Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Dieciséis

No volvió. Mariah no se sorprendió demasiado, pero se sintió decepcionada.

Cuando el reloj marcó las siete en punto por la mañana y Trace ni siquiera había llamado para excusarse, decidió que ya había pasado bastante tiempo junto al teléfono.

Siempre se había dejado guiar por sus emociones. Aunque en algunas ocasiones aquella conducta le había ocasionado problemas, como en la pelea que tuvo con su hermana y que tuvo como consecuencia varios años de distanciamiento, a la larga no imaginaba otra forma de vivir su vida.

La noche anterior, con Trace, ocurrió lo mismo. Al hacer el amor con él se limitó a dejarse llevar por el corazón. Y si aquella mañana, a la luz del día, estaba dándose cuenta de que podía haber cometido un error, el placer y la pasión que habían compartido merecía la pena.

Por tanto, no entendía el motivo de su depresión.

—Lo que necesitas —se dijo mientras se secaba el pelo después de ducharse, cepillándoselo con más fuerza de la necesaria— es un rollito de canela de Iris.

Jamás había tenido una depresión que no le pudiera curar un buen dulce. Y una de las cosas que más había echado de menos mientras estaba lejos de Whiskey River eran los pasteles que preparaba la dueña de la cafetería.

Se sentía frustrado, agotado y culpable. A medida que transcurrían las horas no podía dejar de pensar en Mariah, que estaría esperándolo en el hotel. Pero en algunas ocasiones, le gustara o no, el trabajo era lo primero.

Era lo que se decía mientras estaba sentado delante de Jessica, esperando a que terminara de leer los papeles que habían encontrado en la habitación de Heather Martin, en el hotel.

—¿Y bien? —preguntó cuando la fiscal los dejó a un lado.

—Tienes razón, por supuesto. Southwest Development Incorporated es una constructora de la mafia.

—Cuyo director gerente ha contribuido a la campaña del senador —añadió Trace.

Se había sorprendido bastante cuando Ben Loftin, mientras registraba la habitación con J.D., había encontrado la lista de contribuyentes entre la ropa de la ayudante del senador. Era la primera cosa positiva que conseguía su ayudante durante los seis meses que había pasado trabajando con él.

—¿Crees que Fletcher sabe quién lo subvenciona? —preguntó Jessica.

—No lo dudo. Será muchas cosas, pero desde luego no es tonto. El caso es que cuando tuve que ver por primera vez con Southwest, en Dallas, la empresa estaba sobornando a algunos políticos para conseguir adjudicaciones irregulares e introducir el juego en el estado.

—Es más o menos lo que han estado haciendo aquí. Ya han colocado un par de casinos.

—Que se extenderán por todo el estado.

—Como la peste —convino Jessica.

—Pero Fletcher no toma parte en esas decisiones.

—No tiene voto, pero su opinión es tenida en cuenta. Piensa que es uno de los aspirantes a la Casa Blanca con más probabilidades de tener éxito. Todos los políticos del estado, desde el gobernador hasta el perrero de condado, quieren estar en su lista de favoritos. Así que todo el mundo seguirá a pies juntillas sus sugerencias.

—¿Qué crees que ocurriría si aceptara el dinero y después, por algún motivo, cambiara de opinión y decidiera declarar ilegal el juego?

—No es muy inteligente traicionar a la mafia.

—El asesinato de Laura podría haber sido una advertencia.

La fiscal del condado se mordió el labio inferior, pensativa.

—Tiene sentido —reconoció con desgana—. Eso también explicaría por qué no mataron al senador.

—Después de la lección que le han dado, será más probable que vuelva a su línea.

—Casi todo el mundo lo haría.

Trace siguió desarrollando su conjetura, intentando averiguar el motivo por el que habían matado a Heather.

—Es posible que la señorita Martin, que sin duda también sabía de dónde procedía el dinero de su jefe, se diera cuenta de lo sucio que era ese dinero en realidad cuando mataron a Laura —concluyó.

Jessica asintió.

—Y amenazó con sacarlo a la luz.

