Las letras hispanoamericanas en el siglo XIX nelson Osorio T. [9] Prólogo






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títuloLas letras hispanoamericanas en el siglo XIX nelson Osorio T. [9] Prólogo
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La Organización de los Estados Nacionales (1831-1880)


     Hacia 1830, el proceso de emancipación política de las antiguas colonias de España, salvo Cuba y Puerto Rico, estaba terminado. Pero el proyecto integrador y unitario que era consustancial al proceso también se diluye y comienza una etapa de luchas caudillistas, guerras internas y conflictivos cambios de poder, buscando formas de gobierno independiente del que no existían tradiciones ni experiencias.

     Los sectores cuya insurgencia provocó la ruptura con la metrópoli buscan asegurar su hegemonía en las nuevas repúblicas, y garantizar las condiciones de su fortalecimiento como oligarquías criollas, agropecuarias fundamentalmente, y en menor grado mineras. Una de las secuelas del régimen colonial fue la carencia de una tradición gestionaria de administración y gobierno, lo que hizo que la vida republicana en estos países se desarrollara a bandazos, [40] entre la anarquía y el despotismo. Salvo en Chile y en Brasil-por razones diferentes en ambos casos-, los años que van desde 1830 a 1850 aproximadamente, se caracterizan por la inestabilidad, tanto de los gobiernos pretendidamente republicanos como de las naciones mismas que tratan de constituirse como entidades autónomas a partir de las artificiales divisiones político-administrativas establecidas en la colonia.

     El proceso de constitución y estabilización de las estructuras nacionales, abarca el periodo que va desde 1830 (disolución de los proyectos de integración continental o subregionales) hasta 1880, años más, años menos. Y en este largo proceso pueden distinguirse dos momentos que, con algunos desfases, se cumplen en casi todos los países. Los primeros veinte años, como se ha dicho, se caracterizan por las guerras civiles, enfrentamientos de caudillos, anarquía y desgobierno; pero hacia mediados de siglo, se empiezan a estabilizar las sociedades bajo el control oligárquico, y una situación favorable del comercio internacional permite un incremento de los ingresos de exportación y un fortalecimiento económico. Como consecuencia de esto último, a partir de 1850, la estabilización de los estados nacionales, afincada en el desarrollo de una economía de cultivo y extractiva, profundamente dependiente del comercio exterior, hizo que la anterior dependencia colonial se sustituyera por una relativa independencia política y un creciente fortalecimiento de los lazos económicos con Europa. [41]

     Los proyectos que marcan la vida intelectual de esos primeros años llevan el sello dominante del liberalismo ideológico en lo político, y del romanticismo en lo artístico y literario. Es significativo que Andrés Bello, en 1842, escribiera que «en la literatura, los clásicos y románticos tienen cierta semejanza con lo que son en la política los legitimistas y liberales».

     Con pocas excepciones, los hombres de letras conservan la tradición que surge en el periodo de la emancipación, y en las nuevas repúblicas independientes se mantienen estrechamente vinculados a la vida pública y a la acción política. Como señala Pedro Henríquez Ureña, «en medio de la anarquía, los hombres de letras estuvieron todos del lado de la justicia social, o al menos del lado de la organización política contra las fuerzas del desorden» (Corrientes, 114).

     Si bien es cierto que el sello general de esos primeros decenios de este periodo de formación de los estados nacionales se articula al romanticismo, no es menos cierto que este romanticismo tiene características difícilmente reductibles sin violencia al romanticismo europeo. En primer lugar, por la fuerte vinculación con la vida pública y la política inmediata que mantenían sus hombres de letras. Y en segundo lugar, porque no había en América una tradición clásica de modelos que enfrentar y de normas que romper. De esta manera, el impulso libertario del romanticismo hispanoamericano fue más inaugural que ruptural, y tuvo un fuerte acento de identificación nacional y un [42] marcado interés por los valores propios. Más que anti clásico fue anti español, sobre todo en el sentido de anti despotismo.

     Por ello, no es tan extraño que surgieran en América obras románticas antes que en España, o por lo menos, con autonomía respecto al proceso literario peninsular. Es el caso ya mencionado de Jicotencal (1826); y en estos años, el caso de Esteban Echeverría (1805-1851), que en 1832 publica Elvira, o la novia del Plata. Si bien esta obra -como la otra, su antecesora en el romanticismo- no tuvo una gran acogida en el público, abre camino al reconocimiento de su autor, que en 1837 da a conocer su obra literaria más importante, el relato en verso titulado La cautiva, en el que con la incorporación del paisaje de la pampa -que llama «el desierto»-, el enfrentamiento entre criollos e indios y la naturaleza salvaje, la temática nacional se hace centro de la obra (a diferencia de Elvira, en que estaba apenas formalmente insinuada). En Echeverría se ilustra con bastante propiedad la manera nacional y específica en que el romanticismo se manifiesta en América, especialmente si consideramos que en 1839 escribe su conocido relato El matadero -que no se publica sino hasta 1871-, y que también por esos años da a conocer, primero en forma esquemática -en el periódico El Iniciador de Montevideo, enero de 1839-, el texto doctrinario que se conoce como Dogma socialista (1846).

