El libro de Daniel relata la historia de un joven israelita llevado cautivo de Jerusalén en los días de Nabucodonosor, rey de Babilonia 605-562 a de J. C. a de






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Dos rasgos en la narración aumentan la tensión que rodea el mensaje. Primero, la repetición de listas de vistas y sonidos (vv. 2, 3 para vistas; vv. 5, 7, 10 para sonidos. Liras, arpas y flautas parecen ser de origen griego, y pueden indicar el carácter extenso de la cultura griega.) El lector está “allí”. Nótese que el evento estaba rodeado de un aura re ligiosa e indudablemente causaba un impacto estético magnífico. En contraste, los tres hebreos reconocieron que la adoración bíblica aceptable incluye la sumisión de la voluntad a la verdad (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 4:24; Rom. 12:1, 2). Segundo, la ruidosa naturaleza del conflicto entre la ciudad de este mundo y la ciudad de Dios. La opción era idolatría o muerte (4–6). Estaba en peligro no solamente la obedien cia a Exo. 20:4–6, sino también si los creados a la imagen de Dios, y recreados a esa imagen (Gén. 1:26, 27; Ef. 4:24; Col. 3:10; cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 22:20, 21) debían inclinarse ante una imagen de hombre. En esas circunstancias, la fe de Sadrac, Mesac y Abed-nego brilla más que las llamas del horno (Heb. 11:34) cuando ellos poderosamente ilustran la fidelidad a la palabra de Dios (2 Cor. 4:11, 13b, 18).

Nabucodonosor evidentemente creía que toda persona tenía o tiene su precio; ninguno desafiaría su mandato. Ciertamente esta era una prueba aun más severa para los hebreos que las que ya habían experimentado en los caps. 1 y 2 (que ahora pueden ser vistas como preparatorias para esta). Su fidelidad y valor recibieron un testimonio verdadero, aunque maliciosamente exagerado (estos hombres … no te han hecho caso) e intencionado de los astrólogos. Ellos, sin embargo, sí comprendieron el asunto en cuestión: Ellos no rinden culto a tus dioses ni dan homenaje a la estatua de oro … (12; cf.cf. Confer (lat.), compare Exo. 20:3, 4, 23).

El rey, que previamente había tenido contacto con los tres hebreos (1:18–20; 2:49), ya conocía la respuesta a su pregunta (14) y ahora desafió a su Dios así como también su valor (15). El no contaba con sus dos principales características: su conocimiento del poder de Dios (17) y su sumisión a la palabra revelada (18). Su fe estaba revestida de expectación (17; cf.cf. Confer (lat.), compare 1:12, 13; 2:16), pero no mostraba presunción (18) y hacía eco del ejemplo de Abraham (cf.cf. Confer (lat.), compare Rom. 4:20) y del testimonio de Job (Job 13:15a).
3:19-30 “Las llamas no te tocarán”
La hostilidad del rey de Babilonia contra los ciudadanos de Jerusalén llegó a su clímax. Antes con “ira y enojo” (13. cf.cf. Confer (lat.), compare 19) ahora se alteró la expresión de su rostro (19) frente a la calma y decisión de ellos. Mandó que el horno fuera calentado a su máxima fuerza (el significado probable de calentado siete veces más de lo acostumbrado) y que hombres muy fornidos los atasen (20) para asegurar que cayesen atados dentro del horno (23). Tan caliente estaba el horno que una llamarada de fuego mató a los soldados (22). Con estos detalles el narrador subraya la imposibilidad humana de la sobrevivencia de los hebreos, pero la descripción de su vestimenta sirve como señal del inesperado triunfo que estaba a punto de tener lugar. Mientras el rey estaba colérico y los soldados morían quemados, los tres amigos aparecieron en vestimenta de gala (nótese el colorido relato de sus mantos, sus túnicas, sus turbantes y sus otras ropas; 21); en contraste con los reinos de este mundo, el reino de Dios es “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14:17). Esto es subrayado por la actividad de los hebreos en el horno (sueltos que se pasean; 25).

