Antes, mucho antes de que Martín Códax cantara las “Ondas do mar de Vigo”, celtas, romanos y suevos habían descubierto ya la generosidad de nuestra Ría






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fecha de publicación07.04.2017
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  LA RÍA QUE NOS UNE

 

Antes, mucho antes de que Martín Códax cantara las “Ondas do mar de Vigo”, celtas, romanos y suevos habían descubierto ya la generosidad de nuestra Ría.

 

Su belleza quedó así escrita por el poeta - y con letras de oro -dentro de la Literatura Universal.

Su riqueza hasta el día de hoy, atestiguada por romanas industrias de salazón, arcanas artes marinas, bateas de antiguo origen, tradicionales industrias conserveras y modernas técnicas de acuicultura y pesca sostenible…

 

Belleza y riqueza que la Ría ha puesto siempre a disposición de los habitantes de sus orillas como fuente de salud, bienestar y prosperidad.

 

 Silenciosa, protectora, acogedora como un regazo de tierra fértil, ha sido puerto de refugio de nuestros barcos en las grises galernas del invierno y ha dado de comer a cientos de generaciones, suministradora excepcional y despensa de los más exquisitos y famosos mariscos de la tierra.

 

A través de ella llegaron ricas y exóticas mercancías venidas del Mediterráneo, llegaron también distintas embarcaciones, variadas técnicas de pesca, diferentes culturas y nuevas formas de progreso.

A través también de ella, se comunicaron al mundo entero nuevas rutas marinas, históricos descubrimientos y hazañas navales de míticas Armadas.

Y en los tiempos duros del hambre y la miseria intelectual, ella ha sido testigo también del desgarro de nuestra reciente emigración americana en busca de una vida mejor y más digna.

 

En los luminosos y fríos días de nortada y en los más cálidos y  lluviosos de viento del sur, su verde paisaje omnipresente ha acompañado a cientos de generaciones, siempre con las inmutables Cíes recortadas sobre el horizonte.

 

De ella lo  hemos tomado todo y a ella nada  hemos dado a cambio. Sólo los vertidos y desechos de nuestra vida, y escombros y cascotes para ampliar sus muelles.

En los pocos años que una generación recuerda, hemos visto desde las alturas del Castro como su lámina de agua se reducía inexorablemente, con el fin de ampliar muelles e instalaciones cada vez menos justificables.

 

Apenas la vemos ya, cada día más lejos de la ciudad y de sus habitantes, a pesar de los slogans con los que se nos intenta convencer de que nos abrimos al mar...

 

Pero la Ría sigue ahí.....

Y cada vez que regresamos a casa desde las tierras del interior nos sorprende, al bajar del tren, la vaharada viva a algas, a yodo, a vida, su aroma inconfundible que nos da la bienvenida.

Y cada vez que la vemos desde el aire, aproximándonos a ella, sobrevolando primero los montes suaves, luego las rústicas bateas, o el ya familiar puente, como un elegante pasador sobre su estampa, nos vuelve a emborrachar la sinfonía de sus colores, del azul cielo al plata, del verde oceánico al gris clarito.

 

Alegre, móvil, de luz cambiante, de transparentes mañanas, de dorados atardeceres, ahí está, tan hermosa como vulnerable…

 

Y objeto también de la codicia.

 

Poesía dirán ustedes, pero lejos de la realidad.

Quizás.

 

Pero cada vez que un nuevo relleno reduce una de las joyas naturales de Europa, en aras de supuestos intereses económicos  de la ciudad, algo dentro se nos  rebela.

 

Porque no alcanzamos a encontrar justificación posible para agredirla, porque nos parece que se pone siempre por delante un beneficio particular a costa de un bien que es de todos, porque no vamos a aceptar nunca la apropiación de un espacio colectivo privilegiado con fines lucrativos privados.

Porque se hacen además las cosas sin argumentaciones precisas  ni estudios que las justifiquen. Solo nos dicen grandes palabras.  Justificaciones vacuas que se pueden extender hasta el infinito.

Más allá de las propias Cíes.

 

Matamos la gallina de los huevos de oro, el bien que hemos heredado y que ya no cederemos dignamente a quienes nos sucedan. Y lo hacemos precisamente ahora, en los albores de este nuevo milenio en el que nuestra ciudad es mucho más conocida en el mundo por sus Cíes, por su Parque Atlántico, por su marisco y por su gastronomía, que por los bienes industriales que produce.

 

Adoramos las riquezas industriales declinantes y somos incapaces de ver las riquezas sostenibles, y más sutiles, del futuro.

 

Decía León Tolstoi que hay quien cruza el bosque y solo ve leña. 

Y hay quien ve la Ría y sólo ve negocio.

 

 

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