Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Diecisiete

Conociendo la historia de Clint y Laura, nadie de Whiskey River, ni siquiera el propio Clint, se sorprendió demasiado cuando el jurado decretó la prisión preventiva, acusándolo de asesinato.

—Te esperaba —dijo el ranchero cuando Trace se presentó para detenerlo.

Si era un asesino, era el más despreocupado que Trace había visto en su vida.

—No creo que te apetezca confesar —dijo mientras lo esposaba.

—Sólo soy culpable de amar a la esposa de otro hombre. En cuanto a la disputa por los terrenos, la cuestión de los límites se descubrió en una supervisión rutinaria que se hizo en el condado. Tanto Laura como yo nos sorprendimos al saber que se había quedado involuntariamente con parte de mi propiedad.

—¿No se la reclamaste?

—Claro que no. Como íbamos a casarnos, a ninguno de los dos se nos ocurrió volver a pensar en ello.

Aunque las afirmaciones de Garvey no se podían demostrar. Trace lo creía. Como era de esperar, Matthew Swann no lo creyó.

—Buen trabajo, sheriff —dijo a Trace cuando se entero de que se había denegado a Clint la libertad bajo fianza—. Ahora podemos descansar tranquilos, sabiendo que el asesino está entre rejas.

—Garvey no ha sido condenado —le recordó Trace—, por lo que técnicamente es inocente, hasta que se demuestre su culpabilidad.

Después de haberse pasado toda la vida intentando encerrar a los culpables, Trace se sentía incómodo por estar defendiendo a un sospechoso al que había detenido. Por otro lado, sabía que se sentiría mucho peor si se condenaba a un inocente, permitiendo además que escapara el culpable.

—Los tecnicismos son cosa de los juzgados. Todo el mundo sabe que Clint mató a mi Laura, y ahora va a pagar por ello.

Su satisfacción indicaba que confiaba en que el sistema jurídico compartiera sus ideas sobre la culpabilidad y la inocencia.

—No todo el mundo —intervino Maggie.

Había llegado al edificio del Ayuntamiento en otro de los innumerables vestidos de seda ajustados que parecía poseer. Tenía todo el aspecto de la estrella de Hollywood que había sido. Los periodistas se habían esforzado tanto por fotografiar y rodear a la antigua actriz que Trace no dudaba que la imagen de Maggie McKenna, saliendo de la limusina blanca, fuera a dar la vuelta al país.

Se detuvo un momento, como sorprendida por la multitud de admiradores que llenaba la acera. Acertó a esbozar una sonrisa triste, la misma que le había valido un Óscar, y saludó. Naturalmente, los admiradores la aclamaron. Cuando les tiró un beso, se volvieron locos.

Los focos se encendieron y las cámaras rodaron mientras la gente se apelotonaba contra las vallas que Trace había ordenado a sus ayudantes que colocaran por la mañana.

De nuevo recordó que Hollywood era un lugar de imágenes ficticias. La Maggie McKenna que iba a aparecer en todos los informativos de aquel día tenía el aspecto de una estrella elegante y acongojada. Lo que no verían los espectadores era el extraño brillo de sus ojos esmeralda, ocultos tras los cristales oscuros de sus gafas de diseño. Tampoco sabrían que por debajo del perfume estaba el inconfundible olor de la ginebra, ni se darían cuenta de que había tropezado en la escalera y que no había caído gracias a la mano firme de su chófer.

Ahora, en el despacho de Trace, Maggie se quitó las gafas oscuras y miró a su marido con dureza.

—Clint me cae bien. Y es evidente que amaba de verdad a Laura. Si le hubieras permitido que se quedara con él, en vez de casarla con ese político egocéntrico y pagado de sí mismo, como si fuera la hija de un sultán a la que cambian por unos cuantos camellos, las cosas habrían sido muy distintas.

Alan no se tomó la molestia de defenderse. Se volvió, caminó hacia la ventana y observó la plaza del pueblo.

La cólera se apoderó del bronceado rostro de Matthew, recorriéndolo en peligrosas oleadas.

—No tienes ningún derecho a criticar mi forma de ser padre —rugió—. No después de haber abandonado a tu familia. Si hubieras sido una madre decente, es posible que Laura siguiera viva.

—Eso no es justo —insistió Mariah.

Igual que Alan, sabía que era inútil intervenir en las peleas de sus padres. A diferencia de su cuñado, no podía permitir que su madre quedara indefensa.

—Si no hubieras sido tan estricto —dijo a su padre—, Maggie no habría tenido necesidad de marcharse.

