Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Quince

Después de salir de la habitación de Fletcher, situada en el segundo piso, Trace subió al tercer piso por la escalera.

Mariah abrió la puerta unos segundos después de que llamara.

—¿Qué pasa? —preguntó directamente al verlo.

—Bien, gracias, ¿y tú?

Se había vuelto a poner la falda de gasa, combinada con una blusa de encaje. Unos grandes pendientes de aro colgaban hasta casi rozar sus hombros desnudos.

—Si es una indirecta sobre mis modales, no te tomes la molestia. No tenemos tiempo para ser sutiles.

—¿No tenemos tiempo? No sabía que la comisión te hubiera nombrado mi ayudante.

—Déjate de tonterías —seguía enfadada porque no le había permitido acompañarlo a la escena del último crimen—. Aprendí hace muchos años que la conducta sumisa no me llevaría a ningún sitio.

La noche caía lentamente sobre Whiskey River. Por la ventana podía oír la música procedente de la explanada.

—¿Por qué no estás en la fiesta, ocupándote de las medidas de seguridad?

—Fletcher ha cancelado su discurso a causa del último incidente. J.D. estaba deseando lucir su nuevo uniforme delante de todo el mundo, así que le he encargado que se ocupe de supervisar a los otros agentes.

—Siento mucho la muerte de Heather. ¿Cómo ocurrió?

—Por si no lo has oído por la televisión, por causas desconocidas.

—Sí, ya sé que eso es lo que has dicho en la rueda de prensa. Pero tú y yo sabemos que eso es una tontería.

—No veo por qué —dejó el sombrero en la mesita y se sentó en el sofá—. Deberías saber que no siempre resulta demasiado fácil establecer la causa de una muerte. La encontraron inconsciente, tumbada boca abajo en la bañera, lo que excluye las causas naturales que suelen ser debidas a una enfermedad. Ya que estaba desnuda y no dejó ninguna nota que pudiera indicar que se había quitado la vida, también hemos descartado el suicidio.

—¿Qué tiene que ver que estuviera desnuda? —preguntó Mariah, cayendo en la trampa y apartándose del tema.

Se sentó junto a él. Su habitual olor a flores parecía más cálido que de costumbre. Más atractivo. Resistiendo la tentación de averiguar hasta qué punto estaba su sedosa piel impregnada del perfume, Trace se apartó.

—Casi todas las víctimas de suicidios que aparecen en la bañera se encuentran completamente vestidas.

—Ah.

La contempló mientras asimilaba su explicación. Podía ver los engranajes girando en su preciosa cabeza, e imaginó que estaba archivando la información para una futura trama.

—Supongo que tiene sentido. Más o menos como las personas que se ponen su mejor pijama o camisón antes de tomarse un bote entero de somníferos.

—Exactamente. En cualquier caso, había una serie de cosas que incitaron al forense a no dictaminar una muerte por accidente.

—¿Qué cosas?

Trace negó con la cabeza.

—Lo siento. Aunque te he dicho todo lo que he podido, tal y como te dije cuando quisiste acompañarme a la habitación de la víctima, tengo que establecer ciertos límites en esta investigación.

—Fueran lo que fueran esas cosas, supongo que tampoco bastaban para dictaminar un homicidio.

—En efecto. Oficialmente no.

Pero las marcas que tenía en la base del cráneo eran suficientes para convencerlo a él de que su muerte no había sido un simple accidente en la bañera.

Mariah maldijo y se levantó, seguida por el vuelo de su falda. Se puso a recorrer la habitación, nerviosa. Trace pensó que probablemente su esbelto cuerpo tenía demasiada energía contenida para permitirle que estuviera mucho tiempo sentada.

Se preguntó, no por primera vez, cómo demostraría su vitalidad en la cama. Podía ver sus largas piernas a través de la falda, y se le aceleraba el corazón cuando las imaginaba alrededor de su cadera.

Mariah se detuvo durante el tiempo necesario para encenderse un cigarrillo del paquete casi vacío que tenía en la barra del bar y después siguió andando.

—¿Así que Alan va a quedar impune después de cometer otro asesinato?

—El asesino no va a salir impune —le recordó Trace—. Tengo que hacerte una pregunta —añadió, decidiendo que había llegado el momento.

El tono de duda de su voz llamó la atención de Mariah inmediatamente, haciendo que se detuviera en seco.

