Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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Domingo Faustino Sarmiento: La vida de Dominguito

Rodolfo Walsh: “Carta a Vicki”
Panelista: María Rosa Lojo
Dominguito y Vicki: Narrar la Historia/Decir lo inenarrable
Entre La vida de Dominguito (1886) y "Carta a Vicki" (1976) median noventa años y asimetrías diversas. La primera que salta a los ojos es la extensión: en el primer caso, un libro entero, cuya edición original incluye también documentos varios (1) contra una carta de menos de una página. La segunda se refiere a las circunstancias de la enunciación y a las intenciones que se expresan. El libro publicado es la biografía que Sarmiento escribe por segunda vez, veinte años después de la muerte de Dominguito, con obstinada voluntad reconstructiva (nunca logró encontrar los borradores de su primer intento biográfico) (2). La carta de Walsh, cuya destinataria acaba de morir, es la traducción arrasadora y directa del impacto: se escribe el mismo día en que se ha producido el conocimiento de la muerte. La biografía de Dominguito tiene un extenso título, a manera de una detallada inscripción fúnebre, donde ya figuran, enunciados/ anunciados, los méritos del difunto, el lugar (y por tanto el motivo) de su deceso, así como el grado militar de padre e hijo: "La vida de Dominguito. In memoriam del valiente y deplorado capitán Domingo Fidel Sarmiento muerto en Curupaití a los veinte años de edad, Autor de varios escritos, biografías y correspondencias y traductor de París en América, por D. F. Sarmiento, General de División." La carta de Walsh es un desahogo íntimo que no puede ser exhibido. Reemplaza la pública despedida que le es imposible hacer al combatiente clandestino ("No podré despedirme, vos sabés por qué") (3). Como frontispicio sólo hay dos palabras: "Querida Vicki". En ambos casos, eso sí, los hijos son llamados por sus diminutivos, que señalan tanto el afecto, como esa condición de hijos.
En Sarmiento el propósito, claramente explicitado, es escribir "la historia de una alma" (dice en "El Capitán") (4). No se trata de cualquier alma, sino de un alma ejemplar, modélica porque ha sido cuidadosamente modelada por la educación que su padre le ha impartido (5). En su historia el autor reduplica esa paternidad: así lo dice en la carta donde pide a Lucio V. Mansilla su testimonio sobre Dominguito: "empecé una sucinta biografía suya que ya va abultada y que con el amor de padre del héroe y del libro, hallo bastante buena" (p. 78) (6). Gracias al libro, Sarmiento vuelve a engendrar un hijo simbólico en la memoria de quien fue su hijo doblemente, al que adoptó y rebautizó con su apellido. Un hijo reconfirmado y elegido, por la Ley y la voluntad, más allá de la biología, que es su obra de arte y su mejor propaganda educativa ¿Para qué ha sido educado Dominguito? Para convertirse, ya desde muy niño, en hombre (en varón) y en el primero de los hombres, que también será el primero de los futuros héroes enrolados en la guerra (p. 75). Esta educación ha exigido, en ciertos aspectos, "embotar la sensibilidad" para anular el miedo, diferenciando al niño del mundo femenino, asociado a la fragilidad y al temor (7). En la segunda y definitiva versión de la "Vida" el episodio de los cohetes, que convierte una "sensitiva" asustadiza en un muchacho audaz, adicto a las violentas detonaciones, aparece a cargo de un aya. Pero en la primera versión de la biografía el protagonista de esta singular "cura" es Sarmiento mismo (8). Desde la voz de Dominguito, tal educación viril y su meta, se aceptan como un legado que es también un destino: "Mi suerte está echada. Me ha educado mi padre con su ejemplo y sus lecciones para la vida pública. No tengo una carrera, pero para poder ser hombre de Estado en nuestro país, es preciso haber manejado la espada; y yo soy nervioso, como Enrique II, y necesito endurecerme al frente del enemigo" (p. 76). Un legado y un destino corroborados por el padre, aun en todo lo que tienen de inmolación sacrificial, de sublimado filicidio: "Dios me lo perdone, si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro patria porque yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin" (p. 71).
En Walsh no hay narrativa de una historia ni de la Historia, ni afán de mostrar -para los otros- esa historia filial como ejemplar; hay, en muy pocas palabras, una dolorosa profundidad de la memoria que exalta a quien se recuerda. Ella: la recordada es, al menos explícitamente, la única destinataria. Tampoco el padre es presentado como figura educadora, sino en el mismo nivel de la hija, compartiendo, simétricamente, un recíproco amor y un recíproco miedo, en la aventura de los mismos peligros: "Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción (...) Me quisiste, te quise". El recuerdo oscila entre la niña atesorada, protegida ("te guardo, te acuno...") y la niña que ha crecido en la muerte, transformándose en modelo para su propio padre ("te celebro y quizás te envidio, querida mía.").