—Gracias, querida —dijo Maggie con una sonrisa trémula, a punto de ponerse a llorar.

Matthew se enderezó y miró a su hija.

—Para que te enteres, jovencita —dijo con su voz atronadora—, tu madre, a la que siempre te ha gustado tanto defender, se marchó de Whiskey River para que no la detuvieran por conducir borracha.

—¡Matthew! —dijo Maggie, blanca como la pared.

Pero su ex marido no estaba dispuesto a callarse.

—Pregúntale con quién estaba aquel día —sus ojos lanzaban dardos envenenados—. Pregúntale cómo se siente por ser la responsable de la muerte de otra persona.

Aunque Maggie se había puesto a llorar, no había ni rastro de compasión en el rostro pétreo de Matthew.

—Claro que puede sentirse identificada con Clint Garvey —bramó Matthew—. Porque los dos son unos asesinos.

—Maldito seas, Matthew Swann —la actriz lloraba abiertamente, con unas lágrimas que derretían el maquillaje cuidadosamente aplicado—. Cuando firmé ese papel me prometiste que…

—No deberías haber vuelto a Whiskey River, Margaret.

Dicho aquello, giró sobre sus talones y salió de su despacho, cerrando la puerta con tanta fuerza que el cristal esmerilado amenazó con romperse.

Como si se diera cuenta de que su presencia no era bienvenida, Alan lo siguió.

Se hizo el silencio en el despacho. Trace fue el primero en romperlo.

—Le diré a Jill que pida al chófer que lleve el coche a la puerta trasera.

—Gracias —dijo Mariah, temblando—. Vamos, mamá. Vámonos a casa.

Estaba tan alterada que, por primera vez en su vida, no llamó a su madre por su nombre.

—Me lo prometió —repitió Maggie aturdida—. Hace tantos años.

Trace las miró mientras se marchaban. Cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz, intentando tranquilizarse.

Pero no tenía tiempo para perderse en sus sentimientos personales, de modo que volvió a concentrarse en lo que podía hacer para ayudar a Mariah. Resolver el asesinato de su hermana.

El aire estaba cargado de humedad. Las nubes de tormenta rosadas y grises, tan normales en aquella época del año, se congregaban en el cielo. Se vio un rayo en el horizonte, pero la tormenta estaba aún tan lejos que no llegó el trueno.

Mientras trabajaba a solas en el despacho de su casa alquilada, repasando los expedientes de las muertes de Laura Swann Fletcher y Heather Martin, Trace se sorprendió esperando que la tormenta llegara pronto. Si tenía suerte, la lluvia alejaría a los periodistas que habían desplegado las antenas parabólicas frente al Ayuntamiento.

Releyó los informes una y otra vez, pero su mente se obstinaba en volver al hotel. Con Mariah. Necesitaba estar despejado para resolver los asesinatos, pero no había conseguido despejarse desde que conoció a la guionista de Hollywood.

Fuera, la tormenta que había estado amenazando todo el día con llegar se iba acercando. Un relámpago fue seguido por un trueno, y la lluvia empezó a golpear los cristales.

Trace acababa de dejar los papeles en la encimera cuando sonó la puerta.

Mariah Swann estaba de pie en el porche.

—Siento tener que molestarte en casa —dijo débilmente—, pero una vez me dijiste que si necesitaba apoyo…

Su voz se quebró, y un peligroso brillo apareció en sus ojos. Se llevó un puño a la boca, como intentando contener un sollozo.

—Lo siento, Callahan.

Trace la miró preocupado. Tenía el pelo mojado, pegado a la frente. No se le había ocurrido ponerse un impermeable, por lo que también se había empapado los vaqueros y el jersey de algodón mientras corría del coche a la casa. Tenía un aspecto frágil y diminuto.

Trace abrió más la puerta, invitándola a entrar en su casa. Y en su corazón.

—¿Qué te pasa? —preguntó al cerrar—. Bueno, siento haberte hecho una pregunta tan tonta —añadió rápidamente al recordar el aspecto que tenía la última vez que la vio.

—Intenta preguntarme qué no me pasa. La respuesta será más corta.

—Pero no ha ocurrido nada grave, ¿no?

Lo primero que se le pasó la cabeza al pensar en el aspecto que tenían madre e hija cuando se fueron de su despacho fue que a Maggie le había pasado algo. Después se le ocurrió la terrible posibilidad de que Mariah hubiera decidido tomarse la justicia por sus manos.

—No —maldijo y sacudió la cabeza—. Simplemente, se me ha juntado todo, y no puedo más —dejó escapar la respiración, entrecortada—. Sólo quería pegar un tiro a alguien.

