Programa primeras Jornadas de Literatura y Psicoanálisis






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fecha de publicación10.07.2015
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Panelista: Mabel Gutmark
Un destino funesto
Sobre las pantallas que conforman un río y un muro de ladrillos se proyectan dos dramas sangrientos.
La repetición de un destino y la verificación de la imposibilidad de torcer un rumbo que no se sabe donde se gesta, imprimen el rasgo siniestro que comparten los cuentos de Quiroga y Demitrópulos.
Si en el primero son cuatro los hijos que sucesivamente hacen retornar el dolor del fracaso, en el segundo cuatro ciudades aplastaran las ilusiones de sus protagonistas. De un idiota al siguiente y a los últimos dos para culminar con la hija sana de bucles, el recorrido es homólogo a la búsqueda alocada que de Potosí a Asunción y a Santa Fe, para finalmente llegar a la que será la reina del Plata. La elección entre lo malo y lo peor impone lo peor, destino de degüello, que intenta extirpar las diferencias e instaura el fracaso.
Los periplos tienen un comienzo marcado por la falta y la ambición. Los protagonistas harán su recorrido empujados por sus ideales, más o menos pródigos o mezquinos, pero quién puede juzgar si es menos egoísta consagrarse a la renovación del estrecho amor del matrimonio por vía de un hijo que emigrar en busca de tierra, mando y seguridad. "Todo sería principiar después vendrían los despueses".
Pero lo que estos despueses seguro verifican es que implacablemente al final el logro será fallido, que el hijo será idiota, que en la tierra prometida es imposible evitar el sufrimiento de las plagas y los indios.
Y el saber que transmiten los cuentos es que no hay redención si no se ama el producto que alcanzan los anhelos. Demitrópulos escribe: "¿Y la tierra? La tierra siempre se malquistó con ellos. No la han sabido querer. Desencantar era lo que se habían propuesto hacer con ella". En tanto Quiroga dice de la madre que el sólo recuerdo de sus hijos la horrorizaba como algo atroz que la hubieran obligado a cometer.
Si hay anhelo, búsqueda y fracaso, ¿qué claves nos aportan los textos para este destino tan funesto? La ate que rige la trama de la tragedia griega dispone la solidez de estos textos.
Los excesos de los abuelos son pagados por una descendencia maldita. El delirio del abuelo paterno brotaba en los pequeños idiotas mientras que la lujuria de los viejos cochinos que semillaron a la mujer guaraní, es el pecado que arrastraran los bastardos.
El debate respecto de la carencia del alma en los indios se renueva en la crianza de los idiotas, "abocada a arrancar del limbo de la más honda animalidad no ya sus almas, sino el instinto mismo". Los así engendrados se pasaban todo el día inertes, sentados frente al cerco, mirando los ladrillos, "abandonados de toda remota caricia".
¿Y quiénes seguían a Garay? Mestizos humillados y entristecidos. Precisados de corregir: "¿Olvidáis que sois bastardos? ¡A trabajar y dejad de mirar la ribera, apoyados como señores! ¿Acaso traéis blanca, duros, blasones? Ni siquiera sois españoles... ¡Hala! Que me estáis hartando, ambiciosos..."
El desarrollo de la trama requiere de la traición, el peor de los pecados. La traición indica la fragilidad de las alianzas: "la falsedad del aliado".
Ante el tropiezo del nacimiento del primer idiota surge la búsqueda de la causa del mal en las enfermedades de los padres. Las presunciones desatan el pacto: su sangre, su amor estaban malditos. Si en un comienzo "cada cual tomo sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos, la desesperanza echó afuera la imperiosa necesidad de culpar a los otros" El camino sin retorno es el degüello.
La historia de los conquistadores asume el mismo tinte. Los que en un principio luchan mancomunadamente por su objetivo, concluyen en similar enfrentamiento. No hay causa común. Una revuelta enfrenta a los españoles y los mestizos. De otro modo no podía ser. "¿Onde un figurón de estos señor de mucho entrecejo, iba a cuajar con la causa de los mestizos?"
En el camino del bien el parlante ser encuentra la desgracia... La conclusión es parecida: corrió sangre, rodaron las cabezas.
