Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Diecinueve

Mariah estaba mirando los peces, disfrutando de sus pacíficos movimientos bajo el brillante sol de la tarde, cuando tuvo la impresión de que Trace caminaba hacia ella. No tuvo necesidad de alzar la vista; era como si tuviera un radar personal que la advirtiera en su cercanía.

No había pensado que pudiera hacerle daño. Pensaba que después de haber sobrevivido a la humillación pública y al dolor privado de un marido infiel su corazón era inmune a los hombres. Pero se equivocaba.

—Has estado investigando en mis asuntos —acusó, sin apartar la vista de las carpas doradas.

—He estado investigando el asesinato de tu hermana —se sentó a su lado y estiró las piernas—. Entre otras cosas tenía que revisar su estado de cuentas.

—Eso es lo que me ha dicho mi abogado. Yo quería subir a tu despacho y empezar a tirarte cosas a la cabeza, pero me ha recomendado que no lo hiciera.

De modo que aquel hombre era su abogado. Trace se preguntó si también llevaría casos penales, pero esperaba no tener que averiguarlo.

—Parece que has contratado a un asesor muy inteligente.

Una mosca cometió el error de acercarse a la superficie del agua. Una cola anaranjada se movió bruscamente. Una décima de segundo después, el insecto se había convertido en entremés.

—Tenía muy buenas recomendaciones. De Jessica.

—Ya veo.

Se preguntaba de qué más habrían estado hablando las dos mujeres, pero esperaba que hubieran mantenido la conversación a nivel profesional.

—No te preocupes, sheriff. No nos hemos dedicado a intercambiar confidencias sobre tus habilidades amatorias.

—No estaba preocupado.

Se volvió hacia él. Sus ojos eran inescrutables tras las gafas oscuras.

—¿De verdad?

—Tal vez un poco —reconoció.

—Nunca me ha gustado contar detalles sobre mi vida íntima.

Cruzó las piernas, capturando de inmediato la atención de Trace.

—Me alegra oír eso.

Debería haber dicho que se sentía aliviado.

Mariah se puso en pie de repente, con las manos apretadas a los lados de las caderas, mirándolo a través de las gafas oscuras.

—No te preocupes, Callahan. Cuando escriba mis memorias no toleradas para menores, dudo que te dedique más de una línea. O una nota al pie. Alrededor de la página 256, supongo. Entre mi apasionada aventura con alguna estrella de los culebrones y mi trío.

Pronunció aquellas palabras entre dientes. Sus mejillas tenía el color de las rosas del macizo cercano. Vibraba de cólera contenida a duras penas.

Trace la examinó detenidamente, con paciencia.

—Supongo que no te apetecerá contarme por qué estás tan enfadada ahora.

—¿Yo? ¿Enfadada? —levantó una ceja por encima de la montura—. ¿Qué te hace pensar que estoy enfadada?

—Por ejemplo, que tengo la impresión de que en vez de tirarme cosas a la cabeza te apetecería quitarme la pistola y empezar a pegarme tiros.

—No me tientes.

Estaban llamando la atención. Una familia que estaba sentada en el césped, cerca de ellos, había dejado de hablar y los contemplaba con franco interés, mientras que el jardinero, que se había pasado por el parque para retirar las flores secas, los miraba con los ojos muy abiertos por debajo de su sombrero de paja.

—¿Crees que podrías bajar un poco el volumen? —propuso Trace.

—Odio que adoptes tu tono tranquilo de policía razonable, Callahan —dijo gritando más aún, sin preocuparse por que los oyera todo el pueblo.

Tal vez, con un poco de suerte, Rudy Chávez reproduciría toda su conversación en el Rim Rock Weekly Record, pensó Mariah furiosa.

Tan frustrado como ella, y confundido por su repentino arrebato de cólera. Trace se puso de pie a su lado, consciente de que intentaba usar su tamaño para intimidarla y negándose a sentirse culpable por ello.

—Por lo menos siéntate —dijo llevándole la mano al brazo.

—Si no me sueltas ahora mismo, pediré a Brady que te denuncie por brutalidad policial.

Trace apretó la mandíbula y se esforzó por mantener la calma. Harto de no poder verle los ojos, le quitó las gafas con la mano libre.

—Sí, que haga lo que pueda después de sacarte en libertad bajo fianza.