—Pero no lo has hecho.

—No, sheriff. No he metido una bala entre los ojos al canalla de mi cuñado.

Trace no se dio cuenta de lo preocupado que estaba hasta que sintió que el alivio se apoderaba de él.

—Me alegra oír eso. El tejado de la cárcel tiene goteras, y ya te has mojado bastante. Por cierto, será mejor que te quites esa ropa empapada.

—Muy divertido, Callahan.

Trace vio cómo alzaba las barreras protectoras y se dio cuenta de que Mariah se comportaba con más brusquedad cuando más vulnerable se sentía.

—No tendrías nada que hacer en un bar de Los Angeles —continuó—, pero supongo que por aquí aún se puede ligar con frases hechas.

—No lo sé —dijo suavemente—. La verdad es que sólo intentaba evitar que pilles una pulmonía.

—Ah, claro. Siempre en defensa de la población.

—Hundido al primer intento.

Cuando la sonrisa de Trace le devolvió el calor, Mariah pensó que había hecho bien en ir a verlo. Trace Callahan debía haber tenido una vida bastante dura. Aunque no había accedido a su perfil psicológico, no podía pasar por alto las fantasmagóricas sombras de sus ojos.

Pero de algún modo había encontrado la fuerza necesaria para seguir viviendo. Se preguntó si podría revelarle su secreto.

—Lleva su tiempo —dijo él, sorprendiéndola de nuevo con su capacidad para leerle la mente.

Su tono y su mirada le daban ánimos. Mariah sabía que no se refería a la investigación.

—¿Cuánto tiempo?

Trace se encogió de hombros, decidiendo no contarle que, hasta que el asesinato de su hermana le proporcionó un motivo para levantarse por las mañanas, se dedicaba a vegetar y compadecerse de sí mismo.

Tampoco le confesó que estaba harto y que pensaba que jamás conseguiría levantar cabeza.

—Sospecho que depende en casa caso. Lo que sé es que no puedes precipitar las cosas. Y que mejora poco a poco, día a día.

Mariah lo miró prolongadamente.

—Supongo que tendré que confiar en tu palabra.

—Hazlo. Ahora será mejor que te quites esa ropa.

—Si quieres que me desnude, lo único que tienes que hacer es pedírmelo.

—Eso es muy halagador —consiguió decir con tono seco—. Pero el caso es que estás llenando de agua el suelo de madera, y como se estropee, Fredericka Palmer se negará a devolverme la fianza.

—Yo no me preocuparía por eso. Tengo la impresión de que Freddi te daría todo lo que quisieras. Por supuesto, después tendrías que correr mucho.

—¿Y eso?

—Siempre me ha recordado a una viuda negra. Y ya sabes lo que hacen con sus parejas.

Trace decidió que las dos mujeres tenían algo en común. También se dio cuenta de que no se tenían demasiado cariño.

—Lo tendré en cuenta.

—Harás bien —volvió a estremecerse—. ¿Me has ofrecido ropa seca?

—Te bajaré una camiseta —dijo subiendo la escalera—. Si quieres entrar en calor, puedes ducharte.

Mariah lo siguió.

—Sí, por favor.

—Muy bien.

Se apartó para que pasara por delante. Cuando subían, no pudo evitar fijarse de nuevo en su trasero.

—El cuarto de baño está por ahí —dijo señalando el dormitorio principal—. Te dejaré la camiseta en la cama. Cuando termines, baja la ropa y la meteremos en la secadora. Tenía intención de preparar de cena comida china congelada. ¿Te parece bien?

—Me encanta la comida china.

—Muy bien —volvieron a mirarse a los ojos—. Después podremos hablar.

Mariah nunca había sido propensa a compartir sus pensamientos o sus emociones. Los sentimientos personales los ahorraba para los guiones, exorcizando así los antiguos demonios por el método de darles vida. Pero por algún motivo, le apetecía compartir confidencias con aquel hombre.

Trace oyó el ruido del agua en las antiguas cañerías e imaginó a Mariah bajo la ducha, con el cuerpo desnudo resbaladizo por el jabón. Recordó el sabor dulce y suave de su boca y la forma en que se había abrazado a él, invitándolo. Su mente disparada lo imaginó también a él, abriendo la mampara para entrar también en la ducha, quitándole la pastilla de jabón verde de las manos para pasarla por todo su cuerpo, por sus hombros, bajando por su pecho y su espalda, llenándola de espuma que se disiparía con el agua caliente.

