Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Articula: Celina Manzoni
El milagro de la literatura
Cuando el lector silente percibe como en un susurro o en una iluminación: "La hoja de metal brilla en el vuelo como una estrella que se pierde en el vacío de la inutilidad", sabe que ha ingresado en el milagro de la literatura. Un milagro casi cotidiano, si se sabe buscarlo, tejido con voces, silencios, alusiones y reticencias y, como todos los milagros, cargado de ambigüedad, más aún, sospechoso de ambigüedad. Será por eso que hay tantos lectores como textos.
Los cuentos de Antonio Di Benedetto y de Silvina Ocampo construyen en el cruce de sus muchas diferencias, una ilusión que parecen compartir, la ilusión de una transparencia; por eso no parece casual que el volumen en que se reedita por primera vez "El juicio de Dios" de Antonio Di Benedetto lleve el nombre de Cuentos claros ni tampoco que su dedicatoria se flexione sobre el diminutivo para ofrecer: "El cuento para Sarita".(1) Tampoco parece casual el "aire insidiosamente familiar" "y aun trivial" que Enrique Pezzoni leyó en los cuentos de Silvina Ocampo reunidos en La furia.(2)
La densidad textual de estos relatos posibilita las diversas lecturas que hoy nos reúnen, es más, me atrevería a decir que las alientan, y sin embargo, la misma diversidad de esas lecturas permite, en una lectura de la lectura, el trazado de ciertas líneas, el esbozo de una cartografía que releva, en una modalidad muy fuerte de nuestra cultura, los aportes tanto de vertientes psicoanalíticas como de genealogías literarias y de cruce de escrituras. Por mi parte, recupero aquí uno de los gestos que parecen propios de la crítica: la lectura, la cita y la asimilación, con errores, desplazamientos y desvíos, constituidos en disparadores de la propia lectura para reabrir el ciclo infinito de lectura, interpretación, escritura, lectura, interpretación...
Uno de los posibles ejes articuladores que permea esta experiencia crítica, en algunos casos dicho de manera expresa, pasa por la percepción del desamparo como núcleo productor del relato. La situación de desamparo de los personajes, "el poder despótico [que] se ejerce sobre seres desvalidos y desprevenidos" (Cristina Siscar), el "claro borramiento de la Ley" (Analia Hounie), el absurdo condensado en el castigo que ejemplifica el "mito trágico" de Sísifo (Vanina Muraro) y el borramiento de nombres unido a la "manía de los sobrenombres" (Graciela M. Rosalén), confluyen en la lectura de un cuestionamiento de la figura del padre, casi en el origen del desamparo y en el mandato de silencio o, eventualmente, en el estremecimiento de la palabra, que aflige a los personajes.
Nombres y sobrenombres parecen constituir un sistema mucho más complejo de lo que se percibe en una primera lectura. Además de las connotaciones de humillación y de su carácter desvalorizador, el sobrenombre parece eternizar a los personajes en una condición infantil, de impotencia y de dependencia; parafraseando a José María Arguedas, "es como si no los dejaran crecer". Los nombres propios en el cuento de Antonio Di Benedetto crean una red significante del triángulo del drama: Don Salvador Quiroga, Juana y Juanita, con el muy obvio significante de Salvador, el que salva, que por lo demás es el único que tiene un apellido en condición de competir con los abundantes topónimos y con el prestigio agregado de la marca del reloj, Longines. No tienen nombre los campesinos ni los peones ni la abuela; pese a su condición casi de comparsas del drama, como en la tragedia clásica sin embargo, cada uno de ellos tiene su momento protagónico. El duelo verbal, aunque cargado de amenaza, entre el padre y el hijo por el predominio del mando en el grupo -una situación clásica como se ha señalado-, que luego se desplaza al duelo a zapatillazos entre el hijo y el peón, metafóricamente hijo del jefe de estación, resignifica más que la ausencia, la presencia inevitable del padre y su capacidad de trasladar el enfrentamiento entre padre e hijo, a un duelo entre hijos. El duelo