El libro de Daniel relata la historia de un joven israelita llevado cautivo de Jerusalén en los días de Nabucodonosor, rey de Babilonia 605-562 a de J. C. a de






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5:10-17 Daniel es recordado
En una manera que nos recuerda Gén. 41:1–16, el nombre de Daniel surgió una vez más en la familia real. La reina (probablemente aquí debe entenderse que es la reina madre), en un tono que raya en reproche franco en el contraste que ella usó entre Belsasar y Nabucodonosor (en ese tiempo ya como veinte años de fallecido), dirigió a Belsasar a la sabiduría probada de Daniel. Su aparente respeto por él estaba subrayado por el uso de su nombre heb. como de su nombre babilónico y en la referencia a sus dones sobresalientes (12; cf.cf. Confer (lat.), compare Isa. 11:2, 3). Aparentemente Daniel ya no tenía su anterior papel prominente en la sociedad babilónica. Belsasar parece haber sido culpable del pecado de Roboam (1 Rey. 12:7, 8).

Las palabras de Belsasar (13–16) son más efectivamente leídas como las de un hombre todavía bajo la influencia del alcohol. Las alusiones al origen y a la edad de David (él debe haber tenido entonces como 80 años de edad) como uno de los cautivos de Judá que el rey mi padre [Nabucodonosor] trajo de Judá (13) es la manera de hablar autosegura y degradante de un borracho.
5:18-31 Un rey pesado en la balanza de Dios
La aguda respuesta de Daniel (17–24) contrasta con el estilo de su reacción a Nabucodonosor (2:16; 4:19; véanse también comentarios sobre 8:1–4 para una explicación adicional) y nos recuerda las palabras de Pedro en Hech. 8:18–20. Su discurso nos recuerda otros ejemplos de alegatos legales del ATAT Antiguo Testamento (cf.cf. Confer (lat.), compare Ose. 12:2–6; Miq. 6:1–8). Antes que otra cosa se bosquejó el trasfondo histórico del pecado de Belsasar (18–21). Esos detalles sirvieron como indicación de la revelación del carácter de Dios y las maneras en que Belsasar debía haberlo conocido y actuado en consecuencia. Sobre esta base siguió la acusación (el pronombre “tú” se repite nueve veces en diversas formas en los vv. 22, 23). El conocía a Dios, pero no lo glorificó ni le dio gracias (Rom. 1:21).

Las tres palabras en el mensaje (25) se refieren a pesos y por tanto a precios y valores (MENE = mina; TEKEL = ciclo; PARSIN = partes). La interpretación de Daniel combinaba la idea básica de ser pesado y valuado con un sugestivo juego de palabras. Mene se deriva del verbo “enumerar” o “designar”; tekel en su forma verbal significa “pesar” o “evaluar” y parsin (peres es el singular) es “partes” o “porciones”. El reino de Belsasar había sido pesado y evaluado; sería dividido entre los medos y los persas (un juego de palabras con parsin).

Belsasar pudo permitirse guardar su promesa. Si las palabras de Daniel se cumplieran, su papel como tercer señor en el reino (29) sería de corta duración. Si no, entonces su vida probablemente sí lo sería. De cualquier modo, aquella misma noche vio el fin de Belsasar (30; cf.cf. Confer (lat.), compare Prov. 29:1).

Daniel no ofreció mayor explicación (el hecho del juicio divino, no de los detalles, era su interés aquí). Herodoto y Xenofonte registran el hecho de que Babilonia fue tomada durante una fiesta nocturna por medio de una desviación temporal del río Eufrates, permitiendo que los invasores entraran a la ciudad por el ahora seco lecho del río. Xenofonte (que describe la expedición de Ciro) también registra que los persas mataron al joven e irreligioso rey babilónico.

Aquí surge una dificultad importante. Daniel registra que Darío el medo tomó el reino (31). Sin embargo, en otras partes de las Escrituras, Ciro el persa es responsable de la liberación del pueblo de Dios de Babilonia (2 Crón. 36:22, 23; Esd. 1:1–8). Los críticos eruditos, por tanto, consideran el nombre de Darío el medo o como ficción deliberada o como un error histórico, en el que Darío I (rey de Persia 522–486 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo) ha sido confundido con Ciro, que en efecto tenía como 62 años (31) en ese tiempo. Las propuestas de los comentaristas conservadores incluyen la atractiva sugerencia de que Darío el medo era el nombre real babilónico de Ciro el persa (para una discusión amplia véase J. Baldwin, Daniel, TOTC [IVP, 1978], pp. 23–28).