Imaginó sus labios, siguiendo el camino resbaladizo y fragante del jabón. Podía oír los gemidos de Mariah cuando introdujera la lengua en el centro de su feminidad. No le costaba demasiado trabajo imaginarla ávida y excitada, rodeándolo con sus largas piernas mientras él le apretaba la espalda contra los azulejos y…

Se advirtió que sus pensamientos estaban tomando un rumbo muy peligroso, pero su cuerpo reaccionó ante la fantasía erótica. La parte de él que quería hacer lo correcto intentó recordar que aquella mujer estaba muy confundida y se sentía vulnerable.

Pero ya habían hecho el amor, y la pasión que Mariah había demostrado no parecía indicar ninguna confusión en aquel aspecto. Y aunque no era un obseso, tampoco era un santo.

Al ver su sonrisa, cuando abrió la mampara supo que Mariah había estado esperándolo. La tomó entre sus brazos, la besó, y se apretó tanto contra ella que el agua no podía pasar entre los dos.

Se besaron apasionadamente, acariciándose mientras se perdían en la nube de vapor. El tiempo se esfumó. Ni el ayer ni el mañana importaban. No había preguntas que hacer ni respuestas que buscar. Sólo existía aquel momento de dulce placer sensual mientras se perdían en la niebla de la bañera.

Mucho, mucho más tarde, bajaron a la cocina y calentaron en el microondas la comida china. Después se la comieron en la mesa camilla.

Ya que la sudadera le llegaba a la mitad del muslo, a Mariah se le había olvidado ponerse ropa interior.

Aunque se había subido las mangas, su esbelto cuerpo estaba perdido en la prenda. Con el pelo mojado, suelto sobre los hombros, y un par de calcetines de rizo, había perdido todo el refinamiento, pero no la elegancia.

—¿No te deprime esto? —preguntó Mariah mirando a su alrededor y añadiendo complementos a la cocina, mentalmente.

Trace siguió su mirada hasta la ventana en el momento en que ella intentaba decidir qué cortinas pondría.

—¿Qué? ¿La lluvia?

—Esta casa.

—No sé. No lo he pensado —se encogió de hombros y abrió dos botellas de cerveza—. Es barata, y eso es lo único que me importa —frunció el ceño y miró a su alrededor de una forma que hizo pensar a Mariah que era la primera vez que observaba la cocina—. ¿Qué le pasa?

—La verdad es que es una casa preciosa, pero parece deshabitada.

Jessica le había dicho algo parecido cuando rechazó su oferta de acompañarlo a comprar muebles.

—He tenido cosas más importantes que hacer que dedicarme a la decoración.

—Desde luego. La delincuencia de Whiskey River es famosa.

—No habrás venido hasta aquí, con este tiempo, sólo para insultarme por no preocuparme demasiado por mi casa.

—No —suspiró—. He venido porque necesitaba compañía. Y tú eres la única persona del pueblo a la que conozco de verdad.

Aquello no era del todo cierto. Estaban su padre, Alan y Freddi Palmer.

—¿Y tu madre? —preguntó Trace con precaución.

La última vez que había visto a Maggie parecía muy alterada y algo borracha. Por lo que sabía sobre el alcoholismo, imaginaba que ya habría caído en el coma etílico. También pensaba que Mariah habría querido vigilarla para evitar que tal cosa sucediera.

Pero no podía. Sabía muy bien que era inútil intentar mantener a un alcohólico alejado de la botella.

—¿Te apetece consolar a tu primer amor de adolescente, sheriff?

Trace levantó una ceja ante su tono. Se preguntó si estaría celosa o enfadada.

—¿Te molestaría mucho que fuera así?

—En absoluto. Tampoco sería asunto mío.

—Por muy atractiva que siga siendo tu madre, me interesa mucho más la hija. Sólo estaba diciendo que, a juzgar por el aspecto que tenía cuando salió de mi despacho, no creo que sea muy recomendable dejarla sola.

—No está sola.

Al recordarlo, cerró los ojos y apartó la mirada.

Trace se preguntó si la furia que había entre los padres de Mariah podría convertirse en algo distinto.

—Cada cual tiene que enfrentarse al dolor a su manera.

—Ya lo sé. Pero eso no hace que me resulte más fácil ver a mi propia madre con un hombre al que saca por lo menos veinticinco años.

La cabeza de Trace repasó rápidamente la lista posible.

—¿Tu madre estaba en la cama con el chófer?

