Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Libertad Demitrópulos: Río de las congojas

Horacio Quiroga: “La gallina degollada”
Panelista: Noemí Ulla
De la vida y de la muerte en dos textos narrativos
Hechos de violencia reúnen el cuento de Horacio Quiroga "La gallina degollada"(1) (Cuentos de amor, de locura y de muerte, 1917) y el primer capítulo de la novela Río de las congojas (1981), de Libertad Demitrópulos, acompañados de degüello en un texto, de degüello y descuartizamiento en otro.
Por la voz de un mestizo, narrador en primera persona, que permanece en el lugar para acompañar a sus muertos, y que trasmite la veracidad de los sucesos en Río de las congojas, se plantea el resentimiento y la violencia contenida en los sometidos de la conquista y la colonización. Una voz impersonal, una clásica tercera persona (muy usual en Horacio Quiroga) informa sobre un crimen que es a la vez un hecho más horrendo, al ser perpetrado por cuatro niños anormales entre doce y ocho años, contra su pequeña hermana, única normal. El final, desnudo de excesos descriptivos, llega al patetismo en forma menos distante que otros cuentos de Horacio Quiroga, quien suele dar como narrador una información científica al resultado macabro en "El almohadón de plumas", en "Los destiladores de naranja" y en otros. En "La gallina degollada" el patetismo se da a través de la presentación del cuadro de horror, sumamente sintético pero contundente, que observan el padre y la madre de la niña:
"Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta, entornada, y lanzó un grito de horror." (p. 127)
Respecto de la madre: "Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de su marido con un ronco suspiro". (p. 127)
El texto de Libertad Demitrópulos, dentro del tono poético, va trasmitiendo información a través del relato de uno de los hombres que bajaron de Asunción con Juan de Garay y presenta la evocación del descuartizamiento de Lázaro de Venialbo (víctima de la traición de un falso aliado) y de otros jóvenes que se levantaron contra el teniente de gobernador. Por la evocación de esa primera voz narradora conocemos los hechos. La violencia generada por el sometimiento de los "bastardos" (como significativamente les llaman los españoles), lleva a los jóvenes a una rebelión armada que será castigada con la muerte.
En el texto de Horacio Quiroga el generador de la violencia, más que el sometimiento, son el abandono y el desamparo -variaciones del sometimiento- que sufren los hijos anormales. El castigo recae sobre el objeto de amor de los padres, más acentuadamente de la madre, ya que no sólo el narrador informa, sino también el padre de los niños ha advertido a su esposa en oportunidades anteriores sobre el descuido que ella ejerce en la higiene y atención de los hijos idiotas.
Nuestra literatura registra la violencia en la forma de degüello y descuartizamiento desde los tiempos de "El matadero" de Esteban Echeverría, quien dio justa interpretación histórica al hecho utilizando el discurso ideológico contrario al rosismo. El joven unitario de "El matadero" despierta compasión y los mazorqueros, infinito odio y encono. Bajo este esquema argumentativo puede situarse el texto de Libertad Demitrópulos: los que poseen el poder no sólo someten injustamente, sino que tienen, por paradoja, la libertad de castigar con la muerte a quienes se rebelan; tal lo sucedido en Río de las congojas y en la historia de Santa Fe con los siete jefes ajusticiados.
En el cuento de Horacio Quiroga el poder lo posee Bertita (en sus fases de afecto, amparo y atenciones) y sobre ella, alterándose aquel esquema, recae el castigo con la venganza y el degüello. Pero si nos internamos más allá del presente texto, es posible recordar que hace unos años Noé Jitrik, en un estudio dedicado a Horacio Quiroga (2) distinguía en él, con una propuesta por cierto binaria, los relatos con "muertes tradicionales", apoyados en lo que podríamos llamar el archivo de lo leído, y con "muertes propias", hijas de una experiencia penosa y personal (suicidios del padre, del padrastro, de la mujer, del hijo). De acuerdo con aquel señalamiento, la lectura de Maupassant estaría presente en los cuentos "Una estación de amor" y en "La gallina degollada" por las "turbulentas imágenes de los retardados", Dostoievsky en el cuento "El solitario" y Jack London en "El salvaje". En cambio, en el libro Los desterrados la muerte abandona los influjos literarios, al menos los más directos, y Horacio Quiroga trata la "muerte propia" a partir de cuentos originales de ambiente misionero.
