Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Veintidós

Cinco horas después de ayudar a escapar a su hija, Maggie McKenna recorría nerviosa su suite. Tal vez aquélla fuera a ser la representación más importante de toda su vida.

—Por favor, Maggie —protestó Alan—. Tienes que conseguir dejar de llorar el tiempo suficiente para decirme para qué me has llamado.

—No lo entiendes —gimió la actriz, antes de dejar escapar otro sollozo.

—Por favor, Maggie —se pasó la mano por el pelo con impaciencia—. Respira profundamente —asintió cuando ella hizo lo que le pedía—. Muy bien. Otra vez. Estupendo. Ahora, ¿por qué no empiezas desde el principio?

—El sheriff acaba de llamarme —acertó a decir entre balbuceos—. No te creerás lo que va a hacer.

Alan la sujetó por los hombros, cada vez más impaciente.

—Cálmate, por favor.

La sacudió con fuerza. Maggie se alegró de que Kevin estuviera allí. Ya le resultaría bastante difícil explicar a su maravilloso amante cómo se había hecho las marcas que sin duda le dejarían los dedos de Alan.

—Amenaza con desenterrarla —dijo con voz entrecortada, subiéndola cada vez más, como una soprano que practicara la escala.

Alan palideció.

—Eso es increíble. Y completamente innecesario, puesto que ya tiene al asesino en la cárcel.

—Dice que va a conseguir una orden judicial para exhumar el cadáver —insistió Maggie.

Se llevó la mano al pecho y volvió a respirar profundamente, fingiendo un valiente intento por evitar perder el control.

—Supongo que no cree que Clint sea culpable —dijo después.

—Claro que es culpable —protestó Alan, soltándola—. Necesitamos un abogado para impedir que hagan algo así.

La voz de Alan temblaba. Maggie se preguntó si sería a causa de la cólera o del miedo.

—No conozco a ningún abogado por aquí.

Volvió a convertirse en un mar de lágrimas.

—Llama a Matthew.

—Está fuera.

—¿Dónde?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —su respuesta fue un sollozo—. Por si no lo has notado, mi ex marido y yo no tuvimos una separación demasiado cordial. No se dedica a mantenerme informada sobre sus idas y venidas.

Alan volvió a pasarse la mano por el pelo.

—De acuerdo, no te preocupes. Yo me encargaré de todo. Pero intenta dejar de llorar, por favor.

Alan también era un buen actor, pero Maggie no se creía su representación.

—Pero…

—Callahan no es más que un policía corrupto de pueblo. Lo detendremos.

Maggie tuvo que contener el impulso de darle una patada al oír que lo llamaba policía corrupto. Trace le caía muy bien. Le gustaba mucho la idea de que tuviera una relación con su hija.

—¿Por qué querrá hacer algo así?

—Seguro que quiere que la prensa vuelva a ocuparse del caso. Esos tipos son todos iguales. No pueden resistirse a la tentación de aparecer en las noticias. Es como una droga. Se enganchan y cada vez lo necesitan más a menudo.

Maggie tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo para no decirle que parecía que se estuviera definiendo a sí mismo.

—La idea de exhumar a mi niña es sobrecogedora —dijo Maggie, estremeciéndose.

—No te preocupes. Conseguiré que anulen esa orden —frunció el ceño—. ¿Sabes algo de las pruebas que Mariah dice tener?

—¿Qué pruebas? —preguntó Maggie con inocencia.

—Dice que encontró algo en la casa.

—No sé nada de ninguna prueba.

—Tenemos que averiguarlo. Tal vez sea todo lo que necesitamos para convencer al tribunal para que deniegue la orden.

—Mariah está en el hospital. Anoche tuvo un accidente. Estuvo a punto de matarse.

Alan pareció verdaderamente sorprendido por la noticia. No obstante, seguía estando de acuerdo con su hija en que él había sido quien había organizado el accidente.

—¿Qué tal está?

—El médico dice que se pondrá bien, pero quiere mantenerla en observación. No puede recibir visitas.

—Ya nos ocuparemos de eso —su expresión era determinada—. Tranquilízate. Yo me encargo de todo.

—Gracias, Alan —miró el reloj de pared y se dio cuenta de que tenía que retenerlo—. Hay otra cosa.

Alan Fletcher parecía a punto de estallar.

—Independientemente de lo que Matthew diga de mí, no soy tan cabezota como para no reconocerlo cuando me equivoco. Me doy cuenta de que he sido muy dura contigo, Alan —lo miró con suavidad y ternura—, y no he reparado en la posibilidad de que el asesinato de mi hija ha supuesto un fuerte golpe para ti —le tendió la mano—. Espero que aceptes mis disculpas y mi gratitud por haberme ayudado con este terrible problema.

