Las letras hispanoamericanas en el siglo XIX nelson Osorio T. [9] Prólogo






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Las Letras de la Emancipación (1791-1830)


     A comienzos del siglo XIX, las sociedades de América Latina se ven afectadas en su conjunto por una serie de cambios que modifican sustancialmente su condición histórica, abriendo paso a una etapa nueva. Este momento es el que se conoce tradicionalmente como el periodo de la Emancipación.

     El panorama mundial en el cual se inscriben estos cambios está signado por los avances revolucionarios de la creciente burguesía, cuyo fortalecimiento -favorecido por el acelerado proceso de la llamada Revolución Industrial- se consolida con la hegemonía política sobre la zona del Atlántico Norte -afianzada con la Independencia de los Estados Unidos, en 1776-, y da lugar al surgimiento de las bases definitivas de la Época Moderna (Carlos M. Rama: Historia, 17).

     Para el caso particular de la América española en esos años, a estas nuevas condiciones generales que van cambiando [20] la fisonomía del mundo occidental, habría que agregar el conjunto de acontecimientos políticos y militares que afectan la vida de la península ibérica, centro del imperio español, particularmente la invasión napoleónica y la consiguiente huida del rey Fernando VII.

     En ese contexto y por esos años van adquiriendo expresión pública, primero en lo político, y muy pronto también en lo militar, los anhelos de autodeterminación y los esfuerzos por romper con la dependencia colonial. Son los años en que comienzan a tomar forma en las posesiones españolas de América los primeros proyectos para organizarse como una sociedad autónoma.

     La fecha que suele usarse para situar el inicio de este proceso de Emancipación es el año 1810, momento en que en la mayoría de las capitales coloniales del imperio español se crean Juntas de Gobierno, con la finalidad declarada de asumir provisoriamente la dirección de sus asuntos en nombre del rey Fernando VII. El hecho de que la península ibérica estuviera invadida por las tropas francesas justificaba esta medida; el mismo Fernando VII, antes de dejar el país, nombró una Junta para que se encargara de sus intereses, y a su ejemplo se crearon Juntas provinciales en Sevilla, Galicia, Asturias y otros lugares de España. En las colonias americanas, apelando a su formal condición de Provincias de Ultramar, las fuerzas criollas internas, apoyándose sobre todo en la institución de los Cabildos, impulsan también la formación de Juntas de Gobierno similares a las de la península. [21]

     Dada la situación de España, regida a partir de 1808 por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, tanto los españoles fieles a Fernando VII como los criollos ilustrados parecían coincidir en la necesidad de crear instrumentos de gobierno que impidieran la anexión de las colonias a Francia. Sólo que estos últimos veían en las Juntas organismos mediante los cuales pudieran consolidarse proyectos autonomistas que fueran más allá de una simple medida transitoria de resguardo de los intereses de la Corona y el Imperio.

     Después de los intentos pronto sofocados que se dan en Chuquisaca, La Paz y Quito en 1809, el movimiento se extiende a otras capitales en 1810 y se inicia una etapa en la que los sectores criollos más radicalizados empiezan a imponer su proyecto a los moderados españoles realistas.

     La diferente apreciación acerca del carácter, atribuciones y perspectivas que debían tener las Juntas de Gobierno -diferencias no siempre explícitas en el momento- va separando a los peninsulares realistas de los criollos ilustrados. Esta diferencia no nace como producto de la contingencia inmediata que debían afrontar, sino que tiene antecedentes previos. La gestación de una conciencia criolla diferenciada se inicia en el mundo colonial desde muy temprano. Las contradicciones de intereses entre peninsulares y coloniales (los llamados indianos por unos, criollos o españoles americanos, por otros), unida a la institucionalización de las desigualdades y discriminaciones impuesta por la práctica del gobierno central español, [22] crean las condiciones materiales para el surgimiento de esta conciencia crítica primero, y luego para su transformación en proyectos autonomistas o independentistas. Y aunque el año 1810 ilustra las primeras manifestaciones políticas concretas de esta conciencia, su expresión pública había empezado a mostrarse ya desde fines del siglo anterior.

