Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Panelista: Lucía Blanco
EL ESPLENDOR
Domingo Fidel Sarmiento murió a los 21 años de edad en el asalto de Curupaití el 22 de septiembre de 1866. Capitán, estudiante, escritor y soldado en la guerra del Paraguay. Patriota anticipado, político imberbe, su dramática existencia no consta sino de un acto, porque no ha habido intermedio entre el niño y el hombre, su cuna y su tumba han estado ligadas, como el relámpago al rayo (escribió Santiago Estrada). Muchacho bello, siendo la belleza, la armonía del temperamento con las circunstancias (supo decir Lucio V. Mansilla).
María Victoria Walsh se dio muerte a los 26 años de edad en un enfrentamiento con la Dictadura Militar el 29 de septiembre de 1976. Oficial 2º de la organización Montoneros, responsable de la Prensa Sindical. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella (escribía su padre en carta a sus amigos).
“La guerra es un juego de azar, voto porque se pidan generales, un poco de prudencia, tino y algunas lecciones de estrategia”. Esto enviaba por carta Dominguito al Diario El Pueblo en julio de 1866. Dominguito y Vicki creyeron que morir por la Patria, era vivir.
SOBREVIVIR
Los textos que nos ocupan fueron escritos por dos hombres que sobrevivieron a sus hijos. Cabe recordar que fue la noticia de que había un sobreviviente de la Masacre de los Basurales lo que torció el gusto de Rodolfo Walsh por el ajedrez hacia el gusto por la escritura de investigación.
Me evocó el sueño con el que Freud inaugura el cap.7 de La Interpretación de los Sueños, retomado por Lacan en el Seminario 11. Un padre asistió noche y día a su hijo mortalmente enfermo. Fallecido el niño, se retiró a una habitación a descansar, dejando la puerta entreabierta a fin de poder ver el cuarto donde yacía su hijo rodeado de velas, vigilaba un anciano guardián. Luego de dormir algunas horas el padre sueña que su hijo está de pie junto a su cama, le toma el brazo y le susurra este reproche: ¨Padre, ¿entonces no ves que estoy ardiendo?¨ Despierta, observa un fuerte resplandor que viene del cuarto de al lado, se precipita hasta allí y encuentra al anciano guardián adormecido, y la mortaja y un brazo del cadáver querido quemados por una vela que había caído. Hay más realidad, en ese mensaje que el brillo por el que el padre identifica lo ocurrido. El reproche del hijo designa un más allá que se hace oír en el sueño. Este sueño, como un rito puede conmemorar este encuentro inmemorable, puesto que nadie puede decir que es la muerte de un niño sino el padre en tanto que padre es decir ningún ser consciente. Pues como el padre, no es que Dios ha muerto o fuera asesinado, sino que es inconsciente. Y aquel que habla, por hacerlo, se designa hijo.
LA MUERTE APROPIADA
¨Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir¨, gritó Victoria Hilda desde la terraza de la calle Corro, antes de dispararse un tiro en la cabeza. Este gesto irremediable desvelaba a un conscripto, así dijo, de entre los 150 que rodearon la casa donde se hallaban los cinco compañeros: V. Walsh, Molina, Salame, Coronel e Ignacio Beltrán.
La muerte propia es, desde luego, inimaginable y cuantas veces lo intentamos podemos observar que continuamos siendo en ello meros espectadores (Freud, “Consideraciones sobre la guerra y la muerte”).
Séneca le escribió a Lucilio, que la mejor muerte era la que más nos guste. La obra maestra de la ley eterna es haber procurado varias salidas a la vida del hombre, que solo tiene una entrada. Esta posición estoica supone que la ley es un destino elegible. Vicki Walsh eligió la muerte y no la pérdida de la vida, sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Ella estaba dispuesta a no entregarse, sabía que como dice Baudrillard, en los campos de concentración, más aún que la vida, lo que se exterminaba era la muerte. Los prisioneros eran desposeídos de su muerte, más muertos que muertos, desaparecidos. Al darse muerte no renunció a la existencia, si la muerte, tal como dice Freud, es un azar constante, darse muerte, ese acto, no puede ser reducido a una economía narcisista.
