Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Veintitrés

—Ya ves de qué te han servido tus conocimientos de defensa personal.

En cualquier otro momento, aquel tono burlón habría encendido los nervios de Mariah, pero entonces, tumbada bajo Trace, se le había encendido una llama mucho más peligrosa.

Sus cuerpos estaban tocándose, tan pegados que Mariah sentía el calor de Trace, cuya cara estaba a unos centímetros de la suya, su aliento caliente contra los labios. En sus ojos ardía la llama del deseo.

—No todo el mundo tiene tu entrenamiento profesional.

Quería sonar desafiante, pero cada palabra temblaba con necesidad creciente. Sentía que la estaba volviendo loca. En sus ojos había una horrible e irresistible mezcla de pasión e insolencia. Tenía los senos apretados contra su pecho. Debajo de él, tenía la sensación de que se le iba a derretir el cuerpo, para fundirse con el de Trace.

—Eso es cierto.

Trace deslizó las manos entre ellos y tiró del lazo que unía la parte delantera del corpiño.

—Pero el senador sigue siendo un hombre —él también lo era, y nunca había sido tan consciente de una mujer—. Lo que, te guste o no, hace que sea muchísimo más fuerte que tú.

Mientras seguía desatando el nudo del corpiño, sus nudillos rozaban el cuerpo despierto de Mariah.

—Si te hubiera querido tocar así —pasó el pulgar por su pezón—, ¿qué habrías hecho? Ó si te hubiera acercado la boca así.

Cuando le tomó un seno con la boca, Mariah oyó su propio gemido.

—Nunca permitiría que me hiciera eso.

Trace levantó la cabeza.

—Maldita sea, aún no lo entiendes, ¿verdad? No habrías tenido elección —se apretó contra ella de nuevo, haciendo que el pulso le palpitara en zonas secretas y delicadas—. Igual que no la tienes ahora.

—Sí que la tengo.

Desesperada por tener algún vestigio de control, por leve que fuera, se quedó tumbada e inmóvil bajo el cuerpo de Trace, proponiéndose no darle la satisfacción de saber que encontraba el contacto con su fuerte cuerpo masculino secretamente estimulante.

Trace estaba frustrado. Por el caso que aún tenía que resolver y por los sentimientos que aquella mujer había desenterrado en él desde el principio. Estaba enfadado. Enfadado por la situación, enfadado con ella por ponerse en peligro continuamente, enfadado por razones que ya no conocía pero que estaba harto de intentar controlar.

—Demuéstralo —dijo con dureza.

No hubo miedos ni dudas. Mariah le metió las manos por el pelo, incorporándose un poco mientras acercaba la boca a la suya.

Al introducirse en el cálido beso, Trace exigía pasión y Mariah contestó con un gemido. Su cuerpo se llenaba de vida en cada sitio que le tocaba, murmuraba su nombre mientras le hundía los dientes en el cuello, haciendo que bullera toda la sangre de su cuerpo.

A pesar de lo escalofriante que había sido la anterior vez que habían hecho el amor, Mariah nunca había imaginado que podía sentirse de aquella manera. Nunca había sido tan consciente de su cuerpo, de cada nervio.

Le sacó la camisa del cinturón. Se movía bajo él, invitándolo a tomar cualquier cosa, todo lo que quisiera. Todo lo que necesitara.

Respiraba entrecortadamente mientras le arrancaba el corpiño, dando paso a su boca hambrienta a los senos. Se alegró al oír el sonido de la tela rasgada. La necesidad ardía en Mariah. Sus dedos luchaban en vano con la camisa de Trace, hasta que al final, siguiendo su ejemplo, la desgarró.

Al primer contacto de cuerpo sobre cuerpo, Mariah gritó. Rodeándolo con los brazos, lo sujetó con fuerza, fundiéndose con su piel, y lo devoró con avidez, como había sido devorada ella.

El revólver de Trace se le clavaba en la cadera. Blasfemando, él consiguió quitarlo de en medio.

El sudor brillaba en la piel de Mariah. Y en la de Trace. El aire se calentaba a toda velocidad. Mariah luchó por llenarse los pulmones, pero sólo consiguió perder el aire en un gemido bajo y tembloroso, mientras él seguía a sus dedos con la boca por el cuello, los hombros, los senos.

Trace no tenía suficiente. Su sabor lo embriagaba, y su olor lo inflamaba. Sintió el fuerte aguijón de sus uñas en la espalda y soltó un gemido cuando le llevó los dientes al estómago, con pasión.

Le arrancó rápidamente el resto de la ropa. La presión que escalaba hacia el centro de su feminidad se hizo insoportable. Sin prestar atención a lo que decía, le rogaba que parara. Que nunca parara.

