Lazarillo de Tormes y la crítica a la utopía imperial






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títuloLazarillo de Tormes y la crítica a la utopía imperial
fecha de publicación12.07.2015
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BREVE RESEÑA DEL AMBIENTE SOCIAL EN CADA TRATADO

Tratado N° I

El ambiente social en este tratado es una pintura de las clases marginales que arrojó la guerra y los viajes al nuevo Continente. Presenta una extrema pobreza ya que Lázaro en su viaje, y antes de este, sufre mucha hambre y penalidades netamente de necesidades físicas.
Tratado N° II

El ambiente social, en este tratado, también es de pobreza, ya que Lázaro tampoco se alimenta como debería, puesto que el clérigo no le alimenta mucho, y sufre de hambre y necesidades físicas.
Tratado N°III

El ambiente social, en este tratado, al principio Lázaro pensó que habría pasado de una vida pobre y de necesidad, pero descubrió y aprendió que las apariencias engañan. Y sufrió mucha necesidad.
Tratado N° IV

El ambiente social, en este tratado, no era tan bajo recurso, pero Lázaro se cansaba de tanto “andar”, por lo consiguiente, decidió abandonar a su amo, y volvió a la pobreza.
Tratado N° V

El ambiente social, en este tratado no cambia mucho en relación a los otros ya que Lázaro vuelve a sufrir hambrunas, y necesidades, y aunque es pobre y sufre físicamente, no le agradaba el ambiente en el que estaba, no compartía la idea de aprovecharse de la gente.
Tratado N° VI

El ambiente social, en este tratado, al principio se volvía a repetir la historia de sus desgracias, pero después, cuando Lázaro conoce al capellán, su vida cambia rotundamente, ya no es tan pobre, sino que de a poco fue adquiriendo sus propias cosas y tenia el dinero para poder alimentarse y satisfacer las necesidades básicas de cualquier ser humano como el alimento y abrigo, de esa manera, mejora su estatus social y logra tener una mejor estabilidad.
Tratado N° VII

El ambiente social en este tratado ya cambia, de la pobreza a la clase mas media que baja, en ese momento es cuando Lázaro se estabiliza completamente, se casa y tiene su lugar donde poder reposar y estar tranquilo, sin querer adoptar otra vida mejor, ya que en ese momento estaba lo suficientemente cómodo con su estatus social que lo único que no deseaba era volver a pasar hambre.

Lazarillo de Tormes y la crítica a la utopía imperial
José F. Gatti en su libro Introducción al «Lazarillo de Tormes» afirma sobre la obra que «El Lazarillo [es un] pequeño libro extraño, [que] plantea complejos problemas, aún no resueltos». Afirmación que es avalada por la incesante labor crítica que la obra ha generado. Francisco Rico, uno de los estudiosos y críticos más importantes de la picaresca, ha dicho en una entrevista que:
El gran invento, el gran descubrimiento del Lazarillo es inventar la realidad como ficción, y además inventarlo con un lenguaje que es también el de la realidad. [El Lazarillo] Es una falsificación, una mistificación de la realidad.

La picaresca expresa un complejo problema humano: EL HOMBRE FRENTE AL MUNDO SOCIAL, mundo social construido de apariencias y esencias que el hombre debe recorrer hasta encontrar su lugar en él. La novela narra la vida del autor, que es al mismo tiempo el personaje Lázaro, a un lector, «Vuestra Merced», quien ha solicitado se le cuente «el caso». (José F. Gatti, Introducción al «Lazarillo de Tormes», p. 9. )

La obra es, entonces, «la carta» que Lázaro envía explicando por extenso su vida con el propósito de aclarar una situación privada ante la opinión pública.

El relato de la vida de Lázaro pone en juego una multiplicidad de elementos que tras la aparente seriedad con que se narra se esconde una gran ironía que pone en entredicho si el único objeto de la carta (novela) sea el dar cuenta del «caso»; abriéndose así un abanico de posibilidades de lectura e interpretación: una de estas posibles lecturas es la que se podría denominar «lectura política» de la obra.

