Editores Mexicanos Unidos, S. A






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Bernal Díaz del Castillo

Editores Mexicanos Unidos, S.A.

Luis González Obregón 5-B, C.P. 06020

Tels. 521.88.70 al 74

Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial.

Reg. Núm. 115

La presentación y composición tipográfica son propiedad de los editores.

2a Edición. Junio 1982

ISBN: 968-15-0863-7

HECHO EN MÉXICO
NOTA PRELIMINAR

Bernal Díaz del Castillo finalizó su extensa crónica alrededor de 1568. Pocos años más tarde se hizo una copia en limpio que fue enviada al Consejo de Indias en España. El venerable organismo la mandó al archivo y allí quedó en el olvido hasta que la rescató a principios del siglo XVII el religioso mercedario fray Alonso Remón. El manuscrito, con una serie de inoportunos retoques y alteraciones culteranas, fue publicado en 1632 en lo que se conoce como la "edición Remón".

El texto original permaneció depositado en poder del ayuntamiento de la ciudad de Guatemala. Este borrador —con innumerables adiciones, correcciones y supresiones fruto de la mano del autor— es de transcripción muy compleja y presenta algunas lagunas. Pese a este inconveniente, refleja con mayor fidelidad el espíritu del soldado-cronista y es la versión que han preferido seguir los autores. Como podrá apreciar el lector, preserva la grafía bernaldina de los nombres propios y geográficos y la frescura y reciedumbre del español popular del siglo XVI.

Los editores.

PRÓLOGO
Bernal Díaz y su tiempo.

Nació Bernal Díaz del Castillo aproximadamente en 1492, en la villa de Medina del Campo. Su familia era plebeya aunque podemos suponer que relativamente acomodada, puesto que su padre alcanzó el cargo de regidor. El joven debió recibir algunos rudimentos de educación formal, los suficientes para al menos aprender a leer y escribir; pero la mayor parte de su formación personal debió llegar en el contacto con las vigorosas tradiciones castellanas que proporcionarían a sus escritos una recia vitalidad popular.

Eran años a la vez agitados y promisorios para los españoles. Los ejércitos cristianos habían concluido la multisecular guerra de reconquista dominando el reino de Granada, último reducto musulmán. Ahora, las fronteras del mundo se abrirían para los peninsulares. La persecución de los sueños imperiales de sus reyes los conduciría a poner pie en las costas africanas y a recorrer los campos de batalla de Italia y Alemania. Y de allende el océano llegaban noticias de nuevas, extrañas y sorprendentes tierras. España, antes excéntrica en un mundo limitado a las costas del Mediterráneo y el Mar del Norte, tendría ahora las ventajas de su ubicación atlántica, de su experiencia marinera y del legado de los conocimientos astronómicos y cartográficos heredados de los sabios moriscos.

Todo incitaba a los jóvenes ambiciosos y sin recursos a unirse a alguna de las muchas expediciones mercantiles o guerreras que partían en pos de la gloria, las riquezas y el poder. Por otra parte, en estas décadas iba consolidándose una situación económica y política que poco debía agradar a los espíritus independientes e inquietos y empujaba a grandes grupos de hombres a salir a la ventura de la conquista de nuevos mundos.

La exitosa guerra contra el infiel hizo posible que grandes extensiones de tierras fueran concedidas a la nobleza, las órdenes militares y el clero. Estos vastos latifundios eran en su mayor parte escasamente productivos, impedían el desarrollo agropecuario y despoblaban la campiña. En el mismo sentido

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apuntaba el predominio de los grandes rebaños de ovejas trashumantes, cuya excelente lana tenía amplia demanda en los centros textiles ingleses y flamencos. Su exportación proporcionaba grandes beneficios a los ganaderos e, indirectamente, importantes ingresos fiscales para el siempre anémico tesoro real. Los propietarios —agrupados en la poderosa corporación gremial de la Mesta y seguros del apoyo del Estado— fueron apoderándose de tierras cerealeras fértiles para convertirlas en pasturas y así, poco a poco, acorralaron y expulsaron a los campesinos hacia las ciudades. El fomento a la exportación de lana en greña, asimismo, dejaba sin materia prima a los artesanos y manufactureros españoles.

