Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Veinticuatro

Trace llamó a Maggie desde el camión en cuanto recibió el mensaje de Mariah. Cuando la actriz le contó lo de Fredericka y Alan, otra pieza del puzzle encajó en su sitio.

—¿Dónde está Mariah ahora? —preguntó.

Hubo una pausa.

—No lo sé.

—¡Maldita sea, Maggie! —los sentimientos de Trace hacia Mariah le hacían abandonar su correcto comportamiento de policía—. Esto es muy serio. Si tu hija está por ahí jugando a policías y ladrones otra vez, alguien podría matarla.

Hubo otra pausa.

—No estarás diciendo que crees que Freddi mató a Laura.

Trace pensó en lo que había descubierto cuando estuvo buscando en los archivos del tribunal.

—¿Dónde está, Maggie?

—Te aseguro que no me lo ha dicho —oyó la tensión desnuda en la voz de la actriz y supo que decía la verdad—. Pero ahora que lo dices, no me extrañaría que hubiera ido a casa de Fredericka.

—¡Oh, no!

—¿Qué pasa?

—Yo estaba abajo, en el vestíbulo y he visto salir a Fredericka. Si llega a casa y encuentra allí a Mariah…

Trace trató de sonar alentador, aunque estaba más preocupado que Maggie. Había visto los cuerpos de Heather y Laura.

—No te preocupes —añadió con más convicción de la que sentía—. No le pasará nada.

Estaba a punto de colgar cuando se le ocurrió algo más.

—¿Está Kevin contigo?

Mariah no era la única persona que había observado la influencia tranquilizadora que el joven conductor parecía tener sobre la antigua estrella.

—Sí.

—Déjame hablar con él.

Después de asegurarse de que Kevin se iba a quedar con Maggie, les dijo a los dos que se sentaran juntos y prometieran mantenerse en contacto con él.

Aunque se negaba a dejarse desanimar, se sintió aliviado al tener por fin una buena pista en el caso.

Había sido Cora Mae la que le había llamado la atención sobre la transacción del parque recreativo. La constructora había contratado a su sobrino para que supervisara las propiedades. Fue entonces cuando Trace cayó con retraso en que Fredericka había mencionado la urbanización del campo de golf. Un registro en los archivos del tribunal revelaba que había un proyecto abierto.

Trace recordó que Laura había hipotecado el rancho. Recordó también lo que Clint le había dicho sobre el ganado desaparecido. Y, aunque aún no tenía pruebas, sabía que Fredericka Palmer estaba metida hasta el cuello.

Al verse enfrentada a aquella pistola automática, a Mariah se le helaron las manos. La adrenalina corría hacia su corazón, haciéndolo palpitar con fuerza, y le nublaba el cerebro, sacando de él cualquier pensamiento coherente para dejarlo completamente en blanco.

—Hablando de polvos rápidos —dijo Mariah aunque con voz aguda y débil, incluso para sus propios oídos—. Debí haber imaginado que Alan sería uno de esos artistas de portazo y gracias.

—Siempre has tenido una lengua muy viva, Mariah. ¿Nunca te han dicho que eso puede meterte en líos?

Frente a frente con la asesina de su hermana, Mariah decidió que prefería morir antes que dejar que Freddi supiera lo asustada que estaba por aquella pistola. Su segundo pensamiento fue que no quería morir en absoluto. No aquel día, por ningún motivo.

Pensó que lo que tenía que hacer era ganar tiempo. Hasta que se le ocurriera algo para salir de aquello. A fin de cuentas, se dedicaba a escribir guiones policíacos. Había ganado Emmys por sacar a docenas de personajes de apuros como aquél. Seguro que podría hacer lo mismo por sí misma.

Se aclaró la garganta. La mente se le aceleraba, tratando de salir de aquella situación mortal.

—¿Nadie te ha dicho nunca que no debes apuntar a al gente con una pistola si no tienes intención de utilizarla?

Aquello estuvo mejor. La voz, aun manteniendo cierto nerviosismo, sonó más estable.

Freddi puso una sonrisa tan fría y mortal que a Mariah le recordó a un tiburón o a una serpiente de cascabel.

