Cien años de ilustración infantil española: ¿Qué pintan los cuentos?






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títuloCien años de ilustración infantil española: ¿Qué pintan los cuentos?
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fecha de publicación17.07.2015
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Trataremos de definir, de manera escueta las principales técnicas, llamémoslas, puras, es decir, aquellas que utilizan un solo material o pigmento; o mixtas, en las que encontramos mezclados o yuxtapuestos diversos materiales; además de las recientes técnicas informáticas o digitales realizadas directamente en soportes electrónicos.

A las primeras, a las que hemos llamado puras, y que utilizan un solo componente, podríamos agruparlas en dos bloques: un primer bloque en donde se encuentran los materiales de aplicación directa, denominados también procedimientos secos, como son el lápiz, el grafito, las pinturas de madera, el carboncillo, la sanguina, el pastel, las barras de pastel-óleo, las ceras, el lápiz comté, el bolígrafo y los rotuladores. En el segundo de los bloques se encuentran las técnicas que utilizan un disolvente líquido más o menos fluido, orgánico o no, y que se aplican a través de un instrumento, ya sean pinceles, brochas, algodón, esponja, plumilla o spray... Las más conocidas son la acuarela, la tinta, el óleo, el acrílico y el gouache.

En las denominadas técnicas mixtas encontraríamos todos los materiales enumerados anteriormente, mezclados o yuxtapuestos, además del collage, las instalaciones y la fotografía.

En los últimos años, de la mano de los avances de la industria electrónica e informática, encontramos técnicas que suponen la desaparición de lo que se denominaba «arte final», es decir, no existe un trabajo definitivo de ilustración en soporte papel, sino que el artista realiza una parte del proceso en soporte electrónico, bien escaneando los dibujos y aplicándoles color con un ordenador, bien escaneando fotografías o texturas y mezclándolas en un programa informático que genera la ilustración final en soporte digital. Existen múltiples maneras de manipular imágenes mediante programas informáticos entre los que cabría nombrar el Freehand, el Photoshop y el Illustrator, además de la realización directa de dibujos con lápiz digital sobre una pantalla electrónica.

Con este nuevo panorama, es evidente que las clasificaciones tradicionales de las técnicas de ilustración quedarán, en breve tiempo, obsoletas.

Bien, una vez enumeradas cada una de las técnicas, y teniendo en cuenta que son tan variadas las propuestas plásticas que siempre cabe la posibilidad de encontrar una ilustración que escape a esta clasificación o a cualquiera otra, por exhaustiva que fuere, intentaremos ejemplificar cada una de ellas —remitiendo a la obra de algún artista que la muestre de manera evidente—, advirtiendo que no siempre podremos, a la vista de las reproducciones fotomecánicas de las imágenes, decir con certeza la técnica con la que aquella ilustración está hecha; es más, en muchos casos la mala reproducción puede inducir a confusión. Solo accediendo al original o arte final, en el supuesto de que este existiese, podríamos, con absoluta certidumbre, definir los materiales que la configuran. Una última consideración, únicamente enumeraremos aquí, dada la brevedad del espacio, las técnicas más frecuentes y en las que encontramos obra solvente y reconocida.



Comenzaremos por las técnicas mencionadas en primer lugar, es decir, aquellas que utilizan procedimientos secos, entre ellos, quizá, los más sencillos sean los lápices y las pinturas de colores. Existen muchos artistas que han realizado sus trabajos solo con lápiz negro, aunque la mayoría simultanee esta técnica con otras; cabría destacar aquí algunos libros ilustrados por José Ramón Sánchez, Francisco Solé o Jesús Gabán, por citar algunos de los mejores dibujantes que emplean este material. Con lápices de colores, es decir, las denominadas comúnmente «pinturas de madera», merece especial mención el trabajo de Alicia Cañas en Cuentos completos de Wilhelm Hauff (Anaya. Madrid, 1994).

Grafito, sanguina, carboncillo o lápiz comté son técnicas que han sido poco usadas en el ámbito de la ilustración de libros para niños y nos las encontramos con menor frecuencia según va avanzando el siglo; en cualquier caso, cabría destacar algunos trabajos de Ulises Wensell y José Ramón Sánchez, entre otros.

Las ceras y el pastel son dos procedimientos que aparecen frecuentemente mezclados con otras técnicas, pero que también se aplican como técnica única, por ejemplo, en el Pulgarcito que María Jesús Santos hizo para Cuentos de Grimm (Anaya. Madrid, 1998); o en La princesa y el pirata, de Teo Puebla sobre texto de Alfredo Gómez Cerdá (Fondo de Cultura Económica. México, 1991).

