Cuando nací, solo estaba el abuelo. Mamá huyó en cuanto pudo sin tan siquiera esperar a verme la cara o a conocer si había sido niño o niña. El primer olor que






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fecha de publicación28.03.2017
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Nuestro secreto

Cuando nací, solo estaba el abuelo. Mamá huyó en cuanto pudo sin tan siquiera esperar a verme la cara o a conocer si había sido niño o niña. El primer olor que guardo en mi memoria no fue el de ella, como dicen los libros, sino el del humo del tabaco de pipa que fumaba abuelo Tomás.

Nunca añoré una madre, pero, en ocasiones, cuando abuelo notaba que mis ojos volaban distraídos detrás de las madres de otros muchachos, se vestía con ropa de mamá y salíamos juntos a pasear, con las manos apretadas. Desde abajo, le miraba orgulloso con una sonrisa y él, colocando un dedo de silencio sobre mis labios, me dedicaba un divertido guiño. Ese fue nuestro secreto.

Cada vez, fue tomando más en serio su papel. Dejó de fumar, se perfumaba, cortó y tiñó su pelo con los colores de moda… Hasta logró modular su voz en una escala tan dulce que, cuando recitaba poesía, podía dormirme en sus brazos pensando que eran los de una mamá protectora.

Hoy me gradúo. Al fondo, vestida para la ocasión, elegante, nerviosa y emocionada, como el resto de madres, está ella: mi querido abuelo Tomás.

(Esta parte resaltada en amarillo es porque tengo dudas sobre la conveniencia de dejarla o no. A mí me gusta, pero… igual no es muy acertada. Ya me dirás lo que opinas)

Secuestro frustrado

La pequeña Analía Giráldez se despertó sobresaltada por el estruendo de las sirenas. Aturdida aún por los somníferos, deshizo con la boca los nudos de seda que abrazaban sus muñecas y pies. Se incorporó sobre el catre y miró por la ventana. Un cordón policial cercaba el edificio. Contrariada, observó el lúgubre lugar en que se encontraba y recogió algo del suelo.

Un hombre desaliñado subió a trompicones la escalera. Halló las mordazas en el suelo y a la pequeña Girádez, acurrucada contra la pared. Se cubrió una herida fresca de su abdomen y huyó. Todo estaba perdido.

La inspectora Cifuentes dispuso entrar la primera. “¡Despejado!”, iban informando los agentes. Encontró a la niña hecha un guiñapo, cubierta apenas por un raído vestidito. “Tengo frío”, dijo Analía con un hilo de voz. Cifuentes se quitó entonces la americana y, con ternura, la cubrió. En ese instante, una punzada seca dejaba a la inspectora desangrada en el suelo. La pequeña volvía a atar sus pies y sus manos gritando: “¡Por ahí, se ha escapado por ahí!”

En la residencia Giráldez, unos padres desconsolados recogían de manos del sicario un osito de peluche y el pago por un trabajo inacabado.

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