Título Original: Confessions (1996)






descargar 1.13 Mb.
títuloTítulo Original: Confessions (1996)
página17/23
fecha de publicación01.07.2015
tamaño1.13 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23

Capítulo Dieciocho

Se quedó mirándolo con incredulidad.

—¿Cómo es posible que sepas eso? Maggie me contó que habían hecho desaparecer el expediente. Eso formó parte del trato al que llegó mi padre con el fiscal.

Un hombre que, más tarde, había llegado a ser gobernador del estado.

—Archivaron los expedientes. Pero da la casualidad de que tengo amigos en las altas esferas. Los tengo en la habitación de al lado.

Mariah lo siguió a su despacho y se sentó en una esquina del sofá mientras él sacaba una carpeta del cajón.

—Te lo ha conseguido Jessica Ingersoll, ¿verdad?

—No te puedo decir de dónde lo he sacado, pero es una lectura bastante interesante. ¿Te apetece tomar una copa?

Mariah se quedó mirando la carpeta como si fuera una serpiente de cascabel lista para atacar.

—Aun a riesgo de sonar como Maggie, tengo la sensación de que puedo necesitarlo.

Trace llenó dos copas de whisky escocés, le tendió una y se sentó a su lado. Sus hombros se rozaron. Mariah no se apartó. El tampoco.

Antes de reunir las fuerzas necesarias para leer el informe del accidente, Mariah bebió un trago. El licor ambarino fluyó por sus venas, calentándole la sangre.

—Es muy bueno.

—Fue un regalo.

Aquello lo explicaba todo. Se trataba de un whisky muy caro, y le costaba trabajo creer que Trace hubiera tenido la extravagancia de elegir aquella marca. Supuso que sería un regalo de la fiscal. Se preguntó si seguirían siendo amantes, y también se preguntó si lo que había compartido con Trace le confería el derecho a interrogarlo sobre su vida privada.

Trace adivinaba lo que Mariah estaba pensando, pero no le apetecía ponerse a hablar sobre su compleja y a la vez simple relación con Jess.

—Tu madre merece saber la verdad —dijo señalando la carpeta con un gesto—. Después de todos estos años.

El informe del accidente estaba redactado en el típico lenguaje poco imaginativo de la policía. Los hechos ocurrieron una semana antes de Navidad, en mitad de una nevada. Las escarpadas carreteras de la montaña estaban heladas. Los clientes del Denim and Diamonds, el lugar del que salieron para ir a casa, no estaban tampoco demasiado serenos, por lo que no se sabía muy bien la hora exacta a la que Maggie y Cole Garvey llegaron al local. Lo que todos afirmaban era que la pareja había pasado varias horas bebiendo antes de salir a la tormenta de nieve. Dos clientes, que llegaron cuando ellos salían, afirmaron que habían visto a Garvey sentarse al volante del Mercedes de Maggie.

Aquella afirmación había sido corroborada por el informe policial. Al parecer, el cadáver del capataz apareció entre la nieve, a un par de metros del vehículo. A juzgar por las conclusiones de los técnicos del laboratorio, el coche resbaló en una placa de hielo y el conductor intentó corregir, pero sólo consiguió salirse de la carretera. El coche volcó.

Garvey, que no llevaba el cinturón de seguridad, salió disparado del coche y se desnucó cuando su cabeza golpeó el tronco de un pino. Murió en el acto.

Maggie tuvo más suerte. A pesar de su embriaguez había sido capaz de ponerse el cinturón de seguridad. La policía la encontró inconsciente, no a causa del accidente, sino por culpa del alcohol que había consumido.

Mientras Mariah leía aquellas páginas, Trace la miraba fijamente, observando cómo desaparecía el color de su rostro.

—Mi padre mintió —dijo cuando terminó de leer el informe.

Apuró su whisky de un trago, con la esperanza de que el alcohol devolviera su aturdida mente a la vida.

