Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Panelista: Graciela Ortiz Zavala
Sujetos de época
La historia de la cultura posiblemente incremente el peso de los tesoros apilados en la espalda de la humanidad. Pero no da al género humano la fuerza de sacudírselos para echarles mano.

Walter Benjamin

Dos cuentos, dos épocas, ¿una misma historia?
Echeverría escribe “El matadero” en un momento histórico en el que predominan dos facciones inconciliables; por un lado los federales, apoyados por las masas populares, y por el otro, los unitarios, minoría vencida con escasa base local y, en la visión echeverriana, algo antipática por sus "arranques soberbios de exclusivismo y supremacía". Nuestra literatura a través de La cautiva ya había incursionado en el desierto y se encontraba en un momento en el que el vacío originario del mismo daba espacio a la concentración de sentidos enfrentados, de polos opuestos, que el discurso romántico se proponía captar y ordenar. “El matadero” es ese espacio-país que bordea numerosas fronteras, aquella que conecta la ciudad con el campo y que incluye también, otra oposición: la del joven refinado y finalmente ultrajado frente al mundo de los carniceros y otros personajes de “El matadero”. La narración apela en sus inicios a este último de los bandos; son ellos los convocados para llenar los corrales, pues la ciudad rodeada por una "cintura de agua y barro" hacía días que no recibía carne. La época de cuaresma, en que se produjo el diluvio, no fue obstáculo para que el Restaurador promulgara "un decreto tranquilizador de las conciencias y los estómagos". A modo de crónica, con manifiesta ironía, Echeverría describe la vida y los hábitos de los participantes del matadero: el juez, caudillo de los carniceros, ejerce la suma del poder, mientras que la chusma manifiesta un cinismo bestial. Describe también el lugar, los corrales y una casilla en la que se detiene. En su blanca cintura resaltan rojos letreros que vivan a la Federación, letras que son "símbolo de la fe política y religiosa de la gente del Matadero". La descripción cede paso a la tensión cuando un toro "arisco como un unitario" es asesinado y luego, como en un doblaje de esa misma escena, muere, quizás por la desmesura de su odio, un joven, también unitario.
Una frase del texto lo sintetiza: se trata en él de un "simulacro en pequeño del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales".
Las imágenes aquí desplegadas coinciden con aquellas que Bajtin estudia como propias de las culturas carnavalescas; a través de una explosiva política de los cuerpos, de lo erótico y lo semiótico, se intenta volver arbitrarias las estructuras de poder.
"Cochecito" de Rozenmacher al igual que "El matadero" atiende a su época. En un discurso coloquial, en el que un hombre le habla imaginariamente a una mujer, se va desplegando el conflicto entre ambos: o la militancia o ella. Y en un ritmo que trastoca la puntuación convencional se va respondiendo a la opción planteada. Las mujeres temen por la vida: "Uno se va a poner caños y a ella lo único que le importa es que le coman los fideos". Hay también algunas que se mueven con cierta "naturalidad suicida", del mismo modo que aquellos que están preparando la revolución: "miles de tipos...por todo el país preparando la gran joda". Se avecina aquí otra fiesta trágica.
La revolución responde por los deseos y la moral individuales. G. Rozenmacher hace dialogar a dos compañeros: "en un movimiento revolucionario no concebís que haya ninguno que se emborracha, o que le pega a la mujer, o que es quinielero". Los valores militantes, cuestionados con ironía por el protagonista, se alejan de los del joven unitario echeverriano, quien prefiere morir a ver ultrajado su honor.
En este relato también sobresalen los cuerpos; los cuerpos militantes son trasporte de peligrosas cargas y es el cuerpo de un muchacho "de ojos desorbitados" el que recibe una de ellas, pese a que le estaba dirigida a un coronel que había asesinado a sus compañeros.