Alan la miró prolongadamente, pero ni la expresión ni la mano de Maggie vacilaron. Al final, después de lo que pareció una eternidad, Alan tomó su decisión.

—No te preocupes.

—Dios mío —murmuró el senador mientras cerraba la puerta de la suite—. Todas las Swann son completamente imposibles.

Mientras Maggie mantenía a su yerno ocupado, Mariah iba hacia la habitación de Alan cuando un camarero del servicio de habitaciones se cruzó con ella. Llevaba una bandeja con una cafetera, dos tazas y una cesta tapada con un trapo, de la que salía el aroma de los bollos recién horneados. El camarero sonrió, revelando su admiración por el top blanco y la falda corta a juego que Maggie había sacado de su armario.

Mariah maldijo para sus adentros. Esperaba que nadie reparase en ella.

Le devolvió la sonrisa y siguió caminando, pasando junto a la puerta de Alan, consciente de que el camarero se había detenido al otro lado del pasillo, esperando a que le abrieran la puerta.

En cuanto entró en la habitación, Mariah se sacó la llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura. La puerta se abrió.

Una vez dentro, fue a la mesa de despacho y empezó a registrar su cartera, como si esperase encontrar en ella una pistola humeante.

Una hora después, Mariah volvió al rancho en el todoterreno que había alquilado en Payson al salir del hospital. Se sentía frustrada y deprimida. Aunque había registrado a fondo las cosas de Alan, no encontró ni una sola prueba que pudiera vincular al senador con el asesinato de su hermana ni con el ataque que ella había sufrido la noche anterior.

Aturdida, pero dándose cuenta en el fondo de que debía haberlo esperado, se quedó en la puerta, contemplando la destrucción. Alguien había registrado la casa, y no se había tomado la molestia de ocultar el esfuerzo. Los libros estaban fuera de las estanterías, los cajones estaban volcados y hasta habían descolgado los cuadros.

Era vagamente consciente del sonido de un vehículo que se acercaba. De repente reaccionó, y temiendo que fuera la persona que había intentado matarla la noche anterior, con la esperanza de terminar el trabajo, giró en seco. Cuando vio el coche patrulla con el escudo del condado de Mogollon, casi deseó tener que vérselas con el asesino.

Trace salió del vehículo como una exhalación y corrió hacia la casa, furioso.

—¿Qué demonios crees que haces? —bramó.

—¿A qué te refieres?

—No te hagas la inocente conmigo, cariño, después de lo que has hecho esta mañana.

Trace tardó unos segundos en darse cuenta del estado que presentaba el interior de la casa.

—¡Dios mío! —exclamó, sacándose el revólver—. Espera aquí mientras me aseguro de que no hay nadie.

Mariah no puso objeciones. Le parecía una buena idea que el sheriff se ocupara de comprobar que no había moros en la costa.

Unos minutos después volvió al vestíbulo.

—Sea quien sea, no se ha quedado aquí.

—Qué alivio.

Mariah entró en el salón. Pensó satisfecha que aquello era obra de Alan. Resultaba evidente que Maggie y ella estaban tras la pista del verdadero culpable.

—¿Vas a volver a llenar esto de polvos para las huellas?

—No serviría de gran cosa, porque la persona que lo haya hecho llevaba guantes.

—¿Cómo lo sabes?

Trace levantó un espejo que estaba en el suelo. Milagrosamente no se había roto, aunque habían desprendido la parte trasera.

—¿Ves esa marca?

Mariah se acercó. Se notaban unos dedos.

—No hay huellas.

—Muy inteligente. Parece que no eres tan tonta como indica tu reciente conducta. Empezaba a preguntármelo.

Decidiendo que en ocasiones era mejor retirarse a tiempo, y dado que la cólera seguía brillando en los ojos de Trace, decidió no protestar por sus palabras.

—¿Quieres un café? —le preguntó.

—No he venido a tomar un café.

—Ya veo. Parece que has venido a gritarme.

—¡No estoy gritando! —estalló.

Su cara reflejaba un torrente de emociones, que subían a la superficie en forma de furia.

Mientras iba hacia el rancho, Trace intentaba decidir si debía asesinarla personalmente o llevársela al pueblo arrastrándola por los pelos, esposarla a su cama y no soltarla nunca. Al final decidió que ambas cosas se podían considerar abuso de autoridad.

—A mí me parecen gritos.

