La jaula de la melancolíA






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fecha de publicación01.07.2015
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LA JAULA DE LA MELANCOLíA



Este libro es una reflexión crítica sobre la cultura mexicana contemporánea. Se han elegido los lugares comunes del carácter del mexicano: se trata de un manojo de estereotipos codificados por la intelectualidad, pero cuyas huellas se reproducen en la sociedad provocando el espejismo de una cultura popular de masas. Estas imágenes sobre "lo mexicano" no son reflejo de la conciencia popular (suponiendo, cosa que se duda, que dicha conciencia exista como entidad única y homogénea). Al leer con actitud sensata los estudios sobre "lo mexicano" se llega a la conclusión de que el carácter del mexicano es una entelequia artificial, sólo tiene una existencia literaria y mitológica, lo que no le resta fuerza e importancia, pero debe hacer que se reflexione sobre la manera en que se puede penetrar el fenómeno y sobre la peculiar forma en que se inserta en la estructura cultural y social de México.

En un país que parece naufragar, azotado por las inclemencias de la crisis y sumido en el despotismo político, surge la terrible pregunta: ¿Tiene sentido ser mexicano? A partir de esta interrogante, se critican ásperamente los mitos de la identidad nacional. Se propone al lector un juego macabro: hacer la disección de un cadáver, del mexicano inventado por la cultura dominante. El espécimen descubierto por el bisturí resulta ser un extraño anfibio, ni primitivo ni moderno, que adopta el aspecto de un curioso animal: el axolote.

El héroe agachado
El mexicano padece un complejo de inferioridad –decretó el filósofo Samuel ramos en 1934—, por lo que huye de la realidad y busca refugio en la ficción. Esta idea 15ª ños más tarde, la repitió, la profundizó y la consagró Octavio Paz: en el fondo del sentimiento de inferioridad yace la soledad; de allí que el mexicano se proteja de la realidad con múltiples máscaras. Las más diversas expresiones de la filosofía de lo mexicano giran en torno a esta idea; con base a esta sencilla explicación se han abordado complejas interpretaciones existenciales, se han pintado murales repletos de símbolos y se han escrito poemas de resignación y quietismo.

La explicación de Samuel Ramos es muy simple: el mexicano se ha encontrado históricamente enfrentado a una contradicción: una gran desproporción entre lo que quiere hacer y lo que puede hacer, la que lo lleva inevitablemente al fracaso y al pesimismo. Por esta razón el mexicano desconfía de sí mismo y es asaltado por uión n sentimiento de inferioridad.

Lo interesante de la explicación de Ramos no radica en que pueda ser usada para entender el comportamiento de la población mexicana: es a t luces insuficiente y burda; el punto de interés consiste en que, en realidad, describe la formación de un arquetipo en la cultura mexicana, del cual el sentimiento de inferioridad no es más que una parte constituyente, mas no una explicación de un proceso formativo. El perfil del mexicano que describe Ramos es una proyección cultural de la imagen que se ha formado la intelectualidad –o al menos una parte de ella—del pueblo. La formación de esta imagen sólo puede explicarse por la dinámica política de la cultura dominante y por la función de los arquetipos en los mecanismos de legitimación; es una imagen que no procede de la investigación científica, sino de la historia de la cultura nacional.

Samuel Ramos afirma enfáticamente que su interpretación del carácter del mexicano no implica la "atribución de una inferioridad real, social o psíquica, a la raza mexicana", en realidad está describiendo un arquetipo sociocultural que se caracteriza por su primitivismo.

Si examinamos la idea del mexicano determinado por un complejo de inferioridad, descubriremos que -para mantener la consistencia de la tesis- e indispensable postular una cierta inferioridad relativa del hombre y de la cultura mexicanos: lo mexicano es inferior al objetivo que se propone alcanzar, y ese objetivo es Europa. Ahora bien, para que esta inferioridad no aparezca como tal, es necesario vestirla, disfrazarla, enmascararla; la forma de hacerlo ya la conocemos: es preciso encontrar al niño, a la criatura salvaje, al inocente primitivo. Así la historia oculta la inferioridad: "Siendo [México] todavía un país muy joven, quiso, de un salto, ponerse a la altura de la vieja civilización europea, y entonces estalló el conflicto entre lo que se quiere y lo que se puede". Más adelante Ramos afirma: "Nuestra psicología es la de una raza en la edad de la fantasía y la ilusión, que sufre por ello fracasos ...". En este contexto, la cita de Keyserling era inevitable:

Los pueblos jóvenes, por su lado, no tienen el espíritu concentrado y crítico. Son espiritualmente pasivos, como todos los seres jóvenes~ son infinitamente sugestio­nables y soportan malla crítica, por debilidad fisiológica y moral al mismo tiempo; están constantemente perturbados por un sentimiento de inferioridad.