limpio y digno, y aunque puede leerse como paródico, entre los hijos de "El juicio de Dios", alcanza elaboraciones sutiles que ingresan en la categoría de "lo siniestro" en "El vástago" de Silvina Ocampo. La complicidad como arma o, mejor, como treta ante la Ley, resignifica el absurdo de la situación creada por el "padre obsceno al que llaman Labuelo" (Rosalén), padre terrible, sin nombre propio, pura función repetida, doblemente padre. Si por una convención del relato en primera persona ("En la casa de la calle Tacuarí vivíamos mi hermano y yo"), se elide el nombre del narrador, aunque no su sobrenombre, en el hijo, el vástago de dos padres como se ha señalado, se recupera el nombre del padre ante la ley, Arturo, y ¿por qué no?, el nombre borrado del padre borrado, Ángel. Ángel Arturo reúne en su nombre y en lo que será luego su sobrenombre, Labuelo, el orden siniestro sobre el que se articula el relato y también el carácter de enviado o mensajero implícito en el sustantivo griego que sostiene la etimología de ángel -ángel malo-. Aunque en clave irónica, se podría decir con Milton: "¡Abríos, puertas inmortales!... porque Dios se dignará visitar muchas veces con placer las moradas de los hombres justos y con frecuente comunicación enviará a ellos sus alados mensajeros". (3)
Aunque en la superficie del relato de Di Benedetto destaque la ausencia del padre de la niña, un vacío lo suficientemente fuerte como para constituirse en desencadenante de la narración, existe la posibilidad de pensar en la omnipresencia de la paternidad; su atribución al jefe de estación, desesperada necesidad de cubrir una carencia percibida como perjuicio, es insinuada por la astucia femenina y conducida por la poderosa figura paterna de la sociedad campesina hasta el extremo último de su posibilidad: el juicio del Padre Eterno, la voluntad inapelable de Dios. Por otra parte, en "El vástago", el diálogo o más bien la tensión en el vínculo ausencia-presencia de la figura paterna también se complica por una sobresaturación: Labuelo, contiene en sí al padre y al abuelo, el vástago es además, hijo de dos padres. Se abre la posibilidad de pensar que en estos relatos no sería la ausencia de la figura paterna, la que determina la situación de desamparo de los personajes, sino por el contrario, la sobresaturación de una función paterna, que como se ha señalado, no sólo se reparte en diversos personajes sino que también parece irremediablemente destinada al fracaso. Esta situación de desamparo, que se percibe con diversas modulaciones en las reflexiones que hemos leído y escuchado, podría muy bien vincularse, en otra dimensión, a una situación que, siguiendo las reflexiones de Reinaldo Arenas, podría pensarse como de intemperie. La percepción de la cultura latinoamericana como una cultura de intemperie mas allá de connotaciones ambientales o coyunturales, remite a la imagen de hombres y mujeres aventados, de ilusiones perdidas, puertas secretas, pasajes escondidos, de ciudades fragmentadas, pulverizadas entre el viento y las cenizas, de resistencia silenciosa y de música bárbara, de lugares donde pasa todo y no pasa nada, finalmente, de un caos del que se puede hacer cargo el milagro de la literatura que hoy ha logrado además el milagro de convocarnos para conversar y conocernos.
NOTAS

1. Antonio Di Benedetto, Cuentos claros, Buenos Aires, Editorial Galerna, 1959.

2. Silvina Ocampo, La furia [1959]. Ahora, en La furia y otros cuentos, Madrid, Alianza Editorial, 1982. Prólogo de Enrique Pezzoni: "La nostalgia del orden".

3. Milton, El Paraíso Perdido, Libro VII.
Articula: Flory Kruger
Articulación Ocampo-Di Benedetto
Siempre constituye un desafío intelectual, hacer un trabajo que incluya algo de lo que uno no hace como una rutina. Esta invitación a participar de las jornadas Autopistas de la palabra donde de lo que se trata es de la literatura, representan para mí, que me desenvuelvo en el campo del psicoanálisis, una novedad que tiene todo su interés por lo diferente. Agradezco pues la oportunidad de compartirla con ustedes.
