Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?)






descargar 59.9 Kb.
títuloProfe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?)
fecha de publicación30.06.2016
tamaño59.9 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Literatura > Documentos
COMUNICACIÓN II

Herejes”

G. K. Chesterton.
CLASE

Toca temas banales.
Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?)
CATPÍTULO VII: Omar y el vino sagrado

(Omar Jayyam fue un matemático, astrónomo y poeta persa.)

Sobre nosotros ha estallado con una nueva moral relacionada con el problema de la bebida. En estas discusiones, casi siempre se piensa que una posición sensata y moderada pasa por decir que el vino y demás licores deberían tomarse sólo como medicina.

Y yo me atrevo a disentir de ello con especial ferocidad. La única manera verdaderamente peligrosa e inmoral de beber vino es considerarlo una medicina. Y la razón es esta: si alguien bebe vino para obtener placer, trata de obtener algo excepcional, algo que no espera tener a todas horas, algo que, a menos que esté algo perturbado, no tratará de obtener a todas horas.

Pero si alguien bebe vino para obtener salud, está tratando de obtener algo natural, es decir, algo de lo que no debe carecer, algo cuya ausencia tal vez le cueste aceptar. Resulta más deslumbrante ver un destello del éxtasis que sea algo corriente.

Nos es fácil negarnos nuestra propia diversión; nos es difícil negarnos nuestra propia normalidad. De ahí deriva un hecho que todo médico conoce: que suele ser peligroso dar alcohol a los enfermos, incluso cuando lo necesitan.

Pero sí creo que dárselo a los sanos, para proporcionarles diversión, es su verdadero uso, mucho más coherente con la salud.

Lo sensato en este asunto parece ser, como sucede con tantas cosas sensatas, una paradoja. Bebe porque eres feliz, pero nunca si eres desgraciado. No bebas nunca porque lo necesitas, pues eso es beber racionalmente, y una vía segura a la muerte y el infierno. Bebe porque no lo necesitas, pues eso es beber irracionalmente, y en ese acto se encierra la antigua salud del mundo.

La traducción que Fitzgerald hizo de Omar Jayyam concentraba con inmortal agudeza todo el oscuro y vago hedonismo de nuestro tiem-po.

Alguien ha llamado a Omar «el triste y alegre persa viejo». Triste es; alegre no, en absoluto, en ningún sentido de la palabra. Ha sido más enemigo de la alegría que los puritanos. El autor dice que el consumo de vino de Omar Jayyam es malo no porque sea consumo de vino. Es malo, y muy malo, porque es un consumo médico.

No es un consumo poético, que es dichoso e instintivo; es un consumo racional, que es tan prosaico como una inversión, tan insípido como una dosis de manzanilla.

Por supuesto, la mayor parte de los reproches morales dirigidos contra la moral de Omar son tan falsos e infantiles como los reproches suelen ser. Un crítico cuya obra he leído se atrevió con la necedad de llamar a los partidarios de Omar ateos y materialistas.

La verdadera objeción que un cristiano filosófico podría plantear a la religión de Omar no es que no deje sitio a Dios, sino que le deje demasiado sitio. El suyo es ese teísmo terrible que no imagina nada más que la deidad, y que niega del todo los perfiles de la personalidad y la voluntad humanas.

La oposición del más elevado cristianismo a esa forma de escepticismo no es en absoluto que éste niegue la existencia de Dios, sino que niega la existencia del hombre.

Volviendo al tema, cierto es que, sin duda, la felicidad más aguda se produce sobre todo en ciertos momentos pasajeros; pero no que debamos pensar en ellos como pasajeros, o disfrutarlos sólo «por ellos mismos». Hacerlo así es racionalizar la felicidad y, por tanto, destruirla. La felicidad es un misterio, como la religión, y no debe racionalizarse nunca. Supongamos que un hombre experimenta un momento realmente espléndido de placer.

Un hombre puede tener, pongamos por caso, un momento de éxtasis con un primer amor, o un instante de victoria en una batalla. El amante goza del momento, pero no precisamente por el momento en sí. El amor puede ser encaprichamiento y durar una semana. Pero el patriota cree que la bandera es eterna; el amante cree que su amor es algo que no terminará nunca. Esos momentos están llenos de eternidad, y son felices porque no parecen momentáneos.

El hombre no puede amar cosas mortales. Sólo puede amar cosas que son inmortales un instante.