Las acuarelas, las tintas y el gouache son materiales que generalmente se emplean en trabajos de técnicas mixtas. Aunque predomine uno de ellos, en muchas ocasiones, el artista utiliza otro para resaltar algún aspecto o detalle de la ilustración, también suele hacerse con lápices de colores, pastel o ceras. Existen en la ilustración española algunos excelentes acuarelistas, entre ellos destacamos a Salvador Bartolozzi, Rafael de Penagos, Asun Balzola y Arcadio Lobato. Las acuarelas de Bartolozzi aparecen en muchos de sus trabajos como, por ejemplo, en los Cuentos de Andersen, (Calleja, 1935). También Rafael de Penagos fue un gran renovador de la ilustración a través de sus trabajos para la editorial Calleja; cabe citar entre ellos El hada y los juguetes, (1941). Asun Balzola tiene una extensa obra en la que queda muy patente su manera de trabajar: Las Munias, entre las que resaltamos Munia y la Luna, Premio Apel·les Mestres, 1981 (Destino. Barcelona, 1982), Por los aires, Premio Internacional de la Fundación Santa María de Ilustración, 1991 (SM. Madrid,1991) o Los pollitos y Bakarty James sobre texto de Bernardo Atxaga, publicado inicialmente en vasco en la editorial Erein y por el que fue galardonada la ilustradora con la Manzana de Oro de Bratislava en 1995. Balzola trabaja una acuarela casi transparente que recibe el nombre de aguada de una extraordinaria luminosidad y transparencia, produciendo unos efectos estéticos casi orientales. Arcadio Lobato es el más reciente de los cuatro, y su herencia en el trabajo con este material es claramente centroeuropea, muy en la línea de Stepan Zavrel o Josef Wilkon, maestros con los que compartió aprendizajes en la ilustración infantil. De todos sus numerosos libros destacaríamos El valle de la niebla sobre texto suyo (Cuentos de la Torre y la Estrella, número 27. SM. Madrid, 1987) y Cuaderno de una espera, de Lourdes Huanqui (Aura Comunicación. Barcelona, 1991). Estos dos libros representan dos extremos en la manera de trabajar este ilustrador la acuarela: en el primero, de forma esquemática y sencilla y, en el segundo, sucesivas trasparencias conforman una vidriera de tonos y luces.

La tinta china se utiliza como grafía que define la línea del dibujo aplicada con un soporte rígido, ya sea una plumilla o un palillo o como técnica de coloreado, aplicada con pincel y más o menos disuelta en agua. Se trata de un material más opaco que la acuarela, menos luminoso pero con una mayor intensidad de color. En tinta aplicada con pincel solo negro sobre blanco encontramos algunos excelentes ejemplos como es el caso de Jesús Sánchez Tena. Entre sus trabajos destacamos El perro y el gorrión. Cuentos Clásicos. Andersen (Inédito. Años 30) o Historia de Dorada, la princesa cierva. Cuentos Clásicos. Andersen (Años 30). Recientemente podemos destacar un excelente trabajo al que se le ha aplicado posteriormente color con ordenador, nos referimos al libro Las fotos de Sara (Destino. Barcelona, 2000) de Gabriela Rubio sobre texto de ella misma, Premio Apel·les Mestres 1999. En el caso de tinta aplicada con plumilla, destacamos El gato y el diablo, de Mabel Piérola sobre texto de James Joyce (Lumen. Barcelona, 1993).

El gouache cuando se utiliza muy disuelto se puede confundir con la acuarela, pero tiene también la capacidad de cubrir la superficie sobre la que se aplica creando unas texturas opacas, como se puede observar en el trabajo de Pep Montserrat Amores y desamores de Oberón y Titania (La Galera, Barcelona 1995).

El acrílico es un procedimiento relativamente reciente que muchos ilustradores han incorporado a sus técnicas de trabajo. Cabría destacar el libro ¿Qué hace un cocodrilo por la noche?, de Emilio Urberuaga sobre texto de Kethrin Kiss (Kókinos. Madrid, 1998).

Y por último, dentro de las técnicas fluidas, el óleo, poco frecuente en la ilustración de libros para niños. Es muy notable el trabajo de Judit Morales y Adrià Gódia con esta técnica en No eres más que una pequeña hormiga, Premio Lazarillo de Ilustración 1998 (SM. Madrid, 2000) o El cascanueces y el Rey de los ratones para el libro Cuentos de Hoffmann (Anaya. Madrid, 2000).

Como técnica, el collage tiene una entidad propia aunque, a veces, aparezca mezclada con algunas de las anteriormente enumeradas. Este procedimiento se observa con nitidez, sobre todo, en los libros No quiero un dragón en mi clase, de Violeta Monreal (Anaya. Madrid, 2001), No sé, de Mabel Piérola, Premio Internacional de Ilustración Fundación Santa María 1998 (S.M. Madrid), Mermelada de fresa, de Fino



Lorenzo, sobre texto de Daniel Nesquens, Premio Ciudad de Alicante de Álbum Ilustrado 2001 (Anaya. Madrid, 2001) o en el cuento La niña de los gansos perteneciente al libro Cuentos de Grimm (Anaya. Madrid, 1998), ilustrado por Silvia Blanco.

La fotografía tiene en España, dentro de este ámbito, un excelente representante: Pere Formiguera; destacamos entre sus trabajos Se llama cuerpo (Barcanova. Barcelona, 1996). También debemos reseñar el único material publicado hasta el momento por Sandra Barrilaro, Bajo las estrellas, sobre texto suyo (Kókinos. Madrid, 2000), y el Premio Lazarillo de Ilustración (2000), aún inédito de Jack Mikala, el cual fotografía maquetas que previamente realiza con cartulinas recortadas y coloreadas.