     La declaración de independencia de las colonias inglesas del Norte, en 1776, y la revolución francesa en 1789 son hitos significativos de los cambios que se producen en la situación mundial a fines del siglo XVIII, cuando la burguesía toma el poder político y se empiezan a desarrollar las grandes transformaciones que caracterizan la consolidación de la Época Moderna. El pensamiento ilustrado es el fermento ideológico que justifica estos cambios y ayuda a cimentar una nueva conciencia crítica, rompiendo el ceñidor del pensamiento escolástico que legitimaba un sistema vertical y autoritario. Todo esto, unido a los conflictos que afectaban a las grandes potencias imperiales de entonces, forma el marco de condiciones externas que posibilitan en América la rápida eclosión de las fuerzas revolucionarias internas que abren paso a la Emancipación.

     Por eso es posible encontrar mucho antes de 1810 hechos significativos que muestran el desarrollo de la conciencia que se exterioriza en la crisis que estalla ese año. Ya en 1790, el venezolano Francisco de Miranda hacía en Londres gestiones con el Primer Ministro William Pitt [23] para interesarlo en la causa de la independencia de la América española. Ese mismo año, un jesuita peruano expulsado, (1) Juan Pablo Viscardo y Guzmán, el abate Viscardo, redacta un «Proyecto para la independencia de la América española» (que presenta en marzo del año siguiente en Londres, persiguiendo objetivos similares a los de Miranda). Cabe señalar que en 1791 Viscardo redacta (en francés) su famosa «Carta a los españoles americanos», que Miranda hace editar en 1799 y que circula por toda América. (2) Por otra parte, en 1790, en Haití (Saint Domingue para entonces) se producen los primeros brotes de una rebelión, que al año siguiente estalla como insurrección de los esclavos, movimiento que finalmente triunfa, haciendo de Haití la primera nación latinoamericana que declara formal y públicamente su independencia (1º de enero de 1804).

     Una tradición historiográfica que ya se hace necesario revisar, acostumbra situar cronológicamente el periodo de la Emancipación entre 1810 y 1824, es decir, desde la creación [24] de las primeras Juntas de Gobierno hasta la Batalla de Ayacucho. Si bien esta cronología es válida hasta cierto punto, puesto que se ajusta a la parte político-militar del proceso, no permite situar el vasto movimiento en su dimensión abarcadora, comprensiva. La historia no puede seguir siendo limitada a la historia política, como ha sido tradicional y sigue difundiéndose en los manuales, sino que debe mostrar los procesos en su dimensión global, que incluye, además de los hechos políticos, la historia de las ideas, los cambios sociales, económicos y culturales. Por eso, parece más adecuado establecer que, en términos generales, el proceso de emancipación colonial, como modificación del conjunto de la sociedad, se desarrolla entre 1790 y 1830.

     Este periodo, que tiene su centro en el año 1810, comprende desde las primeras manifestaciones abiertas y gestiones públicas por la independencia, hasta el triunfo militar sobre los ejércitos españoles y el fin de la unidad política que la lucha impone. En 1830 (el año de la muerte de Simón Bolívar) se produce la disolución de la Gran Colombia, creada en 1819 y símbolo de alguna manera del proyecto de integración política de las naciones liberadas y del espíritu americanista que tuvo el proceso emancipador. A partir de ese momento puede darse por cerrado el periodo de la Emancipación propiamente tal, y se inicia una larga y conflictiva etapa de formación de las naciones-estados, cuya consolidación da origen a la mayoría de las actuales repúblicas. [25]

