Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Tres

Trace llegó al hospital de la calle Ponderosa en el momento en que el técnico que había pedido al departamento estatal entraba en el aparcamiento.

Tuvieron que esperar mientras el médico de guardia examinaba detenidamente al senador herido. Después del examen le hizo varias radiografías. Alan Fletcher permaneció consciente y lúcido durante todo el proceso.

—La herida no supone ningún peligro —explicó el médico a Trace—, pero tengo que extraerle la bala y operarlo, porque ha dañado algunos órganos internos —frunció el ceño—. Las balas de pequeño calibre tienden a rebotar dentro del cuerpo.

—Suena como si estuviera acostumbrado.

—Trabajé en un hospital de Oakland durante ocho años —sacudió la cabeza—. Creía que había dejado eso atrás cuando vine aquí.

—Bienvenido al club —dijo Trace con sequedad.

—Volviendo al senador, no podré saber cuál es su estado hasta que opere. Y tengo que limpiar la herida para evitar una peritonitis.

—Ya me conozco el procedimiento —miró al senador, al que atendía con solicitud una atractiva enfermera—. Pero ya que su estado no es crítico, necesito hacerle la prueba de residuos antes de que entre en quirófano.

—Por supuesto —dijo el médico, que también se conocía el procedimiento.

Pero Alan Fletcher no sabía de qué hablaban.

—¿Qué pruebas quieren hacerme?

—No se lo tome como nada personal —dijo Trace, acostumbrado a dar aquellas explicaciones—, pero es obligatorio buscar restos de pólvora en las manos de las personas que han estado presentes en un tiroteo.

—¿Es obligatorio molestar a las víctimas?

—Hay que investigar a toda la gente que ha tenido algo que ver en un delito. En cuanto lo hayamos eliminado como sospechoso podremos dedicarnos de lleno a buscar a los verdaderos culpables.

—Bueno, ya que lo pone así… —varias gotas de sudor empañaron su frente—. Adelante. Haga lo que tiene que hacer.

—Muchas gracias, senador —dijo Trace con educación.

Miró al técnico del laboratorio, que abría su maletín e impregnaba un algodón en una solución diluida de ácido nítrico para luego pasarlo por las manos del senador, concentrándose en la palma y en el espacio comprendido entre el pulgar y el índice. El anillo de bodas de Fletcher brillaba bajo la lámpara.

Después de terminar, el técnico quitó el plástico protector a un papel, lo apretó contra sus manos y guardó las muestras en un sobre para pruebas.

—Muchas gracias, senador —dijo Trace cuando terminaron.

A continuación le pidió que firmara el formulario de consentimiento para las pruebas. Aquel caso era demasiado importante, y no se podían saltar ningún trámite.

—¿Ha recordado algo más sobre su atacante? —continuó—. ¿El peso, la estatura, la ropa?

Fletcher negó con la cabeza e hizo una mueca, como si el gesto le resultara doloroso.

—Lo siento.

—No se preocupe. Tal vez recuerde después de la operación, cuando se sienta mejor.

—¿Usted cree? —preguntó el senador, entre esperanzado y dudoso.

—Desde luego. Pasa con mucha frecuencia —respondió Trace sin mucha sinceridad, ya que lo más frecuente era que el tiempo nublara el recuerdo—. Nos mantendremos en contacto.

Pronunció la última frase con un tono que podía esconder tanto una promesa como una amenaza.

Mientras miraba a Alan Fletcher, al que llevaban al quirófano, Trace pensó que durante los largos treinta minutos que el senador había pasado en urgencias no había vuelto a preguntar por su esposa.

Recordó su propia experiencia después del tiroteo que había terminado con su carrera y casi con su vida. Recordaba que se sentía furioso por el hecho de que los enfermeros no estuvieran atendiendo a Danny. Su preocupación por su compañero era tal que no se había molestado por sus heridas hasta mucho después.

Daniel Murphy había sido su compañero durante cinco años. Durante aquel tiempo habían llegado a ser como hermanos. Pero, a pesar de que sabían todo lo que podían saber el uno del otro, sus lazos no eran tan íntimos como los de un matrimonio.