Así como la heroicidad de la hija no se deriva, en la carta de Walsh, de la labor formativa del padre-artífice, tampoco se vincula esta conducta heroica a una conducta de género, como ocurre en cambio en el texto sarmientino. El heroísmo de Vicki no está sexuado. No se dice que fue valiente como un varón, o que a pesar de ser mujer supo actuar virilmente. Simplemente se afirma el orgullo por "las cosas" (los valores, los ideales) que han sido para ella tan importantes como para entregarles su vida. El orgullo por esa causa, y por esa vida, su decidida comprensión y afirmación, tampoco es una cuestión de género: padre y madre lo comparten por igual.
En el texto sarmientino, en cambio, la madre es un lastre para la incontenible pulsión heroica del hijo (9). No hay censura para esta actitud, que es esperable por parte de las madres, de todas las madres. Doña Benita se hace eco de una reacción general, "naturalmente" propia de su género ("A la súbita declaración de guerra del Paraguay, respondió un grito general de la nueva juventud, que dejó heladas a las madres", p. 73).
La acción heroica de Vicki, celebrada íntimamente desde el dolor de padre y madre, no puede recibir -como lo ha recibido Dominguito- el reconocimiento oficial. La causa en la que los Walsh están comprometidos ya no es la causa de la nación argentina. El heroísmo se ha divorciado del Estado. No habrá coronas fúnebres ni discursos en la tumba de la hija. La noticia de su muerte llega al padre con impersonalidad brutal: por radio, a través de un comunicado donde, para colmo, se pronuncia mal su nombre. Quizá por eso el duelo crece, intolerable, en el forzado silencio; excede toda posibilidad narrativa, se concentra en pura metáfora que envuelve, inextricablemente, a padre e hija. El fuego y el torrente se vinculan en ambos textos al recuerdo de los jóvenes muertos, pero en el caso de Sarmiento se plantean equivalencias precisas, nexos lógico-semánticos reconocibles en un andamiaje retórico emparentado con la gran oratoria romana. Se trata de un fuego que llega de la Historia y vuelve a ella, iluminándola con el esplendor de su sacrificio: "Poco tenía que rondar el fuego para prender en esta alma harto excitable, para elevarse como fanal que ilumina la Historia o pira que se consume a sí misma" (p. 73). Por otro lado, el ímpetu de Dominguito, encarrilado según la temprana dirección paterna, se compara a un torrente: "...nada resistía aunque quisieran, a aquel torrente, que encontraba como un canal de molino, para apoderarse de la dirección dada desde la infancia a sus ideas..." (p. 75).
En el texto de Walsh metáfora y símil estallan, dentro del padre, en un símbolo onírico de significados plurales, inasibles, oscuros en su brillo, donde se unen el fuego y el torrente, y el dolor se interioriza en un territorio que no es público, sino privado y secreto: "Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba en alguna profundidad". La retórica asociable con esta imagen no es la de los oradores de la tribuna pública, sino, más bien, la del lenguaje de los profetas, que también eran poetas: el de los vates en el sentido arcaico del término. Da cuenta de algo terrible (de ahí la "pesadilla"), a la vez íntimo y trascendente, fuera de la experiencia ordinaria, que se manifiesta, sin develarse, en la visión nocturna (10).
En un último esfuerzo por narrar lo inenarrable, Walsh apela a la voz de otro. La única voz por la cual se hace público (audible) su dolor; la voz que, sin quererlo, subrepticiamente se hace eco de la muerte de Vicki, y por lo tanto, puede ser utilizada para el consuelo: "Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año", dice el pasajero-compañero de un tren, ignorando que Walsh siente lo mismo. Ese lujo, el del público consuelo dado por la solidaridad consciente, compasiva (y admirativa) de los otros, Sarmiento pudo permitírselo. Walsh no.
Desde Sarmiento a Walsh, las circunstancias históricas del dolor y los valores que a él se vinculan, han cambiado. Una hija, no necesariamente un hijo varón, puede ser un héroe épico (11). Esa heroína puede constituirse, para padre y madre, en compañera y también en modelo, pero la epopeya de construir una nación (o de destruir al enemigo de la nación propia) ya no es pública: se ha hecho secreta, clandestina. Morir por la patria no significa lo mismo, ni puede proclamarse de igual manera. El duelo inconfesable se agiganta en el único cementerio: el de la memoria. Apela al núcleo sagrado de la poesía, el más intenso y también el más antiguo, para poder decirse.
NOTAS

1. Capítulos XI al XVII: obras literarias y discursos del propio Dominguito; poesías en su homenaje de Agustín P. Justo. También la Corona Fúnebre de la introducción.