Ambos autores han dado lugar a interrogaciones sobre el valor literario de obras que ven en la ficción la presencia de la realidad. La sujeción a un referente prefijado da por resultado una búsqueda que se anticipa a aquello que va a encontrar: crítica al gobierno en el primero, compromiso con ciertos sectores nacionales en el segundo. El realismo de Echeverría alcanza bajo un nuevo signo a Rozenmacher. El peso de categorías universales desemboca en la pregunta por la singularidad del autor. El movimiento de la universalización a la individuación bordea el problema de la identidad no solo del escritor sino también de todo sujeto. Los héroes de estos cuentos dan a ver claras identidades.
Lévi Strauss explica cómo la identidad se ha desdibujado por la desaparición de hábitos seculares, el hundimiento de estilos de vida y la evaporación de viejas solidaridades. Entiende que, más interesante que describir la identidad y su crisis, es tratar las condiciones de su producción como síntoma. Para el psicoanálisis lo social es también algo diferente a un hecho; al tomar en consideración el destino social del inconsciente -a través de la instancia del Ideal-, no añade la historia al punto de vista del sujeto sino que hace de todo sujeto un sujeto de la historia. Se desarman así las dicotomías individual y social, cultural y pulsional, orden fantasmático y orden real. Es esa misma instancia que, al brindarle soporte simbólico a la pulsión, protege contra su insistencia adversa al lazo social, siempre en ciernes de provocar el quiebre de lo político. La identificación, clave de la estabilización de ese lazo social, produce efectos contrafóbicos a la vez que se nutre de la paranoia. En “El matadero” esta paranoia se traduce en furia contra el cuerpo ajeno.
El nacionalismo es también una representación ideal. Nuestros textos hablan de lo difícil de su caracterización.
Si bien en todo grupo la idealización, de quien encarna un significante privilegiado, devuelve al ser su certidumbre y atestigua del goce del grupo, cabe preguntarse si se trata en el nacionalismo de una singular formación colectiva pues, por algunas de sus manifestaciones, pareciera una excepción al postulado que hace del lazo social una forma de refrenar el goce. Quien representa el alma nacional agita en su hipnosis combinaciones significantes concernientes a la raza, la lengua, la tierra y la sangre. En “El matadero” también a la religión. Dichos significantes deben ser repetidos y actuados con el fin de garantizar la pervivencia de la identidad así fabricada. Así Echeverría describe las consignas comunes que circulan entre los miembros del matadero. Dice Rozenmacher: "el hombre tiene que hacer así con los dedos, nada más que un chasquido y todo será un gran fuego... porque ¿quién nos puede?"
Los valores universales son reemplazados por los del sujeto-nación conformando una identidad que se autoriza a extenderse al conjunto general de la historia. Se añade, de este modo, al sentimiento de pertenencia, que brinda la identidad colectiva, una idea de Destino.
Por la mediación del líder se establece una alianza al deseo del Otro que brinda la ilusión de un juego social autónomo. El psicoanálisis muestra la otra cara de esta autonomía; al atribuirle un sujeto al Ideal, considera la instalación de prácticas sociales que se presentan como irracionales, desde el punto de vista del interés, pero que tienen a su vez efectos de rebote sobre el conjunto social.
Dice Zafiropoulos: "el fracaso del hombre sin Dios es menos el fracaso de un régimen político, que la sorprendente resistencia del deseo neurótico -que reproduce el odio y el parricidio- y de las instituciones que socializan la relación al padre inconsciente".
El esquema freudiano donde se conjugan idealización e identificación tiene la particularidad de presentar al lazo social sin objeto propio, hecho que lo obliga a dirigirse al Otro a fin de darse ese objeto que falta. El bien político requiere ser construido. En este punto se separa de la ciencia política para quien el objeto social es causa del lazo social. Para Assoun la ilusión política se revela para el psicoanálisis dotada de permanencia pues, en tanto la relación con el Ideal no puede cerrarse, se convierte en práctica. Echeverría proponía en el "Manifiesto de la joven generación argentina" arrollar y pulverizar "la impura liga de los egoístas, los malvados y los opresores". Rozenmacher compone una poética del compromiso heredera del idealismo sartreano; la causa todo lo justifica: no trabajar, robar, arriesgar la propia vida y la del otro. Los ideales nítidamente perfilados por estos exponentes de su generación se contraponen a una actualidad en la que impera una nostalgia por los grandes designios.
