¿Leer sólo los evangelios de nuestra Biblia para conocer a Jesús? ¿Por qué no los evangelios de Judas, María Magdalena, Santiago…?






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3.3  las fuentes arqueológicas


Si pretendemos por fuentes arqueológicas hallazgos directos sobre Jesús, sobre su familia o sobre los apóstoles, es posible que quedemos decepcionados. Por mucho que se haya especulado recientemente sobre el sepulcro de Jesús (desde una línea) o por frecuentes que sean las alusiones a la vida y acontecimientos de Jesús en gran parte de nuestra piedad o el ritmo de nuestras peregrinaciones (por otro), lo cierto es que no hay una prueba material arqueológica de su vida.

Sin embargo, eso no agota el valor de la arqueología. Globalmente, ésta nos demuestra que los textos evangélicos no son invenciones desencarnadas de una historia. Ofrecen datos geográficos, e incluso históricos que son comprobables arqueológicamente. En ese sentido, la arqueología nos ofrecería una confianza básica en los textos.

Pero quizás la ayuda fundamental sea la de ayudar a comprender cada vez con mayor precisión el modo de vida, las costumbres, el universo simbólico en el que se movió Jesús. Ello supone una contribución evidente para comprender la fuerza y el significado de su palabra. Quizás sean los trabajos arqueológicos sobre Galilea los que ahora se estén presentando como más prometedores. Sin embargo, en cuanto que este aspecto desborda en parte la temática de esta comunicación, no me detengo en él.

3.4  Los textos religiosos no canónicos (apócrifos) y otros textos de la literatura cristiana primitiva


Todos estaríamos de acuerdo en afirmar que la Iglesia primitiva recogió en el «canon», conservó y copió para nosotros aquellos textos que consideró significativos como expresión de su regla de fe. Pero, ¿qué pasó con los libros que no fueron recogidos en la Biblia Cristiana y que genéricamente denominamos apócrifos?

El mundo de los escritos apócrifos es amplio y su suerte variada. Simplificando excesivamente, en orden a la comprensión, podemos decir que su suerte podría ser esquemáticamente presentada de la siguiente manera:

3.4.1  Se conservaron con predicamento en la iglesia


En efecto, hubo textos que a pesar de no ser canónicos gozaron de predicamento en la Iglesia. Estos textos fueron conservados y copiados a lo largo de los siglos, empleados en la predicación, en la redacción de «vidas de Jesús», y sus leyendas plasmadas en las obras de arte y en las devociones. Estos libros nos han llegado en forma de multitud de copias monásticas y, más tarde, de ediciones impresas.

Estos textos suelen clasificarse según la materia que tratan: Evangelio de la Natividad, de la Infancia, de la Pasión y Resurrección, Evangelios asuncionistas. Como regla general, se trata de escritos más bien tardíos −algunos incluso de época medieval, aunque alguno como el Proevangelio de Santiago, puede remontarse al siglo III o incluso al II, cuyas preocupaciones principales son otorgar un papel central a María, la madre de Jesús y demostrar la divinidad de Jesús desde los momentos iniciales de su concepción y de sus primeros años.

Estos evangelios se llenan de narraciones con fuerte contenido legendario. Según el evangelio del PseudoMateo María recibe no una anunciación, sino dos: una en la fuente y una segunda en casa.

Otros detalles, como la presencia del buey y el asno (o mula) en el nacimiento, o el episodio de la palmera, que, en el camino de Egipto, se inclina para ofrecer sus frutos a la sagrada Familia, tan frecuentes en las representaciones artísticas, provienen de estos evangelios apócrifos.

Algunos, es cierto, contienen creencias cercanas al gnosticismo y a otros movimientos considerados heréticos, en las que el niño Jesús se comporta de un modo no natural, como en el Evangelio del PseudoTomás, cuyas narraciones más antiguas pueden provenir de la primera mitad del siglo II. En este evangelio, el niño Jesús devuelve la vida a un albañil accidentado, hace volar en sábado a unos pajaritos que previamente había moldeado con barro, alarga unas maderas que su padre carpintero ha cortado equivocadamente, pero también deja sin vida a un niño que le deshace una pequeña presa, o castiga con furia a quienes se le oponen.