2. Empezó a escribir los primeros apuntes biográficos poco después de la muerte de Dominguito. Halló los textos traspapelados su nieto, Augusto Belin Sarmiento, y los adjuntó posteriormente como apéndice de la biografía, al recopilar sus Obras completas. Este apéndice figura en la edición que manejo: La vida de Dominguito. Obras completas. Tomo VI, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1962. Prólogo y Notas de José Luis Lanuza.

3. Tomo la “Carta a Vicki” de la edición de Homenaje a Walsh publicada por la Revista Tramas. Para leer la literatura argentina. Lecturas críticas: Walsh, Vol. I, Nº 1, 1995, Ediciones del Caminante, Córdoba, p. 175.

4. Sobre este capítulo (el VII de la biografía) se focaliza el análisis.

5. Las referencias a Dominguito como obra de arte educacional, como muestra de lo que ha obtenido la educación integral paterna, superior a la de la escuela, impregnan todo el libro.

6. La respuesta de Mansilla rescata a Sarmiento como autor de la vida, aunque elide su vanidad de autor de la escritura: "comprendido el amor de padre del héroe del libro, que, en este caso, es fundado y legítimo" (p. 79).

7. "...y se dejó arrancar un sobrediente, después de alguna resistencia, con solo decirle que un hombre... que el hombre... que solo las mujeres..." La educación heroica culmina con la comparación -que aparece en boca del mismo Dominguito- por la cual se lo asimila nada menos que al Cid Campeador ( p. 77).

8. "La enfermedad infantil de todos los seres animados, el miedo, se manifestaba con síntomas alarmantes. ¿Qué iba a ser de este niño, cuando fuese hombre? Emprendí curarlo. Me hice traer paquetes de cohetes de la China y en su presencia, pero sin violentarlo, prendía tranquilamente uno tras de otro." Op. cit., p. 204.

9. "Resistió Dominguito a los esfuerzos de sus amigos incitados a ello por la angustia materna, para que no abandonase el sendero que le trazaban sus brillantes estudios universitarios." (p. 75) La contraposición de roles paterno/materno, se repite con fuerza en el capítulo siguiente al seleccionado: "Curupaití": "Allá el maestro que enseña, el padre que guía. Aquí la madre que presiente, que escucha voces plañideras dentro de sí, como creemos oír gemidos cuando el viento agita los árboles en la tempestad..." (p. 82).

10. El conocimiento de la muerte remite inmediatamente a lo sagrado, o al menos a los hábitos de reverencial con esta dimensión, como se advierte en el gesto automático de Walsh al enterarse de la muerte de Vicki: "Maquinalmente, empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto".