Desde el Prólogo, el narrador dice que el escribir es tan peligroso como el combatir, acaso refiriéndose al contenido:

¿Quién piensa que el soldado que es primero de la escala tiene más aborrecido el vivir? No por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro y así en las artes y letras es lo mismo. (Prólogo, p. 6)

La novela que, originalmente, observa Rico, no estaba dividida en tratados, propone un irónico final. Lázaro pregonero, oficio infamado, se vanagloria de su «suerte» como cornudo y de la forma de vida que ha conseguido y escribe:

“Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes y se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”. (Tractado Séptimo, p. 135)

La comparación indirecta del «triunfo de Lázaro» con el triunfo del emperador no sólo acentúa el efecto humorístico de la vida de Lázaro, sino que al concluir la novela parece proponer una clave de comprensión, pues no es gratuito que la novela finalice con una alusión a una propuesta iconográfica, que durante el siglo XVI gozaba de gran prestigio: la imagen del Rey-Emperador triunfante, divulgada por la pintura con fines teo-políticos.

Interpretar la novela desde este final inesperado para el lector es el objetivo de la presente comunicación. Un antecedente de nuestro punto de vista lo encontramos en el trabajo de James A. Parr, aunque sin señalar el aspecto iconográfico afirma que:

En el Lazarillo el blanco de la sátira me parece ser la política imperialista de Carlos V, un tópico que preocupaba mucho a los humanistas de la época, [ya que] el énfasis en el anticlericalismo y en la hipocresía es demasiado obvio para ser el verdadero blanco de este escritor cuya sutileza sigue siendo un desafío formidable. Pan considera que en el libro se puede descubrir el caos interior del protagonista y de sus contemporáneos, que soportan la política del Emperador, provocadora de una sociedad de valores invertidos. Así, los problemas económicos de la época surgen, en gran medida, de los tremendos gastos que requería la desacertada política imperial.

La iconografía mencionada en la novela nos da una visión del Imperio a los ojos de los españoles, que Lázaro utiliza para sus propios fines. Fernando Checa Cremades en su libro Carlos V y la imagen del héroe en el Renacimiento dice que este medio artístico —la iconografía del Rey triunfante— «se utiliza como sistema no sólo de la creación de una imagen, sino como vehículo propagandístico de los específicos fines políticos de Carlos V». Y a los que hace referencia la novela.

El retrato del Museo del Prado que Tiziano hizo del Emperador a caballo constituye el documento plástico más impresionante de esta campaña imperial. Von Einem —citado por F. Checa— indica que nos encontramos ante la «imagen oficial» del guerrero. El hecho de encontrarnos ante un retrato ecuestre nos remite a toda una ideología imperial. La representación tizianesca elabora en su personal estilo la idea del caballero cristiano, similar a la de Erasmo o Durero. Einem relaciona el retrato con la tradición caballeresca borgoñona que ve en San Jorge su santo patrono, imagen que se puede comparar con la entrada del victorioso Emperador a Toledo, propuesto en el Lazarillo y que, al incluirse en la novela, hace que se involucre el campo semántico de la imagen real con el campo semántico de la imagen de Lázaro, que transforma la narración en una imagen del reverso del imperio conforme a la vida del personaje.

En 1516, Carlos ocupa el trono y se convierte en Rey I de España y V de Alemania, a la muerte de Fernando el Católico, el rey de Aragón. La fecha coincide con el momento en que Tomás Moro propone en una obra del mismo nombre la palabra Utopía, para describir la mejor de las repúblicas, el texto tiene una gran fortuna como concepción imaginaria de un gobierno ideal. «De Moro han dicho algunos intérpretes alemanes que su Utopía es la expresión del imperialismo naciente»

La corona española asume una vuelta al pasado vigorizando el poder político de la monarquía conforme a un modelo teopolítico de raíz medieval. La monarquía española subordinó la racionalidad burguesa a la «fe».