También Octavio Paz recurre a este tipo de imagen: los mexicanos son "como esos adolescentes taciturnos ... dueños de no se sabe qué secreto, guardado por una apariencia hosca". Así, es posible descubrir aun en el pelado, ese desecho social de la gran ciudad, a un primitivo. El mexicano, protagonizado por el lumpenproletariado, es "un animal que se entrega a pantomimas de ferocidad" que no son más que "un desquite ilusorio de su situación real de la vida"; es un ser desgraciado que "se consuela con gritar a todo el mundo que tiene 'muchos huevos"', pero cuya valentía y machismo son una irritación que le produce la impotencia, por sufrir un sentimiento de minusvalía.

La cultura mexicana de la primera mitad del siglo XX ha creado un formidable mito: los mexicanos llevan dentro, como un homúnculo, al indio, al bárbaro, al salvaje, al niño. Pero es un homúnculo roto: "Tronchada la infancia de lo indio –diice Jorge Carrión-, antes de cumplirse su derrotero, aparece el mexicano como un niño proletario sin juegos, juguetes ni sonrisas, inmerso en la vida adulta de trabajos y objetivos inadecuados a su ritmo de crecimiento". De esta situación surge la tragedia del campesino indio obligado a ser proletario antes de tiempo: de aquí proviene la "inferioridad" del alma primitiva del mexicano.

Una vez definido el perfil del héroe agachado, se desencadenó una espectacular discusión sobre su anatomía y sus peculiaridades. Si pudiésemos retroceder en el tiempo, hasta principios de los años cincuenta, no sería difícil sorprender una dis­cusión entre intelectuales en una típica tertulia. ¿Por qué no intentarlo? Organicemos un simulacro. Todos estos intelectuales han escrito casi textualmente lo que aquí van a conversar:

Samuel Ramos— el mexicano padece un sentimiento de inferioridad no de insuficiencia y el origen de su soledad es su carácter antisocial.

Octavio Paz— más vasta y profunda que el sentimiento de inferioridad, yace la soledad. Es imposible identificar ambas actitudes: sentirse sólo no es sentirse inferior, sino distinto.

José Gaos— No hay un mexicano, sin más, sino tan sólo mexicanos diferenciados geográfica, antropológica, histórica. Sociológicamente….: mexicano de la altiplanicie o de la costa, indígena, criollo o mestizo, de la Colonia, del México Independiente o de la Revolución o de nuestros días, pelado, burgués, intelectual o trabajador del campo… Por consiguiente, la filosofía del mexicano no está elaborando otra filosofía, si alguna, que la de algún, mexicano determinado, y determinado arbitrariamente: probablemente, el mestizo burgués de la altiplanicie y de nuestros días…

Samuel Ramos— es preciso señalar –replica Samuel Ramos—que las diferencias raciales no son tan profundas como parece. Los mestizos y los criollos tienen muchos caracteres comunes con el indio. Las diferencias regionales tampoco son un impedimento para tratar al mexicano como tipo general: las variedades no afectan la unidad nacional: en todos los estado de la República se habla español, en todas partes se venera a la Virgen de Guadalupe, se cantan las mismas canciones y no hay lugar donde no apasionen las corridas de toros…

Emilio Uranga— Efectivamente, las diferencias geográficas e históricas no son tan abismáticas como para invalidar su subsunción en un modelo unificante.

Leopoldo Zea— No debemos crear una máscara más. Le del mexicano o lo mexicano, que sirva nuevamente para ocultar esa realidad humana que con tanta dificultad ha podido hacerse patente. No debemos ir en busca del mexicano, que esto sería caer en discriminaciones, sino del hombre concreto que se perfila en México.

Samuel Ramos— Al contrario, debemos buscar al auténtico mexicano. Se le debe buscar en la minoría criolla; en la cultura criolla es posible encontrar al verdadero mexicano, porque, poseyendo una legítima superioridad, los criollos están menos expuestos a simulaciones u ocultamientos que han desvirtuado su naturaleza original en otros. En ellos no cabe un complejo de inferioridad porque son efectivamente superiores.

Tres extranjeros comentan lo siguiente:

--Cuando los intelectuales mexicanos describen su carácter nacional, casi invariablemente se consideran a sí mismos como una nación de mentirosos, de destructores buscadores de poder, de sufridas mujeres resentidas y de engreídos hombres de presa –dice Michael Maccoby.

