Antonio machado y los nacionalismos españoles






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títuloAntonio machado y los nacionalismos españoles
fecha de publicación28.07.2016
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ANTONIO MACHADO Y LOS NACIONALISMOS ESPAÑOLES
Juan Merchán Alcalá

El difícil encaje de los diferentes territorios de esa “cosa” a la que todavía llamamos España para conseguir una unidad política compleja y el concreto significado que la palabra España pueda encerrar no son problemas que hayan surgido precisamente hoy sino que existían ya en el mismo momento de la unificación. Pero como el fuego de la discusión parece haberse avivado con los últimos acontecimientos, convendría quizá rescatar del olvido lo que opinaron algunos clásicos de nuestras letras, sobre todo los que proceden del ámbito de la izquierda española, empeñada desde hace algún tiempo en lograr la cuadratura del círculo: conseguir una sola sustancia de la mezcla de agua y aceite, de izquierda y nacionalismo.

Uno de sus iconos más preciados ha sido y es, sin duda, Antonio Machado. El sevillano, a lo largo de su vida como intelectual, sintió siempre una dolorida preocupación por España, que llevó a su obra y que se constituyó en uno de los asuntos principales que la vertebran. En los primeros poemas del libro Campos de Castilla se quejaba de la pobreza, la incultura y la degradación moral que sufrían los habitantes de la meseta; en las cartas que envió desde Baeza a Unamuno, Ortega y Juan Ramón Jiménez acusaba a las fuerzas reaccionarias, sobre todo a las vinculadas a la Iglesia católica, del atraso económico y la dejadez cultural del país.

Siempre se mostró orgulloso de ser español, y, en ocasiones, sobre todo en el libro Juan de Mairena, intentó exponer las razones que lo justificaban. Y entre otras aparecen algunas que llaman la atención. Frente a la postura de otras naciones del entorno, como Francia, Inglaterra o Alemania, preparadas continuamente para el enfrentamiento y que no han querido, por eso, dar nunca al “enemigo” la ventaja de airear sus propias debilidades, los españoles se han caracterizado siempre por la autocrítica más feroz: lo bueno está fuera y lo malo dentro. Esa forma de actuar le parece a Machado profundamente lógica y humana. Juan de Mairena, en la clase de Retórica, les señalaba a sus alumnos, como una virtud principal de los españoles, la de “ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Pero nada advertiréis en esto que no sea natural y explicable. Porque nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan. La posición es honrada, sincera y profundamente humana. Yo os invito a perseverar en ella hasta la muerte”1.

Antonio Machado recibió, tanto de la Institución Libre de Enseñanza en la que estudió, como de su propia familia, unas convicciones racionalistas y universalistas que lo acompañaron toda la vida. En su opinión, si los habitantes de España actuaran como los de los países de alrededor merecerían entonces el título de “buenos patriotas, de ningún modo el de buenos españoles”2. ¿No son entonces los españoles patriotas? En ese sentido, no. Históricamente, el orgullo nacional, que siempre es algo “creado más o menos artificialmente”, se ha plasmado en esos países en la necesidad de poder, de acumulación de riquezas y de autoafirmación restrictiva; se han visto a sí mismo en primer lugar no como hombres sino como franceses, ingleses o alemanes. España, en cambio, cuando ha luchado, o lucha, no ha sido nunca “por orgullo nacional, ni por orgullo de raza, sino por orgullo humano o por amor de Dios, que viene a ser lo mismo”3. Estaba valorando sin duda Machado en esos momentos la acción española en el mundo en los siglos XVI y XVII, y llegó en algunos aspectos a unas conclusiones parecidas a las que llegó más tarde el fascismo español y que, como consecuencia, ha sufrido y sufre el rechazo más absoluto de una buena parte de la población española. Pero que se la apropiara el fascismo para su ideario particular, nacionalista, excluyente y milenarista, no implica necesariamente que tenga que estar esté totalmente equivocada. Antonio Machado, dejando a un lado los abusos y crímenes ciertos que toda conquista y colonización lleva consigo, quiso detenerse en el hecho fundamental de que a España, por encima de todo, la guio el ansia de llevar a aquellas gentes la dignidad humana tal como ella la entendía, es decir, en el sentido cristiano: todas las personas tienen alma y merecen ser respetadas; por encima de las diferencias superficiales todos los hombres somos iguales. En esa labor común actuaron juntos vascos, catalanes, gallegos, andaluces y demás pueblos del conjunto. Ese espíritu universalista, contrario en el fondo a todo nacionalismo —ni siquiera españolista— y a todo patriotismo es el que Machado veía en España y justificaba su orgullo de ser español. En cambio, los nacionalismos interiores o periféricos adolecen, en su opinión, del pecado de la envidia. Ellos fueron verdaderamente grandes cuando, dentro del conjunto, contribuyeron con su esfuerzo a la gran tarea que el espíritu común solidario les había encomendado. Solos, aislados, su nacionalismo tiende siempre a lo mezquino, lo insolidario y lo provinciano. Juan de Mairena se dirigía a sus alumnos en estos términos: “De aquellos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse”4.

