Capítulo Primero: Una frontera de cinco siglos






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JUAN BOSCH

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De Cristóbal Colón
a Fidel Castro (I)

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Indice

Unas palabras del autor
Capítulo Primero: Una frontera de cinco siglos
Capítulo II: El escenario de la frontera
Capítulo III: Indios y españoles en los primeros años de la frontera imperial
Capítulo IV: La conquista del Caribe entre 1508 y 1526
Capítulo V: La conquista entre 1526 y 1584
Capítulo VI: Sublevaciones de indios, africanos y españoles en el siglo XVI
Capítulo VII: Las guerras de España en el siglo XVI
Capítulo VIII: Contrabandistas, bucaneros y filibusteros
Capítulo IX: El siglo de la desmembración
Capítulo X: El tiempo del espanto
Capítulo XI: intermedio europeo
Capítulo XII: El Caribe hasta la paz de Utrecht
Capítulo XIII: Las guerras en el Caribe hasta la paz de París (1763)

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El Caribe, frontera imperial

Juan Bosch

Aparte de su actividad política, Juan Bosch ha sido conferenciante y profesor invitado en numerosas universidades europeas y americanas. Pero el ex presidente de la República Dominicana aparece también, y por derecho propio, en todas las antologías de la literatura americana como uno de sus más grandes narradores. Su libro Cuentos escritos en el exilio es un exponente extraordinario —duro, punzante, agresivo y de una armonía increíble— de la perfección de un estilo.

El historiador ha sido traducido a numerosas lenguas por sus biografías —la de David, el rey de Israel, es una obra clásica en lengua inglesa— o por sus ensayos, varias veces editados en diversos países. Entre sus obras historiográficas destacan, además del gran éxito literario de El Pentagonismo, sustituto del imperialismo (publicado en 1968), De Cristóbal Colón a Fidel Castro (El Caribe, frontera imperial) y dos ensayos titulados Ecumenismo y mundo joven e Iglesia, sectas y nuevos cultos. «De Cristóbal Colón a Fidel Castro Caribe, frontera imperial» .En esta obra, toda la experiencia del político, del narrador, del hombre libre, del viajero, del gran exiliado, coinciden para expresar y retratar, en una especie de historia vivida y contemplada, la dramática, impresionante y fascinante biografía de un mundo: América. La América De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El político, el sociólogo, el economista, el estadista y, por encima de todo, el hombre que ama a su tierra se vierte, se desparrama con infinito amor sobre los problemas, sobre la vida que le rodea y los comenta, los estudia y nos deja constancia de todo su afán.

Pero Juan Bosch, que ha sido protagonista de la historia, que ha visto de cerca las cosas, añade un subtítulo definitorio de su libro: El Caribe, frontera imperial. No creemos que exista nadie, ahora, que pueda explicar mejor que Juan Bosch esa enorme crisis, esa enorme lucha por la libertad.

La Editorial Sarpe se siente orgullosa de publicar este documento de tan excepcional testigo.

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El Caribe, desde Colón hasta nuestros días

Los Antecedentes

El objetivo esencial de la época de los grandes descubrimientos geográficos, el final de la Baja Edad Media y los comienzos de la Época Moderna, consistió en llegar a la India. Los pueblos de la Península Ibérica, España y Portugal, se colocaron resueltamente a la cabeza del movimiento, sintetizando las siguientes experiencias: la tradición mediterránea de la cartografía mallorquina y las exploraciones de portugueses, andaluces y castellanos por el Atlántico. Portugal se lanzó a la empresa de la India por la ruta del Este —periplo africano, coronado en 1486 por Bartolomeu Días, descubridor del cabo de Buena Esperanza; llegada de la flota de Vasco de Gama a la India en 1498-—. España —Colón— lo hizo por la ruta del Oeste, lo que en definitiva implicó el hallazgo del continente americano y del océano Pacífico, elementos que se interponen entre el Atlántico y la costa asiática.