11. Con la figura de Vicki, no ya personaje sino persona real, parece quebrarse la "ética guerrera masculina" que la investigadora Kathleen Newman ha señalado en la elaboración de la figura del investigador como héroe por parte de Walsh (entre otros autores de la izquierda militante). Cfr. Kathleen Newman, “La mujer imposible”, Cap. II, parágrafo "Hombres e historia": 1955 y 1966, La violencia del discurso: El estado autoritario y la novela política argentina, Buenos Aires, Catálogos, 1991.
Panelista: Martin Kohan
Sobre "El capitán" (Vida de Dominguito) de Domingo F. Sarmiento y "Carta a Vicky" de Rodolfo Walsh
No es poco lo que los separa (entre otras cosas, un siglo, o poco menos de un siglo). No obstante, y en más de un sentido, de Rodolfo Walsh y de Sarmiento podría decirse que representan un mismo tipo de escritor. Es cierto que ni la literatura ni la política eran lo mismo para uno y para otro, porque no eran lo mismo en el tiempo que le tocó vivir a uno y en el tiempo que le tocó vivir al otro. Pero es difícil encontrar un escritor argentino que tuviese una confianza tan decidida como la que tenía Sarmiento, o como la que tenía Walsh, en el poder de las palabras, en el poder de la escritura; un escritor que le apuntara al poder político con sus textos como Sarmiento le apuntó a Rosas con Facundo y Walsh a la Libertadora con Operación Masacre. Son dos escritores que vivieron, que murieron, que escribieron, fascinados por la acción.
Los dos tuvieron hijos que murieron en acción (¿qué era, entonces, lo que en eso los fascinaba: la muerte o la acción?). Domingo a Dominguito, soldado del ejército argentino, que murió en el frente de combate durante la guerra del Paraguay; Walsh a Vicky, a María Victoria, militante montonera, que murió en un enfrentamiento con el ejército argentino en lo que todavía no sabemos si fue una guerra o no. Sarmiento y Walsh hicieron, con esas muertes, lo menos que podían hacer, lo más que podían hacer: escribir sobre ellas, escribirlas.
Cuando Sarmiento menciona la muerte de su hijo, le pide perdón a Dios ("y Dios me perdone, si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla"); cuando Rodolfo Walsh se entera de la muerte de su hija, se persigna ("maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico"). Los dos se muestran orgullosos por la vida y por la muerte de sus hijos. No dejan de ver por eso lo que hay de tragedia en estas muertes, que por lo tanto transcurren, como corresponde al pudor de las tragedias, fuera de la escena, fuera de los textos. Estas muertes no se cuentan, no podrían contarse tal vez, de manera directa; llegan mediadas, referidas, contadas por otros. Sarmiento le cede la palabra a Mansilla, comandante del batallón que integraba Dominguito, a Mansilla que vio y que recuerda todo cuanto ha visto, para que cuente la muerte de su hijo. Walsh se entera de la muerte de la suya -así lo dice en el comienzo de la "Carta a Vicky"- por una noticia transmitida en un comunicado: el hecho de que el apellido estuviese mal pronunciado aumenta dramáticamente la distancia y la impersonalidad de la comunicación de la noticia, que es al mismo tiempo la más próxima, la más tocante, la más personal que se pueda concebir. En "Carta a los amigos", de 1977, donde se ocupa también de la muerte de Vicky, Walsh cede igualmente la palabra: se la cede a un enemigo, en este caso, a un conscripto que integraba el comando que asedió la casa donde se encontraba su hija, para que diga lo que vio. También aquí la muerte la cuenta otro.
Dominguito era soldado voluntario (por dos veces voluntario: porque por propia voluntad va a la guerra, y porque, mientras luego sus amigos piden licencia y retornan a Buenos Aires, él decide permanecer en Paraguay). Vicky (así lo cuenta el soldado) muere por mano propia: para no caer en manos de sus enemigos, se suicida, muere por propia voluntad. Son dos voluntarios, son dos voluntades; y los padres que escriben sobre sus muertes les reconocen el mérito de una buena causa. Sarmiento propone dos buenas causas: "en nombre de una idea o en defensa de la patria". Sarmiento conoce las causas, y las dice. Walsh, en cambio, sabe pero calla: "Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido" escribe, pero no agrega nada más (saber y no decir: ése -se diría- es el pacto entre los dos, porque en seguida Walsh le escribe a Vicky: "No podré despedirme, vos sabés por qué", y antes: "tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, pero no lo decíamos").
Sarmiento es ante todo, y definitivamente, un educador. Hizo a su hijo. Lo formó, forjó sus ideales en la infancia, dirigió sus pasos. Narrando sus juegos de niño, juegos que anticipan al soldado que sería, lo llama "educando". Sarmiento es padre y educador de Dominguito. Su muerte lo confirma. Walsh, en cambio, es parte de la generación que llegó a sentirse hija de sus propios hijos: hechos por ellos, más que sus hacedores. Cuando le escribe a Vicky esta carta póstuma, pone más de simetría que de legado paternal ("tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí"; "me quisiste, te quise"); se iguala con ella en un nosotros ("nosotros morimos perseguidos", le dice, y ahora sabemos que tenía razón); le dice que la envidia. La hija es modelo para el padre y lo prefigura.
Sarmiento le enseñó la valentía a su hijo: "Su educación había tendido a embotar la sensibilidad, y se dejó arrancar un sobrediente, después de alguna resistencia, con solo decirle que un hombre... que el hombre... que solo las mujeres...". La lección de infancia que formó a Dominguito no vale para Vicky, porque Vicky era una mujer. Las mujeres de las que habla Sarmiento son madres y son débiles: "A la súbita declaración de guerra del Paraguay, respondió un grito general de la nueva juventud, que dejó heladas a las madres". Y luego: "resistió Dominguito a los esfuerzos de sus amigos, incitados a ellos por la angustia materna". Walsh en cambio escribe: "Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor".
La cosa de hombres que describe Sarmiento es también, en Walsh, cosa de mujeres. Es un padre que le escribe a la hija, como el otro padre escribió sobre su hijo. Pero la "Carta a Vicky", en lo que va del padre a la hija, deja aparecer otra figura, doliente pero firme: la de la madre, la de las madres.
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