Por otro lado, los Reyes Católicos llevaron adelante una tenaz y decidida política dirigida a construir una monarquía fuerte, absolutista y a combatir las tendencias centrífugas y particularistas que tantas veces en el pasado habían limitado la autoridad de la Corona.

Fernando e Isabel procuraron constreñir el poder de la orgullosa y combativa nobleza, apoderándose de la jefatura de las órdenes militares y creando, con la Santa Hermandad, una especie de policía de Estado. A la larga, monarquía y aristocracia compartían demasiados intereses y temores para llegar a un verdadero enfrentamiento y finalmente transitaron hacia un acuerdo tácito. Los grandes señores se convirtieron en cortesanos y los hidalgos hallaron su camino en los ejércitos del rey; a cambio, los Reyes Católicos y sus descendientes dejaron intocada las bases agrarias del poder socioeconómico de la aristocracia.

La villas y ciudades españolas que habían participado directamente en la guerra contra el moro tenían una enhiesta autonomía municipal con formas de autogobierno, facultades judiciales e incluso milicias propias. Lentamente, la Corona fue introduciendo representantes del rey en los ayuntamientos —los corregidores- y mermando paulatinamente sus fueros y privilegios. Algunas comunidades se sometieron; otras irían a la guerra y serían aplastadas en 1521 en la batalla de Villalar.

Paralelamente, los monarcas dieron una solución tajante al problema de la diversidad religiosa. En España, efectivamente, convivían a fines del siglo XV en inestable armonía creyentes de las tres grandes religiones de Occidente: cristianos, musulmanes y judíos. Frente a estas minorías aferradas a su fe y costumbres, Fernando e Isabel adoptaron una política de asimilación forzosa que culminó con la expulsión de todos aquellos que rehusaron aceptar el bautismo. Para perseguir los numerosos e inevitables casos de falsos conversos -los "marranos", que decían— se estableció y gradualmente perfeccionó la implacable maquinaria del Santo Oficio de la Inquisición, que pesaría durante varios siglos sobre la vida cultural de España.

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Así, en los puertos se apiñaba —en los inicios del decimosexto siglo— una inquieta y abigarrada multitud de hidalgos sin riquezas, antiguos soldados ahora sin ocupación, campesinos sin tierras, artesanos sin empleo, judíos de dudosa conversión y vagabundos y aventureros de toda laya, dispuestos a lograr con el esfuerzo de su brazo la posición social y la libertad que su terruño les negaba. Estos hombres buscarían en el continente americano los sueños del oro y las perlas, de la fuente de la eterna juventud, del reino de las amazonas, de las siete ciudades de oro. Algunos, los menos, alcanzarían a ser poderosos y respetados capitanes y hombres de empresa; otros no pasarían de una aceptable medianía; muchos morirían persiguiendo ilusiones en combate con los indios, perdidos en las marañas tropicales, en nunca vistas cordilleras o inexplorados desiertos.

Entre ellos se hallaba Bernal Díaz, quién en 1514 acompañó a Pedrarias Dávila, nombrado gobernador de Tierra Firme; la parte sur del territorio centroamericano. Sin embargo, la nueva colonia era estrecha, más bien pobre y en todo caso poco propicia para sus ambiciones. Además, una desconocida epidemia comenzó a diezmar a los pobladores. Así Bernal, junto con otros españoles, determinó partir hacia la recientemente conquistada Cuba. Era entonces gobernador un pariente lejano de Díaz, de nombre Diego Velásquez, que si bien le prometió ayuda y darle repartimientos de indios, no pudo o no quiso cumplir con sus ofrecimientos. Dos años pasaron allí y, como refiere, "no habíamos hecho cosa de que contar sea" o, en otras palabras, no acababan de salir de pobres. Por esta razón unos 100 colonos acordaron reunir sus escasos bienes, adquirir varias naves y, nombrando como capitán al hidalgo Francisco Hernández de Córdoba, partir en busca de mejor suerte.