Aparentemente el horno tenía accesos superior e inferior, de manera que la ejecución por cremación podía ser contemplada como un espectáculo público. Nabucodonosor se vio obligado a dar marcha atrás a su antiguo dogmatismo (26; cf.cf. Confer (lat.), compare v. 15c) cuando vio a los tres confesores vivos, acompañados por una cuarta figura con aspecto de dios (24, 25). El ahora reconocía que era por intervención del Dios de ellos que los tres hebreos estaban salvos. El evento es un cumplimiento literal de Isa. 43:1–4: “No temas … yo estaré contigo … cuando andes por el fuego, no te quemarás; ni la llama te abrasará … ” Los comentaristas cristianos primitivos consideraban la cuarta figura como la aparición del Hijo de Dios o como el ángel del Señor (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 28) y frecuentemente otros han opinado lo mismo. El énfasis, sin embargo, está en lo absoluto de la protección de Dios, mostrada en el hecho de que ellos salieron sin siquiera el olor del fuego en ellos (v. 27). El Sal. 34:19, 20, que había de encontrar su cumplimiento en Cristo (cf.cf. Confer (lat.), compare Juan 19:36), encuentra aquí un cumplimiento anticipado.

El cap. 3 empieza con un decreto de Nabucodonosor que amenazaba con destruir el reino de Dios; termina con un decreto posterior en el que todos los otros reinos (todo pueblo, nación o lengua; 29) eran amenazados con la destrucción si ofendían el reino de Dios. Aunque esto registra un triunfo para el reino de Dios, y (por contraste con 2:47) expresa la humillación del rey (28b), el narrador nos da indicaciones de que Nabucodonosor no era de nin guna manera un hombre de fe genuina. El se impresionaba exclusivamente con los milagros (cf.cf. Confer (lat.), compare Hech. 8:9–23); su respuesta fue hacer prosperar a los hebreos (30), no compartir su confianza (28). Aunque en algunos aspectos su humillación había cambiado sus percepciones, no había ablandado su corazón (cf.cf. Confer (lat.), compare v. 29, y contrástese la confesión de Jonás después de su humillación; Jon. 2:8).

4:1-37 EL REINADO DE DIOS HUMILLA A NABUCODONOSOR
4:1-18 El sueño del árbol cósmico
La narración del capítulo cuarto se desarrolla dentro del contexto de una carta algo poética (1–18, 34–37, posiblemente compuesta con la dirección de Daniel). La pieza central de la narración es la caída de Nabucodonosor, narrada en tercera persona, reiterando que, durante los eventos registrados, el rey no estaba en condición de evaluar su propia experiencia. La adscripción de alabanza (3) nos prepara para la obra de Dios que va a ser descrita.

Nabucodonosor es descrito en la cumbre de sus poderes: tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio (4). Aquí, en contraste con los vv. 2, 3, no hay indicio de la bondad o grandeza de Dios, elevando así la expectación del lector al gran cambio que está a punto de ocurrir (cf.cf. Confer (lat.), compare Luc. 12:16–19).

Nabucodonosor tuvo un sueño aterrorizador. A pesar de las lecciones de los caps. 1–3, y las confesiones de 2:47 y 3:28, 29, fue a sus magos a los que acudió de nuevo (Prov. 26:11; 2 Ped. 2:22), solamente para encontrarlos en bancarrota (7). La en trada de Daniel (8) trae luz a un lugar obscuro (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 5:14; Fil. 2:14–16).

El tema central en el sueño era un árbol cósmico, que claramente representaba un imperio mundial que alcanzaba a todos y proveía para todos (10–12; cf.cf. Confer (lat.), compare 2:37, 38). Sobre él se pronunció un decreto celestial; iba a ser reducido a un tronco (15a). Pero el imperio estaba personalizado (dejad el … que él … que tenga … ; 15b, 16); un individuo sería humillado, viviendo como animal, que él sea mojado con el rocío del cielo (15b). Este elemento en el sueño fue, presumiblemente, el que llenó a Nabucodonosor de presentimientos (5) y a la sociedad real de magos la dejó perpleja (7). De nuevo fue Daniel, el “forastero” de Dios, el único que pudo ayudar.