—Sí —Trace dejó el vaso en la mesa y tomó la helada mano de Mariah entre las suyas—. Eso parece.

—Hijo de perra —pronunció las palabras con cólera, pero su semblante estaba inexpresivo—. Sus mentiras nos privaron de nuestra madre.

—Tal vez tuvo la impresión de que estaríais mejor con él que en California, con Maggie —insinuó Trace, desempeñando el papel del abogado del diablo.

—No se trata de eso —protestó, recuperando el color—. Podría haber solicitado la custodia alegando el alcoholismo de Maggie. Y habría ganado. Pero los métodos que utilizó, la forma en que permitió que ella creyera que era la que conducía, que pensara durante tantos años que era la responsable de la muerte de un hombre; la forma en que la obligó a no volver a ver nunca a sus hijas y nos dijo a Laura y a mí que nuestra madre no quería saber nada de nosotras, es lo más cruel del mundo. Ni siquiera me lo habría esperado de alguien como él.

Sabía que su padre podía ser despótico. También sabía, demasiado bien, que era muy vengativo. Pero hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo diabólico que podía llegar a ser Matthew Swann.

—Lo odio.

Su tono era neutro y resignado.

Trace le pasó el pulgar por la mandíbula.

—A la larga, es probable que eso te haga más daño a ti que a él.

Mariah suspiró.

—No me gusta que tengas razón —lo miró, con la cabeza hecha un torbellino—. ¿Cómo has llegado a ser tan listo?

Trace tomó su rostro entre las manos.

—La vida, supongo. Si fuera fácil, probablemente resultaría demasiado aburrida.

Era algo que había creído en el pasado, algo que había dicho en innumerables ocasiones a lo largo de los años. Hasta el tiroteo. Hasta que vio morir a Danny. Entonces perdió el rumbo de su vida. Ahora se daba cuenta de que, poco a poco, volvía a ser quien había sido siempre.

En sus ojos apareció una llama que encogió el corazón a Mariah. Sintió que las cadenas que atenazaban su corazón se aflojaban, aunque fuera ligeramente.

—Un sheriff de un pueblo pequeño que se dedica a filosofar —dijo con una sonrisa nerviosa—. Creo que se me acaba de ocurrir una idea para una nueva serie.

El humor estaba cambiando. El aire que los rodeaba se hizo más cálido.

—Suena bien —pasó la mano por su cuello y vio cómo se le nublaban los ojos—. Pero ¿no hay que investigar mucho para crear una nueva serie?

Bajó la mano a su pecho y la acarició, arrancándole un gemido.

—Claro que sí —le hundió las manos en el sedoso pelo negro y lo arrastró hacia el sofá—. Pero te aseguro, sheriff, de que siempre me he enorgullecido de mis investigaciones.

Mientras Mariah permitía que Trace aliviara su dolor, Alan entró en la casa que su esposa había legado a su hermana. Ya había empaquetado, con ayuda de su suegro, las pocas pertenencias personales que pensaba llevarse a Washington. Ya las tenía metidas en cajas de cartón, en un guardamuebles, esperando que las enviaran a la capital. Pero había una cosa más. Algo que no podía haber recuperado en presencia de Matthew.

Entró en el salón y caminó directamente hacia la chimenea. Retiró un ladrillo suelto y sacó un montón de papeles de detrás. Tiró el ladrillo a la papelera metálica, colocó los papeles en la chimenea y los encendió.

Se quedó de pie, mirando en silencio cómo desaparecían, devoradas por las llamas, las pruebas que podrían dar al traste con sus aspiraciones de alcanzar la presidencia.

Dos días después, Mariah estaba en el Branding Iron, esperando a que llegara el bollo que había pedido.

—Bueno —dijo Iris, cuya familia había regentado la cafetería durante tres generaciones, mientras rellenaba la taza de Mariah—. Hoy es el gran día.

A Mariah no le sorprendió demasiado que Iris estuviera informada sobre sus planes de mudarse a la casa de Laura.