     El interés por lo nacional y por la realidad casi inédita que iba desplegándose en las nuevas naciones de América [43] no es una preocupación puramente especulativa; está profundamente relacionada con la necesidad de conocer, comprender y organizar la sociedad civil. Y hasta las actividades más tradicionalmente desvinculadas de la funcionalidad práctica (como la poesía, por ejemplo) o las que obviamente parecieran destinadas al esparcimiento y recreo (como la inauguración de teatros y salas de espectáculos), se articulaban a este proyecto de formar al ciudadano, al agente civil y civilizado de las nuevas repúblicas. No es pues extraño que en el mundo de las letras, la producción propiamente literaria, del modo como en nuestros días se entiende, fuera parte de una actividad mayor y englobante. Es así como el hombre de letras, además de estar creando una incipiente literatura nacional, reflexionaba y participaba activamente en la formulación de ideas y proyectos constitucionales, legislativos, educacionales, etc., como otra manera de contribuir a la construcción de las nuevas repúblicas.

     Sobre todo en la primera etapa de este periodo, la figura que mejor representa y resume en su más alto grado la función plena del hombre de letras es Andrés Bello. Después de un penoso aunque productivo exilio en Londres (desde 1810 hasta 1829), a mediados del año 29 vuelve a América, contratado por el gobierno de Chile, país en el que permanece hasta su muerte (1865). Chile, que había vivido una etapa confusa y anárquica en el decenio anterior, a partir de 1830 inicia un proceso de estabilización política, apoyado en el sector económico-social [44] de la oligarquía terrateniente y encabezado en gran medida por Diego Portales. Se constituye así un gobierno fuerte, centralizado, pero al mismo tiempo despersonalizado (no caudillista), en el que se busca imponer la impersonalidad de las leyes y ordenanzas por sobre la voluntad e interés de los gobernantes y directivos; (11) la Constitución de 1833, de prolongada vigencia, a la que se agrega en 1856 el Código Civil, funciona como un marco regulador y estabilizador de la vida ciudadana. Estas condiciones posibilitan la obra de un hombre del potencial de Andrés Bello. Su obra, amplia, variada y compleja, lo sitúan como uno de los intelectuales más importantes del siglo XIX, y ella puede ilustrar en forma plena el proyecto que moviliza la vida cultural de ese periodo; si hay un principio que pueda englobar este proyecto diríamos que todo él está en función del autoconocimiento identificador y de la organización y estabilización de la vida civil, en los planos de la administración, la educación, las ciencias y las letras.

     No deja de ser significativo que las obras de Bello que en esos años tuvieron mayor trascendencia americana hayan sido el Código Civil (iniciado en 1831 y promulgado [45] en 1855) (12) y la Gramática de la lengua castellana para el uso de los americanos (1847). (13) El primero, destinado a regular con nuevos criterios la sociedad civil, sustituyendo la legislación española que seguía siendo aplicada; y la segunda, con el objeto de legitimar y normalizar el uso de la lengua común en las nuevas naciones.

     Cabe señalar que esta preocupación e interés por las cuestiones relativas al derecho, al ordenamiento jurídico, y a la lengua y las modalidades del castellano en América, no son privativos del singular talento y la visión de Bello. Si bien alcanzan en él una realización plena y memorable, pueden considerarse como una marca específica del quehacer de los intelectuales y hombres de letras de este periodo. Sin pretender un recuento prolijo, y solamente de paso, pueden recordarse obras como el Fragmento preliminar para el estudio del derecho (1837) [46] y las Bases para la Constitución de la República Argentina (1852) de Juan Bautista Alberdi; el antes citado Código o Declaración de principios... (1838; después Dogma socialista, 1946) de Esteban Echeverría; los Apuntamientos para la introducción de las ciencias morales y políticas (1840) y el Código de moral fundado en la naturaleza del hombre (1860) de Justo Arosemena. Y en lo que respecta a la preocupación por la lengua, aparte de la ya citada y otras numerosas obras de Bello, puede recordarse el Diccionario provincial (...) de voces y frases cubanas (1836) de Esteban Pichardo; el Prospecto del «Diccionario matriz de la lengua castellana» (1850) y el Diccionario de galicismos (1855) de Rafael María Baralt; las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1867-1872) de Rufino José Cuervo.