Nótese que Nabucodonosor instintivamente interpretó la realidad de la vida espiritual de Daniel en términos de su propia formación religiosa (espíritu de los dioses santos; 18b). Su confesión anterior no lo había librado de su politeísmo. Se lo describe como habiendo tenido convicciones religiosas, pero no lo que podríamos llamar una conversión bíblica (cf.cf. Confer (lat.), compare v 8).
4:19-27 Una advertencia de juicio
La perplejidad y el terror de Daniel (19) estaban relacionados con la interpretación del sueño y no con su incapacidad de entenderlo. Su sensibilidad es digna de notarse (p. ej.p. ej. Por ejemplo su uso de un prólogo cortesano propio del Cercano Oriente para la interpretación; 19b). La revelación de la humillación del rey no le daba placer a él, y en esto él refleja el corazón divino y el espíritu mesiánico (Eze. 18:23; Mat. 23:37). No cabe duda de que Nabucodonosor era un nombre frecuentemente repetido en la vida regular de oración de Daniel (cf.cf. Confer (lat.), compare 6:10).

La interpretación fue dada entonces (24–26). El decreto celestial fue de juicio. Era contra Nabucodonosor (24), ubicado en el contexto de la soberanía absoluta de Dios (25, 27). Pero era tanto justo como matizado con misericordia; el terrible juicio que transformaría a Nabucodonosor en un animal no era inapropiado para alguien que se había comportado como una bestia salvaje con el pueblo de Dios (además de su actitud hacia los oprimidos, 27; un indicador siempre significativo del corazón en el ATAT Antiguo Testamento, Isa. 1:17; 58:6). Además, su función era hu millar al rey hacia el arrepentimiento, alentado por la esperanza de que el Dios que destituye es también el que levanta.

Los juicios de Dios nunca son arbitrarios; son siempre moralmente justos. Esto es subrayado por el consejo de Daniel (de nuevo cortésmente) al rey. Puesto que el juicio es la respuesta de Dios a la violación flagrante de su ley moral, el arrepentimiento, demostrado al obedecer la ley, puede traer misericordia (cf.cf. Confer (lat.), compare Prov. 28:13; Isa. 58:9b, 10; Jon. 4:2). Hasta los que no son misericordiosos pueden encontrar misericordia; pero la evidencia de que ellos la desean de Dios es que la muestren hacia otros (cf.cf. Confer (lat.), compare Mat. 6:12; 18:21–35).
4:28-37 Humillado y sanado
El decreto de Dios estaba cumplido. Después de un año de oportunidad para arrepentirse (29), Nabucodonosor fue encontrado de nuevo autoexaltándose (30): … yo edifiqué … con la fuerza de mi poder … para la gloria de mi majestad (cf.cf. Confer (lat.), compare Isa. 13:19). Su logros eran notables realmente, incluyendo un programa importante de renovación y reconstrucción. Construyó los jardines colgantes, una de las siete maravillas del mundo antiguo, para que su esposa Amytis, de Media, recordara su patria. Pero él había seguido conscientemente una política de expansión alegando que había sido de signado por Marduk para un reinado universal; él no había contado con el Sal. 127:1.

El juicio divino (anunciado en los vv. 31, 32) incluía una completa humillación del rey; su autoridad (31) y su razón (34) le fueron quitados (33) en la misma hora. Su confesión en el v. 36 de que su razón le fue restaurada concede crédito a la opinión de que la reacción del rey al juicio de Dios evoca una condición psicótica (ahora conocida como licantropía). Tal fue el sorprendente impacto de la palabra de Dios en su mente (cf.cf. Confer (lat.), compare Jer. 25:15, 16). Habiéndose considerado un ser sobrehumano (3:1–6; 4:30), se convirtió en subhumano; habiendo eri gido su propia estatua para ser adorada como la imagen de un dios, perdió el derecho a la vida hecha a la imagen de Dios (Gén. 1:26, 27) y los últimos remanentes de la verdadera gloria (cf.cf. Confer (lat.), compare Rom. 3:23). Habiéndose comportado en una manera bestial, ahora cosechaba el fruto de las semillas que había sembrado (Gál. 6:7, 8).

Si Nabucodonosor se hubiera arrepentido antes podría haber alcanzado misericordia (27). Aun entonces la obra humilladora de Dios no duró más de lo necesario; el divino hasta que (32) retenía la posibilidad de restauración. Pero su remisión no fue espontánea. Se dio en el contexto de una oración humilde (yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo; 34) que llevó a la adoración y a la confesión de que sólo Dios tiene poder ilimitado (35). Las palabras del rey por primera vez tienen el reconocimiento de una actividad de pacto de Dios (de generación en generación, 34; cf.cf. Confer (lat.), compare Exo. 20:5, 6; Sal. 103:17, 18), y como también de su verdad y su justicia (37). El se opone al soberbio y da gracia al humilde (37; cf.cf. Confer (lat.), compare 1 Ped. 5:5). En Nabucodonosor las palabras del Sal. 18:25–27 encuentran una ilustración rica.