¿Quiso realmente Colón llegar a la india, a Asia, por Occidente, basándose en los conocimientos de la época, que consideraban más corto el camino de la navegación siempre hacia el Oeste? En ello consistiría el error científico de Colón, espléndidamente compensado por el descubrimiento de América. Este acontecimiento, desarrollado bajo la tutela de los Reyes Católicos, tenía su precedente en la actividad marinera de la costa suroccidental de la Península Ibérica, desde Lisboa hasta Cádiz. Dicho territorio conoció, desde fines del siglo XIV, una infatigable actividad, ligada, sin duda, a su propia posición geográfica y a la posibilidad de que las expediciones que de ellas partieran encontraran el soplo favorable de los vientos alisios. Hitos de esa expansión marítima, en la que Portugal desempeñó un papel rector —destacando el rey Enrique el Navegante y la escuela de Sagres— fueron el descubrimiento de las islas atlánticas (Canarias, Madeira, Azores) y los progresos por la costa occidental de África. El tratado de Alcaçoba de 1479 sancionó la supremacía de Portugal, reservándole prácticamente África, si bien se reconocía a Castilla el dominio de Canarias y una puerta en el litoral sahariano, limitada al norte por el reino de Fez y al sur por el cabo Bojador.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la exportación de lanas a los Países Bajos y la búsqueda de mercados en las costas africanas o las Canarias proporcionaron al Reino de Castilla una madurez marinera capaz de responder a la empresa que se avecinaba. La carabela, por ejemplo, navío típicamente oceánico, ligero y sólido a un tiempo, especialmente apto para travesías largas y difíciles, era un elemento imprescindible para la aventura descubridora. Por todo ello, si desde el siglo XI el país mejor situado de Europa para la comunicación marítima con América es la Gran Bretaña, en los siglos XV y siguientes, en que la navegación estaba supeditada drásticamente al régimen de vientos (la «ruta de los alisios»), ese país, con gran diferencia respecto a los demás, era el Reino de Castilla.

El año 1492 es una de las fechas clave de la historia de España. En él se culmina la Reconquista, se logra, al menos teóricamente, la unidad religiosa con la expulsión de los judíos y la evangelización de los moriscos; escribe Nebrija la primera gramática española —«que siempre fue la lengua compañera del Imperio», dirá el propio Nebrija— y se descubre un Nuevo Mundo. Dentro del reinado de los Reyes Católicos, el año 1492 es el hito que separa la fase de política interior de la de política exterior.

El descubrimiento de América y la ulterior penetración en aquel continente constituyen una de las aportaciones más sustanciales —si no la más— de España a la historia del mundo. Este año es el que señala el inicio de la fabulosa aventura. Pero todo aquel conjunto de hechos, desde los viajes iniciales al control de un espacio de millones de metros cuadrados, distante miles de millas de toda tierra civilizada, no hubiera sido posible sin la conjunción de una serie de factores, ya esbozados. Sin embargo, también hay que tener en cuenta lo que significa la organización del Estado "moderno, dotado ya de medios y poderes, por primera vez en la historia de España, para una empresa de tal envergadura. América fue descubierta, por azar providencial, en el justo momento en que su conquista, colonización y evangelización comenzaban a ser técnicamente posibles.

La propuesta hecha por Colón a los Reyes Católicos (afirmaba que navegando por el oeste se podía hallar un camino más corto para llegar a las tierras de las especias) logró finalmente una acogida favorable. Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas en abril de 1492, estipulaban las condiciones en que iba a basarse el marino genovés para realizar la empresa de las Indias. El 3 de agosto del mismo año partían tres carabelas con un grupo de intrépidos marinos, en su mayoría andaluces. El 12 de octubre, después de un viaje muy rápido, debido a la utilización de los vientos favorables (alisios), la expedición tocó tierra. Pero, en vez de llegar a las Indias, como esperaba Colón, se había puesto pie en un nuevo mundo, hasta entonces desconocido.