A la izquierda española de su tiempo le reprocha que no tenga originalidad en sus planteamientos y en sus propuestas para solucionar los problemas del país, y es de suponer que el problema de los nacionalismos como uno de los más importantes.

Creía Machado en la existencia de unos universales del pensamiento y del sentimiento que son patrimonio común de todos los hombres y de todas las culturas, no importa el lugar o el tiempo en que vivan. Un pueblo será tanto menos nacionalista y tanto más humano cuanto más su cultura haga por acercarse a esos universales y difundirlos. Y veía precisamente en el suyo, Andalucía, en sus costumbres, folclore, fiestas, manera de ver la vida, un ejemplo claro de ese espíritu universalista. Reconoce que no ha sido precisamente en el ámbito de la vida práctica donde los andaluces han dado lo mejor de sí, pero a cambio —dice—“hemos trabajado bastante, al margen de las rudas faenas con que se gana el pan cotidiano, para agilitar y conservar nuestra espontaneidad pensante; hemos aguzado el ingenio, discurriendo sobre lo humano y lo divino; y, puestos a meditar seriamente sobre las cuestiones más importantes que asaltan la conciencia del hombre, sospecho que no hemos de chuparnos el dedo”5. Y una de esas cuestiones importantes para el hombre, quizá la más, es sin duda la muerte. En las manifestaciones culturales donde más propiamente luce el genio andaluz la muerte siempre está en el centro, sea de una manera u otra: en la poesía, en el flamenco, en los toros, en la Semana Santa. Sí, la cultura andaluza es hondamente humana y universalista. Por eso decía Juan de Mairena que quizá los andaluces seamos en el fondo algo heiddegerianos, haciendo alusión a su filósofo preferido, al que puso a la muerte y al tiempo en el centro de la indagación sobre lo más profundamente humano: “La verdad es, amigos míos, que la doctrina de Heidegger parece −hasta la fecha al menos− algo triste, lo que de ningún modo quiere decir que sea infundada o falsa. Entre nosotros los españoles y muy particularmente entre los andaluces ella puede encontrar a través de muchas rebeldías de superficie una honda aquiescencia, un asentimiento de creencia o de fondo independiente de la virtud suasoria que tengan los razonamientos del nuevo filósofo. ¿Es que somos algo heideggerianos sin saberlo?”6

Si todo eso es verdad, un andaluz nacionalista sería entonces una especie de extraterrestre ideológico. Pero algunos, aunque pocos, hay. Los demás estarán siempre a favor de que Andalucía, política, económica y administrativamente, se diluya en España, España en Europa y Europa en un futuro gobierno universal, en cuya constitución el respeto absoluto a los derechos humanos sea el primer artículo y el eje de todos los demás.

En Juan de Mairena, para decorar esas opiniones, aparece un curioso diálogo entre el heterónimo machadiano y un personaje ficticio que no me resisto a transcribir:
−Según eso, amigo Mairena −habla Tortolez en un café de Sevilla−, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase.

−En efecto −respondía Mairena−: un español de segunda y un andaluz de tercera.78
Todos estos comentarios de Juan de Mairena, antes que en libro, aparecieron publicados en periódicos de la época. Si Machado viviera y los hiciera público hoy, sería motejado inmediatamente de “fascista”. Fascista alguien que perteneció a una familia por los cuatro costados republicana y de izquierdas; que, “ligero de equipaje”, permaneció hasta el momento final en el barco de aquellos que lucharon —y perdieron— la primera batalla que se libró contra el fascismo en aquella terrible guerra civil que conmovió al mundo entero entre 1936 y 1945 En fin…cosas de España.



1 Antonio Machado, Juan de Mairena, en Obras completas VI, Oreste Macrì (ed.), Espasa Calpe-Fundación Antonio Machado, Madrid, 1989, p. 1960

2 Ibidem, p. 1960

3 Ibidem, p. 1960

4 Antonio Machado, Juan de Mairena póstumo, en Ibidem, p. 2335

5 Ibidem, p. 2370

6 Ibidem, p. 2363

7 Ibidem, p. 2335.

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