Hasta aquí las tramas son homólogas pero la novela de Libertad Demitrópulos prosigue y aporta una clave más. El protagonista al apartarse del destino de exilio introduce la diferencia: "siempre he dado batalla y ahora que ellos se van yendo me preparo para la última". ¿De dónde surge ese último aliento de pasión? Si de las derrotas sale el desquite, el protagonista no lucha más por la tierra sino que gana el río, y de allí arranca su alegría. El río, persona de lomo divino, fuerza escapada, cuerpo sin cuerpo, es el portador de su historia. Allí aprende y se entera del verdadero linaje, de los que iniciaron el abuelaje. Ahí se reconoce el espíritu del principal, el que transmite la alegría. Alegría que consiste en estar alegre también en la tristeza.
La genealogía anuda cuerpo, historia y muerte. El espíritu del principal es el nombre del padre que anuda los pies rajados e hinchados en el río buscando pescado para el alimento, hasta que el yacaré se los comía. En ese entrecruzamiento se halla la fuente de la alegría. Ahí el protagonista se hace un señor "sentado en la barranca viendo marchar a los para siempre desterrados".
Linaje se distingue de linajudo. Los empecinados del orgullo, señores sin lacayos. Son los que abandonan la tierra por la que pelearon. Los que tendrían de nuevo que empezar furiosos, vociferando, renegando. Ahí se van. ¿Para que lidiaron por la tierra? Ahí queda el protagonista, señor, al fin, de las ruinas.

Panelista: Pablo Russo
El fin de lo mismo
Amor-odio, locura, muerte; lo interior -fidelidad y traición-, repetición.
Estas palabras podrían recortarse como tópicos del psicoanálisis pero supongo que también pueden pensarse como íconos para la literatura de cualquier tiempo.
Si bien estos significantes, campos semánticos, dimensiones de la palabra, son los que me despertaron los textos, como pudiendo inscribirse en un espacio común, no pretendo al usarlos demostrar ninguna intersección ni coincidencia.
En Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, al atardecer, a la vera de un río, se recorre con la mirada toda una vida; en "La gallina degollada", de Horacio Quiroga, más bien, un hachazo tan letal como crecientemente sospechado, viene a sacudirlo todo, relato, personajes y lector.
Desde donde puedo hablar, intentando dejarme enseñar por los artistas, lo más atractivo se perfila no en lo común y universal sino en lo diverso y singular.
Antepasados y filiación
¿De qué origen somos hijos? o ¿en qué podríamos determinar nuestra descendencia? ¿Cómo definir la filiación? Un lugar, una historia, unos compañeros de ruta, incluso un destino trágico, podrían constituir aquello con lo que hacemos familia. El amor, no sólo sexual sino por ideas o libros, podría dar los lindes de una filiación.
Una soledad respecto del Otro, un horror habitando lo más vivo, nos son de alguna manera siempre familiares.
Desde el psicoanálisis es preferible, parafraseando a Miller, sostener una desfamiliaridad con aquello que se quiere abordar; ya Freud lo sugería como posición del analista ante cada nuevo caso, ya Lacan nos exhortaba a abstenernos siempre de comprender.
El epígrafe de Demitrópulos es sumamente sugestivo. Guardar nuestros muertos y su fuerza, resguardar las tumbas de los antepasados, sería necesario para la vida. Tanto que sería aun más seguro que ni siquiera sepamos dónde yacen; mantenerlos ilocalizados, conservarlos omnipresentes.
En esto podría centrarse el recorrido interior que en el final, luego de cien años de vida -cifra sugestiva para la literatura-, va tejiendo y destejiendo Blas de Acuña, "hombre de armas, músico y cuantimás pescador", mestizo, bastardo, sobreviviente que, como otros primitivos fundadores, bajaron de La Asunción a Santa Fe con Garay. "Yo me quedé a acompañar a mis muertos, que no me dan las ganas de seguir", inicia su testimonio personal.