6:1-28 EL REINADO DE DIOS SOBRE LAS BESTIAS SALVAJES
6:1-9 Darío engañado
El reinado de Darío trajo extensos cambios al gobierno de Babilonia con un sistema de 120 gobernadores locales (sátrapas; 1), sujetos a una pequeña administración central directamente responsable al rey. (La existencia de un estrato más se sugiere en el v. 8.)

La motivación para este arreglo (para que el rey no fuese perjudicado, 2) habla mucho de las tentaciones de la vida política y del hecho de que un alto oficio no es garantía de alta moral. Daniel (ahora en sus 80 años) mostró de nuevo la naturaleza sobresaliente de su sabiduría concedida por Dios, pero su ascenso despertó envidias entre sus colegas y subordinados (4).

La maquinación que siguió no es la primera ni la última vez que el sacrificio de hostilidades tradicionales, en este caso entre los niveles más altos y más bajos de gobierno, ha sido considerado un precio digno de pagar para concertar oposición contra el ungido de Dios (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 2:1, 2; Mat. 16:1; Luc. 23:12; Hech. 4:25–27).

Los colegas de Daniel fueron incapaces de encontrar base para quejarse en contra de él y por eso no tuvieron palanca para quitarlo como administrador (4; cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 14:30). Aunque sus colegas llegaron a odiarlo no podían menos que reconocer su integridad. Sabían que su única esperanza estaba en usar la bien conocida fuerza espiritual de Daniel como una debilidad política, sabiendo que él obedecería a Dios antes que a los hombres (5; nótese el contacto adicional con Hech. 4:19). Hicieron esto convirtiendo la debilidad espiritual del rey en su propia fuerza política (6, 7). La irrevocabilidad de la ley de medos y persas (8; cf.cf. Confer (lat.), compare Est. 1:19) no era rara en el antiguo Cercano Oriente, de la misma manera que la tentación al totalitarismo no estaba limitada a Darío (7). El significado en la ley persa del decreto que era puesto por escrito se explica en Est. 8:8.
6:10-17 Obedecer a Dios en vez de a los hombres
La intriga en sí misma era directa, pero contenía una prueba sutil para Daniel: todo lo que se requería era un breve período sin oración audible (7). Además él ya estaba en sus 80 años, mucho tiempo después del que podría esperarse heroísmo.

Sin embargo, en manera característica, Daniel reconocía que cualquier ganancia hecha al precio de la fidelidad a la Palabra de Dios finalmente resultaría en pérdida (cf.cf. Confer (lat.), compare Fil. 3:7, 8).

Mientras que el asunto crítico en la narración es el hecho escueto de que Daniel orara en un marcado espíritu de reverencia, también provee varios detalles de su oración, usándolo así como un ejemplar de la vida de oración (cf.cf. Confer (lat.), compare 2:17, 18; 9:3–19; 10:2, 3, 12). Su costumbre era adorar en un aposento alto (un cuarto superior; 10) con las ventanas de su cámara abiertas hacia Jerusalén. Aunque sabía que Dios está en todas partes y por tanto escuchaba su oración en Babilonia, él oraba al Señor que había dado a conocer su presencia en Jerusalén a donde el arca de su pacto había sido traída (nótese la orientación de pacto de su oración en el cap. 9). La regularidad de las oraciones de Daniel también ocasiona un comentario (10b), así como también la nota de acción de gracias que las llenaba, hasta en el contexto de grave peligro personal, y la postura que adoptaba (se hincaba de rodillas, 10), indicando la sinceridad de sus súplicas (11).