     En el aspecto cultural, la producción intelectual, artística y literaria del periodo de la Emancipación no sólo está contextualizada sino claramente marcada por el proyecto revolucionario que orienta el quehacer social de esos años. Los hombres que promueven y activan el proceso emancipador eran criollos ilustrados, poseían, en general, una cultura filosófica y literaria; eran, puede decirse, hombres de letras con un pensamiento amplio y avanzado. Pero el cultivo de la literatura, en el sentido que hoy daríamos al término, no fue en ese periodo una actividad autónoma sino que estuvo al servicio de la difusión polémica de las nuevas ideas (Henríquez Ureña: Corrientes, 98-101). Esto se puede establecer tanto por las evidentes preferencias temáticas en la literatura de esos años, como por la a menudo explícita posición ideológica que asume la perspectiva de enunciación. Este carácter programático y de servicio que asumen las letras de esos años explican no sólo la virtual ausencia de una literatura concebida como expresión individual, subjetiva, sino la utilización sistemática de las formas tradicionales que se denominan «neoclásicas», puesto que su empleo facilitaba la recepción por parte de un público formado en la sensibilidad y gustos del XVIII.

     Una consecuencia importante de este hecho es que la noción misma de «literatura» (sobre todo si la tomamos en su acepción actual) adquiere en este periodo un sentido sumamente lato y bastante ajeno a las cuestiones puramente artísticas o estéticas, que pasaban más bien a cumplir [26] una función complementaria o ancilar, como podría decir Alfonso Reyes.

     Como hemos señalado más arriba, en este periodo el ejercicio de las letras, y en general el de toda actividad intelectual, se encuentra hondamente marcado (en uno u otro sentido, en función de unos u otros intereses) por el proyecto emancipador, liberador y contestatario que compromete el conjunto de la vida social. Para el bando de los patriotas, sobre todo, las letras eran un instrumento de difusión de las nuevas ideas, de formación de conciencias críticas y libres, un medio para la «ilustración» de los ciudadanos, que debían prepararse para el ejercicio de la libertad que se buscaba conquistar.

     Las condiciones materiales y políticas en que se daba el ejercicio de las letras hacen que hasta el segundo decenio del siglo XIX el proyecto emancipador y revolucionario no pudiera expresarse en el medio hispanoamericano de una manera abierta. Porque si bien es cierto que la obra de sus intelectuales muestra, sobre todo en la etapa inmediatamente anterior a 1810, diversos grados de radicalización en sus planteamientos nacionalistas y emancipadores, es necesario considerar que no siempre estas manifestaciones podían mostrar la verdadera hondura de sus proyectos revolucionarios, habida cuenta de la represión y vigilancia que ejercían sobre los escritos las autoridades coloniales. Más libres, y por tanto más audaces y reveladoras, son las expresiones escritas de los criollos en el exterior, particularmente en [27] Europa, sobre todo después del triunfo de la Revolución Francesa (1789).

     La medida de expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III en 1767, dio lugar a que una significativa cantidad de miembros de la orden se dieran a la tarea de difundir el conocimiento y de formar conciencia sobre la realidad americana en los medios europeos. De hecho, como señala John Lynch, «la literatura de los jesuitas exiliados pertenecía más a la cultura hispanoamericana que a la española. Y, si no era aún una cultura 'nacional', contenía un ingrediente esencial del nacionalismo, la conciencia del pasado histórico de la patria (...). Los jesuitas eran simplemente los intérpretes de sentimientos regionalistas que ya se habían arraigado en el espíritu criollo». (3)

     Un ejemplo significativo de esto lo encontramos en el ya mencionado abate Viscardo. Peruano de nacimiento, exiliado a raíz de la expulsión de los jesuitas, vive en Italia y en Inglaterra. En 1791 redacta su «Carta a los españoles americanos», que es editada por Francisco de Miranda en 1799. En este texto se hace explícita la identidad del hispanoamericano como diferente del español peninsular, al afirmar que

          

El Nuevo Mundo es nuestra patria, y su historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra situación [28] presente para determinarnos, por ella, a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores.

