Taller de creación literaria dirigido por Juan Diego Mejía






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fecha de publicación04.04.2017
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Blanca Nieves estaba construida por las siguientes funciones:

Prólogo: Alejamiento-Interrogación-Información.

Nudo y desarrollo: Fechoría-Partida del héroe (víctima)-Recepción del objeto mágico.

Desenlace: Reparación-Boda-Castigo.

Como se puede observar, en el centro del cuento existe una fechoría y un socorro. De otra parte, siempre culmina con un desenlace rosa: boda (entre los buenos) y castigo al agresor.

También determina los 7 tipos de personajes que aparecen en los cuentos de hadas: villano (agresor), princesa, héroe… Es decir, visualiza, como si tomara una radiografía, la estructura de una narración que permanece hasta nuestros días transmutándose en las telenovelas, los reality shows y hasta las óperas.

Ciertamente, tanto los teóricos del guión, como Propp, le daban pistas únicamente sobre la gramática, sobre el andamiaje. Los contenidos eran seleccionados desde un programa de computador que mezclaba las temáticas de las últimas novelas ganadoras con los titulares de las páginas rojas y judiciales de los periódicos, lo que en últimas no era más que un fusión de drama, comedia y aventura.

Para elaborar los contenidos se inspiró también en un programa para periodistas denominado Narrative Science, que a decir de Hammond, es tan bueno que pronto comenzará a ganar premios Pulitzer. Es como un robot, guiado por un grupo de metaperiodistas, que genera a partir del análisis de centenares de artículos unas reglas de escritura que se plasman en formatos para cada temática (deportes, turismo…) y para cada subtipo de lector. De allí le surgió a Eduardo la idea de que su computador armara para los concursos no una sino varias novelas, dirigidas a diferentes poblaciones: jóvenes, críticos literarios, mujeres, escritores… Por eso Eduardo siempre envía entre 6 y 8 novelas, de forma que aumenta significativamente las posibilidades de ganar.

CAPITULO SIETE

No podía estar más feliz cuando recibió la noticia de que su primera novela mecánica había ganado el premio Alfaguara. Lo primero que se le ocurrió fue revelar al público su fechoría. Seguramente provocaría muy diversas reacciones: para unos grupos, estupor y perplejidad; para otros, rabia; y para la mayoría, incredulidad. Pero, pondría en evidencia la pendejada de la literatura ¿y qué?

Como no vio muy claro el impacto de su accionar, resolvió seguir escribiendo novelas a punta de algoritmos previamente determinados. Y obtuvo su segundo premio: en esta ocasión fue el Planeta. Ganó premios con los nombres de toda la realeza española: la Reina Sofía, el Príncipe de Asturias, la Infanta Margarita… hasta los nadaístas le dieron el premio Kid Pambelé.

A los cinco años sus novelas, obviamente firmadas con seudónimos, prácticamente copaban todos los premios del “mercado” de Iberoamérica. Pero estaba muy preocupado porque cada vez le era más difícil conservar el anonimato. No era conveniente que el mundo conociera su secreto.

Se acordó entonces de que los fundamentalistas islámicos le habían puesto precio a la cabeza de Salman Rushdie por infiel, después de haber publicado Los versos satánicos, un libro que fue considerado una blasfemia contra el Islam, el profeta y el Corán. La primera oferta del ayatolá Jomeini fue de tres millones de dólares. Más tarde, otro grupo la subió en un millón más y actualmente está en seis millones y medio. Y a pesar de que tenía cuatro guardaespaldas debía permanecer escondido. Cambiaba cada mes o mes y medio de lugar de residencia y por mucho tiempo no pudo recibir visitas ni llamadas de sus familiares y amigos.

Al recordar esto se le ocurrió cómo podría arreglárselas para lograr permanecer en el anonimato. La estrategia que más le llamó la atención fue la utilizada por Pablo Escobar, el capo del narcotráfico, que había pagado por matar policías. Daba un millón de pesos por cada policía asesinado, lo cual se podía demostrar de múltiples formas: mostrando la placa, el carnet, las esposas, la pistola… Era una buena idea, pero si pagaba por matar escritores, nuevamente se corría el riesgo de convertirlos en mártires.

Entonces se acordó de Van Gogh: daría ese dinero por una oreja. A través de avisos por internet difundió que pagaría cincuenta mil dólares por la oreja de cada novelista que obtuviera un premio en lengua castellana. Hacer circular el mensaje con la recompensa sin ser descubierto no era cosa del otro mundo para un diseñador de programas de computador.

Y comenzaron a quitar orejas. Eduardo se enteraba por la prensa y por los correos electrónicos donde los “corta orejas” le pedían información sobre dónde entregar los trofeos. Logró que alguien (nunca supo quién) le cortara una oreja a Vargas Llosa al salir de una conferencia donde disertó sobre lo divino y lo humano en una universidad de Lima. Que había sido Sendero Luminoso, decían algunos; que eso le pasaba por meterse en política, decían otros. Sin embargo, la idea que terminó por imponerse fue la de la recompensa. Algo similar sucedió con Carlos Fuentes.