     Un aspecto importante y a menudo descuidado en el estudio de este periodo es el que corresponde a la preocupación por organizar y difundir los primeros repertorios literarios, tanto nacionales como de conjunto. En esos años se publican las primeras antologías y los primeros esbozos de historias literarias. Se trata de una tarea estrechamente vinculada con el proyecto general y englobante de autoconocimiento y afirmación identificadora en la organización de las repúblicas independientes.

     En este orden, el esfuerzo más señalado y valioso lo constituye la obra pionera, prolija y erudita de Juan María Gutiérrez. Dentro de ella no puede dejar de mencionarse [47] su América Poética, impresa en Valparaíso en 1846. (14) Este volumen es el primer intento sistemático de reunir y dar a conocer un muestrario significativo de la producción literaria (en verso) de Hispanoamérica. Lleva a manera de pórtico, inmediatamente después de la nota de presentación, el texto completo de la «Alocución a la poesía» de Andrés Bello; como se ha señalado antes, este poema, de 1823, puede ser considerado un verdadero manifiesto de emancipación y autonomía literaria, de manera que el colocarlo en sitio tan especial y privilegiado en esta primera antología (15) es un indicio revelador del carácter y la función que se pretende que ésta cumpla. La América Poética constituye uno de los repertorios más interesantes y reveladores de las letras del siglo XIX; el que no haya sido nunca reeditado y la dificultad de encontrar ejemplares de esta obra puede [48] explicar el hecho de que no haya sido todavía suficientemente valorada su importancia por la historiografía literaria. Aparte de su valor como repertorio y como testimonio del pensamiento crítico literario de la época, la obra presenta algunas características interesantes. Es revelador, por ejemplo, que en la noticia inicial con que presenta a cada uno de los 53 poetas, ordenados alfabéticamente por sus apellidos, no se use nunca el gentilicio nacional (cubano, chileno, argentino, mexicano, etc.), sino que simplemente se indique el lugar de nacimiento. También resulta interesante observar que se incluyen en la muestra poetas de Cuba y Puerto Rico, a pesar de que estos países eran todavía políticamente parte de la corona española. Por último, es digno de atención el que en la presentación de «Los Editores» (p. V-IX) se haga una reivindicación de la poesía en las culturas prehispánicas y aborígenes, hecho singular y hasta novedoso en ese momento.

     Además de esta fundamental obra de Juan María Gutiérrez, en este periodo se publican en diversos países (y con variados títulos también) las primeras recopilaciones y antologías que buscan establecer los antecedentes y las bases iniciales de una literatura nacional. (16) [49]

Los dos momentos que se pueden distinguir en este periodo de organización de las repúblicas como estados nacionales podrían ilustrarse también con dos obras que figuran entre las más importantes publicadas en esos años. Me refiero al Facundo (1845) de Domingo Faustino Sarmiento y al Martín Fierro (1872) de José Hernández.

     El primer momento, en el que la anarquía y el caudillismo no son sino dos expresiones de una misma realidad social confusa y desorientada, da origen a una obra que sinser estrictamente literaria en términos convencionales -mezcla de ensayo antropológico y social, con descripción de ambientes y costumbres, reflexión ideológica y exposición de tesis políticas y programáticas- se considera una pieza magistral de las letras del siglo XIX. Nos referimos a Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga -como se titula en su primera edición-, conocida con el nombre abreviado de Facundo. Expresión maestra de la ideología europeizante del liberalismo clasista y del romanticismo, en Facundo se formaliza literariamente la tesis, cara a la oligarquía ilustrada, de que la verdadera causa de los males de América se define por un conflicto entre la civilización europea y la barbarie americana. Y que los espacios en que se despliegan estos dos principios antinómicos son la ciudad y el campo, respectivamente. Para Sarmiento, la dicotomía se plantea en términos irreductibles, y las anheladas y necesarias metas del progreso, en términos de orden social, desarrollo del comercio, la industria y la educación, sólo serán posibles en la medida en que [50] la «civilización» someta a la «barbarie». Esta tesis esquemática y brutal de Sarmiento tuvo larga progenie, sobre todo por la facilidad con que pudo ser asimilada por el positivismo, entonces todavía incipiente, que pudo darle nuevos rasgos y argumentos y prolongar su vigencia ideológica incluso hasta bien avanzado el siglo XX.

