Todavía más lejos está de las mujeres darianas la titánica figura femenina, tan legendaria y tan portentosamente, hasta la fecha, moderna, de “Las manos de Jeanne-Marie” de Arthur Rimbaud (1854-1891)






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títuloTodavía más lejos está de las mujeres darianas la titánica figura femenina, tan legendaria y tan portentosamente, hasta la fecha, moderna, de “Las manos de Jeanne-Marie” de Arthur Rimbaud (1854-1891)
fecha de publicación08.04.2017
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Mujeres en la obra y vida de Rubén Darío
Helena Ramos
Darío no es un poeta de las mujeres pero sí es –ostentosa e incesantemente– poeta de la Mujer, en singular y con mayúscula. Al parecer, no le interesaban mucho –al menos, no como artista– las particularidades, los matices, las sutiles distinciones psicológicas. Sus beldades, si bien sumamente plásticas, son un tanto imprecisas y abstractas (o sea, cualidades con exclusión del sujeto), característica que se hace más patente si las comparamos con las plasmadas por otros poetas. Podríamos mencionar, por ejemplo, “Una gran dama” y “Una dalia” de Paul Verlaine (1844-1896); numerosos poemas que Charles Baudelaire (1821-1867) dedicó a Jeanne Duval (¿1820?-¿1862?), su Venus negra, tales como “Sed non satiata”, “El vampiro”, etcétera; “Carmen” de Theophile Gautier (1811-1872)... Todavía más lejos está de las mujeres darianas la titánica figura femenina, tan legendaria y tan portentosamente, hasta la fecha, moderna, de “Las manos de Jeanne-Marie” de Arthur Rimbaud (1854-1891)...

Sin embargo, esta visión indiferenciada no tiene nada que ver con la indiferencia; por el contrario, florece cálida, tierna, amable. No la anima únicamente una fría musicalidad, como sucede en “Recapitulación” de Catulle Mendès (1841-1909), en que el autor registra sus amoríos:
“Rose, Emmeline,

Margueridette.

Odette,

Alix, Aline”.
Y así, varias estrofas más:
“Zulma, Zelie,

Regine, Reine,

Irene

Et j’en oublie”. (“Se me olvidó” o, hablando sin circunloquios, “Si te vi no me acuerdo”).

¡Cuán diferente es, pese a cierta afinidad estilística, consistente en la enumeración-evocación de nombres femeninos, este fragmento dariano!

“...con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las muchachas, por el asunto de los versos. ¡Fidelina, Rafaela, Julia, Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! Recuerdos, recuerdos suaves”.

El primer texto es un juego formalista; el segundo, una cálida ofrenda en la que la musicalidad no se antepone al sentimiento ni lo sustituye.

Un poema emblemático elaborado a partir de la fascinación irradiada por nombres femeninos es “Heraldos”:
¡Helena!

La anuncia el blancor de un cisne.
¡Makheda!

La anuncia un pavo real.
¡Ifigenia, Electra, Catalina!

Anúncialas un caballero con un hacha.
¡Ruth, Lía, Enone!

Anúncialas un paje con un lirio.
¡Yolanda!

Anúnciala una paloma.
¡Clorinda, Carolina!

Anúncialas un paje con un ramo de viña.
¡Sylvia!

Anúnciala una corza blanca.
¡Aurora, Isabel!

Anúncialas de pronto

un resplandor que ciega mis ojos.
¿Ella?

(No la anuncian. No llega aún).
Según afirma Ángel Rama, en “Heraldos” “la historia es remitida a meros decorados heráldicos” y “el principio estatuido es el cambio, arrastrado por la apetencia de novedad”, algo similar a un desfile de modas. Pero debajo de los oropeles en Rubén late un lirismo vivo, una anhelo auténtico.

La visión genérica que el poeta tenía de las mujeres se debe antes que nada a que ellas son para Darío las hipóstasis de la Mujer, parte esencial de “la armonía del Gran Todo”. Una mujer en particular sería como una rosa entre muchas del jardín, una ola entre tantas en el océano, una estrella –vista sin telescopio– en el firmamento; la incapacidad de distinguir no aminora el embeleso, inequívocamente erótico, pues para Darío, “eran abrazo y beso/síntesis de la eternidad”.