Mi función como articuladora es la de elaborar el nexo entre el tema que nos convoca y los 4 trabajos escuchados; son textos elaborados sobre otros textos.
Quiero comenzar ubicando el factor que tienen en común la literatura y el psicoanálisis: ambos se despliegan en el mundo de las letras y si bien el psicoanálisis transcurre en la palabra, su orientación final es hacia la escritura.
Si bien podemos señalar el factor común, esta intersección entre disciplinas diferentes tiene su riesgo, lo cual nos plantea la necesidad de ser muy respetuosos con la utilización de los conceptos de modo de no superponerlos ni extrapolarlos fuera del campo de pertinencia. Eso no evitará de todos modos, la dificultad de su articulación que siempre será sintomática, es decir, imperfecta.
Para comentar estos 4 trabajos quisiera citar a Marguerite Yourcenar. Seix Barral acaba de publicar Mishima o la visión del vacío, donde la autora desmenuza al escritor oriental, haciendo un análisis de los momentos esenciales de su vida y de su obra. Ella comienza con algunas reflexiones acerca de cómo posicionarse respecto de un texto literario, y la primera frase que escribe es: "Siempre es difícil juzgar a un escritor contemporáneo: carecemos de perspectiva". Entonces el primer interrogante que me surgió frente a estos 4 textos es si las autoras estaban en posición de juzgar a los 2 escritores, con esta pregunta me acerqué en un comienzo a los trabajos.
Además, Marguerite Yourcenar subraya otro elemento fundamental: "...Inevitablemente se establece un equilibrio inestable entre el interés que sentimos por el hombre, y el que sentimos por su obra. Ya se acabó el tiempo en que se podía saborear Hamlet sin preocuparse mucho de Shakespeare: la burda curiosidad por la anécdota biográfica es un rasgo de nuestra época, decuplicado por los métodos de una prensa y de unos media que se dirigen a un público que cada vez saber leer menos. Todos tendemos a tener en cuenta no solamente al escritor que, por definición, se expresa en sus libros, sino también al individuo, siempre forzosamente difuso, contradictorio y cambiante, oculto aquí y visible allá y, finalmente -quizá sobre todo- al personaje, esa sombra o ese reflejo que el propio individuo contribuye a proyectar a veces, por defensa o por bravata, pero más allá o más acá de los cuales el hombre real ha vivido y ha muerto en ese secreto impenetrable que es el de cualquier vida." Entonces, el autor, el personaje, el individuo.
Desde este marco, en el trabajo de Vanina Muraro, no se apunta al autor, sino que se apunta al relato, con la propuesta de abordarlo con una mirada puesta en el atravesamiento inevitable por la realidad nacional. Aquí aparece entonces un dato por fuera de la estructura propia del relato, además, no hará una lectura inocente, sino que lo leerá con un instrumento: dos versiones del padre.
La función del padre es una función calificada para el psicoanálisis y es interesante señalar que las dos psicoanalistas que participan en esta mesa, hacen girar su comentario alrededor de la problemática paterna.
Dos versiones, la presencia de un padre terrible que encarna la arbitrariedad de la ley, y por otro lado, la ausencia del padre que queda reducido al disfraz del traje. Dos vértices del absurdo que finalmente se conjugan, dos maneras del fracaso de la función paterna.
Graciela Rosalén, se propone puntuaciones psicoanalíticas en los dos cuentos, lo que nos interroga respecto de saber si es un modo de iluminar el texto literario o bien, el texto literario se pone al servicio del psicoanálisis.
El rasgo destacado en su intervención es "el desamparo". Con este rasgo que se desprende de los personajes de ambos cuentos, explica lo que es el desamparo para el psicoanálisis. Al igual que Vanina, se detiene en la figura del padre, esta vez como padre obsceno, pero avanza un paso más al ubicar el desamparo como efecto de la inconsistencia del padre.