La expedición se hizo a la vela en 1517. Navegaron por aguas desconocidas, siempre hacia donde salía el sol, hasta arribar a las costas de Yucatán. Los sorprendidos españoles encontraron grupos indígenas muy diferentes a los caribeños: sedentarios, políticamente organizados, con un cuerpo sacerdotal estable y grandes ciudades de cal y canto. Conocieron también el valor de sus guerreros, casi la mitad de los hispanos pereció en combate. Bernal sufrió tres heridas "una de ellas bien peligrosa, en el costado izquierdo, que me pasó lo hueco" El capitán Hernández de Córdoba recibió hasta diez heridas de flecha, de que murió a poco de retoñar a Cuba.

Todavía participó nuestro cronista en una segunda armada en 1519 a las órdenes de Juan de Grijalba, que confirmó las nuevas de la anterior expedición y regresó con un buen botín.

Estas experiencias le valieron a Bernal para, años después, reclamar para sí el mérito de ser "el más antiguo descubridor y conquistador que ha habido ni hay en la Nueva España".

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Los resultados de estas exploraciones provocaron gran excitación en las Antillas. Para comprenderla debe tenerse en cuenta que hasta entonces la colonización española en América no había proporcionado grandes éxitos económicos. Los metales preciosos eran escasos y aún no se desarrollaba plenamente el sistema de plantación que constituiría, andando el tiempo, la base económica de las colonias caribeñas. Así las noticias repetidas y ampliadas por la codicia de riquezas espectaculares atrajeron a gran número de hombres dispuestos a dejarlo todo para ir a la conquista de las nuevas tierras del oro y de la plata.

El gobernador Velásquez organizó en 1519 una tercera armada con unas 11 naves; lucido número de valerosos capitanes y buena copia de soldados, entre los cuales iba una vez más Bernal Díaz. En total, eran cerca de 600 hombres, una fuerza muy grande para la época. Al mando iba Hernán Cortés, un hidalgo de buena presencia, amable trato y uno de los más prósperos colonos de Cuba, que todavía no mostraba las dotes de mando y la inteligencia política que tan lejos le llevarían.

No es del caso relatar aquí las accidentadas peripecias de la conquista de México; para ello nada mejor que la lectura de la Historia verdadera...Nos interesa más bien destacar que Bernal estuvo siempre entre los leales a Cortés —aunque no entre sus incondicionales— en los conflictos que tantas veces amenazaron dividir la hueste española. Combatió como buen soldado, compartiendo con sus compañeros los afanes de las campañas, los sangrientos encuentros con los tabasqueños, las encarnizadas batallas con los tlaxcaltecas, la captura y prisión del gran Moctezuma, el levantamiento de los orgullosos mexicas y la malhadada retirada de la Noche Triste. Acudió después con su espada al sitio de Tenochtitlan, malherido en ocasiones, vendando como podía sus heridas, desesperando a veces de salir vivo, hasta la final caída y destrucción de la gran metrópoli, que pintó con tan vividos colores.

Díaz, como muchos soldados, halló que concluida la expugnación de la capital mexica sobrado estaba de gloria pero corto de botín. Así partió en nuevas campañas hacia Coatzacoalcos y Chiapas, siempre en procura de forjarse un lugar en la naciente sociedad colonial.

Posteriormente acompañó a Cortés en su infortunada expedición a Las Hibueras —la actual Honduras— que a punto estuvo de costarles a todos la vida.

Alcanzó con el tiempo a ser miembro de los ayuntamientos de Coatzacoalcos y Guatemala y recibió como recompensa de sus servicios la encomienda de varios pueblos de indios. Sin embargo, los documentos con que contamos lo muestran siempre descontento, procurando ampliar sus mercedes y concesiones, presentando nuevas peticiones a las autoridades. Con este fin llegó incluso a viajar en dos ocasiones a España, en 1540 y 1550.