—Supongo —dijo distraída, pasando el dedo por el borde de la taza.

—Supongo que habrá sido una sorpresa que tu hermana te dejara la casa a ti.

—Más que eso —convino con humor.

—¿Te vas a quedar aquí?

Sacó una bandeja de bollos y llenó una caja de cartón, del mismo color que las paredes de la peluquería Shear Delight.

—No lo sé —se encogió de hombros—. Todavía no he tomado ninguna decisión.

—Supongo que es lo más razonable. Pero tengo que decirte que yo en tu lugar no estaría demasiado impaciente por volver a California, si tuviera la oportunidad de tener las botas de Trace Callahan debajo de mi cama.

Mariah sintió que el rubor afloraba a sus mejillas y se dio cuenta de que, a pesar de que habían muerto dos personas en extrañas circunstancias, la gente de Whiskey River seguía cotilleando sobre los amoríos.

A Mariah no le resultó demasiado fácil mudarse a la casa que, durante su niñez en Whiskey River, había pertenecido a su abuela. Sobre todo porque los recuerdos de Laura seguían vivos en todas las habitaciones, haciendo que el reencuentro resultara muy doloroso.

Cuando entró por primera vez en la casa del rancho, a pesar de que era un caluroso día de julio, Mariah se sintió helada. Después de la investigación todo era un desastre, pero no se fijó demasiado en los papeles que había tirados por el suelo, ni en los cajones girados, ni en el polvo para extraer huellas que impregnaba la escalera, las puertas y varios muebles. Al principio vio sólo una vaga imagen desenfocada.

Después empezó a fijarse en los objetos que la rodeaban. Los muebles eran de estilo rural, apropiados para la casa. Los paneles de madera de pino que cubrían las paredes parecían de mantequilla bajo la luz del sol procedente de los enormes ventanales que daban a la pradera, y más allá, al bosque.

Había varios objetos desperdigados, en lo que Mariah sospechaba que era un infructuoso intento por decorar la casa de los Fletcher.

Reconoció la regadera de su abuela junto a la chimenea del salón. La habían utilizado de florero, aunque las margaritas estaban secas. Sus pétalos blancos y amarillos estaban desperdigados por la chimenea de ladrillo. En la mesa de madera de pino había un álbum fotográfico encuadernado en cuero, lleno de retratos en sepia de los antepasados.

Aunque no había ninguna fotografía de Maggie, lo que hacía suponer a Mariah que su padre había borrado todos los rastros de su mujer, había varias de ella, durante su niñez: sentada encima de Buttermilk, su primer pony, a la entrada del pueblo, mostrando una sonrisa desdentada.

Se detuvo al llegar a una fotografía suya y de Laura, vestidas a la manera del oeste, en algún lejano cuatro de julio, con grandes rodajas de sandía en las manos. Sus sonrisas no permitían presagiar la catástrofe que se avecinaba.

Entristecida por la imagen de las niñas, ella con ocho años y Laura con trece, a punto de convertirse en mujer, se mordió el labio y cerró el álbum, incapaz de seguir hasta llegar al momento en que ella desapareciera de los anales familiares. No sabía cuánto tiempo pasó sentada allí, recordando y arrepintiéndose. Nadie había dado cuerda al gran reloj de péndulo, por lo que el péndulo estaba inmóvil, y sus campanadas, silenciadas por la muerte.

Cuando por fin entró en el despacho y vio la sangre de su cuñado en el sofá de cuero, su cabeza empezó a dar vueltas. Se dejó caer en un sillón cercano y se llevó las manos a los ojos.

No era que sintiera pena por Alan Fletcher; muy al contrario, seguía convencida de que era el responsable de la muerte de Laura. Pero al ver el escenario del tiro se dio cuenta de lo que la esperaba en el piso superior. Aunque sabía que era una cobardía por su parte, no estaba preparada para ver la habitación en la que su hermana había muerto.