—¿Por qué llamaste a Fredericka Palmer la semana pasada?

—¿Qué? —no era la pregunta que Mariah esperaba—. ¿Cómo te has enterado de eso?

—Comentó de pasada que la habías llamado desde Los Angeles para concertar una cita, y que estuviste muy misteriosa. Insinuó que no querías que tu hermana se enterase.

—¿Misteriosa? Dios mío —frunció el ceño, lanzó una mirada asesina al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero—. Siempre ha sido bastante melodramática. Tal vez debería ser ella la que escribiera para la televisión.

—¿Así que no es verdad? ¿No le pediste que mantuviera en secreto lo de vuestra cita?

Mariah podría haber escrito el guión. Suspiró y se sorprendió esperando que un intermedio aliviara la tensión que se había formado de repente.

—Eso es una exageración. Le pedí que no se lo comentara a nadie, pero no porque tuviera nada que ocultar.

Trace guardó silencio. Ella se dio cuenta de que estaba empleando la típica técnica, pero no pudo evitar que funcionara.

—No te hagas el duro conmigo, Trace. Es la verdad.

—No te he dicho que no.

Siguió en silencio. Mariah se sintió furiosa por que pudiera sospechar que había matado a alguien, y mucho más, a su hermana. No obstante, se sintió aliviada al comprobar que Trace estaba investigando a fondo el asesinato de Laura.

—Llamé a Freddi porque me interesaba comprar una casa.

—¿Aquí? ¿En Whiskey River?

Pudo oír la incredulidad en su voz y entendió el motivo.

—Ya lo sé. Nunca mantuve en secreto el hecho de que estaba impaciente por perder este pueblo de vista. Pero cuando me marché sólo era una adolescente enfadada y confundida, y aunque sé que suena a frase hecha, últimamente he estado echando de menos mis raíces.

También echaba de menos a su hermana. Demasiado tarde, se recordó de nuevo. Había vuelto a casa demasiado tarde.

Trace observó la nube de preocupación que atravesó sus ojos.

—¿Así que tenías intención de marcharte de Los Angeles?

—No del todo. No me importaría ponerme a escribir guiones de cine. Me encanta mi trabajo, pero a veces me da rabia tener que ceñirme a las normas de la televisión. A diferencia de las series, las películas no dependen de los patrocinadores. No hay que preocuparse por la posibilidad de que el gerente de una empresa anunciante se enfade por una campaña de cartas de protesta de un grupo conservador. Además, la longitud permite profundizar más en los personajes. Así que cuando me ofrecieron la posibilidad de escribir para el cine acepté la oferta.

—Creía que para escribir guiones tenías que vivir en Los Angeles.

—No viene mal —convino—. Sobre todo al principio. Pero yo llevo mucho tiempo en el negocio, y ya me he formado una reputación. Así que, aunque no estoy dispuesta a dejar mi casa de la playa, en este momento ya puedo permitirme el lujo de trabajar en lo que me gusta y evadirme de la pompa y el boato de Hollywood.

Aunque Trace quería creerla, el profesional que había en él no podía descartarla por completo.

—Suena bastante razonable —reconoció—. Entonces, ¿por qué pediste a Fredericka que no contara a nadie lo de vuestra cita?

Mariah lo miró fijamente, retándolo a acusarla de mentir.

—Porque antes quería tantear el terreno. Sabía que era posible que al venir me diera cuenta de que éste no era mi sitio. Y ya que he proporcionado a Whiskey River más cotilleos de los que necesita, no quería que la gente empezara a decir que había fracasado si este viaje no funcionaba.

—Tengo otra pregunta.

El hombre que le había masajeado los hombros después del entierro de su hermana había desaparecido. En su lugar había ahora un duro policía que no se detendría ante nada para resolver su caso.

—Dispara.

La sonrisa de Mariah era falsa. Esperaba que su respuesta no lo fuera.

—¿Sabías que tu hermana te iba a dejar el rancho?

A pesar de que esperaba la pregunta, le dolió.