Freud encuentra que en la trama de toda vida se conjuga una primera orientación dada por la familia, la raza y la nación -que preexiste al sujeto- en la que se entreteje la historia individual. ¿Qué historias se construyen en una cultura que exalta la propia satisfacción y descree de los imperativos del Otro social? Si bien Lacan subraya la apatía asociada a los bienes universales, nuestros personajes hacen gala de un gran coraje. El coraje es uno de los nombres de la política del deseo, política que aquí conduce al sacrificio. ¿Es posible restablecer buenos imperativos que den espacio a deseos que puedan desprenderse del sacrificio, ejercitando un coraje -siempre físico porque está en juego el cuerpo- pero distinto del militar?
Bernardo Canal Feijoó da una respuesta en un artículo sobre el ser argentino: "mirando el mapa diríase que hay en la realidad física misma -de cielos abiertos, de ríos convergiendo todos hacia el mar, de pampas despojadas infinitas, de configuración misma de este extremo continental, cónico, todo enangostándose progresivamente para alcanzar un vértice...- algo como una predisposición general a un desprendimiento total en anhelos de una abstracción ideal última..."

Panelista: Ernesto Pérez
De “El matadero” a “Cochecito” LO QUE DESBORDA EN LA LENGUA
"No hay evaluación correcta posible de la sublimación, sino pensamos en esto: Que toda producción está históricamente situada. Quiero decir que no se escribe una novela en 1930 como se la escribía en tiempos de Stendhal y que esto es un elemento absolutamente esencial que no tenemos que connotar bajo el registro de lo colectivo o de lo individual. Digamos que lo pondremos bajo el registro de lo cultural y que su relación con la sociedad, a saber lo que la sociedad puede encontrar satisfactorio allí, es justamente lo que ponemos en tela de juicio".

Jaques Lacan

Los trabajos de Literatura comparada, de identidad y diferencia, son realizados sobre obras en general de distinto idioma. Esto para pensar la influencia de una lengua sobre otra, de una cultura sobre otra. Realizar esto mismo en nuestra lengua y aún mas restringido en nuestras letras, es tratar de buscar las influencias en su forma más amplia de un autor sobre otro. De como le vino a Sarmiento el aire de Echeverría, o como Borges respiró de Lugones, y aún mas extraño si a Hernández le llegó el aliento de Borges. Esto es lo que se llama la tradición, es decir la suave brisa de lo muerto.
Borges también se preguntaba, "¿Cual es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esta pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental".
El pegoteo de los significantes a ciertas significaciones que producen placer estético está ligado a lo que los psicoanalistas llamamos goce, que está en la lengua. Es la fijación que cada escritor tratará de hacer deslizar, re-creando la trama, personajes y formas de expresión. Hay épocas donde esto hace más ruido, es la llamada vanguardia, algo que hace litoral al goce pero que todavía como discurso no hizo semblante.
¿Cómo escribir sobre algo sin pasar por, como ese algo fue tratado por los que dieron en la pista de la palabra?
Como un escritor puede versar La Luna sin pasar por la Luna de Borges, y como nombrar la muerte a cuchillo sin pasar por Fierro, y tantos otros que dieron en el clavo de los significantes que nos convocan, porque son los significantes en los que estamos detenidos.
Comenzaremos diciendo que “El matadero” es una metáfora del sistema político ejercido por Juan Manuel Rosas, y que narró Esteban Echeverría (1805-1851) se supone alrededor de 1837. En cambio "Cochecito" de Germán Rozenmacher (1935-1971) de 1967 simboliza la realidad de esos años. Épocas muy distintas son puestas en consideración a través de estos autores.