Las grandes expectativas abiertas con motivo de la empresa colombina quedaron defraudadas de momento, pues no se encontró el oro ni las otras riquezas que se suponía había en Indias. De todas formas, la gesta tuvo consecuencias trascendentales para el futuro. El marino genovés murió creyendo que había llegado a las Indias, sin sospechar, por tanto, que se trataba de un mundo nuevo. Los Reyes Católicos se preocuparon en seguida por obtener las garantías legales sobre las tierras descubiertas en las «Indias». Ello planteó, de nuevo, el problema de las relaciones hispano-portuguesas. La bula Inter Caetera, del papa Alejandro VI, otorgó a los españoles la posesión de las tierras situadas a cien leguas al oeste de las Azores o de Cabo Verde (1493). El subsiguiente Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494) ratificó la división del mundo en dos hemisferios: el oriental, portugués, y el occidental, español. La línea de demarcación entre ambos quedó fijada en el meridiano que se hallaba 370 leguas al oeste de las islas Cabo Verde. El espacio al oeste de dicha línea se reservaba para Castilla, la cual consiguió así títulos que legitimaron su dominio sobre las tierras recién descubiertas. Asimismo, en 1503 se creó la Casa de Contratación, con sede en Sevilla, cuya finalidad era centralizar todo el comercio que se realizase con el Nuevo Mundo.

Aparte del viaje del Descubrimiento, Colón realizó otros tres, en el transcurso de los cuales amplió sus descubrimientos en el ámbito antillano —Pequeñas Antillas, Jamaica, Puerto Rico, costa oriental de Centroamérica— y persistió en su idea primera de que había llegado realmente a las Indias. Sin embargo, la evidencia de que se trataba de tierras bien distintas de las de Asia oriental se impuso a sus contemporáneos. De un lado, el viaje de Vasco de Gama a la India en 1498, y de otro, los llamados «viajes menores» de los españoles por el Caribe y las costas septentrionales de América del Sur — Ojeda, Bastidas, Nicuesa, Vespuccio— acabaron por desvanecer toda duda. El reconocimiento claro del error de Colón se difundió ya a partir de 1507, en que el cosmógrafo alemán Martin Waldseemüller se refirió, en su Cosmographiae In-troductio, a una quarta pars del mundo, a la que dio el hombre de América en homenaje al florentino Amerigo Vespuccio. En 1513, Vasco Núñez de Balboa atravesaba el istmo de Panamá y descubría el mar del Sur (más tarde llamado océano Pacífico). Inmediatamente comenzó la búsqueda de un paso que comunicara el Atlántico con el Pacífico por el sur de América. Magallanes lo conseguiría en 1520, al descubrir el estrecho de su nombre, cuando reinaba ya en España Carlos I.

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Los Hechos

La Corona inicio rápidamente la colonización del Nuevo Mundo, la expedición de Nicolás de Ovando (1502) marcó el comienzo de la población de las Antillas, el origen del imperio español en América y la incorporación del pueblo hispano a la tarea colonizadora. Los reyes delegaron los asuntos de América en el Consejo de Indias, y los colonos españoles en las Antillas recibieron repartimientos de indios (institución parecida a la encomienda medieval castellana), explotaron yacimientos auríferos y ensayaron el cultivo de la caña de azúcar. Los primeros resultados fueron descorazonadores: la dificultad que entraña todo proceso de culturización y los excesos de los encomenderos motivaron una alarmante despoblación indígena. Como única esperanza surgió el descubrimiento de nuevas tierras, pronto convertido en realidad con la empresa mexicana de Hernán Cortés. La prosperidad no volvería a las Antillas hasta mucho más tarde, con la difusión de las plantaciones azucareras. Los excesos de los colonos suscitaron una espléndida reacción humanitaria, a cargo de los dominicos, que el hispanista norteamericano Lewis Hanke ha calificado de «lucha española por la justicia en la conquista de América». El domingo antes de Navidad de 1511, el dominico fray Antonio de Montesinos predicó un sermón revolucionario en la isla Española. Comentando el texto bíblico «Soy una voz que clama en el desierto», Montesinos dio el primer grito en nombre de la libertad humana en el Nuevo Mundo, cuyo campeón, a partir de 1515, fue otro dominico —antiguo encomendero, que había renunciado a los indios por escrúpulos morales—, fray Bartolomé de las Casas. El rey reunió una Junta de teólogos y promulgó las llamadas «Leyes de Burgos» (1512), que constituyeron el primer intento legal de proteger a los indios.