La información utilizada sobre las muertes de los siete jefes en Río de las congojas provienen de las crónicas, es decir de la historia. Y esta diferencia trazaría una diversidad mayor entre el cuento de Quiroga y el capítulo I de la novela que nos ocupa, ya que el juego de la fantasía se inscribe de manera más directa en "La gallina degollada", en la medida en que las operaciones de la imaginación actúan más libremente, en cambio la voz narradora del primer capítulo de Río de las congojas, se apoya en un hecho histórico: los hombres que bajaron de Asunción para fundar la ciudad de Santa Fe. La proximidad de la historia y la literatura están presentes en la novela de Libertad Demitrópulos; en el cuento de Quiroga, sólo la imaginación, que podría hasta socavar la verosimilitud para dar prioridad al horror.
Consideraremos brevemente el lenguaje de ambos textos: mientras que en el de Libertad Demitrópulos todo el relato es el suceso de un pasado lejano en cien años, el cuento de Quiroga trata sobre un pasado que funciona para introducir el tiempo presente, el que va sucediendo ante nuestros ojos, con la catástrofe final. El relato a cargo de un mestizo en el texto de Libertad Demitrópulos, habla a través de la primera persona, y esto le permite el uso de una sintaxis propia de la entonación oral, a veces regional, de un vocabulario rico en formas criollas, regionalismos, particularidades coloquiales y modalidades populares ("no era tan igual enteramente", "los despueses"), nombres de animales y vegetales propios de la región ("mburucuyá", "pacú", "camalotal"), nombres mitológicos frecuentes de la zona litoraleña (el Pata de Palo, la Mula Ánima, el Pelado, el Basilisco). Estos registros crean un contrapunto lingüístico entre el discurso de Juan de Garay, en lengua española, y el del narrador oral. Por momentos la peculiar simplicidad de éste último produce hallazgos verdaderamente poéticos. "La gallina degollada", en cambio, no posee regionalismos, contrariamente a muchos cuentos posteriores donde Quiroga no sólo abundará en ellos, sino que defenderá cada vez más su utilización. (3)
Surge entonces una posible observación al comparar los dos textos: la cuidada elaboración de la voz de la primera persona (Río de las congojas), perteneciente a un narrador lejano en el tiempo y a una cultura también alejada de la de la escritora, presenta un texto particularmente poético. La tradicional utilización de la tercera persona en el cuento de Horacio Quiroga (exceptuando los diálogos de la pareja, que mantienen una fuerte violencia con las palabras más hirientes, en medio de un trato de "tú" que en su fecha (1909) no había alcanzado el voseo, muy posterior en la narrativa) (4) dan a la narración la oportunidad de convertirse en un texto casi despojado de emoción; por el contrario, ésta surge de la presentación de los hechos mismos. Violencia en éste, evocación de la violencia en Río de las congojas: dos modalidades bien diferentes de narrar hechos sangrientos en la tradición literaria argentina.
NOTAS

1. "La gallina degollada" se publicó por primera vez en la revista Caras y caretas (Buenos Aires, año 12, n° 562, julio 10 de 1909, según consta en Walter Rela, Horacio Quiroga. Repertorio bibliográfico anotado 1897-1971 (Buenos Aires, Casa Pardo, 1978, p. 25).

2. Noé Jitrik, Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentina, 1959, p. 111-129).

3. Horacio Quiroga, "Los trucos del perfecto cuentista", El Hogar, año XXI, n° 814, mayo 22, 1925, reproducido en Horacio Quiroga, Todos los cuentos, Edición crítica, Madrid, Ediciones UNESCO, 1996, 2ª. Edición, Colección Archivos, p. 1193.

4. Noemí Ulla, Identidad rioplatense. La escritura coloquial en torno a 1930 (Borges, Arlt, Hernández, Onetti), Buenos Aires, Torres Agüero, 1990 y La insurrección literaria. De lo coloquial en la narrativa rioplatense de 1960 y 1970, Buenos Aires, Torres Agüero, 1996.

Panelista: Jorge Ariel Madrazo
H. Quiroga / L. Demitrópulos
Pensemos en una flecha que aspira a un blanco, sin advertir que ella es el blanco. O bien: una flecha deseante de un blanco alucinatorio. Tal blanco, o meta de un deseo irrealizable --lo siempre-más-hondo o más lejos; "lo" Moby Dick del capitán Ahab-- es el objeto último de toda escritura en verdad creativa. El vacío germinador, matriz de aquel deseo que también restalla, en clave trágica-épica, en estos dos relatos.
En ellos el texto es un cuerpo vivo que nace desde sus entrañas. Que late, respira y se imprime sobre los cuerpos/psiquis de autores y receptores; unos y otros, interactuando para prestarle sus sentidos posibles. Porque, lo recordó Valéry, la ficción poética es un sinsentido; debe recibir un sentido, no ofrecerlo.