Dos caudillos son evocados en ambos cuentos: en uno Rosas personifica los ideales de los más pobres, lo mismo ocurre con Perón en el cuento de Germán Rozenmacher. En un caso el líder está en el poder y en el otro en el destierro. Después de 130 años podemos decir que hay temas, conflictos, consignas de un pasado traumático que se repiten.
El diálogo de las letras con una realidad política y social que refleja no es mecánico, porque el artista en su hacer con la lengua, inscribe lo que desborda a esa misma realidad, al representar objetos de goce prohibidos, pero al mismo tiempo crea el espacio y el marco para que ese real sea posible, excluyendo e incluyendo a la vez lo inasimilable.
En el principio está el "desierto inconmensurable, abierto y misterioso", como nos dice Echeverría en otro de sus relatos, y la lucha despiadada por ocuparlo.
Así los géneros se nos presentan como modos de gozar de-por-con y hacia la lengua y en este sentido el psicoanálisis tendría algo para decir.
Matadero-matar-matador-matasiete-matón: siglo X abatir, herir, lenguaje de caballería. Cochecito-coche-cochino: siglo XIII, derivación de la interjección ¡coch!, que es empleada en varias lenguas para decir cerdo. Las palabras acarrean desde el fondo de la lengua lo que los analistas ubicamos como goce.
De la violencia por ideales románticos o autóctonos, en el relato de uno de los principales exponentes de esa generación de 1837, pasamos a la violencia donde los ideales son cada vez más lejanos prefigurando esa violencia sin ideales, sin sentido y a puro cinismo que caracteriza este horror contemporáneo. Algo de cochino tendrá el matador.
Los gauchos y los negros que apoyaban al caudillo expresan la violencia y la barbarie del matadero. Los grupos de la resistencia peronista representan en “Cochecito”, la violencia revolucionaria de los años 60 y 70.
En el cuento de Echeverría se trazan dos historias paralelas: la del toro que no debiera encontrarse en el matadero, y la del joven unitario que por casualidad se ve atrapado en el reino de Matasiete, figura simbólica de Rosas, donde Echeverría nos transmite su ironía y su burla.
Se combinan escenas grotescas y violentas de un intenso realismo entre las que destacamos el niño degollado, la matanza del toro, la tortura del joven unitario y el ambiente vulgar del matadero, donde cuerpos bestias y apetitos se mezclan en forma indecente.
Es una lucha entre las fuerzas del bien (unitario) y del mal (Rosas y los federales).
La matanza del toro prefigura la tortura y muerte del unitario.
En un ambiente de terror y violencia del cual no hay escape, solamente se aceptan "machos" "matadores" y "matreros", no hay sitio para hombres sensibles como el unitario, símbolo del humanismo romántico.
También en esta obra observamos ideas de racismo que abarcarán toda nuestra historia llegando hasta nuestros días, donde se pasa de excluir al indio y al gaucho, luego al inmigrante y el cabecita negra (como es descrito en el cuento más conocido de G. Rozenmacher). Hoy desocupados, villeros y piqueteros ocupan el mismo lugar.
Para el progreso de la Argentina, se excluían individuos considerados inferiores y que se suponían inservibles para desarrollo de la nación.
En principio nos llamó la atención cómo está ubicado este texto en nuestra literatura: "Primer cuento argentino", "Texto polémico porque es ficción y/o realidad", "Inaugura anticipadamente el realismo en nuestras letras", pero lo más sorprendente es lo que arrastró como censura en un discurso fundacional.
Dice Noé Jitrik en La historia de la literatura Argentina en el Imperio Realista: "Desconocemos las causas por las cuales Echeverría nunca publicó “El matadero”. Tampoco sabremos nunca cómo habría sido la recepción de los lectores contemporáneos.