Finaliza su comentario con una referencia a la vida de Di Benedetto, lo que Marguerite Yourcenar llama el individuo, dejándonos la posibilidad de realizar una homología entre el personaje y su autor.
Analía Hounie se propone trabajar a partir de la literalidad del texto, lo que nos evoca inmediatamente la frase de Yourcenar: "La realidad central hay que buscarla en la obra... es lo que al fin y al cabo, importa". Analía, por su parte dice que "asumirá estos textos como única fuente posible de sentido, renunciando a todo intento de interpretación que se aparte de su superficie".
Señala, al igual que los dos trabajos anteriores, el borramiento de la ley en ambos cuentos, como consecuencia de la ausencia paterna y materna "sin madre y sin padre, no hay sitio para la ley", la madre no figura y el padre está representado por el viejo patriarca, déspota y arbitrario.
Vemos dibujarse en una frase lograda, que Analía remite a Borges, lo que en psicoanálisis llamamos goce: "la extraña fascinación por la crueldad", en relación a la característica de los cuentos de Ocampo. Incluye de un modo original, el tema del nombre propio y su pérdida por la falla en la estirpe.
Podemos establecer la secuencia entre los tres trabajos, el primero trabaja la carencia paterna; el segundo, agrega el rasgo del desamparo; el tercero, trabaja lo que cada uno hace cuando le falta la ley, la transformación en personajes obstinados por acatar una ley que los programe en máquinas inertes.
El trabajo de Cristina Siscar, a diferencia de los otros tres, no incluye referencias del psicoanálisis sino que se reconoce su rigurosa pertenencia al mundo de las letras. En un primer movimiento, se mete dentro de los cuentos subrayando los rasgos comunes que hay en ambos. Luego, en un segundo movimiento, desde una lectura ideológica, política y social, se sale de los cuentos para decir lo que cada cuento es. Así lo escuchamos cuando, interpreta la narración de Ocampo como una sátira a la familia tradicional y legítima, pero también a la sociedad, o bien, cuando supone que el cuento representa una crítica mordaz al peronismo. Sin embargo no deja de advertir que el acento está puesto en lo psicológico en tanto el eje alrededor del cual gira el cuento es la relación víctima-victimario.
En Di Benedetto, nos dice Cristina, se ponen en escena la confrontación de dos actores sociales, por un lado, las fuerzas del progreso, representadas por don Salvador y los trenes, y por el otro, los campesinos y los peones causantes de un accidente con el solo fin de obtener la solución de un conflicto personal. Se destaca el recurso a la ironía y a la parodia como modo de simbolizar las fuerzas enfrentadas.
Lo que los tres trabajos anteriores ubicaban como ausencia de la función paterna, en este trabajo los personajes resisten y se enfrentan a la crueldad de un mundo que no los deja ser.
Para finalizar quería comentarles lo que dice Miller respecto del objeto de arte, porque creo que nos puede servir para pensar el nexo entre literatura y psicoanálisis. J. A. M. dice que el objeto de arte, desde sus inicios, retuvo al psicoanálisis, incluso lo desorientó. El psicoanálisis se dedicó a analizar este objeto, en cambio, Lacan como analista, sólo se interesó en él porque no es analizable. Lacan se sintió atraído por Joyce, por la transformación que sufrió la literatura en manos de Joyce, porque su producto no es analizable, porque el texto literario se convierte en un objeto de arte... Cuando los analistas se ocuparon de entender el arte siempre lo hicieron con referencia al artista que lo producía; es decir, que interpretaban su inconsciente a partir del objeto... Es necesario plantear que el arte no concierne al sueño. Los objetos de arte no son sueños, ni lapsus, ni actos fallidos, tampoco formaciones del inconsciente; son objetos, productos... en realidad, toda interpretación psicoanalítica del arte fracasa porque no tiene en cuenta la función del objeto como tal.