Con la escritura se cumple la condición bajo la cual podríamos reconciliarnos con la muerte. Tanto Domingo Faustino Sarmiento, como Rodolfo Walsh al escribir invocan su paternidad en la ficción de posesión y se dirigen al hijo ungido, ocupando el mismo lugar de desposesión que el actor griego trágico calzado con coturno y cuya voz resuena absolutamente otra a través de la máscara. El acto de escritura, de nominación instaura un recorte de sentido, una puntuación.

LAS GANAS DE EXISTIR
Mayo de 1968 y marzo de 1976 son dos marcas que conviene interrogar cuando pensamos en la subjetividad de nuestra época. Lacan nos lega métodos con los que ejercer una acción sobre nuestra cultura.

A partir de la formulación de los cuatro discursos (Discurso del amo, Discurso analítico, Discurso histérico y Discurso universitario) en el Seminario El Reverso del psicoanálisis. 1969. Una Respuesta política y la esperanza de que tal vez sea del Discurso analítico de donde pueda surgir otro estilo de Significante Amo. En el capitulo El poder de los imposibles, se pregunta acerca de cómo comportarse con la cultura, y responde que hay que poner un poco de vergüenza en la salsa. Avergonzarse por no morir de vergüenza, tal vez daría el tono de que lo real está concernido, lo real y no la verdad, ya que esta puede adormecer. Vergüenza, entonces, justo lo suficiente, la vergüenza y la muerte en pareja. Lacan eleva los acontecimientos de mayo del 68 a síntoma de la política del discurso del amo, y los interpreta. En las escalinatas de la Universidad habla con los estudiantes en días de huelga y les advierte que ellos representan el ideal del mundo capitalista, y que en tanto tal es rechazado, designados por un "Mírenlos, ellos gozan", les responde que como revolucionarios están buscando un amo y lo van a encontrar. Durante mayo del 68 hubo un muerto, mientras que en Argentina hay 30.000 desaparecidos, muchos de ellos estudiantes.

OJALÁ
En el mes de abril del 2002, en ocasión de la presentación del libro escrito por Jorge Alemán y Sergio Larriera: Inconsciente: existencia y diferencia sexual, en la apertura del ciclo "Psicoanálisis y cultura", coordinado por Silvia Ons, Jorge Alemán planteó que la existencia no tiene forma de encontrarse consigo misma a través de una actitud reflexiva, por ende lo hace a través de una situación límite. Tenemos que ser prudentes, porque ya hemos aprendido que con las mismas tesis con que se jubilan los profesores en Bélgica, aquí en Argentina matan a chicos de veinte años. Si la prudencia espera todo de la educación, habrá que localizar lo ineducable.
Dominguito le dijo a su madre que él iba a ser mucho más que su padre, anhelo que no le impidió reconocer lo absurdo en la guerra de Paraguay, él pedía prudencia, tino y lecciones de estrategia.
Vicki Walsh podría haber elegido otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado (según su padre). Generosidad que no es oblatividad, dado que ésta es selectiva y totalitaria en su esencia.
Tal vez la buena política sea un modo de querer conjurar lo trágico para que permanezca en los confines, de no ser así la política desaparece y toda la sociedad se vuelve trágica, presa de una especie de neurosis de destino, donde se ve a las mismas figuras espectrales, repitiendo lo mismo y esperando que se realice la curva del sacrificio. Política y tragedia deben mutuamente comparecer. Ojalá sea posible un tipo de proyecto que no necesite ser rubricado en su verdad con el sacrificio, de que ha sido verdadero porque hubo muertos.

Panelista: Patricia Markowicz
Padre ¿no ves...?

