Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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fecha de publicación10.07.2015
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Articula: Mirta Di Vita
Moyano / Arlt: "Acontecimiento de lo humano"
La palabra dice, deja pasar el peso de la cosa -la pregunta por la cosa-, cuando está soportada por un dispositivo. Es la cuestión misma de la escritura y esto no pasa desapercibido a ninguno de los escritores de cuyos cuentos hablaremos en estas jornadas. Reconozco en la propuesta de estas jornadas la oferta de enmarcar el trabajo en un dispositivo. En primer lugar los escritores son tomados en duplas. De entrada la dualidad como principio. 2 cuentos, 4 panelistas, 3 articuladores. El paso de 2 a 4 y su reducción a 3, es el soporte topológico que Jacques Lacan ha diseñado a propósito de la re-escritura como acontecimiento. Dispositivo para mover la letra y hacer función de la producción de otro simbólico. Un simbólico de orden 2 que remitirá a la presencia de la Cosa, ya no a la significación (testimonio poesía).
Me alentó encontrar en el trabajo de Carlos Dámaso Martínez la invitación a la re-lectura. Efectivamente, no hay posibilidad de lectura sino a partir de la re-lectura, haciendo operar la metamorfosis que Kafka nos evoca. Una descomposición de la forma que inaugura discurso. También me alentó encontrar en él una de mis primeras impresiones respecto de los cuentos: “La luna roja de Arlt” es la continuidad necesaria de “La fábrica” de Moyano. Podemos intentar su apareamiento y apreciar eso que merece llamarse hacer literatura y que Carlos Martínez nos acerca con su Barthes: hacer borde de lo real. Manera en que Barthes se alinea con Jacques Lacan proponiendo la literatura como un campo cuya estética no tiene que ver con una forma que se deduce de lo Bello, sino con el ser apta para estar “en lugar de”, índice real de lo real y de su topología: el agujero.
Marta Vasallo, con el presentimiento de lo real que distingue a los escritores extrae de “La luna roja” tres figuras que se rebaten una sobre la otra: “seres humanos que no reconocen fuerzas humanas ni un si mismo”, “la pesadilla del dominio” y su antídoto “el recurso a la igualación”. Tres formas que localizan el anudamiento de “La luna roja” con “La fábrica”: la pérdida de la humanidad. Admitamos su resonancia hasta: lo muerto de lo humano en la humanidad. Tocamos así ese ámbito común de la literatura y el psicoanálisis. Para una constituye su materia misma, para el otro su preocupación y su fin. A saber, la huella de lo humano y su semblante: el hombre. Razón impersonal vinculada a la producción de una exterioridad capaz de detener (la pasión) del deslizamiento de la palabra y su designio: la pasión.
Sin duda lo más sensible de la lectura de Marta Vasallo es el cernimiento de una presencia, la presencia de esa Cosa que ambos cuentos dejan pasar: el matadero. “El matadero” de Echeverría. Todos los pliegues del relato velando esa cosa, donde encalla el sentido y solo hay TIEMPO como simbólica del mal. Esta operación es lo que en psicoanálisis llamamos Corte cerrado. Fin de la sobreimpresión.
Ana Meyer nos muestra los mismos pliegues en otro giro: vincula el progreso del discurso capitalista en el mundo globalizado a la identificación, cuestión capital en psicoanálisis. Nos da pie para afirmar que la decisión, voluntad de la vida, para el hablante, no se reduce a la identificación, lógica del Uno, sino que contrariamente, se funda en lo que excede a la identificación.
Esto último nos lleva a detenernos con gusto en una enunciación de Graciela Ruiz a propósito de “La fábrica”: “Pacheco ve más allá de la saciedad, ve más allá del principio del placer. Ve la muerte de su mujer”. Graciela Ruiz nos acerca así a esa otra cuestión nodal para el psicoanálisis y la literatura: lo femenino, y su relación con la deshumanización.
La muerte de “Su” mujer. Muerte de lo femenino en él. Muerte de lo que liga el sujeto a la vida, a la invención. Eso muerto abre lo imaginario, “estallido de imágenes y sensaciones” como lo revela Moyano. Indiferencia de lo real, lo imaginario y lo simbólico.