Trace se quedó mirando su café. Con la información sobre la financiación de la campaña, la versión de los dos hombres enmascarados ya no parecía tan poco probable. Se trataría de verdaderos profesionales, lo que explicaba cómo habían conseguido desaparecer sin dejar huella.

—No me gustan los misterios —murmuró.

Cuando vio el coche patrulla de Trace aparcado en la calle, delante del café Branding Iron, Mariah sintió un estallido inconsciente de alegría.

La sangre corría rápidamente por sus venas, con un burbujeo que cesó de inmediato cuando atravesó la puerta y vio a Trace sentado en una de las mesas de la parte trasera con Jessica Ingersoll, la preciosa fiscal del condado de Mogollon.

Su primer impulso fue el de dar la vuelta y salir corriendo, antes de que la vieran. Después se recordó que no tenía ningún motivo para sentirse avergonzada. Y Trace tampoco. Él le había advertido que no le hacía ninguna promesa, y ella le había asegurado que tampoco lo pretendía.

Pero aquello ocurrió la noche anterior. Por la mañana, a la luz de un nuevo día, tuvo que reconocer que al seguir su corazón había emprendido un camino que podía acabar por hacerle daño.

Mientras reconocía su vulnerabilidad, decidió hacer gala de su talento como actriz y caminó hacia ellos con una brillante sonrisa.

—No mires —dijo Jessica al observarla—, pero tenemos compañía.

Trace la sintió antes de verla. La energía que la rodeaba se introdujo bajo su piel y en su torrente sanguíneo. Su olor la siguió, recordándole su cálida piel, las sábanas revueltas y los fuegos artificiales.

Dejó lentamente la taza sobre la mesa descascarillada, preparándose.

—Buenos días —saludó Mariah, sin que pareciera que su sonrisa o su tono alegre eran forzados—. Me he despertado con unas ganas terribles de comerme un rollo de canela de Iris. Después de diez años —volvió a sonreír—. Será mejor que tengas cuidado, sheriff —le advirtió al ver que tenía un pastel delante—. Los dulces de Iris crean adicción.

El día anterior Trace se habría tragado su farsa de joven despreocupada. Pero aquello era antes de que alcanzara con ella toda la intimidad a que podían llegar dos personas. Aquella mañana, comprendiendo que Mariah era más indefensa y compleja de lo que pretendía aparentar, pudo ver un atisbo de dolor en sus sonrientes ojos y oír un ligero temblor en su voz.

—Lo tendré en cuenta.

Presentó a las dos mujeres, incómodo, y se quedó mirándolas mientras se daban la mano. Pensó que la vida en un pueblo pequeño era mucho más complicada de lo que esperaba y se acercó a la ventana, dejando sitio a Mariah.

—¿Te quieres sentar con nosotros?

Jessica, presenciando divertida la incomodidad de Trace, sonrió a Mariah sobre el borde de su taza.

—Siéntese, por favor. No tengo muy a menudo la oportunidad de conocer a una persona famosa.

—En realidad, si el sheriff desempeña su trabajo —dijo con tono más brusco del que intentaba usar— tendrá oportunidad de presentar cargos contra alguien que es mucho famoso que yo.

Jessica dejó la taza en la mesa.

—Supongo que se refiere a su cuñado.

—Por supuesto. Es culpable. Usted lo sabe, yo lo sé y el sheriff lo sabe. Lo que no consigo comprender es por qué sigue en la calle.

Aunque no le gustaba la acusación de su tono, Trace se sintió aliviado por que Mariah estuviera, por lo menos, mostrando sus verdaderas emociones.

—No tengo suficientes pruebas para detenerlo. Y aunque de vez en cuando la defensa consigue que se cancele una condena apelando, la recusación es para siempre. ¿Qué quieres que haga? ¿Que lo detenga sin cargos, que lo lleve a juicio y que consiga que lo suspendan alegando que no desempeñé correctamente mi trabajo?

Estuvo a punto de insinuar que compartir un agradable desayuno con su amante no era exactamente desempeñar su trabajo, pero se mordió la lengua.