         

     Esta afirmación de identidad diferenciada es, para Viscardo, la necesaria toma de conciencia de que «[no conocemos] otra patria que ésta [i. e. América] en la cual está fundada nuestra subsistencia y la de nuestra posteridad», y en consecuencia España debe ser vista como «un país que nos es extranjero, a quien nada debemos, de quien no dependemos y del cual nada podemos esperar».

     Esta idea de que «la patria es América», como dirá más tarde Bolívar, es decisiva en la formación de la conciencia emancipadora, y es fundamental tomarla en cuenta para comprender globalmente el proceso de esos años, ya que es un sello específico que marca tanto las acciones políticas y militares de todo ese periodo como los proyectos intelectuales y literarios que entonces se plasman.

     Porque es un hecho evidente que en las letras de esos años prácticamente no se encuentran preocupaciones «nacionales» a la manera como se desarrollan posteriormente (y como todavía se entienden); es decir, no se postula una literatura -o una cultura- que sea chilena, argentina, mexicana o venezolana, sino una que fuera «americana», y este «americana» es un gentilicio de identificación nacional, por oposición a «española». Los escritores se sienten «americanos» y por ello, para quienes hoy escriben las historias de las literaturas nacionales, a menudo [29] es difícil -y no muy legítimo- adscribir a muchos de ellos a un país específico. (4)

     Aparte de esta idea de una identificación diferenciadora con respecto a la España peninsular, es importante destacar en el texto de Viscardo la base política libertaria e ilustrada que alimenta su conciencia emancipadora: la lucha de América no tiene un sentido nacionalista estrecho, no es contra los españoles en cuanto tales sino contra el despotismo y el absolutismo, razón por la cual considera que «el español sabio y virtuoso, que gime en silencio la opresión de su patria, aplaudirá en su corazón nuestra empresa». Porque una América libre será también «asilo seguro para todos los españoles, que además de la hospitalidad fraternal que siempre han hallado allí podrán respirar libremente bajo las leyes de la razón y de la justicia».

     La Carta de Viscardo se publica (en francés) en 1799, un año después de su muerte; en 1801 se hace una edición en castellano, que circula en los medios patriotas de todo el continente. El principal propagador del texto de Viscardo en esos años fue Francisco de Miranda, y esto es significativo y revelador de su importancia como síntesis del proyecto político-ideológico que impulsaba la conciencia criolla en ascenso. [30]

     Sin embargo, como se ha dicho, pocos son los textos propiamente literarios que se registran en ese periodo. El mismo año de la edición en castellano de la Carta de Viscardo se da a conocer la «Oda al Paraná» de Manuel José de Lavardén (1754-1809), en que los versos neoclásicos de elogio al paisaje y la tierra son lenguaje discreto para anunciar las posibilidades de progreso basado en la industria y el comercio, vagamente insinuado como «libre comercio».

     Tal vez lo más interesante y significativo de una nueva cultura emergente en esos años no se encuentra en obras canónicamente consideradas literarias. Es interesante, aunque ha sido soslayado en gran medida, el registro de una amplia producción de textos que, desembarazándose de los ceñidores codificados de la «literatura», dieron lugar a lo que bien pudiera considerarse como el «género» más propio del periodo. No existe un nombre común para esta modalidad expresiva, pero es evidente que bajo las diversas denominaciones con que se dan a conocer estos textos -«Declaración», «Proclama», «Arenga», «Memorial», «Representación»... (5)- subyace una misma búsqueda [31] formal y expresiva. El ejemplo más importante y donde alcanza su mayor nivel este «género» literario propio del periodo de la emancipación, se encuentra en la «Carta de Jamaica» (1815) de Simón Bolívar, verdadera pieza maestra en su tipo.