     Al publicarse el libro de Sarmiento, en pleno momento de una sociedad corroída por luchas intestinas, los referentes precisos de carácter local eran los blancos e ilustrados oligarcas de Buenos Aires, por una parte, y por otra, los caudillos provincianos y los gauchos mestizos y montoneros. Con el proceso de estabilización de la sociedad argentina, después de la derrota de Juan Manuel de Rosas (1852) y especialmente a partir del triunfo de las tropas de Bartolomé Mitre y el fin del conflicto entre la Confederación y Buenos Aires (1861), se consolida y desarrolla el poder de la oligarquía agraria y ganadera. Bajo su hegemonía se busca la unificación del país, y ya la dicotomía de Sarmiento no puede plantearse en los mismos términos referenciales.

     El segundo momento de este periodo, en el que se concreta la estabilización de la vida social, por el carácter de las economías en desarrollo induce a una reconsideración de la visión negativa del campo y la provincia, ya que el nuevo proyecto implica, para afianzar la unidad nacional, su integración al proceso, y la superación de los prejuicios excluyentes. El gaucho, en el esquema de Sarmiento, representaba literalmente la barbarie negativa que se oponía a la civilización, al progreso, al orden. Pero en esta [51] nueva etapa consolidativa y estabilizadora, su función era fundamental para el desarrollo de la producción, sobre todo ganadera, una de las más fuertes bases de la economía nacional. Por eso empieza a reajustarse el esquema, y, sin salirse del modelo maniqueo de «civilización y barbarie», se le empieza a considerar como un agente de la civilización, del progreso, del dominio sobre el campo y la tierra.

     La obra en que adquiere su dimensión metafórica este cambio, no de la antinomia sino de sus referentes concretos, es El gaucho Martín Fierro (1872) de José Hernández, uno de los libros más leídos y difundidos en esos años y que se ha convertido en una verdadera epopeya nacional en Argentina. En esta obra, Hernández, sin romper con el esquema de Sarmiento, coloca los términos (civilización versus barbarie) en una dimensión referencial más coherente con la nueva realidad. El gaucho, que es blanco o mestizo, empieza a vincularse a los valores positivos (la «civilización», en términos de Sarmiento), y el factor antagónico, la rémora y el atraso, pasa a ser el indio, tradicional poseedor de las tierras que hay que civilizar. El Martín Fierro, obra, por otra parte, de indudable maestría artística, cumple la función de proyectar una imagen épica y heroica del gaucho, idealizado además como figura noble y sencilla; es el hombre que hace producir el campo, sometiéndolo a la civilización, a pesar de las adversidades, incomprensiones e injusticias. Esta idealización del gaucho va a parejas con la satanización del indio, el «bárbaro», reacio a la civilización, al cristianismo, a la cultura y [52] leyes de los blancos. Como puede revelarlo una lectura atenta de la obra, llama la atención que los mismos rasgos y expresiones que se emplean para caracterizar la «barbarie» en el Facundo son los que se emplean para caracterizar a los indios en el Martín Fierro.

     Al entrar en una etapa de estabilización las sociedades y al irse, en mayor o menor grado, consolidando las repúblicas, la producción literaria empieza a desprenderse de funciones contingentes inmediatas. Sobre todo a partir de mediados del siglo se advierte la creciente presencia de obras en las que se reivindica cierta autonomía de funcionamiento y la búsqueda de una condición más propiamente literaria. El costumbrismo (artículos, cuadros y relatos) establece una especie de zona de transición entre el entretenimiento y la crítica más o menos amable de tipos y comportamientos sociales; incluso en el teatro ofrece una expresión bastante lograda, en las obras, por ejemplo, de Manuel Ascencio Segura o de Felipe Pardo. La prensa periódica posibilita también un tipo de literatura en las que la función de entretener se va privilegiando; se fortalece en esos años el folletín sentimental y de intriga (con un enorme desarrollo en México, por ejemplo).

     Ya en la segunda mitad del siglo la novela sentimental y realista (los dos elementos integrados) muestran una presencia madura del género, que se acrecienta con el tiempo. De esos años destacan Martín Rivas (1862) de Alberto Blest Gana, y María (1867) de Jorge Isaacs. Hacia fines de este periodo se produce una especie de recuperación de la [53] temática indígena, con obras cuya perspectiva sentimental e idealizada no entra en contradicción con los criterios dominantes; ejemplos de esta propuesta pueden verse en Cumandá, o los amores de dos salvajes (1871) de Juan León Mera, y en Enriquillo (1878, 1882) de Manuel de Jesús Galván.

     Con todo, y a pesar de las varias muestras de obras literarias que aún hoy conservan su vigencia artística, no es sino hasta el periodo siguiente, después de 1880, que la producción literaria empieza a tener un desarrollo relativamente autónomo, a formularse su propio proyecto paralelo a los proyectos sociales, políticos y reivindicativos que se plantean en las otras esferas de la vida social. [55]





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