Trace llevaba diez años divorciado. Pero incluso durante el último año de su matrimonio, cuando su casa era como un campo de batalla, si a Ellen le hubiera pasado algo, sobre todo si un intruso la hubiera disparado en la cabeza, nadie habría conseguido impedirle estar a su lado.

—Son formas de ser distintas —murmuró mientras caminaba hacia la enfermería.

No podía descartar la posibilidad de que la falta de curiosidad que había demostrado el senador con respecto al estado de su esposa indicara que era culpable.

Preocupado por la relevancia política de las víctimas, llamó a Ben Loftin a su casa y le ordenó que fuera al hospital para montar guardia a la puerta de la habitación del senador.

Cuando volvió al rancho vio que J.D. había seguido sus instrucciones. La zona del asesinato estaba sellada con cinta amarilla de policía. La unidad de técnicos había llegado.

Como investigador principal, Trace era el encargado de supervisar el meticuloso registro de las instalaciones. Recordando el viejo dicho que afirmaba que una víctima sólo podía ser asesinada una vez, pero la escena de un crimen podía ser asesinada de muchas formas, dirigió la operación de forma lenta y metódica. Había presenciado en muchas ocasiones cómo la velocidad tenía como consecuencia la destrucción de importantes pruebas.

Sin una descripción detallada de los intrusos, cualquier persona que hubiera sido vista por la zona aquella noche era sospechosa. Los alcaldes de las comunidades vecinas de Pine, Payson y Strawberry habían ofrecido policías adicionales para investigar las carreteras secundarias, y el sheriff del condado de Coconino también se había prestado a ayudar.

Gracias al apoyo recibido, Trace pudo quedarse en la casa con los técnicos del laboratorio. Contempló al fotógrafo mientras sacaba instantáneas con la cámara y después grababa la escena en vídeo.

Ansioso por ayudar, J.D. se había puesto unos guantes de cirujano y estaba a cuatro patas, buscando fibras en la alfombra del dormitorio.

—Tenemos que ponernos en contacto con Matthew Swann antes de que oiga la noticia por la radio —comentó Trace.

—Ya se ha encargado de eso Cora Mae —respondió J.D.—. El ama de llaves dice que está en Santa Fe. Ha ido a un congreso, o algo parecido.

—¿Tiene el nombre del hotel?

—Sí. Cora Mae ha llamado, pero el telefonista le ha dicho que Swann tuvo una discusión relacionada con el servicio de habitaciones y se marchó de allí.

El ayudante extrajo alegremente un hilo azul de la alfombra, lo metió en una bolsa de plástico y lo etiquetó cuidadosamente. Trace observó la acción divertido, pensando que el primer homicidio no se olvida nunca. Esperaba que aquél fuera el último de J.D. durante mucho tiempo.

—No sabían a qué hotel se ha ido —prosiguió—, pero Cora Mae está intentando localizarlo.

Trace no dudaba que fuera a conseguirlo. Aquella mujer tenía la lengua afilada como una cuchilla, juraba como un camionero y custodiaba sus preciosos registros como si fueran el Santo Grial.

Pero su eficiencia era notable. También preparaba el mejor café al oeste del río Pecos y podía ganar al póquer a cualquiera.

Pensando que podía tratarse de un delito sexual y no sólo de un asesinato, Trace examinó cuidadosamente las prendas de lencería del suelo, para ver si las braguitas parecían haber sido arrancadas a la víctima.

—¡Dios mío! —dijo levantando una prenda tan transparente que podía ver su mano a través de la seda.

J.D. miró y no pudo contener una sonrisa.

—Es un body. El día de San Valentín compré a Jill uno rojo. Le gustó mucho —su sonrisa se ensanchó—. A mí me gustó más aún.

—Estoy seguro.

Trace se preguntó por qué, si a la mujer del senador le gustaban tanto las prendas provocativas, se había metido desnuda en la cama. Recordó que Fletcher había dicho que no quería despertarla y pensó que tal vez no se había tomado la molestia de ponerse algo seductor si sabía que iba a dormir sola.

Ellen siempre se metía en la cama con una camiseta enorme. Trace pensó que si llevara ropa interior como aquélla tal vez seguirían casados.

Aunque era probable que no. El sexo nunca había sido su problema, por lo menos al principio. Cuando al final rompieron, a ninguno de los dos le apetecía demasiado acostarse con el otro.