Respecto de “Luna roja”, Graciela Ruiz nos inclina en la vía de problematizar el acontecimiento. Opta por imprimirle un modo finalista: “el incendio había estallado en todo el planeta y nadie se salvaría”. Ya era tarde.
¿La puesta en continuidad de estos cuentos no sería la ocasión de extraer otra teoría del acontecimiento? Podríamos provisoriamente anticiparla de esta manera: la escritura como acontecimiento de Tiempo. Nominación de los soportes del dispositivo de la palabra: real-imaginario-simbólico. Oportunidad de ese otro Simbólico, Simbólico de otro orden, del que hablé más arriba.
Vayamos a eso .Si hay en “La fábrica” una teoría del acontecimiento se anuncia en el modo de parábola que toma el texto inducida por la primera frase: “La palabra surgió de pronto en todas las bocas”. El verbo se hace carne. Parábola de la entrada en el mundo de una palabra. Fabrik, desde una lengua extranjera adviene “en lugar de”, figurando un interior y un exterior, un antes y un después. En el trayecto la pérdida de la condición humana cuyo estigma es el estallido de lo imaginario. La creencia devenida certitud.
“La palabra surgió de pronto en todas las bocas” El verbo se hace carne... y se hizo la luz. El desarrollo del cuento va iluminando lo que la palabra hace deshabitar. Los reflejos que instituye. Brillos y sombras que infinitizan la propagación del valor y por ello constituyen una economía donde el credo es el poder. Se instituye así la potencia como envés de la palabra.
Fabrik, palabra de lengua extranjera, se alza hacia arriba y desborda substancia: es la Cosa. Es la Verdad. Es Ella. “Sorda, inconmovible, inequívoca, cierta. Un ser con atributos humanos”, escribe Moyano. Es un momento crucial en el cuento: “...quizás no seamos totalmente hombres”. La fábrica es ese Uno que reduce todas las significaciones a sí mismo. Que absorbe la humanidad de aquellos que lo aman. Es la mutilación del hombre. Los seres mutilados de su humanidad –es el matadero de Marta Vasallo-.
El psicoanálisis nos enseña que es esto el establecimiento del automatón al costo del rechazo de lo femenino, es decir de la sexualidad. Una mujer muerta, en la que nos detenía Graciela Ruiz.
En el fin, el comienzo: “Pacheco caminó en la oscuridad hasta que vio brillar la luna”. Función de la apariencia en la apariencia, propia de lo humano.
Acá comienza a escribir Arlt. Lo que sigue a la institución de la fábrica de hombres de fábrica, empleados del lenguaje y en tanto tales privados de un real.
Lo indefinido toma forma en una expectativa: algo está por ocurrir. Conmoción de la apariencia.
Dos centros de enunciación: Uno tira para arriba: “Nada lo anunciaba”.
La nada negativizada.
Otro tira para abajo “Ocurría algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras”. Se anuncia el acontecimiento como un mas allá del rebalsamiento de la palabra, como acontecimiento de un real que agujerea la apariencia.
En espera, un hecho, que restituirá el real del que el hombre ha sido privado por el Uno y su orden: la recta -declinaciones: la rectitud, la justicia.
El desvelamiento del ojo es la evidencia. El fuera de tiempo de la evidencia. El ojo de sangre - roja sangre - Luna roja.
El color desborda la apariencia. Roja separa luna de la recta y satura su denotación. Es la cancelación del vacío que desencadena la oscuridad. Desaparece la voz humana. En su lugar se descubre el agujero que aspira toda la apariencia –ojo de sangre- hasta que queda solo su límite: el trueno.
Y entonces, el acontecimiento,- recuperación de lo humano- el grito. Primera forma de rehusamiento. El No propiamente humano. “Cierre del nudo que resuena cuando lo atraviesa el grito.”*
*Jacques Lacan: Seminario inédito Problemas cruciales del psicoanálisis.