—No. Te aseguro que no me enteré de que Laura hubiera cambiado su testamento, y no sabía que me fuera a dejar el rancho a mí. Pero aunque lo hubiera sabido, desde luego no la habría matado para conseguirlo —empezó a perder la calma—. A pesar de nuestros problemas, a pesar de los años que pasamos sin mantener ningún contacto, adoraba a mi hermana. Y ella era la única persona que me quiso de verdad. Le daba igual que fuera una famosa guionista de televisión. Y aunque me envió un ramo de flores cuando gané mi último Emmy, sabía que se habría sentido igual de orgullosa si fuera camarera y hubiera ganado un premio por tirar la cerveza mejor que nadie. Lo único que le importaba era que la gente a la que quería fuera feliz —respiró profundamente—. Laura era la mejor persona que he conocido en mi vida. La mejor persona que conoceré en mi vida. Le hice pasar varios momentos terribles, pero a pesar de que la mayoría de la gente me habría considerado un caso perdido, ella siguió queriéndome, por mí misma, con todos mis fallos. Fue la única persona que me quiso en toda mi vida abiertamente, con sinceridad.

A pesar de que se había prometido no llorar, una lágrima solitaria corrió por su mejilla. Se la apartó furiosa, con un movimiento brusco.

—Y por eso quiero que se detenga a su asesino —prosiguió—, aunque sea lo último que haga en mi vida.

Trace presenció su valiente intento por conservar la calma y se le encogió el corazón. A pesar de la seguridad con que hablaba, parecía más joven de lo que era. Indefensa. Y muy deseable.

—Creo que ésa es mi misión.

Lo miró sonriendo débilmente. A diferencia de su sonrisa anterior, aquella era sincera y emocionada.

—Claro que sí. Pero no olvides que hasta Batman necesitaba a Robin de vez en cuando.

Trace le devolvió la sonrisa, interpretando sus palabras como una oferta de tregua.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

La voz de Mariah era suave, pero segura.

Trace sabía lo que le esperaba. Sabía que debía detenerla, pero no era capaz de resistirse.

—Adelante.

Mariah volvió a sentarse en el sofá y se volvió hacia él.

—¿Ha terminado el interrogatorio?

Su olor lo envolvía, atrayéndolo como un imán.

—No era un interrogatorio.

Mariah se inclinó hacia delante hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros y lo miró fijamente a los ojos.

—De acuerdo —su aliento le rozó los labios como una brisa de verano—. Lo diré de otra forma. ¿Has terminado de hacerme preguntas, sheriff?

Incapaz de resistirse a sus encantos de sirena, acarició su rostro con el dorso de la mano. No le gustaba demasiado la forma en que su autodominio se desintegraba cuando cometía el error de acercarse demasiado a ella.

No obstante, el hecho de saber el riesgo que corría no cambiaba nada.

La deseaba. La necesitaba. Con una intensidad que rayaba en la desesperación. Aunque había hecho todo lo posible por resistirse a la tentación, lo que quería, lo que necesitaba, era hacer el amor con Mariah. Ahora, mientras sólo pensaba en ella y no en todas las razones por las que no debería.

Cuando estaba a punto de hacer lo que iba en contra de todas las normas policiales que había aprendido. Sabía que podía arrepentirse de aquello.

Se recordó que nunca se había guiado estrictamente por las normas y la miró a los ojos.

—Tengo otra pregunta.

Mariah le rozó los nudillos con los labios.

—Sí —sus ojos turquesa lo invitaron, mirándolo entre las pestañas—. La respuesta es sí.

Mientras bajaba la cabeza, Trace vio los labios de Mariah entreabriéndose. Su deseo de tomar era parejo a su deseo de dar. Y aunque sentía el impulso de tumbarla en el suelo y tomarla rápidamente, otra parte de él se propuso hacer uso de toda la paciencia que había acumulado durante los años, todas las habilidades que había adquirido, para complacerla.

Mariah esperaba pasión. Se preparó para ello. Pero en contraste con el acalorado beso que se habían dado la noche del entierro de Laura, los labios de Trace apenas rozaron los suyos, una y otra vez.

Sus respiraciones se mezclaron, convirtiéndose en una.

Con un leve gemido, Mariah rodeó su cuello con los brazos. Contuvo la respiración y después la dejó escapar de golpe. Lo besó en la boca, ofreciéndole más, invitándolo a todo.

Su sabor, tan fresco como una mañana de primavera y tan dulce como el brillo del sol lo embriagaba, debilitándolo. No se había dado cuenta de que el borde del deseo pudiera ser tan escarpado. Se apartó y empezó a besarla lentamente en la cara y en el cuello.

—Te has cambiado de perfume.