El error de Pater se pone de manifiesto en su frase más célebre. Nos pide que ardamos con una llama dura como una gema. Las llamas nunca son duras, nunca son como gemas. No pueden tocarse ni manipularse. Del mismo modo, las emociones humanas nunca son duras, nunca son como gemas. Siempre resulta peligroso, como sucede con las llamas, tocarlas, o incluso examinarlas.

Sólo hay un modo en que nuestras pasiones pueden hacerse duras como gemas, y es convirtiéndonos nosotros mismos en seres duros como gemas. Así, nunca se ha asestado un golpe tan duro, tan esterilizador, a los amores naturales y la risa del hombre como con ese carpe diem de los estetas. Para toda clase de placer hace falta un espíritu totalmente distinto; cierta timidez, cierta esperanza indefinida, cierta expectativa infantil. La pureza y la simplicidad son esenciales para las pasiones. Incluso el vicio exige cierta virginidad.

En fin, aunque la entrega a la bebida y otros placeres pueda parecernos negación ociosa, logran proporcionar al hombre innumerables placeres naturales y, sobre todo, ese poder natural del hombre que es la felicidad.

Jesús hizo del vino un sacramento, y no una medicina. Omar, por el contrario, lo convierte no en un sacramento, sino en una medicina. Bebe porque la vida no es alegre. Se embriaga porque no está contento.
CAPÍTULO VIII: La tibieza de la prensa amarilla

En la actualidad, desde diversos ámbitos surgen considerables protestas contra la influencia de ese nuevo periodismo, considerado sensacionalista, violento, vulgar y chocante.

Y yo no me expreso con afectada contrariedad, sino mostrando la simplicidad de una sincera impresión personal, cuando digo que este periodismo ofende precisamente por no ser ni lo bastante sensacionalista ni lo bastante violento. Su verdadero defecto no es ser chocante, sino insoportablemente tibio. La idea general es mantenerse y no salirse de cierto nivel de lo esperado, de lo trillado.

Todos hemos oído hablar de ciertos mínimos de decoro que exigen que las cosas sean divertidas sin resultar vulgares, pero es que los mínimos de este decoro exigen que si las cosas son vulgares, deben serlo sin ser divertidas. Este periodismo no sólo fracasa en su intento de exagerar la vida; la subestima.

Esta prensa no es en absoluto prensa amarilla. Es prensa monótona.

Una vaga idea general de que, a pesar de todo ello, nuestra prensa amarilla es sensacionalista nace de características externas, como puedan ser los grandes tipos de letras o los titulares escabrosos.

Los editores han de recurrir a ese alfabeto gigante para relacionarse con sus lectores por la misma razón por la que padres e institutrices recurren a unas letras casi igual de grandes para enseñar a los niños a leer. Para que todo les resulte más cómodo y evidente.

Del verdadero periodismo sensacionalista, como el que existe en Francia, en Irlanda, en Estados Unidos, no hay ni rastro en este país. Cuando, en Irlanda, un periodista desea crear sensación, la crea con algo de lo que merece la pena hablar. Denuncia por corrupción a algún dirigente irlandés, o acusa a todo el sistema político de conspiración malvada y definitiva. Cuando un periodista francés desea emociones fuertes, las logra; descubre, por decir algo, que el presidente de la República ha asesinado a tres esposas.

Nuestros periodistas amarillos inventan con la misma falta de escrúpulos. Su condición moral es, respecto de la veracidad contrastada, aproximadamente la misma. Pero su calibre mental es de tal naturaleza que sólo son capaces de inventar cosas tranquilas e incluso tranquilizadoras.

El verdadero sensacionalismo, del que yo, por cierto, soy gran seguidor, puede ser tanto moral como inmoral. Pero incluso en este último caso requiere de valentía moral. Porque sorprender sinceramente a alguien es una de las cosas más peligrosas de la Tierra.

Pero los líderes de este movimiento carecen tanto de valentía moral como de valentía inmoral. Su método consiste sencillamente en decir, con gran y elaborado énfasis, lo que todos los demás dicen sin darle más importancia, y sin recordar lo que han dicho.

Atacan entidades como el Ministerio de la Guerra, una entidad que todo el mundo ataca, que nadie se molesta en defender, que aparece en las viñetas de los periódicos satíricos de cuarta división. Ellos demuestran la inútil y nada sensacional naturaleza de sus mentes cuando intentan ser sensacionalistas.

El mundo moderno en su totalidad ansía la aparición de un periodismo verdaderamente sensacionalista.