3.4.2  Textos perdidos


Otros textos, no sabemos cuántos, por su escasa difusión o por otras razones históricas, se perdieron. Corrieron así el destino de gran parte de la literatura antigua que, probablemente nos permanecerá escondida para siempre.

Puede sorprender a alguien que podamos hablar de los evangelios que se perdieron y de los que no tenemos fragmento alguno. La razón es muy sencilla: aunque no se nos han conservado, sí hallamos referencias a ellos en autores cristianos contemporáneos de los mismos; incluso en ocasiones se nos transcribe, no sabemos con cuánta fidelidad, algún pasaje de aquellos textos.

Dentro de estos evangelios perdidos hay un grupo algo más específico: aquellos que llamamos «judeocristianos» por haber nacido y estar relacionados con comunidades cristianas compuestas mayoritariamente por judíos, con una teología y un modo propios de ver el cristianismo. Noticia de estos evangelios nos dan San Jerónimo, Eusebio de Cesarea, Clemente de Alejandría y otros. Hoy se cree que existieron al menos tres evangelios de este tipo: el Evangelio de los Nazarenos, El Evangelio de los Ebionitas y el Evangelio de los Hebreos.

Estos evangelios es posible que se inspiraran en el evangelio de S. Mateo, del cual destacaban los rasgos más claramente judíos o judaizantes. Una muestra la encontramos en un fragmento trascrito del Evangelio de los Nazarenos que parece ampliar a Mt 19,16−24:

«El rico empezó a rascarse la cabeza, y no le agradó el consejo. Díjole el Señor: ¿Cómo te atreves a decir “he observado la ley y los profetas”? puesto que está escrito en la ley: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y he aquí que muchos hermanos tuyos, hijos de Abrahán, están vestidos de basura y muriéndose de hambre, mientras que tu casa está llena de bienes abundantes, sin que salga nada de ella».

Lo cierto es que estos evangelios no terminaron por constituirse en textos significativos de las comunidades y la desaparición de las iglesias judeocristianas, terminó por hacer desaparecer esos escritos vinculados a ellas.

3.4.3  Textos rechazados


Otros fueron abiertamente rechazados. Algunos nos resultaban conocidos por las citas de los autores cristianos antiguos. Hoy hemos recuperado una parte de aquella literatura gracias a descubrimientos arqueológicos.

Para acercarnos a este grupo, probablemente, la mejor ubicación geográfica tenga que ser Egipto. Allí se han encontrado una gran cantidad de aquellos evangelios apócrifos más condenados por los Padres de la Iglesia, y que en su mayoría se creían perdidos para siempre. A lo largo de los años ya habían sido hallados diversos fragmentos de papiro con contenidos evangélicos, como los pequeños fragmentos de Oxirrinco, en Egipto, donde se hallaban dichos atribuidos a Jesús tan bellos como «levanta la piedra y allí me encontrarás; hiende el leño y yo estoy allí», o el Papiro Oxirrinco 654: «Las aves del cielo, las bestias y todo lo que puede haber bajo la tierra, o sobre ella, y los peces del mar, son los que os arrastran hasta Dios. Y el reino de los cielos dentro de vosotros está. Quien, pues, conozca a Dios, lo encontrará, porque, conociéndolo a él, os conoceréis a vosotros mismos y entenderéis que sois hijos del Padre, el perfecto, y a la vez os daréis cuenta de que sois ciudadanos del cielo. Vosotros sois la ciudad de Dios».

Sin embargo, el descubrimiento más sensacional se dio en Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Trece códices en papiro, escritos en copto, la mayoría de ellos, seguramente, traducciones de originales griegos que, tras muchas peripecias se conservan en el Museo Copto del El Cairo. Treinta de los libros contenidos en estos códices eran desconocidos, o sólo se conocían por referencias o por pequeños fragmentos. Los papiros son todos de los siglos IV al VI d. C.; los originales griegos, de los siglos III y IV, aunque alguno de ellos, como el Evangelio de Tomás o El Apócrifo de Juan, pueden datar del siglo II o incluso, según algunos autores, del siglo I. Esta biblioteca pertenecía posiblemente a una comunidad de monjes cristianos, de carácter más bien minoritario. Y, en su mayoría con tendencia gnóstica.

