Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Panelista: Vanina Muraro
La inconsistencia del padre
Por supuesto, siempre son innumerables los sesgos desde los cuales es posible abordar un relato, dos en este caso. También innumerables las miradas que el psicoanálisis nos permite echar sobre los textos; en esa infinidad de posibilidades, atravesada inevitablemente por la realidad nacional, elegí pensar estos textos desde dos versiones diferentes del padre.
Dos versiones que poseen, a pesar de su distancia, un vértice en común, el vértice del absurdo al cual arroja a los personajes tanto la presencia de un padre terrible como su ausencia en el otro texto.
Los relatos que voy a tomar son "El vástago" de Silvina Ocampo y "El juicio de Dios" de Antonio Di Benedetto.
El primero de ellos, "El vástago", narra la historia de un padre schreberiano, como solemos decir los psicoanalistas: "Labuelo". Padre o gran padre que encarna la arbitrariedad de las leyes que recaen sobre los personajes.
Esa ley insensata los priva hasta del nombre propio que es reemplazado por denigrantes sobrenombres, los obliga a la incomodidad y al enclaustramiento, a la pobreza a pesar de que sobran los bienes y los sume en una desesperante espera.
No se comprende la pasividad de estos jóvenes ante las crueldades que van desde la burla y los castigos a la imposición de las uniones más anómalas.
Los personajes, dos hermanos y una mujer alguna vez compartida, no comprenden pero se acostumbran resignados a esa suerte de injusticia cotidiana en la que habitan.
Esa ley "de ningún modo natural, pero sí obligatoria e inevitable" dará lugar a su propio fin: el vástago nacido de la unión no reconocida y el casamiento forzado será su asesino y sucesor en una suerte de relevo para este padre feroz.
En el segundo relato, "El juicio de Dios", el padre no está y todo el texto se articula en torno al intento de capturar al progenitor.
La evolución de la ciudad ha traído, junto con el progreso, el ferrocarril que llega con la puntualidad, dice Di Benedetto, de los que ayudan pero vienen, implacablemente, a cobrar su parte.
Convencido de su función, Don Salvador, porta "los atributos de mando": chaqueta con botones de metal blanco, gorra de visera con el cargo bordado en letras doradas, por supuesto, en mayúscula, "Gefe".
En un paraje extraño, el Jefe y dos peones son interceptados por un grupo de campesinos, entre ellos una niña que apenas sabe hablar quien reconoce a su padre en Don Salvador.
Sin embargo, aquello que resulta aún más inquietante en el relato es la metodología de verificación de sus afirmaciones que posee este grupo de campesinos. Ante la duda acerca de la veracidad de los balbuceos de la niña o los argumentos que declara el Jefe, deciden apelar al juicio divino: Si el tren choca contra la zorra abandonada en las vías es culpable, de lo contrario todo se trata de un error.
Luego de los interrogatorios, la inculpación e incluso el "Juicio de Dios", la trama descubre que el apelativo que la criatura repite no se aplica al hombre sino a su gorra, insignia que con tanto orgullo portaba éste.
Particularidades de la época, dos modos que confluyen en lo mismo: tanto cuando el padre cree ser la ley, inevitablemente una ley insensata, como cuando no se trata más que de su traje, constituyen dos maneras del fracaso de la función paterna.
En su artículo "Los nuevos síntomas y los otros", Eric Laurent, pronostica una tendencia de la sociedad a transformarse en una sociedad de hermanos, en la cual "...los ideales ya no organizan el estilo de vida del sujeto". Dirá que es el mundo de "lo mismo para todos".
Otro autor que aborda, desde la filosofía, esta problemática de la época es Albert Camus. En El mito de Sísifo, desarrolla la encrucijada a la que sume al hombre llevar a sus últimas consecuencias a la razón y sitúa el vacío de sentido en relación a la época.
Junto al progreso y al ferrocarril, ese precio a pagar puntualmente: una cierta nada, la inconsistencia paterna. En el otro extremo, preservar al padre de la horda a costa de refugiarse en un pasado primitivo cuyas son leyes tan absurdas como inapelables.
Camus toma como paradigma del hombre absurdo a la figura de Sísifo.
Si debemos creerle a Homero, o como suele decir Borges, a todos los hombres que llamamos Homero, Sísifo fue castigado por los dioses por cometer ciertas ligerezas con éstos. Todas faltas relacionadas con saber demasiado, se lo acusa incluso de haber encadenado a la Muerte. Esto fue insoportable para Plutón, que viendo desierto su imperio liberó a la muerte de las manos de Sísifo.
Hay más de una versión acerca de cuál fue su falta pero todas reúnen dos cuestiones propias de la época, la burla a los dioses y este empuje loco a ir más allá de la muerte que confluye en un absurdo no menor que el que ésta comporta.
Pero lo absurdo no reside en el hombre sino en su castigo. Sísifo es condenado a subir eternamente una roca por la ladera de una montaña para contemplar como ésta, rodando por la ladera, vuelve a su punto de partida.
A Camus no se le escapa que se trata de un mito trágico únicamente porque su protagonista posee conciencia del sinsentido.
Al igual que Edipo que obedece desde el comienzo su destino pero cuya tragedia sólo comienza a partir de que sabe, dirá que la razón sume al hombre en lo absurdo y lo absurdo no es otra cosa que el pecado sin Dios. Este error está presente incluso en el juicio divino del último relato.
En "El juicio de Dios", acerca del hombre que creía en las insignias, Di Benedetto nos dice narrando su sorpresa: "Nunca Don Salvador se ha visto en trance tan absurdo, porque eso no se arregla con arrestos de hombría, porque lo confunden, lo atropellan y lo tienen secuestrado, porque está desamparado en un rancho del desierto donde sólo moran enemigos que nunca imaginó tener".
En "El vástago", uno de los personajes recibe como cura al resfrío el castigo de toda una noche bajo la lluvia, en camisón, descalzo sobre las baldosas. O bien, con un tobillo herido, es obligado a acarrear ladrillos amontonados hasta el desmayo y se pregunta: ¿Por qué acarreaba ladrillos?
Lacan dirá que "nunca hay juicio final acerca de lo que es un padre", un modo de decir que siempre se trata de una función fallida, podríamos agregar, ni siquiera Dios puede ser garante. Pero indica también que la función del padre es hacer de una mujer su causa: mujer ausente en ambos relatos donde nada atempera la ferocidad ni la ausencia y deja a sus hijos sumidos en la impotencia o el bochorno.

