Literatura muerte en el romanticismo






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títuloLiteratura muerte en el romanticismo
fecha de publicación29.03.2017
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LA INMINENCIA

DE LA MUERTE

EN LA

LITERATURA

1. MUERTE EN EL ROMANTICISMO 
La vida para los románticos no es un bien, sino un mal. El alma romántica es un alma atormentada, triste, moralmente enferma, en busca de un sueño que no se ha de realizar. El pesimismo lo envuelve todo. Si se mira la juventud, el tiempo la destruye. Si se sueña con el amor, el desengaño lo vence. Si se alzan los ojos al más allá, la duda y el misterio nos invaden. Si se cree que la sociedad puede salvarnos, la injusticia y el dolor ponen su nota de amargura. Vivir ¿para qué? Una angustiosa melancólica. De un lado está el “yo” con sus sueños e ilusiones y, del otro, la triste realidad.
Russell P. Sebold comenta que es la actitud del suicida y no el suicidio en sí lo claramente romántico: "... lo más romántico no es el mismo acto de privarse del aliento, sino imaginarse la propia muerte como respuesta irrebatible del mal comprendido idealista joven, noble, ambicioso a un mundo indigno, frío, indiferente". 
2. LA MUERTE EN EL REALISMO Y NATURALISMO 
Bastante distinta es la postura que toman realistas y naturalistas ante la muerte. Por un lado, la ven como un aspecto biológico y no le prestan una atención por sí misma; puesto que al escritor realista y naturalista lo que le interesa es mezclarse con la gente, pisar la calle; pero siempre en vida, aunque la muerte sea el punto final a algunas de las grandes obras de esta época. 
Las novelas realistas tienen un principio, un desarrollo y un final. Como los seres vivos, crecen, se reproducen y mueren. Después, cuando el protagonista muere, ya sólo queda enterrarlo, con mayor o menos dignidad; pero no se permiten volver la vista atrás y darle más vueltas a lo que pudo haber pasado. Toman esta situación como que lo que ha pasado era lo normal, fruto de la vida de esa persona, de sus costumbres, del determinismo.
La muerte, cuando aparece, lo hace rodeada de tristeza, de lástima. Si es una muerte accidental de un niño o de una persona joven es aún más doloroso porque se describen las vivencias de los otros personajes. Si es la muerte de un ser anciano, se trata con placidez, con serenidad. Si muere alguien que se arrepiente de sus pecados, también es tratado con benevolencia, incluso lo es cualquier pecador, ya que, en ese trance, sobran las venganzas. 
Queda claro, pues, que la muerte es siempre real, nunca imaginada, ni deseada; llega a su hora y hace lo que tiene que hacer, sin que nadie la acompañe, ni la acaricie, ni se complazca con su solo nombre; al contrario, atemoriza, no gusta morir, no apetece que llegue, se la rechaza: hay que vivir lo mejor que se pueda; pero, cuando llega el fin, hay que aceptarlo con dignidad, aunque no todas las criaturas saben hacerlo, de ahí la diferencia entre héroes y antihéroes. Saber morir también es una distinción. 


3. LA MUERTE EN EL SIGLO XX 
Hablar de la muerte en el S. XX es hablar no sólo de la literatura, sino del pensamiento, de la historia. De todas formas se puede intentar una sistematización. 

El principio de siglo viene marcado por una situación dolorosa, la pérdida de las Colonias, seguida, además, por varios conflictos bélicos (la I Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la II Guerra Mundial,...). Los autores españoles se dolieron de la situación caótica que atravesaba el país y toda Europa, y clamaron desde sus obras: a veces desde la poesía, otras desde la prosa y el teatro. Los miembros de la Generación del 98 se lamentaron de la falta de medios, de la pérdida de valores; los jóvenes del 27 sufrieron con las muertes de la Guerra Civil y toda la literatura social se hizo eco de estas situaciones contradictorias que permitían que unos muriesen en nombre de no se sabía muy bien qué ya que, al final del todo volvía a ser como antes o peor. 
De todas formas, ningún escritor ha dejado de preguntarse nunca por la muerte. Unos lo han hecho relacionándolo con el devenir, con el tiempo; otros con las guerras, otros con el mero final lógico a una vida. 
En muchas novelas aparecen muertes de personajes descritas con más o menos intensidad; aunque hay que destacar algo importante: en el S. XX no es el muerto quien más importa, sino los vivos, el dolor que causa en los que quedan, las sensaciones que provoca, los pensamientos, etc. Con ello el lector se identifica mejor con esa acción ya que, a nosotros, todavía no nos interesa saber cómo será nuestra muerte, sino cómo encajar la muerte de los demás e, incluso, aprender a mentalizarnos de ese hecho; pero desde la experiencia de los demás, porque la muerte, por desgracia, no es una experiencia de la que nadie haya podido hablar, al menos de la suya propia. 
 