—Oh, pero es que sí que la tengo, querida. Sólo que aún no. No hasta que me entere de cuánto sabéis realmente el palurdo de tu amante el sheriff y tú. Deja el libro en la mesa, Mariah, cariño —señaló con la pistola una silla de cuero—. Y siéntate.

No tenía mucha elección, por lo que hizo lo que le decía, mirando cómo la otra mujer hacia una llamada a la oficina del sheriff y exigía hablar con Ben Loftin.

—Estará aquí de un momento a otro —reveló después de colgar—. Mientras tanto, tú y yo podemos pasar el tiempo con una agradable charla de mujer a mujer.

Mariah se cruzó de brazos.

—No tengo nada que decirte.

La cólera brilló en los oscuros ojos de la otra mujer, pero la controló en seguida.

—Bien. Entonces esperaremos a que venga Ben. Estoy segura de que él encontrará algún modo de convencerte —dedicó a Mariah otra de sus letales sonrisas falsas—. Para ser un hombre tan poco atractivo, incluso con pinta de cromañón, Ben puede ser sorprendentemente imaginativo.

Mariah comprendió en seguida, tan claro como si se le hubieran conectado dos cables en la cabeza, completando un circuito.

—Loftin me sacó de la carretera.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

El tono de Fredericka era suave.

—Porque estabas en medio.

—¿En medio?

—Habías heredado el rancho, lo que tengo que admitir que me pilló por sorpresa, ya que el plan era que lo heredara Alan para vendérmelo a mí. Entonces tuviste tu oportunidad de salvarte dejando que Clint te lo comprara. Pero te negaste.

—Me negué a creer que Clint tuviera algo que ver con la muerte de Laura.

—Claro que no, tonta. Él no tenía ni idea de que yo tuve que ver en la muerte de su amante. Pero me debía mucho dinero. Así que, cuando lo amenacé con quitarle el préstamo a menos que me ayudara a conseguir el último trozo de tierra que necesitaba, se prestó de mala gana a hacerte una oferta.

—Esa tierra ha sido de mi familia durante generaciones.

El miedo inicial de Mariah se estaba convirtiendo en una fría ira.

—¿Sabes? Eso es exactamente lo que Laura dijo. Está claro que os parecíais más de lo que nadie habría pensado.

—Así que la mataste por la tierra —aquello no era una pregunta.

Freddi no contestó.

—Si no hubieras sido tan terca, Mariah —insistió—. Si sencillamente hubieras accedido a vender…

—Aún no puedo creer que de verdad mataras por un estúpido complejo recreativo.

—¡No es un complejo estúpido! ¿Sabes una cosa? Whispering Pines va a ser un complejo de primer orden. Un grupo de inversores kuwaitíes ya se ha comprometido a invertir millones de maravillosos dólares procedentes del petróleo de Oriente Medio, y Southwest Development ha trazado planes. Va a ser —le confió— algo maravilloso para la comunidad entera. En una época en que Whiskey River necesita desesperadamente un empuje económico.

—Oye, estás llena de responsabilidad cívica, ¿eh? —dijo Mariah con sarcasmo—. Es posible que el Rotary Club te nombre ciudadana del año.

Fredericka juntó los ojos y, para deleite de Mariah, realmente parecía sorprendida por la acusación y por el tono despectivo.

—Estoy segura de que no creerás que es algo personal.

—Claro que no —replicó Mariah con acidez—. Por cierto, ¿tuviste algo que ver con la estampida de mi caballo?

—¿Caballo? —Freddi parecía confusa de verdad— ¿Qué caballo?

Dado que había reconocido el resto de las cosas que había hecho, Mariah decidió que su accidente había sido simplemente aquello, un accidente.

—No importa —dijo—. Me han tirado por un precipicio para matarme. ¿Por qué demonios iba a tomármelo como algo personal?

La otra mujer suspiró y agitó la cabeza.

—Era un plan realmente bueno. ¿Quién iba a esperar que tu todoterreno chocara con esos árboles?

—Siempre he tenido suerte.

—Eso parece. Pero, desgraciadamente, querida, tu suerte está a punto de terminarse —miró por la ventana al coche blanco y negro que acababa de llegar—. A partir de ahora.