Estamos aquí, en efecto, ante dos voces que evaden el corsé de un lenguaje dado, en tanto habitat de falsas identidades, para apuntar -entre torsiones, anamorfosis, quiebres y jadeos de la lengua- hacia lo No-Yo: una ajenidad más o menos radical. Y en tanto delincuentes de la lengua adoptan otra, la lengua de esa "minoría desconocida" a que alude Deleuze. Violadores de la letra de la Ley y de la letra como ley, el uruguayo Quiroga y la jujeña Demitrópulos son leales --de allí la eticidad de su obra-- al combate de sus criaturas contra el exigente Kairós: ese tiempo que exhorta, a los protagonistas de la llamada "realidad" cotidiana (y de la realidad paralela que es la escritura) a escoger un destino supuestamente de redención. Kairós, como un viento que azota al ángel de la historia y opuesto a Cronos, el tiempo burocrático que se cree -nada menos- padre de los dioses.
Lo que en la superficie más denotativa de este viento incansable aproxima a "La gallina degollada", de Quiroga, y al primer capítulo de Río de las congojas, de Demitrópulos, es el crimen, de una ferocidad extrema; el rolar de los cuerpos hacia muertes turbadoras y similares sólo en lo visible del iceberg: el modus operandi. Pero el lenguaje que las narra, el contexto y, en especial, la carga simbólica de tales sucesos, difieren notablemente en ambos escritores. Prójimos, sin embargo, por lo que Ramón Plaza denominó (en "El Cuento, una pasión argentina", Ediciones Desde la Gente) "el cuerpo creativo, sangrante, del país".
El modernista Quiroga, con vertientes naturalistas unas veces y orientadas a lo fantástico otras, iniciado por Lugones y admirador de Maupassant, Kypling, Conrad y sobre todo Poe, sitúa su relato en el ámbito del horror puro. Como ocurrió, por lo demás -y sin condicionar obra a biografía- con su propia vida y las de los suyos, signadas por una secuencia de suicidios y accidentes fatales. Apenas tres hitos de esa cadena siniestra: la muerte de su padre al disparársele una escopeta cuando el futuro escritor tenía dos meses de edad; doce años más tarde, el suicidio de su padrastro; luego, él mismo mató de modo accidental a su mejor amigo.
Ya en el primer párrafo del cuento irrumpen los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz: "Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta". Las taras habían sobrevenido tras largos meses de un desarrollo normal en apariencia. Cada vez, los padres abrigaban la ilusión de que otro hijo revocaría el estigma. Y en cada caso, primero era el dolor y el amor culpable hacia esos despojos, privados de la menor chispa de conciencia y de espíritu a causa -se sugiere- de la carga hereditaria paterna. Más tarde, a la compasión seguirán el desprecio y el odio; tanto a los monstruos -único nombre con que se los designa- como en el seno de la pareja misma, deshecha entre acusaciones mutuas.
En fin: llega una niña que crece sin mácula y monopoliza el afecto, así como los otros son expulsados hasta de lo básico: los atiende, con brutalidad, la sirvienta. Semiexiliados en el patio, vegetan y babean sentados en un banco -sería inconcebible, aquí, asientos con individualidad- dando la cara, y no la espalda, a un muro de ladrillos. Y el célebre desenlace: el degüello de una gallina, presenciado por los cuatro, desata en ellos una confusa sed de sangre. Más tarde, la niña (los padres otra vez ausentes) inspira a los monstruos el ansia de repetir el acto bestial. De algún modo ella lo precipita al acercarse por vez primera al cerco enladrillado. Arrastrada a la cocina, sufrirá la misma horrible muerte.
La "normal", la norma, es degollada así por lo-Otro absoluto, la No-Lengua, lo innominado.
Este cuento de horror casi gótico, aunque con clima y diálogos de neto color local, repite en lo básico el guión del cuento de hadas: Bien versus Mal, la Belleza encarnada en la niña y la Monstruosidad de lo desviado e incompleto. Un cuento de hadas perverso, donde el Mal triunfa y la locura se instala en algo como niños, según nos recuerda la sirvienta al gritar: "¡Señora! Los niños están aquí..." Niños-cosa que, sospechándolo o no, logran su revancha.
Más allá de ciertos reproches críticos a los supuestos altibajos escriturales de Quiroga, el relato exhibe la pasmosa intensidad de sus mejores piezas, como "Insolación", "A la deriva" o "El almohadón de plumas". Muy por encima de otras --v.gr: "El mono que asesinó"-- de un registro fantástico que creemos fallido remedo de Poe.