  • LUIS CERNUDA

Dos son los aspectos que han sido bastante tratados en la literatura; por un lado el sentimiento del amor y por el otro cómo ése amor puede llevar a los protagonistas al suicidio; es decir a la muerte física y a  la muerte del alma.  No se trata de amores alegres, sino tristes, como un tormento moral, como la muerte.

Es oportuno tomar en cuenta que el rasgo fundamental de la novela es que es ficción, imaginación, lo que vale decir que no es historia, pero en ningún momento que sea falsa.  Cada novela tiene su realidad novelística.  Puede que el autor, el “yo creante o yo poético” haya tomado el asunto de un hecho de la vida real, pero lo significativo e importante es cómo lo trata y lo maneja poéticamente, lo que vale decir literariamente.

No cabe duda que estos temas -amor y muerte- han sido puestos de relieve en diversas obras literarias de épocas diferentes, como por ejemplo “Medea”, “Romeo y Julieta”, “Tristán e Isolda”, “Madame Bovary”, por poner algunos ejemplos; viene a mi memoria la deliciosa novela de Alfred de Musset, escritor representante del movimiento romántico francés, con el sugestivo título “No se juguetea con el amor”.

Propongo que nos acerquemos a dos sobresalientes novelas, la primera, “Las cuitas del joven Werther”, publicada en 1774 por el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, obra que representó el inicio de la corriente o escuela del romanticismo literario y la otra publicada a finales del siglo XIX con los rasgos peculiares del realismo literario ruso de León Tolstoi en su monumental obra “Ana Karenina”.

Los temas son aparentemente similares -el amor y la muerte- pero la dificultad radica en que son dos épocas diferentes y separadas por un siglo, lo que nos muestra que son dos modos, dos maneras de enfrentar oír y sentir la vida, el ambiente y la sociedad.  La primera con un protagonista que es un hombre y la segunda con una mujer.  Pero lo singular es que cada una de ellas permanece fresca y auténtica, se siguen leyendo y siempre hablaran al lector de cualquier edad y circunstancia, que manifieste el interés de acercarse a ellas.  Por lo tanto, a pesar ser de ámbitos y concepciones del mundo muy lejanas son permanentes y universales.

Sobre el tema del amor se ha escrito mucho, empezando por Homero y los grandes trágicos y luego por el gran poema romano Ovidio y su famosísimo arte erótico o amatorio.  Ya en el mundo moderno el escritor francés Setendhal, autor de la conocida obra Rojo y negro, tiene un estudio llamado “Del amor” donde describe de una manera magistral el nacimiento de este singular sentimiento referido a un hombre y a una mujer.  El filósofo Ortega y Gasset también ha tocado el tema en un libro “Estudios sobre el amor”, que reúne muchos de sus ensayos sobre dicho asunto, y en cuento al aspecto psicológico, a pesar de haber grandes pensadores, en lo personal me han hecho vibrar las reflexiones que al respecto ha tratado Erich Fromm, en su obra El arte de amar.

También es conveniente mencionar, desde el enfoque cultural, el famoso libro del historiador francés Guy Bretón, “Historias de amor de la historia de Francia”, que en diez volúmenes nos relata, con picardía y mucha sutileza, acerca de los amoríos, infidelidades e intrigas de las cortesanas que incitaron a las actuaciones de los reyes y la nobleza, desde Clovis, primer rey merovingio en el siglo V, hasta el Emperador Napoleón III a finales del siglo XIX.  Sin embargo, es mi parecer que el amor más que analizarlo o estudiarlo, desde el punto de vista de diversas disciplina, hay que experimentarlo, sentirlo y vivirlo de una manera casi visceral.  Y aquí es donde tienen cabida los genios de la palabra, los creadores de obras de arte del lenguaje.