Pasó la primera noche en el piso inferior, en un pequeño dormitorio contiguo a la cocina que en tiempos de su abuela había pertenecido a la cocinera. El camastro era estrecho e incómodo, pero como de todas formas dudaba que pudiera conciliar el sueño, no le importó demasiado.

La segunda noche consiguió subir a la habitación de invitados, pero apartaba la vista al pasar por delante del dormitorio principal.

Pasó dos días más evitando la habitación de su hermana. Después, consciente de que no podía seguir aplazándolo durante más tiempo, se atrevió a entrar en el dormitorio en el que Laura había muerto. Todo estaba revuelto. La ropa y las pertenencias personales estaban esparcidas por el suelo. Igual que abajo, todo estaba lleno de polvo para extraer huellas. El débil olor de la sangre seca seguía en el ambiente, indicando lo que había ocurrido allí.

Empezó poco después del amanecer y trabajó durante todo el día, cepillando el suelo, las paredes y la cabecera, y recogiendo la ropa y las joyas de Laura.

No era capaz de apartar de allí la presencia de su hermana. Como si esperase que volviera en cualquier momento, volvió a dejar la ropa interior en la cómoda y la novela en el cajón de la mesilla de noche, y cambió las sábanas.

Una cosa que tiró sin pensárselo dos veces fue el retrato enmarcado de su boda con Alan.

Poco a poco, a medida que transcurrían los días, empezó a asentarse en la casa, y los buenos recuerdos empezaron a pesar más que los malos. Poco a poco empezó a pensar que, como de costumbre, Laura estaba en lo cierto.

Tal vez, a fin de cuentas, aquél fuera su sitio.

Era tarde. Jill se había ido a casa y Cora Mae estaba sentada en la mesa, tejiendo un jersey para su nieta. Afortunadamente, el teléfono no sonaba, por lo que Trace tenía la oportunidad de repasar la información sobre las inversiones en Arizona de Southwest Development. Había solicitado al fiscal del estado la información, y se la había enviado por fax desde su bufete de Fénix. Al parecer la fiscalía general vigilaba estrechamente aquella empresa, pero ya que el agente elegido era famoso por sus ambiciones políticas y se rumoreaba que Alan Fletcher había prometido un cargo a su antiguo amigo, Trace quería leer personalmente los papeles.

Para alguien que desconociera los orígenes de la empresa, Southwest parecía una simple constructora que había tenido mucho éxito. Había construido una urbanización de lujo en Tucson, un hotel de tiempo compartido en Sedona y un proyecto de casas de protección oficial en Fénix.

Trace no encontraba en los papeles ningún permiso solicitado o concedido para un proyecto en Whiskey River, ni en el condado de Mogollon.

Preguntándose si no estaría siguiendo una pista falsa, acababa de archivar los papeles cuando Cora Mae apareció en la puerta.

—Tienes visita —anunció.

Trace miró el reloj de pared. Eran casi las doce de la noche.

—Un poco tarde para recibir visitas —comentó.

No obstante, pensó que era posible que Mariah hubiera ido a verlo desde el rancho.

El ceño de Cora Mae ocupó toda su cara, desde la papada hasta la amplia frente.

—No para esta visitante. Lo sorprendente es que no haya esperado a que cerraran los bares.

—Dile que puede entrar —dijo, curioso.

Cora Mae asintió.

—Vas a necesitar café —le comunicó—. Yo lo preparo.

—Gracias —dijo Trace, más confundido que nunca.

Cora Mae se marchó, con la espalda tan recta como el tronco de un pino.

Trace oyó dos voces de mujer. Un momento después apareció en la puerta una mujer a la que no reconocía.

—¿Qué desea, señora…?

—Jones. Nadine Jones.

Aquella mujer, que debía tener aproximadamente la misma edad que Maggie McKenna, aparentaba hasta el último de sus años. Tenía el pelo teñido de rubio, con la misma consistencia de la estopa. Mientras miraba su peinado con incredulidad, Trace recordó dónde había oído aquel nombre. Nadine Jones era la famosa peor peluquera del mundo.