Eso lo ha descubierto ese periodista capaz y sincero, el señor Blatchford, que inició su campaña contra el cristianismo, a pesar que le advirtieron que eso arruinaría su periódico. Pero descubrió que aunque escandalizaba a sus lectores, las ventas del periódico también aumentaban. En primer lugar lo compraban todos los que estaban de acuerdo con él y deseaban leerlo; y en segundo lugar aquellos que se mostraban en desacuerdo con él y querían escribirle cartas.

Esto permite contrastar la cuestión de la docilidad y la tibieza de los periodistas que pretenden ser sensionalistas con uno que realmente lo es.

Este destino raro y paradójico tiene que ver no con el individuo, sino con la filosofía, con el punto de vista. No es la necedad del hombre la que trae consigo esa caída necesaria; es su sabiduría. El culto al éxito es el único, de entre todos los posibles, en el que eso es así, en el que sus seguidores están condenados de antemano a convertirse en esclavos y en cobardes.

En el animal racional ha surgido un peligro más terrible, y es que puede fracasar a través de la percepción de su propio fracaso. Y sobre toda esa unidad fatua y sin corazón se extiende esta prensa nueva, cansina y tópica, incapaz de invención, de audacia.

La característica principal del «nuevo periodismo» es, sencillamente, que es mal periodismo.

Ej.: Artículo sobre las elecciones presidenciales de EEUU:

Un poco de sensatez, de sentido común, suele surtir más efecto ante un público de obreros americanos que los argumentos más elevados. El orador que hubiera acompañado la exposición de sus opiniones de la acción de clavar unos cuantos clavos a un tablón, habría obtenido cientos de votos en las pasadas elecciones presidenciales.”

Piensen por un instante en la mente, en la mente extraña e inescrutable del hombre que escribió esto, en el editor que lo aprobó, en la gente que seguramente se sentirá impresionada con ello, en esos increíbles obreros americanos para los que, hasta donde yo sé, esto podría ser cierto. ¡Piensen en cuál debe de ser su idea de «sentido común»! Para ellos, el sentido común es clavar, con un estruendo ensordecedor y un efecto teatral, absurdos pedazos de metal sobre una superficie de madera.

Lo único que deseo destacar es el abismo de confusión mental que hace posible que a ese ritualismo salvaje se le llame «sensato sentido común».

Y es en ese abismo de confusión mental, y sólo en él, donde el nuevo imperialismo vive, se mueve y tiene su ser. Si un hombre da un martillazo en el clavo correcto, a nadie le importa hacia dónde lo clava o qué hace ese clavo.

«El orador que hubiera clavado clavos en un tablón habría ganado miles de votos». Todo este párrafo es admirablemente característico de ese nuevo periodismo que Pearson representa, el nuevo periodismo que acaba de adquirir el Standard.

No se trata sólo de que el periodismo triunfe sobre la literatura; se trata de que el mal periodismo triunfa sobre el buen periodismo.

No es que un artículo que consideramos difícil y hermoso se vea reemplazado por otra clase de artículo que consideramos vulgar y sucio. Es que, en un mismo artículo, se prefiere la peor calidad a la mejor.

La única pregunta que queda por responder ahora es por cuánto tiempo perdurará la ficción que nos hace creer que los periodistas de esta clase representan a la opinión pública.

La única inferencia que cabe hacer es que para la verdadera opinión pública, la prensa es hoy una mera oligarquía. El público, claro está, adquiere los productos de esos hombres, por una u otra razón. Pero no hay más motivos para suponer que el público admira su política.
CAPÍTULO XIV: De ciertos escritores modernos y la institución de la familia.

Uno pensaría que la familia puede ser considerada, en justicia, una institución humana definitiva. Todo el mundo admitiría que la familia ha constituido la célula básica y la unidad central de casi todas las sociedades.

El cristianismo, por más grande que fuera la revolución que trajo consigo, no alteró esta santidad antigua e indómita, sino que se limitó a revertirla. No negó la trinidad de padre, madre e hijo, sino que la leyó de atrás adelante, convirtiéndola en la trinidad del hijo, la madre y el padre. Y no la llamó familia, sino Sagrada Familia.

Pero algunas lumbreras de nuestra propia decadencia han lanzado un ataque serio contra la familia. La han impugnado, erróneamente, me parece a mí; y sus defensores la han defendido, y la han defendido erróneamente.

La defensa que suele hacerse de la familia es que, entre el bullicio y las veleidades de la vida, ésta es tranquila, agradable y sólida. Pero otra defensa de la familia es posible y, para mí, evidente. Se trata de una defensa que pasa por afirmar que la familia no es tranquila, agradable ni sólida.