El poeta y filólogo español Pedro Provencio, en la introducción a su Antología de la poesía erótica española e hispanoamericana (Madrid, España: Editorial Edaf, 2003) –selección que comprende textos desde el siglo XI hasta el XX– reconviene el “tinte moralizante, acusador” de la poesía erótica de los siglos XVI y XVII y enuncia que “la marea modernista (…) sacó a flote el erotismo de manera definitiva”. Y, de entre aquella pleamar, los poemas de Rubén se distinguen por una sanidad elemental, más afín a los textos del Siglo de Oro español que a los de sus contemporáneos, para quienes lo sexual y lo sensual solía estar marcado por lo perverso, lo pecaminoso, lo patológico... En cambio, Darío es “todo ansias, todo ardor, sensación pura/y vigor natural”. Para él, la sexualidad esta ligada a lo sagrado, es una “fiebre santa”, y con frecuencia alude a ella con expresiones e imágenes propias de la religión cristiana (como, por ejemplo, en “¡Aleluya!” –o sea, “alabad a Dios” en hebreo–, donde habla de rosas, nidos, besos, vientre de “una pequeña de quince años” y del aliento de la selva virgen”...). No se trata de una blasfemia al estilo del marqués de Sade, ni del intento de escandalizar a la Iglesia o la sociedad –Darío no buscaba escándalos ni gozaba de ellos– sino de una alabanza genuina, toda una profesión de fe.

Si bien el poeta no estaba exento de la imaginería de su tiempo, abundante en recreaciones de las femmes fatales, tanto contemporáneas como mitológicas o históricas, ellas no representan el nervio de su obra. Esto lo ejemplifica con precisión el siguiente poema:
En el país de las Alegorías

Salomé siempre danza,

ante el tiarado Herodes,

eternamente.

Y la cabeza de Juan el Bautista,

ante quien tiemblan los leones,

cae al hachazo. Sangre llueve.

Pues la rosa sexual

al entreabrirse

conmueve todo lo que existe,

con su efluvio carnal

y con su enigma espiritual.
Las primeras siete líneas tienen mucho de pose literaria, de lugar común de la época, no conmueven ni sobrecogen; las últimas cinco son la esencia.

En “Coloquio de los centauros” solo Hipea habla de “la hembra humana original infamia”; su aversión no es compartida por los demás.

Darío no era libre de tendencias misóginas, aunque jamás llegó a los extremos de Friedrich Nietzsche (1844-1900) o José María Vargas Vila (1860-1933). Lo suyo era más bien un ligero desdén, quizá inadvertido por él mismo, manifestado de paso, como en este párrafo de su prólogo al libro de la peruana Aurora (Evangelina) Cáceres (1877-1958) Oasis de arte (París, Francia: Casa Editorial Garnier Hermanos, 1911): “Confieso ante todo que no soy partidario de las plumíferas; que Safo y Corine me son poco gratas... y que una Gaetana Agnesi, una Teresa de Jesús o una George Sand me parecen casos de teratología moral. ¿De dónde proviene mi poco apego a las mujeres de letras?...Todas, con ciertas raras excepciones, han sido y son feas. Evangelina no se encuentra en ese caso... Baste con decir que es una compatriota de Santa Rosa de Lima”.

Ahora esta clase de juicios únicamente produce extrañeza; ¡imagínese que alguien lo aplicara al propio Darío, que nunca fue lo que se dice un adonis!

Afortunadamente, en otros juicios críticos fue más objetivo. He aquí las palabras suyas para el poemario Los cálices vacíos de la poetisa uruguaya Delmira Agustini (1886-1914): “De todas cuantas mujeres escriben hoy en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor. A veces rosa por lo sonrosado, a veces lirio por lo blanco. Y es la primera vez en que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser de Santa Teresa de su exaltación divina”.
”Si esta niña bella continúa en la lírica de su revelación de su espíritu como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de lengua española. Sinceridad, encanto y fantasía, he allí las cualidades de esta deliciosa musa. Cambiando la frase de Shakespeare, podría decirse ‘that is a woman’, pues por ser una mujer, dice cosas exquisitas que nunca se han dicho. Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad”.

Merece la pena resaltar que en estos dos fragmentos, uno correspondiente a 1911 y otro, a 1912, su concepto sobre Teresa de Ávila (1515-1582) varía notablemente. ¿En qué ocasión fue más sincero, más auténtico?

Esther Andradi, escritora argentina radicada en Alemania, en su ensayo Damas en caravana/Mujeres en las crónicas periodísticas de Darío, llega a la conclusión de que el escritor nicaragüense, tan sensible en tantos aspectos políticos y sociales de su tiempo no pudo encontrar el punto de tolerancia para ese sector social que representan las mujeres”.