--Sí –afirma Gordon W. Hewes—, consideran los rasgos de los más desamparados como símbolo de toda la nación.

--Uno de estos intelectuales, Octavio Paz, parece creer que todos los mexicanos son sádicos. Según los datos de nuestra encuesta sólo el 30 por ciento de los hombres tienen tendencias sádicas –dice Erich Fromm.

--Además –agrega Maccoby— tengo la impresión de que los autores mexicanos subestiman los efectos de vivir a la sombra de Estados Unidos en los sentimientos de inferioridad.

Abandonemos aquí el simulacro.

Me parece que se vislumbra un fenómeno cultural de gran importancia: la gestación de un mito moderno basado en los complejos procesos de mediación y legitimación que una sociedad desencadena cuando declinan las fuerzas revolucionarias que la constituyeron. Es el mito del héroe agachado, figura que Diego Rivera consagró en el hombre acurrucado en su sarape y bajo un enorme sombrero; y que ha sido motivo de broma en las estupendas caricaturas con que Rius se burla del estereotipo. Es evidente que se trata de una imaginería tributaria de uno de los mitos más antiguos, el mito de la Edad de Oro perdida; pero lo peculiar de la recreación mexicana moderna del mito es que engendra a un héroe trágico escindido, que cumple diversas funciones: representa las virtudes aborígenes heridas que nunca volveremos a ver; al mismo tiempo, representa el chivo expiatorio de nuestras culpas, y sobre él se abate la furia que se destila de las frustraciones de nuestra cultura nacional; representa a los campesinos sin tierra , a los trabajadores sin trabajo, a los intelectuales sin ideas, a los políticos sin vergüenza …En fin, representa la tragedia de una patria en busca de la nación perdida.

Hacia la metamorfosis

Como puede comprobarse, el héroe de la modernidad mexicana -el pelado— ­alberga muchas de las peculiaridades del bárbaro agachado. Pero desborda lo límites que definen al arquetipo del indio melancólico. La llamada filosofía de lo mexicano hace énfasis en los aspectos primitivos del pelado, para enfrentar la exaltación populista que hacen de él los intelectuales más ligados al Estado y a sus tradiciones revolucionarias. La filosofía de lo mexicano se apoya en el arquetipo del héroe agachado, lo coloca en el contexto de los tiempos urbano modernos y le ofrece así a la cultura dominante la posibilidad de descargar una ferocidad simbólica sobre la imagen de un pueblo sumiso. El pelado es la me­táfora perfecta que hacia falta: es el campesino de la ciudad, que ha perdido su inocencia original pero no es todavía un ser fáustico. Ha perdido sus tierras pero todavía no gana la fábrica: entre dos aguas, vive la tragedia del fin del mundo agrario y del inicio de la civilización industrial. Esta imagen de una cultura anfibia, que no debe caer ni en el mimetismo autodenigratorio ni en el naciona­lismo extremo, se ofrece como modelo a seguir desde mediados del siglo xx: tiene el atractivo adicional de permitirle al mexicano asomarse al abismo del drama existencial y sentir el vértigo de la modernidad.

Bibliografía.

Bartra, Roger. 1996. La Jaula de la Melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano. “El héroe agachado” y “Hacia la Metamorfosis”, México, Editorial Grijalbo, págs. 91-97, 107-112.

COLEGIO DE BACHILLERES

CULTURA MEXICANA Y SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO 2

ANDAMIO COGNITIVO
Nombre del alumno:_____________________________________ Grupo:__________
Instrucciones: Después de realizar la lectura, contesta las siguientes preguntas.


Identidad y Metamorfosis del mexicano

  1. En el apartado de “el héroe agachado” se discute sobre si existe un modelo o canon del “mexicano típico”. De un sujeto único “el mexicano” o incluso que se puede hacer referencia a “lo mexicano”. Estas de acuerno, Sí, No, argumenta tu respuesta.




  1. ¿Por qué afirma el autor que los estudios sobre “lo mexicano” constituyen una expresión de la cultura política dominante?.







  1. ¿Estas de acuerdo con esa imagen construida hasta ahora, sobre la configuración del carácter nacional mexicano? Sí, No, por, qué, argumenta tu respuesta




  1. ¿Consideras que los mexicanos debemos deshacernos de esos estereotipos y mitos que se fueron construyendo en el siglo XX a partir de las imágenes de la clase dominante?. Sí, No, por qué, argumenta tu respuesta.










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