Mesa 2:

Silvina Ocampo: “El vástago”

Antonio Di Benedetto: “El juicio de Dios”
Panelista: Analía Hounie
Sobre la Ley
Me detendré en la antecámara de la literatura o de la ficción demorando un tratamiento propiamente psicoanalítico o filosófico sobre la cuestión de la Ley o sobre el imperativo categórico. Frente a la tentativa de "explicar" los cuentos de Silvina Ocampo y Antonio Di Benedetto (en sentido literal: de "abrir" para permitir que los invadan significados previos a ellos mismos) asumiré estos textos como única fuente posible de sentido renunciando a todo intento de interpretación que se aparte de su superficie.
Hay tanto en "El vástago" (1) como en "El Juicio de Dios" (2) un claro borramiento de la Ley. La ecuación es de una simplicidad aparente: sin madre y sin padre, no hay sitio para la Ley. Efectivamente, ambos relatos conjugan la ausencia materna con la ausencia paterna. En un cuento la Juana ha desaparecido desatando la ira de los campesinos; en el otro la mamá de Tacho, el narrador, y de Arturo, su hermano, ni tan siquiera es nombrada. En el lugar del padre, agente de la Ley, irrumpen las figuras de un viejo patriarca y de un déspota que encarnan la arbitrariedad. Uno encomienda al jefe de la estación ferroviaria de San Rafael, don Salvador Quiroga, a una voluntad superior, al Juicio de Dios; otro somete a los niños a una brutalidad siempre intransigente. Es sabido que una cierta zona de los relatos de Silvina Ocampo se rinde a una extraña fascinación por la crueldad. (3) El tono de las historias reunidas en La furia tiene la tranquilidad de los cuentos de hadas que narran los horrores más cruentos con una naturalidad carente de escándalo o de espanto.
Ocurre que en ambos cuentos hay una ruptura en la cadena generacional. Mientras la Juana y el padre de su niña son barridos de la superficie del texto, el vínculo amoroso entre Leticia y su cuñado, el narrador, es radicalmente negado, al punto que su pequeño hijo adúltero es descendiente sólo, tan sólo, de Labuelo. "Este de algún modo proyectó sobre el vástago inocente, rasgos, muecas, personalidad: fue la última y la más perfecta de sus venganzas". Finalmente asistimos a la transmutación de Labuelo en el cuerpo infantil del vástago, encarnación ferozmente angélica, si se me permite el oxímoron, por ello, como señala Matilde Sánchez: "Más ajustado sería no hablar de niños en Ocampo sino de infantilismo, que reúne la facultad para la crueldad, la mimesis, la ficción y la pequeñez, como formas de perturbación de la lógica cotidiana".(4) La metamorfosis no reside en parecerse a otra cosa: es ser otra cosa, pasar del otro lado. La escena final entre Labuelo y Ángel Arturo es el hiato abierto que sugiere los varios sentidos posibles. La muerte de Labuelo es ambigua puesto que el texto, minucioso en las descripciones de "detalles incongruentes", no explicita el asesinato. Observamos cómo el narrador maneja la elipsis: "Oímos la detonación. Fue un momento feliz para mí, al menos".
Precisamente el eslabón corroído en la genealogía es aquel que hace cópula en tanto liga otros eslabones y en cuanto vehiculiza el coito entre un hombre y una mujer. Todo está en el nombre o, mejor aún, en la omisión del nombre. Si los apellidos aparecen borroneados es porque hay una falla en la estirpe, en la ascendencia y, también, en la descendencia. "El vástago" cuenta la aventura de perder el nombre propio. Hay sobrenombres, a cambio: Tacho, Pingo y Chica que significativamente designan a un objeto de los restos, a un caballo y a lo pequeño o de poco tamaño. Sobrenombres, entonces, que deshumanizan, animalizan y desvalorizan.
Resulta curioso que esta escritura que borra la Ley, subraye la determinación de contornos y la asimilación de límites. El mundo infantil aparece aislado por el déspota en el relato de Silvina: niños no pueden, o más bien no deben, cruzar "la puerta cancel", transgredir el límite impuesto y acceder a la Ley. El mundo campesino también aparece delimitado en el cuento de Antonio Di Benedetto como un territorio fuera de la Ley. Sólo nombrarla genera violencia: "-¡A mí no me vosea nadie! Soy el jefe del ferrocarril. La ley… (…) Los que estaban sentados se paran y los que estaban parados ponen el cuerpo como si estuvieran por saltar". La violencia siempre estalla en la frontera entre dos mundos, entre el espacio interior (la casa o la estancia) y el espacio exterior. Metáfora y cifra de ello es el choque que se produce no entre el tren y la zorra sino entre el peón y el campesino armados con alpargatas, o entre Tacho y la acera al saltar del balcón. Tacho paga su desobediencia acarreando con un tobillo roto ladrillos amontonados- ladrillos puestos al servicio de la pura represión para olvidar que una construcción es posible.