Mientras se retorcía debajo de él, Trace la llevó a un orgasmo cegador sólo con la boca y las inteligentes y maravillosas manos. Aún estaba jadeando cuando empezó a intentar desabrocharle los vaqueros, desesperada por tocarlo, como él la había tocado, pero él le sujetó las muñecas con una mano y se las puso por encima de la cabeza.

—Aún no.

La miró, sonrojada, caliente y desnuda, y deseó ser el único hombre que la viera de aquella forma.

Bajó la cabeza otra vez y la volvió a hundir en la oscuridad, en el calor.

Tras el segundo clímax, Mariah se quedó postrada. No habría creído posible experimentar tanta pasión y sobrevivir.

—Esto ha sido…

No podía pensar. No podía ni moverse. Aunque pareciera increíble, incluso tras aquellas sensaciones, quería más.

—Sólo es el principio —con el cuerpo a punto de estallar, Trace la llevó al sillón—. Voy a tomarte otra vez, Mariah. Hasta que entiendas que soy el único que puede llevarte ahí.

La besó con posesividad.

—Eres el único —respiró ella contra su boca mientras movía los dedos por su cintura—. El único al que podré desear.

La dejó sólo durante el tiempo suficiente para quitarse las botas y los calcetines. Entonces los dos lucharon juntos con sus vaqueros, arrastrándolos con los calzoncillos por las caderas y por las piernas.

Con el corazón latiendo tan fuerte que pensaba que le iba a estallar, Trace se precipitó sobre ella.

Mariah se aferró a sus hombros y le rodeó la cintura con las piernas. Empezaron a moverse juntos, más fuerte, más rápido. Él estaba más allá de la capacidad de pensar.

El grito de Mariah mientras él se descargaba dentro de ella reverberó en Trace como un eco.

Cuando su respiración había vuelto a la normalidad y se le había enfriado el cuerpo, sintió que algo se retorcía dentro de él al ver las oscuras marcas que Mariah tenía en la piel.

—Te he hecho daño.

—No seas tonto —sus labios se curvaron en una sonrisa inconsciente ante tal pensamiento—. Nunca podrías hacerme daño.

Al ver una marca especialmente oscura en la cadera, Trace blasfemó.

Aquel tono no encajaba en absoluto con su sentimiento de satisfacción, por lo que Mariah se obligó a abrir los ojos. Cuando lo vio examinando el moretón con evidente disgusto, suspiró.

Tomándole la cara con las manos, le dedicó una sonrisa cálida y tranquilizadora.

—No me has hecho daño, Trace. En cuanto a los moretones, si quieres que te diga la verdad, lo encuentro bastante excitante.

Apretó sus labios sonrientes contra los de él en un intento de obtener una sonrisa de respuesta, pero sus esfuerzos no funcionaron.

—No es eso.

Su voz era dura y ronca mientras apartaba las manos de su cara y recorría con un dedo las marcas que le rodeaban las muñecas.

—Te conozco, Trace.

Mariah se dio cuenta de que allí pasaba algo más, aunque no alcanzaba a averiguar de qué se trataba.

Trace se puso en pie, apartándola con suavidad. Cuando vio la prenda blanca destrozada se sintió como si alguien le hubiera clavado un cuchillo.

—Te he roto el corpiño.

Mariah seguía sin entender nada.

—¿Y qué? Yo te he roto la camisa, y no estoy dispuesta a pedirte disculpas.

—Te he hecho daño. Te he dejado marcas.

—Cuando tengas la oportunidad, échate un vistazo a la espalda. No podrás enseñársela a nadie durante una semana.

—Eso es distinto —tenía la mandíbula firmemente apretada—. Lo que pretendía con esto, por lo menos cuando empecé, era demostrarte que no habrías podido defenderte de un hombre que intentara atacarte. He visto lo que les ocurre a las mujeres que se meten en relaciones con hombres que les hacen daño.

—En el trabajo.

Una sombra de dolor cruzó sus ojos. Desapareció con tanta rapidez que si Mariah no hubiera estado observándolo fijamente no la habría advertido.

—Sí —dijo en tono neutro y distante—. En el trabajo.

De nuevo, Mariah tuvo la impresión de que había algo más de lo que veía en la superficie. Se recordó que Trace era un hombre muy reservado y decidió no presionarlo. Por el momento.

Pero no podía permitir que se considerase un monstruo cuando en realidad no había ocurrido nada.

—No sé lo qué habrás visto, ni lo terrible que habrá sido, pero no tiene nada que ver contigo y conmigo. Porque tú no eres un hombre de ésos.