Los intrigantes atraparon a Daniel y a Darío en su sutileza (11, 12). La característica que hizo a Daniel el único miembro de la administración del rey completamente digno de confianza, es decir, su confianza en el Dios del pacto, recibió una reinterpretación radical a manos de sus enemigos. Su fidelidad ahora fue categorizada como rebelión (13). Ahora Darío vio claramente su error, pero estaba incapacitado para revocarlo (14), como aparentemente también Daniel lo estaba (17). Nótese, sin embargo, el contraste brillantemente trazado que subyace en toda la narración: tanto los intrigantes como el rey estaban febrilmente activos confabulándose y haciendo planes (3–9, 14). En contraste, la vida de Daniel rezumaba regularidad e integridad espiritual. Antes del v. 21 él se presenta como hablándole solamente a Dios.
6:18-28 Amparado por el poder de Dios por la fe
Daniel fue amparado por el poder de Dios por la fe (Heb. 11:33b; 1 Ped. 1:5), no del peligro, sino en el peligro. Para asombro y alivio del rey, la intervención angélica guardó a Daniel, el testigo de Dios (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 22; Sal. 91:9–16). Por la fe (23) él había experimentado los poderes del mundo venidero (Heb. 6:5) en el cual los leones serán mansos (Isa. 11:7). Como todos los milagros del ATAT Antiguo Testamento, este es una muestra anticipada del gran milagro de la resurrección de Cristo (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 17 con Mat. 27:60–66), que señala a la resurrección final y a la restauración (1 Cor. 15:20–28; cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 2:4–8). En un universo aparentemente cerrado (17) Dios había demostrado que él no puede ser excluido; si los creyentes hacen su lecho en las profundidades, él está allí (Sal. 139:8). Como resultado, la protección y liberación de Daniel y de sus tres amigos fue completa (23b; cf.cf. Confer (lat.), compare 3:27 y, después, Juan 19:31–36).

Al contrario del pensamiento común, hay muy pocos milagros dramáticos en el ATAT Antiguo Testamento. Aquí, como en los únicos otros períodos concentrados de milagros en el ATAT Antiguo Testamento (los días del éxodo y la entrada a Canaán y el tiempo de Elías y de Eliseo y el establecimiento de su ministerio profético), lo mi lagroso ocurre en momentos de crisis en el reino de Dios. Los milagros en Daniel, como en cualquier otra parte, no son meramente “contrarios a la naturaleza” o “por encima de la naturaleza”. Son principalmente “contrarios al mal” y a los poderes de las tinieblas. Son expresiones de “los poderes del siglo venidero” cuando todo el mal será vencido.

Un epílogo obscuro se registra en el v. 24. Probablemente no es necesario suponer (ni aquí, ni en el v. 4) que todos los administradores estuvieron involucrados. Según Herodoto, el castigo de toda una familia de esta manera era para guardar la ley persa. La narración misma no ofrece una moraleja (cf.cf. Confer (lat.), compare Est. 8:1–10), pero el mensaje subyacente es bastante claro: el obstruir el progreso del reino de Dios es arriesgarlo todo en el intento. Los que se oponen a Dios finalmente serán despedazados. Aquí de nuevo la narración hace contacto con los principios del Sal. 2 (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 2:9–12).

La liberación de Daniel fue celebrada en el decreto del rey (tal vez bajo la propia dirección de Daniel), en el contexto de la doxología a Dios como viviente (26, es decir, ocupado activamente en los asuntos del mundo), soberano y salvador. Daniel mismo es una ilustración vívida de los principios más básicos de una vida piadosa (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 1, especialmente vv. 2, 3). Si Darío ciertamente debe ser identificado con Ciro, “y” (28) debe ser traducido (lo cual sería muy apropiado) como “es decir”.

7:1-28 EL REINADO DE DIOS SOBRE LOS REINOS BESTIALES
7:1-14 Cuatro bestias, un hombre
El cap. 7 introduce la segunda mitad del libro y liga sus dos secciones. Aunque introduce una nueva sección que contiene las visiones apocalípticas de Daniel, también nos hace retroceder al reino de Belsasar (cf.cf. Confer (lat.), compare cap. 5) y concluye la sección aramea del libro. De este modo se le advierte al lector que vea las conexiones importantes entre la historia y el apocalipsis. Por su contenido la visión de este cap. nos recuerda del sueño de Nabucodonosor en el cap. 2. Allí, sin embargo, el enfoque estaba en los reinos poderosos sucesivos que se levantaban contra el reino de Dios, pero que finalmente fueron vencidos por él; aquí el enfoque está en la depravación y el breve carácter de esos reinos (representados por figuras bestiales) en comparación con el reino eterno de Dios.