Lo que sí podríamos señalar es que el surgimiento del amor estalla, tal y como lo expresa André Maurois, por medio de una especie de lo que llamaríamos shoch, ya sea éste accidental o por admiración, pero en definitiva aquel que se enamora de otro ser es porque ya estaba preparado para ello.  Es lo que de una manera simple y llana se dice “estar enamorado del amor”.  Dante se refería a este sorprendente sentimiento, al cantar a su amada Beatrice “como el único que mueve al mundo y las estrellas”.

Su suicidio más que la trágica solución de un caso personal, expresa el conflicto eterno entre la exuberancia sentimental e incontrolada del “yo” y la existencia de los demás; es decir, de lo que podríamos llamar todo aquello que no somos “tú y yo”.   Es fácil decir que Werther “idealiza” a Lotte, como lo hacen casi todos los enamorados.  Pero la idealización y perfección que les ponemos a las personas es personal, íntima, no tiene un denominador común.  Ante esto cabe reflexionar ¿qué es idealizar?  Si la relación amorosa supera los años esa idealización inicial se puede llegar a convertir en monotonía y aburrimiento, o tal vez en paz del espíritu ¡depende!  Goethe era muy joven para poner en boca de Werther esas reflexiones filosófico-existenciales.  Además, no tratará de ser un moralizante.  Muestra el sentimiento y el amor de la juventud, y no un tratado sobre el amor.

La muerte de ese desdichado está descrita igual que la órbita de un cometa, como el error de una voluntad en medio de las estrellas fijas.   Pero Werther sigue existiendo cada vez que un lector se acerque a su espíritu.  Werther supo vivir intensa y profundamente y también supo enfrentarse a la muerte con ansias y delicadeza.  El lector, al cerrar el libro, sufre con él.

  • ANA KARENINA

Si quisiéramos encontrar un eslabón que une a Werther y Ana Karenina es el del amor, pero visto con los ojos y los sentimientos de una mujer de finales del siglo XIX en la Rusia Zarista.  Dos grandes ciudades ocupan el escenario, San Petersburgo (capital política) y Moscú (capital religiosa). León Tolstoi (1828-1910) es uno de los más grandes y prolíficos novelistas rusos en unión de Pushkin, unos años antes, y del cual es su heredero.  Perteneciente a una familia aristocrática, su vida y su pensamiento hacen pensar de él en un rebelde, pero no en un revolucionario.  Es más bien un filósofo moral, un reformador social, un crítico político.  Su ideal de humanidad y el sentido de igualdad social, así como su concepción cristiana que es más bien una melancolía apocalíptica que un deseo religioso, pues amaba a Dios con una fría pasión racionalista más que con ardor del sentimiento y de la fe, provocaron que al final de su vida fuera excomulgado por la Iglesia.  Todos estos elementos hacen de él un escritor muy respetado y uno de los grandes clásicos de la literatura universal.  En su extensa producción literaria que comprende cuentos, narraciones cortas y estudios, sobresalen “Resurrección”, “Muerte de Ivan Ilich”, “La sonata de Kreutzer” y entre otros un famoso y polémico estudio sobre ¿Qué es el arte? en que  repudia el ámbito del valor estético.  Pero donde sobresale para la posteridad universal es en sus dos grandes novelas: una, “Guerra y paz” novela épica, ya que Tolstoi se comparaba a Homero y lo curioso es que nos convence, ya que sea como profeta o como moralista es un creador fecundo de epopeyas.  Esta obra trata sobre el acontecimiento histórico de la entrada de las tropas napoleónicas en Borodín y Moscú, y muestra de una manera asombrosa todos los aspectos de la vida rusa proyectados en un plano de alta humanidad, que hace que esta novela puede ser considerada como patrimonio común de la cultura moderna.

Hoy en día esto no nos sorprende, sólo sería motivo de un irónico murmullo.  Pero en la época de finales del siglo diecinueve (no se olvide la época victoriana) y en un país como Rusia, esto era motivo de escándalo, de pecado y de anatema.  Era como ser excomulgado, rechazados, del mundo social y cultural.  Por el contrario, alrededor de esa misma época tenemos en Grancia a George Sand, una luchadora que cambiaba de amantes muy a menudo, y que representó el primer grito público de libertad femenina, y además era una soberbia escritora, aunque ya no se lee.