Trace levantó una ceja.

—¿Eso crees?

De nuevo se comportaba como un policía, haciendo gala de autodominio. Mariah lo amaba tanto que aceptaba aquello con tanta facilidad como aceptaba sus ojos grises y su precioso cuerpo.

—Te conozco, Trace.

—¿Ah, sí?

—Sé que eres una buena persona. Un hombre amable —insistió, al ver que él estaba a punto de rebatírselo—. Y respecto a lo que ha pasado aquí, yo te deseaba tanto como tú a mí. Ha sido mutuo, Callahan. Y ha sido bueno. Mejor que bueno.

Su mirada se suavizó mientras le tendía una mano que sólo temblaba ligeramente.

—Ahora ¿quieres hacerme el favor de dejar de atormentarte y venir aquí? Hace mucho que nadie me besa.

Hasta aquel momento, Trace había creído que controlaba totalmente su corazón. Mirando aquella exquisita cara y leyendo la emoción sin censurar en aquellos ojos, se dio cuenta de que, de alguna manera, cuando no prestaba atención, se lo había dado a aquella mujer.

Volvió al sillón, se sentó a su lado y bajó la cabeza, pegándola a la de ella.

—De verdad que lo siento.

Ella lo sujetó por el cuello.

—¿Quieres dejar de decir eso y simplemente besarme? —echó la cabeza hacia atrás y sonrió—. ¿O tengo que suplicártelo?

—Nunca.

Decidiendo que sus sentimientos eran demasiado fuertes y demasiado complicados como para considerarlos en aquel momento, cuando ya estaba deseando hacerle el amor de nuevo, Trace inclinó la cabeza y juntó sus labios con los de ella, que los separó incitante, de forma que el beso que había empezado como un ligero rozamiento de labios acabó llenándose de pasión.

—¿Crees que hay suficiente espacio para dos en esa antigua bañera de cobre? —preguntó contra su boca, de forma que sintió la sonrisa que ella le ofrecía.

—Por supuesto.

Más tarde, Mariah estaba sentada en la mesa de la cocina, con la falda de gasa que a él tanto le gustaba y un top elástico color lila. Sabiendo que no podía mandarlo de vuelta a la ciudad medio desnudo, le estaba cosiendo los botones de la camisa mientras él preparaba una tortilla para los dos.

Un sol de mantequilla entraba en la cocina. El canto de los pájaros que entraba por la ventana contrastaba con la música de la radio que tenían encendida.

—Es agradable —murmuró Mariah, pensando en voz alta.

Habían compartido una investigación, la del asesinato de su hermana, y habían compartido pasión. Habían peleado como el perro y el gato y habían hecho el amor como tigres. Ni siquiera en los breves momentos de entendimiento compartido, como el día del entierro de su hermana, en que él se había mostrado tan sorprendentemente amable, no podía recordar ningún momento en que hubieran bajado la guardia el tiempo suficiente para sentirse cómodos el uno con el otro.

Trace tomó la camisa que le tendía.

—Muy amable. Gracias. No me había dado cuenta de que las modernas mujeres de carrera aún hacían cosas como ésta.

—¿Qué pasa, Callahan? ¿No te recuerdo a tu madre?

—Apenas.

Aquella brusca respuesta, cuando se estaban llevando tan bien, la tomó desprevenida. Recordó que tenía que tener paciencia.

—Ya sabes que estoy llena de sorpresas.

Su sonrisa le recordó la del gato de Alicia en el país de las maravillas.

—No te lo discuto.

Trace dividió la tortilla en dos, sacó una tostada del horno, rellenó las tazas de café y se sentó al otro lado de la mesa de pino.

Recordó que aquello era peligroso. Le resultaría demasiado fácil acostumbrarse a aquello, a compartir el desayuno con Mariah por a mañana antes de ir a la oficina y de que ella se pusiera con sus guiones.

Entonces, por la noche, volvería a casa y la encontraría esperándolo. Lo recibiría con una sonrisa y entonces harían el amor, porque a fin de cuentas habían estado esperando un día entero. Entonces cenarían y después ella le leería lo que hubiera escrito durante el día. Cuando terminara, subirían y harían el amor de nuevo.

Trace se dio cuenta de que le había hecho una pregunta.

—Perdona, ¿qué has dicho?

Ella miraba intrigada cómo se le habían suavizado las formas normalmente rígidas de la cara y cómo sus ojos se habían llenado de calor.

—Te he preguntado que qué pensabas. No en el caso, supongo.