Mesa 3:

Jorge Luis Borges: “El fin”

Osvaldo Lamborghini: “Matinales (aguas del alba)”
Panelista: Esther Cross
Aguas del fin
Los libros, como las familias, nacen de comparaciones. Lo mismo pasa al leer. Siempre comparar. Lo que vamos a saber en el renglón siguiente con lo que íbamos a descubrir a la luz del anterior. Este libro, con otros. El día en que leímos esos otros con hoy, cuando leemos éste. La lectura de “El Fin”, de Borges, y “Matinales (aguas del alba)” de Lamborghini, armó una familia, medio loca, como todas. Abro el juego con varios sentidos de una misma palabra: comparar, desde disponer, disponer, que es, al mismo tiempo, colocar las cosas en orden, prevenir, usar algún derecho inherente a la posesión de los bienes, valerse de una persona o cosa y, por último, qué remedio, morir haciendo testamento.
Colocar las cosas en orden. En el nivel más manifiesto, leer “El Fin” y “Matinales”, marcó una filiación, bien evidente: del Martín Fierro. La relectura del Martín Fierro, en filiación invertida, como le hubiera gustado a Borges. Ése es el orden correcto, el pasado que se ve en el fondo, como una radiografía. Y a la vez, la lectura del Martín Fierro aquí y ahora, no fue como la primera, cuando era chica y la ubiqué en mi colección privada de epopeyas. Horizontes que se llenan y despueblan a veces del mismo jinete, duelos mortales, fugas en la noche, una lejanía en los hechos y en el tiempo.
Ahora fue distinto. Hace dos años, filmé, con Alicia Martínez Pardíes, un documental sobre la gente de la calle. La crónica de Fierro, que padeció todos los abusos y las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país (1), se emparentó con una realidad que hoy resulta ya innegable. Reconocí, en el Martín Fierro, el testimonio de mucha gente de la calle, de una clase desheredada en la que conviven la pobreza estructural con otra nueva, producto del quiebre del tejido social: la clase media.
Prevenir. El orden se alteró. Hace ya tiempo, cuando filmábamos por la calle, lo que pasa ahora se veía venir, y aún podía evitarse. Busqué en mi biblioteca los libros que rodeaban el Martín Fierro, de donde nacieron, más o menos reconocidos, los textos que iba a comparar. Si podía reordenar mi historia de lecturas y darles otra forma, pensé, si podía cambiar ese pasado, quizá algo distinto se presente. Una lectura responsable.
Usar algún derecho inherente a la posesión de los bienes. Tengo pocas cosas, pero tengo muchos libros y usé mi derecho inherente a su posesión. De esa línea de lectura nació otra, bifurcada. La crítica (2). Y su paralela. Ema, la cautiva y La liebre. La patria equivocada. El placer de la cautiva. La lengua del malón, de Guillermo Saccomanno. Y Una sombra donde sueña Camila O'Gorman, de Enrique Molina. Y de este último libro, olvidado, muchas veces, en las listas que conforman el canon, especialmente esta frase, de la introducción: Del mismo modo en que es posible un análisis sociológico, económico, etc., de la historia, imagino también un análisis poético dirigido a captar esa última resonancia de la misma, ya sólo en el tiempo puro de la conciencia.
Ahora sí: “El Fin”, “Matinales”. Buscar la última resonancia de la historia que, innecesario aclarar, está escribiéndose en este momento.
Valerse de una persona o cosa. Después de todo, el cuento de Borges y el de Lamborghini se valen de y revalorizan el Martín Fierro. Pero siempre está esa sensación de que hay algo más, algo que no se ve a primera vista, la intención, podría decirse, con que fue tomada la radiografía. Ahora crucé un poco la frontera. Los libros forman una república mundial bastante peleada y están en contrapunto dentro de ella. Mi biblioteca, con sus limitaciones, es una muestra gratis de ese mundo, y entonces miré el mapa de libros. Un cambio de intención.