Panelista: Graciela Rosalén
Los desamparados. Puntuaciones psicoanalíticas en dos cuentos de autores argentinos
La lectura de ambos cuentos reúne varios personajes signados por el desamparo. Esta palabra del lenguaje corriente adquiere un sentido específico en la teoría psicoanalítica, ya que constituye el prototipo de la situación traumática generadora de angustia desde el nacimiento hasta la muerte.
Vayamos al encuentro de los desamparados.
En “El Juicio de Dios” de Antonio Di Benedetto (1922-1986):

--por un lado don Salvador, quien se encuentra detenido y sediento: "bebe los acontecimientos, tan llenos de malos augurios para él"... "en un rancho del desierto donde moran enemigos que nunca imaginó tener". El agua se le hace algo sólido en su garganta endurecida por la angustia. El sentimiento de desamparo es reanimado en él por la angustia ante la omnipotencia del destino.
--por el otro lado tenemos a Juanita, "de menos de dos años" en un desierto de palabras ya que aún no sabe hablar; "muy sucia y descalza" mira asustada cuando se dirigen a ella. Su madre golpeada por los campesinos ha enmudecido y huido. Abandona a la niña sin decir quién es el padre. Juanita queda sin apellido. Los "ariscos" y "huraños" campesinos se refieren a ella como "la mocosa…" y como, "eso, que estaba en el vientre de la Juana".
El estado de desamparo está ligado en Freud a la prematuración del ser humano, el "menos acabado de los animales cuando es arrojado al mundo"(1). Se refiere a la impotencia del recién nacido humano, que es incapaz de emprender una acción coordinada y eficaz para la satisfacción de sus necesidades dependiendo totalmente de otra persona para ello. La cuestión de la prematuración del ser humano ha sido mencionada por Lacan, pero, para él, lo que constituye el fondo del desamparo del sujeto es su estado de dependencia con relación al deseo del Otro, deseo opaco ante el cual se encuentra sin recursos.
Juanita está doblemente desamparada ya que no dispone aún del lenguaje para expresarse y tampoco recibe las caricias de su madre. Vive bajo un orden impuesto por los campesinos, un orden que conocemos en el lenguaje popular como "mano dura".
En “El vástago” de Silvina Ocampo (1904-1994), los personajes del desamparo son:

--por un lado, los dos hermanos: padres del vástago. El narrador, padre biológico del vástago, describe los padecimientos de una vida miserable, con privaciones económicas y afectivas, sin razones que la justifiquen más allá del goce de quien las infligía. Se recuerda a sí mismo y a su hermano, como niños y adolescentes aterrorizados, indefensos y amenazados por un padre obsceno al que llaman Labuelo. Sobre su madre no hay mención.
--por el otro lado, tenemos al Vástago, un niño, que vive con una madre insensible que no tiene reparos en pactar en perjuicio de su hijo. El niño tiene dos padres, representados en la figura cómplice de los dos hermanos, uno que es el padre biológico y el otro, marido de la madre, que es el padre ante la ley. El narrador, inhibido ante la figura del amo no logra hacerse escuchar y el Labuelo "por sordera o por maldad" nombra padre a Arturo, su hermano.
Los tres, padres y madre, confabulados, representan la violencia bajo la máscara de la seducción. Ángel Arturo, el Vástago, es un niño sometido a un orden perverso que no respeta los derechos del niño.

La función simbólica del padre en lo real, en “El Juicio de Dios”.
La singularidad de cada cuento relata el drama de su situación de desamparo, dramas que muestran la particular vinculación de cada situación con la falla en la función del padre.
Los campesinos quieren imponer un orden ejerciendo la violencia. Se enfrentan a la imposibilidad de operar desde lo simbólico. Posicionados como jueces en un improvisado tribunal no pueden dictar sentencia y se ven obligados a recurrir a Dios.
Juanita es el niño en el primer momento de simbolización materna binaria. Es el tiempo del encuentro con el Otro del lenguaje.
"Dios ha hablado por boca de la niña: ha dicho "pa-pa" y ha señalado la gorra de don Salvador acompañando el acontecimiento con su cuerpo. ¿Qué vínculo existe entre la formulación pa-pa y lo que experimenta Juanita?
El encuentro de Juanita con la gorra es un acontecimiento que representa algo para ella. Los fonemas pa-pa nombran a la gorra. La gorra deja ser una cosa opaca, es una imagen significantizada que se convierte en signo. Dice Recanati (2): "Transparencia y opacidad son dos destinos posibles del signo ya sea que el signo, opaco, aparezca como cosa, sea lo contrario que adquiera una cuasi-invisibilidad, y diáfano, se evapore delante de la cosa significada... El signo es como un espejo que deja ver otra cosa... es como un vidrio... una suerte de transparencia que permite descubrir el objeto que significa".
La cosa significada aparece vinculada a un goce manifiesto de Juanita: "hace un gran esfuerzo con todo el cuerpo" y "se le iluminan los ojos de gusto" porque "ha descubierto algo". No podemos ignorar que hay un significado que aparece como un sentido gozado en lo real cuando Juanita "se pone radiante... porque ha descubierto la gorra". Podemos hablar de una aprehensión de la realidad, donde Juanita establece alguna relación entre su formulación pa-pa y algo del orden del ser que hace eco en ella. Le ha dado existencia.
La insuficiencia de Juanita para nombrar al padre hace necesario apelar al juicio de Dios. Sabemos que éste determina que el tren choque con la zorra. El mensaje de Dios que los campesinos interpretan es que el choque ha hecho equivalentes por un lado a la zorra con la madre de Juanita; y por el otro lado, al tren con el hombre, "el tipo" de la Juana. De esta manera interpretan que don Salvador es el padre real.
Por su parte don Salvador, se salva a sí mismo demostrando, gracias a un razonamiento lógico, la falsedad de esa afirmación. Muestra que existe un rasgo que portan también otros, el guarda, el fogonero y demuestra que la presencia de la gorra es la imagen de una mismidad cualitativa para todos los pa-pa. Los señalados y acusados como posibles padres reales sólo portan un rasgo. Es decir, afirma la universalidad de la gorra como rasgo pero al mismo tiempo muestra que "pa-pa" no señala a un hombre en particular, que no recubre el ser de un padre real.
Este primer signo marca el lugar vacío de nombre. Dice Lacan " Se trata de que el orden de función que introducimos con el nombre-del-padre es ese algo que tiene a la vez su valor universal, pero que le encomienda a usted, al otro, la tarea de controlar si hay padre, o no... Si no lo hay es siempre verdad que el padre es Dios"(3).
El padre real en El vástago
Los personajes que representan al padre son:

--por un lado: el Labuelo: un amo violento cuyo goce es: "espiar y escuchar" para someter con la "humillación... el castigo... las penitencias... y los golpes...".
--y por otro lado, el ternario de los hermanos y Leticia (la madre del vástago), una alianza que no es otra cosa que la repetición, ahora en la generación siguiente, de la ley caprichosa del Labuelo. Los tres harán un pacto perverso vinculado, también, al goce de la mirada y la escucha; y manipularán al niño para que mate al Labuelo.
El padre real viene a ocupar un lugar y puede hacerlo en la medida en que un lugar vacío esté ya ahí. En este cuento es el amo legislador que hace la ley y no su representante. Es necesario para que se instaure la ley que el padre reúna en él dos funciones: prohibir y amar. Vemos que el personaje del Labuelo no ama, solo prohíbe. Los hermanos no lo aman, solo le temen. Dice el narrador: "al ver que estaba en cuatro patas como un animal cualquiera, no le perdí el miedo, pero sí, el respeto para siempre". Es la figura del padre que no responde a un ideal social sino a los mandatos del superyo, imperativo categórico de goce. Es una función paterna fallida que fabrica perversos y asesinos. Se parecen al padre de Freud en Tótem y tabú donde muerte y goce ocupan el mismo lugar. Se hacen equivalentes el padre muerto y el goce.
El padre en la figura del Labuelo, tal como en el mito de Freud es asesinado, y luego erigido ley, el vástago como un tótem instituye la prohibición del incesto. Dice el narrador: "Ángel Arturo... asistió, victorioso, a nuestras desventuras y al fin de nuestro amor"
El padre y el nombre
Los mitos que inventa Freud son su versión del padre para articular el concepto en el interior de su teoría. Lacan (4), por su parte, nos enseña acerca de la función lógica del "Nombre-del-padre". Con este concepto anuda lo imaginario, lo simbólico y lo real de la estructura psíquica, y lo vincula con la nominación.
En “El Juicio de Dios”, Dios es el padre. Es un lugar vacío, allí escribimos una "x" representando la incógnita de los nombres que podrían advenir.
En “El Vástago”, el Labuelo tiene la manía de poner sobrenombres. No se sabe si el Labuelo era un abuelo o un padre para los dos hermanos. Todos poseen sobrenombres. Todos tienen la manía de poner sobrenombres. El gato también es llamado Labuelo.
El vástago es un nombre común que tiene un uso semántico particular ya que funciona al igual que Labuelo como sobrenombre. Dice Eric Laurent (5) parafraseando al filósofo Strawson que los sobrenombres son como casi-nombres, que son usados como un límite clasificatorio para nombrar un goce indecible, al igual que así como la Gran Guerra es el casi-nombre de la primera guerra mundial porque nombra sin nombrar una carnicería sin precedente.
J. A. Miller (6) se refiere a los nombres vinculados al objeto "a", los objetos que hacen la "felicidad de la pulsión" (7), como lo que designa la verdad del goce del sujeto. Designan una constante y son nombres de goce.
El niño Ángel Arturo hereda algo más que el parecido físico con el Labuelo. Hereda su lugar de amo, el sobrenombre y la fijeza a un goce vinculado a la mirada.
A sus padres y a su madre le retorna como un bumerang, en el niño, la figura persecutoria del Labuelo y con él la continuidad del goce en el sometimiento a un amo. Muerto el amo, vive el amo.
Vemos que en ambos cuentos, la falla en la función paterna introduce a los niños en una sociedad sin protección del padre. La falta de regulación simbólica los coloca en la situación de desamparo, y con escasas posibilidades de lazo social.
Lacan (8) hace referencia al desamparo como la realidad de la condición humana. Dice: "Es propiamente esto, lo que Freud, hablando de la angustia, designó como el fondo sobre el que se produce su señal, a saber, el desamparo, en el que el hombre en esa relación consigo mismo que es su propia muerte no puede esperar ayuda de nadie".
Sabemos que Di Benedetto padeció el desamparo social, y se refiere a la experiencia traumática de su secuestro y exilio después del golpe militar de 1976, con palabras que hablan de su desasosiego. Dice textualmente: "Creo, nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es las más horrorosas de las torturas"(9).
NOTAS

1. S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia.

2. Francois Recanati, La transparencia y la enunciación, Editorial Hachette, pág. 29.

3. J. Lacan, Seminario La identificación, Clase del 17-1-62, inédito.

4. J. Lacan, Seminario RSI, Clase del 15-4-74, inédito.

5. Eric Laurent, Síntoma y nominación, Colección Diva, pág. 113.

6. J. A. Miller, Seminario Acerca de los nombres del padre, 2-11-91, Tercer Coloquio del Programa de Estudios Avanzados, inédito.

7. J. A. Miller, El hueso del análisis, pág. 68.

8. J. Lacan, La ética del psicoanálisis, Editorial Paidós, pág. 362.

9. Graciela de Sola, Diccionario de la Literatura.
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