     Por otra parte, también es frecuente, sobre todo en los primeros años, que se utilicen, cambiando su signo, formas canonizadas por la tradición literaria y cultural, como los «Diálogos» y los «Catecismos». (6) Un estudio que parta del registro y examen de las manifestaciones concretas que constituyen el mundo de las letras de la emancipación, tendría que establecer la tipología discursiva básica, tanto temática como formal, que predomina en la producción literaria de esos años. Y en esta perspectiva sería posible ver que desde la Carta (1791) de Viscardo hasta la «Alocución a la poesía» (1823) de Andrés Bello subyace un mismo aliento, que busca formalizar literariamente el proyecto y el conflicto político-ideológico que define la fisonomía de la sociedad de la época.

     Como hemos señalado, la mayor parte de la producción en la esfera de las letras de este periodo no se encauza [32] por las vías tradicionales de la poesía o la narrativa de ficción. Sin embargo esto no significa que no hayan tenido cultivadores, y algunos de importancia y valor.

     En la lírica, aunque no desaparecen los motivos amorosos y sentimentales, el conjunto de la producción está marcado también por las preocupaciones libertarias, patrióticas y cívicas; si empleamos la nomenclatura tradicional, podríamos decir que estas obras formalmente se ajustan a las modalidades neoclásicas, aunque se pueda advertir la creciente presencia de los alientos románticos. (7) Los títulos mismos revelan las preferencias formales que más se adecuan al impulso que las motiva: «Oda a la libertad» (1812) de Mariano Melgar, «Oda a la victoria de Maipú» (1818) de Juan Cruz Valera, «Oda a los habitantes de Anáhuac» (1822) de José María Heredia, la «Victoria de Junín. Canto a Bolívar» (1825) de José Joaquín de Olmedo. Es interesante destacar, dentro de todo esto, que surgen algunas expresiones que van mostrando la presencia [33] y afirmación de una sensibilidad diferenciada respecto de la europea y española peninsular. Por otra parte, aunque su presencia haya sido en general soslayada por la historiografía literaria tradicional, circula una vasta producción popular, y ésta llega incluso a permear el terreno de la poesía ilustrada y escrita, entregando muestras originales y verdaderamente renovadoras. Tal el caso, por ejemplo, de los «cielitos» de Hidalgo o de los «yaravíes» de Melgar.

     En lo que respecta a textos teatrales, su producción es escasa, y abundan las traducciones e imitaciones de obras clásicas y de autores franceses, la mayor parte concebidas para la lectura y no para la representación. Dentro de los parámetros formales de la tragedia neoclásica escribieron obras Juan de la Cruz Varela, José Fernández Madrid y hasta el mismo José María Heredia; también se dieron algunos casos de comedias a lo Moratín y de sainetes. (8) Uno de los ejemplos de la búsqueda de utilizar el teatro para difundir las ideas nuevas y para servir al proyecto emancipador es el de Camilo Henríquez, que escribe una obra dramática, La Camila, o la patriota de Sud-América, mientras estaba exiliado en Buenos Aires, y aunque [34] no consigue representarla se imprime en 1817. En esta obra, mediante trazos fuertes y lenguaje enfático, aparecen los patriotas perseguidos por el despotismo español, que encuentran refugio entre los indios, presentados por contraste como idealizada muestra de sabiduría y de bondad.

     La obra narrativa que destaca en este periodo es, indudablemente, El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi. Lizardi fue básicamente un publicista de ideas, dedicado al periodismo y a la polémica. Utiliza la coyuntura del decreto de 1812 de las Cortes de Cádiz sobre la libertad de imprenta, para fundar periódicos y desarrollar su actividad en México. El regreso de Fernando VII y el inicio de la Reconquista o Restauración Colonial imponen la censura y Lizardi opta por emplear la ficción narrativa para expresar aquello que la censura le impedía en el periodismo. Es así como en 1816 salen a luz los tres primeros volúmenes de El Periquillo Sarniento (el 4º y último sólo se imprime con la edición de 1830), obra en la que si bien no hay una manifestación explícita de los ideales libertarios y emancipadores (las condiciones tampoco lo permitían), se plasma como una clara propuesta crítica que cuestiona, desde una perspectiva ilustrada y antiescolástica, la degradada sociedad colonial y la deformación moral, cívica e intelectual que resultaba de la colonia.

