Tema El Romanticismo: orígenes, características, tendencias, mitos y temas






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fecha de publicación29.07.2016
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Tema 7. El Romanticismo: orígenes, características, tendencias, mitos y temas

Introducción
Con el término “Romanticismo” nos referimos a un movimiento surgido a finales del siglo XVIII en Inglaterra y Alemania, desde donde se extiende a otros países de Europa. La palabra romantic aparece por primera vez en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVII; pero era usada, no sin ironía, para indicar cosas que “sólo ocurren en las novelas”, fuera de la realidad. En su significado positivo, moderno, la palabra no apareció hasta el siglo siguiente, cuando la nueva sensibilidad empezó a deleitarse con cuanto era fantástico e irracional, misterioso y extraño, melancólico o terrorífico: “románticos” parecieron entonces los castillos góticos y los antiguos conventos en ruinas, los paisajes pintorescos, horrendos o idílicos, pero solitarios y agrestes; así como empezó a llamarse “romántico” cuanto -en la poesía popular o culta- se relacionaba con la Edad Media”. Como escribió Valbuena Prat: “Romanticismo es la revolución francesa y un drama de Hugo; el nuevo concepto de la naturaleza por Rousseau y un poema de Byron; la síntesis del Fausto y el análisis psicológico del Wherter”.
Según A. Hauser, el Romanticismo fue no solo un movimiento general de toda Europa, que abarcó una nación tras otra y creó un lenguaje literario universal, el cual era al fin tan comprensible en Rusia y Polonia como en Inglaterra y Francia, sino que acreditó ser al mismo tiempo una de aquellas tendencias que, como el naturalismo del gótico o el clasicismo del Renacimiento, han continuado siendo un factor permanente en el desarrollo del arte. Efectivamente, no hay producto del arte moderno, no hay impulso emocional, no hay impresión o disposición de ánimo del hombre moderno que no deba su sutileza y su variedad a la sensibilidad nerviosa que tiene su origen en el romanticismo.
El periodo de mayor apogeo del movimiento corresponde a la primera mitad del XIX, aunque, dependiendo de los países, prolongó su influencias durante todo el siglo XIX, a pesar de que en el último tercio del siglo tuvo que convivir con el realismo. También durante este último tercio se fragmentó en distintas corrientes grupadas bajo el rótulo de posromanticismo: parnasianismo, simbolismo, decadentismo o prerrafaelismo.
El Romanticismo se caracterizó desde el principio por la reivindicación del “yo”, por la voluntad del autor de dar a conocer sus experiencias personales y de poner fin a un modo de hacer literatura basado en reglas demasiado estrictas o en imposiciones al quehacer literario ajenas al poder creador que, según los románticos, debe prevalecer en la literatura y el arte. Dicho de otro modo, es la reivindicación de la libertad y la búsqueda de la misma, en consonancia con el espíritu de la época, guiado por el liberalismo económico y el desarrollo de las libertades políticas de la mayoría.
Orígenes
El año 1798 puede fijarse como la fecha en la que se inicia el movimiento romántico en Alemania, cuando Friederich Schlegel, en la revista Athenaeum, definía la poesía romántica como una “poesía universal progresiva que... [en contraste con la plenitud de la poesía antigua...] radica siempre en el devenir, incluso tiene como carácter propio el estar siempre en evolución, en no poder quedar nunca completada”. Ese mismo año, en Inglaterra, encontramos una primera referencia clara con el programa de las Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth, “alado anuncio de una revolución poética”, destinada “a dar color de realidad a lo sobrenatural por la verdad de las emociones expresadas” y, por otra parte, “a revelar el misterio escondido en las cosas más humildes de cada día”. Será 1810 el año en que en Francia puede hablarse del primer manifiesto romántico francés, el texto de Mme. Staël, De Alemania. En él la autora advertía acerca de los peligros del anquilosamiento del arte francés, apegado a los modelos clásicos, y abría definitivamente las puertas a la poesía del entusiasmo y a la libertad creadora del espíritu. Y en Italia el Romanticismo se afirma en 1816 cuando un artículo -en el que Mme Staël incitaba a los italianos a liberarse de una sujeción ya pedantesca y supina ante las formas clásicas y a estudiar las nuevas literaturas extranjeras- provocaba protestas violentas y adhesiones fervorosas e inspiraba a Berchet la Carta semiseria de Crisóstomo, verdadero manifiesto del romanticismo italiano.
Históricamente, las primeras expresiones del Romanticismo se producen en Inglaterra, donde destaca un grupo de poetas (W. Blake, S. T. Coleridge, W. Wordsworth, J. Keats, P. B. Shelley, Byron) y el creador de un tipo de relato peculiar de la narrativa romántica, la novela histórica: Walter Scott.
