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Biografía

Listado de libros

C
riticas

Labor

Entrevista



BIOGRAFIA


Eddy Roma, 1977
Sin vocación es imposible escribirNació en Amatitlán, el 16 de octubre de 1977. Actualmente trabaja como corrector de textos en una editorial. Publicó, en 2000, la novela El cabezón de la banda, además de varios relatos en revistas La Ermita y Magna Terra.

LISTADO DE LIBROS



Eddy Roma Muerte de un ascensorista (novela)

El espectáculo no podía ser menos atroz: al abrirse la puerta del elevador la secretaria cayó desmayada, don Elio palideció y a mí me dio náusea: don Güicho, el ascensorista, estaba muerto; mejor dicho ahorcado: si tenía los ojos saltones ahora lo eran más; la lengua le brotaba como un coágulo morado de la boca. En su rostro quedó petrificado un gesto de desesperación, de comprobar que el aire que respiraba ya no corría a sus pulmones, retenido por el nudo que le aplicaron al gaznate. Estaba tirado contra el rincón derecho, doblado sobre la silla que le hacía más soportable la estancia de ocho horas diarias en continuo sube y baja. Recuerdo la postura de las manos, extendidas en un supremo gesto de aferrarse a la vida. No había ni una mancha de sangre. El asesino o quien fuera ejecutó su labor limpiamente.

Don Elio recobró la calma, corrió a llamar a los de seguridad y pidió que avisaran a enfermería. La pobre secretaria había recobrado el conocimiento, pálida, sin dar crédito a lo que veía. “Pero si lo acabo de ver”, balbuceaba tragándose los mocos, “sólo me dijo que iba para abajo y que lo esperara; por eso me pareció raro que se tardara tanto.”

En lo que venía la policía, los de seguridad empezaron a registrar la planta baja del edificio. Mientras no llegara el juez de paz no podían retirar el cadáver, don Elio se quitó la chumpa y le tapó la cara. Se lo agradecí, no podía confiar en la plena digestión de mi desayuno si el muerto se me quedaba viendo con esa expresión de pedir auxilio y uno imposibilitado de proporcionárselo.

Recuerdo que esa mañana hacía mucho frío y había olvidado traerme mi suéter. Confiaba en entrar en calor con la subida de los periódicos a los distintos niveles, algún gracioso había dejado bajo llave el troquet y según parecía no vendría hasta la tarde.

Al tomarnos declaraciones no pudimos aportar mayores detalles, los dos fuimos tocados al mismo tiempo por la visión del estrangulado y coincidimos en que era un crimen absurdo, que supiéramos no tenía enemigos o que hubiera hecho méritos para merecer una muerte tan atroz. Lo peor de todo eran las sospechas injustificadas, los falsos que señalarían a aquellos que estaban dentro del edificio cuando el asesinato. Quedaban libres de pecado los guardias de la garita, confinados a su sector por la rigidez del horario nocturno. Don Elio afirmaba con seriedad que el ascensor quedaría rodeado de un aura maldita, a lo mejor el fantasma de don Güicho regresaría a purgar sus pecados, y quien quitaba que un nuevo Jack el Destripador o la reencarnación de Miculax se hallaba entre nosotros, tal vez seleccionando su siguiente víctima.

Un telefonazo y los dueños del edificio habían ordenado no permitir el ingreso a los demás empleados mientras no se averiguara qué había sucedido realmente, peor si el asunto trascendía a la prensa. Dieron las ocho, y como es natural los más puntuales se toparon con el rostro ceñudo y callado de los de seguridad, informándoles sin añadir explicación alguna que por órdenes superiores no podían entrar, que por favor esperaran y tuvieran paciencia. Don Elio tuvo tiempo de examinar el cadáver antes de taparle la cara, y me contó con ese tono que tienen los viejos con experiencia de muchos años en el oficio, que a él le parecía habían aplicado la técnica del “garrote vil” al finado don Güicho. No me acuerdo del procedimiento, pero era algo así como un torniquete que le fue apretando la garganta poco a poco, tan sencillo como darle vueltas a la llave del chorro para apagarlo, y lo arrojó contra el rincón tras asegurarse que estaba bien muerto.