—¿De verdad entraste en una tienda llena de gente, donde cualquiera podía verte, y compraste algo así? —preguntó a J.D.

Había tardado siete meses de matrimonio en atreverse a comprar una caja de tampones para su mujer. Por segunda vez en el día, se sintió viejo.

—La verdad es que lo pedí por catálogo —reconoció.

Decidiendo que le encantaría ver el catálogo de J.D., Trace dejó a un lado la ropa interior y encontró las cartas, atadas con una cinta de raso azul.

Supuso que serían cartas de amor. De modo que la mujer era una romántica. Debió imaginarlo al ver su ropa interior y la novela que tenía en la mesilla de noche. Lo que empezaba a encontrar interesante era que la escritura de los sobres no se parecía a la que se encontraba en el libro de citas de Alan Fletcher.

Sacó una carta con sumo cuidado y le dio la vuelta. Estaba firmada simplemente con una C.

El matasellos de uno de los sobres era de Whiskey River. La carta se había enviado algo más de una semana atrás, lo que añadía un cariz interesante al asesinato. Aunque Trace nunca había perdido demasiado tiempo preguntándose por qué se cometía un asesinato, ya que la gente tendía a matarse entre sí por los motivos más ridículos, el sexo era un motivo tan importante como la avaricia.

A menudo más importante.

—¿Dónde demonios está el forense? —preguntó impaciente.

Lo habían llamado más de una hora atrás.

—¿Me busca alguien? —preguntó una voz desde la puerta.

—Ya era hora de que llegaras.

—¿A qué vienen las prisas? —preguntó el doctor Stanley Potter—. Tengo la impresión de que esta mujer no se va a ir a ningún sitio.

Rió de su propio chiste. Trace tuvo que hacer un esfuerzo, pero se recordó que en el condado de Cook, antes de retirarse al campo, Potter había efectuado más de mil quinientas autopsias y había presenciado muchas más. También había servido de gran utilidad en innumerables casos, demostrando ser un valioso miembro del equipo de investigación.

—Mírala de una vez para que podamos sacarla de aquí.

El médico empezó por tomarle el pulso, y después le aplicó un termómetro.

—En efecto, está muerta. Treinta y cuatro grados.

—Así que el asesinato se cometió entre las dos y las tres de la mañana —calculó Trace.

El tiempo exacto que tardaba un cuerpo en enfriarse dependía del ambiente, pero lo normal era perder algo menos de un grado por hora.

—No es un mal cálculo —convino el forense.

Le examinó las manos ante la, atenta mirada de los dos policías. Tenía las uñas sin pintar.

—No hay restos de piel ni indicios de lucha —concluyó.

—Eso puede significar que la sorprendieron —comentó J.D.

—También puede significar que conocía al asesino —dijo Trace.

Después de que el médico terminara su examen inicial, Trace se quedó mirando cómo envolvían el cadáver en una sábana blanca, lo metían en una gruesa bolsa, lo colocaban sobre una camilla y lo bajaban. A continuación lo introdujeron en la ambulancia. Cuando por fin se llevaron el cuerpo de la escena, Trace se permitió un momentáneo sentimiento de frustración ante la forma en que una vida podía truncarse.

Después se sacudió la incómoda sensación y se volvió, con intención de volver a la casa, cuando oyó que una voz lo llamaba por su nombre.

—¡Sheriff Callahan!

Miró al hombre que corría hacia él, saltando la barrera de cinta amarilla. Rudy Chávez era el único reportero del Rim Rock Weekly Record. El joven periodista le recordaba a Jimmy Olson. Rociado con litros de colonia, resultaba difícil estar a su lado. Los periodistas no eran las personas favoritas de Trace Callahan. Los consideraba parecidos a los buitres, pero por debajo de éstos en la escala evolutiva.

—He captado las emisiones de radio —dijo orgulloso, sacando un bolígrafo y una libreta—. ¿Es verdad que han pegado un tiro al senador?

Consciente de que no podría evitar que aquel caso saliera a la luz, Trace respondió:

—A mediodía celebraré una rueda de prensa en mi despacho. Ahí te podrás enterar de lo ocurrido.

—Pero aún faltan seis horas.