Y en cuanto al papel de las mujeres en la vida de Darío, en la plural y no siempre celeste historia de su corazón marcan un hito tres nombres: Rafaela Contreras Cañas, Rosario Murillo Rivas y Francisca Sánchez del Pozo.

A Rafaela, nacida en 1869 y fallecida en 1893, recordamos fundamentalmente como la primera esposa de Rubén, olvidando que ella también era artista. La filóloga mexicana Consuelo Meza Márquez consigna: “La narrativa centroamericana de mujeres se inaugura con la producción cuentística de esta escritora de la que se han logrado recuperar nueve cuentos publicados en 1890 y difundidos en diferentes periódicos centroamericanos bajo el seudónimo de Stella”.

Dos de las tres mujeres darianas cuentan ya con una biografía: María Teresa Sánchez (1918-1994) escribió El poeta pregunta por Stella (Managua: Editorial Nuevos Horizontes, 1967); la española Carmen Conde (1907-1996), Acompañando a Francisca Sánchez/Resumen de una vida junto a Rubén Darío (Managua: Editorial Unión, 1964).

Paradójicamente, nadie ha escrito hasta la fecha un estudio monográfico sobre la más polémica, Rosario Murillo, a quien siempre enfocan únicamente como un personaje fatídico, mientras la realidad, como siempre, es mucha más compleja. Todo el mundo se compadece de Lara, protagonista de la novela y la película Doctor Zhivago, seducida por Víctor Komarovsky, pero nunca he oído una palabra de compasión por Rosario, quien, al fin y al cabo, vivió una experiencia similar... No pretendo afirmar que era una mansa palomita, la mansedumbre es lo que menos tenía, pero eso no la convierte en un monstruo. En lo personal me impresionó un cuadro de Celia Lacayo, en el cual Darío aparece, en una suerte de paraíso libre de las complicaciones de la vida terrenal, acompañado por las tres mujeres...

Anexos



Paul Verlaine (1844-1896)

Una grande dame



Belle “à damner les saints”, à troubler sous l’aumusse

Un vieux juge! Elle marche impérialement.

Elle parle —et ses dents font un miroitement—

Italien, avec un léger accent russe.
Ses yeux froids où l’émail sertit le bleu de Prusse

Ont l’éclat insolent et dur du diamant.

Pour la splendeur du sein, pour le rayonnement

De la peau, nulle reine ou courtisane, fût-ce
Cléopâtre la lynce ou la chatte Ninon,

N’égale sa beauté patricienne, non!

Vois, ô bon Buridan: “C’est une grande dame!”

Il faut —pas de milieu! — l’adorer à genoux,

Plat, n’ayant d’astre aux cieux que ses lourds cheveux roux,

Ou bien lui cravacher la face, à cette femme!

Un dahlia



Courtisane au sein dur, à l’œil opaque et brun
S’ouvrant avec lenteur comme celui d’un bœuf,
Ton grand torse reluit ainsi qu’un marbre neuf.

Fleur grasse et riche, autour de toi ne flotte aucun
Arome, et la beauté sereine de ton corps
Déroule, mate, ses impeccables accords.

Tu ne sens même pas la chair, ce goût qu’au moins
Exhalent celles-là qui vont fanant les foins,
Et tu trônes, Idole insensible à l’encens.

— Ainsi le Dahlia, roi vêtu de splendeur,
Élève sans orgueil sa tête sans odeur,
Irritant au milieu des jasmins agaçants!

Charles Baudelaire (1821-1867)

XXVI. Sed non satiata



Bizarre déité, brune comme les nuits,
Au parfum mélangé de musc et de havane,
Œuvre de quelque obi, le Faust de la savane,
Sorcière au flanc d'ébène, enfant des noirs minuits,

Je préfère au constance, à l'opium, au nuits,
L'élixir de ta bouche où l'amour se pavane ;
Quand vers toi mes désirs partent en caravane,
Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis.

Par ces deux grands yeux noirs, soupiraux de ton âme,
Ô démon sans pitié! Verse-moi moins de flamme ;
Je ne suis pas le Styx pour t'embrasser neuf fois,

Hélas ! Et je ne puis, mégère libertine,
Pour briser ton courage et te mettre aux abois,
Dans l'enfer de ton lit devenir Proserpine!