—¿Libertad bajo fianza? —gritó tanto que asustó a los pájaros que había posados en un árbol cercano—. ¿Me estás amenazando, sheriff?

—No es una amenaza —respondió, preguntándose cómo se había metido en aquella situación—. Si no vuelves a sentarte en el banco y bajas la voz te detendré por alterar la calma. Mi calma.

Se recordó con amargura que aquello le pasaba por olvidar la regla más importante.

Mariah subió la cabeza y lo miró con arrogancia.

—No te atreverías.

—Haz la prueba —la miró a los ojos, y después, de forma involuntaria, bajó a sus labios—. Siéntate, por favor, Mariah, y dime qué he hecho para molestarte.

Mariah se pasó una mano por el pelo, agitada.

—Si no lo sabes…

—Por favor, no hagas esto —olvidando a su público, le acarició la cara con el dorso de la mano—. No me gustan estos juegos.

Mariah se esforzó por mantener su actitud, a pesar de que el contacto de Trace empezó a calmarla.

—¿De verdad no lo sabes? —se dejó caer en el banco, repentinamente descorazonada—. Me has tratado como a la típica zorra de Hollywood a la que te puedes llevar a la cama una noche para después olvidarla.

Trace había estado preocupado por la posibilidad de hacerle daño. Temía que los dos acabaran pasándolo mal si permitía que su aventura continuara. Se dijo que ya había vuelto a estropearlo todo.

—Fue más de una noche —se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron—. Y desde luego no te he olvidado.

—No me llamaste.

Dándose cuenta de que su tono sonaba patético, se apartó y perdió la vista en el horizonte.

—Quería llamarte.

Lo que quería hacer en aquel momento era tomarla entre sus brazos, cubrir sus labios temblorosos con los suyos y demostrarle cuánto la había echado de menos.

—Supongo que irás a decirme que estabas muy ocupado con la investigación.

—No.

Mariah se volvió para mirarlo, sorprendida.

—He estado ocupado —continuó Trace—. Pero podría haber llamado. Debería haber llamado.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque tenía miedo.

Aquello fue una verdadera sorpresa. Mariah no habría pensado jamás que hubiera algo que pudiera asustar a aquel hombre.

—¿De mí?

—De ti —convino—. De mí. De los dos —tomó sus manos entre las suyas—. Del rumbo que podría tomar esto.

—¿Y qué rumbo es ése? —preguntó con precaución.

—Ahí está el problema —consiguió reír, pero su expresión permaneció inescrutable—. No lo sé.

—Y necesitarías saberlo, ¿no?

—No me hacen demasiada gracia las sorpresas.

La última había estado a punto de matarlo.

Mariah recordó las cicatrices de su pecho. Sabiendo lo que sabía sobre el tiroteo en el que su compañero había perdido la vida, podía entender los motivos que tenía el sheriff para decir aquello.

—Creía que habíamos quedado —el aire atrapado en sus pulmones salió lentamente— en que no habría promesas.

—Eso fue lo que dijimos, pero no está funcionando —entrelazó los dedos con los suyos—. ¿Verdad?

—No —bajó la vista a sus manos unidas y sintió un nudo en el estómago—. Desde luego que no.

Los dos guardaron silencio, contemplando a los peces en el agua azul, escuchando a los pájaros en los árboles, sintiendo el calor del sol en el rostro.

Mariah pensó que era un día demasiado bonito para pelear. No le apetecía pensar en todos sus problemas en una tarde como aquélla. El asesinato de su hermana seguía sin resolver, había descubierto ciertos problemas en el rancho, y por añadidura se sentía muy confundida con sus sentimientos hacia el atractivo y complicado sheriff de Whiskey River.

—¿Sigo siendo sospechosa? —preguntó de repente, pensando que tal vez aquél fuera el motivo por el que Trace había estado manteniendo las distancias.

—No.

Mientras lo decía, Trace supo que era verdad. Mariah Swann era ambiciosa, obstinada y exasperante. También tenía un genio que, cuando se desataba, podía hacer temblar a cualquiera. Pero no era una asesina. Se apostaría el coche patrulla, la estrella y el trabajo.

Se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que estaba haciendo si resultaba estar equivocado.

Volvieron a guardar silencio.

—¿A qué se dedica ese tal Brady? —preguntó con precaución.