—Vaya, veo que sabes hacer cálculos —dijo fingiendo admiración—. Felicidades. J.D., acompaña al señor Chávez a su coche.

—No me podéis expulsar de la propiedad —protestó el periodista.

—¿Tú crees? —preguntó Trace en tono gélido.

—Vamos, Rudy —dijo el ayudante del sheriff, que había trabajado con él lo suficiente para saber cuándo no le debía llevar la contraria—. Sabes que no puedes interferir en la escena de un crimen.

—¿Así que ha habido un asesinato?

—Yo no he dicho eso —el ayudante se enrojeció—. Lárgate y no nos causes más problemas.

—Sólo estoy haciendo mi trabajo.

—Y yo el mío —espetó J.D.

Aquél era el día más emocionante de su vida, y no quería desperdiciar un solo minuto discutiendo.

—¿No has oído hablar nunca de la libertad de prensa? —insistió Rudy.

—Si no sales de aquí ahora mismo te arrestaré por dificultar una investigación policial —le dijo el joven ayudante, empezando a hartarse.

Pero Rudy parecía dispuesto a seguir molestando. Miró a Trace, que los contemplaba fijamente, y volvió a concentrarse en J.D. Empezaba a volverse para marcharse cuando otro coche entró por el camino.

—¡Que me aspen! —dijo el reportero al reconocer a la conductora.

Recuperando la fe en su suerte, Rudy Chávez corrió hacia el embarrado todoterreno rojo.

J.D. se quedó mirando mientras se abría la puerta del conductor, revelando un par de largas piernas envueltas en unos vaqueros negros ajustados y un par de botas. Las piernas fueron seguidas por un cuerpo de mujer, esbelto pero con bastantes curvas en los sitios adecuados. Su pelo, con mechas rubias, caía en suaves ondas por sus hombros. Tenía los ojos ocultos tras unas enormes gafas de sol.

Mientras la mujer caminaba hacia ellos con paso decidido, J.D. recordó cómo de joven, a pesar de que muchos residentes de Whiskey River se sentían indignados por la conducta de Mariah Swann, él estaba secretamente enamorado de la fogosa joven que había sido su canguro antes de fugarse a Hollywood, como su madre.

Durante la adolescencia corría a casa nada más salir del instituto para mirar sus escenas de amor en Todos nuestros mañanas, y fantaseaba imaginando que era él el hombre al que abrazaba la mujer a la que conocía toda la población como «la zorra de Whiskey River».

—¿Quién es ésa?

La profunda voz de Trace, a sus espaldas, hizo saltar a J.D. Lo sacaba de quicio que, a pesar de su tamaño, pudiera caminar sin ser oído.

—Alguien que nos va a traer problemas —respondió, recordando algunas de las salidas de tono más famosas de Mariah—. Muchos problemas.

Mariah se sobresaltó al ver la actividad que bullía en el rancho. Maldijo al ver la inconfundible cinta de plástico amarillo. Hacía un mes habían robado en su casa de la playa.

Se apeó del coche y se dirigió a los dos hombres que estaban en el camino. Uno de ellos era de estatura mediana, con las típicas caderas estrechas de los vaqueros con los que Mariah se había criado. Llevaba un sombrero de ala ancha, y el uniforme caqui de la oficina del sheriff. Tenía una estrella plateada en la camisa.

El otro hombre parecía un jugador de rugby. Calculó que debía medir más de un metro noventa. Llevaba una camisa de franela y unos vaqueros, y le recordaba a Paul Bunyan. Irradiaba una autoridad inconfundible.

Dirigió su pregunta al mayor de los dos hombres.

—¿Qué pasa aquí?

—Buenos días —dijo Trace, llevándose la mano al sombrero negro—. ¿Puedo preguntarle quién es usted?

A pesar de que la saludó con mucha cortesía, Mariah supo de forma instintiva que aquel hombre podría ser un buen oponente para su autoritario padre. Su mandíbula firme indicaba una naturaleza igualmente dominante. Se dio cuenta de que no había respondido a su pregunta.

Negándose a dejarse intimidar, se detuvo tan cerca de él que las punteras de sus botas se rozaron, pero se dio cuenta de su error cuando tuvo que subir la cabeza para mirarlo a la cara.