Hoy en día no está de moda defender las ventajas de las comunidades pequeñas. Se nos convence de que debemos ir en pos de grandes imperios y grandes ideas. Sin embargo, existe una ventaja en los Estados, las ciudades y los pueblos pequeños, que sólo los ciegos por voluntad propia ignorarán: el hombre que vive en una comunidad pequeña, vive en un mundo mucho mayor. Sabe mucho más sobre las extremas variedades y las diferencias irreductibles que se dan entre los hombres. La razón de ello es obvia. En una comunidad grande podemos escoger a nuestros compañeros, mientras que en una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados.

Las grandes sociedades son sociedades para la promoción de la cerrazón. Se trata de una maquinaria que tiene como finalidad privar al individuo solitario y sensible de toda experiencia de concesión amarga y limitante. Se trata, en otras palabras, de una sociedad para la prevención del conocimiento cristiano.

Ese cambio, por ejemplo, se aprecia en la transformación moderna de lo que llamamos «club». Cuando Londres era más pequeña, más autosuficiente y más provinciana, el club era lo que sigue siendo en los pueblos, el club se valoraba como lugar en que el hombre podía ser sociable. Hoy, el club se valora como lugar en el que el hombre puede ser insociable.

Cuanto más crece y se sofistica nuestra civilización, más deja de ser el club un lugar en que el hombre puede participar en una acalorada discusión, y más se convierte en un lugar en que puede tomarse, como se dice, para mi asombro, una comida tranquila.

Si mañana por la mañana nos bloqueara de pronto una nevada en la calle donde vivimos, apareceríamos al instante en un mundo mucho mayor y mucho más salvaje que el que hayamos podido conocer nunca. Y la típica persona moderna hace grandes esfuerzos por escapar de la calle donde vive.

El hombre llega hasta los confines más fantásticos de la Tierra. Finge cazar tigres. Casi se monta en un camello. Pero, esencialmente, sigue huyendo de la calle en la que nació.

En realidad, huye de su calle porque le resulta demasiado emocionante. Y es emocionante porque es exigente. Y es exigente porque está viva. Puede visitar Venecia porque, para él, los venecianos son sólo venecianos; pero la gente de su calle está formada por hombres y mujeres.

Se ve obligado a huir, por decirlo en pocas palabras, de la sociedad de sus iguales, que le resulta demasiado estimulante; de una sociedad de hombres libres, perversos, personales y deliberadamente diferentes a él.

La queja que solemos hacer a nuestros vecinos es que, como suele decirse, no se ocupan de sus asuntos. En realidad, no es que nuestros vecinos no se ocupen de sus asuntos. Si nuestros vecinos no se ocuparan de sus asuntos, les exigirían el pago del alquiler, y en breve dejarían de ser nuestros vecinos.

Lo que decimos cuando expresamos que nuestros vecinos no se ocupan de sus asuntos es algo mucho más profundo. No es que nos desagraden por carecer de la energía necesaria como para interesarse por ellos mismos. Nos desagradan porque tienen tanta energía que pueden interesarse, además, por nosotros.

Dicho de otro modo, lo que tememos de nuestros vecinos no es la estrechez de su horizonte, sino su suprema tendencia a ensancharlo.

Nietzsche, que representa como nadie esa pretensión de los pesados, plantea en alguna parte una descripción del desagrado y el desdén que le consumen cuando ve a la gente corriente, con sus rostros corrientes, sus voces corrientes, sus mentes corrientes.

Nosotros nos buscamos a los amigos y a los enemigos. Pero es Dios quien nos busca al vecino de al lado. De ahí que éste venga a nosotros ataviado con todos los terrores de la naturaleza. Es un hombre, la más terrible de todas las bestias.

El vecino es la muestra de humanidad que nos ha sido dada. Y precisamente porque puede ser alguien, es todo el mundo. Porque es un accidente, es un símbolo.

No tiene nada de malo que un diplomático británico busque la sociedad de los generales japoneses, si lo que quiere encontrar son generales japoneses. Pero si lo que quiere es gente distinta a él, le iría mucho mejor metiéndose en su casa y hablando de religión con la criada.

Pues bien, del mismo modo que este principio es aplicable al imperio, a la nación que éste contiene, a la ciudad, a la calle, también es aplicable a cada hogar de esa calle.

La institución de la familia ha de ser elogiada exactamente por los mismos motivos por lo que lo es la institución de la nación, la institución de la ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le es bueno vivir sitiado en una ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le resulta hermoso y agradable encontrarse atrapado por la nieve en la calle. Todas esas cosas le obligan a darse cuenta de que la vida no es algo que provenga del exterior, sino que proviene del interior.