Arriba, mientras creaban la marea que estuvo a punto de inundar el cuarto de baño, se había propuesto dejar el caso de lado provisionalmente.

—No. En realidad me estaba preguntando si sabrías cocinar.

Por la llama que veía ardiendo en su mirada perdida, Mariah tuvo el presentimiento de que no había estado pensando precisamente en sus habilidades culinarias, pero decidió, una vez más, no presionarlo.

—De hecho, soy una cocinera de primera.

—¿En serio?

Dio un trago de café y lo miró con un humor reprimido.

—En serio. Aunque no soy Julia Child, he dado clases de cocina italiana, francesa, china e india.

—Estoy impresionado.

—Deberías estarlo. ¿Creías que encargaba la cena todas las noches?

—Supongo que soy culpable de haberte encasillado en un estereotipo. Sólo un poco.

—Más que un poco —le dijo con una sonrisa rápida y más que seductora—. Por suerte para ti, no soy rencorosa.

—Por suerte.

Desvió inconscientemente la mirada de la cara sonriente a la muñeca lastimada.

Al ver su ceño, Mariah acalló la frustración.

—¿Qué pasa?

—No sé de qué me hablas.

La fuerza con que Trace apuñalaba la tortilla indicaba lo contrario.

—Sí que lo sabes —murmuró ella—. No es justo. Tú lo sabes todo sobre mí. Sobre mi relación con Laura. Con mi padre. Con Maggie. Incluso sabes cosas de mi matrimonio. Pero yo no sé nada sobre ti aparte de lo que he leído en tu expediente y lo poco que me has contado sobre tu mujer.

—No todo está en el archivo.

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

—He hecho algunas cosas de las que no estoy orgulloso.

—Bienvenido al club.

Pensando en lo que había oído sobre la tempestuosa juventud de Mariah, y sabiendo que ella daba por supuesto que la suya no podía ser peor. Trace rió sin ningún humor.

—La razón de que no encuentres nada sobre mis coloridas acciones es que los documentos del tribunal están sellados.

—¿Los documentos del tribunal?

Trace decidió que la sorpresa no era fingida.

—Es lo de siempre —dijo con una naturalidad brusca que en absoluto sentía.

Pensaba que ella estaba loca por el sheriff de la ley y el orden, el chico del sombrero blanco, y se preguntaba qué sentiría al enterarse de que había sido detenido por atraco a mano armada y por asalto.

Lo peor era lo mucho que le importaba su reacción.

—Diablos —dijo—. Seguro que lo has escrito docenas de veces. La típica elección que toman algunos jóvenes, cuando les llega el momento de decidir si quieren ser delincuentes o policías.

—Tú escogiste ser policía.

—Eso fue después.

Tomó un trago del café y deseó que fuera algo más fuerte.

Como ya no tenía más hambre, empujó el plato, puso los codos en la mesa y decidió que Mariah tenía razón. Había muy poco que él no supiera sobre ella. Era justo que ella supiera también con quién se acostaba.

—Podría ser una larga historia —advirtió.

Ella se echó hacia atrás, cruzó las piernas y dijo:

—No me voy a ningún sitio.

Mariah pensaba que era sorprendente a medida que Trace le contaba su vida. Aunque habían nacido en ambientes totalmente diferentes, tenían mucho en común.

Los dos habían sido abandonados por su madre a una edad temprana, aunque por desgracia para Trace, la suya volvía una y otra vez para reclamarlo, y Trace nunca supo si tenía arrebatos esporádicos de necesidad maternal o si se trataba simplemente de necesidad material.

Y por muy mal que le hubieran ido las cosas en todos aquellos hospicios, la vida había sido mucho peor con Reba Callahan. Trace contaba la historia en voz baja y monótona, sin emoción, pero, agraciada, o en este caso maldita, con un extremado realismo. Mariah podía ver claramente las borracheras, las palizas, los hombres.

Cuando él le describía lo que había sentido al encontrar a su madre con una terrible paliza en más de una ocasión, el corazón se le encogía por aquel niño enfadado y aterrorizado que no podía proteger a su madre. Ni contra su elección de los hombres ni contra sí misma.

Incapaz de seguir la conversación con la mesa entre ellos, Mariah se levantó y fue a sentarse en sus rodillas.

Le puso la mano en la mejilla y sintió que su músculo se contraía.

—No es lo mismo en absoluto. Lo que ha pasado entre tú y yo.

—Lo sé. Aquí dentro —dijo tocándose la sien—. Pero no es tan fácil.

—Trabajaremos en ello —prometió ella—. Juntos.

Aquellas palabras le llegaron directas al corazón. Se preguntaba que habría hecho él en la vida para merecer una mujer como aquélla.