Literatura y Psicoanálisis
En el capítulo 7 de La interpretación de los sueños Freud introduce un sueño muy distinto a los anteriores, un sueño cuyo eje es la angustia inenarrable de la muerte del hijo para un padre. Luego de varios días de velar la enfermedad incurable se produce la muerte del hijo; el padre agotado se duerme en la habitación contigua a la del ataúd y sueña que se le aparece el hijo, vivo, diciéndole: "Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?". El hombre despierta encontrando la habitación llena de humo pues una vela había caído sobre la mortaja prendiéndole fuego. El padre despierta a la realidad de la muerte del hijo por haberlo soñado vivo.
Lacan se pregunta por qué ese sueño, por qué un sueño que haría despertar al padre ¿para qué despertar ante la muerte del hijo? ¿no sería mejor permanecer dormido?
Se trata de un sueño, eso lo ubica en referencia al inconsciente y a su estatuto ético; de lo que se trata aquí entonces, no es de la conveniencia o no del despertar ante la muerte del hijo sino de la verdad subyacente a esa muerte, verdad que Freud buscó incansablemente a lo largo de su obra.
¿De qué arde el hijo? Del peso de los pecados del padre dice Freud, y la literatura parece confirmar esta idea tanto en Hamlet como en Edipo.
¿Qué es un padre, entonces? Según Lacan un padre sostiene la estructura de lo que llamamos deseo a través de la instalación de la ley; un padre interpone entre el hijo y el goce ilimitado de la vida, encarnado en la madre, una ley que lo acota y lo sostiene. Sin embargo no es eso lo que se hereda de un padre; según Kierkegaard que, al igual que Shakespeare y Sófocles plantea el pecado en ese lugar. ¿Cómo pensar si no, el espectro de Hamlet? allí falta justamente, ley; lo que se lee es el profundo cuestionamiento hacia un padre que resulta demasiado ideal.
En el sueño de Padre, ¿no ves que ardo? lo angustiante no es la muerte sino eso íntimo y oculto de la relación entre un padre y su hijo ¿el destino?
La vela que cae provocando el incendio representa el azar que se enlaza con el encuentro, la tyché, dando forma así a la repetición, a la neurosis de destino. Según Aristóteles la tyché sólo puede llegar desde un ser vivo, sin embargo en este sueño justamente es la muerte del hijo la que enfrenta al padre al destino de su transmisión y de su herencia.
Entre el accidente de la vela que cae y su sentido oculto que es la verdadera realidad, aparece en Freud el sueño, ese intento del aparato inconsciente de tramitar lo real con lo simbólico, sueño donde el hijo le pone palabras a lo traumático... Padre ¡¡¡¡¡¿no ves....?!!!!!
Donde Freud ubica el sueño, Walsh y Sarmiento escriben.
Sarmiento inicia este capítulo del libro dedicado al hijo justamente con su muerte; pide perdón a Dios preguntándose, preguntándole, si por la muerte de un hijo en cumplimiento de un cierto deber patriótico, un padre deba pedir perdón; "yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin". Como si el padre no pudiera no implicarse en la muerte de su hijo varón.
Dominguito no regresó al tiempo del llamado materno, las madres llaman a sus hijos para bien o para mal, en este caso, su llamado, según el padre, le hubiera salvado la vida, de ser atendido.
Dice Dominguito "mi suerte está echada. Me ha educado mi padre con su ejemplo y sus lecciones para la vida pública. No tengo otra carrera; pero para ser hombre de Estado en nuestro país, es preciso haber manejado la espada; y yo soy nervioso, como Enrique II y necesito endurecerme al frente del enemigo".
Sarmiento desmiente esta interpretación hablando de la poesía de la guerra como la verdadera búsqueda del hijo; épica guerrera que, dice el padre, Dominguito parece haber elegido. Dominguito desoye el llamado materno, no así el paterno quien también había elegido la poesía de la guerra y de la política.
Pareciera que en estas cuestiones significadas como la guerra, la política, la Patria, ha sido el padre quien transmitiera un ideal cuyo empuje terminó en muerte, y no la madre, cuyo llamado preservaría, según el autor, la vida del hijo. Aunque tal vez no el honor.