Los escritores modernos que han sugerido, de un modo más o menos abierto, que la familia es una institución perniciosa, se han limitado a sugerir, por lo general, con bastante dureza, acritud y amargura, que tal vez la familia no siempre resulte muy propicia. Cuando lo cierto es que la familia resulta una buena institución precisamente por no ser propicia. Es precisamente por contener tantas diferencias y variedades por lo que resulta tan completa.

Los hombres y mujeres que, por buenos y malos motivos, se rebelan contra la familia, se están rebelando simplemente, por buenos y malos motivos, contra la humanidad. Nuestro hermano menor es malo, como la humanidad. Nuestro abuelo es tonto, como el mundo. Es viejo, como el mundo.

Los que desean, con razón o sin ella, apartarse de todo eso, desean sin duda entrar en un mundo más pequeño. La inmensidad y la variedad de la familia les alarma y les aterroriza.

Pero lo que sí digo es que cualquier cosa que haga a esas personas creer, erróneamente, que el mundo al que acceden es en realidad más grande y más variado que el suyo, será negativa y artificial.

Es cuando tenemos a grupos de hombres escogidos irracionalmente cuando tenemos hombres. El elemento de aventura empieza a existir, pues una aventura es, por naturaleza, algo que viene a nosotros. Es algo que nos escoge a nosotros, y no algo que escojamos nosotros. Enamorarse se ha entendido a menudo como la aventura suprema, Como el accidente romántico supremo. Pero es algo en parte externo y en parte interno, uno está preparado para enamorarse, y se lanza a amar.

En este sentido, la aventura suprema no es enamorarse. La aventura suprema es nacer. Al hacerlo, entramos de pronto en una trampa espléndida y desconcertante. Vemos algo que siquiera habíamos soñado.

Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros.

Ese aspecto de narración fantástica debe asociarse a la familia y a nuestras relaciones con ella de por vida. Y esa fantasía es lo más profundo de la vida, más profundo aún que la realidad.

La gente se pregunta por qué la novela es el género literario más popular. La gente se pregunta por qué se leen más novelas que ensayos científicos,

La razón es muy simple: sencillamente porque la novela es más verdadera que las otras obras. La vida aparece en ellas. La vida es una novela. Tal vez nuestra existencia no sea una justicia inteligible, o incluso puede ser un mal cognoscible. Pero nuestra existencia sigue siendo una historia.

Pero para que la vida pueda ser una historia, o un relato, para nosotros, hace falta que al menos gran parte de ella nos venga dada sin nuestro permiso.

Y la razón por la que las vidas de los ricos son, en el fondo, tan anodinas y desprovistas de acción es porque los ricos escogen los acontecimientos. Los ricos resultan aburridos porque son omnipotentes. No sienten la aventura porque son capaces de crear aventuras. Lo que hace que la vida se mantenga como algo romántico y lleno de fieras posibilidades es precisamente la existencia de esas grandes limitaciones que nos obligan a encontrarnos con cosas que no nos gustan o no esperamos.

Los modernos buscan, bajo todas las formas posibles, un mundo en el que no existan las limitaciones, es decir, un mundo sin perfiles. O, lo que es lo mismo, un mundo sin formas. Y no hay nada más burdo que esa infinitud. Ellos dicen que quieren ser tan fuertes como el universo, pero lo que en realidad quieren es que el universo sea tan débil como ellos.
CAPÍTULO XV: De los novelistas snobs y de los snobs.

En un sentido al menos, resulta más útil leer mala literatura que buena literatura. La buena literatura puede hablarnos de la mente de un hombre. Pero la mala nos habla de la de muchos hombres. Nos cuenta la verdad de su autor. Y mucho más que eso, nos cuenta la verdad de sus lectores.

Así, un hombre, como muchos hombres de auténtica cultura de nuestro tiempo, puede no aprender nada en la buena literatura más allá del poder de apreciar la buena literatura. Pero de la mala literatura puede aprender a gobernar imperios y a recorrer el mapa de la humanidad.

En este sentido, el autor contrapone la literatura snob, de la popular. Dice que esta última es muy satisfactoria como guía política y filosófica precisa. Además, no constituye una mala descripción de la idea general y de la intención de la aristocracia que se dan en los asuntos humanos.

Ha surgido, en nuestra época, otra clase de literatura del esnobismo que, con sus pretensiones mucho más elevadas, me parece merecedora de mucho menos respeto.