Como decíamos al principio, entre las denominadas técnicas mixtas encontraríamos todas las enumeradas hasta el momento más las que se realizan con tratamientos electrónicos y digitales mezcladas de múltiples maneras.

Para finalizar, entre los ilustradores que realizan una parte del proceso de trabajo con ordenador, merece especial mención el trabajo de Pablo Amargo y entre sus libros, Cuentos de Osos, todavía inédito en nuestro país; y, de Noemí Villamuza, Laura y el ratón, con texto de Vicente Muñoz Puelles (Anaya. Madrid, 2000).

Más allá de esta clasificación, limitada sin duda, cabría decir que, quizá, lo menos importante del trabajo de ilustración en los libros es la técnica o el procedimiento con el que se han realizado y sí, en cambio, la interrelación entre este componente y el texto, así como la adecuación de ambos al soporte y sus dimensiones.



El siglo XX amaneció muy prometedor para la ilustración de libros infantiles en España. El primer tercio (1900-1936), tiempo de vanguardias artísticas, fue uno de los periodos más estimulantes y vitalistas de la historia de la cultura española. Se alcanzaba la modernidad y, con ella, las artes gráficas, la industria editorial y la prensa periódica experimentaron un gran desarrollo que, a su vez, propició la difusión de la obra de un grupo excepcional de artistas plásticos de la época, entre los que se encuentran los precursores de la ilustración española de libros para niños.



Fue el momento, también, del nacimiento sociológico de la infancia. Los niños comenzaron a existir como tales, a tener su propio espacio en la sociedad, y la básica atención escolar se fue ampliando con propuestas de tipo cultural. Y así los niños empezaron a tener «sus» libros, «sus» tebeos, «su» teatro... Nació, pues, la literatura infantil española, que por definición tenía que ser ilustrada (según la autorizada opinión de la Alicia de Carroll: «¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos?»), y lo hizo de la mano de grandes artistas. Los irrepetibles modernistas y los noucentistes catalanes que, como fue habitual en la época, alternaron de forma natural y sin prejuicios, pintura, grabado, cartelismo, publicidad y humor gráfico, con la ilustración de libros infantiles.



Barcelona, como gran centro de producción editorial, y Madrid, con la editorial Calleja, auténtica «factoría infantil», pusieron en circulación modélicos libros para niños, ilustrados por Apel·les Mestres, Salvador Bartolozzi, Xavier Nogués, Josep Llaverías, José Sánchez Tena, Rafael de Penagos, Joan Junceda y Lola Anglada, entre muchos otros. Artistas olvidados, apenas nombres de culto para unos pocos, que se reivindican hoy en esta exposición, y que, si los tiempos hubieran sido propicios, habrían dado lugar a una gran escuela de ilustración española y, posiblemente, a un «siglo de oro» de la ilustración de libros infantiles. Pero no pudo ser.

La guerra civil y los largos años de posguerra y dictadura posteriores (1936-1970), marcaron la vida cultural española con el exilio y el silencio. La escasez y la mediocridad fueron las notas predominantes, con alguna brillante excepción, como los exquisitos trabajos de Mercé Llimona (Barcelona, 1914-1997), destacada cultivadora de la tradición inglesa; las armoniosas imágenes de María Rius (1938); los ternuristas niños felices de Ferrándiz (1919), que dio color a muchas Navidades con sus famosos «christmas», y los trabajos de algunos espléndidos dibujantes de historietas (Blasco, Ambrós, Cifré, Vázquez, Ibáñez), un género que alcanzó gran popularidad en la época; tanta, que no es infrecuente referirse a ella como «aquellos tiempos del tebeo».

A finales de los años 60, en Cataluña comenzó a recuperarse abiertamente el libro infantil ilustrado, heredero de aquellos precursores. Y ya en los 70, de la mano de la madrileña editorial Altea y de dos jóvenes profesionales, creativos, renovadores y progresistas —el ilustrador (y desde hace unos años también escritor) Miguel Ángel Pacheco y el escritor y cineasta José Luis García Sánchez—, se dio el primer paso, el impulso decisivo que permitió alumbrar un nuevo concepto de libros para niños, moderno y a la altura de los tiempos, que hoy ya está plenamente instalado en el panorama internacional.



Principales protagonistas de ese momento fueron, junto a Pacheco, el grupo de ilustradores formado por Asun Balzola, Miguel Calatayud, José Manuel Boix, Viví Escrivá, Carme Solé, José Ramón Sánchez, Ulises Wensell, Montse Ginesta y Karin Schubert, cuyos trabajos tuvieron una excepcional acogida en el país y una inmediata repercusión internacional. Rupturistas, originales y buenos conocedores tanto de los clásicos como de las nuevas corrientes artísticas, ellos supieron incorporar la contemporaneidad al panorama español. Hoy, treinta años después y aún en plena actividad, siguen siendo los ilustradores de referencia de la literatura infantil española.
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