Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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fecha de publicación10.07.2015
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Articula: Noé Jitrik

(Desgrabación corregida por el autor)
El material que se ha acumulado en estas presentaciones es de abrumadora riqueza: me suscita cantidad de reflexiones que van en el sentido de sus términos pero también ciertas tomas de distancia, reacciones inclusive, todo lo cual me gustaría ordenar, sin muchas esperanzas de tener éxito.
Haré lo posible empezando por decir que en todo lo que he escuchado ha predominado tanto una voluntad psicoanalítica como cierta referencialidad histórica y lo que podría entenderse como lo "literario" quedó en un notorio segundo plano, tal vez como punto de apoyo pero no como campo propio. En otras palabras, en los que pensaron en los dos relatos que nos ocupan la motivación analítica o examinatoria, afectiva y hasta pulsionalmente, parece haber tenido más que ver con la historia que con la literatura así como con una posibilidad de lectura de carácter psicoanalítico de aquello que estos cuentos, que son literarios no obstante, brindan.
En relación con la historia, se presentan algunos problemas. El primero de ellos es que parece apelarse a un sistema que tal vez sea inferencial y que me resulta movedizo o ambiguo o se me escapa un poco. Por ejemplo, el pensamiento de Rozenmacher sobre la resistencia peronista es, por parte baja, históricamente ambiguo, si consideramos que la experiencia tiene algo que ver con una concepción política. Me explico: en el momento en el que escribe ese cuento se diría que está, no es el único, atravesado no por una pasión peronista sino por una actitud intelectual que yo llamaría de "entrismo" trotskista; dicho en otros términos, estaría pensando o sintiendo que esa entidad llamada "revolución", en la tradición marxista, es posible, puesto que en Cuba se ha llevado a cabo, pero que aquí eso podría ser teóricamente realizado por las masas peronistas. Esa idea tuvo un gran auge y muchos que así pensaron terminaron, después de hacer tal interpretación, por entrar en el peronismo con la intención de torcer o modificar su índole, convencidos de que ese esquema era intelectualmente válido. En suma, el telón de fondo del relato de Rozenmacher no sería la resistencia peronista, como se señaló, sino esa otra posición, tan característica del momento en el que lo escribió.
No es el único problema de orden histórico que se me presentó en los comentarios que escuché. Se opuso, por ejemplo, y con cierto énfasis, ganaderos a caudillos, lo cual implica un problema porque, notoriamente, varios caudillos argentinos eran ganaderos, en particular el principal, me refiero a Rosas. Yo diría que ése no es el conflicto, tanto que si el relato de Echeverría tiene un significante claro ese significante reside, justamente, en la carne que es, qué duda cabe, la materia esencial de los ganaderos; dicho de otro modo, los intereses ganaderos sustentan el gobierno de Rosas que es, al mismo tiempo, el caudillo por antonomasia de manera que esa afirmación inicial pierde sentido. La pregunta que surge es, entonces, ¿por qué esa afirmación, qué está gravitando en una proposición de este tipo? Creo que lo que gravita es algo que Roberto Magliano señaló inicialmente, a saber ciertos conjuntos conceptuales, tales como la oposición entre pueblo y oligarquía o, el esquema más primario del que sale, entre barbarie y civilización, términos que en el curso de la historia argentina se confunden, se transfieren, no hay, contrariamente a cierto uso que se hace de ellos, límites nítidos entre unos y otros.
Estas precisiones pueden no ser realmente importantes, y aun ser consideradas hasta cierto punto académicas y podría entenderse, y admitirse, que si se hacen es con el ánimo amable de aclarar algunas expresiones e iniciar una discusión no menos cordial: se podría argüir, para contradecirme, que se sabe qué se quiere decir cuando se formulan tales oposiciones lo que, sea como fuere, a mí personalmente no me bastaría. La cuestión, como ya lo señalé, es otra, se trataría de entender qué tiene que ver la historia con la literatura y cómo es vista esa relación.