-Hay temas, como el de la muerte, que, en nuestra sociedad, aún se consideran tabú para los niños. Con frecuencia se trata, equivocadamente, de ahorrar sufrimientos a los pequeños y se les hurta la posibilidad de vivir su propia experiencia. Parece como si el adulto tejiera un muro para que el niño no pudiera ver qué hay al otro lado. La muerte forma parte de nuestras vidas, aunque no siempre se quiera aceptar. Parece que vivamos de espalda a ella, como si nuca fuéramos a morir. A los niños no siempre se les dice la verdad, no siempre se les habla claro y eso, más que ayudarles, les perjudica y les crea sentimientos de culpa o inseguridades.

Hay muchas maneras de acercarse a la muerte y de explicarla a los más pequeños, aunque no siempre sea fácil. Nunca hay que mentir ni dar evasivas porque eso puede causa un dolor enorme en el niño que acabará malinterpretando qué es la muerte. Hay que decir la verdad siempre. Los adultos se encuentran indefensos ante la muerte y trasladan esos temores a los pequeños. De ahí que sea fundamental tener unas pautas y, sobre todo, no acudir a fórmulas manidas ni a evasivas. Muchos son los escritores que han dedicado su quehacer a los niños y que, de alguna manera, han proyectado en sus criaturas de ficción, sus propios miedos y sus propios anhelos. Casi siempre los libros que abordan la muerte están protagonizados por personas, adultos, niños y jóvenes; aunque también se puede acudir a la metáfora y hacer que sean los animales quienes muestren los sentimientos ante una pérdida.

  • La muerte en la literatura.

Desde los inicios de la literatura, la muerte ha sido un tema recurrente desde diferentes perspectivas y géneros. La primera narración escrita de la Historia, El poema de Gilgamesh –datado del año 2000 a.C., y perteneciente a la cultura sumeria, en la antigua Mesopotamia-, incorpora ya esta temática. Según los críticos, se trata de la primera obra literaria con referencia a la mortalidad y a la inmortalidad.

  • GILGAMESH TABLET

Aunque no se considere exactamente literatura, sino de un conjunto de textos funerarios, El libro de los muertos, del antiguo Egipto, acompañaba a los difuntos en su viaje al más allá. También en Grecia se hallan múltiples reflexiones alrededor de la muerte en los primeros textos literarios, cuyos autores tocaban sin miedo. Es el caso de La Odisea de Homero, que aborda la función ideológica de morir. Uno de sus personajes, Aquiles, representa el ideal de héroe que aún pervive en nuestros días, al asumir el destino inevitable de una muerte gloriosa para ser recordado eternamente. Otro autor griego, Séneca, en uno de sus escritos, recomienda a una serie de personas que no sufran por la muerte, puesto que la certeza es que desde que nacemos tenemos que morir.

Las mil y una noches, la recopilación de cuentos árabes orales de Oriente Medio, realizada en el siglo IX, hace también alusión a la temática de la muerte. Según la leyenda, los cuentos son inventados por la hija de un visir, Scheherazade, para impedir que el sultán la matara. Gracias a su imaginación, sabiduría y perspicacia, la joven consigue salvar su vida cada noche, hasta convertirse en reina.

Uno de los ejemplos más relevantes en la literatura de finales de la época medieval es La Divina Comedia de Dante (1265-1321), que se puede considerar como un gran tratado sobre la muerte. Tiempo después, también el dramaturgo británico William Shakespeare (1564-1616), en su obra póstuma Hamlet, planteó el tema de la muerte con cotidianidad, a través de la figura del enterrador, como única solución a la miseria de la vida. La muerte fue una de las obsesiones del célebre escritor en su trayectoria literaria.

-En la literatura: La muerte, he llegado a comprender al final de este seminario, no se define; se siente, se teme, se llora o se canta. Para el filósofo es motivo de meditación; para el poeta, ritmo y melancolía. En La Danza Macabra (1874) de Camile Saint Saéns (1835-1921); nos describe el paisaje nocturno de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que una danza macabra siempre ha sido un tema alegórico en el arte, la literatura, el teatro y la música que se caracteriza por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte, así como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social. Es también una amonestación a la necesidad de arrepentimiento.