     Un caso especial y que amerita ser tomado en consideración en la narrativa de este periodo es el de la novela [35] Jicotencal, (9) de autor desconocido, pero hispanoamericano, publicada en Filadelfia en 1826. Es considerada como la primera novela histórica, dentro del código romántico, anterior a la primera de esta índole en España (Ramiro, conde de Lucena, de Rafael Húmara, publicada en 1828). Como señala Pedro Henríquez Ureña, «en realidad, su aparición marcaría los comienzos del romanticismo en la América española si no fuera porque se trató de una obra aislada en la que casi nadie paró mientes y que no tuvo continuadores ni influencia» (Corrientes, 123). En todo caso, el hecho es ilustrativo de la creciente autonomía de las letras hispanoamericanas con respecto a las españolas, lo que se verá corroborado poco más tarde con la publicación de Elvira, o la novia del Plata (1832) de Esteban Echeverría. [36]

     El texto en que más claramente se expone el sentido de la literatura en función de proponerse la emancipación literaria y servir a la emancipación cultural de los americanos, es la «Alocución a la poesía», de Andrés Bello. Publicada originalmente en 1823, en las páginas iniciales de la Biblioteca Americana, la revista que Bello y Juan García del Río (1794-1856) empiezan a editar en Londres, es, en opinión de José Juan Arrom «un verdadero manifiesto poético» (Arrom: Esquema, 135; Henríquez Ureña: Corrientes, 100). El poema es presentado en los siguientes términos: «Alocución a la Poesía, en que se introducen las alabanzas de los pueblos e individuos americanos, que más se han distinguido en la guerra de la independencia (Fragmento de un poema inédito, titulado 'América')». Escrito en la métrica de la silva (combinación libre de versos de 7 y 11 sílabas), comienza con una invocación a la poesía para que abandone Europa («esta rejión de luz i de miseria») y venga a las tierras de América («del Sol joven esposa»), donde se encuentra abierta la naturaleza y todo espera para encontrar su inspiración en ella:

                              

Divina Poesía,




          




tú de la soledad habitadora,










a consultar tus cantos enseñada










con el silencio de la selva umbría,










tú a quien la verde gruta fue morada,

5







i el eco de los montes compañía:










tiempo es que dejes ya la culta Europa,










que tu nativa rustiquez desama, [37]










i dirijas el vuelo a donde te abre










el mundo de Colon su grande escena.

10




     El carácter programático de este poema de Bello está subrayado por el hecho de publicarse encabezando el número inaugural de la revista, (10) que es explícitamente -como se puede leer en el «Prospecto» que anuncia la salida de la revista- una empresa a la vez de emancipación y de integración americanas. La clara conciencia que Bello tenía de la función liberadora de la literatura, las artes y las ciencias es la que lo impulsa a fundar la Biblioteca Americana (1823), tarea que luego continúa con El Repertorio Americano (1826-1827). Ambas revistas pueden considerarse como la más ambiciosa empresa cultural de ese periodo, y son la mejor ilustración de los proyectos e ideales que caracterizan este momento. Andrés Bello, cuya labor se prolonga, expande y profundiza en el periodo siguiente, es, sin lugar a dudas, la personalidad intelectual de mayor trascendencia en las letras hispanoamericanas del siglo XIX.

     Existe consenso generalizado de que la producción literaria en este periodo estuvo profundamente imbricada con el proyecto de emancipación política. Eso explica que [38] sus hombres de letras sean al mismo tiempo políticos y hombres de acción. Por eso mismo, es difícil separar las múltiples funciones que cada uno de ellos cumple en esos años. Pero si hubiera que resumir, en una dimensión continental, los aportes más importantes de la vida cultural de este periodo, sería posible hacerlo considerando la labor de Andrés Bello en el campo intelectual y literario, la de Simón Rodríguez en la renovación de las ideas educativas y la de Simón Bolívar en la reflexión y la acción política. [39]





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