Federacion de los circulos de español de alabama






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FEDERACION DE LOS CIRCULOS DE ESPAÑOL DE ALABAMA

POESIA LITERARIA

NIVEL III




1. Idilio- José Emilio Pacheco

Con aire de fatiga entraba el mar
En el desfiladero
El viento helado
Dispersaba la nieve de la montaña
Y tú
Parecías un poco de primavera
Anticipo
De la vida bullente bajo los hielos
Calor
Para la tierra muerta
Cauterio
De su corteza ensangrentada
Me enseñaste los nombres de las aves
La edad
De los pinos inconsolables
La hora
En que suben y bajan las mareas

En la diafanidad de la mañana
Se borraban las penas
La nostalgia
Del extranjero
El rumor
De guerras y desastres
El mundo
Volvía a ser un jardín
Que repoblaban
Los primeros fantasmas
Una página en blanco
Una vasija
En donde sólo cupo aquel instante

El mar latía
En tus ojos
Se anulaban los siglos
La miseria
Que llamamos historia
El horror
Que agazapa su insidia en el futuro
Y el viento
Era otra vez la libertad
Que en vano
Intentamos fijar
En las banderas

Como un tañido funerario entró
Hasta el bosque un olor de muerte
Las aguas
Se mancharon de Iodo y de veneno
Y los guardias
Llegaron a ahuyentarnos
Porque sin darnos cuenta pisábamos
El terreno prohibido
De la fábrica atroz
En que elaboran
Defoliador y gas paralizante



2. El Adiós – Ramón López Velarde

Fuensanta, dulce amiga,
blanca y leve mujer,
dueña ideal de mi primer suspiro
y mis copiosas lágrimas de ayer;
enlutada que un día de entusiasmo
soñé condecorar,
prendiendo, en la alborada de las nupcias,
en el negro mobiliario de tu pecho
una fecunda rama de azahar.
Dime ¿es verdad que ha muerto mi quimera,
y el idólatra de tu palidez
no volverá a soñar con el milagro
de la diáfana rosa de tu tez?

(Así interrogo en la profunda noche
mientras las nubes van
cual pesadillas lóbregas, y gimen,
a distancia, unos huérfanos sin pan.)

De las cercanas torres
bajo el fúnebre son
de un toque de difuntos, y Fuensanta
clama en un gesto de desolación:

"¿No escuchas las esquilas agoreras?
¡Tocan a muerto por nuestra ilusión!
Me duele ser cruel
y quitar de tus labios
la última gota de la vieja miel.

"Mas el cadáver del amor con alas
con que en horas de infancia me quisiste,
yo lo he de estrechar
contra mi pecho fiel, y en una urna
presidirá los lutos de mi hogar."

Hemos callado porque nuestras almas
están bien enclavadas en su cruz.

Me despido... Ella guía,
llevando, en un trasunto de Evangelio,
en las frágiles manos una luz.
Pero apenas llegados al umbral,
suspiro de alma en pena
o soplo del Espíritu del mal,
un golpe de aire marea la bujía...

Aúlla un perro en la calma sepulcral...
fue así como Fuensanta y el idólatra
nos dijimos adiós en las tinieblas
de la noche fatal.





3. A la corregidora- Manuel Gutiérrez Nájera
Al viejo primate, las nubes de incienso;
al héroe, los himnos; a Dios, el inmenso
de bosques y mares solemne rumor;
al púgil que vence, la copa murrina;
al mártir, las palmas; y a ti —la heroína—
las hojas de acanto y el trébol en flor.

Hay versos de oro y hay notas de plata;
mas busco, señora, la estrofa escarlata
que sea toda sangre, la estrofa oriental:
y húmedas, vivas, calientes y rojas,
a mí se me tienden las trémulas hojas
que en gráciles redes columpia el rosal.

¡Brotad, nuevas flores! ¡Surgid a la vida!
¡Despliega tus alas, gardenia entumida!
¡Botones, abríos! ¡Oh mirtos, arded!
¡Lucid, amapolas, los ricos briales!
¡Exúberas rosas, los pérsicos chales
de sedas joyantes al aire tended!