Al final, el Imperio de Carlos V es el Imperio más grande del mundo. Sin embargo, el precio que ha pagado España es muy alto: el Imperio le causa a la larga la ruina debido a una política desacertada y a una idea política que va en contra del desarrollo económico-político que se desarrolla en Europa. De la misma manera, el triunfo de Lázaro —ha conseguido un estatus dentro de la sociedad—, lo ha obtenido de una manera equívoca; tanto en Lázaro como en el Imperio de Carlos V encontramos una ruina moral, es político, sí, pero también religioso —en tanto en cuanto establece, como es bien sabido (y baste pensar en Dante), una estrechísima interdependencia entre vida religiosa y vida política de la humanidad— esto es, el ideal de cristiandad, de un Imperio cristiano universal, que sigue siendo el típico ideal del medioevo. Y que en la novela es mostrado como un imperio en crisis moral, un mal enraizado en lo social y por lo tanto difícil de erradicar.

En el periodo crítico para las relaciones Carlos V-Clemente VII, la cristiandad se divide en tres partidos: los que juran por el Papa, sin control, sea éste bueno o malo; los que juran por Lutero, sin tampoco pedirle cuentas de su comportamiento, y los que no miran a otra cosa que a la gloria de Dios y al bien del Estado, y que son justamente los admiradores de Erasmo. Entre los cuales se encuentra el emperador que desea la extirpación de la herejía luterana y la reforma de la Iglesia Carlos V conoce las obras de Erasmo y se podría decir que descubre «una profunda analogía entre la lucha que él esta capitaneando y la del anciano filósofo obligado a hacer frente a un mismo tiempo a los papistas intransigentes y a los luteranos irreductibles»

Sin embargo, aunque Erasmo ve en Carlos V, una fuerza capaz de realizar las miras de un tercer partido, el de los hombres cuya alabanza importa, señala:

Siempre he deseado la desaparición de la facción luterana, pero en condiciones tales que se la extirpe completamente y se corrijan también los otros males: es lo que sucederá, según espero, bajo los auspicios de nuestro César Carlos V, por lo tanto, para imponer una nueva sociedad tenía que destruir la herencia anterior.

Carlos V quiere ser el único «señor» y amo, un soberano «absoluto», sueña con una «monarquía» que reduzca al mundo bajo un pastor: unum avile et unus pastor, pero a su absolutismo le falta todavía la organización interna del Estado. Esta situación va a constituir la base sobré la cual se va a apoyar el Lazarillo de Tormes, en donde encontramos una sátira a la manera erasmista a la política imperial, la cual ha contribuido a la creación de una sociedad de valores irrealizables.

En el caso del Lazarillo, encontramos que el personaje, para conseguir lo que todos en ese tiempo persiguen, honra, desea que se conozca su vida y la va narrando: porque se tenga entera noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuan poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto. (Prólogo, p. 11)

— Lázaro, con su primer amo, el ciego, sale de Salamanca y se dirige a tierra de Toledo, sede y espejo del Imperio, donde encontramos «una representación desengañada de la vida, con sus vicios —crueldad, avaricia, falsedad, hipocresía, vanidad, fraude, sacrilegio, lascivia—: en su conocimiento consiste el "fruto"» señala Gatti.

Se podría interpretar que Lázaro topa con el Imperio (Toledo) y el ciego es el guía que lo lleva por ese Imperio, en donde únicamente se busca la ganancia y la hipocresía religiosa.

— Al clérigo, su segundo amo, Lazarillo lo desmiente censurando su avaricia. El autor (Lázaro de Tormes) hace además una comparación del ciego con el emperador Alejandro Magno, prototipo de magnanimidad, y propuesto, según era normal, como dechado de generosidad, punto al que la crítica ha prestado poca atención:

“Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandre Magno, con ser la mesma avaricia, como he contado. No digo más, sino que toda la laceria del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía”. (Tractado Segundo, p. 47)

— Lázaro se burla constantemente de la organización social estamental que sustenta el Imperio. Por ejemplo, Lázaro al encontrar al escudero, jerarquía más baja de la clase nobiliaria en la sociedad española, dice: «Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que me parescía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester» (Tractado Tercero, p. 75).