Por mi parte, yo no pongo en duda de que en toda manifestación textual y literaria no sólo hay una vibración histórica sino también una presencia, indispensable e insoslayable, de la historia, lo que no quiere decir que se tenga que ver forzosamente en la literatura una representación de lo que se considera histórico, concepto, el de lo histórico, de no muy fácil definición. Sobre esta presencia, en respuesta a una pregunta acerca de esta relación yo dije y lo sigo diciendo cada vez que se presenta la cuestión, que la historia y la teoría son a la literatura como la cebolla es a la salsa, una salsa sin cebolla no es salsa pero si la cebolla es muy evidente la salsa deja de serlo. Dicho de otro modo, si la historia y la teoría son estridentes, predominan y la literatura se convierte en otra cosa. Es cierto, también, que en muchas consideraciones sobre historia y literatura se aprecia más lo histórico como representación que como ingrediente y, por lo tanto, se deja de percibir que forma parte de una masa, que eso es lo que se ofrece como enigma, lo que hay que tratar de entender y, críticamente, de desentrañar.
En esa dirección, yo diría, resumiendo, que la relación entre literatura e historia tiene dos vertientes: o bien se advierte en la literatura lo histórico y se lo juzga tal como es presentado o bien se considera que la literatura proyecta lo histórico, lo potencia sin que pueda prescindir de ello, lo cual es problemático tanto en lo que atañe al relato de Echeverría como al cuento de Rozenmacher. Es problemático no porque no haya elementos de representaciones históricas, negarlo sería absurdo, sino porque hay algo más, hay algunos secretos o misterios mayores. Por ejemplo, yo diría que el hecho de que el relato de Echeverría hubiera estado rodeado de silencio es sugerente, obliga a pensar y quienes se han ocupado de esto, especialmente Juan María Gutiérrez, han sido sensibles a este punto. Esta situación es inquietante, no porque Echeverría mismo no lo haya publicado en vida, puesto que todo escritor, ansioso por publicar, cree que al hacerlo los problemas del mundo se resuelven, sino porque ese texto, desconocido durante décadas, es visto a posteriori como fundador de la literatura nacional. Lo inquietante no atañe sólo al relato sino a las miradas que se echaron sobre ese cuento y que intentaron imponer una lógica al proceso de construcción de la literatura nacional. De hecho, junto con el Facundo, el Martín Fierro y Una excursión a los Ranqueles, “El matadero” es probablemente uno de los textos fundadores de la literatura nacional. Pero lo que quiero decir, retomando la observación de Ernesto Pérez en el sentido de que hablar de los dos textos supone un comparatismo, es que hay estructuralmente dos situaciones opuestas: el texto de Echeverría es un relato de brote, de surgimiento, es un geiser; el de Rozenmacher, en cambio, es un cuento de literatura consolidada y entendida como instrumento, lo cual se vincula con la idea del compromiso; dicho de otro modo, de su texto explícito se puede inferir que quiere hacer una interpretación de determinada situación socio-política, de modo tal que por un lado incida en lo real concreto y, por el otro, muestre que quien escribe toma partido en una contienda histórica. Y si algo semejante podría decirse del relato de Echeverría no resulta de una decisión intelectual como aquella sino del carácter de surgimiento, casi incontrolado, con violencia sobre sí mismo como un rasgo esencial, no deliberado de ese texto.
Se habló de la violencia. La de Echeverría sobre sí mismo consiste en que había sido un poeta saturado de romanticismo: su primer libro se tituló Los Consuelos, palabra mediante la cual expresó una necesidad individual, la de un ser deshabitado, desprotegido, huérfano, solo en el universo, en comunión con el paisaje, solo consigo mismo y que pedía en esos poemas que alguien indefinido, quizás Dios, le trajera un apaciguamiento, lo consolara; de pronto, ese poeta que está reclamando protección se interna en una prosa como la de “El matadero”. De ahí la violencia, sobre sí mismo, sobre su poética: motivada o inmotivada, vaya uno a saber. El hecho es que se da y que esa opción tiene una consecuencia histórica: haber dado lugar a la literatura argentina.
Esta situación es fundamental: tal vez el razonamiento no concierna al texto de Rozenmacher que, sin embargo, de otra forma, en otro orden, también implica violencia. Esto quiere decir algo muy general, que ambas obras pagan el necesario tributo a sus momentos, son obras datadas y en ese sentido dan lugar a un justificado, pero también limitado, comparatismo, en el que podríamos prosperar pero que sin duda operó en quien, al organizar este ciclo, pensó en reunir a autores tan distantes en el tiempo y aun en la poética. En esta instancia, me resulta fácil regresar a “El matadero”, no tanto al cuento de Rozenmacher que merecería desde luego algún acto de justicia histórica y que quien organizó este ciclo emprendió; quizás se dijo "hay alguna relación entre ambos autores y reunirlos puede suscitar una reflexión, aunque, por cierto, retornar a él no es un gesto tan natural como volver a Echeverría".