El problema se produjo porque no era posible conocer la autenticidad de las orejas. Teóricamente podrían enviar la de cualquiera. Para asegurarse de que no le “metieran gato por liebre”, Eduardo adicionó a las pautas de recompensa la inclusión del dedo índice: allí vendría la huella digital. Más aún: si un escritor había ganado más de un premio se aceptaban las dos orejas, como en las corridas de toros.

Donde más efecto tuvo su ofrecimiento fue en Colombia (¿el país más violento de América Latina?). Le quitaron dos orejas y el dedo índice a Faciolince argumentando anónimamente que lo hicieron porque realmente era “facho lince”; y como William Ospina había ganado tres premios, el creativo caza recompensas, que llamaba William Oscuro a William Ospina, a las orejas y el índice le adicionó el dedo pulgar. Siempre circularon diferentes versiones sobre las causas de sus atentados, pero los hechos fueron suficientes para que los famosos dejaran de pavonearse de conferencia en conferencia. Con el tiempo ningún premiado se aventuraba a salir a la luz pública. Todos permanecían en un profundo anonimato. Por eso, en los foros y congresos se hablaba de las obras por boca de los críticos, no de los propios autores. Los autores se evaporaron, dejaron de existir. Lo único conocido eran sus seudónimos.

CAPÍTULO OCHO

A Eduardo le gustaba asistir a los lanzamientos de sus premios: iba como un espectador más. Con frecuencia soltaba una sonrisa socarrona cuando oía de boca de ilustrados comentaristas las bellezas que se inventaban sus máquinas. Un día, en un foro sobre una de sus últimas novelas premiadas, realizado precisamente en la maldita librería de su edificio, se encontró nuevamente con Marta.

-¿Con que ahora eres escritor?

-No -contestó Eduardo-, vine por curiosidad. Quería saber quiénes son los hijos de puta que no me dejan dormir… ¿Y todavía escribes poesía? -le preguntó.

-La leo de vez en cuando, pero nunca más volví a escribir. No fue por lo que decías: la poesía no me parece sensiblería. Simplemente no me ha vuelto a llegar la musa de la inspiración.

Entonces Marta le preguntó con voz almibarada:

-¿Te gustaría contarme cómo va tu vida?

-¿Me estás invitando a volver a salir? -respondió Eduardo.

-Pues a pesar de tu ataque de histeria cuando te regalé mi librito de poesía y de tener que pagar la cuenta porque te largaste, todavía tengo buenos recuerdos de nuestra amistad. Cómo será, que la nostalgia me ha hecho volver al restaurantico aquél. El Refugio Alpino, ¿verdad?

Eduardo no pudo resistirse al coqueteo. Total, Marta había dejado de escribir poesía. Y en poco tiempo terminaron en la cama.

Sin saber la razón, Eduardo nunca pudo tener una erección. Marta no tenía inconveniente en trivializar el problema: “estás muy tenso, otro día será”. Para las mujeres como Marta, enamoradas del amor, el sexo es completamente secundario. Ciertamente, Eduardo intuía en secreto la causa de su impotencia, pero nunca terminó de prestarle mayor atención. Seguramente el camino sería un psicoanalista y no estaba dispuesto a contarle sus secretos a nadie, máxime si además tendría que pagarle un jurgo de plata.

Eduardo le preguntó a Marta qué novelas había leído últimamente y sin mayor sorpresa constató que conocía todos sus premios. Pero Marta comentó que las novelas le estaban dejando un sabor amargo, sobre todo las que terminaban en el suicidio de los protagonistas. Incluso mencionó una donde un escritor se quita una oreja al verse traicionado por su amante homosexual.

-Ves, para eso sirven las novelas. Para deprimirse, para hacernos creer que la vida es una mierda -le dijo Eduardo.

-No tanto -le contestó Marta un poco insegura-, pero los últimos premios que he leído ciertamente me están quitando las ganas de leer.

Las palabras de Marta lo animaron. Su pretensión de desalentar la lectura de novelas a través de las novelas comenzaba a ser una realidad. Ciertamente todavía quedaban por ahí libros, pero las bibliotecas de las personas comunes y corrientes eran cada vez más y más precarias. Incluso las de muchos profesionales no llegaban a tener más de media docena de ejemplares, que básicamente eran libros de texto. El libro se había ido convirtiendo en una especie de fardo que no podía competir con la televisión ni el internet.

La comunicación entre los jóvenes ya no se da a partir de las extensas cartas de amor: todo son mensajes brevísimos circulando por Facebook y Twitter. Críticos como Lipovetsky afirmaban rotundamente que: “dejar de leer los clásicos no hace a nadie infeliz”. Vivimos en la civilización del espectáculo. Hay que ayudar a morir a la “alta cultura”. Hoy día predominan la imagen y el sonido. Los novelistas están out, son unos embaucadores que pronto serán rebasados por las nuevas tecnologías.