—Y ¿qué pasa con tu padre? —preguntó ella con calma— ¿Nunca estaba cerca?

—No conocí a mi padre. No creo ni que mi madre supiera quién era.

Mariah consideró que, aunque su padre había sido en el mejor de los casos una dudosa bendición, al menos la había provisto de comodidades físicas. Y, por suerte, había tenido la influencia estabilizadora de Laura. Mientras que Trace no había tenido a nadie.

—Los policías tenemos un dicho para cuando un tipo intenta resistirse a la detención. Lo podemos hacer de la forma fácil. O lo podemos hacer de la forma dura.

Mariah asintió.

—Lo he oído.

—A mí siempre tuvieron que detenerme de la forma dura.

Ella escuchaba con el corazón dolorido mientras él seguía describiendo su agitada adolescencia, cuando se metía en líos constantemente.

—El sistema de justicia juvenil era una broma —le dijo agitando la cabeza—. Poco más que una puerta giratoria. Entonces una noche, por fin me metí en el lío que me llevó a un programa intensivo para reincidentes.

Con lo sorprendente que la historia había sido hasta entonces, Mariah se quedó de piedra al oír que Trace había sido detenido por atraco a mano armada y asalto.

—En realidad no apunté con la pistola a aquel cajero —le aseguró él en seguida—. A decir verdad, ni siquiera sabía que lo estuvieran atracando. Pero estaba en el coche, esperando que Al y Joey robaran aquellas cajas de cerveza, íbamos al dique, a disparar contra las ratas.

Mariah no pudo evitar murmurar:

—Bonita combinación. Alcohol y pistolas.

—Pura dinamita.

El tono de Trace era tan duro como su expresión. Fue entonces cuando Mariah entendió por qué se había preocupado tanto por aquellos adolescentes que lo estaban volviendo loco con lo que ella no había considerado más que tonterías de chicos. Trace, más que nadie, podía entender lo resbaladiza que era la cuesta que llevaba de disparar petardos ilegales a atracar a mano armada.

—El programa era como los de cualquier película que hayas visto sobre bandas.

Mariah se estremeció por la idea.

—Es horrible.

—No tan horrible —sorprendido por lo poco doloroso que le estaba resultando, le besó un hombro desnudo y después el otro—. Estaba tirando mi vida. Necesitaba una llamada que me despertara.

Sus labios eran suaves como plumas. Incluso mientras estaba considerando aquel duro autoanálisis, Mariah se sentía derretir en su regazo.

—Nunca he creído que las cárceles fueran la respuesta.

—Hablas como una auténtica liberal de corazón.

—Eso es —se estaba metiendo con ella, pero sólo en parte—. Un poli y una liberal, ¿quién lo habría pensado?

—La verdad es que sí.

Recorrió con un dedo la parte de arriba del top y la besó. Fue una breve llama que terminó demasiado pronto para los dos.

—Pero en mi caso, los trabajadores sociales liberales se dieron por vencidos. Fue el detective que me detuvo el que estuvo cerca, el que me ayudó a ver mis errores.

—Y por eso te hiciste policía —decidió ella.

—John Gallagher fue parte de la razón. Junto con el descubrimiento de que convertir rocas en gravilla no era precisamente el plan de vida ideal. A los seis meses de estar en el programa, decidí que si iba a gastar mi vida en el sistema de justicia criminal, sería muchísimo más fácil al otro lado de los barrotes.

—Me alegro mucho de que fueras lo suficientemente listo como para hacer esa elección.

Lo besó en la mejilla, y él le rodeó la suya con los dedos, manteniendo su mirada.

—¿No te molesta saber de dónde vengo, quién era?

—Lo que me enfada es que tuvieras una infancia tan dura. Me da pena pensar que no has conocido el amor. Pero todo lo que has vivido, lo bueno y lo malo, es lo que te ha hecho ser como eres, Trace.

Dándose cuenta de que estaba a punto de decirle que él era, por encima de todo, el hombre a quien amaba, Mariah se lo pensó y se detuvo.

—Una buena persona —insistió.

—Me parece recordar que dijiste que era un tipo duro.

—Bueno, ahora que lo dices, a mí también me parece recordarlo —dijo ella, girándose y colocándose sobre sus muslos, apretándose contra él, de forma que sus suaves senos femeninos tocaban el duro pecho masculino—. Pero ya sabes lo que dicen.

Tenía la falda levantada por encima de los esbeltos muslos dorados.

—¿Qué es lo que dicen?

Ella se rió, con una carcajada baja que le llegó directa a la ingle. Trace pensó que si Eva se hubiera reído así, Adán nunca habría llegado a comerse la manzana.