¿Por qué se vuelve a Echeverría? En parte por la inquietud que producen tanto su propia genética como su ubicación; en parte porque hay en ese texto una profundidad que todavía pide un discernimiento; en parte porque es un cuento revelador. Roberto Magliano tomó como punto de partida para analizarlo el conflicto civilización-barbarie. El narrador toma posición, si es que podemos llamarla así, con toda claridad a favor de la civilización. Lo políticamente correcto en los actuales tiempos habría sido estar con lo popular, o sea con su depósito, que, en el rudimentario esquema, es la barbarie, pero el narrador de Echeverría está en cambio con lo culto y con la civilización; algunos habrían deseado que ocurriera lo contrario pero así pasó y eso hizo que la literatura argentina naciera con un relato que está por la civilización y contra la barbarie. Las contradicciones, que se dan entre varios planos, complican el juicio aunque no tanto si pensamos que en la literatura tales contradicciones suelen ser motoras o movilizadoras; la literatura, para muchos eso es un hueso duro de roer, no se deja tomar por esquemas que tal vez funcionan en discursos de otro tipo, ensayísticos, interpretativos, sociológicos, históricos o lo que se quiera.
La violencia, entonces, que yo ubicaría en el propio Echeverría, que se violenta para escribir un texto que seguramente no presume que va a adquirir esta dimensión, si es cierto, como dijeron algunos, que abre una línea de la literatura argentina así sea en el plano de la representación, reside en la escritura misma; generalizando, podríamos decir que reside en toda escritura, incluso en las de paz. En los sonetos de Enrique Banchs, por ejemplo, que no representan nada o casi nada, que no exhiben violencias de ningún tipo, se encuentra, si se la mira con estos ojos, la violencia básica de la escritura.
En suma, la escritura es un hecho de violencia. La escritura, como la metáfora, en otro sentido, es una ruptura de un orden, de un código, es una ruptura esencial porque implica una decisión de apartamiento del orden de una legalidad, marcada por la comunicación verbal inmediata o por la pasividad de la existencia. El que escribe se sale y ese es un hecho de violencia fundamental que no necesita representar escenas de violencia; a su vez, la representación de escenas de violencia -en la cual de todos modos reside la violencia básica de la escritura- que es una de las cifras del interés que han suscitado los dos textos que nos ocupan, se presenta, creo, de una manera sinuosa: parece irrenunciable, constitutiva y constituyente. Sin duda, en esta afirmación hay un toque psicoanalítico, en el sentido de que la violencia no puede estar ausente de ninguna aproximación, pero es sólo un perfume psicoanalítico en ambos casos así como en toda literatura que representa la violencia; pero en el plano del enunciador, la violencia es un objeto sin uso, salvo cuando aparece un añadido ético que hace que se la asuma o bien que se tome distancia a su respecto. Esta mecánica puede verse muy claramente en la obra de un escritor como Cortázar: una aparente admiración por sujetos violentos se ve contrarrestada, paradójicamente, por una exacerbación de gestos de violencia y por una toma de distancia de las consecuencias de la violencia en relación con una ética posible o pensable.
Aún en el plano de la mera representación de la violencia se hace presente una sinuosidad que pienso que tiene que ser percibida en beneficio de los escritores que no se han dejado llevar totalmente por la fascinación de la violencia, sentimiento que también se suele atribuir a Borges: en un cuento como El sur el narrador parece rendirse a una violencia emergente e inesperada pero no es con beneplácito sino con rechazo, se diría que con repugnancia.
Me tienta, ahora, seguir esta veta. Quiero decir que, de alguna manera, admitir y rechazar parecen ser la expresión de un debate entre razón e instinto, no tanto, vuelvo a decir, en la representación sino en la articulación misma de los relatos que son, vuelvo a decirlo, reivindicando la palabra plenamente, por el hecho de la escritura, actos de violencia básica y fundamental.