Por su parte, el romanticismo alemán cuenta con un movimiento precursor, el Sturm und Drang (tempestad y empuje), con una primera fase, la llamada “etapa de Jena”, donde encontramos la idea del “yo”, de Fichte y Schelling, que dará origen a la del “genio individual” romántico en búsqueda permanente de lo absoluto. A este grupo pertenecen, entre otros, los hermanos Schlegel y Novalis. Una segunda fase, la llamada del “Romanticismo de Heidelberg”, tendrá como objetivo el redescubrimiento de la tradición cultural alemana, especialmente en sus formas populares.
Características
Los rasgos que identificarían el Romanticismo serían los siguientes:
Ruptura con el neoclasicismo, que se manifiesta en la concepción de la realidad (armónica, estable y sujeta a leyes en el arte neoclásico; conflictiva, dinámica y evolutiva en el romántico), en la vivencia poética de la misma (predominio de aspectos racionales y estilizadores en el neoclasicismo; de la intuición, pasión y sentimientos en el Romanticismo) y en la expresión estética (la naturaleza aparece estilizada en el neoclasicismo -el tema del “jardín”, el “estanque”-; agreste y libre en el Romanticismo -gusto por los paisajes abiertos y embravecidos: el bosque, el mar, la tormenta, etc.-).
Asimismo, muchas formas literarias características del neoclasicismo, como la tragedia, las odas, las églogas, etc. entraron en total decadencia en el periodo romántico, mientras que se desarrollaron formas literarias nuevas como el drama, la novela histórica, la novela psicológica y de costumbres, la poesía intimista y la filosófica, el poema en prosa, etc.
Nueva concepción del Yo como fuente y norma de creación literaria. El Romanticismo alemán, bajo la influencia de Fitche (que concibe el Yo como realidad primordial y absoluta y principio de todo saber) considera al espíritu del hombre como facultad dotada de poderes que le empujan a la búsqueda incesante de lo absoluto. De ahí, la apertura de los románticos al misterio y a lo sobrenatural, que anidan en el interior del hombre, en la esfera del inconsciente. Por ello, los personajes románticos se sienten atraídos hacia un ideal inefable que no pueden alcanzar.
Búsqueda de “otra realidad”, motivada por la mencionada insatisfacción: los románticos (decepcionados por el fracaso de los ideales políticos en los que habían confiado) se muestran, como los personajes de sus ficciones literarias, desgarrados interiormente e inseguros ante una realidad hostil y de ahí que se evadan hacia un mundo idealizado que se concreta en diferentes líneas: regreso al pasado (sobre todo la Edad Media); traslado a realidades exóticas y desconocidas (naturaleza salvaje, países orientales y mediterráneos); viaje al mundo interior de la conciencia (inmersión en las zonas profundas del inconsciente, en el sueño, en lo misterioso, lo fantasmal, lo lúgubre...).
Creación de un peculiar tipo de héroe romántico. Es Byron el que configura definitivamente dicho tipo o, más bien, estereotipo, vinculando rasgos de personajes como Werther (melancolía, pesimismo, desesperación, etc.) con otros derivados de algunos mitos (Prometeo, Satán o don Juan), convertidos en referentes simbólicos de la rebeldía romántica frente a los códigos morales y las instituciones establecidas. Este ser romántico se define como un ser misterioso (en su pasado hay un secreto), un rebelde, un seductor (en algunos casos con cierto matiz diabólico), un proscrito (la gente le teme y se aparta de él porque cree que conlleva la perdición), un ser perseguido por el destino.
Y, finalmente, la lengua y el estilo se transformaron profundamente, enriqueciéndose de manera especial en el dominio del adjetivo y de la metáfora. Algunos aspectos formales destacables son los siguientes:
Liberó la creación poética de la sujeción a las reglas, condenó la teoría neoclásica separadora de los géneros literarios y rechazó la concepción de los autores clásicos como paradigma, fuente y medida de todos los valores artísticos.
Muchas formas neoclásicas como la tragedia o la égloga entraron en decadencia, mientras que se desarrollaron nuevas formas literarias como el drama, la novela histórica, la psicológica y la de costumbres, la poesía intimista y filosófica o el poema en prosa.
Se recurrió a un léxico que expresara los sentimientos, emocional, capaz de conmover. Las exclamaciones, las frases entrecortadas pretenden reflejan estados de ánimo alterados, sometidos a fuerte emotividad. A menudo se caía en lo grandilocuente. Se buscaron nuevos ritmos y sonoridades, combinaciones versales y estróficas en la lírica nuevas y sorprendentes, y a menudo se recurrió al contraste (lo feo y lo bello, lo sublime al lado de lo repulsivo).
Hay que tener presente que el Romanticismo ya no se dirige a una minoría culta: es un arte de masas, que aspira a interesar a una mayoría.