La pasión irradiaba de cada uno de sus poros. Trace la estaba hipnotizando, arrastrándola a la bruma sin llegar a tocarla. Mariah sintió que se le nublaba la mente. La sensación resultaba desesperante y excitante a la vez.

—Sí —consiguió decir en un débil susurro mientras él le acariciaba el lóbulo de la oreja.

Echó la cabeza para atrás, facilitándole el acceso a su cuello.

Fuera, una banda de música interpretaba marchas patrióticas. Las familias disfrutaban de la barbacoa, y los niños jugaban al escondite entre los árboles, tal y como habían hecho durante muchas generaciones desde los primeros días de Whiskey River.

Dentro, el mundo se reducía a aquella habitación. Para Mariah sólo existía Trace. Para él sólo existía ella.

—Es más fuerte que el perfume que te pones normalmente. Me recuerda el olor de las flores calentadas por el sol tropical.

Todos los nervios de Mariah se habían puesto a temblar, en anticipación a su contacto. Cuando los labios de Trace rozaron sus párpados, cerró los ojos.

—Me lo he puesto para ti —murmuró.

Hambrienta de sus labios, volvió a besarlo en la boca, saboreando su masculino aroma.

—Para seducirte —añadió.

—Eso me pareció.

Mariah sabía a pura tentación. Una tentación a la que no podía resistirse.

—¿Funciona? —preguntó ella bordeando su boca con la punta de la lengua.

Trace tomó su mano y se la llevó a los pantalones.

—¿Tú qué crees?

Su duro sexo se movió contra la palma de la mano de Mariah, provocándole un estremecimiento.

—Muy bonito, sheriff —dijo en una voz vibrante que lo enloqueció—. ¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?

—Siempre me alegro de verte —pasó las manos por sus hombros, bajando por los brazos—. Incluso cuando no quiero alegrarme.

Mariah no se sintió ofendida por su renuencia. A pesar de la bruma que nublaba su cerebro, se daba cuenta de que aquello debía ser muy difícil para él. Tal vez no siguiera siempre las reglas, pero sabía que era un hombre muy honrado. Sin duda, el hecho de sentirse atraído por una mujer que estaba implicada en un caso de asesinato le planteaba un duro dilema ético.

Pero no quería discutirlo en aquel momento. Le llevó una mano a la mejilla.

—Yo también me alegro siempre de verte —reconoció con suavidad—. A veces tanto que me muero de miedo.

—Ya somos dos.

Incluso en aquel momento podía advertir el atisbo de la reticencia en su voz.

—Sé que no querías que esto ocurriera —murmuró rozando su mejilla—. Pero aún tienes elección.

Rogó en silencio para que no cambiara de idea.

Trace hundió las manos en su pelo y le echó la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos.

—No. No me voy a echar atrás.

Antes de que Mariah pudiera responder, volvió a apoderarse de su boca. Los besos se fueron haciendo más largos y profundos.

Los generosos labios de Mariah eran cálidos y húmedos. Al besarlo soltó un gemido que lo abrasó como una hoguera. Cuando le mordió el labio inferior, ella pronunció su nombre y se abrazó a él, tumbándolo sobre los cojines.

—Sigue —dijo con voz entrecortada cuando Trace hundió la boca en su garganta.

—Desde luego que voy a seguir —le prometió.

El cuerpo de Mariah se movía desesperado debajo del suyo, encendiendo fuegos que él se esforzaba por mantener dominados. Las imágenes eróticas que habían estado torturándolo las pocas veces que había conseguido conciliar el sueño después del asesinato de Laura Fletcher lo asaltaron, excitándolo como ninguna otra mujer.

Con unas manos que no estaban tan firmes como a él le habría gustado, le bajó por los brazos las mangas de farol de la blusa, liberando los fragantes senos que asomaban por el corpiño sin tirantes.

Su piel, coloreada por el sol de California, relucía a la luz de la lámpara como si fuera oro fundido. Sólo con mirarla tumbada debajo de él, tan bella y entregada, hacía que se le disparase el corazón.

Cuando pasó un dedo por su luminosa piel reparó de repente en los callos que se había ganado aquel distante año en que el sistema de correccionales del estado de Tejas había decidido encerrar a los jóvenes que consideraba peligroso. El programa, que se había ganado todas las alabanzas posibles de los políticos y la prensa, no había sido en realidad más que un programa de trabajos forzados, cuya única novedad consistía en que los que trabajaban en las canteras eran muchachos menores de edad.