—Y si estuviera gritando, yo diría que tengo buenas razones.

Estaba sobreactuando y lo sabía, pero no podía olvidar la desesperación que había sentido al ir al hospital y encontrarse con que se había escapado.

Tenía un aspecto duro y peligroso, que recordaba al de un vaquero escapado de una película del oeste, pero Mariah se negó a encogerse bajo su mirada centelleante. Sabía que sería incapaz de hacerle nada.

—¿Te importaría decirme qué he hecho exactamente para enfadarte tanto?

—¿Que qué has hecho? —la miró con una mezcla de furia e incredulidad—. ¿Que qué has hecho? —repitió—. Demasiadas cosas para resumirlas.

Al ver el músculo que se tensaba en su mandíbula, Mariah tuvo la sensación de que no iba a recitarle un poema.

—En primer lugar, anoche te fuiste del hospital a pesar de que el médico te había dicho que quería que te quedaras en observación.

—No hacía ninguna falta. Estoy perfectamente.

—Vaya. Ahora resulta que has estudiado medicina.

—No, pero…

—No me lo digas. Has hecho de médico en la televisión.

—No es necesario que seas tan sarcástico.

—Te fuiste del hospital —repitió con firmeza— sin molestarte en comunicarlo.

—Me daba miedo que Gert se viera obligada a comunicárselo al médico.

—¿Cómo demonios conseguiste evitar a J.D.?

—¿Qué importancia tiene eso?

—Mucha. Y dado que se le ha abierto un expediente por abandonar su puesto, para él también es bastante importante.

Aquello fue lo único que la molestó desde el principio. Cuando Maggie le dijo que el ayudante del sheriff estaba en la puerta de su habitación, Mariah pensó que no tenía más remedio que burlarlo. Lo habría vuelto a hacer, pero aquello no significaba que no se sintiera culpable por haber puesto en peligro la trayectoria profesional de J.D.

—Maggie me ayudó —murmuró.

—¿Maggie? ¿Qué tiene que ver tu madre con esto?

—Me trajo la ropa —explicó—. Después, cuando me vestí, fingió que estaba mareada y pidió a J.D. que le llevara un vaso del agua.

—Y fue entonces cuando escapaste.

—Yo no diría eso.

—¿Ah, no? ¿Cómo llamarías entonces a lo que hiciste?

Trace seguía sin aceptar la idea de que Mariah podía haber estado en peligro de nuevo, y él no habría podido protegerla. La sujetó por los brazos, exasperado.

—¿Tienes idea de cómo me sentí cuando volví al hospital y descubrí que habías desaparecido? —le bajó las manos por los brazos—. ¿Sabes todo lo que llegué a pensar?

Desgraciadamente, aquello no se le había pasado por la cabeza.

—Dicho así, supongo que tengo que reconocer que tal vez fui un poco impulsiva.

—¿Tal vez? ¿Cómo que tal vez? Pero eso es sólo el principio. ¿Qué hay de tu conducta delictiva?

—Si lo dices porque no he pagado la factura del hospital…

—Me refiero a tu allanamiento de la habitación de Alan Fletcher.

Mariah se preguntó cómo podría haberse enterado, pero decidió que en aquel momento era lo de menos.

—Sí que viajan deprisa las noticias.

Trace contuvo la cólera a duras penas.

—La próxima vez que decidas registrar el cajón de la ropa interior de un hombre, te recomiendo que te fijes en la forma que tiene de doblarla.

Mariah maldijo a Alan Fletcher. Nadie habría sospechado que una persona podría reparar en una estupidez como aquélla. Había tardado muchísimo tiempo en registrar sus cosas por culpa de su pulcritud, pero creía haberlo dejado todo como estaba.

—¿Te ha llamado?

—Nada más salir de la habitación de Maggie, que al parecer ha tenido un día tan ocupado como su hija. ¡Por favor, Mariah! ¿Qué clase de guionista policíaca eres? ¿No has oído hablar nunca de la doctrina de la fruta del árbol venenoso?

—Claro que sí. Las pruebas recopiladas por un agente en un acto ilícito no se aceptan en el tribunal.

—Un acto ilícito como un allanamiento con registro —intervino Trace.

—No se aceptan —continuó Mariah, sin hacer caso a la interrupción de Trace— porque, dado que las pruebas pueden estar manipuladas, no son fiables.

—Muy bien. Así que me gustaría saber qué harías si encontraras algo que involucrara a Fletcher.

—Te lo contaría, por supuesto —respondió rápidamente.

Trace contestó con una maldición.