Trace acababa de alcanzar el micrófono para llamar a la oficina y pedir a Jill que enviara a J.D. a casa de Freddi cuando sonó la radio.

—Escucha —era la voz del joven ayudante—. Los chicos del laboratorio criminológico acaban de llamar con el análisis de la pintura de la puerta y la parte trasera derecha del Cherokee de la señora Swann.

—¿Qué han dicho?

—Que era de un camión del condado.

—¿Están seguros?

—Segurísimos. Parece que ellos mismos consiguieron a precio de saldo una buena cantidad de la misma pintura verde oscura de un comerciante que se estaba arruinando por la misma época en que todos los vehículos del condado necesitaban una mano de pintura. Los chicos del laboratorio me han dicho también que no hay ningún fabricante de camiones que use ese color en particular, lo que nos limita a uno de los dos quitanieves o a un vehículo de mantenimiento de carreteras.

Trace recordó que daba la casualidad de que el primo de Ben Loftin era el supervisor del taller donde se reparaban los vehículos del condado.

—¿Dónde estás ahora? —preguntó a J.D.

—En la oficina.

—Llámame ahora mismo al teléfono del coche.

La línea no era tan segura como Trace habría deseado, pero desde luego era mucho más segura que la banda de la policía.

—De acuerdo, sheriff —había una cierta curiosidad en la voz del ayudante—. Diez cuatro.

Un segundo después sonó el teléfono.

—Soy yo, sheriff.

—¿Dónde está Loftin?

—No lo he visto. Recibió una llamada hace unos minutos y se marchó. Dijo algo sobre revisar otro de esos malditos incendios de los jóvenes en el campo de Whiskey Spring.

A Trace le alegró oír que el ayudante estaba ocupado al otro lado del condado.

—Muy bien. ¿Conoces la casa de Palmer?

—¿La casa grande del lago? Claro.

—Nos encontraremos allí. Código dos.

Aquello implicaba que era urgente y que debía acudir sin sirenas ni luces.

—Muy bien. ¿Quieres que llame a Ben?

—No. No quiero que llames a Loftin. Y no quiero que uses la radio. Si necesitas ponerte en contacto conmigo, llámame por teléfono. ¿Está claro?

—Diez cuatro, sheriff.

La emoción de J.D. era tan palpable que Trace prácticamente la notaba por el teléfono celular.

Trace estaba ansioso por ver la cara de su ayudante cuando esposara al asesino. De no ser por la preocupación por Mariah, aquel pensamiento lo habría hecho sonreír. En su lugar, esperando que no hubiera decidido ponerse manos a la obra de nuevo, se dirigió a la casa de Fredericka Palmer.

El todoterreno de Mariah estaba en la entrada. Junto al coche patrulla de Ben Loftin. Conociendo de antemano el peligro que conllevaba el precipitarse en una situación, se vio forzado a calmar los ánimos a un lado de la carretera y esperar a que llegara su ayudante.

En menos de cinco minutos, que le parecieron toda una vida, J.D. apareció.

—¿Dónde demonios te has metido?

—Lo siento, sheriff —el ayudante se sonrojó—. Pero es que cuando estaba pasando por el parque me llamó Jill por un diez ochenta.

—Seguro que eran esos malditos niños con los cohetes.

Por lo general, una información de una explosión tenía la máxima prioridad. Pero no aquel día, en que Mariah estaba en peligro.

—Efectivamente, era eso. El problema ha sido que los estaban encendiendo en la zona de juegos y una de las chispas ha caído en un cochecito de niño y ha incendiado la manta. Como sabía que querías que llegara en seguida, he confiscado la prueba y he metido a los chicos en la parte de atrás del coche de momento.

Trace se percató de los tres adolescentes entonces.

—Mierda.

—¿No lo he hecho bien?

Aquello era lo que necesitaba, tres civiles en la escena potencial de un tiroteo.

—Lo discutiremos más tarde. Ahora quiero que me cubras mientras yo examino la situación.

El ayudante del sheriff sacó la pistola.

—De acuerdo.