Pero más allá de las circunstancias políticas el juicio póstumo de Gutiérrez sobre su desnudo realismo, brinda un indicio significativo de las razones de la autocensura que Echeverría se impuso y de los posibles rechazos que hubiera suscitado. No porque los lectores no estuvieran acostumbrados a lo brutal y a lo soez, que abundaban en la prensa y en otras expresiones populares de la Argentina rosista, sino porque el matadero forzaba los límites de las mezclas autorizadas por las preceptivas del romanticismo de la literatura culta. Se convierte así en el equivalente silenciado, y sin lectores de aquellos textos ignorantes de las convenciones que hicieron la fortuna de los primeros realistas modernos".
Nosotros nos preguntamos sobre este desnudo realismo que forzaba las preceptivas del romanticismo. No sabemos si Echeverría ignoraba que Matasiete fue el nombre de un importante triunfo de las armas de la independencia en Venezuela, pero si podemos decir, que en él el discurso americanista queda elidido.
Y nos preguntamos también cómo encuentra su goce permitido cada género, dejando afuera los goces prohibidos.
Así los llamados géneros son formas de gozar de la lengua, donde objetos censurados se ponen en juego en distintos fantasmas, anudando subjetividades.
En este caso el fantasma sádico y canibalístico, que muestra “El matadero” es intolerable, al igual que el fantasma de sometimiento del varón.
Este fantasma del macho humillado va a aparecer como efecto de un conflicto donde primero el indio y el negro, luego el gaucho federal, más tarde, el guapo, el orillero y el matrero, y posteriormente el inmigrante y el cabecita negra de alguna manera encarnan.
Rozenmacher dice en una pequeña autobiografía que ha circulado: "¿Qué quiere que diga?, soy feo, judío, rante y sentimental, y mi cuna literalmente, fue un conventillo". Él sabía de ser excluido.
"Gaucho" ha sido una de las formas en que la cultura urbana de nuestro siglo XIX intentó capturar un sujeto colectivo que casi siempre queda afuera. Son los bárbaros que se oponen a la civilización.
Fueron aparentemente los portugueses los que instalan el vocablo en el siglo XVIII, es el malhechor. Mezcla de acusación y de apología, es una sospecha que necesita ser explicada. A través de sus letrados (el escritor también es un personaje en formación) esa cultura define dos grandes figuras (complementarias y a la vez alternativas): gaucho patriota y gaucho malo, redundancia en el esfuerzo por crear una identidad en lo múltiple, por transformar lo polifónico en unívoco, por aprehender una biografía colectiva. Al hacerlo, redefine y rediscute la condición misma del letrado.
Momentos de máxima tensión en la búsqueda de constitución de los grupos humanos en donde el estado nacional no está constituido y por lo tanto reina la ley del más fuerte con rasgos de discriminación e intolerancia.
Figuras en tensión, en sus tipologías y desvíos, donde se cifra e inscribe gran parte de las polémicas que acompañan la constitución del estado y de la literatura nacional. Los escritores participan del desafío mostrando sus destrezas y sus debilidades: la fascinación por el enemigo, la didáctica ejercida a través del rebelde, la épica de la domesticación, el regodeo o la reticencia en los relatos de las hazañas de la barbarie. Forjan desde las letras una nación.
Echeverría que se crió sin padre y en constante relación con el desierto y sus tradiciones, sabe también de estas exclusiones y sus desvaríos. Sabe del exilio. De todas formas la exclusión y posterior exilio de Echeverría, son primeramente un hecho interior ya que él lo necesitaba para estabilizar los desequilibrios desencadenados luego de la muerte de su madre. En 1822 le escribe a un amigo luego de internarse voluntariamente en la llanura bonaerense: "Pienso permanecer aquí algún tiempo para restablecer mi salud. La naturaleza no presenta variedad ni contraste pero es admirable y asombrosa por su grandeza y majestad. He notado en mi tránsito que las gentes son sencillas y hospitalarias, siempre me han dado alojamiento en lo interior de sus reducidas chozas como si no fuese un desconocido. Luego vendría su estancia en París de donde vuelve compensado con sus ideas de cambio, pero ¡qué distinta era en esta época su opinión de los gauchos!”