El asesino debió obrar rápido y sin contratiempos. No había señales de violencia, aunque más tarde nos enteramos del resultado de la autopsia y debió ser un karateca o algo así, porque le conectó un guamazo en el estómago que le sacó el aire y prácticamente lo dejó servido para que le torcieran el cuello.

Los de seguridad a firmaron que en la última ronda no descubrieron a nadie oculto en el sótano. El asesino debió aprovechar el alboroto que se armó para salir con toda tranquilidad a la calle. Se lo digo e n confianza: por poco y yo no bajé ahí, buscando una escalera que me estaban pidiendo y pidiendo desde días atrás, pero como a los de abajo son muy rogados no la había podido sacar. Tampoco quiero que piense en mí como un potencial sospechoso, pero a veces uno tiene la mala suerte de pasar por donde hay una manifestación y cabal le aciertan un tiro. ¿Quién pudo haber sido? No me lo pregunte, a la fecha seguimos sin saberlo, por lo menos desconocemos si la policía continuó investigando o ya archivaron el expediente.

Don Güicho era soltero, sin familia. Quizá por eso tenía ese carácter tan hosco, agresivo y de pocas palabras. Le gustaba mucho leer, cada semana mientras ganaba altura o caía en picada lo miraba con un libro en la mano. Ahora que lo menciono, tirado a la par del cadáver estaba un libro de pasta gruesa, con las hojas dobladas. El título se me quedó grabado en la mente: Superación, César Guzmán.

Pues le comentaba del carácter de don Güicho. Hubo ocasiones en que sí se extralimitó, la verdad hubiera subido a poner una queja al departamento de recursos humanos, pero como soy de aquellos que no le gustan meterle zancadilla a uno… Por ejemplo, si usted no subía con su gafete, de inmediato me lo corría del ascensor y lo mandaba con las recepcionistas a que intercambiara su iden ificación por una de esas contraseñas. Todavía que lo hiciera con modales, con cortesía; no, se portaba con una brusquedad de patrón latigueando a sus esclavos. Si recibía una llamada del sótano, de nada servía la lógica más elemental para convencerlo de dejarlo que subiera, “para abajo, voy para abajo”, decía echándolos; sólo le faltaba la escoba y el delantal.

Yo entré a trabajar aquí hace un par de años, cuando sólo funcionaba un ascensor, y ya don Güicho era el encargado. Entonces él tenía la costumbre, no sé por qué, de parar únicamente en los pisos pares; a mí me costó un par de reportes por llegar tarde porque debía bajar por las gradas al quinto y a veces la puerta de acceso estaba cerrada. Ah, pero si subía uno de los jefes don Güicho se portaba muy amable, muy sonriente, y lo dejaba en el piso indicado, fuera el tres, el cinco o el siete.

Por lo que me enteré tenía más problemas con los practicantes. Mejor dicho, al revés. Cada año llegan montones de patojos a hacer sus prácticas dentro del edificio. Muchos no traían identificación, y si por mala suerte les tocaba subir con don Güicho, el elevador se quedaba varado antes que él los dejara subir. Según refería don Elio, una vez vinieron dos patojas a buscar a un chavo que le agarró cariño al trabajo, pues aunque terminó sus práticas se viene todos los días a la oficina, y él bajó a traerlas. Llamaron al ascensor, les tocó con don Güicho, les dijo que no podían subir, el chavo se puso a discutir con él, don Elio ya sentía que se le dejaba venir encima, don Güicho le espetó al chavo que no podía decirle nada porque no estaba contratado formalmente; total, una de las patojas le dijo “ridículo” y la otra lo remató con un “estúpido” que lo dejó más trompudo de lo que era y mordiéndose los bigotes.

De acuerdo a las nuevas normas de seguridad, se registran las bolsas o maletas de quienes entren al edificio. Eso es tarea de los de seguridad, pero una vez, estando yo limpiando los estantes del tercer nivel, alcancé a oir a varios practicantes comentando muy enojados que don Güicho les “basculeó” el bolsón aunque trataron de explicar le que ya se los habían revisado. Una de las patojas juraba arañarlo, le había botado su cajita de cosméticos y roto el espejo.