—Adelante, señora Jones.

Se levantó, rodeó la mesa y le acercó una silla.

—Gracias —la mujer olía a humo, cerveza y perfume barato—. Quiero que sepas antes que nada que jamás he tenido problemas con la ley.

Encendió un cigarrillo y aspiró el humo a fondo.

Trace se limitó a asentir.

La mujer lo miró fijamente. El blanco de sus ojos tenía más líneas rojas que un mapa de carreteras.

—Puedes comprobarlo en los archivos —continuó la peluquera, señalando los armarios metálicos con el cigarrillo—. No encontrarás nada sobre mí.

—Confío en su palabra. ¿Qué puedo hacer por usted, señora Jones?

—Tutéame, por favor. Nunca me han gustado las formalidades.

—Como quieras. ¿Has venido a presentar una denuncia?

—En realidad —volvió a aspirar una bocanada de humo— he venido a decirte quién mató a Laura Swann.

A pesar de la alegre proclamación de Nadine Jones, al día siguiente Trace no estaba más cerca de resolver lo que seguía considerando un homicidio doble.

No obstante, le pareció bastante interesante averiguar que Patti Greene tenía la manía de pinchar los neumáticos de los coches. Según Nadine, las ruedas de su vehículo aparecieron pinchadas después de que la amenazara con denunciarla por efectuar trabajos de peluquería sin la licencia necesaria. Además, al parecer vendía a los clientes champús y tintes sin pagar los impuestos correspondientes. Aquello, si se demostraba, podría costarle la licencia.

Cuando Trace dijo a Nadine que no veía qué podría tener que ver aquello con un asesinato, ella le dijo con la típica voz pastosa de los borrachos que Patti había pinchado las cuatro ruedas del coche de Laura cuando se enteró de que la esposa del senador había pasado una noche en el rancho de Clint.

—¿No te das cuenta —le preguntó— de que al ver que así no conseguía que dejara de ver a su novio decidió matarla?

Había una gran diferencia entre pinchar una rueda y pegar un tiro a una persona en la cabeza. Pero Nadine no había terminado.

—Le pegó un tiro a su marido —volvió a señalar los archivos—. Puedes mirarlo.

Ya lo había hecho, y aunque tardó algo de tiempo en encontrar los papeles, que estaban mal archivados, por fin los localizó. Según el informe escrito por Ben Loftin, Patti Greene había disparado a Jerry Greene en la pierna, con una escopeta, después de sorprenderlo en el aparcamiento del Denim and Diamonds con la cantante. La muchacha se marchó del pueblo, aterrorizada, y después de que el médico extrajera a Jerry la bala, pasó dos semanas sentado, sin poder andar, prometiendo a su esposa que se portaría bien. Cosa que, por supuesto, no había hecho.

Aunque se recordó que Nadine tenía motivos para acusar a Patti de asesinato, puesto que la había despedido de su peluquería. Trace no estaba en posición de pasar por alto ninguna pista, por pequeña que fuera.

Aquél era el motivo por el que estaba en el exterior del Shear Delight, esperando a que apareciera Patti Greene.

—En casa con mis hijos —respondió cuando él le preguntó dónde había estado en la noche de autos—. Ya le dije que yo no maté a Laura.

—¿Pero le pinchó las ruedas?

Patti abrió la puerta, haciendo sonar la campanilla.

—¿Quién le ha dicho eso? —tiró el bolso al mostrador y empezó a encender luces—. Ha sido Nadine, ¿verdad? Dios mío, cómo me gustaría retorcerle el pescuezo.

Aunque no se confesó culpable, su cólera era un indicador suficiente.

—¿Qué me dice de las ruedas de los coches de Clint y Fredericka? ¿También las pinchó usted?

Patti sacó unos cuantos peines y cepillos de un cajón.

—¿Me va a detener, sheriff? —le tendió las muñecas—. ¿Por qué no me esposa de una vez y acabamos con esto?