La novelística universal debe a la muerte sus mejores capítulos, los más intensos y densos del contenido humano. Y aquí la ficción nunca es ficción porque calma su sed en los abrevaderos experimentales de la realidad. Desde los llamados Libros de los Muertos de los antiguos egipcios, que se colocaban junto a los cadáveres a modo de itinerario, pues contenían minuciosos detalles de los parajes ultra terrenos hasta "Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías", de uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), pasando por la "Diferencia entre lo temporal y lo eterno" de Padre Juan Eusebio Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, más o menos ascética, más o menos humorística, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningún país, ni tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideológico y geopolítico, lo que sería las representaciones sociales de la muerte.

La muerte, he llegado a comprender en este seminario, no se define; se siente, se teme, se llora o se cante. Para el filósofo es motivo de meditación; para el poeta, ritmo y melancolía. La Danza Macraba (1874) de Camile Saint Saëns (1835-1921). Nos describe el paisaje nocturno de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que una danza macabra siempre ha sido un tema alegórico en arte, literatura, teatro y música que se caracteriza por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte, así como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social. Es también una amonestación a la necesidad de arrepentimiento.

La novelística universal debe a la muerte sus mejores capítulos, los más intensos y densos del contenido humano. Y aquí la ficción nunca es ficción porque calma su sed en los abrevaderos experimentales de la realidad. Desde los llamados Libros de los Muertos de los antiguos egipcios, que se colocaban junto a los cadáveres a modo de itinerario, pues contenían minuciosos detalles de los parajes ultra terrenos hasta "Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías", de uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), pasando por la "Diferencia entre lo temporal y lo eterno" de Padre Juan Eusebio Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, más o menos ascética, más o menos humorística, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningún país, ni tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideológico y geopolítico.

La inquietud de la muerte flota como un fantasma sobre la lírica del mundo entero. Hay poesía del amor y hay poesía de la muerte que a veces, se funden en un solo gran poeta que se llama "el Temor". Así nos encontramos con:

  • César Vallejo (1892-1938). Cuando decide morirse porque si . Por las experiencias del dolor cotidiano que es la muerte por cuotas; la visión de un mundo como un lugar penitencial sin certeza de salvación.

  • Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Consternado por la soledad en que se quedan los muertos. - Antero Quental (1842-1891). Quien consideraba el mutismo de la muerte más resonante que el clamoroso mar.

  • Joaquín Teixeira de Pascoaes (1877-1952). Que deseaba morirse como la luz, como el paisaje, a la dulce hora del crepúsculo.

  • Faver Páez para quien la muerte debe pesar mil noches juntas.

  • Tenesse Williams (1811-1983) nos decía que: los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. Ernesto Sábato, nos guía sobre "Héroes y tumbas. Miguel Otero Silva nos lleva a visitar sus "Casas Muertas" y denuncia "La muerte de Honorio". Gabriel García Márquez, nos anuncia una "Crónica de una muerte anunciada" y en "Ojos de Perro azul", se enfrenta cara a cara con esa presencia inevitable que es la muerte descubriéndola como una parte gemela de nuestro cotidiano vivir.

La muerte conocida desde la vida y en la vida misma. La muerte vislumbrada en los sueños y luego conocida como experiencia total: del alma y del cuerpo. La muerte como una constante inminencia que nos revela hasta qué punto nuestro propio ser está formada por aspectos distintos y nunca imaginados. En la "Tercera Resignación" nos dice el Gabo: "En el polvillo bíblico de la muerte.

Acaso sienta entonces una ligera nostalgia; nostalgia de no ser un cadáver imaginario, abstracto armado únicamente en el recuerdo borroso de sus parientes. Sabrás entonces que va a subir por los vasos capilares de un manzano y a despertarse mordido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces _ y esos le entristecían _ que ha perdido su unidad; que ya no es –siquiera- un muerto ordinario, un cadáver común.

La dicotomía del thanos y el ros aunque parezca dos elementos distintos se convierte en uno solo, Vargas Vila la resalta en su Ibis en una sola unidad: "Teme al amor como a la muerte, que es la muerte misma". Entre los poetas y escritores latinoamericanos que tratan la muerte de manera especial y sus incertidumbres constantes del deceso, se encuentra en Rubén Darío A lo Fatal: Dichoso es el árbol que apenas es sensitivo / y más la piedra porque esa ya no siente / No hay mayor dolor que el dolor de estar vivo / Ni mayor pesadumbre que una vida consciente / ser y no saber nada y ser su recurso cierto / y el temor de haber sido y en futuro tierra / y el espanto seguro de estar mañana muerto y sufrir por la carne y por la tierra / y por lo apenas sospechado e imaginarnos / sin saber siquiera a donde vamos / ni donde venimos.