¿Oís un murmullo que, débil, remeda
el frote friolento de cauda de seda
en mármoles tersos o limpio marfil?
¿Oís?...¡Es la savia fecunda que asciende,
que hincha los tallos y rompe y enciende
los rojos capullos del príncipe Abril!

¡Oh noble señora! La tierra te canta
el salmo de vida, y a ti se levanta
el germen despierto y el núbil botón,
el lirio gallardo de cáliz erecto,
y fúlgido, leve, vibrando, el insecto
que rasga impaciente su blanda prisión.

La casta azucena, cual tímida monja,
inciensa tus aras; la dalia se esponja
como ave impaciente que quiere volar;
y astuta, prendiendo su encaje a la piedra,
en corvos festones circunda la yedra,
celosa y constante, señora, tu altar.

El chorro del agua con ímpetu rudo,
en alto su acero, brillante y desnudo,
bruñido su casco, rizado el airón,
y el iris por banda, buscándote salta
cual joven amante que brinca a la alta
velada cornisa de abierto balcón.

Venid a la fronda que os brinda hospedaje
¡oh pájaros raudos de rico plumaje!
Los nidos aguardan: ¡venid y cantad!
Cantad a la alondra que dijo al guerrero
el alba anunciando: ¡Desnuda tu acero,
despierta a los tuyos... Es hora... Marchad! 










4. Bajo Amorosa Sombra- Carmen Villoro

Cúrame con tus manos,

toca de mí el olvido

que se fue acomodando entre los pliegues.

No venga la tormenta a amordazar mis sueños,

sólo esta lluvia suave, vespertina

despierte en mí los pétalos dormidos.
Desnúdame en silencio,

hoja por hoja,

hasta dejar al descubierto el punto

del estremecimiento.
No debe haber estrépitos

que vulneren la cama de mi piel

tendida para ti como un estanque

en donde sólo el toque de tus labios

perturba la quietud.
No quiero los platillos

festejando con notas deslumbrantes

la pasión de los cuerpos,

ni los timbales ebrios

apurando la noche;

sólo la melodía de una flauta
tenue pero sinuosa

que adormezca con ritmo acompasado

estos miedos que vas quitando al paso.
Disuelve con tus dedos

el dolor y sus máculas guardadas

en rincones ocultos;

que se adelgace el tiempo

con tu humedad benigna

hasta llegar al límite de lo que no ha sufrido

magulladura alguna.
Devuélvele la paz a mis palabras,

deseosas de ser playas,

donde arriben tus barcas sigilosas.

Este amor en penumbra

aluza más que el sol

la gruta en que se había escondido

una parte de mí,

tal vez la más secreta.
Acerca con prudencia

toda tu voz, tus años, tu tibieza

y cuídame despacio

como una flor quebrada

que revive por fin

bajo amorosa sombra.





5. El Veterano de Guerra
-

Víctor Sandoval
La madrugada
en que los gallos se volvieron locos
y la Torre de Pisa
fue mutilada por cantar
cantares de Ezra Pound.

La noche
en que los gatos desollados vivos
por el celo
arañaban el aire del tejado
y el amante de la adúltera
abandonaba el lecho tibio
para que el engañado descansara
la fatiga y el asma de la fábrica.

El día
en que la tierra envejeció mil años,
cuando Hiroshima se quemó de pronto
y los dorados delfines del dólar
se orinaron de gusto.

La hora
en que el amor no pudo continuar
su acompasado navegar,
su eterno navegar de cuerpo a cuerpo, 
porque el pulmón azul del agua 
se hizo fuego y flor, 
alucinante flor de fuego.

Nunca el vino de Europa
después del último verano
de la guerra
fue más sangre del hombre.
Los que tornábamos del frente
mordíamos en las uvas
los labios
de nuestros compañeros muertos
y el trigo de los campos
nos recordaba el pelo
del último soldado acribillado.




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