Que el narrador diga, por ejemplo, "Vivíamos, en Buenos Aires, como en un claustro (…) en la estancia, como en un desierto…", y más adelante añada "…se había inundado, junto con Buenos Aires, el aljibe del patio", o la transformación de su habitación en taller de costura y en depósito de empanadas y pastelitos, recalca la situación del texto: el poderío del espacio interior tan distante de las valoraciones éticas como de cualquiera de los códigos que tiranizan la realidad exterior, un verdadero claustro donde se suspenden las leyes del afuera. Sinécdoques que nombran una parte en lugar del todo que las integra, que reemplazan las totalidades con fragmentos, que amplifican el detalle y miniaturizan el conjunto.
Soledad compartida pero no fácilmente intercambiable. Personajes solos y silenciosos: porque no comprenden o porque sin duda comprenden demasiado. Personajes que mantienen una sostenida incapacidad para el diálogo. Universos cerrados donde las palabras no portan un sentido nuevo revelando estructuras inmodificables. Diálogos obturados o fallidos puesto que el muro infranqueable que divide el adentro del afuera clausura el intercambio y, al mismo tiempo, el cambio. Destinos, entonces, sobredeterminados o bien por un déspota o bien por una ley divina, vidas gobernadas por razones misteriosas, extraños azares, ironías de la suerte. Confiesa Tacho: "¿Llegó a parecerme natural que Leticia durmiera con mi hermano? De ningún modo natural, pero sí obligatorio e inevitable".
No extrañan así las frases hechas, los lugares comunes y los estereotipos verbales ("…Dios es grande…" o "…hace falta mucha voluntad para que las cosas marchen sobre rieles", por ejemplo) ni tampoco sorprende la acción gestual de personajes obstinados por acatar una Ley que los programe como máquinas inertes. Desde su propia "normalidad" víctimas o verdugos, cómplices o agresores, atestiguan lo anómalo de la obediencia obsesiva. Es la zona del silencio donde la Ley se calla.
Notas:

1. Ocampo, Silvina, La furia, Buenos Aires, Sur, 1959.

2. Di Benedetto, Antonio, Cuentos claros, Buenos Aires, Galerna, 1957.

3. Ocampo, Silvina, Faits divers de la terre et du ciel, antología de relatos, París, Gallimard. Prólogo de Jorge L. Borges e introducción de Italo Calvino. Sostiene Borges: "En los relatos de Silvina Ocampo hay un rasgo que no alcanzo a comprender, ese extraño amor por cierta crueldad inocente u oblicua; atribuyo ese rasgo al interés, al interés sorprendido que el mal inspira en las almas nobles".

4. Ocampo, Silvina, Las reglas del secreto, antología, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1991. Selección, prólogo y notas de Matilde Sánchez.

Panelista: Cristina Siscar
La identidad como desplazamiento
En los dos cuentos se lee por detrás, como un palimpsesto, “El matadero”, título tremendo para el relato inicial de la literatura argentina, al que habría que agregar otro: La Cautiva (sin olvidar que aquella matriz ya contiene su reverso, "El niño proletario", como un espejeo del futuro). Pero digamos desde ya que si esta genealogía hace pensar en una identidad histórica, la singularidad y el profundo sentido crítico de los textos implican, sobre todo, el desafío de actuar, leer, escribir de una manera diferente la historia.