Trace se encaminó hacia la casa, agradeciendo los pinos que había esparcidos por el lago. Localizó al trío en lo que suponía que sería un salón. De momento parecían congelados, como si estuvieran posando para el cartel de una película. Fredericka estaba armada con la Beretta, mientras Loftin apuntaba con su Magnum del 44 a Mariah, que estaba sentada en una silla de cuero. Aunque tenía la cara pálida como la nieve, Trace se alivio al ver que no parecía estar aterrorizada. Por otro lado, por la postura rígida, la mandíbula sobresaliente y los puntos rojos que se veían en sus pálidas mejillas, era obvio que estaba enfadada.

Por desgracia, la cautela no era precisamente el estilo de Mariah Swann. Trace casi podía sentir el calor de su creciente rabia y se preocupó por la posibilidad de que fuera a estropearlo todo con su temperamento.

Aquel pensamiento lo llevó rápidamente a otro. Echó un vistazo al tejado de madera de cedro y a las dos chimeneas de piedra y sonrió.

—Bueno, ¿qué quieres que haga con esta zorra? —gruñó Loftin.

Fredericka se golpeaba un diente con la uña, pensativa.

—En realidad creo que no tenemos elección —murmuró—. Me temo que Mariah va a tener que sufrir otro accidente.

—No creo que vayáis a echarme de la carretera otra vez, ¿no?

La corredora agitó la cabeza.

—No. Me temo que eso sería un poco sospechoso.

—¿Por qué no le pegas un tiro directamente? —sugirió el ayudante del sheriff—. Haz que parezca que lo hiciste en defensa propia, por allanamiento de morada. Después de lo que les pasó a Fletcher y al bombón del senador, tendría sentido que una mujer que vive sola esté alerta.

—Eso podría funcionar de noche. Pero por desgracia, dudo que la gente creyera que yo iba a estar tan desquiciada en mitad del día. No —agitó la cabeza otra vez, pensativa—. Vamos a tener que pensar en algo más imaginativo que eso.

Mariah se preguntaba si Maggie habría conseguido hablar ya con Trace. Y, si lo había hecho, se preguntaba si él seguiría la pista de Alan y Freddi enseguida. Pensaba que era estúpido morir de aquella manera, en aquel momento, justo cuando estaba empezando a poner su vida en orden.

Pero, una vez más, aquello era exactamente lo que le había pasado a Laura.

No quería pensar en aquello. No en aquel momento, en que su meta inmediata era conseguir que aquellos dos miserables no le incrustaran una bala en la cabeza. Recordó que la regla del juego a aquellas alturas era mantener la calma.

—Cuando se te ocurra algo —dijo a Loftin—, dímelo. Si es lo suficientemente bueno, incluso podría usarlo yo algún día.

—Cierra esa maldita boca.

El ayudante dio una bofetada a Mariah que sonó como un disparo de escopeta en el silencio de la habitación.

Mariah sentía la mejilla como si estuviera ardiendo. Pero se negó a darle la satisfacción de tocarse.

—Al menos podríamos discutir las motivaciones de los personajes.

—Maldita sea, Ben —protestó Fredericka—. Si le dejas marcas, vamos a tenerlo más difícil a la hora de montar una historia creíble.

—Mierda, déjame que me lleve lejos a la zorra y le pegue un tiro.

—Menuda idea. Dispararla con una pistola que todo el mundo en la ciudad, incluido el sheriff, sabe que es tuya. ¿Por qué no llamas a la prisión del estado y reservas nuestras celdas? ¿O quieres que lo haga yo?

El ayudante se encendió.

—No iba a pegarle un tiro con el 44. Pensaba más en algo como un rifle. Podría parecer que algún cazador furtivo la disparó por accidente durante la temporada de caza de ciervos.

Parecía que Fredericka estaba considerando aquello cuando una serie de explosiones sacudió la habitación.

Los repentinos ruidos parecían provenir del otro lado de la casa.

—¡Dios santo! —saltó Loftin— ¿Qué diablos es eso?

—Tú eres el maldito poli. ¿Por qué no vas a mirar?

Acababa de pronunciar aquellas palabras cuando hubo otra retahíla de explosiones. Y después otra. Sonaba como si la Guardia Nacional al completo hubiera empezado de repente a disparar armas automáticas en todas las habitaciones de la casa. En todas menos en aquélla.