Dicho sea de paso (por si se considerara importante), se trata de una clase de literatura de mucha mejor calidad. Pero resulta infinitamente peor filosófica y éticamente, así como en su intento de retratar la vida de la aristocracia y de la humanidad tal como son.

En esos libros de los que me dispongo a hablar, descubrimos qué es capaz de hacer un hombre listo con la idea de la aristocracia.

El aristócrata ya no ha de ser más alto que el resto de los mortales, más fuerte y más apuesto, también ha de ser más ingenioso.

Muchos modernos y eminentes novelistas habrán de admitir cierta responsabilidad por haber apoyado esa pésima forma de esnobismo: el esnobismo intelectual. Esa costumbre de insistir en el ingenio de las clases poderosas constituye el más servil de todos los servilismos.

Tal vez el noble de la novelita popular no aparezca representado con demasiada exactitud en relación con los hábitos diarios de los aristócratas. Pero es algo más importante que una realidad: se trata de un ideal práctico.

Quizá el caballero de ficción no copie al caballero de la vida real; pero éste sí copia a aquél. Tal vez no resulte especialmente atractivo, pero preferiría ser atractivo que cualquier otra cosa.

Y, en conjunto, la clase alta no sólo desea especialmente esas cualidades de la belleza y el valor, sino que, hasta cierto punto al menos, las posee especialmente.

Así, no hay nada en verdad malo o calumnioso en esa literatura popular. Resulta esnob, sí, pero no es servil. Su exageración se basa en una admiración exuberante y sincera; su admiración sincera se basa en algo que, en cualquier caso, hasta cierto punto, está ahí.

La fuerza de la aristocracia se basa en cierto espíritu. Se encuentra en el hecho de que cuando un sirviente desea elogiar a un hombre, dice sin pensar que éste se ha comportado como un caballero.

El carácter oligárquico de la comunidad británica no radica, como sucede en muchas otras oligarquías, en la crueldad de los ricos sobre los pobres. No radica siquiera en la amabilidad que los ricos demuestran hacia los pobres; radica en la amabilidad perenne y constante que los pobres demuestran hacia los ricos.

El esnobismo de la mala literatura, por tanto, no es servil. Pero el esnobismo de la buena literatura sí lo es. Pues al atribuir de ese modo a la clase alta un grado especial, asombroso, de inteligencia y don de palabra, así como un poder especial para la controversia, le estamos atribuyendo algo que no sólo no constituye una virtud específica suya, sino que no es siquiera su meta específica.

Las clases medias y bajas británicas no pueden admirar sinceramente el ingenio de los aristócratas. Y ello es así por la sencilla razón de que los aristócratas no son más ingeniosos que los pobres, sino mucho menos ingeniosos que ellos.

Por otro lado, el autor alega respecto al caballero moderno, que algunas de sus cualidades, ya sean originales o de reciente adquisición, ya sean esenciales o accidentales, han alterado la calidad de la comedia inglesa.

Para provocar una risa franca hay que llegar al corazón. No entiendo por qué llegar al corazón debe asociarse siempre a la idea de moverlo a la compasión o hacerle sentir inquietud. Al corazón también puede llegarse por la alegría y el triunfo. Al corazón puede llegarse por el divertimento. Pero todos nuestros dramaturgos son dramaturgos trágicos. Cuando hablan del corazón, siempre hablan del dolor y las decepciones de la vida emocional.
CAPÍTULO XVIII: La falacia de la joven nación.

Decir de un hombre que es idealista es decir sólo que es un hombre. Aun así, sería posible realizar alguna distinción válida entre una y otra clase de idealistas. Una distinción posible, por ejemplo, podría realizarse si se afirmara que la humanidad se divide entre idealistas conscientes e idealistas inconscientes.

De manera similar, la humanidad se divide en ritualistas conscientes e inconscientes. En este sentido, el ritual que resulta en realidad más complejo, así como muy colorista, elaborado e innecesariamente formal es el ritual en el que la gente participa sin saberlo. No consiste en cosas sencillas, como son el pan, el vino o el fuego, sino en otras ciertamente peculiares, locales, excepcionales e ingeniosas, cosas como felpudos, picaportes, timbres eléctricos, sombreros de seda, pajaritas blancas, cartas brillantes y confeti.

El hombre moderno sólo se aparta del ritual cuando entra en una iglesia ritualista. En el caso de esas antiguas y místicas formalidades podemos decir, al menos, que el ritual no es sólo ritual; que los símbolos que se emplean son, en la mayoría de casos, símbolos que pertenecen a la poesía primaria de la humanidad. Por ejemplo, el pan y el vino el pan simbolizan algo que no puede simbolizarse fácilmente de ningún otro modo.