Creo que don Güicho nunca llegó a tener buena amistad con alguien en el edificio. A la hora del almuerzo, entre la bulla, los chistes y las mentadas de madre, las sillas a su alrededor estaban vacías. Comía solo y en silencio, y al regresar a su puesto lo veíamos con los ojos pegados en un libro. Pude comprobarlo cuando les preguntamos a los compañeros si asistieron al velorio y los no me enteré, no tuve tiempo y ni en cuenta asomaron como respuestas.

Me imagino que el asesino estuvo entre los que don Güicho sacó tan groseramente afuera. O a lo mejor presenció alguna escena de éstas. Hasta los mismos empleados con años y ascensos a cuestas recibieron su cálida atención , pero lo tomaban a broma, a chanzas, a aquello de fijate vos que donde trabajo hay un ascensorista así y así y asá. Es posible que alguien se arrogó el derecho de vengar esas fechorías, pero esperaba una jugada ingeniosa, no un asesinato.

Viene a colación esto por lo de un muchacho, un practicante al que echó delante de mí, porque al encontrármelo y decirle no te quería dejar subir, él me dijo muy serio: “Ojalá que se muera”. No creo que tuviera realmente tal intención, a mí me consta que en el fondo es un coyonazo, pero creo que no debe comer y dormir tranquilo desde que se le cumplió. Eso de desearle mal a alguien no está bien, porque ¿y si algo pasa?

Pero mejor ya no hablemos de eso. Ya se me está volviendo a fijar el rostro de don Güicho, se me hace que estoy esperando el elevador y éste sube y se abre con su cargamento de muete.

De la novela El cabezón de la banda
El rey de la velocidad y la estrella de la carretera (fragmento)

La noche anterior había soñado que le hacía el amor a Marilyn Monroe, y ese recuerdo, junto con la frustración que le invadió al despertar abrazado a sus sábanas, revueltas y humedecidas, era lo que Jairo quería conservar por sí ocurría uno de aquellos accidentes fatales que implicara muertos, heridos, hierros retorcidos y gran audiencia en la emisión nocturna de los telé noticieros, “previa advertencia a nuestros amigos televidentes por la crudeza de las imágenes que van a presenciar”.Tenía miedo de morir aplastado o prensado entre dos buses; el terror más desorbitado se reflejaba en sus pupilas, y respiraba aliviado al darse cuenta de lo pasajero del peligro, mientras el corazón expulsaba los vapores del miedo a martillazo limpio. Confiaba en que el casco, encajado a duras penas sobre su cabeza, lo protegería en caso de caída, y sus manos se aferraban a su asiento cuando un tráiler (o un bus o una pullman o un pick up) los pasaban rozando, intimándoles. John Charles, experto piloto, sin preocuparse demasiado por los bocinazos amenazadores que rebotaban a sus espaldas, hacía zigzaguear la moto al esquivar los cráteres lunares dejados por los últimos aguaceros. No perdía de vista el medidor de gasolina. El viaje se dio tan de repente que no tuvo tiempo de revisar si contaba con suficiente combustible, pero confiaba en que rendiría al menos para el viaje de ida y vuelta.Jairo no se preocupaba tanto por las posibilidades de un accidente, Dios no lo permitiera; lo que sí lo tenía angustiado era que al primer período tocaba el examen bimestral de matemáticas y apenas había repasado sus apuntes.Se recordaba perfectamente de la sonrisa del profesor al asegurarles que la prueba vendría bastante bonita, y eso., traducido para la comprensión del alumno significaba “estudien duro porque les va a costar ganarla”. Eso intentó de buena fe en toda la semana, pero lo fue aplazando en favor de la película del lunes, el programa de rock del martes y porque sencillamente no le dio la gana estudiar ayer, confiado en su capacidad de retentiva. La mañana del jueves era adecuada para dedicarle dos horas a la lucha contra el álgebra y sus endiabladas operaciones de equis y yés; precisamente programaba la alarma del reloj para que lo despertara a las cinco de la madrugada en punto.