En la poesía venezolana, el tema de la muerte es frecuente en Lazo Martí en su "Silva Criolla" la resalta con su "es tiempo de que vuelva es tiempo de que tornes y la lluvia con sus esteras verticales, trae la muerte". Pérez Bonalde en su "Vuelta a la Patria", engolfa a su madre y su muerte: Madre aquí estoy / de mi destino vengo / a recibir en tu glacial regazo / la triste para que el pecho tengo / y darte cubierta de la ausencia mía.

Escritores y poetas han vivido rodeado de muerte ejemplo de ello lo tenemos en: Horacio Quiroga (1878-1937) siendo niño ve el suicidio de su padre, la esposa también se suicidio, él accidentalmente manipulando una pistola mató al poeta Federico Ferrando, sus dos hijos Rubén y Haide también fallecieron por suicidio y él también se mató. Todos los cuentos de Quiroga tratan sobre la muerte. El primero, por ejemplo, se llamó "Cuentos de amor, de locura y de muerte".

El segundo ejemplo lo tenemos en Ernest Hemingway (1899-1961) y su juego con la muerte; en su conciencia, en su pasado, en su recuerdo y en su futura descendencia: su abuelo, su padre, él, su hija y su nieta decidieron acabar con su vida y encontrarse con la muerte en el momento cuando ella, ellos o el destino lo consideraron oportuno. Su obra precipita hacia la fatalidad todas las verdades de la vida, con la presencia de la muerte.

La muerte en toda su expresión la encontramos en todos los libros de Hemingway, especialmente en "Adiós a las armas ", "Muerte en la tarde" y por "Quién doblan las campanas". En su obra se desprende que: el hombre es, en la creación, el único ser que sabe de antemano que ha de morir, y que tiene la facultad de pensar en ello en los momentos en que la alegría y el orgullo de vivir podrían embriagarle más.

De igual modo que ésta es la idea fundamental de la obra de André Malraux (1901-1976) en ella cohabitan una acción fonética y un pensamiento angustiado, en las "Voces del Silencio", Malraux, da todas sus resonancias a la palabra destino para librar al hombre de su fatalidad mortal: "sabemos muy bien –escribió- que esta palabra cobra su verdadero sentido por el hecho de expresar la parte mortal de todo lo que ha de morir".; es también lo que constituye toda la soberanía del hombre a los ojos de Hemingway. Esta soberanía aparece tanto más clara por cuanto surge de la tremenda lucha que sostienen la vida y la muerte en el seno de la naturaleza.

El realismo de Hemingway pinta esta lucha con tan vivos colores, que es capaz de evocar todas las opulencias de la vida. Véase, por ejemplo, en "Tener o no tener", la pagina en que nos muestra el bullicio de unos pececillos pegados a un barco a la deriva sobre el cual agoniza un hombre mortalmente herido: los peces se sacian con la sangre que se desliza por el flanco de la embarcación y se diluye en hilillos viscosos en el mar. Así la vida fluye hacia la muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Sólo cuando el hombre aparece en esta repugnante aventura, es con ciencia y conciencia de su destino. Vive como el resto de la naturaleza, en un caos análogo de absurdos y de violencia. Pero sabe que tiene una cita con la muerte, y cuanto más se lanza a una vida arriesgada, tanto más tiene fijos los ojos en la muerte.

Todas las distinciones que hace Hemingway entre los hombres se basan el en valor que poseen para sostener esta mirada. Él visitó muchos pueblos. Su predilección iría, entre todos, hacia el que , dijo, "se interesa por la muerte", hacia el pueblo español. Escribiría en "Muerte en la tarde": "Cuando un hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por sí mismo uno de los atributos divinos, el de darla". Pero en "Por quién doblan las campanas" su héroe afirma: "hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto, todo se corrompe". Es una de las supremas bellezas del libro, esta depuración de la idea de la muerte más allá de una vida en la que la muerte está constantemente presente en acción y en imágenes vividas.