Comencemos por los rasgos comunes. Silvina Ocampo sitúa los hechos que narra en Buenos Aires; Di Benedetto, en Mendoza: ciudad y provincia natal de los respectivos autores. A esta marca espacial, en absoluto aleatoria, Di Benedetto agrega una referencia temporal: 1907, fecha mucho más precisa que la inscripta en “El matadero” pero igualmente significativa a los fines de la narración (en la primera década del siglo XX, según el ideario modernista, progreso-urbanización-identidad nacional eran sinónimos). En ambos cuentos, el poder despótico se ejerce con violencia sobre seres desvalidos y desprevenidos. Dos niños, en "El vástago", uno de los cuales, el narrador, quería estudiar francés pero Labuelo le quemarán los libros; y habría que añadir, ya como un claro juego intertextual con la obra de Echeverría, que las víctimas se vengan del tirano el día que se produce una gran inundación en Buenos Aires. En "El juicio de Dios", la víctima es un jefe de estación del reciente ferrocarril inglés, secuestrado, golpeado y amenazado por un grupo de campesinos, todos hombres de una misma familia, que lo acusan de ser el padre desconocido de una nenita que es criada por la abuela, y que además declaran haber maltratado entre todos a la madre de la criatura, hija y hermana de ellos. También en ambos cuentos está presente el campo, como "riqueza de la familia" en uno y como escenario en el otro, pero en los dos es asimilado al desierto. "Vivíamos en Buenos Aires como en un claustro, fregando pisos, baldeando patios. Vivíamos en el campo como en un desierto, sin agua para bañarnos, sin luz para estudiar, comiendo carne de oveja y galletas", escribe Silvina Ocampo. Y Antonio Di Benedetto: "...lo confunden, lo atropellan y lo tienen secuestrado, porque está desamparado en un rancho del desierto donde sólo moran enemigos que nunca imaginó tener".
Pero la narración de las vilezas es en Silvina Ocampo una doble sátira. En un primer plano anecdótico, satiriza a la familia tradicional y legítima. No se aclara nunca cuál es el parentesco, si es que lo hubiere, entre el apodado Labuelo y los dos hermanos que viven en su casa como esclavos, aun cuando ya son adultos; pero no termina aquí: para darle otra vuelta de tuerca a la confusión, uno de los muchachos tendrá un hijo con una mujer, a quien Labuelo obligará a casarse con el otro, de manera tal que el niño tomará por padre al tío. Por analogía, la sátira también hace blanco en la sociedad, de la cual la familia sería una representación, que desde la óptica de Sur podría leerse a la vez como una crítica mordaz del peronismo. Sin embargo, el acento está puesto en lo psicológico, no porque se busque explicar el conflicto sino porque el eje alrededor del cual se construye el cuento, y del que éste extrae su sentido, es la relación víctima/victimario.
Inversamente, Di Benedetto pone en escena la confrontación de dos actores sociales, cada uno con sus símbolos, su visión, sus expectativas y su moral. Como una reformulación del dilema sarmientino, están de un lado las fuerzas del progreso, representadas por el jefe de estación, don Salvador, y los trenes -que deben seguir circulando porque de lo contrario acaecerá un desastre-, y del otro, los campesinos, que no sólo no evitarán sino que propiciarán un accidente con el fin de resolver su conflicto familiar. En este bando, estarían también los peones del ferrocarril, que en lugar de salvarse y tratar de salvar a don Salvador sólo piensan en comer. Mediante una ironía y una parodia, el autor identifica con sus símbolos las fuerzas enfrentadas. La gorra de visera, que tiene escrita en letras doradas la palabra "gefe", con "g", a la vez seña de identidad del protagonista y emblema de lo extranjero, es lo que la nenita señala cuando dice papá, causa y fundamento de la disparatada acusación. Las alpargatas sustituyen al cuchillo en la pelea entre el peón y el campesino que quiere apresarlo; un símbolo común a ambos, que no es arma mortal, haciendo derivar en el grotesco el duelo criollo, degrada las figuras heroicas del gaucho malo y el compadrito.