—Soy Mariah Swann. ¿Quién es usted?

—El sheriff Trace Callahan —respondió tendiéndole la mano.

—¿Sheriff? —levantó una ceja, extrañada, mientras le tendía la mano—. ¿Qué ha sido de Walter Amos?

—Se retiró hace seis meses. Lo último que oí de él es que se dedicaba a jugar al golf en Sun City. Éste es mi ayudante, Brown.

Mariah abrió la boca, extrañada.

—¿J.D.? —se subió las gafas de sol y lo miró detenidamente—. ¿De verdad eres tú?

Trace miró divertido al joven, que se sonrojaba.

—Sí, soy yo —murmuró.

—Vaya, ya te has hecho mayor.

A diferencia de muchas otras actrices, a Mariah nunca le había importado reconocer sus cumpleaños, sobre todo ahora que había dejado de actuar para dedicarse a escribir guiones televisivos. Ahora no vivía de su aspecto, sino de su talento.

Pero al ver al muchacho al que había cuidado tantos años atrás, vestido de ayudante de sheriff, se dio cuenta del tiempo que había transcurrido desde que se marchó de Whiskey River en el descapotable azul de su hermana.

—Acabo de diplomarme en criminología —dijo orgulloso.

—Criminología —repitió sorprendida de encontrarse ante el niño que a los cinco años parecía destinado a convertirse en un delincuente juvenil—. Tus padres deben estar orgullosos.

J.D. murmuró entre dientes algo ininteligible, mientras Trace lo observaba divertido.

—Bueno —dijo Mariah cruzándose de brazos—. ¿Quién va a contarme qué está ocurriendo aquí.

—Ha habido un tiroteo —respondió Trace.

—¿Un tiroteo? —Mariah se esforzó por comprenderlo, como si de repente se hubiera puesto a hablar en otro idioma—. ¿No ha sido un robo?

—Es Laura —dijo J.D. cohibido.

—¿Laura? —Mariah parpadeó y miró a Trace—. ¿Mi hermana ha disparado contra alguien?

La idea le parecía inconcebible. Laura era la persona más pacífica que había conocido en su vida. Ni siquiera era capaz de pisar una araña.

—Me temo que ha sido su hermana la que ha recibido el disparo —dijo Trace en voz baja, observándola detenidamente.

Mariah decidió que debía estar soñando. De un momento a otro se encontraría en la habitación del motel, con el paisaje marino mal pintado y la televisión empotrada.

Volvió a parpadear y sacudió la cabeza, intentando despertarse.

Trace se dio cuenta de que la confusión de sus ojos color turquesa cedía el paso al miedo.

—Siento tener que decirle esto, señorita Swann —se quitó el sombrero—, pero su hermana ha muerto.

—Ha muerto —repitió Mariah, aturdida.

Trace pensó que aún no había captado el significado de las palabras. Sabía que en ocasiones a la gente le costaba unos segundos encajar un golpe. Mariah se volvió para mirar el todoterreno, y después contempló la carretera que acababa de recorrer. Trace casi podía ver los engranajes dentro de su cerebro, y sabía que debía estar pensando en la ambulancia con la que sin duda se habría cruzado.

—Oh, Dios mío.

Un gemido inarticulado escapó de sus labios. Después se desvaneció.

Trace la sujetó por los brazos y la llevó a un banco que había en el jardín.

—Líbrate de Chávez —dijo a J.D. al ver que el reportero, que se había quedado a mirar lo que ocurría, se dirigía hacia ellos—. Después vuelve a la casa y echa una mano a los del laboratorio.

—Ahora mismo.

J.D. volvió a mirar a Mariah, preocupado. A continuación se enderezó y se dirigió hacia Rudy Chávez con un paso que habría hecho palidecer a John Wayne.

—Ponga la cabeza entre las rodillas —dijo Trace a Mariah—. Eso la ayudará.

Mariah lo apartó bruscamente.

—¿Que me ayudará? —rió con amargura—. ¿Y quién ayudará a Laura?

Aquella pregunta no necesitaba respuesta, pero Trace contestó de todas formas.

—Para su hermana ya es demasiado tarde.

—Demasiado tarde —apretó las manos hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Fue el maldito río.

—¿El río?