Detrás de la cólera que brillaba en sus ojos verdes, Trace pudo ver el miedo. Y el agotamiento. Recordó a los niños y la caravana con goteras. Miró las paredes de la peluquería, que pedían a gritos una capa de pintura, y decidió que no resolvería nada si la arrestaba por vandalismo.

—Le propongo un trato.

—¿Qué?

Lo miró con desconfianza. Trace tuvo la impresión de que cada vez que aquella mujer hacía un trato con un hombre salía perdiendo.

—Si cambia usted los neumáticos no le haré la ficha.

Patti lo miró con la cabeza muy alta, en un gesto que le recordó a Mariah.

—No necesito su caridad. Todavía no, por lo menos —añadió entre dientes.

—Yo no he dicho tal cosa —volvió a ponerse el sombrero—. Supongo que Clint será comprensivo. Si tiene problemas con Fredericka, dígamelo y veré lo que puedo hacer.

La desconfianza abandonó sus ojos, que adquirieron un peligroso brillo, amenazando con desbordarse.

—¿Por qué?

A pesar de que no podía borrar a aquella mujer de su lista de sospechosos, Trace sonrió.

—¿No se lo ha dicho nadie? Soy de los buenos.

Satisfecho con la forma en que había resuelto los casos de vandalismo, que en un principio había achacado a los jóvenes, salió de la peluquería. Cuando arrancó el coche para marcharse la vio en la ventana, observándolo. Probablemente seguía intentando encontrar una explicación para su conducta.

—¿Quién era el hombre enmascarado? —se preguntó Trace en voz alta, sintiéndose de momento muy contento consigo mismo.

De vuelta en su despacho, Trace no podía desechar la sensación de que la muerte de Laura Fletcher no tenía nada que ver con su infidelidad, ni con lo que esperaba Clint Garvey de ella, ni siquiera con el deseo de Alan de ser libre para casarse con su ayudante.

No era la primera vez desde que había llegado aquella mañana al rancho de los Fletcher, que ahora pertenecía a Mariah, que pensaba que si Laura no había sido asesinada por motivos sexuales, el dinero tenía algo que ver. Lo que, en su caso, se traducía en tierras.

Claro que aquello apuntaba de nuevo a la persona que había heredado toda aquella tierra. Mariah. Incluso mientras se recordaba que ya tenía más dinero del que se podía gastar en varias vidas, sabía por experiencia que algunas personas nunca parecían tener bastante.

No quería considerarla capaz de cometer ningún delito, y mucho menos un parricidio a sangre fría para enriquecerse. Su necesidad de demostrar su inocencia lo asustaba. El tiempo que había pasado en Dallas lo había enseñado a no sorprenderse por nada, a no confiar en nadie, y lo más importante, a no involucrarse nunca. Aquélla era la regla más importante. Una regla que siempre seguía.

Hasta ahora. Hasta que conoció a Mariah.

Suponía que si lo que sentía era simple atracción sexual, podría sobrellevarlo. Igual que Sam Spade había sobrellevado el hecho de que la atractiva Brigit O’Shaughnessy fuera una asesina, pensó, recordando la comparación que había hecho Mariah.

Pero era algo más que sexo. Algo más que una simple atracción.

Irritado por la forma en que su mente volvía siempre a ella, se apartó de la mesa, se sirvió un café y se quedó mirando por la ventana, pensativo.

Por lo menos ya no veía la calle llena de furgonetas de televisión. Después de la detención de Garvey, casi todos los medios de comunicación declararon el caso cerrado y ordenaron a los periodistas que volvieran. Aunque sabía que volverían para el juicio, le gustaba poder entrar en su despacho sin tener que responder a irritantes y estúpidas preguntas.

En la actualidad, sólo algún que otro reportero despistado de Arizona aparecía para solicitarle una entrevista, y casi todos se mostraban satisfechos cuando les decía que el caso no estaría completamente cerrado hasta que condenaran a alguien formalmente en el juzgado. La excepción era Rudy Chávez, que seguía metiéndose en el caso continuamente.