Gastón Bachelard (3) dice que hay dos preguntas que surgen al mirarse en el espejo: ¿por qué te miras?, ¿contra quién te miras? Esas preguntas abrían hoy otra extensa línea de comparación, hacia adentro -respecto a nuestra tradición- y hacia afuera -en la inserción de esa tradición dentro de lo que Pascale Casanova (4) llama el capital literario mundial. Pero, por ser breve, es necesario centrarse en los textos. Y fue en el mismo libro de Bachelard en donde encontré la clave de mi comparación.
Bachelard distingue una escritura de superficie de una profunda. Como Deleuze, habla de un devenir codificado por las reglas lógicas de los cuerpos y de un devenir loco. La escritura de superficie es traducción, es escritura de los objetos, de los valores sensibles. La escritura condensada de la profundidad es, en cambio, la escritura que resulta en correspondencias, la escritura de los valores sensuales. A veces llega a la profundidad para pegar el salto. Una es la que permite el humor; la otra, admite la ironía. La escritura de superficie sueña, y entonces habla, por los objetos. La escritura de la profundidad sueña, en cambio, con la materia. En “El Fin”, Borges toma la superficie de la llanura para escribirla, toma los objetos que la forman y los nombra para crear ese paisaje que, como en el Martín Fierro, presenta sin describir. Lo cubre de palabras y la historia se desplaza, en cadena de palabras, sobre esa extensión declarada como infinita. “El fin” podría ser una traducción del Martín Fierro, mientras que “Matinales” podría considerarse, en cambio, como su correspondencia. Pensé que en un cuento sobre una avalancha, Borges hubiera hablado de la colección que amasa la ola de nieve y Lamborghini se hubiera dedicado a la nieve, directo. Borges prolonga la historia, para terminarla. Lamborghini, en cambio, se sienta a responderle. Un cuento pasa en el ocaso, el otro al alba. La prolongación de un argumento puede ser una respuesta pero es, por sobre todo, una respuesta dada en la misma línea, como si el texto, emancipado, fuera un continuo abierto que puede prolongarse indefinidamente. Borges, que calificó el Martín Fierro como una novela, dada la imperfección de sus personajes, escribe “El fin” desde esa perspectiva. Le da un cierre a la historia, para él inconclusa, del encuentro entre el moreno y Martín Fierro. El as de Borges es esa brecha, eso que no se cuenta. Otra es, creo, la aproximación de Lamborghini. Parece más atento a lo que no se dice que a lo que no se cuenta -no siempre es lo mismo, comparemos algunos diarios con lo que pasa, por ejemplo-, toma como materia no ya la historia que se narra sino aquello con que se la nombra, lo más elemental: toma las palabras (astillas del mesmo palo, cita), y es a partir de ahí que construye la narración. Navega. Y es un submarino.
Morir haciendo testamento. Antes de desaparecer en el silencio y de cambiarse el nombre, Martín Fierro deja un testamento a sus hijos: su experiencia, los consejos. Hay, entonces, un silencio que es, como en todo testamento, el contrapeso de lo que se lega. No sólo se trata de que Martín Fierro cambie inopinadamente de nombre para irse, y a dónde. También nos deja preguntándonos si va a conseguirlo. Hay otro silencio que gobierna todo el poema. Como dijo Martínez Estrada, lo feo que pinta encubre lo más feo que calla. Y creo que, en este sentido, tanto “El fin” como “Matinales” son intentos, y cumplidos, de nombrar eso que se calla. En el caso de Borges, esa pronunciación sucede en el nivel de los hechos -se trata de un duelo en que se venga en el cuerpo una derrota que Hernández simbolizó en la payada y Borges retoma para que se haga justicia. Justicia circular que convierte al hermano de la víctima en asesino del asesino de su hermano. Justicia que, es justo recordar, podría completarse con lo que el mismo Borges observó en su ensayo sobre el Martín Fierro: si no condenamos a Martín Fierro es porque sabemos que los actos suelen calumniar