—Lo siento —dijo al darse cuenta de que Mariah se estremecía—. Tengo las manos muy ásperas.

Sus fuertes manos le proporcionaban un placer que jamás había conocido. Los rugosos dedos de Trace estimulaban todas las terminaciones nerviosas de su piel.

Cuando él fue a apartar las manos, lo retuvo por las muñecas y besó la yema de cada uno de sus dedos.

—No pares —sus ojos, brillantes por el deseo, se encontraron—. Me gusta.

Sin dejar de mirarlo, apretó los labios contra la palma de su mano derecha. Después hizo lo mismo con la izquierda. Sonrió suavemente y devolvió la mano de Trace a su pecho, deseosa de seguir sintiendo su contacto.

Trace siguió acariciándola, aceptando su iniciativa, pasando las palmas de las manos por encima de sus curvas. Cuando ella habría acelerado la marcha, él la aminoró, para seguir seduciéndola con manos lentas y labios tiernos.

Mariah no sabía exactamente cuánto tiempo pasó sometida a aquel tormento. Podrían haber sido unos minutos o una eternidad. Sólo sabía que las llamas surgían de su interior, y que si no podía sentir a Trace en el lugar en el que el calor era más intenso, se volvería loca.

—Trace —se movía bajo él, arqueándose contra su cuerpo masculino, rogando sin sentir vergüenza—. Por favor —tiró de su cara para volver a besarlo en los labios—. Te necesito. Del todo.

Trace se levantó del sofá y la tomó en sus brazos para llevarla al dormitorio adjunto.

El colchón chirrió cuando la depositó sobre la cama con desacostumbrada ternura. Volvió a gemir cuando se sentó junto a ella.

—Eres increíble. Maravillosa —la acarició desde los muslos hasta los hombros—. Me cortas la respiración.

Muchos hombres le habían dicho cosas parecidas, pero ninguno de ellos había sido capaz de hacer hervir su sangre. Muchos hombres la habían deseado, pero jamás había deseado a un hombre con una intensidad que rayara en la locura.

—Tú también eres maravilloso, sheriff —acertó a decir con una sonrisa temblorosa.

Trace se sorprendió. Ninguna mujer le había dicho que fuera maravilloso. Claro que ninguna mujer lo había mirado tal y como Mariah lo miraba en aquel momento.

La habitación estaba sumida en las sombras. Un árbol, agitado por la brisa del verano, rozó la ventana. En el exterior seguía sonando la música, pero en el interior se oían sólo los gemidos que dejaban escapar mientras se desnudaban mutuamente, maravillados por el milagro de los dedos sobre la piel, de la carne desnuda sobra la carne desnuda.

Cuando vio la cicatriz que cruzaba el pecho de Trace, Mariah no pudo evitar apartarse.

—Oh…

Su voz estaba cargada de terror. Por supuesto, estaba informada sobre el tiroteo. Sabía que había sido operado a corazón abierto y que había salvado la vida por los pelos. Pero no estaba preparada para ver un recordatorio tan vivido.

—Ya se irá. Las cicatrices acaban por desaparecer.

Trace no quería hablar sobre el tiroteo. Ni pensar en él. Mucho menos en aquel momento, cuando podía tocar el cielo con las manos.

Mariah entendía por qué no quería tratar el tema, pero necesitaba en cierto modo mostrarle sus sentimientos, hacerle ver lo mucho que se alegraba de que hubiera sobrevivido. Apretó los labios contra la línea roja, bajando por su estómago, y más aún.

El contacto de sus labios lo quemaba. La mente de Trace se vació de todo lo que no tuviera que ver con ella. Mariah la del pelo dorado, la de los ojos turquesa, la de la piel perfumada. Mariah, cuya lengua era capaz de hacer llorar a un hombre adulto.

Cuando lo acogió por completo en su cálida y húmeda boca, Trace hundió las manos en su pelo, permitiendo que lo llevara más y más cerca del éxtasis. Cuando estaba justo al borde del precipicio, la sujetó por los hombros y la atrajo hacia sí.

—Aún no —dijo besándola—. Tenemos mucho tiempo.