Sarmiento queda con todo el dolor pero también con todo el honor de haberle dado a la Patria, un hijo. Extraña pareja entre el Hombre y la Patria, cuyo precio es un hijo. Porque si la madre le da un hijo al hombre al que hará con este acto, padre, es éste quien transmite y educa al hijo varón para amar, por encima de cualquier mujer, a la Patria. Patria confundida en este caso con Matria.
Ante la muerte, la brusca regresión hacia la infancia disparada por la noticia de la muerte de su hija Vicki, Walsh es, momentáneamente, niño, empequeñecido por la tremenda insoportable aflicción que lo hace envidiarla en su paz, desear lo que desea quien ya no desea.
Dice su orgullo por ella, dice su amor por su hija mujer. Hija que había elegido el camino más duro, su mismo camino. Juntos, en pareja hacia un destino de muerte precoz, antes del tiempo de la biología, marcando el tiempo de las elecciones en este caso idénticas, del padre y de la hija.
Se nos hace difícil pensar en historias que, como esta, resultan demasiado recientes y dolorosas y que marcan un destino que pareciera penetrado por la siniestra repetición de la muerte de los jóvenes, de aquellos que enfrentan al sistema injusto empuñando sus ideales. Así Rodolfo Walsh, su hija Vicky, los treinta mil de los setenta, Darío y Maxi de la actualidad, parecen enmarcarse juntos en esta historia argentina que se escribe con sangre de hijos.
Para esta ocasión intentamos aislar de la historia al padre y a su hija en su particularidad. Él remarcará su sentido del deber ¿qué deber? ¿deber qué? Ya Sarmiento llamaba deber patriótico lo que le tocó.
Ellos tenían proyectos, los tenían en común, el sueño de vivir juntos, de tener una casa en la que poder hablar, recordar y estar en silencio. Sueños compartidos, padre e hija.
Cabría imaginar un destino de tragedia apoyado en esa palabra, deber, articulado al deseo de manera trágica, realizándose en un destino de muerte compartida; un padre y su hija mujer añorando una casa en la que poder vivir juntos, mueren casi juntos en la casa de una tragedia que es universal.
Dos textos, los de Sarmiento y Walsh, que dicen dos muertes, la del hijo, la de la hija.
Escrituras de textos que tratan, además del homenaje y el recuerdo, de la implicancia de cada uno de ellos como padre, en la escritura de la muerte de su hijo.
¿Podríamos pensarlas atadas a un ideal que se hizo propio atando sus destinos al Ideal paterno? Desde esa hipótesis, la muerte de los hijos interroga qué de la transmisión se tradujo en muerte.
Dominguito se imaginaba transitando la senda de su padre, no tenía otra opción que caminar el camino del Otro, salvo la muerte, opción siempre posible ante el encierro, en este caso, encierro -hipotético- en la idealización paterna. El lugar de un padre es ciertamente un lugar difícil.
Desde el psicoanálisis diríamos que es una función destinada a separar, a cortar, a permitir que el hijo sea otra cosa que un apéndice materno, un apéndice de aquel Otro fundante para quien se ubica alienadamente como infans. Ese Otro será por mucho tiempo aquel que tiene el saber, es decir, el poder, ya que posee el código del lenguaje que nos habla. No existe otra posición de partida para un sujeto que no sea la alienación, al menos durante un espacio de tiempo que nunca es lineal ni cronológico; pero existen caminos de salida para esta alienación primitiva, caminos de separación por el deseo que cada sujeto transitará a su manera. Los ideales del padre no quedan por fuera, son parte del propio universo simbólico, habitualmente, al menos lo que se suele ver en la clínica del psicoanálisis es que entran en la constelación de aquello que separa, de aquello que hace a la función del padre. Esto sería lo particular de los escritos que estamos tratando, que muestran la posición de los ideales paternos en relación no a la vida sino a la muerte del hijo.
Sarmiento y Walsh escriben, enmarcando las vidas de sus hijos en las suyas propias; estos hijos habrán sido cortados de sus goces maternos pero quizás, sólo quizás ya que nos movemos en el terreno de la conjetura, atados a los Ideales paternos, en estos dos casos, mortíferos.
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