Quizás sea cierto: no todo Quiroga envejeció bien. Aun en este relato cae en redundancias y didactismos a los que fue tan afecta la literatura decimonónica: "...si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona...", etcétera. Pero qué duda cabe: la tensión de sus páginas mejores puede competir con la del memorable "La pata de mono", de W. W. Jacobs.
En cuanto a la novela de Demitrópulos, el poema de Yannis Ritsos que oficia de acápite advierte "Guardemos a nuestros muertos..." Los muertos, y los cuerpos sufrientes, desbordan la narración. Del mismo modo llenan la memoria del narrador en el capítulo inicial, el mestizo Blas de Acuña. También él un diferente, ha decidido quedarse en esa Santa Fe adonde llegó cuando, todavía un "mozo guapo y fuerte", acompañó desde La Asunción a Juan de Garay.
Porque ahora, nada menos que cien años más tarde del primitivo arribo al lugar, hasta "los hidalgos más linajudos" parten hacia el Sur. Huyen acosados por las penurias, las plagas y los ataques de la nación india. Dejando la tierra a la que malquisieron y "desencantaron", se marchan con arreos, viandas, mujeres e hijos. Hasta a sus muertos han cargado tras exhumarlos de enterratorios e iglesias, contra el mandato no sólo del poema de Ritsos sino de la emblemática devoción mítica-ritual a los antepasados. Blas de Acuña, que se autodefine como "hombre de armas, músico y cuantimás pescador", se queda, nos dice, "a acompañar a mis muertos, que no me dan las ganas de seguir, ni las piernas..." La locura del desarraigo, confiesa, sería pura mortificación. Y es claro: a esta edad (más de cien años) "no soy tan enteramente". Así le hace confesar Demitrópulos en sabio desvío sintáctico y en obvio desafío a la lógica "realista".
Diferente es nuestro personaje, además, por su total falta de codicia de tierras y de poder, codicia que movió en su momento a todos, incluida la "runfla de mozos como yo: mestizos": esos a quienes Garay increpara por no ser ni españoles, apenas si bastardos ambiciosos. Y diferente, en tanto Blas fue quien más osó prodigar su deseo por María Muratore, mujer de nadie, morena y joven; la deseó aun creyéndola prenda de Juan de Garay: "Me la comía con los ojos cuando venía a reírse de los monos". La misma María Muratore que al correr de las páginas confrontará con los poderosos en pie de igualdad, reuniendo en sí "la sensibilidad y capacidad de entrega propias del imaginario social femenino y la fortaleza y capacidad bélica del imaginario masculino", como anotaron Flores y Miramontes (revista "Feminaria", núm. 13).
Éste será luego otro eje de la novela: los múltiples planos de subordinación entre cuerpos-almas en constante conflicto. El cuerpo reinará, aquí, omnímodo. Como en Quiroga, aunque con mucha mayor complejidad literaria y en cuanto al interjuego sociocultural e idiolectos de sus criaturas.
La primera muerte, y a traición, se dispara en este capítulo en andas del recuerdo de cuando un falso aliado de los mestizos, Cristóbal de Arévalo, mata a cuchilladas a uno de aquellos mozos "humillados y entristecidos", Lázaro de Venialvo. Es que los mestizos gestaban una rebelión de la que Blas quedó al margen a causa de sus cautelas, tomadas por cobardía. El propio Lázaro lo había insultado: "El gallina que se largue..."
La plaza habría de colmarse, después, de sangre y espanto. A Lázaro, ya muerto lo "descabezaron y descuartizaron a puro potro, junto con los otros bastardos que ambicionaban mando y extensión", según fustiga Blas en la apertura de Río de las congojas. ¿Desprecio a las mezquinas ambiciones de sus compañeros, o también respeto reverencial y temor-simpatía hacia esa Ley vengativa representada por Garay? ¿Ley que en el cuento de Quiroga fue la víctima de los diferentes?
La maestría narrativa de Demitrópulos enlaza, no sólo un festival de deseos en pugna, sino también los espacios público y privado. El muro enladrillado de Quiroga los dividía, fiel a la otredad absoluta de sus monstruos. En cambio, en la sintaxis viviente y la no linealidad discursiva de Demitrópulos, el espacio novelado acoge la dialéctica de una fecunda "transhistoria", como la propia autora definió. En tal marco, los personajes enriquecen y profundizan sus identidades, sus pasiones y sus vidas-muertes, vistas como unidades inescindibles.
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