—Alan Fletcher mató a mi hermana. Si ustedes no pueden ocuparse de él, tendré que ir a buscar una escopeta de mi padre para hacerlo yo personalmente.

—Por favor, deja de decir eso —se quejó Trace—. ¿No se te ha ocurrido pensar que es posible que lo que opinas de él te esté nublando el juicio? Si lo detenemos y conseguimos que lo condenen pero resulta que no es culpable, el asesino de Laura seguirá libre, para matar a la hermana de otra mujer.

—¿Quieres decir que no crees que Alan matara a Laura y a Heather?

Era una idea que se le había pasado por la cabeza en varias ocasiones. Incluso antes de que Loftin le entregara la lista de las personas que habían contribuido a su campaña. Evidentemente, Alan Fletcher era un hombre muy inteligente. Le extrañaba que cometiera la estupidez de asesinar a dos mujeres tan cercanas a él.

—Ya te he dicho que en este momento…

—Todo el mundo es sospechoso —concluyó ella, frustrada.

—¿Por qué no se sienta a desayunar con nosotros y hablamos tranquilamente? —intercedió Jessica.

—No quiero interrumpir nada importante.

Mariah no podía creer que su propia voz sonara tan petulante.

—Trace y yo ya hemos terminado de comentar las pruebas. Y hay algo que creo que debería saber antes de que se entere la prensa.

Era imposible resistirse a aquel cebo. Mariah se sentó junto a Trace. Cuando sus muslos se rozaron sintió que se le aceleraba el pulso.

—¿Por qué tengo la impresión de que esto no me va a gustar?

Antes de que ninguno de ellos pudiera contestar, la camarera llegó a la mesa. Era una joven que llevaba una minifalda vaquera y una minúscula camiseta roja.

—Hola, Mariah —dijo frunciendo el ceño, lo que no encajaba con su aspecto de personaje de cómic—. Me alegro mucho de que hayas vuelto, pero siento terriblemente lo que le ha pasado a la pobre Laura.

Mariah se esforzó por recordarla.

—Lo siento, pero…

—Claro. No creo que me hayas reconocido. Soy Jennifer Trent.

No era la primera vez desde su vuelta a Whiskey River que Mariah sentía que había transcurrido un siglo. La atractiva muchacha de maquillaje excesivo y melena platino por la cintura era otra de las niñas a las que cuidaba cuando iba al instituto.

—¡Jennifer! —sonrió asombrada—. ¿Qué tal estás?

—Bastante bien. Acabo de terminar los estudios de arte dramático —cuando se inclinó para llenarle la taza su pecho rozó el brazo de Trace, de forma muy poco accidental—. Estoy trabajando aquí para ahorrar e irme a Hollywood. Mis profesores dicen que tengo mucho talento.

—Te deseo mucha suerte.

—Gracias. Necesitaré toda la que pueda conseguir —se sacó la libreta del bolsillo—. Cuando llegue iré a hacerte una visita.

Pronunció la última frase dubitativa, casi en tono de pregunta.

—Por supuesto —murmuró.

Antes de prometerle un guión en el que fuera la protagonista le pidió un rollito de canela, con tono más brusco de lo que quería.

Decidió dejarle una buena propina para compensarla por su falta de modales y se volvió hacia Jessica.

—¿Qué decía?

—Trace dice que usted sabe algo de la carta que apareció en el registro de la casa de Clint Garvey.

Trace se lo había contado mientras iban al rancho de Clint, después del entierro.

—Sí, ya sé. Laura le escribió una carta en que insinuaba que después de que se casaran él llevaría el rancho. Pero Clint lo explicó todo —se volvió hacia Trace, para recordarle la conversación con el granjero—. Laura adoraba la tierra y los caballos, pero no se le daban muy bien los negocios.

—Se ha comentado —prosiguió Jessica— que si Laura cambió de opinión sobre lo de dejar a su marido, Clint perdería una ocasión muy lucrativa.

—Dudo mucho que mi hermana fuera a cambiar de opinión. Estaba enamorada de Clint e iba a tener un hijo suyo. Es imposible que se le pasara por la cabeza seguir con su marido.