Muerto Fernando el Católico, el regente de Castilla, cardenal Cisneros, envió a las Antillas, en calidad de comisarios, a tres frailes Jerónimos, cuyo breve mandato se caracterizó por la moderación. Con el nuevo monarca, Carlos I, pueden considerarse terminados los ensayos para dar paso a una entidad política y cultural nueva: las «Indias Españolas», el primer sistema colonial organizado de la época moderna.

Entre el descubrimiento colombino y la sumisión de los incas por Pizarro, que marcó el fin de las grandes conquistas, transcurrió menos de medio siglo (1492-1536). «La más extraordinaria epopeya de la historia humana», la conquista de América, fue realizada en menos de veinte años (1519, Cortés en México; 1536, Pizarro en Perú). Además, fue obra de un número increíblemente corto de españoles: la expedición de Cortés constaba de 416 hombres, y sólo 170 siguieron a Pizarro en su avance hasta Cajamarca. La enorme capacidad personal de aquellos conquistadores y sus acompañantes, su superioridad moral y técnica, hicieron posible tal milagro. Económicamente, los gastos de la expedición recaían sobre los propios organizadores, o sea, en su casi totalidad, sobre elementos particulares. No es exagerado afirmar que la conquista de América le salió gratis al Estado español.
Por el contrario, los beneficios que aquellas tierras rindieron al Erario merecen el calificativo de fabulosos. Efectivamente, el tesoro real tenía derecho, según vieja tradición, a un 20 por 100 de los metales preciosos que produjeran las minas del reino. Y, desde 1540 aproximadamente, con el hallazgo de los casi míticos filones de Zacatecas y Potosí, el Nuevo Mundo comenzó a manar oro y plata, hasta el punto de transformar la estructura económica del mundo civilizado. Doscientos mil kilos de oro y diecisiete millones de kilos de plata cree el profesor Hamilton que atravesaron el Atlántico en un siglo; cifras que otro estudioso del tema, Ramón Carande, estima conveniente duplicar, si queremos estar más cerca de la verdad. Aquella riada enorme, al no encontrar en la Península una banca o industria capaces de absorberla, se desparramó Europa adelante, hasta llegar a los últimos confines del mundo. Los plateados reales españoles eran moneda corriente en Londres, en Amberes, en Lyon y en Génova, y se comerciaba con ellos en los mercados de ciudades tan lejanas como El Cairo o Bagdad.

La quinta parte del torrente, al menos en teoría, debió revertir sobre el Estado. Sin aquellos fabulosos aportes no hubiera sido posible el sostenimiento del imperio durante siglo y medio, ni se hubiesen podido mantener los exorbitantes gastos militares, administrativos o diplomáticos. En el dispositivo general de la monarquía católica, el Nuevo Mundo desempeñaría un papel imprescindible, sirte quo non. En este sentido, lo que resultó América, excepto en el breve período de la conquista, fue, más que una avanzada, un respaldo, como la retaguardia de España.

Con respecto a las consecuencias culturales de la conquista y colonización de América, no debemos olvidar que el siglo XVI significó la mayor mutación jamás habida del espacio humano; por lo que se refiere a España, produjo la elaboración de una nueva frontera —concebida como un complejo de relaciones humanas y de unas coordenadas culturales de entendimiento— que se caracterizó por la triple unidad humana de comunicación, economía y relación cultural y que, aunque resultado de una larga maduración, se convirtió en la más expresiva manifestación de vitalidad humana y creadora de sus protagonistas. En treinta años —los que transcurren entre el primer viaje colombino y la primera circunnavegación— se construyó la geografía de un Atlántico transversal, basada en el conocimiento de todas sus estructuras: rutas, vientos, islas, costas. La longitud y anchura del gigantesco continente fue prácticamente delineada en otros treinta años, estableciéndose de tal modo la base para una estructura de relaciones humanas, de profunda síntesis antropológica, estética, religiosa y cultural. Se trata de una inmensa experiencia, en la cual se configuraron los sistemas de ideas, se escribieron las opiniones, iniciándose una polémica de implicaciones teológicas, éticas y políticas, se fundaron ciudades, se organizaron cabildos, se crearon gobernaciones, comenzaron la producción económica y el estudio hasta los más altos niveles universitarios.

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