—Está especializado en derecho empresarial y de propiedad.

—Ah.

Estaba haciéndolo de nuevo. Mariah sabía que los monosílabos estaban encaminados a hacerla hablar, pero decidió que como no tenía nada que ocultar, no había ningún motivo por el que no pudiera seguirle la corriente.

—He descubierto por qué Alan no se me ha enfrentado para conseguir el rancho. Resulta que está hipotecado hasta la última piedra.

—¿Es eso un problema?

Se encogió de hombros.

—Tal vez lo fuera para Laura, pero para mí tampoco es tan terrible. Por supuesto, Freddi ya se ha ofrecido a arrebatármelo. A un precio bastante bueno, por cierto.

—¿Estás pensando en venderlo?

—A ella no. Aunque lo pensé cuando Clint comentó que podía interesarle. Tengo la impresión de que, si Laura hubiera sabido cuándo iba a morir, se lo habría legado a él.

—No creo que pudiera pagar la hipoteca.

Mariah volvió a encogerse de hombros.

—No sé, pero es lo de menos, porque he decidido quedarme con el rancho. Por ahora. Ya he dado instrucciones a mi banco para que haga una transferencia para cubrir la hipoteca, y así no tendré que preocuparme por los pagos.

—No debe estar mal eso de ser rico.

Mariah captó la acusación en su tono y suspiró.

—Ese es el verdadero problema que hay entre nosotros, ¿verdad, Callahan? Mi dinero.

—No sé de qué me hablas —mintió.

—¿De verdad? —lo miró detenidamente—. Voy a hacerte una pregunta hipotética. ¿Qué sentirías si te casaras con una mujer que tuviera mucho más dinero que tú?

—¿Es eso una proposición?

Se maldijo en silencio al comprobar que no era capaz de emplear tono de broma.

—Es una pregunta hipotética —le recordó.

Se cruzó de brazos y se quedó mirándolo, a la espera.

—Desde un punto de vista hipotético —dijo, subrayando la última palabra—, aunque sé que es una sensación políticamente incorrecta procedente de la edad de piedra, tengo la impresión de que eso me haría sentir bastante incómodo.

—Lo sospechaba —dijo asintiendo vagamente—. Así que, si te he entendido bien, estás convencido de que el macho de la especie es el que debe salir a cazar mamuts para alimentar a su familia, y después deberá llevar la carne a casa, enfrentándose a machos más débiles que no hayan podido cazar ninguna pieza y que quieran arrebatarle la suya.

—Eso es una exageración. He dicho que tenía la impresión de que me sentiría incómodo, pero sé que esas cosas no siempre funcionan en la vida real.

A regañadientes, Mariah tuvo que admirarlo por su sinceridad. Suspiró y se cruzó de piernas, con un movimiento que hizo que Trace deseara poner fin a la conversación, llevársela a casa y pasar toda la tarde retozando con ella en la cama. O en la ducha. O en el suelo. O en el techo, si era necesario.

—Vamos a dejar las situaciones hipotéticas —propuso Mariah.

—¿Es necesario?

Estaba pensando en su cuerpo desnudo, en todas las cosas que había hecho con ella y en todas las que les quedaban por hacer.

—Vamos a ver —se echó hacia atrás y lo miró con expresión sombría. ¿A cuánto dinero tendría que renunciar exactamente antes de que pudieras aceptarme por mí misma?

—Eso es ridículo.

—¿De verdad?

Su sonrisa era suave y triste. Frustrada por haber descubierto una creencia tan anticuada en un hombre tan inteligente como Trace, y triste por la posibilidad de que la creyera tan superficial como para juzgar a un hombre por su cuenta corriente, negó con la cabeza.

—A mí no me parece ridículo.

Trace quería objetar, pero no pudo.

Lo peor era que también tenía miedo de ser simplemente un nuevo juguete para la elegante guionista de Hollywood y famosa mujer fatal televisiva. En cualquier momento podría aburrirse de él y de Whiskey River y volver a su casa.

Mientras se esforzaba por encontrar una respuesta que no le hiciera daño ni la hiciera sentirse insultada, y sobre todo, que no volviera a enfadarse, su transmisor empezó a sonar.

—Espera un momento, Jill —ladró con excesiva brusquedad.