Así “El matadero” trae los significantes que son caros a nuestra lengua, la carne y su goce en destripar, cuchillo, sangre, apetitos, en un momento histórico donde no está operando la ley de un estado nacional constituido y por lo tanto la puja es lograr el poder en esa constitución.
Son los caudillos, los guapos, los machos que por su agresividad, van a ir definiendo el mapa de una época, que marcará a fuego lo que se va a repetir.
"-¡Aquí están los huevos!-Y sacando de la barriga del animal y mostrándolos a los espectadores exhibió dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro por su indomable fiereza. La risa y la charla fue grande."
Masculinidad, poder y violencia están en relación y en constante necesidad de ser revalidados, para no caer en la castración, la humillación y la indignidad.
"...a llorar a gritos como yo de chico. Y aguanto cualquier cosa menos que vos llores como cuando vi. en un potrero cómo unos pibes más grandes capaban a un gato con una gomita y la niñez murió para siempre y así me sentí", relata a su vez el protagonista de “Cochecito”.
En los dos textos el poder del machismo es un valor que se sostiene con un fantasma siempre latente de castración y muerte.
"Según demuestra Salessi (Médicos, maleantes y maricas, Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la Nación argentina, 1871-1904) la homosexualidad ocupaba un lugar prominente entre las calumnias que se lanzaban las facciones rivales de la política argentina en la época rosista que solían tratarse de "maricones" y de "putos". Una de las prácticas de tortura a las que alude “El matadero” -el palo, sobar, verga, mazorca- describe distintas prácticas de penetración anal de la víctima, algunas de las cuales causaban heridas internas a menudo mortales"(extraído de Jens Andermann en Mapas de poder).
Momentos donde el poder sobre los cuerpos hace sentir su vasallaje. Momento donde el odio de las víctimas hace sentir la violencia de la venganza.
Desde sus orígenes, la literatura argentina estuvo signada por la violencia. “El matadero”, condensa el terror en la lengua, el cuerpo y las ideas, que recorrerá gran parte de las letras y la historia nacional. "...quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos".
La barbarie en este cuento no está solamente en el contenido sino en la forma del lenguaje mismo. Por eso nos dice Gutiérrez que en el manuscrito de Echeverría su letra revela una mano que tiembla al escribir. Una letra marcada por el goce del espanto.
“Cochecito” es otro momento de la literatura argentina, los sesenta, donde se imponen nuevas formas, nuevas temáticas que configuran un punto de partida inédito para el realismo. Se ha dicho más consistente, más comprometido y militante que el de los años anteriores, pero debemos decir que además, el realismo de Rozenmacher se manifiesta como autorreflexión, en soliloquio, y a veces en diálogo interior, donde hay mezcla de distintas voces y una polifonía de discursos que acentúan la complejidad y riqueza como rasgos del relato.
El grotesco ácido y sórdido de su obra que nos recuerda a Arlt y a Puig, donde los personajes solitarios, desolados, desesperanzados y sin ningún ideal, ironizan sobre los espejismos vanos de los hombres integrados en una sociedad que los rechaza.
Personajes en pugna constante por reivindicar lo bajo, lo pobre y la negritud. Aparecen estos aspectos rechazados en cada uno, en una dialéctica autodestructiva que va dejando muertos, dedos, pulmones, ojos y sangre en el camino y no logra un reconocimiento de sí.
En Echeverría lo bueno y lo malo están bien delimitados, en Rozenmacher aparece lo malo éxtimo (que es exterior e interior a la vez)

"...porque hoy este y mañana cualquier otro llevándome por delante porque ando mal vestido y soy medio morocho y a quien le hablás así negro roñoso le dije apuntándolo con la 38 lo llevé al baño y cómo temblaba y vos como si nada recorriendo nuestros efímeros dominios de living y dormitorio y le dije abrí la canilla y después lavate a ver si se te aclara el color".
También podríamos decir que hay elementos oníricos y mágicos que se mezclan en la realidad de manera que por momentos realidad y ficción pasan a tener un estatuto "chaplinesco", donde el lector queda confundido tanto como los personajes del relato.