—Que es bueno encontrar un tipo duro.

Tocó con su boca sonriente la de él y, echando la cabeza hacia atrás, la abrió.

—Estás enamorada.

Mariah hizo lo posible por no retorcerse bajo la juiciosa observación de su madre.

—No me había dado cuenta de que se me notaba.

—Pues sí —Maggie sirvió una taza de té a cada una—. Y tengo que decirte, cariño, que apruebo tu elección.

Tomó dos terrones de azúcar y los echó en la taza de Mariah. Siempre preocupada por el peso, Maggie se puso una rodaja de limón.

—¿No es extraño? ¿Cómo funciona el destino? —tensó Maggie en alto—. Tú y yo deseábamos con todas nuestras fuerzas irnos de Arizona, y aquí estamos las dos, descubriendo que la felicidad que ha estado siempre esquivándonos está justo aquí, en nuestro propio jardín.

—Supongo que te refieres a Kevin.

Aunque Mariah había asumido que estaba equivocada, de mala gana había llegado a la conclusión de que aquel actor de Fénix que en un principio había sido contratado para conducir la limusina de Maggie estaba resultando ser bastante más importante para su madre.

También se había sentido más que un poco avergonzada cuando se dio cuenta de que no había entendido bien la situación el día que descubrió a su madre medio desnuda.

Kevin estaba llevándosela a la cama. Pero sola. Después había vaciado las botellas de ginebra en el lavabo. A la mañana siguiente, Maggie había informado a Mariah maravillada, que no sólo no había salido corriendo al ver lo vieja que estaba, sino que se había prometido quedarse con ella el tiempo necesario para ayudarla a atravesar la crisis.

Era la primera vez, que recordara, que Maggie realmente parecía estar en paz consigo misma y con su vida.

Las mejillas de Maggie se colorearon de un atractivo rosa que no tenía nada que ver con el colorete perfectamente aplicado.

—Ya sé que es terriblemente joven y que no tiene mucho dinero. Dios mío, no tiene nada. Pero es bueno para mí, Mariah. Me ha dicho que me ama.

Una semana atrás, Mariah no se lo habría creído ni durante un segundo. Pero una semana atrás tampoco habría creído que iba a volver a su ciudad natal y se iba a enamorar del nuevo sheriff de Whiskey River.

—Felicidades —se dio cuenta de que lo decía en serio—. ¿Qué es lo que sientes por él?

Maggie suspiró.

—Me temo que yo también lo amo.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—¿No te molesta?

—Tu vida es tuya, Maggie. Lo que yo piense no importa. Pero —bordó las palabras con una sonrisa— me alegro mucho por ti.

Los ojos de Maggie se llenaron de lágrimas.

—Tengo que ir a Fénix este fin de semana. A conocer a sus padres. Dios mío, ¿te lo puedes creer? Su padre es el decano de una pequeña universidad de profesiones liberales. Y su madre es profesora de filosofía. Y enseña en un museo de arte indio —tomó un trago de té, intentando calmarse—. ¿Me puedes imaginar sentada en una mesa de cena de domingo con esa gente?

Si la expresión de Maggie no hubiera sido tan nerviosa, Mariah se habría reído ante la idea de que a su madre le tuvieran que pasar revista los padres de su joven novio.

—Estarán emocionados por conocerte. Apuesto a que ya se lo están diciendo a todos sus amigos y vecinos. Cuando Kevin y tú lleguéis a la calle de su casa, seguro que el camino estará lleno de gente deseosa de ver a la famosa Maggie McKenna.

—¿De verdad lo crees?

A Mariah siempre le había sorprendido que su madre, habiendo sido tan conocida en todo el mundo, pudiera tener tan poca confianza en sí misma. Aquello explicaba también cómo su padre se las había arreglado para planear aquella maniobra maquiavélica acerca del fatal accidente. Cualquier otra persona habría insistido en ver el informe policial antes que nada. Pero Maggie, destrozada e insegura, se había creído lo peor.

Mariah le dedicó una sonrisa alentadora.

—Lo sé. Eres una estrella de cine, ¿recuerdas?

—Fui una estrella de cine. En pasado.

—Diles eso a los que trazan las rutas turísticas, que aún llevan gente a tu casa. O a todos los turistas que van a Hollywood sólo para pisar tus huellas delante de Grauman.

Maggie parecía segura sólo en parte.

—Puedo ir a Fénix contigo —sugirió Mariah—, si quieres.

—¿Lo harías? ¿Por mí?

—Lo estaría haciendo por mi madre —dijo Mariah sencillamente.