—Ya que tengo la impresión de que nos vamos a ver bastante, ¿por qué no nos tuteamos? —propuso la fiscal.

—Muy bien. Y tienes razón al decir que vamos a vernos mucho. Porque no estoy dispuesta a rendirme hasta que el asesino de mi hermana esté entre rejas. Y Clint no lo hizo.

—Aunque no quiero meterme en la intimidad de tu familia, no creo que seas la persona más indicada para saber qué opinaba tu hermana de Clint y de su marido —dijo Jessica con educación.

—Ya estuvo casada con Clint.

—Eso ocurrió hace mucho tiempo. Durante un día. Cuando los dos eran muy jóvenes.

Mariah frunció el ceño, pensando en lo cerca que habían estado de tener una segunda oportunidad. Pero sabía que la vida no era un ensayo, y tenía miedo a las oportunidades perdidas, por lo que siempre había intentado sacar el máximo partido posible a cada minuto. Aquello explicaba también por qué se había acostado con Trace.

Sacudió la cabeza para despejarla de la turbadora idea.

—Además, en cualquier caso, aunque Laura hubiera decidido quedarse con su marido, Clint no habría matado a nadie por dinero.

—Esa es tu opinión.

Miró a la fiscal fijamente, sin vacilar.

—Cualquiera que conozca a Clint Garvey te dirá lo mismo.

—Cualquiera menos tu padre.

—Mi padre tiene sus propias teorías con respecto a Clint y a Alan.

De repente se dio cuenta del motivo de aquella conversación y se volvió hacia Trace.

—No irás a detener a Clint, ¿verdad? —preguntó escandalizada—. ¿Por lo de la carta?

Trace bebió un largo trago de café para calmarse.

—Hay más.

La futura estrella de cine volvió con lo que Mariah había pedido. Interrumpieron la conversación mientras la camarera colocaba en la mesa el plato con el enorme rollo de canela, junto con un puñado de servilletas de papel. El dulce tenía un aspecto delicioso, y su olor era suficiente para que a Mariah se le hiciera la boca agua.

Desgraciadamente, en su vida no había ocurrido nada normal desde que volvió a Whiskey River, y de repente se encontró con que no tenía hambre.

—Parece —continuó Trace después de que Jennifer volviera a la barra— que hubo una disputa sobre la propiedad de unos terrenos.

—¿Una disputa?

Mariah necesitaba un cigarrillo. Empezó a rebuscar en el bolso, pero después recordó que se había fumado el último poco antes del amanecer.

—¿Quieres que vaya a la máquina a comprarte un paquete? —preguntó Trace, observando su inútil búsqueda, que revelaba una gran tensión.

—No, gracias —se pasó las manos por el pelo, nerviosa—. Estoy bien.

No parecía encontrarse demasiado bien.

—¿Estás segura?

—Claro que sí. Ayer fumé demasiado. Además, tenía intención de dejarlo, y este momento es tan bueno como cualquier otro.

Alzó la voz demasiado. Hasta ella misma se sorprendió.

Trace se quedó mirándola durante largo rato y después se encogió de hombros.

—Un topógrafo al que Garvey contrató dice que Laura se había apropiado de parte de sus tierras.

—¿Y qué?

—Pues —respondió Jessica—, aunque a mí personalmente no me parece algo tan importante, tu padre insiste en que eso le dio un motivo.

Mariah se volvió hacia Trace, frustrada.

—Creía que decías que los motivos no eran importantes.

—No tienen por qué serlo para averiguar quién ha cometido un asesinato. Pero es peligroso ir al tribunal sin un buen motivo.

—Los jurados se suelen empeñar en que hace falta un motivo —explicó Jessica—. Quieren saber por qué la gente hace las cosas, supongo que para satisfacer su curiosidad personal, pero jamás he tenido un caso en el que no me haya dado la impresión de que el jurado espera en secreto que el sospechoso se derrumbe en el banquillo y confiese todo. Personalmente —murmuró— creo que eso les pasa por ver demasiadas series.