—De verdad te lo contaría —insistió—. Además, si quieres ser verdaderamente técnico, la teoría del árbol venenoso no es aplicable porque yo no soy agente de policía.

La expresión de Trace le indicó que no estaba demasiado impresionado por su aclaración.

—Por favor, ahórrame las explicaciones técnicas. Fletcher quiere denunciarte.

—¿A eso has venido, sheriff? —lo miró con hielo en los ojos—. ¿A detenerme?

—No me tientes.

Trace se preguntó si estaría retándolo de forma deliberada. No estaba acostumbrado a sentirse tan frustrado. Era policía. Sheriff. Los civiles no solían tomárselo a la ligera.

—He venido a preguntarte qué demonios crees que haces al intervenir en la investigación de un homicidio.

—Sólo intentaba encontrar pruebas de la culpabilidad de Alan. Alguien tiene que nacerlo, ya que…

Al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir, cerró la boca.

—¿Ya que yo no lo hago? —preguntó en el peligroso tono suave que Mariah había aprendido a respetar.

Se soltó, giró y caminó hacia la ventana para perder la vista en el paisaje. Lo que había estado a punto de insinuar era injusto.

—No era eso lo que iba a decir.

—¿De verdad? —las palabras que Mariah no había llegado a pronunciar le encogieron el corazón, y no estaba dispuesto a dejar el tema tan fácilmente—. ¿Recuerdas que el primer día te dije que la resolución del asesinato de tu hermana era mi misión?

Había cruzado la habitación sin hacer ningún sonido, y estaba justo detrás de ella. Hablaba con suavidad, pero su enfado era evidente.

—Algo recuerdo.

Trace la sujetó por los hombros y la volvió para mirarla.

—¿Recuerdas también que te advertí que si interferías en mi investigación, si sacabas conclusiones precipitadas sobre los motivos que tuviera para hacer las cosas, o si te atrevías a cuestionar mi integridad, te metería en una celda por obstrucción de la justicia?

Le hundió los dedos en la cabeza. Su tono suave le secaba la boca.

—Me suena de algo —respondió con un fingido tono de seguridad—. Creo que también dijiste que tirarías la llave al río.

—Cada vez estoy más convencido de que debí hacerlo hace mucho tiempo. Supongamos que Fletcher es culpable.

—Lo es —insistió, desafiante.

—Cállate. En caso de que el senador resultara ser culpable —dijo entre dientes—, ¿qué habrías hecho si hubiera vuelto y te hubiera encontrado registrando su habitación?

—Eso no podía ocurrir. Maggie me habría llamado si se marchaba antes de tiempo.

—¿Y si no lo hubiera hecho? Recuerda que tu madre no es demasiado fiable.

—Habría manejado la situación.

Trace la miró con incredulidad.

—Lo habría conseguido —insistió—. Para tu información, hice un curso de defensa personal. No podría haberme hecho daño.

Trace pasó la mano lentamente por su hombro desnudo y bajó hasta el inicio de su pecho.

—No parece que lleves un chaleco antibalas. ¿Y si hubiera sacado una pistola?

Cuando rozó su seno con la palma de la mano, Mariah sintió que el deseo crecía en su interior.

—No habría pasado nada —insistió con una voz que no resultó tan fuerte como pretendía.

—¿No? ¿Qué habrías hecho por evitarlo? —hundió la mano entre sus muslos—. ¿Qué habrías hecho para que no te atacara? Dime qué te enseñaron los instructores del gimnasio femenino de Beverly Hills sobre la forma de evitar que un hombre obtenga lo que quiere de ti.

Cuando apoyó la mano contra su sexo, Mariah se esforzó por recordar las diversas tácticas que había aprendido.

Se aseguró que podía hacerlo. A fin de cuentas, había pagado trescientos cincuenta dólares y había pasado una hora todos los miércoles, durante seis semanas, aprendiendo defensa personal.

Dado que llevaba sandalias, no podía hundirle el tacón en el pie. Tampoco lo podía golpear en los ojos con las llaves, porque las tenía en el bolso.

Pero había una cosa, copiada de una popular comedia, que había funcionado bastante bien cuando lo intentó en la clase.

El instructor les había advertido que podía ser arriesgado, pero también había dicho que en las ocasiones desesperadas había que recurrir a remedios desesperados.

Mariah respiró profundamente, gritó con todas sus fuerzas y se abalanzó sobre él.

Unos segundos después, cuando estaba tumbada de espaldas en la alfombra, con Trace sonriente encima de ella, consideró la posibilidad de exigir que le devolvieran el dinero.
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