—Gracias —dijo Maggie con lágrimas en los ojos.

Mientras madre e hija se abrazaban, Mariah sintió que Laura estaba mirando. Y daba su aprobación.

Mariah estaba saliendo del hotel cuando llamó su atención una pareja que entraba. Escondiéndose tras una palmera, vio a Fredericka Palmer y a Alan Fletcher acercarse al ascensor.

El pelo normalmente suave de Fredericka estaba enmarañado, como si hubiera estado al viento, lo cual era imposible, ya que el aire veraniego de aquel día estaba completamente en calma. También tenía las esquinas de la boca manchadas con pintura de labios de un rojo brillante. Cuando entraron en el ascensor, Mariah supuso que no estaban subiendo para discutir precios de inmobiliaria.

Pensó que a lo mejor Freddi había elegido al senador como nuevo marido. O que Alan había pensado que los contactos que la agente inmobiliaria tenía con la rica comunidad financiera de California podrían dar un empuje importante a su campaña presidencial. Y que quizá Heather Martin no había sido la única mujer en la vida de Alan Fletcher.

Mariah recordó que Fredericka había comentado que sólo era una agente inmobiliaria de pueblo. Para una mujer que daba tanta importancia a la imagen, la idea de ser la esposa de un senador debía resultar irresistible.

Mariah sabía que Freddi era miembro del Club de Tiro de Whiskey River. Tenía acceso a las pistolas y sabía usarlas. Podía haber disparado fácilmente contra Laura y Alan. Entonces, para deshacerse del resto de la competencia, podría haber matado a Heather, haciendo que pareciera un accidente.

Pensó que una mujer soltera, sobre todo si vivía en una ciudad peligrosa como Washington, nunca dejaría entrar a un desconocido en su habitación de hotel. Pero sería diferente con una mujer. Sobre todo con una que poseyera un gran talonario de cheques, en el momento en que Heather estaba intentando montar una campaña de recogida de fondos.

Mariah fue corriendo a la cabina de la esquina y llamó a la oficina de Trace, sintiéndose frustrada al ver que no estaba.

—¿Sabes dónde está? —preguntó.

—La verdad es que no —respondió Jill—. Tenía que ir a la cárcel, después al tribunal, después…

—¿No lo puedes buscar? —interrumpió Mariah.

—Esta mañana se le ha roto el transmisor. Han mandado a un reparador desde Flagstaff, pero no ha llegado aún.

Mariah se esforzó por contenerse para no arrancarle la cabeza a la joven secretaria.

—¿Podrías intentar localizarlo?

—Ah —una pausa pensativa—. Supongo que puedo hacer eso.

—Gracias. Y cuando lo encuentres, por favor dile que llame a la habitación de Maggie McKenna.

—Maggie McKenna —respondió Jill despacio, dándole a Mariah la sensación de que lo estaba apuntando—. Está en el hotel, ¿verdad?

—Sí. Escucha, es importante que reciba el mensaje.

—Haré lo que pueda —prometió Jill, lo que no dio a Mariah demasiadas esperanzas por lo que había visto de ella.

Entonces llamó a Maggie, le contó lo de Freddi y Alan y le pidió que diera el recado a Trace. Después, decidiendo que la pareja iba a estar ocupada durante bastante tiempo, salió del hotel, decidida a descubrir la prueba de que Freddi estaba involucrada en la muerte de Laura.

Se detuvo en la droguería Kendall, donde compró un par de guantes quirúrgicos desechables, y con impaciencia tuvo que mirar unas fotos de la nueva nieta de Lillian Kendall, que era ya la octava.

Cuando por fin escapó de la droguería, y mientras conducía por el lago que conducía a la casa que la agente tenía en la costa norte, Mariah recordó que fuera lo que fuera lo que encontrase, nunca podría llevarlo a los tribunales.

—Todo lo que tienes que hacer es encontrar pruebas —dijo en alto—. Seguro que Jessica y Trace serán capaces de idear alguna causa demostrable para conseguir la orden de registro oportuna.

Mariah sabía que lo que estaba a punto de hacer no era sólo inconsciente, sino ilegal. Pero a aquellas alturas no le importaba.

Por suerte, Whiskey River aún era una comunidad pequeña donde la gente no cerraba las casas con llave, y aunque Freddi estaba suficientemente urbanizada para asegurar la puerta delantera, la trasera y la de la cocina, Mariah encontró una ventana abierta en el dormitorio.

La cama fue una revelación. Estaba cubierta con una colcha de seda negra y ocupaba casi toda la habitación.