Lo último que había conseguido averiguar el reportero era que Laura Fletcher había hipotecado el rancho unos meses antes de su muerte. Dado que él lo descubrió sólo unas horas antes que Trace, Trace empezó a mirar con cierto respeto sus dotes para la investigación.

El banco donde Laura había hecho la hipoteca estaba al otro lado de la plaza del pueblo, y al mirar por la ventana vio que Mariah salía de la sucursal con un joven vestido con unos vaqueros, una chaqueta azul marino y una camisa. Los miró mientras se abrazaban, y después, irritado al ver a Mariah en brazos de otro hombre, apartó la vista.

Se dijo que por supuesto habría más hombres en su vida. Una mujer como Mariah Swann debía tener muchos pretendientes. Incluso en un pueblo del tamaño de Whiskey River. Sobre todo en un pueblo del tamaño de Whiskey River, donde las únicas mujeres cuyo atractivo podía compararse al de Mariah eran Jessica Ingersoll, que solía tener relaciones con abogados u hombres de negocios de Fénix o Flagstaff, y Fredericka Palmer, cuya afectada sofisticación era demasiado exagerada para el gusto de Trace.

El abrazo duró sólo unos segundos, pero fue demasiado largo. Trace tuvo que recordarse con un esfuerzo que habían quedado en que no se harían promesas.

A pesar de que había heredado el rancho, a pesar de que había reconocido que había estado pensando en comprarse una casa, Trace no creía que Mariah fuera a quedarse en el lugar del que había escapado tanto tiempo atrás. Sobre todo ahora que su hermana había muerto.

A juzgar por lo que había visto de la relación de Mariah y Matthew, que se había empeorado más aún después de que ella descubriera lo que había hecho para evitar que vieran a su madre, dudaba que fueran a invitarla a ninguna fiesta en casa de los Swann.

Suponía que Mariah aguantaría un mes más en el pueblo. Dos como mucho. Después llegaría un momento en que le resultaría difícil resistirse a su necesidad de movimiento, al atractivo de los restaurantes de Malibú, los estrenos de Hollywood y las compras en las exclusivas joyerías de Hollywood, donde podía beber champán mientras elegía unos nuevos pendientes.

Miró a Mariah, que contemplaba al hombre que se alejaba. Después se puso las gafas y se pasó la mano por el pelo, en un gesto de nerviosismo que Trace había llegado a reconocer. Se encogió de hombros para sí.

Caminó hacia su todoterreno, y después, pensándoselo mejor, se sentó en un banco del parque, delante del lago.

Su necesidad de estar con ella era más fuerte que nunca. La regla de mantener su vida profesional separada de la personal palidecía en comparación con la vista de su pelo, reluciente como el oro a la luz del sol del verano, y sus largas piernas, del color de la miel, enmarcadas entre una minifalda blanca y unas sandalias blancas con tiras brillantes.

Dejó el café a un lado y se dijo que un hombre hecho y derecho podía resistir la necesidad que lo asaltaba cada vez que miraba a Mariah. Cada vez que pensaba en ella.

Un hombre inteligente se apartaría ahora. Antes de encontrarse metido hasta las cejas en una situación peligrosa.

Consciente de que se arrepentiría, dio la vuelta y salió del despacho.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23

similar:

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo Original: Confessions (1996)

Título Original: Confessions (1996) iconTÍtulo original: ai-mei título ingléS

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo do original em inglês

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo original: The last barrier

Título Original: Confessions (1996) iconTitulo original: the way of intelligence

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo de la obra original

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo Original: Deception Point

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo original: Mother Teresa

Título Original: Confessions (1996) iconTítulo original IL pendolo di Foucault

Título Original: Confessions (1996) iconTitulo del original: The Devils of Loudun






© 2015
contactos
l.exam-10.com