CRITICAS   


Eddy Roma

¿Por qué distanciarte de tus escritores favoritos llamándolos por los apellidos, como en un internado? ¿Por qué no sentirlos más cercanos y tratarlos por sus nombres? Supongo entonces que el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) no se molestaría que me refiera a él como JC.

Caso aparte

Entre 1933 y 1993, JC creó un estilo tan propio que anula toda posible imitación. Escribió sobre la ciudad cuando sus contemporáneos sudaban en las plantaciones de caucho o caña o banano. El amor, la piedad y la ironía eran las constantes de sus relatos. Inventó su propio espacio, la ciudad de Santa María, que gobernó y pobló con personajes (Brausen, el doctor Díaz Grey, Larsen, Jeremías Petrus, Jorge Malabia) que regresaban de una novela a otra. Sin proponérselo, su obra y figura se difundieron por todo el continente.

LABOR



Por Eddy Roma Música de cepa inglesa, grabada en Nashville y cantada en español


El álbum solista es el espacio que brinda control absoluto a su creador. Mejor si posee el dominio de varios instrumentos: así obtiene los sonidos imaginados y evita líos con músicos en desacuerdo. Hay quienes optan por andar en terreno conocido y otros se aventuran a salir de su zona de seguridad y arrancan elogios a los detractores más insistentes.

Ocurre con los músicos que aparte de cantar se sentaban frente al piano o se colgaban la guitarra al hombro y fueron los principales compositores de sus grupos. No importa que demoren años en grabar un nuevo disco: la banda madre palpita en cada nota. John Fogerty nunca se desprende del traje Creedence Clearwater Revival; Roger Waters reviste su escritura con los arreglos orquestales y coros femeninos que practica con asiduidad desde 1973; Coldplay prevalecería aunque Chris Martin hiciera carrera por su cuenta. Y el regiomontano Gerardo Garza, Chetes, prosigue en Blanco Fácil el estilo forjado durante sus años en Zurdok y su pasantía por Vaquero.

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Chetes se conduce en los terrenos fijados por los Beatles y Brian Wilson, la Electric Light Orchestra y Roy Orbison, sus influencias. Aliado a los productores Charlie Brocco y Ken Coomer (ex baterista de Wilco y Uncle Tupelo) generó doce temas dirigidos a quienes gustan y aprecian las canciones al estilo inglés. Los guiños y referencias son captados tras varias escuchas. El slide guitar de “Poco a poco” remite a George Harrison; coros a los Beach Boys soplan en “Se fue el dolor”; “Otra vez” debió ser lanzada como primer sencillo; veo un leve parecido entre “All The Young Dudes” de David Bowie y cierto pasaje de “Completamente”. Hubiera preferido encontrar la ranchera “El sonido de tu voz” a medio disco o mejor aún, como la canción que se esconde tras 98 cortes silenciosos. No significa que no encaje en el álbum: su lugar es otro. El destinado a emboscar a críticos y seguidores.


Justo: Chetes canta en la última canción, guitarra acústica en mano, que “todos somos una pieza buscando un lugar”. Blanco Fácil se instala en la fila de esos discos que auguran una carrera consistente, al margen de lo facilón y previsible. Los discos que desafían el panorama uniforme y pagado por adelantado.

La edición especial de Blanco Fácil aporta un disco extra con dos canciones inéditas, cinco demos y dos versiones en concierto. Incluye además los videos de “Completamente” y “Regresa.
Este es un comentario de Eddy Roma
Me entero por casualidad, en la sección de obituarios del periódico español El Mundo (www.elmundo.es), del fallecimiento del poeta José Watanabe. El mundo se queda huérfano cuando desaparece un hombre de letras. Mis votos por la futura supervivencia de su obra y mis condolencias para la familia. Saludos cordiales desde Guatemala, América Central.