—Estaba desbordado. Alguien puso una estúpida barrera en la carretera y me daba miedo cruzar a oscuras.

Dejó caer los brazos y se colocó la cabeza entre las rodillas, no para evitar desmayarse, sino porque el dolor que sentía era demasiado intenso.

—He pasado la noche en Campo Verde —continuó—. ¿Cuándo la mataron?

Trace sabía a dónde quería llegar con aquella pregunta. También sabía que resultaba peligroso hacer conjeturas sobre lo que habría ocurrido si las circunstancias hubieran sido distintas.

—Aún no lo sabemos exactamente.

—Pero tendrán una idea aproximada.

—Según el forense, debió ocurrir entre las dos y las tres.

—¿De la madrugada?

—Sí.

—Si hubiera llegado a tiempo, aún estaría viva.

Trace reconoció la expresión de su mirada. Estaba muy familiarizado con ella. Culpabilidad. Algo hizo que deseara sujetar suavemente sus manos y abrazarla hasta convencerla de que no tenía sentido que pensara aquello. Se sentó a su lado.

—No puede saberlo —dijo intentando tranquilizarla.

—Le dije que estaría aquí a media noche. Si hubiera…

—Los intrusos también podrían haberla matado a usted.

—¿Intrusos? —lo miró sorprendida.

—Parece que su hermana se despertó cuando estaban robando en la casa.

—¿Ladrones? —se mordió el labio—. Entonces ¿no ha sido Alan quien la ha matado?

—¿Por qué cree que el senador podría matar a su mujer? —preguntó Trace esforzándose por emplear un tono neutro.

—Porque Alan Fletcher es un canalla que sólo se casó con mi hermana por su dinero y por sus conexiones políticas.

Había recuperado el color, y sus ojos se habían aclarado. Trace vio que se enderezaba y supo que no se iba a desmayar.

—Si eso es cierto, lo lógico sería que quisiera mantenerla con vida.

—No necesariamente.

Abrió el bolso para sacar su paquete de cigarrillos y su cabeza empezó a despejarse. Al fin era capaz de volver a pensar con claridad.

Sabía que aún tendría que enfrentarse al dolor. Una enorme cantidad de dolor y arrepentimientos. Pero en aquel momento le resultaba más fácil concentrarse en el asesinato como si se tratara de un guión que estuviera escribiendo.

—Ya que dudo que Laura obligase a Alan a firmar un acuerdo prenupcial —continuó Mariah—, él sería el primero en heredar su dinero, por no mencionar el considerable fondo fiduciario. Y este rancho. En lo relativo al apoyo político, nuestro padre eligió a ese ambicioso bastardo para que fuera su yerno. Matthew Swann no le retiraría su apoyo por nada del mundo. Lo adora.

Se llevó el cigarrillo a los labios y se dio cuenta de que le temblaban tanto las manos que no podía encenderlo.

Trace se dio cuenta de que su cólera parecía dividirse por igual entre su padre y su cuñado. Estaba furiosa y no se tomaba la molestia de ocultarlo.

Mientras le daba fuego, Trace se dio cuenta de que no había preguntado aún por el senador.

—Su cuñado también ha recibido un disparo —le dijo.

—¿Ha muerto?

—No. Lo están operando, pero el médico ha dicho que no corre peligro.

—Es una pena —aspiró una bocanada de humo y sacudió la cabeza—. Probablemente esto le hará ganar cincuenta mil votos más en las próximas elecciones. ¿Se lo ha dicho alguien a mi padre?

De repente se dio cuenta, sorprendida, de que no estaba allí, intentando controlarlo todo.

—Estamos intentando localizarlo, pero parece que está en Nuevo México. Nadie parece saber dónde encontrar a su madre.

—Probablemente porque se marchó de aquí cuando yo tenía cinco años.

—Lo siento.

Mariah se encogió de hombros y expulsó el humo. Le dolía la garganta a causa de lo que había fumado durante la noche. Tendría que dejarlo.

—No hace falta que pida disculpas.

Volvió a mirar a la casa, como si tuviera la esperanza de ver a su hermana en una ventana.

Trace recordó que cuando por fin salió del hospital fue en taxi al garaje de la policía y se sentó en su coche patrulla, imaginando que Danny estaba a su lado.

