi me gusta la idea de tener una mujer rica.

Ya había caído una barrera. Mariah pasó a la siguiente.

—¿Podemos vivir aquí?

—Siempre me han encantado los caballos, aunque no me gustan demasiado las vacas.

—No tienes por qué tratar con ellas —le aseguró—. ¿Qué hay de mis guiones? Sigo queriendo escribir.

—No seré yo quien te lo impida —dijo sorprendido por que Mariah lo hubiera planteado siquiera.

—En tal caso, acepto.

Trace dejó escapar la respiración.

—Prometo hacerte feliz.

Mariah dejó escapar una risa burbujeante que lo envolvió como la miel caliente.

—Si me haces más feliz de lo que soy en este momento tendré que dejar de escribir dramas policiales y dedicarme a las películas románticas.

—Tampoco me parece mal.

Decidió que, aunque habían faltado las rosas y el champán, la bañera de cobre seguía presentando una serie de intrigantes posibilidades. La tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.

—Acabo de descubrir —añadió—, que me encantan los finales felices.

Fin

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