Como señala García de la Concha: Comienza aquí un proceso narrativo genial, estructurado sobre dos raíles: lo que Lázaro observa, y las consecuencias que entre esperanzas y decepciones, poco a poco, va deduciendo, hasta desenmascarar el engaño total. La insistencia, en el texto, en el tema de la limpieza, a la par que contrasta con la absoluta pobreza —vacío de todo— del hidalgo, «sirve para dibujar rasgos muy particulares del hidalgo; [y] a la vez apunta irónicamente a toda una clase social obsesionada por la limpieza... de sangre»

Antonio Domínguez Ortiz señala que durante el reinado de los Reyes Católicos, sobre todo después del establecimiento de la Inquisición: ciertas corporaciones, familias y aun pueblos enteros, quisieron precaverse de toda mancha de contaminación y gozar del prestigio que ya empezaba a concederse a quienes no tenían contactos con aquellos miembros mal considerados del cuerpo social [los conversos]

Lázaro muestra en esta parte, sobre todo, la «fantasía» del escudero que insiste en demostrar su limpieza de sangre:

Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y, preguntando si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. (Tractado Tercero, p. 74)

El «hambre» y la «apariencia» son también consecuencia de esta política; tenemos, por ejemplo, al escudero:

“Y súbese por la calle arriba con tal gentil semblante y continente, que quien no le conosciera pensara ser muy cercano pariente al Conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir [...]. ¡Oh, Señor, y cuántos de aquestos debéis Vos tener por el mundo derramados, que padescen por la negra que llaman honra lo que por Vos no sufrirán!” (Tractado Tercero, pp. 82 y 84)

La expresión «negra honra» era común en la época para calificar la obsesión por la opinión de los demás, que paraliza en el siglo XVI la voluntad individual y colectiva de los españoles. Lázaro además se fija en una característica física señalada en la hidalguía:

“¡Y velle venir a mediodía la calle abajo, con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja, de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar [...]”. (Tractado Tercero, p. 94)

Lázaro nos da la imagen de los hidalgos que dependían directamente del rey y por lo tanto, sus personas, cosas y heredades estaban exentas de jurisdicción señorial; de ahí el orgullo del pobre escudero:

“Pues te hago saber que yo soy, como ves, un escudero; mas vótate a Dios, si al Conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que, otra vez que venga me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada. (Tractado Tercero, p. 99)

Marcel Bataillon señala un agudísimo espíritu crítico entre los frailes de la época, y encuentra significativo que el cuarto amo de Lázaro sea precisamente un religioso «de la Merced»:

Orden que, en el Nuevo Mundo, presentaba un contraste escandaloso con las órdenes misioneras, por su falta de espíritu evangélico, y que, según el obispo de Guatemala, más valdría haber expulsado de América. — El ingenio y la astucia de Lázaro, que aprende del ciego, va a dar cuenta de este frustrado proyecto de una república cristiana, encontramos que el autor del Lazarillo «una vez más ha echado mano de un motivo literario para denunciar, con infinito talento, una dolorosa realidad»

En la novela, por vía indirecta se critica la política religiosa del Emperador. Francisco Rico afirma que:

La recaudación de las limosnas de la Bula estaba confinada a empresarios que anticipaban al erario real una cierta suma, fijada por contrato; la ganancia de tales mercaderes dependía del número de bulas vendidas y, así, para expedir mayor cantidad, alquilaban predicadores especializados, quienes a su vez recibían un tanto por bula: semejante confluencia de intereses privados es lo que originaba la mayoría de «desafueros»