Si bien Di Benedetto no ahorra detalles en la descripción de la lucha por el poder patriarcal en el seno de esa familia irregular, desde el comienzo su relato se sitúa en una dimensión histórica, social y ética. Pero el narrador de "El juicio de Dios" -omnipresente, objetivo, minucioso-, al revés de lo que hace el tribunal de campesinos, evita caer en el enjuiciamiento. Se lo deja al lector, a quien, gracias a la tensión narrativa, ha mantenido tan atrapado como al protagonista en manos de sus captores. La justa sanción del atropello sólo se insinúa en las dos últimas líneas, bajo la forma de un recurso legal y una humillación moral: "...y esa gente, que él puede denunciar, y que se ha quedado ahí, abochornada, mirando el suelo". Si el jefe de estación piensa en última instancia en la posibilidad de denunciar a esa gente, es porque tiene preocupaciones más importantes relacionadas con su trabajo y su responsabilidad, las que son enumeradas en primer término: "la partida del convoy, el informe por la demora, el sumario por la destrucción de la zorra", cuestiones que hacen al orden y a la civilización. Este final esperanzado resulta un tanto extraño en la obra de Antonio Di Benedetto, que se caracteriza por el fracaso de los personajes empeñados en resistir, igual que don Salvador, hasta el último instante, la crueldad y arbitrariedad de un mundo que no deja ser. Al respecto, vale la pena recordar que el autor dedica su novela Zama "A las víctimas de la espera". Así ilumina y sintetiza una visión del hombre y del mundo que desborda cualquier intento de cristalizar "El juicio de Dios" en una metáfora de la Argentina, sin que por ello las obras dejen de hacer patente que es en este espacio y este tiempo donde esa visión se ha forjado.
Como al protagonista de El silenciero, a don Salvador no le queda otro remedio que "apelar a la palabra y el razonamiento aunque constituyen débiles medios frente a tanta obstinación". Lo mismo que se dice del ferroviario secuestrado podría decirse del autor, que debió soportar la tortura y la cárcel en Mendoza, durante la última dictadura militar. Pero me parece aún más significativa la relación entre la frase citada y la escritura de Antonio Di Benedetto: una prosa personal como pocas, de palabra precisa y frase medida, que nunca pierde el ritmo y la claridad, aunque es capaz de transitar los más variados tonos y matices del habla. Con esa prosa narra la irrazonabilidad del mundo, para destacarla todavía más, y para combatirla, obstinadamente.
"El vástago", en cambio, termina con una doble venganza maquiavélica. El hijo de las víctimas es utilizado por su padre, su madre y su tío (el que hace de padre) para matar a Labuelo con el revólver de éste. (Me parece interesante señalar que en los dos cuentos, los niños que no conocen a sus padres obran como verdugos inocentes.) Pero este niño, que hereda los rasgos del viejo, se convertirá en un nuevo déspota y tomará posesión de la casa. Obviamente, no puede haber nada más opuesto a la esperanza que la repetición del mal. Ya un pasaje del cuento condensaba la repetición sin salida, tomando esta forma. Es el pasaje en que el narrador recuerda las torturas sufridas en la infancia: lo castigan por ser zurdo, pero el efecto de este castigo le acarrea un nuevo castigo, cuyas consecuencias provocarán otro castigo y así siguiendo. En su estilo lúdico y burlón, Silvina Ocampo ha hecho de la repetición el principio constructivo del cuento. El final repite el comienzo, apenas invertido, como una figura reflejada en el espejo. La primera frase dice: "Hasta en la manía de poner sobrenombres a las personas, Ángel Arturo se parece a Labuelo; fue él quien bautizó a este último y al gato con el mismo nombre". En la última, son los padres los que llaman Labuelo a Ángel Arturo. Pero, además, todo el cuento ya está concentrado de algún modo en el párrafo inicial, como si el relato de los hechos no hiciera más que corroborar un oráculo, una predestinación.
¿La experiencia engendra el lenguaje, o el lenguaje la experiencia?, se preguntaba Joseph Brodsky. En dos cuentos escritos en la segunda mitad del siglo XX vemos rasgos de los Padres, que idearon una literatura y un modelo de país en el destierro. ¿Echeverría y Sarmiento grabaron en el imaginario social y literario los íconos en los que estamos condenados a reconocernos? ¿Identidad significa más de lo mismo? Sin embargo, lo que en Sarmiento es disyuntiva, en estos relatos es inclusión: civilización en la barbarie, barbarie en la civilización. De este modo se desplazan hacia el futuro, nuestro presente, para hablarnos de ausencia de padres y descomposición familiar, de abuso de autoridad y desastres propiciados; al mismo tiempo que advierten el crimen en la repetición y se identifican con la diferencia, como requisito del arte, posibilidad de cambio y garantía de la libertad.
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