En cuanto tema, la violencia lleva a una reflexión sobre el mal, o sobre la fuerza del mal. Desde luego, no se puede hablar de "mal" con presuposiciones, como si se supiera lo que es, sino, es lo más sensato, acerca de cómo es entendido; en primer lugar, hay, ante todo, una perspectiva teológica acerca del punto pero no es la que ahora interesa, sino una que tiene en cuenta la acción del mal, el presente del mal, en el sentido en que lo ha tomado Bataille en su libro, tan conocido; se trata, creo, de una aproximación a los vericuetos del mal, a sus disfraces: me pregunto, correlativamente, si no puede haber o no se puede trazar una historia del mal y su emergencia, aunque el mal, en estos términos, sea sólo una idea: justamente, puede haber una historia de una idea. En términos arcaicos se puede pensar que las nociones de bien y mal tienen tal vez relación con el placer o displacer físico, aunque no se tuviera las palabras, mal o bien, para decirlo: esas sensaciones de expulsión o absorción que, según Platón, podían ser fuente de placer o de su opuesto. El concepto del mal, es sabido, surge con las religiones maniqueas en las que hay una oposición aparentemente muy clara entre una cosa y la otra; en esos esquemas la idea de bien está reservada a una trascendencia, que es la que otorga o que protege, o algo semejante, y la del mal más bien radica en los actos de los hombres. Una de las cosas que preocupan más a los teólogos ingenuos es por qué Dios, que es el dador de todo bien, nunca está presente cuando las papas queman, nunca evita un desastre, nunca evita un daño, nunca hace nada cuando dadas sus facultades podría hacerlo: los creyentes y los teólogos no pueden justificar ni explicar ese gran silencio, esa ausencia, que, por otra parte, ha dado lugar a lamentos gloriosos como los del paciente Job. Sin embargo de esos triunfos, existe una idea del mal que lleva las de perder en una reflexión humana regida por la bondad. En todo caso, sea como fuere, se piensa en esos conceptos y en esas contradicciones y no se puede dejar de pensar: es más, eso que llamamos pensar puede ser que tenga su origen en el mal puesto que, si le damos la razón a Henri Meschonnic, pensar no sólo hace mal sino que debe hacer mal, lo cual parece bastante claro puesto que pensar perturba el bienestar. Y, teniendo en cuenta esta circunstancia, se diría que también hablar hace también mal, si uno se excede en el tiempo y su hablar se prolonga desmedidamente.
Habría, tal vez, una historia de la presencia y del concepto de mal en la cultura, en las convenciones, en la literatura así como una posibilidad de repensar su ubicación y su funcionalidad como concepto, ya que, en rigor, no podríamos darlo por establecido y sentado.
Una última y muy breve observación acerca de un enunciado inicial formulado por Alejandro Daumas en el sentido de que la poesía está siempre un paso adelante del psicoanálisis. Como sentencias semejantes se formulan con frecuencia, también respecto de la filosofía y aun de la ciencia, con el noble fin de dar a la poesía un lugar de privilegio, habría que preguntarse qué se quiere decir con esto. Da la impresión de que es un dato de la cultura y de que no hay inconveniente en atribuirle ese papel; incluso ese sabio llamado Carlos Marx, al que por cierto, digámoslo de paso puesto que es algo que se dice livianamente en estos tiempos, le atribuyen la idea de destrucción del Estado, cosa que no tiene nada que ver con Marx puesto que tal propósito tiene una clara filiación anarquista, pensaba que la novela iba mucho más lejos que la sociología para mostrar los males de la sociedad. Estamos autorizados, por lo tanto, a creer que la poesía, que es más radical que la novela, va más lejos que el psicoanálisis: parecen verdades de a puño que, en boca de un psicoanalista implicaría de su parte una declaración de modestia, de humildad frente a algo tan trascendente como la poesía. No obstante, la pregunta sigue en pie, por qué ese sentimiento. La respuesta puede ser simplista pero es tal vez porque el psicoanálisis quiere ver en la poesía, como Marx veía en la novela, representaciones de lo que le interesa como psicoanálisis, o sea, conflictos, situaciones, esquemas, todo lo cual, obligándose un poco, retraduce a su propio lenguaje. Pero la poesía funciona por otro lado y lo que el psicoanálisis puede aportar no entra en competencia con lo que la poesía puede dar. Lo que la literatura, o la poesía, se proponen, el lugar al que se dirigen, lo que les da sentido, ubicación, legitimidad como discurso, no es comparable con lo que el psicoanálisis puede hacer con su propia instrumentalidad. Habría, por lo tanto, una especie de complejo, o de capitis diminutio por parte de muchos psicoanalistas, que aparentemente exaltan mucho la poesía, que dicen mucho sobre las cosas que los psicoanalistas no pueden decir pero yo, que no dudo de esa sinceridad, dudo de esa sinceridad.

