T. El arranque de la modernidad poética: del Baudelaire al Simbolismo






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T. 9. El arranque de la modernidad poética: del Baudelaire al Simbolismo

1. Contexto

1.1. Histórico. Crisis de fin de siglo
En el último tercio del siglo XIX, la vida económica alcanzó el estadio del gran capitalismo, mientras el mundo occidental vivía inmerso en un sistema en que imperaban los valores pragmáticos y utilitarios de la sociedad burguesa. Las causas que provocan esta situación son fundamentalmente políticas, entre las que destacan la fuerza del colonialismo, que produce diversas rencillas entre los estados europeos, que intentaron soslayarse, sin resultado, en el Congreso de Berlín (1885), momento en que se realiza el reparto de África; otro gran conflicto es la Guerra franco-prusiana (1870), producida para hallar un nuevo rey a la Corona española, que al final produce la presencia de Amadeo de Saboya a España; y sobre todo, las luchas sociales entre el creciente protagonismo del proletariado y una burguesía conservadora que intenta mantener su estatus, todo ello ejemplificado en la Comuna de París de 1870. A este respecto, hay que tener en cuenta que el Manifiesto Comunista se publica en 1848, pero las nuevas tendencias políticas, de corte socialista aún no están presentes en las constituciones. A su vez, la emergencia del Socialismo a partir de los acontecimientos de la década de los setenta, el importante apoyo que obtuvo apoyo en la clase obrera europea, derivará en poco tiempo, en la formación de los grandes Partidos Socialistas y las Centrales Sindicales. De esa manera, cobrará relevancia otra tradición que intentará marcar la forma de resolución de la crisis, desde el discurso socialista.

Otros datos de importancia son los económicos, pues en este período empieza a perfilarse una nueva relación entre la industria y la agricultura, causada por la superproducción de trigo, procedente de EEUU y Rusia, que produce una cantidad de excedentes que sólo pueden ser enviados a las colonias, en aquellos países que las tienen, por lo que se intenta, por todos los medios, que las naciones competidoras eviten las colonias de los demás. Así, EEUU ayuda a Cuba a independizarse de España, para lograr nuevos mercados. Por lo tanto, el mundo ordenado por el liberalismo, parece encontrar su etapa final, con el consecuente inicio de las intervenciones del estado. A su vez, este fin del mundo liberal, traerá nuevos reordenamientos de lo teórico, de donde surgirán nuevos pensamientos emergentes. Las intervenciones del Estado, en sus primeras etapas se darán, no desde la perspectiva aún no desarrollada de lo que más tarde va a ser el Estado de Bienestar, sino en relación a la búsqueda de protección de los intereses de las burguesías locales, en el marco de los Estado Nación.

Otro elemento relevante que también va a mostrar cambios, se relaciona con la idea de democracia, aún ausente en todos los gobiernos europeos, pues se están sentando las bases del sufragio universal.

En definitiva, el fin del Siglo XIX, puede ser asociado también con la finalización de una etapa de certeza y el inicio de un período de incertidumbre, que comienza a desaparecer con el fin la Primera Guerra Mundial. En otras palabras se lo podría relacionar con una primera gran crisis de la modernidad, que va a suponer la finalización de una situación que parecía definitiva, como la desaparición de los grandes imperios a lo largo del siglo XX: el astro-húngaro, el turco y el ruso.

1.2. Sociocultural
Paralelamente a la situación histórica, comenzaron a sentirse síntomas de hastío y desintegración que conducirían a una crisis universal de las letras y el espíritu, que se desarrolló, aproximadamente, entre 1885 y 1914.

Se pone así de manifiesto una actitud de rechazo de la realidad material; una actitud que se adentra en el alma del individuo para, desde ella, buscar el motor del posible desarrollo de la sociedad. Hay en esta postura una actitud aparentemente evasiva, si bien no se renuncia a criticar a una sociedad en la que no les es posible vivir al intelectual y al artista, insatisfechos con lo que la realidad les ofrece. Esa insatisfacción por la realidad responde a un profundo sentimiento de crisis que recorría Europa durante el último tercio del siglo XIX, de la que se había hecho eco tanto los románticos desde su melancolía como los realistas desde su denuncia aparentemente objetiva. Los ideales de rebeldía y de evasión proceden, por tanto, del siglo XIX, ya los románticos habían ensalzado la libertad, adoptando actitudes anticonvencionales y enfrentándose a los prejuicios de la sociedad; al igual que los realistas y naturalistas habían criticado a las clases dominantes, reflejando para ello el estado de una sociedad corrupta y llena de desigualdades.