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En sus escritos mencionaba siempre que se hallaba pobre, cargado de hijos y nietos. En la introducción a su Historia...declaraba asimismo que "por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes que esta mi verdadera y notable relación" Sus afirmaciones han llevado a algunos autores a construir la romántica leyenda del anciano conquistador, olvidado por sus antiguos capitanes y menospreciado por las autoridades. No obstante, es razonable desconfiar de estos asertos. Debe recordarse que las palabras de Díaz se dirigían a solicitar gracias y privilegios y que mucho convenía a sus intereses cargar un tanto las tintas en su supuesta deplorable condición. El dato de que poseyó indios en encomienda —lo cual le daba derecho a percibir tributos y servicios personales de los indígenas—, que tuvo los recursos suficientes para cruzar el Atlántico un par de veces y formó parte de las oligarquías pueblerinas que integraban los cabildos de españoles parece indicar que su situación, si bien quizá no era floreciente, debió ser más o menos desahogada. Falleció nuestro cronista en el año de 1585. Bernal comenzó a escribir su crónica de los hechos de los conquistadores "en respuesta de lo que han dicho y escrito personas que no lo alcanzaron a saber ni lo vieron ni tener noticia verdadera de lo que sobre esta materia propusieron, salvo hablar a sabor de su paladar, por oscurecer si pudiesen nuestros muchos y notables servicios, porque no haya fama de ellos ni sean tenidos en tanta estima como son dignos de tener".

Díaz tomó la palabra en nombre de la anónima y olvidada multitud de los soldados que domeñaron el territorio mexicano. En cierta manera escribe en refutación y constante polémica con los tomos que por entonces corrían impresos por literatos europeos que, llevados de una visión individualista y heroica de la historia, se ocuparon principalmente de los méritos y hazañas de grandes capitanes como Cortés, Alvarado y Montejo. Es pues su manuscrito la historia colectiva de las figuras que no habían alcanzado un lugar en el adornado pedestal erigido por los eruditos en loor de sus héroes.

Por esta razón hay en las páginas de su obra una obsesión por la verdad que arranca desde su mismo título. Narra Bernal "en lo que yo me hallé y vi y entendí y se me acordare" "como buen testigo de vista" con una memoria sorprendentemente nítida y precisa en un anciano que reconstruía sucesos ocurridos medio siglo antes. Así describe vivamente el conflictivo encuentro de dos culturas, las glorias y miserias de las campañas, el fragor de los combates, la grandiosidad de la gran Tenochtitlan, las angustiosas dudas de Moctezuma, el desesperado valor de los guerreros indígenas y la lenta, dificultosa génesis de la sociedad novohispana.

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No eran obstáculo para él sus "pocas luces" y "falta de letras" que confiesa llanamente y, preciso es decirlo, con cierto orgullo plebeyo y una instintiva repulsa a los letrados. No le preocupaba que su obra "no vaya con aquel ornato tan encumbrado y estilo tan delicado que se requiere" porque, afirmaba, "yo lo escribiré con ayuda de Dios con recta verdad, allegándome al parecer de los sabios varones, que dicen que la buena retórica y pulidez en lo que escribieren es decir verdad" Y en efecto, la Historia verdadera...carece de la seca elegancia de las Cartas de relación de Cortés (un hombre que, mal que bien, sabía sus latines) y está desde luego muy lejos del atildado refinamiento de historiadores de oficio tan reconocidos y respetados en su tiempo como López de Gomara y Antonio de Solis. Sin embargo, la pluma de Barrial (que él comparaba con la sonda del buen piloto, que va descubriendo la mar por delante) es la más cercana a nuestra actual sensibilidad y poco a poco ha ido dejando en segundo término a sus rivales y acallando a sus críticos. La lectura del texto deja en el tacto contemporáneo una grata impresión de relato oral vertido a la letra impresa sin mayor corrección, desordenado, espontáneo, lleno de digresiones y comentarios laterales, con una abundancia de lugares comunes "según nuestro común hablar de Castilla la Vieja" Es esto, precisamente, lo que da un carácter nervioso y palpitante. En los relatos de batallas, por ejemplo, no leeremos fríos análisis de estrategia y tácticas; más bien podemos ver, oír y sentir vividamente la sangre, el sudor, las quejas de los heridos, el miedo a la muerte, el humo de los incendios, el hedor de los cadáveres y los gritos exaltados de los vencedores. Puede todavía escucharse entre las páginas la voz del viejo soldado, unas veces alta y vibrante al recordar los combatas, ya molesta e iracunda al hablar de esos autores que escriben contra la verdad (que es "cosa bendita y mandada"), ora lenta y apesadumbrada al recordar la muerte de tantos y tantos* valerosos compañeros.
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