Por ejemplo, en el Tractado V, Lázaro cuenta lo que le sucedió con el clérigo encargado de propagar, en calidad de comisario, las bulas de la Santa Cruzada y recaudar el estipendio de ellas:

Cuando él hizo el ensayo, “confieso mi pecado, que también fui dello espantado y creí que ansí era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conoscí cómo había sido industriado por el industrioso e inventivo de mi amo”. (Tractado Quinto, p. 123)

Encontramos en el echador de bulas a un ser desenvuelto y desvergonzado, todo era un truco para obtener gracias materiales, Lázaro muestra la simonía y la venta de indulgencias. La Iglesia española se corrompe apoyada por el Imperio que quiere extender su poder; internamente, Carlos V apoya a la Iglesia que le permite un control social, aunque externamente lucha contra el Papa, por el poder. Por lo tanto, cuando Lázaro critica a la religión, está criticando al poder político que permite esa corrupción.

M. Bataillon anota al respecto que: El Emperador aparece ante sus fieles como el instrumento de una voluntad divina, más fuerte que todos los obstáculos y que el mismo Papa. La política imperial, a medida que se va haciendo más decididamente antirromana, adopta por su cuenta la idea del Concilio y acaricia la idea de rehacer la unidad cristiana por medio de una decisión justiciera que el Emperador victorioso sabrá imponer lo mismo al Papa que a los luteranos — Lazarillo de mozo de ciego llega a ser poseedor de un oficio real.

El «triunfo» de Lázaro como pregonero de vinos, lo vemos anunciado desde el inicio de la obra, cuando el ciego, le dice: «Yo te digo [...] que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú» (Tratado Primero, p. 43).

Sin embargo, el sujeto es absorbido por el medio como una gran broma, acepta vivir al amparo de la Iglesia siendo cornudo, el arcipreste recomienda a Lázaro despreocuparse y atender a lo que «le toca», «a tu provecho»:

“Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará; digo esto porque no me maravillaría alguno, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir della”. Ella entra muy a tu honra y suya. Y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca; digo a tu provecho. (Tractado Séptimo, pp. 132-133)

García de la Concha señala que: «Bajo la ambigüedad se agazapa el cinismo: "a tu honra y suya", es decir, a la honra que a ti, voluntario cornudo, y a ella manceba de clérigo, os corresponde»

Podemos concluir señalando que la obra considerada de diversión, significa una reflexión que señala, de manera irónica, el papel que la Utopía puede hacer dentro del Imperio. Así, la obra concluye en el paralelo escarnecedor del final entre el desvergonzado Lázaro y el «victorioso emperador».

La relación que se establece entre la «prosperidad y [...] la cumbre de toda buena fortuna» del personaje narrador y la entrada del emperador a Toledo, resulta doblemente irónica. Así el libro termina ironizando tanto el «triunfo» de Lázaro como el del Emperador. Irónico resulta que se diga «la entrada victoriosa del Emperador», cuando estaba a dos años de terminar su reinado, y cuando el pintor del Emperador, Lucas Cranach, a mitad del siglo XVI «nos muestra la última imagen imperial de un Carlos V avejentado y triste, en que la emblemática imperial apenas sirve para encubrir el verdadero fracaso de su obra»
NOTA

El problema financiero, durante todo el reinado de Carlos V, seguirá siendo un problema pendiente: al faltar una organización adecuada, Carlos V, pese a los grandes recursos de que en apariencia puede disponer, estará siempre en una situación financiera sumamente precaria, y el epílogo de su gobierno será, en este aspecto, la bancarrota de 1557, ya bajo Felipe II. Las lamentaciones sobre la exportación excesiva de metales preciosos —a causa de la cual España sigue pobre y desolada— no obstante todo lo que llega de las Indias de Occidente, quebranta el intento de Carlos de unidad imperial y demuestra, de nuevo, la falta de unidad verdadera entre los miembros de su monarquía.
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