Palabras finales

Arturo Frydman
Momento de concluir, momento de alivios, reconocimientos y saldos.

Nuestro reconocimiento a los escritores y psicoanalistas que integraron las mesas como coordinadores, panelistas y articuladores.

Nuestro reconocimiento a los directivos y personal de la Biblioteca Nacional por el empeño puesto.

Nuestro agradecimiento al público que acompañó las lecturas, y a todos los muchos que silenciosamente colaboraron.

Mi especial reconocimiento a la creadora de esta idea, Liliana Heer, que supo alentar la tarea aun en los tramos menos propicios.
No me cabe duda que estas autopistas han sido un ejercicio, camino y tropiezo. Con atrevimientos y no sin riesgos. Pero como ejercicio, tiene una dimensión que orilla el acontecimiento y otra la simulación.

La simulación nos deja del lado del dispendio de inutilidades, puro ejercicio de alguna satisfacción. El olvido es su destino.
Del lado del acontecimiento este acto sumó a escritores y psicoanalistas, en una práctica de la lectura acerca de las letras argentinas. Su objetivo: apropiarnos de un legado creativo, para intentar el esbozo de una cartografía, los ejes de una mitología nacional.
La payada, sobrenombre que adopto para estas jornadas, dejó algunas marcas que dan cuenta de las consecuencias devastadoras que resta del continuado pendular entre un ideal mortífero y la queja enloquecida. El estado de descomposición que atravesamos, reverso de la trama de la modernidad, no es la guerra pero contiene los ingredientes a partir de la cual se genera.

Una de estas marcas.

Borges aquí citado dijo: Si no condenamos a Martín Fierro es por que sabemos que los actos suelen calumniar a los hombres. Alguien puede robar y no ser ladrón, matar y no ser asesino.

Este germen parece definir una ética que resume a su descendencia: los hijos de Fierro o de Borges deambulamos entre la desmemoria de lo dicho y los efectos de ese decir.

Si el acto calumnia, la ley retorna en las formas sangrientas que las historia nos muestra.


Hay muchas otras marcas, pero advertimos que la inmediatez del acto no nos permite ver aun con claridad. Quedan palabras e ideas huérfanas que reclaman su tiempo para comprender. Otra lectura de lo ya leído nos queda como deuda.

Gracias a todos.




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