—Vaya —protestó Mariah—. Ya estamos echando la culpa de todos los males de la sociedad a la televisión. Pero si buscas un motivo, ¿qué te parece que Alan quisiera librarse de su esposa sin pasar por un divorcio para poder casarse con su amante? —miró a Trace—. Tú eres de Texas. Seguro que habrás oído hablar de la famosa tradición del Oeste de usar un revólver como juez de divorcios.

—Cada vez hay más políticos divorciados, y a la gente le importa cada vez menos —objetó—. Piensa en Reagan, en Rockefeller, en McCain, en Kennedy, en Warner…

—Warner no cuenta. Estuvo casado con Elizabeth Taylor, lo que hacía que el divorcio fuera obligatorio.

—El problema es —dijo Jessica, volviendo a la conversación original— que el gobernador me llamó anoche por teléfono.

—Y te presionó para que detuvierais a Clint —dijo Mariah en tono neutro.

—Yo no utilizaría exactamente la palabra presionar. Pero me insinuó que debía llevar ante el juez las pruebas existentes contra Clint Garvey.

—Eso tiene las huellas dactilares de mi padre.

Jessica se detuvo, eligiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.

—Tuve la impresión de que el gobernador es amigo de tu padre —dijo, invitándola a ampliar la información.

—Estuvieron juntos en la universidad. El gobernador era el padrino de Laura.

Entendía que, al desempeñar un cargo político, Jessica Ingersoll debía encontrarse sumida en un fuerte dilema.

—Ah.

La fiscal asintió y suspiró, perdiendo la mirada en su taza como si buscara la respuesta en la profundidad de su café.

—¿Así que vas a presentar una acusación formal? —preguntó Mariah.

—Eso pertenece al secreto de sumario —le recordó Jessica.

—Lo sé perfectamente, pero no has contestado a mi pregunta.

El silencio de Jessica fue todo lo que Mariah necesitó.

—¡Eso es ridículo! No tienes ninguna prueba que demuestre la culpabilidad de Clint.

—Para el jurado, los motivos tienen más importancia que las pruebas —le recordó—. No necesito demostrar un caso más allá de las pruebas razonables. Sólo tengo que apuntar las posibles causas por las que se cometió el crimen.

—Causas probables que se basan únicamente en el testimonio policial —murmuró Mariah.

Sabía que los fiscales podían convencer sin mucha dificultad a un jurado de lo que quisieran. De hecho, había oído en más de una ocasión que un buen abogado sería capaz de hacer que doce personas condenaran a un bocadillo de jamón.

—Las pruebas físicas encontradas en la escena del crimen, esto es, las pisadas, las huellas de neumáticos y el ADN del semen, apuntan a Clint Garvey. Ese hombre tuvo motivos y oportunidad, y mi trabajo consiste en presentar esos hechos ante el jurado.

—No quiero poner tu trabajo en peligro —dijo Mariah con sarcasmo.

Trace se encogió por dentro ante la acusación directa de Mariah. Conocía muy bien a Jessica, por lo que no le extrañó que abandonara su imagen fría y profesional para mostrar una pasión que normalmente reservaba para la intimidad.

—¿Crees que nos dedicamos a acusar a cualquier persona sólo por divertirnos? —espetó—. ¿Crees que invento pruebas contra los ciudadanos inocentes porque me gusta ver mi nombre en los periódicos? —se puso en pie, indignada—. Trace me ha dicho que quieres mucho a Clint. Yo lo siento mucho, pero no tengo otra opción —volvió a mirar a Trace—. Mantente en contacto conmigo. Es posible que necesite que vayas a recogerlo.

Dicho aquello, salió de la cafetería.

Mariah no quería creer que tal cosa pudiera suceder. Pero conociendo a su padre como lo conocía, decidió que no tenía nada de raro.

—¿Qué hay de Alan?

—Seguimos investigando.

Mariah quería creerlo, pero no resultaba fácil escapar al control de Matthew Swann. Si quería que Clint fuera condenado por el asesinato de su hija, el sheriff de Whiskey River no gozaría de demasiada libertad para seguir investigando a otros sospechosos.