Los comentaristas cristianos a menudo han dudado de la realidad de la “conversión” de Nabucodonosor. Si fue de corta duración, no es de sorprender que no existan los anales seculares de ella.

Un documento intitulado La Oración de Nabonido, recientemente descubierto en las cuevas de Qumrán, ha dado fuerza a la opinión crítica de que este cap. se originó en una historia de la enfermedad del rey Nabonido (que reinó de 556 a 539 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo). La oración registra una enfermedad que duró siete años y que fue traída por juicio divino. En ella Nabonido relata cómo Dios le dio un exiliado hebreo para que le explicara su experiencia, el que también escribió un decreto en relación con la adoración del Altísimo. Aunque hay diferencias significativas entre Daniel 4 y este documento, es posible (como sostuvo E. J. Young) que su autor haya confundido la tradición acerca de Nabucodo nosor con Nabonido. Es extraño que tantos críticos tiendan automáticamente a asumir que otros documentos sean más probablemente históricos que los del ATAT Antiguo Testamento.

5:1-30 EL REINADO DE DIOS AL QUITAR A BELSASAR
5:1-9 La escritura en la pared
No debemos considerar el libro de Dan., ni siquiera las partes que podemos ver como históricas, como meramente un relato equilibrado y ordenado de asuntos en Babilonia. Más bien, retrata momentos escogidos de alta tensión en el conflicto en proceso entre el reino de la luz y el de las tinieblas. Por el registro de la intervención divina en tales eventos dramáticos, se pretende que el lector obtenga aliento para todas las luchas espirituales contemporáneas.

Estrictamente hablando, el último rey de la dinastía neobabilónica fue Nabonido (556–539 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo), pero por una década él estableció su residencia real en Teiman, dejando a su hijo Bel-sarusur (Belsasar, “Bel proteja al rey”) como regente. Nótese que la oferta de Belsasar de hacerlo gobernar como tercero en el reino en los vv. 7, 16 y 29 asume esto. (Cf. Gén. 41:40 donde José recibió el segundo lugar.) Belsasar era posiblemente el nieto de Nabucodonosor (“padre” en los vv. 2, 11 y 18 e “hijo” en el v. 22 habrían sido fácilmente entendidos como términos elásticos por los lectores originales).

Nuevamente el autor nos prepara para anticipar actividad del juicio divino en los vv. 1–4. En el banquete el vino corrió abundantemente de las copas sostenidas por la congregación mixta (3), y tuvo el efecto de amortiguar la conciencia del rey y de cualquier sentido de temor interno a Dios; mandó que trajesen los utensilios de oro y de plata que su padre Nabucodonosor había tomado del templo de Jerusalén (2). La blasfemia pronto corrió con igual abundancia (4), pero las señales del juicio de Dios interrumpieron la rápida asunción de que todo estaba bien (cf.cf. Confer (lat.), compare Isa. 47:10, 11). Todos los ojos estaban sobre Belsasar (bebiendo vino en presencia de los mil en el v. 1 puede comunicar la idea de una exhibición pública), preparando al lector para una ilustración del proverbio “Antes del quebrantamiento se enaltece el corazón del hombre” (Prov. 18:12).

Para Belsasar la intervención divina fue tan dramática como aterrorizadora. Presumiblemente, ya en un estupor cercano a la borrachera, la sorprendente aparición de una mano escribiendo en una pared tuvo en él el efecto de sobriedad que lo transformó, de un juerguista soberbio en una figura petrificada y patética (6). En la manera que nos hemos acostumbrado a él, se volvió a la sabiduría de este mundo, pero la encontró impotente (cf.cf. Confer (lat.), compare 2:2; 4:6). No se da ninguna explicación de la incapacidad de los sabios para leer la escritura. Varias son posibles: forma desigual de las letras, el uso de un código o falta de certeza sobre el verdadero significado. En su sabiduría el mundo ni conoce a Dios ni entiende su revelación (1 Cor. 1:21; 2:14).
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