La diferencia iba a consistir básicamente en que ahora la oposición al sistema iba a ser radical, y más aún el rechazo de la clase social que lo sustentaba: la burguesía. Este antiburguesismo parecía obligar al artista a un modo de vida peculiar: la "bohemia", un modo diferente y diferenciado de concebir la existencia y el arte. Hastiado, pues, de la razón e impotente ante la situación política y social, el artista se «refugia» en mundos artísticos que pueden ser concebidos de dos formas: el esteticismo y el Simbolismo. El esteticismo considera al arte como una realidad autosuficiente («el arte supera a la vida») que no tiene más finalidad ni utilidad que él mismo (l'art pour l'art, «arte por el arte»); entrado en el culto a la belleza externa, el artista se encarga de «cincelarla» a través de una palabra poética sensual y ornamentalista. Para el Simbolismo la belleza material es símbolo de una idealidad oculta a los ojos del ser humano; por tanto, la palabra —en el caso de la literatura— es un medio de desvelar y conocer el misterio del mundo.

Estas tendencias son seguidas de una u otra forma por todos los escritores del fin de siglo, si bien bajo formas diversas dependiendo de países y autores. En España, los jóvenes artistas que luego pasarían a formar parte de la Generación del 98 comenzaron viviendo como bohemios el esteticismo modernista, aunque en su madurez la mayoría renegaron de esos ideales e intentaron solucionar su sentimiento de crisis integrándose en la sociedad como guías espirituales de un cambio necesario que iría de lo individual a lo social.

En cuanto al pensamiento, este período supone el punto de partida hacia el pensamiento contemporáneo. El irracionalismo vitalista es el movimiento estético e ideológico más representativo de este periodo. Y junto a éste cabe mencionar también el existencialismo, el marxismo, el psicoanálisis y el relativismo. Todos ellos tiene en común su preocupación por los problemas más inmediatos del hombre: la vida, el tiempo y la muerte. Por su parte, el existencialismo se deja ganar por un radical escepticismo nacido de la constatación de la cambiante diversidad de la realidad. Y puesto que no se puede encontrar una verdad única y objetivable, el hombre, obligado a llevar una existencia dolorosa y marcada por el paso del tiempo, debe utilizar su inteligencia en intentar destruir y aniquilar su propia voluntad para conseguir la paz frente a la angustia provocada por su propia existencia. Su vida es, en la gran mayoría de las ocasiones, un absurdo contra el que no puede rebelarse, un absurdo al que resignarse -pues no tiene otro remedio-, un absurdo «estar-en-el-mundo» y «ser-para-la-nada», en términos estrictamente existencialistas. Sören Kierkegaard (1813-1855) relaciona la idea de la angustia con la del pecado original, afirmando que el hombre vive en constante angustia por haber pecado y haber sido arrojado del paraíso. Arthur Schopenhauer (1788-1860), otro precedente del existencialismo, señala la imposibilidad de deshacerse de la angustia porque eso sería tanto como superar la voluntad de vivir.

Una posible vía hacia la esperanza la aporta Karl Marx (1818-1883), el cual explica el mundo en términos históricos y sociales y, a partir de ellos, intenta su transformación. Supera así la concepción de la filosofía como mera interpretación de la realidad y propone una «praxis»: la Revolución, a través de la cual superar la desigualdad de clases transformando el ámbito material de la sociedad.

También hay que recordar la importancia de Sigmund Freud (1856-1939) y del psicoanálisis en el estudio del individuo y sus conflictos interiores a través de la interpretación de los sueños; y la incidencia del relativismo filosófico en la percepción de la realidad durante el último siglo. En concreto, Henri Bergson (1859-1941) propugnará la intuición como vía de conocimiento, frente a la razón, que es algo aparente y relativo.
1.3. Literario.
A partir del rechazo del realismo, realizado por el mismo Zola en La obra surge una nueva forma de hacer literatura, que evite la descripción objetiva que ha supuesto tanta hipocresía. Así, en el manifiesto simbolista de Jean Mòreas, aparece este movimiento definido como: enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad, la descripción objetiva, y señalaba que su objetivo no está en sí mismo, sino en expresar el Ideal: “En este arte, las escenas de la naturaleza, las acciones de los seres humanos y todo el resto de fenómenos existentes no serán nombrados para expresarse a sí mismos; serán más bien plataformas sensibles destinadas a mostrar sus afinidades esotéricas con los Ideales primordiales.”