Como en otras partes de la literatura apocalíptica, lo visual domina (nótese el énfasis en mirar en los vv. 2, 4, 6, 7, 9, 11, 13). Así como es importante tratar de interpretar el significado histórico de la visión, el hecho de que la revelación se da en forma visual subraya la importancia de su apelación a los sentidos tanto como a la razón; su intento es crear impresiones, no meramente comunicar proposiciones.

La visión tuvo lugar durante el primer año del reinado de Belsasar (cf.cf. Confer (lat.), compare el comentario sobre 5:1). Indudablemente que el conocimiento íntimo que Daniel tenía de la familia real lo hubiera llenado de presentimientos por el futuro inmediato (que él tenía poco tiempo para Belsasar es claro según 5:17).

Ahora Dios llenó su mente con una visión más cósmica del gran mar (posiblemente el Mediterráneo, pero más probablemente un cuadro general del mundo en su impiedad e inestabilidad aterradoras). Sin embargo, es agitado no por las bestias que surgen de él, sino por los cuatro vientos del cielo (2), una indicación de que detrás aun del más temible de los eventos está la actividad de Dios. Esto, además, se subraya por el uso del pasivo en las descripciones de las bestias, que evidentemente representan imperios: la criatura como león, cuyas alas fueron arrancadas, y fue levantada del suelo … y le fue dado un corazón de hombre (4; posiblemente un retrato de Nabucodonosor); a la criatura como oso le fue dicho: ¡Levántate; devora mucha carne!, y a la criatura como leopardo le fue dado dominio (6). Puede haber totalitarismo, pero nunca hay autonomía final en el gobierno humano. Los creyentes siempre podrán ver más allá de lo que los reyes hacen a cómo Dios gobierna. La estrecha conexión entre estas criaturas y el sueño de Nabucodonosor sugiere que ellas representan los mismos imperios (babilónico, medopersa y griego, de acuerdo con la interpretación dada). De manera in teresante, Nabucodonosor es comparado en otras partes con el león (Jer. 4:7; cf.cf. Confer (lat.), compare 49:19; 50:44) y con el águila (Eze. 17:3, 11, 12). Cf. v. 4 con 4:33, 34. No podría encontrarse mejor descripción de la conquista de Alejandro Magno que un leopardo con alas que había desarrollado cuatro cabezas. (De hecho, a su muerte el imperio se dividió en cuatro partes.)

El temible carácter de esas criaturas palidece hasta la insignificancia ante la descripción de la cuarta bestia y su brutalidad. Las primeras criaturas se parecen a un león, a un águila, a un oso y a un leopardo, pero ésta no tiene semejanza con ninguna del mundo animal. En tanto Daniel estaba todavía perplejo por sus diez cuernos (7, 8), su atención fue atraída por un nuevo cuerno, que aparentemente representaba a un individuo, pero uno cuya hu manidad estaba absorta en sí mismo.

Mientras Daniel miraba, tres escenas le fueron puestas ante sus ojos rápidamente. Puede ser más sabio pensar en ellas como parte de un tapiz que en conjunto comunica una gran impresión.

La primera escena (9, 10) es una visión del trono de Dios. En contraste con las escenas anteriores, está marcada por el orden, la tranquilidad y la soberanía final. Aunque no se especifica que hay una conexión entre esta escena y la segunda (11, 12) claramente se implica que el juicio de Dios está detrás de la destrucción de la bestia y del rompimiento del poder de las otras bestias (10; El tribunal se sentó, y los libros fueron abiertos sugiere que un veredicto judicial está a punto de ser emitido). Ante el Anciano de Días, los reinos de este mundo son de corta vida. Su presencia como un juez santo y justo se comunica por medio de la impresión de su presencia como llama de fuego y su blancura perfecta (9; cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 50:3, 4). La tercera escena vuelve al salón del trono de Dios, donde alguien como un Hijo del Hombre es presentado al Anciano de Días (13) y recibe autoridad universal de él. Esta figura es Hombre Verdadero en contraste con las bestias. Es capaz de soportar la santidad de Dios y permanecer en su presencia. En esta figura la roca del sueño de Nabucodonosor (2:35, 44, 45) se convierte en un hombre en el que la verdadera imagen de Dios brilla (Gén. 1:26–28), el Hombre Mesiánico que será el verdadero regente de Dios (cf.cf. Confer (lat.), compare Sal. 2:8; 8:4–8; 72:1–11, 17; Heb. 2:5–9; 12:28).
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