En general, este movimiento, muy extendido en Egipto, especialmente en grupos cristianos a partir del siglo II, cree en un dualismo entre el Dios bueno, que ha creado el alma y todo lo espiritual, y un dios malvado, del cual ha surgido la materia, que aprisiona las almas en cuerpos físicos. La salvación consistirá en la liberación de la misma. La mayor parte de la humanidad, que no participa de estos conocimientos (gnosis) está condenada a la destrucción.

Merecen mención especial el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Judas

El Evangelio de Tomás. Su auténtico título es Palabras secretas que Jesús el vivo dijo y que ha escrito Dídimo Judas Tomás. En realidad se trata más que de un evangelio como tal, de un conjunto de dichos o parábolas normalmente introducidas por la frase «Jesús ha dicho». Esta colección tiene su importancia por su similitud con las tradiciones evangélicas. Se trata de un escrito muy discutido y los autores han dividido sus opiniones respecto a este evangelio: unos son completamente optimistas y otros escépticos frente a la aportación que este evangelio ofrece para el conocimiento de Jesús. H. Koester, J. M. Robinson, J. D. Crossan y S. J. Patterson, sostienen que este evangelio contiene tradiciones sobre Jesús que son independientes de los evangelios sinópticos, las cuales se remontarían a un período anterior al año 70 d.C. Particularmente, Crossan, considera que el evangelio de Tomás, junto con otros documentos, como el Evangelio de Pedro, el Evangelio secreto de Marcos y el Papiro Egerton 2, constituyen cuatro testigos excepcionales sobre el Jesús histórico, ya que, según él, ellos conservan tradiciones paralelas y/o anteriores a los evangelios sinópticos y por eso los llama los “otros cuatro evangelios”, que él considera como cuatro evangelios “alternativos, hasta el punto de considerar los evangelios canónicos como representantes del cristianismo oficial, eclesiástico y tradicional, mientras que los cuatro evangelios alternos serían como los cuatro evangelios “canónicos” consagrados por la crítica histórica. G. Theissen piensa que la antigüedad de las tradiciones contenidas en Tomás sólo se remonta a un período anterior al año 145 d.C. Otros autores como W. Schrage, R. E. Brown y R. M. Grant sitúan a Tomás en el siglo II d.C. y J. P. Meier y el mismo G. Theissen, consideran que el evangelio de Tomás utilizó a Mateo y Lucas, lo que hace de él una fuente totalmente secundaria en la búsqueda del Jesús histórico. En todo caso la cuestión en torno al evangelio de Tomás y su importancia para el mayor conocimiento del Jesús histórico es una cuestión que todavía sigue abierta. Dentro de ella se tienen que resolver cuestiones como la fecha de composición que hasta el estado actual de la investigación no va más atrás de la destrucción de Jerusalén. También hay que aclarar el proceso de tradición y composición de Tomás y estudiar el significado de los logia que contiene y su relación con Q y con la tradición sinóptica.
El Evangelio de Judas

Constituye una buena ilustración del pensamiento gnóstico. Este evangelio no proviene, según parece, de Nag Hammadi: se dice ­-aunque no es seguro− que el códice que lo contiene fue hallado en la tumba de un monje egipcio en los años 70, aunque por desacuerdos económicos no ha visto la luz hasta el año 2006. Su descubrimiento nos ha confirmado lo que sobre este evangelio había escrito san Ireneo de Lyon hacia el 180 d.C., sobre su carácter gnóstico:

«sostienen que Judas conocía con precisión estas cosas, siendo el único entre los apóstoles en poseer esta gnosis. Por eso obró el misterio de la traición , por el cual fueron disueltas todas la realidades terrenas y celestiales» (Ad. Haereses 1,31,1).

La copia copta es del siglo IV, aunque la referencia de Ireneo, sin duda, lo coloca antes. Judas, se convierte en aquel que ayudará a Jesús a liberar su alma de su cuerpo mortal, y por ello se convertirá en su discípulo más cercano, aunque incomprendido. Jesús le dice a Judas:

«pero tú los superarás a todos ellos, porque tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo. Tu trompeta ya se ha alzado, tú cólera se ha encendido, tu estrella ha mostrado su fulgor… levanta tus ojos y mira la nube y la luz que hay en ella y las estrellas que la rodean. La estrella que marca el camino es tu estrella. Judas alzó sus ojos y vio la nube luminosa, y entró en ella».


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