Es "hora de pagas y pérdidas". El señor de las ruinas observa como "los empecinados del orgullo se van yendo", llevándose hasta sus muertos. Hay en esto, para su fidelidad a la vera del río, una traición filial, más profunda que la del éxodo: "Rencorosos con la tierra ni sus muertos quisieron dejarle". Esta particular fidelidad se puede pensar como un modo de sobrellevar la vida, de protegerse de la muerte. Lo claro es que su filiación se reduce a ese fluir donde pescaron y perecieron sus antepasados.
Sin embargo, repasando sus batallas, su "nunca dejar de peligrar", aun sabiendo que "cien años después, hundidos los sueños, se estaría de nuevo al empezar", resalta la valentía y la alegría. Recuerda la alegría de su madre "que consiste en estar alegre también en la tristeza (...) cantar aun en la muerte ocurrida por celos de un varón de mucho entrecejo y grandes pasiones, que resultó ser mi padre". Con esta posición, desde "el infierno alegrado por un río", culmina su relato: "Lo que la vida quiere de uno es el valor. Con las cobardías viene la muerte. Aquí, pues, me quedo, para seguir viendo a la ciudad abandonada, mientras los despueses no la sepulten...".
En esto el cuento de Quiroga difiere no sólo porque trate de la violenta muerte de un hijo, que ya convoca lo innombrable, lo imposible de inscribir, sino porque vía el acecho de la locura, el desenlace demuestra lo que se presiente en el desarrollo: la irrupción de la muerte instila horror en la vida.
Un hombre y una mujer buscan la realización de su amor pasional en un hijo "sano", "normal", y son abatidos por la repetición insoportable de lo mismo; luego de una breve y frágil "felicidad", la irrupción terrible de la muerte confirma el funesto destino.
El cuento de Quiroga parece dirigirse hacia aquello inevitable que el personaje de Demitrópulos reviste con la valentía, el río y la alegría.
Lo que en "La gallina degollada" aparece inicialmente como marcas de un destino trágico, se va significando paulatinamente alrededor de la idea de lo hereditario. Como lo demuestra el autor, cuando el amor se convierte en su reverso de odio, cada cónyuge ubica la filiación bastarda en el otro o en sus antepasados, acusando al pulmón enfermo de ella o a los excesos alcohólicos del abuelo paterno. Modo de desresponsabilizarse o significar un azar de lo real con la culpabilidad.
Una hipótesis posible es que pagaban el precio de no querer saber y responsabilizarse sobre su construcción del amor, habiéndolo pensado como un vil egoísmo sin fin ninguno -como si el amor pudiera ser otra cosa-, sin esperanzas posibles de renovación, de felicidad, salvo por la descendencia que, inevitablemente, pagaría el precio de tal inscripción.
Quiroga parece haber leído al Freud de El malestar en la cultura, la estrecha y aparentemente paradojal relación entre el amor al prójimo y la pulsión de muerte; pulsión que comandará el desenlace y por su lógica, todo el relato. Hombre y mujer habían acumulado hiel sobrado tiempo para que (...) al menor contacto el veneno se vertiera, momento que demuestra para Quiroga que "el hombre se siente arrastrado con cruel fruición (...) a humillar del todo a una persona" -casi las mismas palabras de Freud. El cuento transmite cómo ese maltrato se va transfiriendo a los frutos podridos, "abandonados de toda remota caricia".
Quietud e inundación
El río, ¿es siempre el mismo?, como Borges metaforiza sobre el ruiseñor de Ovidio y de Keats. Los avatares del destino -por una misteriosa razón universal-, ¿estarán ya escritos en los meandros de un río que nunca se desviará de sus cauces?, como pretenden solucionar las religiones.
El río que mira Blas, no es un río, es el río.
"El río a la vera estaba, el río ahí sigue estando", nos dice quien eligió el agua pues no es de los que andan sobre la tierra. Incluso se trasluce un reservar los infiernos para la tierra, pues "el agua no tiene sinembargos (...) La tierra lastima...", ubicando por ejemplo la "puerca plaza donde todavía lastiman los oídos las voces de los (...) ajusticiados".
Ese río "con su pasar recio y su soñar suave", no es sólo el de las congojas, es el flujo que aloja el Kern del sujeto -su dassein-, quien en el momento de concluir comprende: "...se me viene con el cielo y me inunda el corazón. Si uno se llega con el mate a su vera comprueba que la vida se le ovilla y desovilla con el correr del agua, se desalma, queda puro huesos del pensamiento, sin carne ni habla, sin sueño en los ojos, y se siente irse en la corriente cuesta abajo, entre pescados y flores, arenas y cañas. Una vez ahí, uno aprende a conocer la historia de sus abuelos..."