a los hombres. Alguien puede robar y no ser ladrón, matar y no ser asesino. En los dos cuentos, una herida mortal. En el de Borges, herida ya remota, aún vigente, que sólo puede cerrarse con otra. En el cuento de Lamborghini, la herida es inicial, iniciática, literalmente. Ya no se trata de la mudez del moreno derrotado en la payada y a quien Fierro, en el poema, le negó el duelo a cuchillo. Ni de la parálisis parcial de Recabarren. Se trata del cuchillo directamente hundido en la carne. La cámara no mira desde afuera, como en Borges, en el cuento de Lamborghini: la cámara es la historia. Del hijo de ese muerto que no elige la violencia hacia afuera para salvarse, sino que opta por el camino de la locura, en un mundo en el que "el espíritu habla en estas señas", herida abierta que se abre en vez de cerrarse. El poncho de Recabarren está gastado. El chiripá de “Matinales” es ya una prenda de antaño. Vuelvo a Bachelard. Al mirarnos en el espejo -y leer nuestra literatura lo es, sin lugar a dudas-, nace una tercera pregunta, más allá de por qué o contra quién nos miramos: ¿tomamos conciencia de la belleza -la justicia poética de un duelo en que las deudas pueden saldarse- o de nuestra fuerza -para volverme loco basta con que me clave un dedo en el oído-? La verdad puede dar, como en estos cuentos, razón de las dos. Y a veces esa verdad supone un silencio, no porque la calla, sino porque al callarla, la pone en evidencia. Quizá eso explique por qué Martín Fierro se va y se calla. ¿Será porque sólo no tiene voz/ el ser que no tiene sangre? En todo caso, el silencio es siempre una invitación a resolverlo. Creo que una mirada atenta a lo que se está escribiendo aquí y ahora da cuenta, sobradamente, de eso.
NOTAS

1. José Hernández, “Carta a don José Zoilo Miguens”.

2. Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Radiografía de la Pampa, La seducción de la barbarie, El Martín Fierro, “El payador”, los estudios de Jitrik, entre otros, y otros que no alcancé a revisar por cuestiones de tiempo.

3. Gastón Bachelard, El agua y los sueños, Fondo de Cultura Económica, Breviarios, 1978, México.

4. Pascale Casanova, La república mundial de las Letras, Anagrama, Argumentos, 2001, Barcelona.

Panelista: Marita Manzotti
Lo que va... en contraseñas
La obra que perdura es un espejo que declara los rasgos del lector y también un mapa del mundo.
Es quizás en la diversidad de nuestras lecturas donde retazos de ese mapa encuentren algún lugar en el que reconocernos.
Se trata entonces de una cuestión de señas y más aún de contraseñas que permitan ubicar marcas de lo propio.
No hay entonces, en estas ficciones que dicen algo de nuestra verdad, términos más y mejor señalados que aquellos que se nombran como patria y también como devastación.
Les propongo que ubiquemos esta escena como una partida de cartas y nada mejor que presentarlas como marcadas y advertirles entonces cuáles son aquellas contraseñas que se retoman en una lectura posible de estos textos.
La primera es el escenario de estos juegos de barajas donde la ilusión está fuera de lugar: es la pampa, ese territorio propio de una mirada reteniendo lentamente, barriendo un horizonte en el que no hay accidentes ni sobresaltos sino lo que ya aparece como una interminable desolación.
Es allí donde los protagonistas se vuelven agonistas, están confinados a un destino que aunque parezca ser solo aquello que parece ser -un homicidio o una muerte- en realidad habla de una peste ineludible, esa niebla oscura que describía Lacan y que sólo permite sacrificio de palabras.
Un sacrificio en términos de una payada en un caso o de un puñal atravesado en la otra carta. Y es la dimensión de esa niebla oscura que se levanta en las mañanas cuando son las matinales. O lo que se apoya en la densidad del rasguido de un moreno que espera la llegada de aquel que podría disculparse con eso de "quién no debía una muerte en mi tiempo..." (como alguna vez cuenta Borges) pero que no lo hace.