—Aún no. Pero estaba borracha, tenía la blusa desabrochada, y él, que da la casualidad de que quiere ser actor, se abalanzaba sobre ella. No hace falta ser guionista de Hollywood para imaginar la escena que viene a continuación.

A juzgar por lo que había dicho Matthew Swann de la conducta de su mujer cuando vivía en Whiskey River, Trace llegó a la conclusión de que se trataba de una escena que tanto Laura como Mariah habían presenciado anteriormente.

—Lo siento —dijo con sinceridad.

Recordaba demasiado bien la primera vez que entendió qué hacía su madre con todos aquellos hombres detrás de la cortina de su habitación alquilada. Por lo menos Mariah tenía alguien a quien contárselo.

—Debería estar acostumbrada —dijo, confirmando lo que él sospechaba—. Pero es que últimamente parecía tan centrada…

No terminó la frase. No era necesario. Trace pensó que aquello demostraba de nuevo que la riqueza no podía comprar la ausencia de dolor.

Mariah apoyó los codos en la mesa y puso la barbilla sobre sus dedos entrelazados.

—Por lo menos —añadió— ya he averiguado por qué no volvió a Whiskey River para asistir al juicio por la custodia —volvió a suspirar—. Por lo menos, ya conozco la versión de Maggie.

Trace se quedó esperando a que siguiera hablando, en silencio.

Mariah se dio cuenta de que si había ido a su casa era porque necesitaba contar aquello a alguien. No había mucha gente en la que confiara de forma incondicional, y Trace Callahan encabezaba la corta lista.

—Una noche —empezó a decirle— estaba fuera, emborrachándose con el cansadísimo capataz del rancho. Volvían a casa cuando el coche resbaló en una placa de hielo, y Maggie perdió el control. El hombre murió. Mi padre usó sus influencias para evitar que la detuvieran a cambio de que ella le concediera nuestra custodia, y a condición de que no volviera nunca a Whiskey River.

Cerró los ojos y respiró profundamente, recordando que la narración de su madre, relatada entre sollozos, la había hecho sentirse confundida. Por un lado, se sentía aliviada por saber que Maggie no había abandonado a sus hijas por falta de amor maternal.

Pero por otro lado, porque siempre había otro lado, la idea de que la afición por la bebida de su madre hubiera causado la muerte de un hombre le resultaba profundamente deprimente.

—Hay más —añadió—. El capataz se llamaba Cole Garvey.

—El padre de Clint.

Inmersa en su dolor, Mariah no se dio cuenta de que Trace no daba muestras de sorpresa.

—El mismo que viste y calza —se pasó las manos por el pelo—. Sabía que el padre de Clint murió cuando él tenía doce años, pero no sabía cómo.

Los dos guardaron silencio, perdidos en sus propios pensamientos. Trace entendía por fin los motivos por los que Matthew Swann odiaba tanto a Clint.

—En fin —dijo Mariah, dejando escapar un suspiro entrecortado—. Parece que Maggie y Laura tenían más cosas en común de las que ninguna de ellas habría pensado —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Maggie me ha dicho que tenía intención de dejar a mi padre por Cole. Y llevarnos a Laura y a mí.

Sus vidas habrían sido muy distintas. Tal vez no serían mejores. Aunque dudaba que para Laura pudieran haber sido peores.

—El caso es que tenía que quedarme sola —continuó—. Después de que me contara eso, tenía que intentar digerirlo.

—Es comprensible.

Cuando abrió los ojos y volvió a mirarlo tenía los ojos llenos de dolor.

—Cuando volví a la habitación de Maggie para decirle que entendía la presión a la que había estado sometida, la encontré con el chófer.

En aquel momento había sentido frustración, cólera y una intensa sensación de pérdida. Dejó caer los hombros, abatida.

—Así que vine aquí —concluyó.

Trace le pasó la mano por el pelo mojado.

—Me alegro de que hayas venido.

Y no sólo por lo que había pasado en la ducha.

Mariah se sentía a salvo con su mano en el pelo.

—Yo también.

—Hay una cosa que deberías saber sobre Maggie.

Negó con la cabeza. No podía seguir pensando en su madre aquella noche. Ni en Laura. Durante una noche, quería ser egoísta. Quería dejar que Trace la consolara, que la ayudara a olvidar los dolorosos problemas a los que se vería obligada a enfrentarse cuando saliera el sol.

—No quiero oírlo.

—Ella no era quien conducía.

—Por favor, Trace, no… ¿Qué? —lo miró con los ojos muy abiertos cuando comprendió, con retraso, lo que le decía—. ¿Cómo?

—Maggie no era la que conducía el coche aquella noche.
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