Entonces, de forma inexplicable, se encontró con que las manos y los labios de Trace estaban por todas partes, acariciándola sin cesar, mordiéndola, lamiéndola, doblegándola a su voluntad. Cuando ella se habría precipitado, él iba más despacio. Nunca habría podido sospechar que un hombre tan corpulento podía ser tan tierno. Ni que unas manos tan fuertes pudieran ser tan suaves.

Incapaz de resistirse, sintió que se derretía como una vela bajo el sol tropical. Podía oír su propia respiración en el silencio de la habitación. Podía sentir su corazón golpeándole el pecho, la garganta, los oídos. Nunca había sido tan consciente de su cuerpo. Nunca había conocido un placer semejante.

Cuando la lengua de Trace recorrió su columna, gimió y se estremeció bajo él. Cuando sus dientes la mordieron en la corva, contuvo un grito.

Y cuando el aliento de Trace, tan cálido y erótico como el viento del desierto, rozó los suaves rizos que tenía entre las piernas, contuvo la respiración y esperó lo inevitable, con todos los nervios de punta.

Mariah estaba ardiendo. Y era suya. Sus sensibles labios rosados, enmarcados entre los rubios rizos, brillaban como pétalos de rosa. Atraído por su sedosa suavidad, Trace empezó por acariciarlos con la punta de un dedo, y después con los labios.

Cuando empezaron a temblarle las piernas la sujetó por las caderas, empujándola contra su boca. Su lengua acariciaba el centro de su ser, enviándole oleadas de placer que le arrancaban sonoros gemidos. Intentó alcanzar su cabeza a ciegas, mientras su cuerpo avanzaba rápidamente hacia el clímax. Necesitaba desesperadamente sentirlo en su interior.

Indefensa, desprovista de control, le rogó que pusiera fin a su tormento a pesar de que no quería que acabara nunca. Cuando por fin se vio poseída por un brusco clímax, se dijo que no podía haber nada más. Que el placer no podía ser más intenso, ni la pasión más fuerte.

Pero no tardó mucho en descubrir lo equivocada que estaba. Los labios de Trace, con el calor de su piel, volvieron a los suyos a la vez que la penetraba, hasta el fondo, tan profundamente que todo lo que había ocurrido antes palideció en comparación con aquello.

Entrelazó las piernas a su alrededor, moviendo las caderas al mismo ritmo. Las manos de Trace recorrían su espalda, sintiendo cada uno de sus tensos músculos.

Mariah sintió de nuevo el éxtasis, seguida de cerca por Trace. Seguían inmersos en el aturdimiento cuando un estruendo sacudió los cristales y el cielo de la noche se llenó del rojo, el blanco y el azul de los fuegos artificiales.

—No me lo puedo creer —comentó Mariah cuando consiguió recuperar el habla—. Jamás me aceptarían una escena como ésta.

Sintiéndose más satisfecho que en toda su vida, Trace sonrió y le apartó unos mechones de pelo de la cara.

—Tal vez sea un estereotipo, pero tienes que reconocer que funciona.

Por primera vez desde que lo había conocido, Trace parecía verdaderamente relajado. Antes ya era muy atractivo, pero la sonrisa infantil lo hacía irresistible.

—Reconozco que estoy impresionada, sheriff. No todo el mundo consigue fuegos artificiales. ¿Qué tal se te da hacer que el mundo gire rápidamente?

Apretó los labios contra su sonrisa.

—La próxima vez.

Mariah se sintió decepcionada aunque no demasiado sorprendida cuando el transmisor de Trace empezó a sonar. Maldijo mientras se levantaba de la cama. No estaba preparado para volver al mundo real, y desde luego, lo último que deseaba era volver al trabajo.

Mariah se quedó donde estaba, frustrada por no poder obligarlo a cumplir su promesa. Dudaba si debía seguirlo al salón de la suite cuando él volvió y empezó a recoger la ropa del suelo.

—Lo siento —se excusó mientras se ponía los calzoncillos y se disponía a hacer lo mismo con los pantalones.

Mariah le mostró una sonrisa que no sentía.

—Lo entiendo.

—Siento mucho tener que salir corriendo así.

—No te preocupes —se arrodilló en la cama y le abrazó el cuello—. Me doy cuenta de que tienes que hacer tu trabajo —pasó los dedos por su pecho e intentó no pensar en cómo se había hecho aquella horrible cicatriz—. No me voy a sentir abandonada.

—¿De verdad?