Ahora tendría que pedirle disculpas cuando volviera al despacho.

Frustrado e impaciente, se volvió hacia Mariah.

—Lo siento, pero…

Ella ya se había puesto de pie.

—Lo sé. El deber te llama —volvió a ponerse las gafas de sol—. No te preocupes. Como de costumbre, tengo muchas cosas que hacer esta tarde.

Trace no quería dejar la cuestión en el aire.

—Tenemos que hablar —insistió—. ¿Qué te parece si voy a visitarte esta noche? Puedo comprar un pollo asado y unas costillas por el camino.

—Eso suena muy bien —dijo sin demasiado entusiasmo—, pero ya tengo planes para la cena.

—¿Con tu abogado?

A Mariah le hizo cierta gracia observar su expresión de celos. Aquello significaba que no era completamente indiferente.

—No, no he quedado con Brady.

Se preguntó qué diría Trace si hubiera oído al joven hablar entusiasmado de su reciente matrimonio y si hubiera visto las fotografías de la boda que llevaba en el maletín.

—Tampoco con tu padre.

Se veía obligado a intentar arrancarle la información. No era la primera vez desde que la conocía que se daba cuenta de que era una mujer que podía hacer arrastrarse a cualquier hombre.

—No. La verdad es que Jessica y yo vamos a cenar en el restaurante mexicano de Payson.

—Parece que os estáis haciendo muy amigas.

—No te preocupes —su tono era tan seco como la tierra roja que cubría las carreteras, arrastrada por el viento del verano—. Me ha asegurado que no tendría ningún problema a la hora de presentar cargos contra mí si fuera necesario. Pero también me ha dicho que no será necesario. Parece que ella sí que confía en mí —pasó un dedo por la camisa de Trace—. Tú también podrías intentarlo, sheriff —le aconsejó.

Se volvió y empezó a caminar hacia su coche, dejando a Trace perplejo, preguntándose cómo y cuándo había perdido el control de la situación.

Temiendo que la revelación desencadenara la tercera guerra mundial entre sus padres, Mariah no se había atrevido a contar a Maggie la verdad de lo ocurrido la noche en que murió Cole Garvey. Pero consciente de que tenía derecho a saber la verdad, decidió que no podía aplazarla de forma indefinida, de modo que se pasó por el hotel antes de ir a Payson.

Para sorpresa de Mariah, Maggie se tomó bastante bien la noticia, e incluso llegó a decir que no tenía sentido enfrentarse a Matthew después de tantos años.

—Lo hecho, hecho está —dijo después de enjugarse las lágrimas de alivio y dolor—. Haga lo que haga, no podré recuperar el tiempo perdido. Y eso no me hará recuperar a Laura —tomó la mano de su hija con una sonrisa triste—. Por lo menos aún te tengo a ti.

Su madre no parecía borracha, pero Mariah no acababa de confiar en su actitud fatalista.

—Debo reconocer que me sorprende la calma con la que te lo has tomado.

Maggie se quedó pensando, igual de sorprendida.

—Es posible que por fin esté creciendo —lanzó una mirada de reojo al chófer, que a instancia de Maggie había permanecido en la suite durante la conversación íntima entre madre e hija—. Gracias a Kevin. Me ha prestado mucho apoyo durante estos terribles días.

—Tu madre ha pasado demasiado tiempo sola —dijo él en respuesta a la mirada airada de Mariah.

Para ser alguien a quien sólo había considerado, en el mejor de los casos, un mitómano, y en el peor, un gigoló, tenía que reconocer que sabía aguantar el tipo ante una mirada intimidatoria.

—Ya iba siendo hora —prosiguió— de que alguien la quisiera y la apoyara en los momentos difíciles.

Mariah sintió la tentación de preguntarle qué demonios creía que había estado haciendo ella durante tantos años, pero a juzgar por la forma en que se miraban, tuvo la impresión de que ni siquiera la escucharían.

Después se dio cuenta de que no era lo mismo. Durante la década que había pasado en Los Angeles había llegado a considerar una carga a su madre. Una fuente continua de problemas. Incluso cuando no bebía, sabía que en cualquier momento podía recaer. No se preguntaba si Maggie iba a estallar, sino cuánto tardaría. Se dio cuenta de que el apoyo que había prestado a su madre se debía a su sentido de la obligación, más que al cariño filial. No estaba en posición de juzgar a nadie.