En la obra de Hemingway encontramos también otra fuente de emoción, consiste en la inminencia de la muerte dentro de la vida ardiente del amor. Pero él siempre decidirá cuándo llegará la muerte.


  • HAMLET , SHAKESPEARE

En la literatura española, Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes (1547–1616), considerada una de las mejores obras de la literatura universal, tampoco escapa a esta temática. El autor trata la muerte como una posibilidad presente en cualquier acción, por lo que concibe la vida como un mero trance hasta la muerte.

La muerte es la razón de ser de uno de los géneros literarios más vivos de la literatura actual, la novela negra. El detective Pepe Carvalho, creado por Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), convirtió este género en un fenómeno de masas en España, mientras que con el detective Wallander, de Henning Mankell (1948), empezaría la potente escuela sueca de novela negra. En el ámbito de la novela policiaca o criminal, la inglesa Agatha Christie(1890-1976) representa uno de los ejemplos más famosos y prolíficos. Es la creadora de otro célebre detective, Hércules Poirot, inspirado en el personaje de Sherlock Holmes, de su admirado Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930).

  • AGATHA CHRISTIE´S GRIVE

La literatura de terror lleva implícita la muerte y el temor a ésta por parte de sus personajes. El estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849) es uno de sus máximos representantes con sus cuentos de terror. Curiosamente, la propia muerte del escritor sigue siendo hoy en día un misterio. Uno de los referentes actuales el género de terror es el norteamericano Stephen King (1947), cuyas novelas han sido superventas en varias ocasiones.

La literatura infantil no esquiva la muerte y muchos autores han incorporado esta temática a los más pequeños, de forma más o menos directa, para que se familiaricen con ella y deje de ser un tabú. Desde los clásicos cuentos algo terroríficos de los Hermanos Grimm, el personaje del niño que debe enfrentarse a las miserias y a la muerte en el Londres del siglo XIX en Oliver Twist, de Charles Dickens, hasta la novelista Ana María Matute, que en su obra intenta explicar temas como la muerte con absoluta naturalidad. Ejemplo de ello es la Fiesta al Noroeste, novela en la que la muerte y el funeral de un niño son el hilo conductor. Hasta los fenómenos de masas o best sellers juveniles como Harry Potter, de J. K. Rowling (1965), incorporan en su argumento una lucha constante entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. En Oriente, el caso más sorprendente es el del famoso escritor y dramaturgo japonés Yukio Mishima (1925-1970), que ya desde joven manifestó su obsesión por la muerte, hasta el punto de acabar con su vida haciéndose la hara-kiri. Es destacable también el caso de la literatura africana, con representantes como el premio Nobel de Literatura Wole Soyinka(1934), que fue de los primeros a tratar temas como el genocidio ruandés.

La muerte y la literatura mantienen en ocasiones un vínculo más allá de los argumentos y los géneros. Existen varias leyendas y especulaciones alrededor de fenómenos extraños con algunas obras. Casos de libros satánicos o prohibidos, novelas que envenenan e incluso autores condenados a muerte por su obra (como el polémico Los versos satánicos del autor británico de origen hindú Salman Rushdie).

A pesar de algunas diferencias, puede afirmarse que la muerte, en tanto que correspondencia de la vida, es un tema instalado en todas las literaturas y épocas. Es evidente que la historia política y social hace que se vea de formas diferentes, pero, tal como manifestó el poeta Rilke (1875-1926), “la muerte vive dentro de nosotros” y está conectada indefectiblemente al día a día".

Durante los primeros siglos de la Edad Media (Alta Edad Media) se conservó la tradición clásica que contemplaba la muerte con naturalidad. Los relatos de la muerte de algunos caballeros o de santos los presentan enfrentándose a la muerte como un acontecimiento natural, inevitable y que no se contemplaba con horror. Los juglares que cantaban las hazañas de los caballeros debían terminar con la descripción de una muerte valiente, serena, ejemplar. El impacto de las grandes hambrunas que asolaron la Europa occidental, las epidemias, en particular la peste negra del siglo XIV y la predicación de los frailes mendicantes contribuyeron a modificar el sentimiento de la muerte que se tornó mucho más dramático y amenazador. Los ejemplos didácticos (“exempla”) basaban en el miedo a la muerte las recomendaciones para que se corrigieran las costumbres de una vida disipada.

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