Tu mettrais l'univers entier dans ta ruelle,
Femme impure ! L'ennui rend ton âme cruelle.
Pour exercer tes dents à ce jeu singulier,
Il te faut chaque jour un cœur au râtelier.
Tes yeux, illuminés ainsi que des boutiques
Et des ifs flamboyants dans les fêtes publiques,
Usent insolemment d'un pouvoir emprunté,
Sans connaître jamais la loi de leur beauté.

Machine aveugle et sourde, en cruautés féconde!
Salutaire instrument, buveur du sang du monde,
Comment n'as-tu pas honte et comment n'as-tu pas
Devant tous les miroirs vu pâlir tes appas?
La grandeur de ce mal où tu te crois savante
Ne t'a donc jamais fait reculer d'épouvante,
Quand la nature, grande en ses desseins cachés,
De toi se sert, ô femme, ô reine des péchés,
-De toi, vil animal, - pour pétrir un génie?
Ô fangeuse grandeur ! Sublime ignominie!


XXXI-Le vampire



Toi qui, comme un coup de couteau,
Dans mon cœur plaintif es entrée ;
Toi qui, forte comme un troupeau
De démons, vins, folle et parée,

De mon esprit humilié
Faire ton lit et ton domaine ;
-Infâme à qui je suis lié
Comme le forçat à la chaîne,

Comme au jeu le joueur têtu,
Comme à la bouteille l'ivrogne,
Comme aux vermines la charogne,
-Maudite, maudite sois-tu !

J'ai prié le glaive rapide
De conquérir ma liberté,
Et j'ai dit au poison perfide
De secourir ma lâcheté.

Hélas! Le poison et le glaive
M'ont pris en dédain et m'ont dit :
"Tu n'es pas digne qu'on t'enlève
À ton esclavage maudit,

Imbécile! -de son empire
Si nos efforts te délivraient,
Tes baisers ressusciteraient
Le cadavre de ton vampire! "
El vampiro

Tú que, como una cuchillada;
Entraste en mi dolorido corazón.
Tú que, como un repugnante tropel
De demonios, viniste loca y adornada,

Para hacer de mi espíritu humillado
Tu lecho y tu dominio.
¡Infame!, a quien estoy ligado
Como el forzado a su cadena,

Como al juego el jugador empedernido,
Como el borracho a la botella,
Como a la carroña los gusanos.
-¡Maldita, maldita seas tú!

Supliqué a la rápida espada
Que conquistara mi libertad
Y supliqué al pérfido veneno
Que sacudiera mi ruindad.

¡Ay! el veneno y la espada.
Me desdeñaron diciéndome:.
-No eres digno de que se te libere
De tu esclavitud maldita.

-¡Imbécil! -Si de su dominio
Te libraron nuestros esfuerzos,
Tus besos resucitarían
El cadáver de tu vampiro.

Versión de María Fasce
Arthur Rimbaud (1854-1891)

Les mans de Jeanne-Marie



Jeanne-Marie a des mains fortes,
Mains sombres que l'été tanna,
Mains pâles comme des mains mortes.
- Sont-ce des mains de Juana?

Ont-elles pris les crèmes brunes
Sur les mares des voluptés?
Ont-elles trempé dans des lunes
Aux étangs de sérénités?

Ont-elles bu des cieux barbares,
Calmes sur les genoux charmants?
Ont-elles roulé des cigares
Ou trafiqué des diamants?

Sur les pieds ardents des Madones
Ont-elles fané des fleurs d'or?
C'est le sang noir des belladones
Qui dans leur paume éclate et dort.

Mains chasseresses des diptères
Dont bombinent les bleuisons
Aurorales, vers les nectaires?
Mains décanteuses de poisons?

Oh ! quel Rêve les a saisies
Dans les pandiculations?
Un rêve inouï des Asies,
Des Khenghavars ou des Sions?

- Ces mains n'ont pas vendu d'oranges,
Ni bruni sur les pieds des dieux :
Ces mains n'ont pas lavé les langes
Des lourds petits enfants sans yeux.

Ce ne sont pas mains de cousine
Ni d'ouvrières aux gros fronts
Que brûle, aux bois puant l'usine,
Un soleil ivre de goudrons.

Ce sont des ployeuses d'échines,
Des mains qui ne font jamais mal,
Plus fatales que des machines,
Plus fortes que tout un cheval!

Remuant comme des fournaises,
Et secouant tous ses frissons,
Leur chair chante des Marseillaises
Et jamais les Eleisons!

Ça serrerait vos cous, ô femmes
Mauvaises, ça broierait vos mains,
Femmes nobles, vos mains infâmes
Pleines de blancs et de carmins.