Blasfemando, Loftin salió de la biblioteca en busca del origen de las explosiones.

—Yo diría que es la caballería —apuntó Mariah cuando se quedaron solas Fredericka y ella.

No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Lo único que sabía era que de nuevo estaba frente a una única pistola. Lo cual, aunque no fuera una situación ideal, era muchísimo mejor que el anterior escenario.

—¡Cállate!

Ahora le tocaba a Fredericka perder el control. Su voz, normalmente modulada sonaba entonces tan rota como la de Mariah antes, y sus ojos resultaban hostiles. Por fin estaba asustada.

Entonces otra explosión, aún más alta que las anteriores, sacudió la habitación y destrozó las ventanas. La habitación empezó a llenarse de humo.

Fredericka corrió gritando hacia la chimenea. Consciente de que no tendría una oportunidad mejor, Mariah chilló exactamente como le habían enseñado en defensa personal y se precipitó sobre la espalda de la otra mujer, cuya pistola cayó sobre el suelo de roble.

Se pusieron a rodar por el suelo, enredadas, y peleándose por la pistola.

—Maldita sea, Freddi —gritó Mariah al sentir sus largas uñas en la cara—. Me estoy cansando ya de ti.

Dejando durante un momento la lucha por la pistola, dio a Fredericka un puñetazo en medio de la cara.

La voz de la agente se alzó por la estratosfera. Soltó a Mariah para cubrirse la cara con las manos. Le brotaba sangre entre los dedos.

—¡Maldita zorra! ¡Me has roto la nariz!

—Qué pena —sollozó Mariah, estirándose hacia la Beretta para sujetarla con las dos manos—. Después de todo lo que pagaste por la cirugía estética.

Estaba de rodillas, apuntando a Fredericka.

—A lo mejor el médico de la cárcel puede arreglarlo.

Mariah se volvió en dirección a aquella maravillosamente conocida voz profunda. Como en las películas, él había llegado. Y a su lado, con las manos esposadas detrás de la espalda, estaba Ben Loftin.

—Ya era hora de que aparecieras, Callahan.

—Más vale tarde que nunca. Ahora ¿por qué no me das eso? —sugirió con tranquilidad.

Mariah miró la pistola como si hubiera olvidado que estaba aún sujetándola con la mano temblorosa.

—Buena idea.

Estaba temblando tan fuertemente que pensó que iba a chocar con la librería.

—He encontrado la pistola que mató a Laura —reveló.

Trace echó un vistazo a la novela abierta y con un hueco que estaba en la mesa.

—Muy inteligente —reconoció, dirigiéndose a Fredericka por vez primera—. Pero Mariah ya había escrito eso en Asesinato por libro.

—¿De verdad sabes eso?

Mariah lo miró sorprendida. Era una de sus mejores obras, pero él nunca había dicho nada.

—Te he dicho que he visto algunos de tus programas —miró a Fredericka, que estaba sentada en el suelo apretándose la nariz, que aún sangraba—. Por lo que veo no soy tu único fan.

Mariah se quedó totalmente sin palabras por primera vez en su vida al descubrir que Trace era uno de sus admiradores.

El sheriff se volvió hacia el ayudante.

—Supongo que esto significa que estás fuera del cuerpo, Loftin.

El momento que llevaba seis meses esperando resultó tan dulce como había esperado.

—Oye —protestó el ayudante con la cara roja—, no puedes acusarme de nada. Porque no he apretado el gatillo.

—Cállate, Ben —advirtió Fredericka, mirando a Trace—. No tengo nada que decirte hasta que hable con mi abogado.

—Es tu derecho —aceptó, encogiéndose de hombros, y se volvió hacia Loftin—. Y ¿qué hay de ti, Ben? ¿También quieres un abogado? ¿O sólo quieres aclarar las cosas?

—Quiero que quede claro que yo no maté a la esposa de Fletcher. Fue idea de Freddi.

La mujer le lanzó una mirada tan afilada como un estilete.

—Maldito seas, Ben.

Loftin continuó, sin hacer caso de las repetidas advertencias de Freddi.

—Mirad, Freddi y Alan hicieron un trato. Iban a hacer mucho dinero dividiendo el rancho de los Fletcher.