La melancolía que como mal del siglo surgió en el siglo XIX se mantiene en el espíritu finisecular. Consiste en un rechazo activo de la realidad, originado por la mencionada actitud contraria al industrialismo y a la antiburguesía. La impotencia de la ciencia para solucionar los interrogantes existenciales produce una poesía como búsqueda metafísica. Y la insuficiencia del conocimiento objetivo provocan la aparición de nuevos medios de conocimiento: la intuición y el sueño, ligados a lo subconsciente y al ocultismo. Por otra parte, el ideal de progreso material tendrá como consecuencia de reacción el Decadentismo, definido como el gusto por lo raro y enfermizo. Por último, la irrupción en el mundo del futuro supondrá una reacción ligada al primitivismo, a la búsqueda de lo primigenio, originario, donde se halle la esencia de qué es ser humano. De este modo, frente al mundo occidental industrializado reaparecerá el exotismo, del mismo modo que la transformación de la naturaleza de este mismo mundo industrializado hace surgir la creación de una naturaleza nueva, bien porque está dotada de alma (el alma universal de las cosas), bien porque se funde con el alma del poeta ("paisaje del alma"): en los dos casos se trata de un panteísmo alejado del catolicismo más tradicional.

El materialismo y la mediocridad que percibe el espíritu contemporáneo les hará caer en un acendrado individualismo en dos posibles vertientes: la marginalidad o el dandismo. Del mismo modo, la hipocresía moral detectada en una burguesía que presume de conservadora será la causante de que se presente un sensualismo natural ligado a un naciente erotismo. Con estos ingredientes se entiende que a los poetas que comienzan su andadura intelectual en esta época se les apode poetas malditos, término creado por Verlaine en su título Los poetas malditos, en el cual realiza ensayos de crítica literaria sobre seis poetas. El tipo de vida de este mismo, Verlaine, fue también un ejemplo de marginalidad y dandismo; estableciendo una relación amorosa con Rimbaud, mantuvieron ambos una ola de excesos: vagabundeaban día y noche por las calles de París para luego presentarse en las reuniones literarias con la ropa sucia o en estado etílico, hechos que rápidamente le dieron mala fama y el sobrenombre de enfant terrible.

Verlaine expuso que dentro de su individual y única forma, el genio de cada uno de ellos había sido también su maldición, alejándolos del resto de personas y llevándolos de esta forma a abrazar el hermetismo y la idiosincrasia como formas de escritura. También fueron retratados como desiguales respecto a la sociedad, al llevar vidas trágicas y entregarse con frecuencia a tendencias autodestructivas; todo esto como consecuencia de sus dones literarios. Después de esto, Paul Verlaine pasó a convertirse en el líder del Decadentismo (movimiento literario hermano al Simbolismo) y Stéphane Mallarmé (1842–1898) pasó a ser la figura más representativa del Simbolismo, en especial después de publicar su libro Una tirada de dados jamás abolirá el azar, creando un lenguaje hermético cercano al antiguo culteranismo español y a la sintaxis del inglés y reuniendo semana a semana a decenas de seguidores del movimiento en su casa.

Las calles de París, con la Comuna de fondo, se convirtieron en el marco irremplazable para que la poesía y con ella toda la literatura decimonónica evolucionasen hacia la literatura contemporánea, alejada, al fin, de los cánones decimonónicos, aunque, eso sí, bebiendo de sus fuentes. Las bases que aquí se asientan cruzan el Atlántico y enraízan rápidamente en la América hispana, que, recién inaugurada su independencia, no admite modelos españoles, por lo que su mirada se centra en lo que se está realizando en Francia y en el resto de Europa. Estos esteticismos franceses serán la base de un nuevo producto literario, básico para entender la literatura y todo el arte moderno: el Modernismo.
2. La poesía de fin de siglo.

2.1. Los esteticismos de la poesía francesa: Simbolismo, Parnasianismo, y Decadentismo
El Parnasianismo toma su nombre del Monte Parnaso, lugar donde, según la mitología clásica, habitaban las musas de las artes, por lo que la adscripción al mundo clásico es irrefutable. Entre 1860 y 1866 se constituyó en Francia el grupo de los poetas parnasianos que reaccionan contra el romanticismo sentimental, y se declaran admiradores de Teófilo Gautier, convertido en el principal propulsor del arte por el arte. El movimiento se manifestó a través de dos revistas, Fantasista y Progreso, que se fusionaron en El arte, revista dirigida por Leconte de Lisle, mentor del movimiento que pretendía la impersonalidad de la poesía frente a las confidencias románticas. Lisle asigna al arte las más alta misión: realizar la Belleza, de modo que éste se convierte en un lujo intelectual, reservado a una élite, y completamente independiente de la verdad, la utilidad o la moral. Además, los parnasianos defienden la perfección formal, creando una poesía serena, equilibrada, de líneas puras, a veces repudiada por su impasibilidad ante los problemas del hombre y un exceso de frialdad. De este modo, se convierte en una poesía capaz de eternizar las grandes emociones y los profundos pensamientos filosóficos del ser humano.