Eduardo ya había hecho suficiente. Continuaría ganándose todos los premios e introduciendo en ellos el desencanto por la literatura. De otra parte, era consciente de que no podía recoger todos los libros que quedaban, pero sabía que lentamente se irían convirtiendo en un elemento de decoración.

Su estrategia contra la literatura era paradójica: eso de destruir la literatura a través de la literatura parecía cosa de locos. Era similar a la de Marshall McLuhan, que en su libro El medio es el mensaje pregonaba la muerte de la cultura impresa a través, precisamente, de un impreso. Pero eran inconsistencias que no invalidaban los resultados.

CAPÍTULO NUEVE

Con la tranquilidad que le daba el deber cumplido, y lleno de dinero ganado con los premios, resolvió poner un último granito de arena en su heroica cruzada: disminuiría significativamente las posibilidades de la existencia de los libros. Para ello se le ocurrieron dos estrategias: arremeter contra los premios mismos y quemar cuanta editorial de libros de literatura se pudiera.

Sobre los premios habría que decir que todos premian a otros (los escritores) para premiarse a sí mismos. En tal costal caben desde las editoriales hasta los príncipes. Obviamente no se escapan las depredadoras de papel que las nutren y que no tienen escrúpulos en arrasar bosques enteros; ni los bancos que financian las depredadoras de papel. Todos los premios promocionados por tan desinteresados entes no son más que publicidad indirecta. Y qué decir de los gobiernos (y Estados) que con proyectos neoliberales lentamente van desfinanciando la educación pública (de colegios y universidades), pero no tienen ningún empacho en crear jugosos premios literarios para lavarse las manos.

Y entonces pensó en su divertimento favorito: el incendio. Ofreció también dinero a quien quemara las bodegas de las editoriales de libros de literatura y los recintos de entrega de los premios. Bastó con la quema de las bodegas de Plaza & Janés para que la inmensa mayoría comenzara a pasarse a libros digitales, lo que redujo exponencialmente el número de lectores. Una prueba irrefutable de la decadencia de lo impreso fue la última historieta de Supermán, donde Clark Kent renuncia al periódico Daily Planet cuando su editor anuncia que en adelante el periódico sólo se publicaría en Blogósfera, una versión de internet. Supermán “sale volando” porque su “fachada” se encuentra moribunda. No es gratuito que casi simultáneamente Tina Brown, una de las editoras del Newsweek, luego de 80 años de circulación, declarara que el giro impreso/digital había llegado… para quedarse.

Sólo supervivieron las editoriales de garaje donde se editaban unos pocos ejemplares con un manojo de poesías decrépitas. Respecto a la quema de los recintos, lo único que se supo fue lo de los tres autoincendios que fraguaron las mismas editoriales para aumentar su publicidad y de paso cobrar el seguro.

De otra parte, como una cuota simbólica a su última y titánica tarea, Eduardo compraría todos los libros de la estorbosa librería de su edificio y los quemaría. Haría una fiesta en su finca donde, en medio de un potrero, montaría una inmensa fogata que le recordaría las hogueras donde quemaban los herejes en la Santa Inquisición. De esta manera podría repetir el ritual de la quema del Quijote. Irían solamente dos invitados: Jaime y Marta.

Bajó, entonces, hasta el primer piso de su edificio y se paró en el centro de la librería que a “ojo de águila” podría tener unos 30.000 volúmenes. Un viejo y encorvado empleado lo atendió.

-Deseo comprar todos los libros -dijo Eduardo-. ¿Cuánto valen?

El librero no terminaba de entender lo que estaba pasando y le preguntó:

-¿Me está usted tomando del pelo?

-No, es en serio. Le doy 600 millones de pesos, pero deben incluirse los libros del sótano y la bodega.

-Déjeme consultar con el dueño -contestó atolondradamente el viejo librero.

Mientras el librero se comunicaba por teléfono, él miraba los libros que se encontraban a su alrededor: los primeros que vio fueron sus propios libros. Uno, dos, tres premios. -¡Mierda! -se dijo a sí mismo-. Quemaré mis propios libros.

Y entonces, desprevenidamente cogió el primer libro que se le atravesó. Increíble, era el Quijote de la Mancha, el mismo libro que nunca logró leer más allá de la primera página por culpa de su nefasto profesor de literatura. Y tenía en su carátula el inescrutable grabado de los molinos de viento. Era exacto al que le había comprado su padre. No podía ser una simple coincidencia; era una especie de aparición fantasmal.

No leyó la primera página porque a fuerza de analizar los complementos directos e indirectos se la había aprendido de memoria. Leyó lentamente la segunda y en el mismo instante que la concluyó sintió que todo su cuerpo se estremecía. Pero no fueron sólo algunas partes de su cuerpo, fue todo su cuerpo, lo que se evidenció, entre otras cosas, por la presión que sintió sobre su bragueta.

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