Mariah se vio obligada a interrumpirlo.

—El rancho de los Prescott. Fue de mi abuela, y después de Laura. Y ahora es mío. Nunca ha sido de ningún Fletcher.

Loftin se quedó mirándola un largo rato, incapaz de comprender la queja.

—Lo que sea —gruñó al fin—. De todas formas, Fletcher tenía este plan. Compró todo el terreno de lo que iba a ser una carretera de acceso al complejo desde la autopista, y una vez que se hubiera anunciado el proyecto, iba a venderlo por el triple del precio de compra.

Mariah pensó que aquello tenía sentido. Alan Fletcher había dependido de su mujer durante años. Y entonces había encontrado una manera de hacer su propia fortuna.

Parecía que a Freddi le iba a dar un síncope.

—Maldita sea. Ben. Te lo advierto.

—Calla, Freddi. Estoy hasta las narices de que me des órdenes. Y que me aspen si dejo que me culpen a mí por un crimen que tú cometiste. El único fallo del plan fue que Laura Fletcher resultó ser terca como una mula —continuó, obviamente anhelando repartir las culpas—. Siguió negándose a vender la maldita tierra, sin importarle lo mal que fueran las cosas.

—Tú robaste el ganado —adivinó Mariah, ganándose una afilada mirada por parte de Trace, a quien no hacía gracia que le interrumpiera la confesión.

—Pensé que si conseguíamos que le fueran mal las cosas acabaría por querer vender. Pero cuando se sacó de la manga la maldita hipoteca pareció que nos iba a llevar más tiempo. El problema era que los jeques se estaban impacientando.

—Los kuwaitíes —explicó Mariah a Trace y a J.D.

El joven ayudante se había unido a ellos en el salón tras haber seguido las instrucciones del sheriff de tirar los cohetes confiscados por las chimeneas y los conductos del aire. El joven ayudante se pavoneaba mientras esposaba a Fredericka Palmer. Al oír el sonido del metal alrededor de las muñecas de la mujer, Mariah se llenó de satisfacción.

—Fue entonces cuando Freddi decidió llevar las cosas por su cuenta. Mató a la mujer de Fletcher. Entonces, para que pareciera que el crimen había ocurrido durante un robo, también pegó un tiro al senador.

—Utilizando un revolver de menor calibre y situando su disparo en un sitio que no hiciera demasiado daño —dijo Mariah, mirando a Trace como diciéndole que ya se lo había advertido—. Sabía que Alan era culpable.

—Al principio no —dijo Loftin, sorprendiéndola—. Por supuesto, después de haber reconocido a Freddi la noche en que mató a su mujer y disparó contra él, no tuvo más remedio que mantener la boca cerrada. Por el trato del terreno.

—Así que él no fue más que un títere después de todo.

Mariah se preguntó por qué Alan no había declarado todo lo que sabía desde el principio, y decidió que mantuvo la boca cerrada porque no estaba dispuesto a arriesgar su campaña presidencial.

—Tú lo has dicho —dijo Loftin—. El problema era que la novia del senador no era un bombón con la cabeza hueca. La chica lo descubrió todo por unos papeles que encontró mezclados con el discurso del cuatro de julio del senador. Cuando pensamos que podía traernos problemas fue cuando yo entré en el pacto.

A medida que Loftin seguía explicando cómo Freddi le había prometido riquezas y apoyo político para obtener el tan deseado trabajo de sheriff después de matar a Heather Martin, Mariah se estaba quedando anonadada al ver a lo que estaba dispuesta a llegar una mujer que ya era rica sólo por conseguir más dinero.

—También sacaste a la señorita Swann de la carretera —dijo Trace después de que Loftin explicase con orgullo cómo había entrado con una llave maestra y había ahogado a la mujer mientras se daba un baño.

Aquella vez tampoco habían informado al senador de antemano.

—Ella había heredado el rancho —dijo Loftin con sencillez, como si aquello fuera motivo suficiente para acabar con una vida humana—. Y estaba resultando ser tan terca como su hermana.

Mariah murmuró:

—Va en la familia Swann. Ya sabes, como la avaricia está en la familia Palmer —miró a Freddi—. ¿Fuiste tú quien me destrozó la casa?