L'éclat de ces mains amoureuses
Tourne le crâne des brebis!
Dans leurs phalanges savoureuses
Le grand soleil met un rubis!

Une tache de populace
Les brunit comme un sein d'hier;
Le dos de ces Mains est la place
Qu'en baisa tout Révolté fier!

Elles ont pâli, merveilleuses,
Au grand soleil d'amour chargé,
Sur le bronze des mitrailleuses
A travers Paris insurgé!

Ah ! quelquefois, ô Mains sacrées,
A vos poings, Mains où tremblent nos

Lèvres jamais désenivrées,
Crie une chaîne aux clairs anneaux!

Et c'est un soubresaut étrange
Dans nos êtres, quand, quelquefois,
On veut vous déhâler, Mains d'ange,
En vous faisant saigner les doigts!


Las manos de Jeanne-Marie



Jeanne-Marie tiene las manos fuertes,
manos oscuras que ha curtido el sol,
pálidas manos, como manos muertas.
––¿De Juana estas manos son?.

¿Han absorbido morenas pomadas
por el mar de la voluptuosidad?
¿han ido a templarse en la luz de luna
que llena el estanque de paz?

¿No habrán ido a beber bárbaros cielos,
serenas sobre rodillas galantes?
o ¿no habrán enrollado enormes puros
o traficado con diamantes?

¿No habrán marchitado pétalos de oro
a los pies ardientes de las Madonas?.
Pero, en su palma brota y duerme, negra,
la sangre de la belladona.

¿Manos cazadoras de negros dípteros
que se van, libando los azulones
de las mañanas hacia los nectarios,
y que mezclan negras pociones?

¿Qué Sueño loco las habrá llevado
en insólitas pendiculaciones?
Un extravagante sueño de Asias
de Kengavares y Siones.

Estas manos no han vendido naranjas
ni se han bronceado al pie de los dioses:
estas manos no han lavado pañales
de niños ciegos y tripones.

No son manos de prima, ni de obreras
de frentes abombadas y que abrasa,
un sol ebrio de oscuros alquitranes,
por bosques que apestan a fábrica.

Son manos que desloman espinazos,
pero que nunca han hecho el menor daño;
fatales, con fatalidad de máquinas,
pero fuertes como un caballo.

Se agitan como si fueran hogueras,
y al sacudirse sus fríos temblores
sus carnes van cantando Marsellesas:
¡nunca canta Kirieleisones!

Os pueden romper el cuello, mujeres
indignas, y triturar vuestras manos,
nobles mujeres, sucias de carmín
y de polvos ––manos de fango.

¡Vuelve tontos de amor a los borregos
el brillo de estas manos que enamoran!
Y el sol, en su esplendor, siembra un rubí
por su falange apetitosa.

Lunares y manchas de muchedumbre
las broncean, como pechos de antaño:
¡El dorso de estas Manos es la plaza
que todo Rebelde ha besado!

¡Se han vuelto pálidas, con encanto,
a pleno sol, cuando de amor rebosa,
por el París en rebeldía, junto
al bronce de ametralladoras,

¡Pero, a veces, oh sacrosantas manos
en tus puños, Manos en las que tiemblan
nuestros labios nunca desembriagados,
grita el fulgor de una cadena!

Y en nuestro ser un sobresalto extraño
irrumpe, cuando quieren, Manos de ángel,
arrancaros la carga que os arrastra,
hasta que brota vuestra sangre.

Theophile Gautier (1811-1872)

Carmen



Carmen est maigre,-un trait de bistre
Cerne son oeil de gitana.
Ses cheveux sont d'un noir sinistre,
Sa peau, le diable la tanna.

Les femmes disent qu'elle est laide,
Mais tous les hommes en sont fous:

Et l'archevèque de Tolède
Chante la messe à ses genoux;

Car sur sa nuque d'ambre fauve
Se tord un énorme chignon
Qui, dénoué, fait dans l'alcôve
Une mante à son corps mignon.

Et, parmi sa pâleur, éclate
Une bouche aux rires vainqueurs;
Piment rouge, fleur écarlate,
Qui prend sa pourpre au sang des coeurs.

Ainsi faite, la moricaude
Bat les plus altières beautés,
Et de ses yeux la lueur chaude
Rend la flamme aux satiétés.

Elle a, dans sa laideur piquante,
D'où jaillit, nue et provocante,
Un grain de sel de cette mer

L'âcre Vénus du gouffre AMER.

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