Una niebla oscura en la pampa misma donde está lo imposible de la traducción y donde las palabras no hacen otra cosa que alambrar provisoriamente un espacio inconmensurable para ser dicho. Es -como también nos diría Lacan- otra vez tratar de cernir lo real por lo simbólico.
Sin embargo, como escriben Borges y Lamborghini, estos agonistas hablan. No tanto porque estén decididos, sino porque sólo les queda no retroceder. Rasguean el lenguaje y tratan de envainar la repetición.
Y una otra carta marcada cierra como trilogía estas señales de lectura: porque también los agonistas tratan de establecer contraseñas para que en el campito del lenguaje se produzca algún efecto: lo que va... La errancia.
Los agonistas hablan con consecuencias que no son sólo morir en un duelo (adonde Martin Fierro debería su propia muerte) o enloquecer como deudo ante el anuncio de la muerte del padre.
Las consecuencias son aquellas que derivan de ese pacto del propio decir. Y las consecuencias son alternativas: enfrentarse a la muerte y entonces a la vida o hacer un contrato en el que sólo se presenta un sonido, un silbido que no deja escapar al miedo ni tampoco evita ese susurro: recurso magistral de Lamborghini para recordar que la muerte sigue respirando ineluctablemente. Aquello que le decían los sirvientes al Emperador cuando camino a la celebración le advertían, le susurraban: "recuerda Cesar que eres mortal..."
Pero para tomar posición en este juego, en esta trilogía que se ofrece a un lector que trate de mirar por encima de los hombros de los que juegan la partida, tenemos que preguntarnos dónde nos reconocemos incluidos.
¿Cómo hacemos una familia de palabras en el sentido más clásico del término?
Porque en estas errancias, en lo que va, también se encuentra lo que va siendo. Eso con lo que nos encontramos como términos que nos identifican: siendo aquellos que tenemos en nuestras manos las mismas cartas que los protagonistas.
¿Podemos reconocernos entonces en esos términos que se llaman o son llamados devastación, patria, y lo que en ellas va o sigue siendo?

¿Qué es lo que nos entremezcla con estos agonistas?
¿Estamos en el mismo campo, en la misma pampa que Martín Fierro cuando se desestima a sí mismo luego de haber aconsejado a sus hijos que no derramen sangre de otro hombre?
¿En la misma devastación del recuerdo que este hijo que intenta por vía de la locura no saber eso que un susurro le dice de una muerte?
El mazo está sobre la mesa, la partida sólo comienza cuando -como protagonistas- a partir del corte se da comienzo al juego.
Una y otra vez... En una continuidad temporal siempre interrumpida por la necesaria presencia de ese otro contrincante que no es más que la máscara, el semblante de "la irreconocible piltrafa".
Y en tanto todo el pasado nos escribe, el futuro nos hace lectores del presente. Es ahí sobre el tapete donde va... lo que va..., con la posibilidad limitada de que en el olvido se invente una y otra vez esa memoria.
Memoria que en su recuperación articule algo nuevo, algo misterioso. Algún intervalo que entre un rasguido y otro descubra el problema que en cada mano el juego plantea.
Quisiera poner el acento en la ubicación y transformación que supone alojar lo no sabido desde otra perspectiva: ni la desolada repetición de un ideal que se desestima ni la queja alocada por una devastación que no se puede modificar.
La indicación será entonces constituir indicios de un enigma nuevo. Lo que en la partida actual se ofrece tentadoramente como repetido, conocido, siempre igual. Esos relatos sangrientos que el pasado viene escribiendo como un estigma, como una señal en la frente.
En este sentido, recuerdo a De Quincey, porque creo que fue él quien planteó que tendría tanto valor precisamente constituir la dimensión del problema como el descubrimiento de soluciones.
Si la llanura puede tener un horizonte, el psicoanálisis no puede dejar de recortarse allí, en un escenario que vaya siendo. Un paulatino enlace de lo social hasta habilitar una línea que no adolezca ni del ideal ni de la queja.
Panelista: María del Carmen Sánchez
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