ENTREVISTA



¿Cómo ve el panorama narrativo?Muchos escritores mayores se quejan de que los jóvenes no tocan el tema de la guerra o la política, pero no es algo con lo que yo, por lo menos, me identifique. Los jóvenes no se meten a grandes erudiciones o redención social, pero los temas de drogas o amores son tan válidos como cualquiera, porque lo que importa es tener lecturas y vivencias.— ¿Cuáles son sus influencias?Primero, Juan Carlos Onetti, el más grande narrador de América, sin ínfulas estilísticas, como Cortázar; ni ínfulas de erudito, como Borges. También Thomas Mann, Honorato de Balzac y Stendhal.— ¿Qué piensa de los premios literarios?Que a veces tienen un buen premio en dinero, pero literariamente no indican ningún camino.— ¿Qué hay de la relación entre escritores jóvenes y editoriales?Yo creo que he tenido suerte. No sólo para publicar mi novela, sino otros textos en revistas. Los editores han sido muy amigables conmigo.— ¿Qué requiere un buen escritor?Ante todo, pasión por la lectura. Sin eso no se puede escribir. Segundo, la necesidad de escribir, aunque no me refiero a la disciplina de cinco cuartillas diarias. Yo no escribo todos los días sino cuando necesito expresar algo. Finalmente, hay que sentir que eso, escribir, es lo que uno ha venido a hacer al mundo. Sin vocación no se puede escribir. El escritor no debe responder a sectarismos, pues por muy buen estilo que tenga, deja de ser él mismo.

Eddy Roma

¿Por qué distanciarte de tus escritores favoritos llamándolos por los apellidos, como en un internado? ¿Por qué no sentirlos más cercanos y tratarlos por sus nombres? Supongo entonces que el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) no se molestaría que me refiera a él como JC.

Caso aparte

Entre 1933 y 1993, JC creó un estilo tan propio que anula toda posible imitación. Escribió sobre la ciudad cuando sus contemporáneos sudaban en las plantaciones de caucho o caña o banano. El amor, la piedad y la ironía eran las constantes de sus relatos. Inventó su propio espacio, la ciudad de Santa María, que gobernó y pobló con personajes (Brausen, el doctor Díaz Grey, Larsen, Jeremías Petrus, Jorge Malabia) que regresaban de una novela a otra. Sin proponérselo, su obra y figura se difundieron por todo el continente.

No es una escritura de fácil acceso. Se los digo yo, que sucumbí tres veces ante los muros de ‘El astillero’ (su novela más difundida) y a la cuarta tuve que arrodillarme y pedir piedad. De ahí mi fascinación por JC: cada libro suyo debe cortejarse todas las veces que sean necesarias, retirarse para recuperar fuerzas y reanudar el sitio hasta comprobar, con más alivio que satisfacción, que por fin la doncella se ha dignado concedernos sus favores. Pero cuidado, que de pronto vuelve a portarse intransigente y a empezar de nuevo. Desde la primera página.

Los buenos autores imponen su personal sentido del ritmo desde el principio, y si el radar no está bien entrenado para detectarlo (me ocurre eso) se puede acudir a sus entrevistas, ahí donde cuentan cómo escribían. Y como escribían, así hay que leerlos. Cortázar se sentaba ante la máquina y escribía de un tirón. Asturias escribía con el oído, atendiendo al sonido de las palabras. JC escribía un día sí y tres meses no, con pausas y sin prisa. Así hay que leerlo, acostado en la cama, ‘con mucho tiempo por delante, con una absoluta predisposición de soledad y pereza’, como acertara el novelista español Antonio Muñoz Molina.

¿Y cómo encontrarlo?

Es difícil dar con un libro de JC. No exagero. Apenas se reeditan sus primeras novelas (‘El pozo’, ‘Tierra de nadie’, ‘Para esta noche’). Siempre doy con ‘El astillero’ y ‘Juntacadáveres’ y ‘Los adioses’ y ‘Cuando ya no importe’ y por ahí se asoman reediciones de ‘La vida breve’ y ‘Dejemos hablar al viento’. Hay que apostar al encuentro inesperado en una librería de viejo o que la gema brille entre tanta arena amontonada en los estantes. Y si se tiene suerte, y dinero, apresarlo.