Mariah se puso los guantes y tocó el colchón de agua, creando una corriente de olas que se reflejó en el espejo del techo.

Había un panel de mandos en la mesilla. Mariah tocó un botón y unas cortinas taparon todas las ventanas. Otro botón atenuaba las luces. Un tercer botón hizo que se abriera una pared forrada de seda, mostrando un cine casero. Una mirada rápida reveló una extensa videoteca llena de películas pornográficas, junto con grabaciones caseras en las que, sin ninguna duda para Mariah, Fredericka era la protagonista.

Era obvio que Freddi no había cambiado desde sus días de animadora, cuando se decía que se había acostado con toda la línea atacante del equipo de fútbol americano de Whiskey River en las gradas después de haber ganado una final.

Mariah abrió un cajón de la mesilla y vio unas esposas, varios juguetes sexuales y un libro de dibujos eróticos chinos. Como el sexo siempre había sido algo rutinario en la vida de Freddi, Mariah decidió que el contenido, aunque fuera tan intrigante como el resto de la habitación, no tenían nada que ver con el asesinato.

Decidió enfocar su atención en la otra cosa que interesaba a la agente: el dinero.

Bajó por el vestíbulo hacia la biblioteca, donde, encima del escritorio, había un proyecto de un agrimensor para un parque recreativo llamado Whispering Pines.

—Así que está planeando otra subdivisión. Bien, bien. Mira qué tenemos aquí.

No se sorprendió tanto como lo habría hecho en otra ocasión al ver que el terreno en cuestión pertenecía antes a su hermana, y ahora le pertenecía a ella. Recordó que la avaricia era un motivo consagrado.

Consideró que el proyecto era un comienzo, pero no era suficiente para culparla. Ni para sacar a Clint de la cárcel.

Recordando lo que le había dicho Trace sobre que tenía que concentrarse en cómo se había cometido un crimen, siguió buscando.

—Lo que tienes que hacer —murmuró, mirando por toda la habitación— es encontrar las malditas pistolas.

Se quedó en el centro de la habitación y lentamente empezó a girar.

Al contrario que la habitación, la biblioteca era un homenaje a los valores tradicionales. Los muebles eran macizos, hechos a mano y cubiertos de cuero rojo sangre. Las paredes de roble estaban barnizadas de un color oscuro. En tres de las cuatro paredes había colgados cuadros británicos de caza. La cuarta estaba cubierta con estanterías que iban del suelo al techo, llenas de clásicos con las tapas de cuero. Los libros le recordaron un guión que había escrito hacía unos años para una película de televisión, que trataba sobre un rico escritor de misterio que había asesinado a su agente. El detective sabía que el escritor lo había hecho, pero no podía encontrar la pistola.

Hasta que la afición del escritor por las primeras ediciones llamó su atención.

—Es demasiado fácil— murmuró Mariah mientras se dirigía a la estantería—. Es el primer sitio en que cualquiera miraría.

Recordándose que no todo el mundo veía la televisión, empezó a sacar libros de las estanterías de caoba.

Pasó un grupo completo de Dickens, Dostoievski y Balzac. Bajando un estante, que la llevó al siglo actual, miró en Hemingway, Faulkner y Tenessee Williams, dejando a Fitzgerald porque sus historias, aunque estaban entre sus favoritas, eran demasiado cortas y los lomos eran demasiado estrechos para su propósito.

Examinó todos los libros uno a uno, desalentándose al llegar al estante de abajo del todo.

—¿Cuándo vas a aprender —murmuró al llegar al Lincoln de Gore Vidal— que la vida no es como la televisión?

En el instante en que sacó el libro de la estantería supo que lo había encontrado. Lo abrió lentamente, sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

La novela estaba vaciada. Habían cortado un rectángulo en las páginas. Dentro del hueco había dos pistolas: una del calibre 25 y otra del 38.

Mientras miraba fijamente al revólver más grande, Mariah supo sin ninguna duda que estaba viendo el arma que había matado a su hermana.

—Parece que hemos dado en el clavo —cerró el libro—. Desde luego espero que te sienten bien las rayas, Freddi.

—Oh, no creo que eso vaya a ser un problema —contestó una voz demasiado conocida.

Apretándose el libro contra el pecho, Mariah se volvió lentamente.

Fredericka Palmer estaba de pie en la entrada de la biblioteca, sin que pareciera en absoluto que acababa de salir de la cama de su amante. Tenía el maquillaje perfectamente arreglado y se había cepillado el pelo.

Los labios perfilados con habilidad formaban una estrecha línea color rubí y sus ojos oscuros eran tan poco reconfortantes como la Beretta con la que apuntaba a Mariah.
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