En aquel momento se sintió ridículo, y esperaba que ninguno de los otros detectives lo descubriera allí. No lo vieron, y durante un momento, se sintió algo mejor. Bien no, pero algo mejor.

—Mi madre vive en Bel Air —explicó Mariah—. La veo bastante a menudo —puesto que Trace no parecía saberlo, decidió que debería decírselo—. Es Margaret McKenna.

Observó complacida que Trace ocultaba su sorpresa. Entrecerró los ojos y se quedó pensativo.

Margaret McKenna había sido una estrella de Hollywood. Su aire de mujer fatal y fría era imitado con tanta frecuencia como falta de éxito. Trace decidió que Kathleen Turner se había acercado bastante en Fuego en el cuerpo.

Tenía una voz grave, aterciopelada, que podía poner de punta los nervios de cualquier hombre. Y cuando sus enormes ojos de color verde esmeralda miraban desde la pantalla cautivaba a todo el público. Por añadidura, también era una buena actriz.

—Ahora que lo comenta, veo el parecido.

Estaba en la forma de mirar fijamente, en los pómulos marcados y en la barbilla. Pero sobre todo se trataba de su actitud.

—La verdad es que Laura se parece más a nuestra madre.

A Trace no le pasó inadvertido su uso del presente. Era difícil acostumbrarse a la muerte, y más aún cuando resultaba inesperada.

Dándose cuenta de lo que había dicho, Mariah suspiró y apagó el cigarrillo.

Trace decidió dejar de ser un espectador preocupado y volver a asumir su papel de policía.

—Mire, no sé cuánto tiempo tardaremos en localizar a su padre, y con el senador en el hospital…

—Necesitan a alguien que identifique el cadáver de mi hermana —concluyó Mariah.

—Cuanto antes tengamos un comprobante de su identidad antes podremos ponernos a buscar más pruebas que nos ayuden a capturar al asesino.

Mariah se dio cuenta de que se refería a la autopsia. Apretó los labios fuertemente y volvió a mirar hacia la ventana del dormitorio.

Trace se levantó y volvió a ponerse el sombrero.

—Yo la llevaré a la ciudad.

A Mariah no le gustaba que le dieran órdenes, pero en aquel momento no se sentía capaz de ponerse a conducir por aquella escarpada carretera.

—Vamos.

Se puso en pie, y aunque Trace no habría pensado que era posible, dado que sus vaqueros eran ajustadísimos, se metió las manos en los bolsillos. El gesto hizo que el jersey le marcara los firmes senos.

Caminaron juntos hacia el coche patrulla. Trace abrió la puerta y la ayudó a subirse, poniéndole la mano en el codo.

—Ahora vuelvo. Quiero decir a J.D. dónde puede encontrarme y encargarme de que lleven su todoterreno a la ciudad.

—Las llaves están puestas.

Mariah lo miró mientras entraba en la casa que olía a galletas de jengibre, aceite de limón y cera de muebles cuando pertenecía a su abuela.

La experiencia la había enseñado a confiar en su intuición en lo relativo a las personas, y su sexto sentido le decía que Trace Callahan era un hombre inteligente y competente. Su hermana estaba en buenas manos.

Laura.

Sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y parpadeó con decisión. Ya tendría tiempo de llorar más adelante. Ahora tenía cosas que hacer.

Encendió otro cigarrillo y empezó a hacer una lista mentalmente.

En primer lugar tenía que identificar el cuerpo de Laura. Después tenía que llamar a su madre y comunicar a la mujer a la que siempre había llamado Maggie, nunca mamá, que su hija mayor había muerto.

Tendría que enfrentarse a la desaprobación de su padre por primera vez en más de una década. Tenía que intentar dar el pésame al hijo de perra de su cuñado sin escupirle a la cara.

Y después tendría que hacer acopio de fuerzas para pasar por el trago del entierro.

Por añadidura, y aunque él no lo sabía aún, estaba plenamente decidida a ayudar al nuevo sheriff de Whiskey River a capturar al asesino de su hermana.

Después, y no antes, cuando el monstruo sin corazón que había matado a Laura, truncando cruelmente una vida muy especial, estuviera entre rejas, se permitiría el lujo de llorar.
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