Las pajaritas blancas por la noche también son rituales, pero nada más que rituales. Nadie pretenderá que las pajaritas blancas por la noche constituyen algo primigenio y poético. Nadie puede sostener que el instinto humano corriente puede tender a simbolizar, en cualquier época y en cualquier país, la idea de la noche mediante una pajarita blanca.

La vida de cualquier moderno corriente es, en realidad, un catálogo continuo y comprimido de pantomimas místicas. Por tomar un ejemplo entre cientos, imaginemos que el señor Kensit se quita el sombrero al paso de una dama; ¿qué puede ser más solemne y absurdo, considerado en abstracto, que para simbolizar la existencia del otro sexo, alguien se quite una prenda de ropa y la agite en el aire? No se trata, repito, de un símbolo natural y primitivo, como el fuego o los alimentos. Ese ritual podría ser reemplazado por cualquier otro, como quitarse el chaleco, o cualquier otra cosa.

Todos podrían pensar que se dedica demasiado incienso y adoración al otro mundo, pero nadie piensa que pueda dedicar demasiado incienso y ceremonias a la adoración de éste.

Todos los hombres, por tanto, son ritualistas, pero son ritualistas conscientes o inconscientes. A los primeros se les llama ritualistas porque inventan y recuerdan un rito. A los segundos se les llama antirritualistas porque obedecen y olvidan miles de ellos.

Pues bien, algo parecido a la distinción que he trazado con inevitable prolijidad, sobre los ritualistas conscientes e inconscientes, existe también entre los idealistas conscientes e inconscientes.

Todo hombre es idealista. Pero sucede que con frecuencia el hombre se equivoca de ideal. Cuando hablamos, por ejemplo, de algún personaje comercial sin escrúpulos, y decimos de él que sería capaz de cualquier cosa por dinero, recurrimos a una expresión bastante inexacta, y le ofendemos en gran medida. Él no sería capaz de cualquier cosa por dinero. Por ejemplo, podría ser capaz de oprimir a la humanidad por dinero. Pero resulta que ni la humanidad ni el alma son cosas en las que crea; no son sus ideales. Sin embargo, él tiene sus propios ideales, tenues y delicados; y no sería capaz de violarlos por dinero.

En la práctica real de la vida encontramos, en materia de ideales, exactamente lo mismo que ya hemos descrito en el caso del ritual.

Encontramos que, mientras que existe un peligro verdadero de fanatismo en los hombres que defienden ideales espirituales, el peligro inminente y permanente de fanatismo proviene de aquellos que defienden ideales mundanos.

La gente que afirma que los ideales son peligrosos, que engañan e intoxican, tienen toda la razón. Pero el ideal que más intoxica es el ideal menos idealista de todos. Y el que menos intoxica es el ideal muy idealista.

Es difícil alcanzar un ideal elevado y, en consecuencia, resulta casi imposible que nos convenzamos a nosotros mismos de que lo hemos alcanzado. Pero es fácil alcanzar un ideal de poco vuelo y, en consecuencia, resulta más fácil aún convencernos a nosotros mismos de que lo hemos alcanzado cuando en realidad no lo hemos hecho.

Por ejemplo, un hombre cuerdo persigue un ideal poco elevado: supongamos que deseara ser un caballero. Cualquiera que conozca un poco el mundo sabrá que en nueve semanas se habría convencido a sí mismo de que lo era; y, aunque ese no fuera claramente el caso, el resultado se traduciría en trastornos y calamidades muy reales y muy prácticas en la vida social. Así, no son los ideales descabellados los que atentan contra el mundo práctico, sino los ideales más pedestres.

Este asunto puede ilustrarse, tal vez, mediante un paralelismo extraído de nuestra política moderna.

Por ejemplo, el unionista moderno no dice: «Debería haber un buen gobierno inglés en Irlanda», sino: «Hay un buen gobierno inglés en Irlanda». En resumen, los políticos modernos parecen pensar que un hombre se vuelve práctico por hacer, simplemente, afirmaciones sólo sobre cuestiones prácticas.

Y cuando nos paramos a examinar las principales nociones de nuestros políticos prácticos, descubrimos que esas nociones son, sobre todo, ilusorias.

De ese hecho pueden hallarse numerosos ejemplos. Tomemos uno de ellos, el caso de esa extraña clase de ideas que subyacen a la palabra «unión», y todos los elogios que la cubren. La unión, claro está, no es en sí misma mejor de lo que la separación lo es, en sí misma. La unión hace la fuerza. Y la unión también hace la debilidad.