—Fui yo —habló Ben de nuevo—. Ordenes de Freddi, cuando dijiste que habías encontrado pruebas en la casa.

Rehuyendo la mirada afilada de Trace, Mariah pensó en su hermana embarazada. Había muerto porque Fredericka, Alan y unos kuwaitíes querían construir un maldito campo de golf en el pinar.

—¿Podrías llevarte a estos dos cabrones a la cárcel, que es su sitio? —dijo a Trace, sintiendo que se estaba poniendo nerviosa—. Antes de que decida tomar esa pistola y sentenciarlos a los dos a la buena justicia fronteriza tradicional.

Trace conocía bien aquel sentimiento. Recordó el día que tuvo que testificar sobre el tiroteo. Se recordó mirando a aquel bastardo que había matado a Danny, furioso porque el chico no demostraba el más mínimo remordimiento por haberse cargado a un joven lleno de vida. A un hombre que dejaba dos hijas y una esposa, que estaba esperando a su hijo Daniel Patrick Murphy, que no llegó a conocer a su padre.

Aunque él siempre había creído en el sistema, incluso sabiendo por experiencia que era intrínsecamente imperfecto, en aquel momento estuvo tentado de colocar una bala justo en el gélido corazón de aquel bastardo.

—En eso estamos —dijo, volviéndose hacia su ayudante—. J.D., lleva a la señorita Swann a casa. Yo meteré a estos dos en la cárcel y después iré al hotel a buscar al senador.

—Quiero ir contigo —insistió Mariah.

Había pasado por muchas cosas aquel día, y Trace admiraba el modo en que lo estaba llevando. Pero también sabía que se desmoronaría en cuanto se hubiera calmado la adrenalina.

—Lo siento, pero vas a tener que quedarte.

En realidad, no esperaba que Fletcher le fuera a causar problemas, pero tampoco esperaban Danny y él que la emprendieran a tiros con ellos cuando estaban investigando lo que aparentemente no era más que otro homicidio involuntario, con agravante de huida, por accidente de coche.

Mariah se impacientó.

—Maldita sea, Callaban.

—Calla —dijo él.

Sin ganas de discutir, la tomó del brazo y la separó del resto.

—Mis reglas, ¿recuerdas?

—¡No es justo!

Dado que había sido ella la que dijo desde el principio que Alan estaba involucrado y la que encontró el arma del crimen, le parecía justo quedarse para la escena final.

Trace se pasó las manos por el pelo. Su necesidad de protegerla había dejado de ser profesional mucho tiempo atrás.

—La vida no es siempre justa. Escucha, Mariah, nunca he estado tan asustado como cuando he visto a esos dos reteniéndote a punta de pistola. No quiero pasar por eso otra vez.

—Tú mismo lo dijiste —objetó Mariah, frustrada y algo enfadada—. Alan no tiene agallas para disparar a nadie.

—Eso es lo que yo creo. Pero no estoy dispuesto a hacer la prueba.

Quería abrazarla y apretarla contra su cuerpo, para asegurarse de que estaba de verdad sana y salva. Pero tuvo que conformarse con pasarle la mano por la mejilla.

—Sé cuánto deseas presenciar la detención de Fletcher, pero no voy a arriesgar tu vida otra vez de ninguna manera.

Fue entonces cuando Mariah notó que Trace estaba culpándose por lo que le había ocurrido. Igual que cuando pensaba que le había hecho daño. Igual que había sobreactuado cuando volvió al hospital, vio que no estaba y creyó que había sido secuestrada.

—¿Te pasarás cuando hayas recogido a Alan?

—Por supuesto.

No era aquélla la respuesta que ella quería, pero Mariah recordó que lo importante era que Alan Fletcher estaría entre rejas, como le correspondía.

—Tú ganas —dijo—. Pero no vas a evitar que esté en el auto de procesamiento de Alan Fletcher.

—No sólo no intentaré detenerte, sino que reservaré butacas en primera fila para Maggie y para ti.

Mariah se dijo que aquello ya era algo. No le devolvería a Laura. Pero la acercaría a aquéllos a los que había dejado.
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