Hay un tratamiento de la violencia de esa época donde está muy bien reflejada la resistencia peronista luego del golpe militar que derrocó a Perón. Un gobierno que había retomado viejas banderas nacionalistas, autóctonas en defensa de los humildes. Luego del derrocamiento ocurren los fusilamientos y el peronismo retoma las banderas de lucha de las montoneras que reivindican a Rosas y a sus caudillos.
Pero esa violencia adquiere poco a poco en el cuento un matiz de sin sentido. Los personajes están en guerra dentro del mismo grupo en un todos contra todos y esos ideales están cada vez más lejos como el "Hombre" exiliado y "una revolución que nunca llegará".
"-Mirá pibe. Lo único que sé es que el Viejo las sabe todas, no por algo les rompió una vez el siete. Él pone cara de póker, avanza, retrocede, juega al ajedrez y espera para dar el tajo final.

-Pero está lejos."
Esa violencia es por momentos cínica porque sólo sirve para fines individualistas y a veces espurios.
"...y como le digo a Portoni me abro y solo me afané un traje para la luna de miel y me quedé con algo para gastos chicos nomás, para ir tirando y mirá que cuesta no tomarle el gustito, petisa, a la plata fácil."
Mezcla de insatisfacción, resentimiento, machismo, coraje hasta el límite y odio a sí mismo, nuestro personaje va circulando lleno de dudas entre un amor que degrada constantemente y que no puede aceptar, porque quedaría como boludo y traidor, y sus ideales revolucionarios que a veces piensa que son irrealizables. "...ahora que pasó el tiempo me di cuenta que Buenos Aires nunca arderá".
Persiste una vorágine en la narración que nos lleva aceleradamente a perdernos en un tiempo que es a veces envolvente, a veces circular y en torbellino pero siempre tiene esa urgencia de lo inexorable.
Violencia política, violencia de clase, violencia de género, que se verifica en escritores como Echeverría, Sarmiento, Hernández, Borges, Arlt, Rozenmacher, Lamborghini, Puig, Viñas, o Fogwill, sólo por nombrar los más conocidos de una larga lista. Y que también constatamos en las costumbres y en el tango.
El coraje como valor supremo del hombre argentino es desmenuzado largamente en la obra de Jorge Luís Borges. Hay un aspecto que hace del coraje algo universal, y así se expresa del "Tango pendenciero": "La palabra hombre en todas las lenguas que sé, connota capacidad sexual y capacidad belicosa, y la palabra virtud, que en latín quiere decir coraje, procede de vir, que es varón". Pero termina por dar su interpretación de esta característica del macho. Dice sobre el matrero: "Matrerear podía ser un episodio común a la vida de un hombre. El acero, el alcohol de los sábados y aquel recelo casi femenino de haber sido ofendido, que se llama no sé porque machismo, favorecen las reyertas mortales".
O sea, esta odisea entre los que se asumen como víctimas y claman vengarse para sacrificar a otro, y aquellos que la historia los coloca en victimarios, muestra las posiciones sexuales de un drama humano no resuelto, como un machismo nunca terminado, y siempre a punto de reaparecer. El ideal fálico debe ser revalidado en un más... más... y más que no tiene fin.
Jaques Lacan leyendo a Aristóteles en relación a la lucha del amo y el esclavo a través de los siglos, nos refiere en El Envés del Psicoanálisis su opinión acerca de la naturaleza sexual de esa relación: "Ah, si no fueran del mismo sexo".
Podemos decir que si “El matadero” es representación de la carnicería humana por ideales en pugna en un momento donde el estado nacional no está constituido, Cochecito lo es de una carnicería donde los ideales se van desdibujando, y se hallan cada vez más distantes. Entonces el cinismo comienza a aparecer como alternativa, en un momento histórico que marca el inicio de la disolución del estado con los distintos golpes militares, y va instalando en la Argentina el capitalismo que globaliza la segregación.
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