Poesía española del siglo XVII






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títuloPoesía española del siglo XVII
fecha de publicación29.07.2016
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POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XVII
El siglo XVII está dominado por un Movimiento cultural -ideológico, artístico y literario- que recibió el nombre de Barroco. Esta fue una centuria marcada por continuas guerras, crisis económicas y hambrunas. Por ello, la idea barroca por excelencia es la del desengaño. Frente al optimismo e idealismo renacentistas, en el Barroco predomina una conciencia angustiada del paso del tiempo; la inevitabilidad de la muerte; la vanidad de todo lo terrenal y el desajuste entre apariencia y realidad, que desemboca en una profunda decepción vital.

En este tiempo, las letras españolas siguen viviendo un periodo de esplendor conocido como los Siglos de Oro. Precisamente, es en la lírica donde cosecha sus mayores logros. La poesía barroca era temáticamente muy diversa, pues todo podía ser asunto poético, dada su gran popularidad. Se practican, además todo tipo de metros, desde populares, como el romance o el villancico, hasta cultos, como el soneto o la copla real.

Este enorme desarrollo lírico se debió a una serie de factores. El primero es el de la institución del mecenazgo, dado que la aristocracia, en un vano afán de ostentación cultural, se rodea de poetas. Otra clave fue la formación de academias, patrocinadas por magnates, que se convirtieron en centros de polémica y producción literaria. Otro factor relevante fue la celebración de certámenes o justas poéticos, donde concurrían los poetas más destacados del momento. Ello conllevó la presencia de muchos y destacados poetas en esta centuria, que se agruparon en escuelas: la madrileña, la sevillana, la antequerano-granadina y la aragonesa.

Realmente, la poesía barroca es una continuación de formas y temas del Renacimiento, pero ampliando de forma exagerada lo formal y los contenidos. El artista barroco pretende sacudir el ánimo del receptor, causando admiración, asombro o espanto, objetivo que se cumplirá mediante dos vías: el culteranismo y el conceptismo. Ambas persiguen la originalidad y la admiración del lector mediante el ingenio. En ambas acaba por romperse el equilibrio clásico entre forma y contenido postulado por la estética renacentista.

Entre los rasgos del culteranismo destacan los siguientes: exprimen las posibilidades de la lengua mediante la complicación formal; juegan con la belleza de la forma; hay una ornamentación exuberante; tienden a al imaginación y a los sentidos; y trascienden la realidad, exaltándola y magnificándola de forma idealizada. Por su parte, el conceptismo se caracteriza por exprimir las posibilidades de la lengua partiendo de los significados de las palabras. Para ello, condensan los conceptos y juegan con los significados y los contrarios, en una clara complicación semántica. Muchas veces, usan términos polisémicos.

A pesar de la larga nómina de poetas de esta centuria, casi todos centrados en la primera mitad del siglo, los tres más destacados son Lope de Vega, Góngora y Quevedo. El primero de ello, también destacado por su prolífica obra dramática, posee una extensa obra lírica muy marcada por su personal experiencia biográfica. De ese modo, destaca su capacidad para verter literariamente sus experiencias cotidianas, es decir, para poetizar la circunstancia, preludiando con ello el espíritu del escritor moderno. Su poesía fue más de tipo popular, dirigida a un público amplio. Aunque su poética parte de un principio de claridad expresiva, no renuncia ni al juego conceptual ni al adorno formal. En vida, recogió su obra en diversos poemarios, entre los que cabe destacar Rimas (1602), Rimas sacras (1614), y Rimas del licenciado Tomás de Burguillos (1634).

El segundo poeta más importante del siglo fue Luis de Góngora y Argote. Fue un poeta muy criticado en su tiempo. Famosas fueron sus enemistades personales y literarias -por ejemplo, con Quevedo-, dado su carácter sombrío y orgulloso. Con su obra, principalmente lírica, pretendía crear un nuevo lenguaje poético mediante la acumulación e intensificación de recursos retóricos. Aunque posee una extensa producción de poesía popular, destacan especialmente sus poemas mayores, como Fábula de Polifemo y Galatea (1612) y Soledades (1614). El primero, por ejemplo, es un reto a la inteligencia. En el poema se acumulan las dificultades formales de tal modo que resulta un poema comprensible solo para lectores muy cultos. Lo importante en él es, además de todo el juego lingüístico, la recreación de la belleza de una naturaleza idealizada.

Contrario camino a la complicación formal tomó Francisco de Quevedo para demostrar su ingenio y agudeza lírica. Además de poeta, Quevedo fue un destacado narrador con obras como la novela picaresca El buscón o la obra satírico moral Los sueños. Como lírico, la abundantísima obra poética de Quevedo suele agruparse atendiendo a sus temas: poemas filosóficos, morales, religiosos, amorosos, satírico-burlescos y de circunstancias. En general, usa muchos tópicos literarios para expresar preocupaciones propias del barroco, como la muerte o la angustia de la soledad. Su poesía es un constante meditar sobre la brevedad de la vida y la fugacidad del tiempo. Para Quevedo, la realidad es cambiante y contradictoria y la apariencia engañosa. Pero lo relevante es su adhesión al conceptismo: Quevedo condensa la expresión al máximo y así llega a la culminación de conceptos e ideas, diciendo mucho con pocas palabras, especialmente en sus sonetos.

Tras esta exposición, se percibe que la poesía en el Barroco fue rica y variada, reflejando todo un esplendor en las letras hispanas que no ha vuelto a repetirse. Sin embargo, es una poesía complicada, dado que los autores buscaban la originalidad mediante la complicación de la forma y el contenido y se dirigían a un receptor minoritario.

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