—Oye —dijo Trace.

No quería mirarlo, porque sabía que podría leer sus pensamientos. Fingió un repentino interés por un cartel que anunciaba las fiestas del pueblo.

—¡Mírame! —insistió Trace en voz baja.

La tomó de la barbilla con la mano y le volvió la cara.

—Ya te he dicho —prosiguió— que voy a encontrar al asesino de Laura. Y nadie, ni siquiera tu padre, me va a detener. ¿Está claro?

Mariah quería creerlo. Necesitaba desesperadamente creerlo. Apretó los dedos alrededor del asa de la taza, como si pudiera sujetarse a ella.

—Podrías perder el trabajo.

Trace se encogió de hombros.

—No creo que me resultara demasiado difícil encontrar otro. Dormir tranquilo es mucho más importante para mí.

Se volvió a decir que era un buen hombre. Contempló detenidamente sus duros rasgos, fijándose en las manchas oscuras que tenía debajo de los ojos y en la sombra de la barba, más oscura que la noche anterior.

—Hablando de dormir, ¿cuándo dormiste por última vez?

—No paran de ocurrir cosas —una sonrisa íntima suavizó sus rasgos—. No es que me queje, claro.

Sus ojos se oscurecieron con los recuerdos. El mundo exterior empezó a reducirse. Los sonidos de la cocina, el crepitar de las brasas, el murmullo de las conversaciones de los otros clientes, fueron desapareciendo, hasta que Mariah sólo fue consciente de Trace.

—Estuve esperando que volvieras —dijo antes de darse cuenta de lo que hacía.

Trace había estado preocupado por la posibilidad. En primer lugar lo preocupaba el que ella estuviera esperándolo, y en segundo lugar, lo que era peor, estaba preocupado por la posibilidad de que no esperase.

—Lo intenté, pero los jóvenes tuvieron una noche muy movida. Además de pinchar varios neumáticos, estuvieron tirando petardos por todas partes.

Frunció el ceño al pensar en los motivos que podría tener Freddi Palmer para visitar la casa de Garvey. A diferencia del día que fue a su despacho, la noche anterior Clint se había comportado como si fuera culpable, haciendo a Trace pensar que las relaciones de Whiskey River eran mucho más complejas de lo que parecía a simple vista.

—El caso —prosiguió— es que cuando por fin conseguí detenerlos a todos y localizar a sus padres para que vinieran a buscarlos ya era por la mañana. Volvía al hotel cuando Jess me llamó por radio porque quería hablar conmigo, y…

Mariah acalló el dolor que sentía.

—No tienes por qué darme explicaciones.

—Pero me apetece.

Resultaba extraño, pero el hecho de decirlo no le parecía tan ridículo como el de pensarlo.

—De verdad, no tiene importancia.

Trace sintió que sus emociones se enredaban, como le ocurría siempre que estaba cerca de ella. Era una mujer fascinante, obstinada, tempestuosa e infinitamente deseable. Pero no era segura.

Fue consciente del peligro que representaba antes de tocarla por primera vez. Y después de haber estado con ella sabía que querría repetir una y otra vez.

—Si no tiene importancia, ¿te importaría explicarme por qué me siento como si estuviera en el instituto?

La expresión de Trace era tan seria que Mariah no pudo evitar sonreír.

—Creo que somos un poco mayores para esas tonterías.

—Mejor. La verdad es que no me gustaría volver a la época del instituto.

Decidió no comentarle que había cursado el último año de bachillerato entre rejas, y que había conseguido terminarlo estudiando por las tardes después de picar piedras durante toda la mañana.

—No creo que te interese quedarte con mi estrella —continuó Trace, con intención de aliviar el ambiente.

—Sólo si puedo usarla para arrestar a cierto senador asesino.

—Ah —le encantaba su tenacidad, aunque estuviera volviéndolo loco—. Ya empezamos otra vez.

—Y no dejaré de sacar el tema hasta que esto termine.

—Hasta que esto termine —convino Trace, preguntándose si hablaba de la investigación o si se refería a otra cosa.
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