Trace volvió a su despacho y se encontró a Alan Fletcher esperando. Resultaba evidente que el senador se estaba recuperando muy bien de la muerte de su mujer y su ayudante. Estaba más bronceado, en forma, y preparado para luchar por la presidencia.

—Buenas tardes, sheriff.

Se levantó al verlo llegar y le tendió la mano.

—Buenas tardes —estrechó su mano y se sentó—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—En realidad he venido a darle las gracias por lo que ya ha hecho. Me siento mucho mejor ahora que sé que el asesino de Laura está entre rejas.

Con la típica treta de los políticos de concentrarse únicamente en el mensaje del día, no mencionó la acusación de Trace de haber asesinado a las dos mujeres.

—Me alegra oír eso —dado que la culpabilidad o la inocencia de Garvey debía decidirse en el juicio, no comentó sus dudas al respecto ni le recordó que la investigación aún no estaba cerrada—. Sólo me habría gustado haber podido diagnosticar sin lugar a dudas la causa de la muerte de la señorita Martin.

—Heather —una sombra de dolor cruzó sus ojos—. No sé cómo voy a sacar adelante esta campaña sin ella.

Había observado a Fletcher detenidamente, por lo que el punto de vista egocéntrico del senador no lo sorprendió en absoluto.

—Estoy seguro de que lo conseguirá —respondió.

Su tono seco no obtuvo respuesta por parte de Alan.

—Este país va por el mal camino. Alguien tiene que enderezar el ritmo.

Asustado de que le soltara un adelanto de su discurso, Trace se sujetó a los brazos de la silla y preguntó:

—¿Puedo hacer algo más por usted?

—No —se puso en pie, captando la indirecta—. Sólo quería expresarle mi aprecio antes de marcharme.

—¿Va a volver a Washington?

La sorpresa no fue demasiado agradable, pero sabía que no tenía motivos legales para impedir que abandonara el condado.

—Pasaré un par de días más en Whiskey River. El viernes empiezo con mi gira por el sudoeste.

—Recuerdo que la señorita Martin comentó algo. No sabía que los planes siguieran en pie.

El senador le dedicó una de sus sonrisas de fotografía publicitaria.

—Si quiere que le diga la verdad, estaba considerando la posibilidad de cancelarla, pero he recibido tantas cartas de apoyo que me he dado cuenta de que la gente quiere que siga.

—No debe decepcionar a los votantes.

En aquella ocasión, el senador no fingió no captar el sarcasmo. Frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario.

—Trabajo para la gente —entrecerró los ojos como si lo observara por una mirilla—. Igual que usted.

Era una amenaza. Pura y simple. Trace decidió copiarle la técnica y no darse por enterado. Aún no había acabado con el senador Fletcher, pero prefería ser él quien eligiera sus batallas y decidiera cuándo llegaba el momento del enfrentamiento.

—Eso es cierto —dijo con amabilidad—. Por cierto, ¿sabía que su mujer había hipotecado el rancho?

Fletcher se encogió de hombros.

—No, pero no me extraña. Ese rancho le exprimía continuamente el fondo fiduciario. Si hubiera procedido de nuestra cuenta conjunta, es posible que le hubiera prestado más atención, pero la verdad es que lo consideraba un simple entretenimiento de Laura.

Fletcher parecía sincero sobre aquel tema. Trace se puso en pie y rodeó la mesa.

—Buen viaje, senador. Le comunicaré la fecha del juicio de Garvey.

—Se lo agradecería —se detuvo en la puerta como si acabara de recordar algo—. Supongo que no es posible acelerar el proceso.

Trace supuso que lo que pretendía era que lo declarasen culpable cuanto antes, para que su imagen estuviera completamente limpia el día de las elecciones.

—Eso depende del juez.

—Por supuesto —Alan asintió—. Bueno, espero que sea pronto, para que todos podamos seguir con nuestra vida.

Trace pensaba que el senador ya lo estaba haciendo, pero consiguió morderse la lengua.

Se quedó en la ventana, observando a Fletcher mientras se alejaba. Después salió del despacho en dirección a las celdas, para hablar con Garvey de lo que sabía. Por ejemplo, no le había comentado lo de la hipoteca.
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