Remate

Cuando estoy por finalizar cualquiera de sus novelas, novelas cortas o cuentos, ¿qué sucede? Pues quisiera retardar ese momento, leer despacio cada palabra, seguro que algo se me escapará si mis ojos no se detienen en cada letra impresa mientras llego al último párrafo. Apenas sobreviví a una lectura de JC y ya deseo regresar. Lo antes posible.

Mi encuentro con él ocurrió en 1994, poco después de su fallecimiento en Madrid, y desde entonces no he dejado de frecuentarlo. Por eso el atrevimiento de referirme a JC con sus iniciales. Con la confianza y cercanía que me dan sus libros.

Otra entrevista

1-¿Su nacimiento?

Nací en Amatitlán, departamento de Guatemala, el 16 de octubre de 1977.

2-¿Su infancia?

Aprendí a leer cuando estaba en párvulos. Mi mamá era maestra de educación preprimaria y tenía una colección de libros de cuentos muy preciosa, adornada con muchas ilustraciones. Hubo un tiempo en que a mí y a mi hermano nos leían cuentos antes de acostarnos; el recuerdo que mejor guardo es el de la lectura del cuento “Los músicos de Bremen” porque después le conté a mi papá mi propia versión del relato. En Guatemala se distribuyó una colección de clásicos adaptados para la juventud publicada por la editorial Bruguera, de España, que fue mi primer acercamiento a libros tan inolvidables como De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, Moby Dick, de Herman Melville, y Sandokan, de Emilio Salgari. Los leí (y también despedacé, porque era muy descuidado) todos. En 1989 me acerqué por cuenta propia a las obras de José Milla y Vidaurre, el “padre de la novela guatemalteca”.

3-¿Su juventud cómo fue (estudios y experiencias)?

Cursé los básicos en el Instituto San Ignacio (vespertina del Liceo Javier) y el diversificado en el Instituto de Estudios Comerciales y Administrativos (IECA). Nunca fui dotado para los deportes; prefería pasarme los recreos inspeccionando los libros de la biblioteca del Liceo Javier. Era el típico estudiante con retentiva que no necesitaba aplicarse para las clases. A mi hermano, en primero básico, le dieron a leer una antología de cuento guatemalteco titulada De Francisco a Francisco: 50 años de narrativa guatemalteca. Ahí descubrí a muchos de mis escritores guatemaltecos preferidos. Durante el diversificado comencé a escribir “en serio” (dije entonces que lo hice para comprobar qué tanto había aprendido con tanto libro que había leído.) Cerré en 2002 la carrera de licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Carlos de Guatemala.

4-¿Su madurez (sus obras)?

Tengo una novela, El cabezón de la banda, publicada en agosto de 2000, y un libro de cuentos inédito, Muerte de un ascensorista. La madurez es relativa. El poeta inglés John Keats falleció ahogado a los 26 años. El novelista portugués José Saramago adquirió fama a los 63. Nunca se es por completo maduro.

5-¿En dónde edita?

El cabezón de la banda apareció gracias a la generosidad de la editorial Óscar de León Palacios. Entre 1998 y 2002 la editorial dio un fuerte apoyo a la publicación de autores nacionales. Editó la colección de poesía “Profecías” y recuperó obras de difícil localización como la novela Velador de noche, soñador de día, de Luis Eduardo Rivera. Doy mi agradecimiento a las revistas Tayer, La Ermita, Magna Terra, Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala y Este país, donde han aparecido escritos míos de ficción y comentarios acerca de libros y discos.
6-¿Cuál considera como su mejor trabajo?

Puedo mencionarle el capítulo “La quinta piedra”, de mi novela El cabezón de la banda. Fue el episodio donde más se me soltó la imaginación para contar una historia y seguirla hasta donde me llevara. En el caso de Muerte de un ascensorista, tengo preferencia por el cuento “Contra las cuerdas”, que es una historia de luchadores.

7-¿Sobre qué temas escribe?