El Simbolismo, por su parte, surgió como reacción contra el formalismo parnasiano, aunque enseguida fue considerado, no como una corriente más, sino como una expresión del espíritu que surgió en la Europa industrializada y continental a comienzos de la segunda mitad de siglo, en estrecha sintonía con la pintura. Fue en fecha clave de 1886 cuando el crítico Jean Moréas enunciaba en el suplemento cultural de Figaro los principios del movimiento con el Manifeste du Symbolisme, dando nombre a un fenómeno que ya había aparecido unas décadas antes. No obstante, los años que van de 1880 a 1910 fueron determinantes para su éxito y su internacionalización. Los simbolistas fueron separándose del Parnasianismo porque no compartían la devoción de este por el verso perfecto. El Simbolismo se inclinaba más bien hacia el hermetismo, desarrollando un modelo de versificación más libre y desdeñando la claridad y objetividad del Parnasianismo. No obstante, varias características parnasianas fueron acogidas, como su gusto por los juegos de palabras, la musicalidad en los versos y, más que nada, el lema de Théophile Gautier del arte por el arte. Los movimientos quedaron completamente separados cuando Arthur Rimbaud y otros poetas se mofaron del estilo perfeccionista parnasiano, publicando varias parodias sobre el modo de escribir de sus más prominentes figuras.

Con la imaginación, el símbolo y la alegoría los simbolistas aportaron una estética decadente, con imágenes sublimes, oníricas y perturbadoras, basada en una iconografía mítica y una mitología del misterio del misterio y del ocultismo, así pues completamente ajena a inmediato y a lo visible, a la realidad, en definitiva. La premisa se resumía en que la poesía y el arte debían ocuparse de las ideas y no de la vida cotidiana, ideas que debían brotar de la imaginación humana. El Simbolismo hunde sus raíces en el romanticismo literario, no hay que olvidar que ya el escritor Honoré de Balzac, en la fábula La obra maestra desconocida (1831) sentenció que la “misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla”.

La temática simbolista es muy heterogénea, pero casi siempre conlleva una interpretación; por ejemplo la imagen de la mujer, que la literatura romántica ya había transformado, adquiere un papel simbólico y decadente, tratada como algo perverso o inocente, una figura exótica y sensual, un ser fascinante pero muy peligroso.

En cuanto a la forma de expresión, los simbolistas crean su propio alfabeto, sus propios símbolos, tales como las heladas regiones, los glaciares, lirios, cisnes o diamantes, que representan el deseo de huir de un lugar muy desagradable para el espíritu poético. En ocasiones expresan la intrincada mente del poeta con imágenes de laberintos o bosques. También son destacables los símbolos auditivos, que comunican por medio de veladas insinuaciones, como clarines, arpas, campanas o tañidos fúnebres.

En definitiva, el Simbolismo fue una de las expresiones más decadentes que surgieron para buscar una alternativa diferente del Realismo de las últimas décadas del siglo XIX. A través del mito y la leyenda intentaron expresar un estado mental y algo irreal, más allá de la realidad visible, resultando indefinido, ininteligible y ambiguo. Los precursores del Simbolismo fueron Stéphane Mallarmé, el teórico del movimiento, Paul Verlaine, que lleva la teoría a la práctica y Arthur Rimbaud, aunque éste en menor medida, pues se le considera precursor del Surrealismo. Pero es con Baudelaire con quien arranca, realmente, la poesía moderna.

El Decadentismo, por último, es el esteticismo definido como una cosmovisión desdichada de la vida, que sólo halla placer en los sentidos que, en cierto modo, anestesian a un grupo de poetas sumamente desgraciados. En el aspecto estilístico, supuso la antítesis del movimiento poético de los parnasianos y de su doctrina (inspirada en el ideal clásico del arte por el arte), a pesar de que Verlaine, uno de sus máximos exponentes del Decadentismo, había sido en sus orígenes parnasiano. La fórmula pictórica y escultórica de los parnasianos (ut pictura poesis, según la norma de Horacio), se sustituye en el Decadentismo por el ideal de la poesía, que tiende a la cualidad de la música. Su evasión de la realidad cotidiana, por otra parte, arremete contra la moral y las costumbres burguesas, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente. Se considera decadente a todo escritor ligado Baudelaire, padre espiritual del movimiento, mediante el contenido o la forma, en la correspondencia entre perfumes, sonidos y colores y la tenebrosa y profunda unidad de la naturaleza. Otro autor destacado en el movimiento es Rimbaud, para quien el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos. Se trata de registrar lo inefable y para ello es preciso una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, al mismo tiempo, esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida. Para algunos, la alucinación de los sentidos a la que hacía alusión Rimbaud no excluía el recurso de lo que Baudelaire había definido como paraísos artificiales, es decir, las alucinaciones producidas por los estupefacientes. Aunque el poeta que mejor expresa el poema decadente es Verlaine (yo soy el imperio al fin de la decadencia), el cual estuvo durante algún tiempo a la cabeza del movimiento, especialmente después de la publicación de Los poetas malditos (1884).
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