La cuestión, en todos los casos, no es la unión o la ausencia de unión, sino la identidad o la ausencia de identidad.

Debido a ciertas causas históricas o morales, dos naciones pueden sentirse tan unidas en conjunto como para prestarse ayuda mutua. Así, Inglaterra y Escocia pasan el tiempo dedicándose cumplidos. Pero sus energías y sus ambientes corren distintos y paralelos y, en consecuencia, no colisionan. Escocia sigue siendo educada y calvinista. Inglaterra sigue siendo poco educada y feliz.

Pero a causa de otras causas morales y otras causas políticas, dos naciones pueden estar tan unidas que no dejen de entorpecerse. Sus líneas se tocan, no corren paralelas.

Lo que quiero es hablar específicamente de otro engaño mucho más general, que invade las mentes y los discursos de todos los hombres prácticos de todos los partidos; se trata de un error infantil construido sobre una sola metáfora falsa. Me refiero al planteamiento moderno sobre las naciones jóvenes y las naciones nuevas, a la idea de que Estados Unidos es joven y Nueva Zelanda, nueva. Todo eso no es sino un juego de palabras. Es muy discutible si, en ambos casos, no se trata de países mucho más viejos que Inglaterra e Irlanda.

Por supuesto que puede usarse la metáfora de la juventud en el caso de Estados Unidos o las colonias, si la usamos estrictamente para dar a entender un origen reciente.

Pero la usamos (porque la usamos) para dar a entender vigor o vivacidad, sinceridad o inexperiencia, esperanza, larga vida por delante, y cualquier otro atributo romántico de la juventud. En ese caso, está claro que nos dejamos engañar por una figura rancia del discurso.

Cuando nos fijamos en la historia del mundo, descubrimos que si hay una cosa que nace vieja y muere joven, esa cosa es la colonia.

Así, claro está, lo que interesa es saber si tenemos, en el caso de América y las colonias, pruebas reales de una juventud moral e intelectual que puedan contraponerse a la indiscutible trivialidad de una juventud meramente cronológica. Consciente o inconscientemente, sabemos que carecemos de esas pruebas y, por tanto, consciente o inconscientemente, decidimos inventárnoslas.

Existen, cómo no, excepciones a esta generalización. La única verdaderamente extraordinaria es la de Olive Schreiner, una novelista, que es la única colona inglesa no convencional, por la sencilla razón de que Sudáfrica es la única colonia inglesa que no es inglesa, y que seguramente no lo será nunca.

Pero más allá de la excepción que confirma la regla, las colonias o han proporcionado al mundo un libro nuevo.

Una vez desechada, tras unos instantes de reflexión, la atractiva metáfora física inducida por la palabra «juventud », ¿qué pruebas serias tenemos de que Estados Unidos sea una fuerza fresca, y no una fuerza más bien ajada? Cuenta con muchos habitantes, como China; dispone de mucho dinero, como la derrotada Cartago y la moribunda Venecia. Está llena de ímpetu y excitación, como Atenas tras su ruina y todas las ciudades griegas durante su declive.

Por otro lado, América no parece, en modo alguno, especialmente fresca ni inmaculada.

Surge con toda la debilidad y el cansancio de nuestra Inglaterra moderna, o de cualquier otra potencia europea.




Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconSentarse para hacer la paz
«hombres verdaderos», dos jefes resueltos a hacer la paz con el apoyo de los colombianos de buena voluntad

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconJunto con su capacidad para pensar el hombre observó desde un principio...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconEl poder de la voluntad w. W. Atkinson primera parte

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconPracticando el poder del ahora
«Quizá solamente una vez cada diez años, incluso una vez cada generación, surge un libro como El Poder del Ahora. Hay en él una energía...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconCómo hacer la Revolución Democrática, Moral, Municipal, Cultural-Educativa,...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) icon“nos han ido poniendo con la religión, con la moral, con el que dirán,...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconIsaac Newton, nació en 1642. Era un bebe tan pequeño y débil que...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconDespiadados amantes de la humanidad
«El intelecto se asocia con el poder como en ninguna época de la historia, y se ha llegado a considerar que el intelecto sea, en...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconDespiadados amantes de la humanidad
«El intelecto se asocia con el poder como en ninguna época de la historia, y se ha llegado a considerar que el intelecto sea, en...

Profe cerró la clase con “poder hacer: capacidad, voluntad, moral” (¿?) iconAmelia denis con sus aves anconeras y las huellas en el cerro






© 2015
contactos
l.exam-10.com