En "La gallina degollada" la inercia emerge desde la primera palabra en la figura de los idiotas: "Todo el día, sentados en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz (...) allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos" -comienza Quiroga, quien cree que la primera palabra de un cuento debe escribirse con miras a un final.
Curiosamente, como la creciente locura de los progenitores por un hijo diferente a aquellos, es al atardecer -"al declinar"- que la quietud de los idiotas se desborda abruptamente, surgiendo del letargo la risa estrepitosa, una hilaridad ansiosa, un frenesí: "alegría bestial, como si fuera comida" -comer y ver atardecer eran momentos alegres para ellos.
Luego de observar perplejos y extasiados, con qué presteza y tranquilidad la sirvienta que los maltrataba degollaba una gallina, al atardecer del relato, y como conociendo el esquema por el cual para sus padres las reconciliaciones eran más pasionales cuanto más hirientes los agravios, con "creciente sensación de gula bestial", los tontos degüellan a la hermanita sana por la que sus padres redimirían su amor y a sí mismos.
La inercia del hombre frente al río, mientras ve pasar su vida, y el letargo de los idiotas ante el muro; pero repentinamente todo se inundó, se desencadena y seguirá desbordándose: la fluidez repetitiva del río, la estasis contenida de los anormales.
La soledad y lo inasimilable ante el tiempo o la muerte, se presentan en ambos textos aunque no del mismo modo.
Mismidad y contingencia
¿Cómo situar sino singularmente lo propio, lo interior, lo que hace a alguien parecido a sí mismo?
El paisaje de ambos textos no sugiere la ciudad, más bien se sitúa en los bordes. Pero, ¿se trata del interior, del litoral, como geografía o más bien de una orografía del alma humana?
A la orilla del río que recuerda las congojas con alegría, la verdad no ciega ni conduce necesariamente a la muerte. Si bien Blas se prepara para la última batalla, su idea de lo inevitable de la repetición es vital: "Veinte veces los timbúes me quemaron la casa, otras veinte la he vuelto a levantar". Y en esto, dice, no es gallina, se queda porque es "hombre de valentías pero no atropellado". Asunción de los derroteros de una vida donde lo que se repetía en los otros era la traición: "Cien años no son fruslerías para un hombre que ha visto encenderse y apagarse el amor, caer y levantarse honras, crecer fortunas como rodar cabezas. En esa plaza el diablo hacía su agosto desatando envidia, odio, calumnias, venganzas, desprecio. Todo se iba en puros pecados... de desear y despreciar, de incitar y castigar, de no dar y el peor de todos: traicionar".
Las articulaciones con lo que se repite aún en la actualidad local, no escaparán a los lectores.
La hija inteligente, complacida y malcriada por distinguirse, había interrumpido un fatal sino "familiar", por el cual los hijos nacían rebosantes de vida y aproximadamente al año y medio, un día, el alma se había ido, se había muerto para siempre.
La contingencia interrumpió provisoriamente el automatismo de la repetición.
El psicoanálisis permite pensar cómo la repetición puede conducir -vía la pulsión de muerte- a recorrer siempre un mismo circuito vicioso, pero cómo también en la repetición o a partir de situarla, se puede encontrar lo nuevo, lo diverso.
La repetición no sólo nunca es de lo mismo, sino que en los pliegues de la repetición significante -siempre diferencial en sí misma-, en su empuje, lo que se repite es el fracaso, el malogro del buen encuentro entre las vicisitudes de la pulsión y la satisfacción buscada. Repetición de un goce nunca alcanzado de manera absoluta. Encuentro imposible con la verdad.
Repetición redoblada de una esquizia en el sujeto -respecto al encuentro- más profunda, más ligada con la causa. Una repetición de goce que más bien está al servicio de mantener oculta la posibilidad -siempre fallida- de la tyché.
¿Habría -se pregunta Lacan- un pasado sin ninguna subyacencia de repetición?

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