Tendencias
Dos grandes tendencias pueden identificarse en el Romanticismo: una liberal y otra conservadora, aunque ambas tengan distintos desarrollos en los diferentes países. En general, suele entenderse que el romanticismo conservador, sin dejar de ser individualista, no llega a una rebeldía absoluta contra todo orden, al contrario, vuelve sus ojos a las tradiciones, al orden e, incluso, a la religiosidad. Los románticos liberales parecen abrazar los principios de la revolución burguesa e identificarse con los valores democráticos y la defensa de las libertades.
La llamada tendencia conservadora (o tradicionalista) se opone al espíritu de la Ilustración y es amiga de las manifestaciones específicas de cada comunidad, por lo que se vincula con la vitalidad de los movimientos de índole nacionalista y la reivindicación y recuperación del folclore autóctono. Por contra, la liberal (o progresista) adopta ciertos postulados de la Ilustración, pero los transforma insuflándoles el patetismo y la carga emocional de que éstos carecían a los ojos de los románticos.
Mitos
Entre los mitos centrales del romanticismo estaría Prometeo. Este es la figura que los románticos exaltan con frecuencia como símbolo y paradigma de la condición titánica del hombre; “como Prometeo, el hombre es un ser en parte divino, “turbio río nacido de fuente pura”, cuyo destino está tejido de miseria, soledad y rebeldía, pero que triunfa de este destino rebelándose y transformando en victoria la propia muerte”.
Otro referente mítico sería Satán, que Milton retrató en su obra del XVII El paraíso perdido como majestuoso ángel caído, en cuyos hermosos ojos moran la tristeza y la muerte, animado de un heroísmo sombrío y orgulloso, proclamando valerosamente la gloria y la grandeza de su desafío al Creador. Satán personifica la rebeldía y la aspiración de alcanzar el absoluto. Figuras satánicas encontramos en diversas producciones de este periodo, aunque destaca su presencia en Goethe (“Fausto”) o el Byron.
También Caín es interpretado por los románticos como un rebelde sublime que, torturado por la miseria y el dolor del destino humano, ávido de eternidad y de infinito, se niega a obedecer dócilmente a Dios, invitando a los demás hombres a la rebelión heroica, prefiriendo la muerte a la vida efímera y esclavizada.
Y, finalmente, Don Juan, el gozador impenitente y libertino del teatro del seiscientos, transformado por los románticos en peregrino del absoluto que trata de reencontrar a través del amor, como Fausto a través de la ciencia, el paraíso perdido, el secreto del mundo, la unidad primordial.
Temas
De lo expuesto en las líneas anteriores pueden deducirse los temas más habituales en la literatura romántica:
La insatisfacción y la rebeldía como actitudes. El estereotipo del escritor romántico tiene mucho de real: no es un hombre adaptado a su sociedad, que lo decepciona y con la que mantiene una postura contradictoria y cambiante: pasa del entusiasmo a la postración y la melancolía es su compañera perpetua. Los propios personajes de la literatura romántica son, a menudo enfermizos, con tendencia al ensueño, a la apatía, la desgana de vivir, el sentimiento de vacío.
La importancia del yo. Con la complacencia en analizarse y en vivir de recuerdos, buscan el consuelo situándose en paisajes salvajes (que expresan su propia alma atormentada). Encerrado en su yo, le falta al escritor romántico la capacidad de salir de sí mismo y ponerse en la piel de los demás. Suele caer en la locura o en la enfermedad.
La búsqueda de evasión. En consonancia con lo anterior, su insatisfacción le hace huir del presente, por lo que el viaje se convierte en uno de los grandes temas del movimiento; muy a menudo, es un viaje sin fin. Entre los países europeos, Italia y España fueron las fuentes de un exotismo más imaginario que real. Fuera del continente, el mito estelar del exotismo romántico fue Oriente con su misterio, perfumes y colores. El viaje en el tiempo tiene en la Edad Media y el Renacimiento su destino preferido, aunque no se trata de recreaciones históricas sino muy idealizadas y personales. Por último, el viaje también tiene lugar en el mundo de los sueños.
Interioridad y espiritualidad. El movimiento romántico se siente atraído por todo aquello que tiene aires de iluminismo y esoterismo. Los románticos, individualistas y egocéntricos, aceptan difícilmente la ortodoxia y la autoridad; así, su religiosidad es, sobre todo, de tipo sentimental e intuitiva, sin necesidad del rito y en la intimidad de la propia conciencia. Los románticos adoraron a Dios en los astros, las montañas, las aguas o los animales: el panteísmo como forma de religiosidad.
Interés por los valores nacionales. Toda Europa vive un periodo de interés por el pasado y las raíces. La filosofía alemana de Herder divulgó la creencia y el deseo de ver a cada nación como un organismo dotado de alma que se desarrolla en el tiempo pero sin modificar su esencia. La Edad Media, época de formación de las naciones europeas, se convierte en la edad dorada en que ese espíritu nacional se había mostrado en su pureza original. Se ponen de moda géneros medievales como el romance y las baladas, los dramas históricos ambientados en esta época, las recopilaciones de cuentos y leyendas medievales, etc.

Bibliografía básica:
Adaptación del tema de “Magister dixit”,

del profesor Carlos del Río, y el IES María de Córdoba.

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