El cabezón de la banda es una narración autobiográfica, donde recreo pasajes de mi época de estudiante en el IECA. Su trama, como observó el crítico Jaime Barrios Carrillo, es muy simple y plana: la historia de un muchacho que desea fundar su banda de rock y elige de entre sus compañeros a aquellos que considera tienen personalidad para integrarla. No puede faltar el relato de unos amores frustrados. Hice lo más sencillo: cambiarle el nombre a varios de mis compañeros e incluirlos como personajes.

El cabezón… fue muy influido por los relatos de Luis Aceituno incluidos en su libro La puerta del cielo (1982), que me revelaron que se podía escribir acerca del rock, y por una corriente narrativa de origen mexicano conocida como “La onda”, que en los años sesenta incorporó el habla e inquietudes de los jóvenes del Distrito Federal. Sus exponentes notables fueron los escritores José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña.

Con los nueve relatos que incluí en Muerte de un ascensorista procuré hacerme eco de una declaración del gran narrador estadounidense Edgar Allan Poe. Dijo Edgar que si él reuniera todos sus cuentos y los leyera como si fueran obra de otra persona, lo que más le llamaría la atención sería la variedad de temas. Me he encontrado libros con temática muy uniforme, parece como si tocaran la misma canción con algún que otro arreglo, e intenté que cada cuento de Muerte de un ascensorista tuviera su propia identidad. Ya le mencioné que hay un relato sobre luchadores; “Un trabajito” alude a la violencia que hoy padecemos; “La posteridad” se basa en el pasaje bíblico de la batalla entre israelitas y amalecitas referida en el Éxodo; “El seudónimo” tiene lazos con Chile y Cuba aunque se desarrolla en Guatemala; “Muñequitos” recrea mi fascinación por series de dibujos animados como El capitán Futuro, El Gladiador y Mazinger Z.

8-¿Cuál es el principal problema para publicar un libro?

Para el autor novato, o desconocido, encontrar quién esté dispuesto a publicarle. Muchas veces el escritor debe costear la impresión de su libro. Ese obstáculo se puede superar al obtenerse un premio importante (como el premio “Mario Monteforte Toledo” de novela), contar con un padrino influyente en el medio que pueda respaldarlo, y al hacerse de un nombre con ayuda de publicaciones, constante presencia en actividades culturales, asistencia a congresos literarios, etcétera.

9-¿Le gustaría que hubiera bastante información de la literatura guatemalteca en internet?

Hay una página, dirigida por Juan Carlos Escobedo, que puede localizar en www.literaturaguatemalteca.org . Mi amiga la escritora quetzalteca Vania Vargas dirige una revista en la red, llamada Luna Park (www.lunapark.com). Además, están los blogs y páginas personales de varios escritores guatemaltecos, que aparte de enterarnos de sus andanzas y opiniones ofrecen información del quehacer literario nacional. Le recomiendo visitar los blogs de Alan Mills (alanmills.blogspot.com), Julio Serrano (julitoserrano.blogspot.com), Ronald Flores (www.ronaldflores.com) y Ángel Elías (angelgt.blogspot.com). Julio Serrano es también encargado de la página www.librosminimos.org, de la cual se pueden descargar, en forma gratuita, libros de escritores guatemaltecos contemporáneos como Francisco Alejandro Méndez, Alejandra Flores, Simón Pedroza y Eduardo Villalobos.

10-¿Cuál es su escritor guatemalteco favorito?

Los cuentistas Alfredo Balsells Rivera, Francisco Méndez, Mario Monteforte Toledo, Augusto Monterroso, Marco Augusto Quiroa, Víctor Muñoz y Luis Aceituno. Los novelistas Miguel Ángel Asturias, Marco Antonio Flores, Jorge Godínez y Franz Galich. Los poetas Werner Ovalle López, Enrique Juárez Toledo, Isabel de los Ángeles Ruano y Luis Alfredo Arango. La crítica y ensayos de Luis Eduardo Rivera. Entre mis contemporáneos aprecio la obra de los narradores Byron Quiñónez, Vania Vargas y Maurice Echeverría, y la de los poetas Alan Mills, Javier Payeras, German Albornoz y Juan Pablo Dardón.

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