Si aquello era cierto, sería la primera. Con la excepción de Jessica, por supuesto. Pero la fiscal del condado sabía muy bien que los delincuentes no observaban muy estrictamente el horario de oficina.

—Claro que no —pasó por alto la punzada de culpa ante la mentira piadosa e intentó asegurarse de que en gran parte era verdad—. Lo de esta noche ha sido maravilloso, Callahan. Mejor que maravilloso. Pero sólo ha sido sexo.

Trace se preguntó si Mariah creía de verdad lo que estaba diciendo. Después se preguntó si, en tal caso, no debía sentirse aliviado. Decidió pensar en ello más tarde, cuando no tuviera tan cerca la tentación de su fragante piel y sus jugosos labios, y empezó a abotonarse la camisa.

—Son los quinceañeros —le explicó, intentando no mirarle el pecho, que seguía tentándolo en la distancia—. Se han pasado todo el verano volviéndome loco.

Bajó la vista y vio que se había abrochado mal la camisa.

Mariah contuvo una sonrisa, contenta de que Trace no fuera completamente inmune a sus encantos. Aunque no estaba preparada para reconocerlo, después de hacer el amor con él, por bien que se hubiera sentido, se había quedado deseando más. Había dado su cuerpo a Trace Callahan, y ocurriera lo que ocurriera, nunca se arrepentiría de ello. Lo que la preocupaba era que, aunque no había planeado que tal cosa pasara, también le había entregado el corazón.

—Déjame a mí —le desabrochó la camisa y empezó de nuevo, abrochándola desde el final—. ¿Qué ha pasado?

—Hay un grupo de adolescentes en el pueblo que se dedican a montar bullicio, y ahora les ha dado por tirar petardos.

—Es cuatro de julio —dijo acariciándole la mejilla—. Y los niños son siempre iguales.

—Es cierto —su contacto despreocupado casi lo atrajo de vuelta a la cama—. Pero si no les paro los pies ahora, dentro de poco estarán haciendo cosas mucho peores.

Mariah pensó en sus orígenes y frunció el ceño.

—¿No crees que exageras un poco?

—Alguien tiene que marcar las reglas —una sombra distante ensombreció sus ojos tristes—. Si sus padres no se toman la molestia de establecer los límites, tendré que hacerlo yo.

Su expresión, que unos minutos atrás era tan cariñosa, se había vuelto severa. Las sombras abandonaron su mirada, revelando una serie de emociones que hacía daño mirar.

Curiosa sobre lo que pudiera mover a aquel hombre, tan distinto de todos los hombres que conocía, pero consciente de que en aquel momento no tenía tiempo para averiguarlo, lo miró con seriedad.

—Sabia que eras uno de los buenos, Callahan.

Trace vio las preguntas en sus ojos y se sintió agradecido por que hubiera decidido no planteárselas. Se preguntó si seguiría admirándolo si conociera toda la verdad sobre su pasado.

—Has visto demasiadas películas policíacas —murmuró, incómodo.

En la profundidad de sus ojos había un dolor oculto. Mariah deseaba saber de qué se trataba.

—Culpable —dijo con una sonrisa rápida, para disipar la tensión.

Se levantó de la cama y caminó hacia el armario. Al verla de pie, Trace decidió que por muy bien que le quedaran los vaqueros ajustados, el examen definitivo, que había aprobado con un sobresaliente, consistía en ver su cuerpo desnudo.

—Si atrapas a tus alborotadores, tal vez puedas volver para cenar —propuso, poniéndose una bata corta de seda que apenas tapaba su cuerpo—. El servicio de habitaciones termina a las doce de la noche, pero…

Trace había intentado decirse que después de haber hecho el amor con Mariah Swann se le pasaría el deseo. Pero se equivocaba. Porque, a pesar de que sabía que estaba jugando con fuego, fue incapaz de resistirse.

—Lo intentaré.

Sucumbiendo a la necesidad de probarla una vez más antes de marcharse, inclinó la cabeza y la besó, apasionadamente, haciendo que a Mariah se le doblaran las rodillas.

Cuando por fin terminó el prolongado beso, Trace dejó escapar una brusca respiración y dijo:

—Dios mío, te deseo otra vez. Pero no puedo prometerte que vaya a volver esta noche.

—No te preocupes, sheriff —le apoyó un dedo en los labios y sintió su calor—. No te estoy pidiendo promesas.

Los dos sabían que no estaban hablando de la cena.
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